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miércoles, 12 de junio de 2019

Ejemplo y confianza.


Gabriel Mª Otalora

Una de las frases de Jesús con menos posibilidad de exégesis es “Por sus hechos les conoceréis”. Pues bien, el ejemplo es la puerta para generar confianza en nuestras relaciones humanas y ambos -ejemplo y confianza- deben ser la base de conducta de todo cristiano, especialmente de los que más responsabilidades tienen y por aquello del escándalo, tan de moda precisamente cuando brillan por su ausencia.

Dicen que fue Einstein quien recordó que dar ejemplo es la única manera de influir en los demás y la única manera efectiva de inculcar valores. Nadie seguirá las palabras ni a quienes las pronuncian si nos coherentes y, lo que es peor, existe el riesgo añadido de rechazo a esas buenas ideas por el efecto perverso que produce la falta de credibilidad. Y todo el mundo es capaz de percibir al vuelo la falta de coherencia.

¿Qué valoración nos merecen nuestras actitudes? El contagio viene desde los máximos responsables hacia todo el resto de la organización eclesial. Como ocurre en las familias, que el chorro fundamental de la influencia va de los padres a los hijos. Los ojos y oídos de nuestros chavales, igual que los de nuestros compañeros están fijos en nosotros. Los hijos y los compañeros de trabajo recordarán más nuestra conducta que nuestras palabras. Alguien dijo acertadamente que, lo que los padres hacen con moderación, los hijos lo harán con exageración.

Y cuando la falta de ejemplo se estira demasiado, se nota y, lo que es peor, cala como agua fina. No deja de ser una sutil manera de faltar a la verdad que alguien pontifique grandes directrices y normas que después no respeta ni cumple. Pero todos llevamos dentro un maestro y un aprendiz que, por la mera observación, activan el aprendizaje. Nos influenciamos y contagiamos mutuamente más de lo que parece a primera vista. Somos seres influenciables para bien y para mal.

El ejemplo tiene la fuerza de la experiencia vivida. Sin este valor de la credibilidad pierde toda su fortaleza. Hablamos mejor con nuestros hechos, que son por lo que nos conocerán. Y cuando el ejemplo es negativo, transmitiremos mensajes terriblemente influyentes, en este caso para mal. En el idioma inglés existe la expresión Walk the Talk, que viene a decir que actuemos por donde hablamos. Y la Madre Teresa de Calcuta, nos puso sobre aviso: no te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te observan todo el día. Haciendo una paráfrasis aplicable al ámbito del liderazgo, podríamos decir que nuestros feligreses y la sociedad en general te observan todo el tiempo. Ser fiable es lo fundamental. Y cuando alguien es creíble, automáticamente se activa la confianza.

La diferencia entre reputación y confianza es que la primera se refiere a lo que la gente piensa de ti, mientras que la confianza se refiere a lo que la gente espera de ti. La confianza o su falta es una realidad fundamental en cualquier sociedad, sobre todo cuando disminuyen los comportamientos éticos con las consecuencias negativas que esto produce en el día a día. Es decir, que necesitamos mantener un comportamiento predecible lo suficientemente arraigado en el tiempo como para que otra persona se haga digna de nuestra confianza. Y viceversa. La confianza también va de arriba hacia abajo; el superior es quien debe generar ambientes de confianza e irradiar él mismo este imprescindible comportamiento. No es delegable.

La confianza es un proceso intangible que se apoya en la intuición y en la experiencia. A veces nos fiamos del sexto sentido y apostamos por una decisión de confianza, pero implica un riesgo elevado de equivocarnos. Lo normal es que se asiente tras un proceso de experiencias y vivencias que se construye con el tiempo y puede ser destruida en un segundo; la confianza es muy cara de lograr, fácil de perder y más cara todavía de recuperar.

Ganarse el derecho a ser escuchado, que esto es el meollo de influir y no otra cosa. El doble lenguaje no ha funcionado nunca en los cristianos. La confianza se crea cuando podemos creer en algo y en alguien porque sabemos por experiencia o por su imagen de seguridad que nos dice la verdad (credibilidad es tener autoridad sobre algo). En la medida que un ser humano se hace más creíble amplia la base del liderazgo, es decir, de su capacidad de influencia. No importa si las noticias son buenas o malas, debe tratarse a los demás con madurez pensando en ellas, no solo en nosotros.

Escuchar a la gente también genera confianza. Una persona que no nos presta la debida atención no puede saber qué es lo que realmente necesitamos o sentimos, y no se hace acreedora de depositar nuestra confianza en ella; como mínimo, no estaremos seguros de que entendió nuestra actitud o propuesta. Además, el acto de escuchar genera una actitud recíproca, básica en toda comunicación que se precie, y si ambas personas se escuchan con empatía, su relación creará mayores espacios de confianza y comunicación fructíferos.

Confiamos en las personas que son coherentes, que dan ejemplo, que cumplen su palabra. Siendo constantes crecemos en veracidad. Diciendo la verdad, crecemos en lealtad. Confiamos en las personas que buscan win-win, (ganar-ganar o gano-ganas). Una secuencia más cristiana e inteligente sería: ganan, ganamos, ganas, gano.

De camino a la Pascua de Pentecostés, pidamos al Espíritu luz y fuerza para ser ejemplares y generar espacios de confianza también con los que no son afines; a la manera de Jesús. La evangelización está en juego.

Fuente: redescristianas.net

jueves, 30 de mayo de 2019

África: amenaza y necesidad.



por  Gabriel Mª Otalora

Los grandes cambios mundiales, a todos los niveles, incluido el deslizamiento del centro de gravedad geopolítico hacia el mundo asiático, han puesto al continente africano de actualidad. Entre 2006 y 2018 el comercio de India con África se incrementó un 292%; y el de China, un 226%. Europa, en cambio, ha perdido la relevancia que tuvo. Para ser más exactos, la relación actual está condicionada por la inmigración, convertida en un problema común y con la natalidad de cada continente situada en ambos extremos.

La inmigración debiera concebirse como una oportunidad tanto para el inmigrante como para quien le acoge; lo cierto es que el interés europeo por África se resume en sus materias primas y en las oportunidades que ofrecen sus tierras y el mercado de mano de obra barata. Es cierto que todo ello conlleva una incipiente clase media pero también nuevas dinámicas de desigualdad e injusticias sociales que hacen que esa misma clase media emergente sea la que huye de África con destino Europa.

Nadie, salvo excepciones aventureras o misioneras, se desarraiga porque quiere. Lo cierto es que la inmigración nos asusta. Por eso, resulta incomprensible que no exista un debate sobre migraciones en la Unión Europea, ni tampoco una política estratégica común; de ahí el fracaso del marco migratorio actual. El problema se vive desde una hipersensibilidad rayana con la xenofobia que nada quiere saber del cómo se ha desarrollado allí la presencia europea esclavista de casi dos siglos, a la que sucedió el vacío y el abandono, hasta la llegada de la explotación colonial del siglo XIX y de parte del XX, hasta convertirse África en la región marginada de la globalización, abandonada a su suerte y llena de rémoras económicas y de supervivencia. El miedo al diferente ha tenido muchos episodios violentos en África antes de que lo sintamos nosotros con la llegada de africanos famélicos en las pateras.

¿Quién tutela a todos esos reyezuelos africanos que hacen la vista gorda a las grandes redes comerciales trasnacionales que viven de la globalización neoliberal? Ahora presionamos desde Europa a los gobiernos africanos para que frenen la inmigración en origen. Pero es como ponerle puertas al campo y la venda en los ojos ya que el crecimiento demográfico es el mayor en la historia de la humanidad y allí no tienen suficientes expectativas de desarrollo económico mientras no cese el expolio, aunque ahora se disfrace bajo el eufemismo de políticas de inversión y cooperación. Y por si fuera poco, el antropólogo Stephen Smith nos advierte que, en los próximos cuarenta años, África será tan joven que habrá que tener cuidado de que los jóvenes no se conviertan en adultos fracasados bajo la influencia de grupos armados o traficantes.

A todo lo anterior se le suma la necesidad de disponer de alimentos ante la pauperización del continente, a pesar de ser tierras ricas en materias primas, a lo que se une la amenaza del cambio climático que reducirá la producción agrícola, según pronostica la FAO ¿A quién le importa la realidad africana, sin soberanía alguna sobre sus recursos, que busca desesperadamente implantar economías sostenibles para industrializar la agricultura y, en definitiva, lograr un sustento digno? La realidad es que, a excepción de los productores de petróleo, ningún país se ha desarrollado sin el apoyo de una agricultura competitiva.

Qué hacemos entonces, ¿dejamos morir a la población en plan solución malthusiana? ¿Les ayudamos a su desarrollo para que no tengan que migrar aunque ello implique vivir aquí con menos consumismos irresponsables? ¿Seguimos mirando para otro lado, asustados y rabiosos porque no queremos negros entre nosotros, cuando nuestra tasa de natalidad reclama a corto plazo cientos de miles de manos de obra muy necesarias? De nada de esto queremos hablar y por eso no existe una política europea común sobre la inmigración.

Educación, tecnología, control de sus recursos naturales, democracia, condiciones dignas de vida… todo eso falta en África. Sobra violencia, miseria, explotación y desigualdades donde la mujer, una vez más, se lleva la peor parte. Es lógico que estemos asustados mientras la gobernanza europea siga desentendiéndose de este problema crucial en los dos continentes que ven sus flujos migratorios como necesidad y como amenaza. Esto también concierte a nuestra conciencia cristiana. A ver cuándo nos comportamos en este tema como verdaderos seguidores de Jesús y nos quitamos la venda de los ojos, porque no estoy convencido de que los gobernantes europeos, recién elegidos, afronten sus responsabilidades en este tema.

viernes, 12 de abril de 2019

El amor que desarma.


Gabriel Mª Otalora

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que define al evangelio, capaz de cambiar el corazón y la vida de cualquier persona. La importancia esencial de esto se experimenta con especial relevancia en algunos pasajes de la liturgia de la Cuaresma: el texto de Juan sobre la adúltera es un claro ejemplo que muestra la radicalidad del amor de Dios que no acabamos de asimilar.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y encima le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este fue el orden: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los varones desde su aceptación cómplice en el adulterio. 

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios. El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón e igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cuando acusemos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de esperanza, sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas. En todo caso, es una oportunidad para abrirnos al amor de Dios.




lunes, 21 de enero de 2019

Peligra este bienestar.

Gabriel Mª Otalora

Si echamos una rápida mirada a la situación geopolítica, es fácil comprobar que pocos lugares mantienen un alto nivel de competitividad e innovación y, a la vez tienen sus derechos políticos y sociales democráticamente avanzados. Uno de esos lugares es todavía Europa, al menos una buena parte de sus Estados y naciones, con indicadores de calidad de vida elevados como su fortaleza económico-financiera. Tan es así que las crisis en las diferentes partes del globo han despertado a millones de personas en países fuertemente pauperizados que ponen sus ojos fijos en nuestro bienestar mientras no acabamos de entender aquí que buena parte de sus dolores nacen en el Primer Mundo. Y para colmo, el Sistema no funciona bien. La consecuencia es que nuestras condiciones laborales y demás derechos básicos gratuitos, como la educación, la sanidad o las pensiones, estén en peligro ante los problemas económicos estructurales y la cada vez más desaforada codicia de los verdaderos poderes económicos.



Estamos en crisis, es cierto, con bolsas significativas de exclusión social, pero es una maravilla en comparación con lo que es la pobreza extrema y las muertes frecuentes por inanición en buena parte del Planeta. Buena parte de Canadá, Australia, Japón, Europa, Estados Unidos… lideran el mundo en dura competencia con Rusia, China y varios países emergentes, como India y Brasil; o Arabia Saudí, cuyos ciudadanos viven en régimen cuasi feudal. Son muy ricos pero una vergüenza humanamente hablando. Lo que resulta peculiar es que todas las economías boyantes, democráticas o totalitarias, compartan la globalización financiera en armonía dejando fuera a buena parte de los derechos básicos de las personas de tres cuartas partes del mundo. Una inmensa mayoría de los Estados del mundo con la mayoría de sus habitantes dentro. Lo relevante es que nos parece normal.

Ha llegado el momento en que nos sentimos rodeados, temerosos porque algunos problemas que antes los percibíamos lejos, están cada vez más cerca. El más cercano de todos, la inmigración a gran escala, habiendo optado por centrarnos en cómo nos lo quitamos de encima mirando a las “soluciones” de la extrema derecha, con sus votos en ascenso. No acabo de entender esta postura de atrincherarnos en nuestra torre de marfil cada vez más frágil, en lugar de programar una inteligente ofensiva humanitaria para bajar la presión de tan grandes desigualdades.

La novedad es que una minoría -todavía- de intelectuales trabaja para reavivar lo que propusieron muchos socialdemócratas nórdicos y centroeuropeos de los años sesenta, para quienes lo prioritario era aumentar la igualdad en la distribución primaria de la renta por delante del Estado del bienestar. Les parece necesario y además posible influir directamente en la distribución de la renta a priori, con políticas pre-distributivas, de forma que resulten innecesarias muchas de las correcciones re-distributivas posteriores ante el egoísmo de una élite codiciosa cosmopolita que comparte el eslogan del Tea Party frente a los desfavorecidos del Sistema: “no tenéis derecho a quedaros lo que yo me he ganado”.

Los gobiernos socialdemócratas europeos no han cumplido cuando pudieron con su tarea ética dejando espacio para los recortes y las conductas populistas y xenófobas que empujan para cruzar las líneas rojas que desinflarían el Estado del Bienestar. Se trataría de romper la dinámica mansamente asumida del planteamiento neoliberal de que todos los agentes sociales pueden actuar distributivamente como les plazca, pues ya vendrá el Estado, con el esfuerzo público que haga falta, a arreglar la injusticia: repartir beneficios y socializar las pérdidas sin actuar sobre la pobreza del Tercer Mundo y gestando un polvorín de cuidado.
Para algunos, corregir la desregulación excesiva del laissez faire capitalista, cuyo coste no lo pagan quienes lo generan, es una llamada a la revolución. Pero no es otra cosa que completar las acciones redistributivas clásicas interviniendo sobre las causas a modo de cirugía en evolución que evite precisamente una revuelta planetaria ante la codicia violenta e inmisericorde. Y además ya se aplica alguna medida predistributiva: las cotizaciones sociales sobre los salarios que el Estado obliga a pagar a trabajadores y empresas.

Si algo nos ha enseñado la historia del Estado del bienestar es que al desplazar toda la carga de la justicia social a los poderes públicos, los progresos distributivos no serán sólidos ni estables en el tiempo. Con más medidas predistributivas que eviten injusticias estructurales se podría revertir, en fin, que varios de los millones que ahora votan a tipos como Trump o Bolsonaro, y otros millones más que no pueden elegir a sus gobernantes, vean razones de peso para esperar algún cambio en el reparto de la riqueza mundial que propiciaría nuevos nichos sociales de dignidad humana en el mundo. Si esto parece una quimera es porque algunos se han encargado de construir un trampantojo sobre la realidad y sus posibilidades. El mito de la caverna de Platón en estado puro, ojo.

lunes, 8 de octubre de 2018

El pensamiento positivo.



Gabriel Mª Otalora

Pensar en positivo supone elegir la mejor entre las posibilidades que se nos plantean. No suele ser necesariamente la más agradable, sino aquello que resulta útil y conveniente en cada momento de la vida. De hecho, las personas que suelen comportarse positivamente parece irles mejor en sus relaciones sociales y laborales, generan empatía y aguantan mejor el estrés; incluso suelen resultar más creativas.

La mente puede ser la gran aliada o nuestra peor enemiga, depende de la capacidad que tengamos para saber controlarla: no somos nuestros pensamientos, somos mucho más que lo que damos vueltas con la mente. Los pensamientos llegan, pasan o se quedan por un tiempo. Pero si los retenemos y alimentamos cuando son negativos, se hacen fuertes hasta condicionarnos de tal manera que nos hacen sufrir de lo lindo. Que se lo pregunten a los profesionales de la psicología. La mente es la protagonista en las enfermedades llamadas psicosomáticas y pocos dudan de que las personas positivas y alegres, las que sonríen desde el corazón, gozan de mejor salud que las pesimistas y amargadas.

Es muy interesante el ensayo que ha publicado Barbara Ehrenreich (“Sonríe o muere”) criticando al pensamiento positivo, porque lo que ella hace es desenmascarar una ideología extendida en Estados Unidos que propugna ciertas actitudes sociales materialistas para ganar la felicidad, y eso que “no hay una afinidad natural o innata entre el capitalismo y el pensamiento positivo”: cuantas más cosas materiales tienes, las posibilidades de ser feliz aumentan, como si fuera esto lo más natural del mundo.

Sin embargo, esta manera materialista de medir la felicidad subjetiva, choca con las encuestas: en el caso de los estadounidenses, aparecen siempre como no demasiado felices, ni siquiera en épocas de bonanza; por algo el consumo de antidepresivos en Estados Unidos representa dos terceras partes de las ventas mundiales. No es de extrañar, señala Ehrenreich, que el pensamiento positivo que se lleva en Estados Unidos, se desplace desde una actitud que ayuda a una obligación social impuesta culturalmente a los estadounidenses.

Alrededor de esta corriente materialista escondida tras el falso pensamiento positivo que ha logrado embaucar a muchas personas, se ha tejido una red de apoyo muy potente para reforzar dicha ideología muy bien empastada al consumismo del bien-estar como moneda que ofrece triunfar en la vida, dejando arrinconado al bien-ser. El tener frente al ser como motor de una sociedad opulenta pero insatisfecha que conocemos y padecemos igualmente en Europa al haberse convertido en cultura individualista y poco humanizada que no acepta el fracaso. Y de paso, convertir al cristianismo en soporte de esta ideología.

Este comportamiento individualista e insolidario es un problema con múltiples efectos negativos para la sociedad misma. Quizá esto ayude a explicar la tendencia al alza de los suicidios por falta de sentido vital. Choca el dato de que el número de personas que se quitan la vida duplican a las muertes por accidente de tráfico, es ochenta veces superior a la violencia machista y la segunda causa de muerte en los jóvenes.

El verdadero pensamiento positivo convive con los problemas y la realidad que nos rodea. En lugar de buscar una burbuja idílica, que no existe, valora la realidad adecuadamente, haciéndonos conscientes de que nuestras emociones van acordes con lo que pensamos y hacemos. Y esto, como casi todo, se educa y logra con esfuerzo, no con poseer más cosas ni con desentendernos de nuestras responsabilidades más humanas. Y en la medida que se convierte en una pauta de comportamiento, tiene su reflejo en un signo externo bien visible: la alegría interior que se manifiesta en la sonrisa, la que nace del corazón. Evangelio puro.

Barbara Ehrenreich logra desenmascarar en su ensayo la impostura que se esconde tras el concepto del pensamiento positivo; y lo hace analizando los riesgos y los peligrosos fines que persiguen sus mentores. Lo que resulta menos comprensible es que tras el esfuerzo por desenmascarar esta posverdad, no ponga en valor el verdadero pensamiento positivo, teniendo en cuenta que es uno de los fundamentos de la madurez humana. Cuánto afán ponemos en las causas y qué poco en las soluciones desde las actitudes y conductas, como Jesús de Nazaret.

miércoles, 4 de julio de 2018

La inmigración nos interpela.



Gabriel Mª Otalora

Creo que todos estamos un poco descolocados ante la realidad inmigratoria. Algunos la ven como un asedio, otros como algo inevitable fruto de una descolonización de mentirijillas, y los más solo desean mantenerse encerrados en su indiferencia cuando no el rechazo abierto. Pero el fenómeno ha llegado a un punto de no retorno que parece imposible obviarlo. Al hilo de lo que vamos viendo y leyendo, se me ocurren algunas reflexiones:

1. Demasiados cristianos se mantienen silentes ante este problema, incluida buena parte de los obispos y clérigos. Diríase que son los menos los que alzan la voz, proponen actitudes a favor de estos desheredados de la Tierra y aun menos los que dedican tiempo y esfuerzo por ayudarles. Es doloroso ver como los esfuerzos de liderazgo del Papa Francisco, a base de ejemplo y denuncia profética, no cale en demasiados católicos. Si los que nos decimos seguidores de Jesús tuviésemos un mensaje uniforme, las soluciones propuestas en la Eurocámara serían bien distintas.

2. En la Alemania del siglo XX, ganó las elecciones el Partido Nazi, de extrema derecha. Todo lo que sucedió fue lento, progresivo y tan inesperado como podría ser hoy en día. Sorprendentemente los nazis se encontraban, en no pocas ocasiones, con la entusiasta colaboración de la población local. Incluso se formaron movimientos fascistas que perseguían por su cuenta a los judíos. En otros muchos casos, se miraba para otro lado, como hoy se hace con los inmigrantes: es el fascismo al fondo de la indiferencia, modelo siglo XXI: Si no hay trabajo para nosotros, ¿cómo va a haber para ellos? Las clases medias de la Europa ve peligrar el Estado del Bienestar que tanto costó y tanta prosperidad dio, se ven cada vez más tentadas por el anti-pensamiento fascista: “Blindemos el Estado del Bienestar sólo para nosotros, que se vayan los extranjeros”. Los resultados electorales, por ejemplo, de Austria, Noruega, Holanda, Polonia, Italia, Hungría… muestran una clara tendencia hacia esta actitud propia del miedo y de la cobardía.

3. Afortunadamente, el ser humano es un ser por hacerse gracias a su libertad, no es un ser acabado, aunque lo creamos con frecuencia. Nos vamos haciendo lo que somos, o en lenguaje escatológico, tenemos la oportunidad en nuestras manos de ser la mejor posibilidad para lo que fuimos creados. Nunca es tarde, pues la consciencia nos permite superar las limitaciones y miserias para elevarnos hacia una realidad más justa, fraterna, evangélica.

4. El problema va a más, y reclama una reflexión en serio y preguntarnos cuál es, de verdad, nuestra actitud cristiana ante la masiva inmigración que no cesa, proveniente de muy variados puntos geográficos y situaciones: huida de la guerra, del hambre y la miseria, deseo de una vida mejor… Y qué vara de medir tenemos, qué sentimos respecto de las situaciones que padecen todas estas miles de personas en sus lugares de origen. No es posible ya escudarse en un problema político de la Unión Europea ni escondernos en el manido yo no puedo solucionar semejante embrollo.

En definitiva, creo que no es posible concluir diciendo que no tenemos nada que hacer, que además no podemos hacer nada y que bastante tenemos con nuestros problemas cotidianos. Si no queremos salir de nuestros centros, nunca entrará el Espíritu; la conclusión es que nos pareceremos cada vez más a aquella sociedad europea que ante el rampante nazismo, al terminar la Segunda Guerra Mundial propalaba a los cuatro vientos que no sabía nada de lo ocurrido. Estamos ante otro tipo de Holocausto con la seguridad de que la capacidad para justificarnos es ilimitada, y lo que es peor, siempre es bienvenida. Rezar, rezar para no caer en la tentación…

martes, 8 de noviembre de 2016

Religión, política y ecumenismo.



Gabriel Mª Otalora

La dicotomía entre religión y política es uno de los temas más espinosos entre los seguidores de Cristo, católicos o no, que lo entienden de manera diferente. Quizá lo que deberíamos matizar de entrada es el concepto “política”, ya que una cosa es la política partidista como ejercicio necesario para la gobernabilidad de un país, y otra muy diferente la llamada denuncia profética de las injusticias ante las que un seguidor de Cristo no puede quedarse indiferente, o lo que sería peor, directamente cómplice.

Jesús de Nazaret entró de lleno en esta segunda categoría de política hasta el punto de que lo mataron porque llegó demasiado lejos con su ejemplo. Y sus seguidores más directos hicieron exactamente lo mismo. Ninguno entendía nada de la política convencional de alianzas estratégicas ni de espacios de poder o estaban capacitados para administrar el funcionamiento del día a día en lo que los romanos llamaban res publica. Pero no dejaron de incomodar a las autoridades judías por sus graves inconsecuencias hasta convertirse en una molestia peligrosa para los dirigentes romanos. Su fruto enorme se basó en que su coherencia estuvo a la altura de sus convicciones llegando a convertirse en el referente para todas las generaciones posteriores.

La iglesia de Cristo se ha metido en política en ambas direcciones. Muchos profetas y comunidades enteras han mantenido su coherencia en la fe, la esperanza y el amor a pesar de los peores pesares. Las mayores matanzas y persecuciones de la historia a los seguidores de Cristo se están dando ahora mismo, sin que muchos creyentes en la fe de Jesús apenas levantemos la voz en el Primer Mundo. Pero la Iglesia Pueblo de Dios se ha organizado en la Iglesia institución a medida que ha ido creciendo y a partir de ahí hemos llegado a cohabitar espacios de poder en los que nunca debimos estar, propiciando guerras de religiones hasta romper violentamente la unidad de los cristianos amenazando con la cruz a los contrarios: católicos y protestantes son la realidad más significativa de lo que comento, donde la religión y la política han cohabitado en ambos casos con el poder mundano de manera muy poco evangélica.

De repente, el Papa Francisco nos sorprende una vez más con la mejor política posible: el impulso para la reconciliación entre católicos y luteranos. No se habla de unidad de las iglesias sino de reconciliación, que es mucho más importante, estando cerca, al parecer, la rehabilitación de Martín Lutero al que Francisco tilda de “reformador en un tiempo en el que la Iglesia no era un modelo a imitar: había corrupción, mundanismo, el apego a la riqueza y el poder”. Y apostilla que “las intenciones de Martín Lutero no estaban erradas, no fue un hereje y su gesto de la Dieta de Worms fue necesario”. Le faltó decir que hizo política profética dentro de la Iglesia. Pero a aquella pluralidad de carismas y de miserias humanas le faltó humildad y escucha para gestionarlas propiciando una espiral que luego fue imposible de controlar hasta convertir a Dios en un patrimonio excluyente de cada uno de los bandos.

La realidad es que Lutero no quería dividir la Iglesia sino reformarla, aunque él tampoco fuera un ejemplo de diplomacia ante la simonía generalizada y corrupciones varias que nadie trataba siquiera de ocultar. Pero al final, se impuso la peor de las políticas con la peor de las religiones: violencia doctrinal que derivó en la física hasta el punto de que los principales gobiernos europeos se pusieron a guerrear entre ellos por asuntos de religión. Eso sí que fue una pésima política religiosa.

Volviendo al presente, algunos se afanan en que sus oraciones les den fuerzas para trabajar juntos en la gran tarea del Reino para ser profetas de la coherencia amorosa de Cristo con los que necesitan urgentemente de ayuda, en común unión con todos los que participan de esta sensibilidad ante el dolor humano. Otros, en cambio, ante la mera posibilidad de que exista una confesión mutua al mismo Dios sin descartar que la intercomunión pueda hacerse realidad (es decir, la participación común en la eucaristía entre cristianos cuyas iglesias no están en comunión entre sí) amenazan con otro cisma si esto se produce.
De la misma manera que la denuncia profética es la política evangélica a seguir, no es menos cierto que la reconciliación en clave de sanación con la humildad y el reconocimiento mutuo de aciertos y errores es esencial porque son gestos proféticos. Como afirma el cardenal Kasper refiriéndose a Lutero, el Evangelio es la fuente de la doctrina y la caridad es la fuente de la vida moral.

En definitiva, la mejor política evangélica pasa, en el caso del ecumenismo, por un verdadero trabajo en común en lo esencial. Unidad no es necesariamente uniformidad. De lo contrario, todos seríamos de la misma altura, con igual color de piel, el mismo idioma y parejos gustos y sensaciones. La unidad en lo esencial está en el Amor Dios, con todo lo que supone amar de verdad para un cristiano, sea católico, ortodoxo o reformador. Y es aquí donde no podemos despistarnos como Iglesia por más tiempo.


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mirando al firmamento.



Gabriel Mª Otalora

“Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”. Con estas palabras se inicia el libro primero de la Metafísica de Aristóteles, quien se inspiraría seguramente mirando a las estrellas en las noches luminosas que abundan en lo que hoy llamamos Grecia. Yo también me he puesto a observar estrellas en una noche de verano, entre las pocas que se ven en nuestro firmamento vasco. Y pensaba sobre el hecho de que puede llevar muerta cientos de años dada la distancia que existe con estos astros luminosos. Qué grande es captar la luz de estrellas que están a millones de años luz de la Tierra. Imbuido en esta reflexión, sentí la grandeza del universo desde la pequeñez humana hasta interiorizar que la clave de la felicidad es la verdadera humildad, la única fuente de la que mana la capacidad de asombro.

Curiosamente, y a pesar de que la humildad es fácil de denigrar (actitud propia de gente débil, etc.), nadie insulta ni desprecia a otro llamándole “humilde”. A lo sumo, se tolera como eufemismo pero no como algo degradante, quizá porque todos sabemos que tras la humildad se esconde la verdadera grandeza. Aunque nuestras limitaciones la proyecten como virtud inalcanzable.

Una persona humilde no se siente auto-suficiente; sus códigos de conducta están alejados de los de la propia conveniencia egoísta. La humildad, en cambio, nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto, incluida la percepción de las estrellas. Y no se deja manipular como muestra la paradoja de que, cuando manifestamos humildad intencionadamente, se corrompe y desaparece; ya no es modestia. La coletilla “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado que choca con la máxima de esta virtud: no se predica, se practica.

Merece la pena aprovechar alguna de las noches veraniegas que quedan para contemplar el cielo mientras sentimos admiración ante la creación asombrosa de Dios que al mostrarnos nuestra pequeñez puede hacernos más grandes por dentro. La mariposa recordará siempre que fue gusano, recordaba Mario Benedetti; la mariposa no lo recordaba para desvalorizarse sino porque quería sentir el gozo de reafirmarse en la maravilla que supone la transformación cuando trabajamos humildemente por ella.

El cosmos nos puede hacer humildes ante su infinitud de dimensiones inabarcables para la mente humana. Es algo que no podemos contenerlo mentalmente porque la realidad supera nuestra capacidad.

No estamos en un cosmos inmutable que cabe en nuestra realidad minúscula, sino en una especie de cosmogénesis o inmensa secuencia de eventos interconectados en el desarrollo del universo cuyas magnitudes aconsejan humildad: Leo que se llevan contabilizadas 80.000 millones de galaxias. Y cada una de ellas, alberga cientos de miles de millones de soles como el nuestro en los que, a su vez, cabrían un millón de planetas como el nuestro. Cuando podemos ver una estrella como un lejano puntito, tenemos que imaginarnos su enorme tamaño para verlas a simple vista. Hay que tener en cuenta que una distancia normal entre dos estrellas es de diez años luz, unos cien millones de kilómetros… ¡entre dos estrellas!

Solo en la oscuridad puedes ver las estrellas, decía Martin Luther King; y si despojamos a la frase de su sentido metafórico profundo, puede ayudar a ponernos en situación ante lo que abarca la vista y alcanza la imaginación ante el firmamento: en la medida que reconocemos lo poco que somos y podemos, eso que facilita nuestro deseo de buscar más; no es necesario utilizar la arrogancia. El evangelio y la historia nos muestran las consecuencias cuando optamos por la dirección contraria.

miércoles, 31 de agosto de 2016

¿Cuál es el papel de los cristianos hoy?



Gabriel Mª Otalora

Estamos en un momento en el que es difícil tener ideas rotundas sobre la civilización Occidental. Hasta hace pocos años, era mayoritario el sentir de que nuestra civilización es la que ha aportado más frente a la barbarie de otros pueblos. A lo sumo, reconocíamos como grandes civilizaciones a las que dejaron hace mucho tiempo de serlo: azteca, inca, maya, egipcia, ateniense, romana, el islam de hace muchos siglos, las civilizaciones orientales… No tenía tanta importancia el colonialismo ni las consecuencias negativas que dejamos por doquier ni los aciertos de las demás formas de entender la existrencia. El fulgurante ascenso, se debió en parte al empleo de la fuerza en nombre de los grandes valores occidentales, sin importarnos mucho esgrimir a los clásicos y a los valores cristianos para imponer la cultura actual dominante y globalizada del capital y las finanzas, dejando lo importante reducido a un mero maquillaje que ya no resiste un hervor.

Estábamos satisfechos con haber logrado ser la civilización de referencia con muchos logros para el bienestar de las personas, lo cual es bien cierto. Ahora, sin embargo, las cosas no están tan claras a la vista de los resultados globales que la hijuela neoliberal consumista está ocasionando incluso entre nuestras propias filas.

¿Los pueblos colonizados en Suramérica, Centroamérica, África y Asia, han mejorado su situación, o viven en permanente colonialismo adaptado al siglo XXI? ¿Occidente mismo, ha ido a mejor? El haber generado culturas brillantes no nos permite aplastar a las de los demás ¿Qué hemos hecho buscando nuestros intereses a espada y fuego? Cuando los pueblos de las Cruzadas eran bastante bárbaros, los del islam de Oriente Próximo fueron los inventores de la tolerancia. Esto no gusta recordarlo pero no lo digo yo, sino el gran antropólogo Claude Lévi-Strauss en uno de sus trabajos para la Unesco. Luego vino de seguido la denuncia del peligro de la uniformidad rampante, siendo él pionero en alertarnos de lo que empezamos ahora a estar ahítos: “La humanidad se está instalando en el monocultivo, Se dispone a producir civilización en masa, igual que remolachas. En su menú habitual ya solo habrá ese plato”.

Cualquiera que viaje un poco por las principales capitales occidentales y de cada vez más lugares del planeta, verá cumplida la profecía de Lévi-Strauss ante la visión de las mismas cadenas comerciales de tiendas, hoteles, restaurantes y otras tantas franquicias que están acabando con las singularidades de las culturas locales. Y junto a esta laminación que deja en pañales las técnicas de asimilación cultural que utilizaban los romanos, vemos con desazón que el mundo tampoco así va mejor, con demasiados avisperos removidos sin respeto ninguno a otras civilizaciones menores y sin valorar las consecuencias de tanta codicia.

Ya no estamos tan seguros de que la actual civilización occidental sea la mejor a no ser porque las demás están diezmadas por la presión económica y militar o son aliados a cambio de permitirles gozarse en su dictadura. Sospechamos que deberíamos reinventarnos antes de que nuevas hornadas bárbaras aprovechen nuestra decadencia. Ya no podemos estar tan seguros de que el poder omnímodo militar y financiero sea una garantía para siempre; el terrorismo internacional, las grandes migraciones de exilados, las tensiones cada vez mayores en la geopolítica mundial… todo eso cuesta una bimillonada para mantener al mundo convertido en un monopoly una vez que los grandes valores han sido echados por la borda.

Podemos cambiar la ciaboga, claro, pero es más fácil la huida hacia adelante. La misma Unión Europea no deja de sorprendernos por su miopía ante los grandes retos que tenemos planteados como parte que somos de esa civilización que fue la más grande en todos los sentidos, y ahora se desvanece en un consumismo que ya se ha convertido en el principal signo de esta civilización y que puede acabar con los recursos del planeta. Muchos siguen viendo la botella medio llena, pero su ejercicio de lectura positiva de la realidad no deja de ser otra cosa que el recuento de los muebles que nos quedan… a punto de ser inutilizados ante la deriva social que llevamos. Y encima se confunden con los que luchan de verdad por cambiar las cosas a mejor.

Es lo que tiene la decadencia, que al ser cuesta abajo es difícil cambiar la inercia y quien más quien menos, estamos entrampados en esta cultura neoliberal de castillos de intereses que han desacreditado lo mejor del legado recibido del pasado.

¿Despertaremos de una vez? Stephen Hessel nos dijo aquello de ¡Indignaos!, sin violencia pero luchando por un mundo mejor. Más actual aunque no en el tiempo cronológico, Jesús de Nazaret debe ser el referente para el crsitiano ¿Cuál es el papel de los cristianos, jerarquía y laicos? ¿Negar la mayor? ¿Pasar de perfil porque no es nuestro negociado? ¿Ser cómplices? ¿Ser profetas? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?

lunes, 25 de mayo de 2015

Bienvenida al Espíritu Santo.



Gabriel Mª Otalora

Del Espíritu nos hablan Mateo, Juan así como Lucas en los Hechos, al menos en tres ocasiones; y Pablo en sus cartas a los Corintios y Gálatas. El término parakletos, que literalmente significa “aquel que es invocado”, significan cosas tan reconfortantes como mediador, defensor, consolador, el que viene en nuestra ayuda. Es la fuerza de Dios que nos transforma para infundir amor por encima de nuestras debilidades y miserias. Es, en definitiva, el que nos da luz y fuerza para mantenernos en la esperanza y firmes en la fe del amor.

Confieso que durante años, el Espíritu Santo era el gran desconocido para mí. Poco a poco, ha ido revelándose hasta resultar una experiencia de Dios maravillosa. Como dice el papa Francisco, es el Espíritu Santo el que permite al cristiano el tener la “memoria” de la historia y de los dones recibidos por Dios.

En Pentecostés (el quincuagésimo día después de la Pascua de Resurrección) que a su vez tiene el trasfondo de la fiesta judía de la manifestación de Dios en el Sinaí, el Espíritu Santo al descender sobre los apóstoles, les hace salir de sí mismos para convertirlos en testigos de las maravillas de Dios. Y esta transformación obrada por el Espíritu se refleja en la multitud que acudió al lugar y que provenía “de todas las naciones”, porque todo el mundo escucha las palabras de los apóstoles como si estuvieran pronunciadas en su propia lengua.

Éste es un efecto esencial de la acción del Espíritu que guía y anima el anuncio del Evangelio: la unidad, la comunión. Es la contraposición a Babel como signo de la soberbia y el orgullo del hombre que quería construir con sus propias fuerzas, sin Dios, “una ciudad y una torre cuya cúspide llegara hasta el cielo”. Aunque la mayoría prescinde de que el Espíritu Santo vive dentro de nosotros y que lo hemos apagado hasta negar de manera práctica su existencia tan real como nuestra vida.

Pero los cristianos de Occidente tenemos un problema: vemos este domingo como una fiesta más de la Iglesia, fiesta de precepto (qué lenguaje, Dios mío) y festivo laboralmente hablando. Pero no es una festividad religiosa más, sino uno de los grandes días del año, en el que recordamos y proclamamos la fuerza de Dios-Amor irrumpiendo en el mundo a través de aquellas pobres criaturas humanas, acobardadas y con poca fe, los mismos que en el relato de la Ascensión todavía le preguntan a Cristo si era ese el momento en que iba a darse, por fin, la liberación política de Israel. Una fiesta que nos interpela con amor nuestra falta de fe y por tanto de valentía para la denuncia profética y el compromiso con la Buena Nueva. En Pentecostés se derrama la victoria de la Resurrección a toda la humanidad de la mano de los cristianos abiertos al amor de Dios solidaria y responsablemente. Es el gran día que debiera convertirse en el signo de la iluminación del mundo sobre las tinieblas. El chispazo que alumbre el triunfo del amor sobre todo lo demás.

Por muy pobre que nuestro bagaje de amor, solo encontraremos en el Dios de Pentecostés su fuerza sanadora y transformadora buscando lo mejor de cada persona. Es la única petición que Dios concede siempre: la revelación a quien se la pide con fe. Es decir, con ganas: Dios no cumplirá todos nuestros deseos, como cualquier madre o padre sensato, pero sí cumple todas sus promesas; y una de las más claras es que “Mi Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”.

En esta sociedad tan materialista y a la vez tan golpeada por la crisis de valores, llena de lázaros abandonados a su suerte, Dios nos renueva su fidelidad invitándonos a despertar el amor inmenso que late en nuestro interior como la fuerza del Espíritu Santo. Un tesoro dormido por la mediocridad, el egoísmo y la desesperanza. Ante una nueva fiesta de Pentecostés, dejémonos invadir por el Espíritu. Es la mejor oración, lo que más necesitamos para nosotros y para irradiar a este mundo desnortado.

miércoles, 23 de julio de 2014

Llamada desde el Congo.



Gabriel Mª Otalora

La República Democrática del Congo es noticia; para mal, como casi siempre que se habla de África, eterna fotografía del hambre, la guerra y la miseria, maltratada por siglos de colonización y rapiña europea que se aprovecha de una elite africana fácil de corromper.
Las multinacionales de nuevas tecnologías, telefonía móvil y ordenadores dependen de una serie de minerales como el estaño, oro, wolframio y sobre todo el coltán, con el 80% de los recursos mundiales concentrados en el este del Congo.

A partir de los años 90 el precio de este mineral se disparó, y no se les ocurrió mejor idea para abaratar la materia prima que impulsar la esclavitud utilizando a jóvenes y niños como esclavos los siete días de la semana todo el año, sin medidas de seguridad hasta que fallecen reventados. Los orígenes de este drama humanitario se remontan a la guerra fratricida entre hutus y tutsis. La lucha continúa pero, desde los años 90, las milicias rebeldes concentraron sus esfuerzos en el control de las minas para financiarse la guerra y así seguimos, ellos matándose despiadadamente en un país desolado y nosotros embriagados de tecnología mientras nos ocultan el precio del mal llamado desarrollo mundial, que no es otro que el colonialismo de nuevo cuño que propician los países de la Unión Europea, Estados Unidos y demás adláteres.

La resultante son cinco millones de muertos y cien mil mujeres violadas al año desde finales de esa década, a cambio de que las multinacionales reciben coltán a precios ridículos con los que pueden crear toda la tecnología que quieren mientras esta gran injusticia definida como el conflicto más sangriento desde el fin de la II Guerra Mundial continúa silenciada en el mundo occidental. Y nuevamente, son las otras multinacionales, las de la solidaridad, como en este caso Manos Unidas y Alboan (de los jesuitas), las que nos abren los ojos denunciando esta tragedia humanitaria mientras ayudan sobre el terreno en lo que pueden. Dos millones de personas han abandonado sus casas por la guerra pero nos alarmamos cuando las verjas de Ceuta y Melilla se saturan de infelices congoleños y de otros países depauperados que llaman desesperados a nuestras puertas europeas.

De lo que se trata no es de acabar con los móviles y demás beneficios tecnológicos, sino de que la extracción de estos minerales se produzca en condiciones dignas acabando con la explotación para financiar la guerra. La verdad es que esto recuerda a la explotación textil en países como Bangla Desh, de la que se sabe bastante más pero que tampoco se hace apenas nada, y eso que varias empresas son de capital español. He leído bastante sobre ambas realidades execrables y aporto mi granito de arena compartiendo con los lectores esta realidad para que al menos, nos sintamos solidarios y aportemos dinero a quienes solo por amor están ayudando a los miles de miserables que malviven al este del Congo. Algo es algo, porque apelar a nuestros gobernantes a que recuperen la ayuda a la cooperación y desarrollo, me parece una quimera. Y de la ONU, mejor no hablar.