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viernes, 12 de abril de 2019

El amor que desarma.


Gabriel Mª Otalora

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que define al evangelio, capaz de cambiar el corazón y la vida de cualquier persona. La importancia esencial de esto se experimenta con especial relevancia en algunos pasajes de la liturgia de la Cuaresma: el texto de Juan sobre la adúltera es un claro ejemplo que muestra la radicalidad del amor de Dios que no acabamos de asimilar.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y encima le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este fue el orden: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los varones desde su aceptación cómplice en el adulterio. 

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios. El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón e igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cuando acusemos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de esperanza, sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas. En todo caso, es una oportunidad para abrirnos al amor de Dios.




lunes, 20 de marzo de 2017

El estilo de vida de Jesús.




Benjamín Forcano

Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmendáos y creed en la BUENA NOTICIA
La vida de Jesús comienza con el bautismo en el Jordán, en el sentido de que está dispuesto a una entrega total para el bien de la humanidad, sacando a los hombres de la situación de injusticia y opresión, aunque para lograrlo tenga que perder la propia vida. El compromiso que ahí toma es el de crear una sociedad nueva, basada en unas relaciones de justicia y amor; una sociedad alternativa, consciente de que tendrá tentaciones y poderes que intentarán impedírselo. El cuenta con esa oposición, pero sabrá superarla a base de una opción personal libre y responsable, que le llevará a no separar nunca su fidelidad a Dios de su entrega a los hombres y a vencer todo afán de dominar a los demás.


La nueva realidad, la causa, que Jesús predica y para la que vive, es el reino de Dios, que hace posible una sociedad nueva, basada en la justicia y en el amor, digna del hombre. Es su Buena Noticia.
En él, la comunicación definitiva entre lo humano y lo divino

En el momento del Bautismo, se oye una voz del cielo que dice: “En ti me complazco”. Sincronía perfecta entre Dios y Jesús, en El se establece la comunicación definitiva entre lo humano y lo divino, en él encuentra su lugar natural el Espíritu de Dios, el amor de Dios por la humanidad. Con razón es su hijo, no sólo por nacer de El sino por su modo de comportarse igual a Dios. Para conocer de verdad a Dios no hay sino decir y hacer lo que Jesús. Nadie más que El puede contarnos quién es y cómo es Dios.

El resto debiéramos saberlo todos y no olvidarlo nunca: Jesús anuncia su Buena Nueva en su sociedad, en medio de la situación política existente y dentro de la instituciones judías: Sanedrín, templo, sacerdocio, sinagoga, ley, letrados, sábado, ideologías… Y en un tiempo en que era enorme la expectativa de la llegada del reino de Dios, que sería inaugurado por el Mesías. Todos esperaban ese reinado desde diversas visiones y actitudes. Todos lo esperaban y coincidían en lo mismo: el reinado de Dios sería el régimen teocrático de Israel, con eliminación del poder romano y con su posterior dominio a través de las instituciones tradicionales: Monarquía, ley, Templo.

Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo es estar dentro del Reino de Dios
Y ahí en esa sociedad, y en ese tiempo, aparece Jesús:

. Marcos 1,14
“Cuando detuvieron a Juan, Jesús se fue a Galilea a pregonar de parte de Dios la buena noticia: Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmendáos y creed en la buena noticia.
.Otras palabras de Jesús que revelan su causa
El primer mandamiento nos enseña amar a Dios con todo el corazón y el segundo amar al prójimo como a uno mismo. Quien esto hace, está dentro del reino de Dios (Mt 12, 29-34).

– Vosotros estáis ya en el secreto de lo que es el reinado de Dios, pues sabéis que la simiente del mensaje no da cosecha si no encuentra una tierra buena que lo escuche y lo acepte. El que cumple la voluntad de Dios, ese es hermano mío y hermana y madre (Lc 4, 1-34).
– El que pierda su vida por mi y por la buena noticia, la salvará. Porque, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si malogra su vida? (Mr 8, 34-38).
– El que entre vosotros quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mr 9, 33-37).

Jesús de Nazaret traicionado y condenado
¿A quién puede extrañar que Jesús acabara siendo crucificado? Justo en la capital de Jerusalén, a la vista de los más altos dirigentes religiosos, sabiéndose vigilado por el poder romano, enseña y actúa como un hombre libre y enseña a ser libre y liberarse de todas las opresiones creadas por los hombres. Esa libertad le lleva a revolucionar la imagen que de Dios proyectan los guías religiosos de Israel.

Lógicamente el conflicto de Jesús con el poder y sus dirigentes (sacerdotes, letrados, etc.) era inevitable. Cuestionaba de arriba abajo su sistema, el sistema montado por ellos, ellos que controlaban todo, la doctrina , las prácticas y los ritos . No podían ver con indiferencia a este hombre con el mensaje que predicaba y con la libertad que lo hacía. Anunciaba una nueva relación con Dios, una nueva imagen de Dios, de la que brotaba una nueva sociedad: más igualitaria , más justa, más fraterna y más pacífica. En realidad, Jesús hacía remover los cimientos de la sociedad judía. No podían tolerarlo y, como consecuencia, le iban a calumniar, perseguir, juzgar y condenar.

Ante ese conflicto, Jesús tiene que enfrentarse sin escapatorias, si es que se empeñaba en seguir adelante con su mensaje. Dios no lo iba a liberar milagrosamente, porque el Dios de Jesús no es el Dios omnipresente de la filosofía helénica, el Dios omnipotente ligado a la fuerza y el poder, sino el Dios anonado, limitado, vulnerable, pobre, compasivo , que no podía ser suplantado por el Dios pagano.
Y fue condenado a muerte, violentamente crucificado , no como precio, sangre, sacrificio o rescate impuesto por Dios por los pecados de la humanidad , exigido para reconciliarse con ella. Sería una crueldad tremenda la de ese Dios sádico que exige la muerte de su hijo, una muerte infamante, como reparación a su honor.

El vivir de Jesús: un retrato de su vida.

Nada para concluir esta breve síntesis del Nazareno, como presentar bien relevante lo que podría ser un retrato suyo. Porque ese retrato nos indicará sin más cómo debemos ser si queremos seguirle y qué cosas no pueden concordar con su enseñanza y modo de vida. Y es la mejor manera de corregir y sanar las falsas imágenes que nosotros hemos podido crearnos acerca de su vida o la del Dios que El anuncia. Ese retrato vivo actuará como espejo y aguijón para que no transijamos con lo que no debemos transigir, de modo que al contemplarlo no tendremos más remedio que despojarnos de cuanto es contrario a su estilo de vida.

Me atrevo a dibujarlo de la siguiente manera:
En tiempos de Jesús, lo normal era vivir conforme al grupo. Sin embargo, a él comenzó por no impresionarle la erudición de los escribas, discrepaba de ellos, cuestionaba la tradición, la autoridad, todo supuesto inamovible.
Jesús aparece como un hombre que tiene el valor que le dan sus convicciones, independiente, sin ningún rastro de miedo, sin temor a originar escándalo, o a perder su reputación e incluso la propia vida. Jesús se mezcla con los pecadores y parece disfrutar de su compañía, se mostraba tolerante respecto a las leyes, no parecía sublevarse ante lo que los dirigentes de su pueblo consideraban la gravedad del pecado y era natural en su trato con Dios.

No poseía buena reputación, se le clasificaba como a un pecador más , era amigable su trato con las mujeres y, también, con las prostitutas, le importaba un comino el prestigio a los ojos de los demás, no buscaba la aprobación de nadie.
Sus adversarios le reconocían ser honrado y audaz, (“Sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios” ( Lc 12, 14). Nunca pudieron acusarle de insinceridad, hipocresía o miedo, pero al mismo tiempo le acusaban de estar poseído por el demonio, de ser un borracho, un glotón, un pecador y un blasfemo.

Todo esto hacía que la gente se preguntase: “¿Quién es este hombre?”. Jesús no recabó para sí otra cosa que designarse y ser designado como el “hijo del hombre” sinónimo de humano, y lo hacía así en lugar de decir “yo”. Simplemente pretendía afirmar su identificación con el hombre en cuanto hombre. Jesús sorprende a los dirigentes cuando dice que el “hijo del hombre” es dueño del sábado , tiene poder de perdonar los pecados , no tiene lugar en la sociedad y padecerá violencia a manos de los hombres.
Las señas de la identidad de Jesús son su humanidad, sin que necesite ningún título, función o dignidad. Encomienda a sus discípulos que nadie debe dejarse llamar Rabbí, Padre, Preceptor, pues lo definidor de todos es la hermandad: “todos vosotros sois hermanos”. Lo que hace a Jesús incomparablemente grande es que habló y actuó con una autoridad singular, ajena por completo a la ejercida por los grandes de este mundo: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande sea servidor vuestro y el quiera ser primero sea siervo vuestro” (Mt 20,25-27).

Jesús habla a sus adversarios en parábolas, les pregunta, trata de convencerlos, les invita a pensar por cuenta propia. Era inusitada la firmeza de sus convicciones, proclamaba la verdad sin vacilaciones, sin apelar a la autoridad de la tradición ni siquiera de los mismos textos sagrados. Pretendía que la gente entendiera la verdad de sus palabras sin apoyarse en tipo alguno de autoridad.
Jesús no tuvo más autoridad que la autoridad de la verdad misma. Hizo de la verdad su autoridad. Jesús sabía que la autoridad de la verdad es la autoridad de Dios y esa era la que El poseía. Bastaba, pues, obedecer a la verdad para vivir de un modo veraz. El estaba seguro de decir la verdad, de que sus convicciones eran verdaderas, por sí mismas.

En ese mismo plano, Jesús no tiene dificultad en reconocer y alabar a todo aquel que realiza la liberación, no le importa quién sea, con tal que la gente sea liberada. ( Cfr. ¿Quién es este hombre? ST, 1981, pp. 192-204).
A Jesús se le reconocía no sólo por su libertad y coherencia sino por su programa, en el cual declaraba cosas como estas:
. Hay que amar, incluso al enemigo.
. Hay que perdonar y ser misericordioso.

. Hay que practicar la justicia y estar limpios de corazón.

. Hay que ser sinceros, ecuánimes y veraces.

. No se debe tolerar la exclusión, discriminación o humillación de nadie.

. Hay que aborrecer la hipocresía, el orgullo y la dureza de corazón.

. Hay que tener preferencia por los más pobres y olvidados.
. No hay que apetecer el poder de mandar sino el servicio.

. Hay que trocar la avaricia por la generosidad y el compartir.

. Hay que detestar el dineroo conseguido a base de oprimir y explotar a los demás.

. No se pueden establecer divisorias entre el amor a los hombres y el amor a Dios pues ambos son una misma cosa.

. No se puede oponer el bien de Dios al bien de los hombres, pues para Dios la gran pasión es la felicidad de los hombres.

. No se puede contraponer el acá al allá, la muerte a la resurrección, pues si Dios es el principio de todo lo creado es también su fín.

En conclusión: el estilo de vida define a los discípulos de Jesús

. El estilo de vida del Nazareno -no unos ritos o unas prácticas puntuales y ocasionales- es lo que define a los verdaderos discípulos de Jesús, el de Nazaret.

Entendámoslo bien: una cosa es el sistema de vida de los escribas y fariseos (de entonces y de ahora), del sistema religioso oficial del Templo (de entonces y de ahora) y otra el estilo de vida de Jesús. Y el estilo no es cosa de horas o de días, de espacios privados o públicos, para cuando se está sólo o acompañado, para cuando las cosas van bien o van mal, para cuando nos conviene o nos deja de convenir, sino para todo momento y lugar en una unidad de vida coherente.

. En ese estilo , para quienes quieran seguir al Nazareno, no va a faltar la cruz. Pero no la cruz material elegida por uno mismo para macerarse y agradar a Dios, sino la cruz que los otros le van a poner encima por seguir a Jesús y querer vivir como El. El que quiera vivir como el hijo del hombre, repite el Nazareno, que se prepare: lo impugnarán, no lo comprenderán, lo calumniaran, lo perseguirán y hasta puede que lo maten y “crean que hacen un obsequio a Dios”. Por ahí, le llegará la cruz que, en un momento u otro, otros le pondrán encima.

. Si Jesús no hubiera vivido como vivió, si no hubiera defendido los valores que defendió, si no hubiera sido coherente, si se hubiera dejado comprar por la fama, el dinero o el poder no hubiera tenido que afrontar la pasión ni la crucifixión, seguramente hubiera llegado a viejo, hubiera muerto pacíficamente en la cama y no violentamente colgado de una cruz.

La causa de Jesús fue, pues, simple : crear con todos una familia nueva, sin exclusión ni discriminación de nadie, en igualdad, viviendo y tratándonos como hermanos y, en todo caso, sabiendo que la grandeza de sus seguidores está en el servir y en ser los últimos en el beneficio.
El nos enseñó una nueva imagen de Dios, una nueva manera de relacionarnos con EL, de entender que el culto sin justicia y amor es falso, que la religión nuca puede servir para manipular, engañar, oprimir, discriminar. Dios mira el corazón, no las apariencias. El lo resume todo en el amor: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Su máxima utopía es ser buenos como Dios, amar como Dios, dar la vida por las personas que amamos.

ORACION DEL DISCÍPULO

Aquí estoy, Señor,
tal como Tú me has hecho,
tratando de descubrir en el día a día,
el sentido que tu voluntad ha impreso a mi vida.

En ese caminar propio me sobreañades
la vida de Jesús, que me ayuda ,
marcando mojones en el camino.
Soy uno entre tantos,
hermano universal de todos,
igual que todos,
servidor de todos,
superservidor en todo caso
de los más pobres.

Mi ser es amor,
verificable en el amor al prójimo,
vicario tuyo.

Sé que estás en todos, creyentes o no,
y a nadie exiges más de lo que es.
No me queda sino trabajar,
pacífica y amorosamente,
en todo lugar,
pues tu Reino allí está y crece,
donde está cualquier persona.
Tu Palabra llega a todos los hombres,
cómo sólo Tú sabes.

Mi misión evangelizadora es ser yo,
interconectado en todos y con todo,
abarcando la totalidad de tu Reino.
Estaré a la escucha,
en respeto y comprensión,
sin estorbar,
sin discriminar,
sin imponer,
sin lamentarme,
sin enfatuarme,
acechando el reverbero de tu amor,
que de todos sale y a todos llega.

Seré feliz, cuando en todos me vea feliz,
en esa familia tuya universal,
sustentadora de todo amor.
Voy a seguirte como María,
hermana de humanidad y madre universal

Seré feliz, si acierto a hacer creíble tu presencia ,
en la entrañable casa de la Tierra
imperecedera luego en la Casa del cielo.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La espiritualidad como engaño.


Darío Mollá. 

Quizá el título de este post parezca fuerte, provocador o injusto… Pero San Ignacio nos recuerda que el buen engaño tiene una buena apariencia, y que cosas muy buenas y sagradas pueden servir o ser utilizadas como engaño, y que personas muy piadosas pueden vivir engañadas…

En tiempos duros para millones de personas y familias, aquí, bien cerca de nosotros, el engaño de la espiritualidad se hace cómodo para algunos, patente e incluso descarado para otros y odioso, muy odioso, para quienes intentamos vivir la espiritualidad del evangelio.

Ese engaño se utiliza para aplacar a los que sufren (aunque cada vez, gracias a Dios, cuela menos la cosa…); basta con pervertir palabras sagradas: paciencia o esperanza son algunas de ellas (paso muchos días en Valencia por delante de una tienda que se llama “Esperanza real”; me picó la curiosidad y me acerqué a ver de qué iba: me bastó con ver lo primero: se vendía un “loft” por la módica cifra de 155.000 euros…). El engaño sirve, y eso sigue colando más, para tranquilizar conciencias y aplacar remordimientos de quienes generan sufrimiento (que, por cierto, están muy molestos con este Papa que incordia más que tranquiliza…) Y el engaño funciona como escape o subterfugio para quienes ignoran el sufrimiento de tanta gente a su alrededor.

Esa espiritualidad tiene unas palabras-clave: paz, sosiego, alegría… No son malas palabras; lo malo es que ignoran otras igual más evangélicas: pobres, compasión, justicia, misericordia… Esa “paz” y esa “alegría” no son, claro está, infinitas: a veces son puestas en cuestión por las “contrariedades” de la vida (es aquello de “los ricos también lloran…”). Contrariedades que se elevan a niveles de crisis cuando el narcisismo las sobredimensiona.

“El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres”: son las palabras que Jesús recoge de todo el Antiguo Testamento (¡y cuidado que había dónde escoger!) para definir el Espíritu que le mueve: su espiritualidad.

No creo que el “sosiego” de quienes viven bien o con todo o casi todo resuelto sea buena noticia para los pobres. Me imagino que la buena noticia que esperan es que la gente se movilice contra la injusticia, que se active la compasión auténtica… aunque por ello y en ello se pierda el “sosiego” e incluso la vida… La auténtica alegría cristiana es, como dice San Ignacio, compartir la alegría de Cristo Resucitado y de sus amigos los pobres.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Liberar la fuerza del Evangelio.


San Sebastián. Guipuzcoa.

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas, como Marcos 9:2-10, presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.

Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.

La escena culmina de forma extraña: “Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”. El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.

Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.

Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Evangelio.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.

Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.

Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida.

Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo. 

(PE/Eclesalia)
PreNot 9852
120229

Fuente: Ecupres