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jueves, 29 de junio de 2017

El Dios de pies sucios.



Juan Pablo Espinosa Arce
Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)
Candidato a Magíster en Teología Fundamental (PUC)
CHILE

Pastoralmente, me toca acompañar a distintos grupos en temas de formación. Entre ellos acompaño a una comunidad de adultos que se preparan para recibir el sacramento de la confirmación. En uno de los encuentros, en el que nos correspondía reflexionar en torno a la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret. A partir de dicho tema, surgió el tema del compromiso de Dios con el ser humano. La pasión y la cruz representan el máximo grado de implicancias que Dios ha querido tener con sus creaturas. En Él reconozco al “Dios de los pies sucios”, al que se mete en el barro de nuestra creaturalidad, el que toma asiento en nuestras fiestas, el que se compadece de nuestro sufrimiento. Y también creo que la Iglesia debe seguir a este Dios descalzo y ensuciarse los pies. En esta reflexión, quisiera volver sobre un tema central de la fe cristiana, a saber, la humanidad de Dios. Ésta es la nota característica de nuestra profesión de fe en Dios, la cual posee implicancias fundamentales en la práctica cotidiana de nuestro cristianismo.

Descalzarse para palpar la realidad

En primer lugar, volver sobre la experiencia de Moisés y en la invitación que Dios le hace a “descalzarse”, a tocar la realidad, a tomarle el pulso a la vida: “Le dijo Yahvé: No te acerques aquí: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3,5). La costumbre de descalzarse era extendida en el oriente antiguo y significaba una actitud de respeto y reverencia ante el otro que se encuentra frente a mí, y en este caso, en respeto a la tierra que pisa Moisés, la que es “sagrada”. Y lo es porque Dios está allí, como llama de fuego que no se consume. No quiero omitir esta explicación histórica, al contrario, quiero desde ella proponer una lectura espiritual, teológica y pastoral que nos ayude a comprender cómo el descalzarse significa palpar la realidad.

Inmediatamente después de que Moisés se descalza, Dios prosigue: “Conozco bien la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores: pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle a una tierra buena” (Ex 3,7-8). Yahvé y Moisés dialogan: esa es la característica del Dios de Israel. No es una idea sin rostro, al contrario, es un Dios que se llama Yahvé (El que siempre es), con rostro concreto, con una tradición y sentido de familia (Dios de Abraham, de Isaac y Jacob), un Dios que habla pero que ante todo “escucha”. Pero Dios no escucha desde un lugar inalcanzable: Dios escuchó abajo, en medio de los esclavos. Dios se “ensució” los pies con el barro que trabajaban sus hijos. Y por ello habla del “conocer”, no como un entendimiento desencarnado, sino que históricamente situado. George Auzou comenta este pasaje diciendo que “Dios desciende. Dios viene a sacar a Israel de entre las manos que lo tienen apresado: tal es el programa de liberación y el tema del mismo Éxodo”1. Hay que bajar para conocer, hay que estar en medio del dolor para saber que es necesario liberar y salvar. Dios está “vuelto” hacia el sufrimiento de Israel, Dios conoce nuestra realidad y también la respeta, se hace parte de nosotros. El Dios de la Biblia es un Dios en camino con su Pueblo2.

Y porque está “vuelto” hacia la historia, es que Moisés, su enviado, también debe descalzarse para bajar a Egipto y constituirse en mensajero de Yahvé sacando a Israel de la casa de esclavitud: “Ahora, pues, yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas de Egipto” (Ex 3,10). Auzou recuerda que este versículo posee una importancia decisiva, sobre todo en “Ve”, o en el “Yo te envío”. Esta partícula marca e inaugura una gramática misionera y liberadora, un indicativo de la “salida”, una experiencia de “Pascua”, de moverse en la historia desde Dios en servicio al otro que sufre. Moisés es misionero del Dios que se ha descalzado. La misión ha comenzado por el quitarse las sandalias para reconocer la tierra que grita bajo nuestros pies. La experiencia veterotestamentaria de Moisés puede ser un indicativo interesante para nuestra espiritualidad cristiana. Los creyentes en el Dios que habló a Moisés y que le pidió tocar la realidad, Dios que es el Padre de Jesús, también nos invita a liberarnos de nuestras ataduras – simbolizadas en las sandalias – para desde el palpar, conocer, sentir la realidad asumir el dinamismo misionero de la Pascua. Y esta Pascua tendrá su culmen en el envío del Hijo.

En la Encarnación, Dios se ha descalzado

Pero no es sólo Moisés el que lo hace: Dios también, y en la Encarnación, se ha descalzado, “no ha codiciado ser Dios” (Cf. Flp 2,6-11), sino que tomó forma de esclavo, sí, de esos que andaban con los pies sucios. Nuestra fe en un Dios humanado, en un descalzo, nos debe hacer comprender cómo el cristianismo debe volver a pensar, día a día, cuántos grados de humanidad posee. Un cristianismo de pies descalzos, a ejemplo de su Señor, es una familia de hermanos que palpa la realidad cultural, y reconoce en ella el paso descalzo de Dios. Pero veamos esto más detenidamente.

La Encarnación constituye un proyecto de humanidad. Dios ha querido compartir todo lo nuestro para que nosotros pudiésemos compartir todo lo que es de Él, dijo Ireneo de Lyon. El Concilio de Nicea el 325 confesó que la Encarnación fue por nosotros los hombres y por nuestra salvación. En la Encarnación, Dios no se disfrazó de ser humano, no interpretó un papel sin más. Eso sería docetismo3. Y sucede que hasta el presente, en muchas de nuestras comunidades eclesiales, encontramos una suerte de docetismo pastoral, es decir, aquellos hermanos que no pueden concebir a un Dios tan humano. Es mejor comprender a Dios más Dios que a uno de nuestra raza. Pareciera ser que la humanidad, que es la que abraza el Dios de Jesús, constituye para muchos todavía un escándalo.

Y sí, Dios es un escándalo. Roberto Zwetsch, teólogo luterano de Brasil, recuerda cómo “desde el punto de vista de la teología cristiana, Dios actúa en la historia y su proximidad encarnada se revela de modo eminente en la persona de Jesús de Nazaret”4. Dios en Jesús se ha descalzado, a palpado la tierra como Moisés. El Dios de Jesucristo es un Dios desnudo, que nació en la pobreza de Belén, que no tuvo donde reclinar la cabeza, que pidió agua a la samaritana para saciar la sed del elemento material y la sed de Dios de la mujer. Dios ha tocado hasta el fondo nuestra naturaleza humana y por haberse descalzado la ha elevado hasta la comunión plena con Dios (Cf. Dei Verbum 2.4).

La Encarnación refleja el compromiso pleno de Dios con el ser humano. Los pies de Dios han quedado sucios en su camino por nuestros senderos, por las orillas del lago, por subir a las montañas de Galilea. Los pies de nuestro Dios están sucios y cansados porque son los pies de un peregrino. El Verbo ha puesto su “tienda” entre las nuestras (Cf. Jn 1,14). No es la casa definitiva, es una morada de campaña, es un espacio de encuentro que se mueve, que es pascual, que transita y va de salida. Dios en Jesucristo está vuelto radicalmente al ser humano. La humanidad de Dios no es un juego, es una realidad, no es una idea, porque las ideas no se aman (Karl Rahner), es una realidad concreta y paradójica. El mismo Zwetsch así lo recuerda: “la fe cristiana es más realista, no se aferra a ilusiones y camina con este Jesús hasta la cruz, y junto a ella aprende a dejar a Dios ser Dios y al ser humano, ser un ser humano”5.

Dios en Jesús fue nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro compañero de ruta. Dios también es tierra, Dios tomó su humanidad en el vientre de una mujer, y se alimentó nueve meses gracias a la comida que María consumía. El Verbo iba gestándose poco a poco. Y ante este Misterio de amor y de humanidad solo queda sobrecogerse, ya que Dios se quiso hacer uno de nosotros, quiso descalzarse y ensuciarse con nuestra tierra. Como dice Nelson Barrientos, jesuita, en su cristología espiritual, la lógica de Dios sigue la sabiduría de los caminantes, de los que van sobre los pies y se ensucian, se comprometen y se implican hasta las últimas consecuencias: “Dios ha descendido hasta lo más bajo para poder manifestar allí su amor incondicional. Frente al orgullo y a la autosuficiencia humana surge como respuesta la pobreza y la humildad de Dios encarnado que se vacía de sí mismo y toma la forma de esclavo para llegar a ser plenamente hombre”6. La donación de Dios supone un descalzarse, y la Iglesia, que es la prolongación histórica de su presencia, no puede sino quitarse las sandalias.

Una Iglesia descalza

Una Iglesia que se descalza representa una comunidad que acompaña, que es fraterna, misionera, solidaria, eucarística. La Iglesia de pies sucios es la que está en la base de la eclesiología a la que continuamente nos ha invitado el Obispo de Roma, Francisco. Viene a nuestro recuerdo las orientaciones expuestas en Evangelii Gaudium: “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor; y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). Y más adelante, la invitación: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49). Hemos de ser (identidad y esencia de la Iglesia) una Iglesia accidentada, herida y manchada, una Iglesia descalza y servidora, una Iglesia que tiene en su centro de acción al Dios hecho hombre, y que actúa como Moisés que es enviado a anunciar la liberación a los hijos de Israel esclavos en Egipto.

La Iglesia descalza es la que se ensucia los pies, que se compromete y acompaña, en los márgenes. Esto manifestará la autenticidad de la Iglesia, su espíritu de fundación, su carisma y dinamismo evangelizador. Por ello Massimo Faggioli habla de la necesidad de caminar “hacia una Iglesia más marginal; marginal en el sentido de cercanía a los márgenes de nuestro mundo, por acercarse al ejemplo dado por Jesucristo”7. Es la Iglesia que reconoce que los márgenes y las fronteras son movedizas, y que por lo tanto, exigen de los creyentes un discernimiento constante de la misión. La Iglesia, con ello, asumirá profundamente la dimensión escatológica y peregrina que le es connatural (Cf. Lumen Gentium Capítulo VII). La Iglesia ha de caminar descalza palpando la realidad social, política, ecológica, religiosa, económica y cultural. Y debe asumirla porque el mismo Verbo con su Encarnación la asumió y, asumiéndola, se comprometió con ella hasta el punto de ensuciarse los pies, de impregnarse de nuestra naturalidad. Sólo así seremos una Iglesia fiel al modelo del Maestro de Nazaret.

Fuente: Servindi

sábado, 21 de septiembre de 2013

¡El Dios cristiano ha mostrado su rostro!


Juan Pablo Espinosa Arce

En estas líneas quisiera reflexionar sobre nuestros rostros. El rostro es símbolo de encuentro, de cercanía. Por medio de él nos definimos frente al mundo. Nuestras facciones, nuestra sonrisa, nuestras arrugas y nuestras lágrimas hablan de nuestra historia, de lo que fuimos, somos y seremos. Por el rostro nos tornamos personas, seres en relación a otros, a un ambiente y también al Otro Absoluto, a Dios, que en nuestro caso es el Dios cristiano, el Padre de Israel y de Jesús.

El rostro además de una connotación biologicista, forma parte de la dimensión bíblica y teológica. El Dios que se reveló a nuestros padres en la primera alianza mostró supanim, concepto hebreo que hace referencia a su rostro, a su presencia personal, la cual interviene a favor de su pueblo. Los lugares bíblicos en los cuales aparece el tema del rostro son variados y se pueden clasificar en dos tipos: uno, los textos que expresan que el hombre no puede ver el rostro de Dios y que si lo hace encuentra la muerte inmediata. Y en segundo lugar, también los relatos en los cuales se muestra a Dios hablando cara a cara con el elegido, estoy pensando en el caso paradigmático de Moisés en Ex 33,11. La literatura espiritual de Israel, por ejemplo los Salmos, continuamente presentan el anhelo del creyente de buscar el rostro de Yahvé o también el deseo de que Él muestre su faz.

No es la intención de esta reflexión realizar un tratado veterotestamentario del concepto del rostro, más bien quisiera centrarme en la reflexión cristiana que se realiza en torno a él teniendo como presupuesto que Jesucristo es el rostro del Padre, su imagen visible. Por la Encarnación del Hijo, Dios rompe su silencio y se revela icónicamente al hombre. Los textos paulinos y joánicos muestran este misterio en la expresión “lo que hemos visto y oído”. El Dios cristiano ha mostrado su rostro en Jesús de Nazaret. Por ello el Apóstol dirá: “Él (Jesucristo) es la imagen visible del Dios invisible” (Col 1,15). Pero, ¿cómo es esa manifestación facial?

Podríamos dividir esta revelación en dos momentos. Primero es gloriosa. Esto lo vemos de manera eminente en la Transfiguración: “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol…” (Mt 17, 2). En el Tabor, Jesucristo adelanta lo que será la Resurrección y la gloria futura. La luz en su rostro es la glorificación que viene de Dios Padre y que ilumina la esperanza de los creyentes. Pero Jesús es consciente de que antes de experimentar esa gloria de manera total debe venir la pasión y la cruz. ¿Qué lugar vendrá a ocupar entonces el rostro? ¿Tiene cabida este rostro glorioso en la derrota?

Los textos del Tercer y Cuarto Cántico del Siervo de Yahvé nos pueden aportar algunas luces: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que arrancaban mi barba. Mi rostro no escondí a los insultos y salivazos” (Is 50, 6); “No tenía apariencia ni presencia, le vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie” (Is 53, 2-3). La crudeza de los textos isaianos no dejan de estremecernos. Casi podemos contemplar a este estropajo humano, a este muerto viviente. La teología ha leído la pasión de Jesús a la luz de los textos del Siervo de Yahvé y ha reconocido en este siervo al mismo Hijo de Dios. ¿Y ese rostro doliente, que no es grato mirar, sigue presente hoy?

La respuesta lamentablemente es sí. Y ¿dónde está ese rostro? Está en tantos y tantas, en esos miles y millones de rostros desfigurados por el hambre, por la guerra, por el terrorismo de los Estados, por los gobiernos dictatoriales, por la cesantía, por la exclusión racial, sexual, cultural, económica o religiosa. Está presente en las mujeres, en los niños, en los jóvenes y en los ancianos. En aquellos que son considerados un “Don Nadie”. En aquellos que llevan el signo del Siervo doliente de Yahvé. En ellos, el Dios cristiano ha revelado su rostro, un rostro que asusta, que no quiere mirarse, que es escandaloso y paradójico. Pero es un rostro que salva. Por esto, el autor del tercer cántico de Isaías puede concluir: “Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes” (Is 53,12).

El Dios cristiano todavía está mostrando su rostro y espera hablar con nosotros cara a cara y como amigos, así como lo hizo con el viejo Moisés en el Sinaí. Aún quiere invitarnos al Tabor para que su Hijo muy amado nos revele cómo será el futuro que aguardamos en esperanza, un futuro preñado de resurrección y vida plena. Pero también ese Dios está esperando ser encontrado en los rostros de los que son perdedores a los ojos del sistema económico y social imperante, en esos rostros mutilados, en los desparecidos y torturados, en las minorías raciales, sexuales y culturales.

¡Sí hermanos: el Dios de los cristianos ha mostrado, muestra y mostrará su rostro! ¡Sólo debemos clamar con el salmista: muéstranos tu rostro, no escondas tu faz a tus siervos!

miércoles, 29 de febrero de 2012

Liberar la fuerza del Evangelio.


San Sebastián. Guipuzcoa.

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas, como Marcos 9:2-10, presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.

Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.

La escena culmina de forma extraña: “Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”. El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.

Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.

Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Evangelio.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.

Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.

Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida.

Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo. 

(PE/Eclesalia)
PreNot 9852
120229

Fuente: Ecupres