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jueves, 30 de mayo de 2019

África: amenaza y necesidad.



por  Gabriel Mª Otalora

Los grandes cambios mundiales, a todos los niveles, incluido el deslizamiento del centro de gravedad geopolítico hacia el mundo asiático, han puesto al continente africano de actualidad. Entre 2006 y 2018 el comercio de India con África se incrementó un 292%; y el de China, un 226%. Europa, en cambio, ha perdido la relevancia que tuvo. Para ser más exactos, la relación actual está condicionada por la inmigración, convertida en un problema común y con la natalidad de cada continente situada en ambos extremos.

La inmigración debiera concebirse como una oportunidad tanto para el inmigrante como para quien le acoge; lo cierto es que el interés europeo por África se resume en sus materias primas y en las oportunidades que ofrecen sus tierras y el mercado de mano de obra barata. Es cierto que todo ello conlleva una incipiente clase media pero también nuevas dinámicas de desigualdad e injusticias sociales que hacen que esa misma clase media emergente sea la que huye de África con destino Europa.

Nadie, salvo excepciones aventureras o misioneras, se desarraiga porque quiere. Lo cierto es que la inmigración nos asusta. Por eso, resulta incomprensible que no exista un debate sobre migraciones en la Unión Europea, ni tampoco una política estratégica común; de ahí el fracaso del marco migratorio actual. El problema se vive desde una hipersensibilidad rayana con la xenofobia que nada quiere saber del cómo se ha desarrollado allí la presencia europea esclavista de casi dos siglos, a la que sucedió el vacío y el abandono, hasta la llegada de la explotación colonial del siglo XIX y de parte del XX, hasta convertirse África en la región marginada de la globalización, abandonada a su suerte y llena de rémoras económicas y de supervivencia. El miedo al diferente ha tenido muchos episodios violentos en África antes de que lo sintamos nosotros con la llegada de africanos famélicos en las pateras.

¿Quién tutela a todos esos reyezuelos africanos que hacen la vista gorda a las grandes redes comerciales trasnacionales que viven de la globalización neoliberal? Ahora presionamos desde Europa a los gobiernos africanos para que frenen la inmigración en origen. Pero es como ponerle puertas al campo y la venda en los ojos ya que el crecimiento demográfico es el mayor en la historia de la humanidad y allí no tienen suficientes expectativas de desarrollo económico mientras no cese el expolio, aunque ahora se disfrace bajo el eufemismo de políticas de inversión y cooperación. Y por si fuera poco, el antropólogo Stephen Smith nos advierte que, en los próximos cuarenta años, África será tan joven que habrá que tener cuidado de que los jóvenes no se conviertan en adultos fracasados bajo la influencia de grupos armados o traficantes.

A todo lo anterior se le suma la necesidad de disponer de alimentos ante la pauperización del continente, a pesar de ser tierras ricas en materias primas, a lo que se une la amenaza del cambio climático que reducirá la producción agrícola, según pronostica la FAO ¿A quién le importa la realidad africana, sin soberanía alguna sobre sus recursos, que busca desesperadamente implantar economías sostenibles para industrializar la agricultura y, en definitiva, lograr un sustento digno? La realidad es que, a excepción de los productores de petróleo, ningún país se ha desarrollado sin el apoyo de una agricultura competitiva.

Qué hacemos entonces, ¿dejamos morir a la población en plan solución malthusiana? ¿Les ayudamos a su desarrollo para que no tengan que migrar aunque ello implique vivir aquí con menos consumismos irresponsables? ¿Seguimos mirando para otro lado, asustados y rabiosos porque no queremos negros entre nosotros, cuando nuestra tasa de natalidad reclama a corto plazo cientos de miles de manos de obra muy necesarias? De nada de esto queremos hablar y por eso no existe una política europea común sobre la inmigración.

Educación, tecnología, control de sus recursos naturales, democracia, condiciones dignas de vida… todo eso falta en África. Sobra violencia, miseria, explotación y desigualdades donde la mujer, una vez más, se lleva la peor parte. Es lógico que estemos asustados mientras la gobernanza europea siga desentendiéndose de este problema crucial en los dos continentes que ven sus flujos migratorios como necesidad y como amenaza. Esto también concierte a nuestra conciencia cristiana. A ver cuándo nos comportamos en este tema como verdaderos seguidores de Jesús y nos quitamos la venda de los ojos, porque no estoy convencido de que los gobernantes europeos, recién elegidos, afronten sus responsabilidades en este tema.

martes, 18 de abril de 2017

Geopolíticas imperiales: El Cuerno de África.



No es una casualidad que los espacios con la mayor cantidad y cualidad de recursos naturales sean, también, los puntos de mayor profusión de la violencia en el mundo. Productos de las dinámicas globales de producción y consumo materiales, de la centralización y concentración de la riqueza económico-financiera, los territorios desde los cuales se extraen las materias primas que mantienen en permanente crecimiento la comercialización de mercancías se distribuyen alrededor del mundo como una red de nodos de los cuales depende el extractivismo del capitalismo global.

No es azaroso, por consecuencia, que para Occidente los espacios-tiempos de mayor diversidad natural sean, asimismo, ejemplos arquetípicos de lo que significa ser un Estado fallido: Estados-nacionales que, de acuerdo con los ideólogos de la métrica axial occidental, proveen un especio de inigualable fertilidad para la proliferación de grupos terroristas, de redes dedicadas al crimen organizado internacional y de una vastedad de amenazas a la paz y la estabilidad de continentes enteros. Así pues, si bien es cierto que la importancia geopolítica y geoestratégica de una porción territorial se encuentra determinada por su funcionalidad para mantener la acumulación de capital en los centros neurálgicos de la economía-mundo, también lo es que esas porciones lo mismo se encuentran en la más remota y aislada comunidad indígena en América Latina que en la amplitud de los márgenes político-administrativos de una entidad estatal en el sudeste asiático.

Por supuesto, dentro de la lógica y el discurso occidentales, las razones de ser y las causalidades que originan a cualquier estado fallido, alrededor del mundo, siempre son tautológicas, autorreferenciadas en el sentido de que tanto unas como otras se validan por remitir a la misma serie de juicios de valor, al mismo conjunto de operaciones explicaciones causales que hacen del tercermundismo, del subdesarrollo, de la barbarie y el atraso las fuentes últimas de toda desgracia que ocurra dentro de las fronteras del Estado en cuestión.

En este sentido, un Estado fallido lo es debido a que sus instituciones públicas son débiles, a que sus instrumentos de participación política son insuficientes, poco actuales y viciados de origen; a que la construcción de ciudadanía aún se encuentra en ciernes, a que carece de una clase política profesional que se encargue de dirigir al país, a que la barbarie de su pasado colonial aún no es superada por la modernidad y el progreso y, sobre todo, a que el modo de producción, en su conjunto, aún no se encuentra organizado de la manera en que lo está en países como Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Francia, etcétera. Por eso un Estado fallido siempre es producto de sí mismo, de su resistencia a civilizarse y modernizarse.

Fuera de foco queda, en tales explicaciones, el valor geopolítico con el que se reviste a cada territorio. Y más aún, cuando el espacio-tiempo del mismo es, por su posición en el globo terráqueo, disputado por diversos Estados-nacionales, grupos empresariales, comunidades autóctonas y estratos sociales. Tal es el caso de aquellos espacios de los cuales se extraen diversas materias primas estratégicas para sostener el patrón de producción y consumo globales: los minerales estratégicos, por ejemplo; denominados así por el grueso de las economías centrales debido a que de su obtención depende el funcionamiento de grandes porciones de una o varias industrias, aunque de manera primordial aquellas relacionadas con la informática y el desarrollo de tecnologías de punta. Pero no sólo, pues lo estratégico de cada recurso natural deviene de su importancia tanto para la satisfacción de las necesidades de una población determinada cuanto para la exponenciación del lucro obtenido por su comercialización.

África, por lo anterior, es un continente en permanente disputa por los grandes capitales y complejos estatales, científicos y militares de todo el mundo: su masa territorial concentra alrededor del 81% de las reservas de cromo globales; pero también, y en la misma escala planetaria, alberga más del 50% de los yacimientos de cobalto, 52% de las reservas de manganeso y 13% de las de titanio: todos, materiales de vital importancia para la producción de gran maquinaria, en general; pero para el continuo desarrollo de aleaciones metálicas imprescindibles para las industrias de las telecomunicaciones, aeroespacial y militar, en particular.

Estados Unidos, por ejemplo, de un listado de sesenta elementos indexados, tanto por los Departamentos del Interior y de Seguridad Nacional como por la Oficina de Evaluación Tecnológica del Congreso, como minerales estratégicos para el mantenimiento de la hegemonía estadounidense en el mundo, depende en más del 60% de sus importaciones de treinta y nueve elementos —de los cuales, veintitrés se encuentran en el rango de 90% a 100% de dependencia del exterior. A ello se suman las reservas de oro y diamantes, las forestales, las acuíferas y, por supuesto, las concernientes a la enorme diversidad de especies animales y vegetales de las cuales dependen los complejos farmacéuticos.

Ahora bien, si se entiende que la operación de los servidores que permiten el funcionamiento del internet dependen del cobalto, que la producción de smartphones lo hace del litio y del cobre, que la industria eléctrica y la automotriz lo hacen del cromo, del titanio y el aluminio; que la síntesis de vacunas y nuevos medicamentos para viejas y nuevas enfermedades lo hace de los químicos presentes en diferentes especies de flora y fauna, etc., se comprende, también, que son imprescindibles, por un lado, la participación del capital privado en las cadenas de producción y suministro de las materias primas y sus derivados; y por el otro, el aseguramiento, tanto presente como futuro, de los espacios en los que se encuentran los recursos naturales, de la actividad empresarial, y de las rutas por las cuales transitan esas mercancías.

De aquí que el número de actores, de poderes, locales, nacionales y extranjeros en confrontación en un espacio-tiempo de vastos recursos naturales sea un factor definitivo en la comprensión de los porqués de los Estados fallidos. Porque contrario a las posiciones mainstream en torno del tema, lo fallido de cualquier Estado no es una condición dada en los genes de los individuos que conforman su sociedad. Más bien, lo que se encuentra en juego en cada uno de esos Estados es la posibilidad de que unos u otros poderes controlen la actividad productivo/consuntiva que se deriva de los recursos naturales albergados en el territorio, de la posición de tránsito del mismo, o de ambos.

Tal es el caso de Somalia, en África, un país localizado en el Cuerno de aquella masa continental que, sin importar el índice —cuantitativo o axial— al que se recurra, siempre se coloca dentro de las últimas diez posiciones del total de la muestra abarcada: ya sea en sus niveles de corrupción, de violencia, de empobrecimiento, de alimentación y salud, de educación, de ingresos monetarios, etcétera.

El caso de Somalia, lejos de representar una excepción a la regla dentro de los mecanismos que las grandes economías occidentales emplean para fabricar Estados fallidos, significa un caso paradigmático que ejemplifica la enorme cantidad de intereses en juego y la violencia tan avasalladora que se emplea para asegurar esos mismos intereses. En primera instancia, al margen de las reservas de recursos biológicos y otros minerales estratégicos con las que cuenta el país, Somalia alberga enormes yacimientos de gas y petróleo que colocan a su territorio como una de las principales fuentes de energía tanto para Europa como para Asia, después de todo, África, en términos de extraxctivismo, funciona para esas dos masas continentales a la manera en que América Latina lo hace para Estados Unidos.

En segundo lugar, su posición geográfica es estratégica para mantener las rutas comerciales marítimas que conectan a Asia y a Europa por el océano Índico: tanto, que sólo otros siete puntos alrededor del mundo gozan de la misma condición que este país. En efecto, colindando al Norte con el Golfo de Adén, Somalia es uno de los tres territorios — junto con Yibuti y Yemen— de los cuales depende que el oil transit chokepoint de Bab el-Mandeb permanezca abierto al tráfico comercial que rodea a la península arábiga y que conecta al sudeste asiático con el mar Mediterráneo.

Esa posición no es nada despreciable en términos geopolíticos: únicamente por concepto de tráfico petrolero, por el estrecho de el-Mandeb se mueven 3.8 millones de barriles diarios y transitan entre doscientos y trescientos millones de toneladas del hidrocarburo. Nada más los estrechos de Malaca, entre Indonesia y Malasia, y de Ormuz, entre los golfos Pérsico y de Omán, mueven mayores cantidades de energéticos de las que se mueven por las costas somalíes. De aquí que cualquier alteración en los flujos comerciales de las rutas que atraviesan el estrecho hacia o desde el canal de Suez implique la posibilidad de cortar el abastecimiento de energéticos a ambos lados del océano Índico, pero también, el encarecimiento de los costes de transportación, toda vez que sería necesario rodear al África o trasladar las mercancías por las conflictivas tierras del Oriente Medio.

Basta con observar los actores que se encuentran en disputa en la zona para percibir la manera en que, desde hace por lo menos una década, empujan el reacomodo de las orbitas geopolíticas de los grandes imperios en la zona. Por un lado, la presencia de Estados Unidos es indiscutible en el Cuerno de África desde la crisis de Suez. Con presencia de capitales privados y bases militares permanentes, la Caída del Halcón Negro y el hecho de que nueve (de nueve) presidentes somalíes hayan estado directamente vinculados con los servicios de inteligencia estadounidenses, hayan sido ciudadanos o empresarios de la misma nacionalidad no son más que el corolario de una larga historia de dominio colonial mantenida desde el Congreso de Berlín, en 1885.

Por supuesto no es, por ello, azaroso el que la intervención militar directa de Estados Unidos se haya dado dos años después de haber encontrado grandes yacimientos de hidrocarburos. Como no lo es, tampoco, el que las dos presidencias de Barack Obama se hayan caracterizado por el incremento permanente de presencia militar en el país, por la intensificación de los ataques en contra de civiles por vehículos no tripulados y por la profusión deayuda humanitaria materializada en armamento y entrenamiento militar.

Pero Estados Unidos no es el único Estado interesado en mantener su hegemonía en la zona. A la intensificación de las operaciones especiales estadounidenses en la zona han seguido, por un lado, el posicionamiento de bases militares chinas en la vecina República de Yibuti —bastión militar estadounidense por antonomasia. Por supuesto la diplomacia China disfrazó el acto de la misma manera en que lo suelen hacer Francia, Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido: apeló a un nombre políticamente más correcto y afirmó que la Base Logística solo serviría para propósitos humanitarios ligados al actuar de los cascos azules. Está demás señalar que el-Mandeb implica una importancia geoestratégica tan importante para china como la que representa Malaca.

Por el otro, y previsiblemente como respuesta a la expansión china en la zona, siguieron, también, tanto el reforzamiento japonés de la que también es su primera base militar de ultramar como la construcción de una base en la zona por parte de los saudíes. Y si bien la presencia militar japonesa es respuesta directa a la china, mientras que la saudí lo es a la influencia iraní post-acuerdo nuclear, ambas acciones se concatenan con la sangrienta intervención armada de Saudi Arabia en el vecino Yemen.

Somalia, Yemen y Yibuti son territorios indispensables para mantener cualquier orbita geopolítica imperial en la zona. Y la cuestión de fondo es que lo fallido que Occidente observa en ese Estado no cesará de regir en tanto la confrontación de los intereses comerciales que envuelven a la ruta comercial de el-Mandeb tampoco cese. Utilizar el argumento de combatir a la piratería local como pretexto para intervenir la zona en forma militar —cuando la piratería en el Cuerno de África es a Somalia, en tiempos de Trump, lo que Al-Qaeda fue a Afganistán en tiempos de Nixon— no hará más que escalar los dispositivos mediante los cuales se sigue empobreciendo a las poblaciones locales y fortalecer a los Señores de la Guerra que aplican dichos dispositivos.



Fuente: Rebelión

domingo, 10 de febrero de 2013

Escasez pauta nueva geopolítica de los alimentos.


Ruinas de Tikal, en Guatemala: el declive de la civilización maya, aparentemente, se debió a la incursión en una agricultrua ambientalmente insostenible.
Por Lester R. Brown*
IPS, 10 de febrero, 2013.- El mundo transita de una era de abundancia de alimentos a una de escasez. En la última década, las reservas mundiales de granos se redujeron un tercio. Los precios internacionales de los comestibles se multiplicaron más del doble, disparando una fiebre por la tierra y dando pie a una nueva geopolítica alimentaria.
Los alimentos son el nuevo petróleo. La tierra es el nuevo oro.
Esta nueva era se caracteriza por la carestía de los alimentos y la propagación del hambre.
Del lado de la demanda, el aumento demográfico, una creciente prosperidad y la conversión de alimentos en combustible para automóviles se combinan para elevar el consumo a un grado sin precedentes.
Del lado de la oferta, la extrema erosión del suelo, el aumento de la escasez hídrica y temperaturas cada vez más altas hacen que sea más difícil expandir la producción. A menos que se pueda revertir esas tendencias, los precios de los alimentos continuarán en ascenso, y el hambre seguirá propagándose, derribando el actual sistema social.
¿Es posible revertir estas tendencias a tiempo? ¿O acaso los alimentos son el eslabón débil de la civilización de comienzos del siglo XXI, en buena medida como lo fue en tantas de las civilizaciones anteriores cuyos vestigios arqueológicos se estudian ahora?
Esta reducción de los suministros alimentarios del mundo contrasta drásticamente con la segunda mitad del siglo XX, cuando los problemas dominantes en la agricultura eran la sobreproducción, los enormes excedentes de granos y el acceso a los mercados por parte de los exportadores de esos productos.
En ese tiempo, el mundo tenía dos reservas estratégicas: grandes remanentes de granos (con una cantidad en la basura al iniciarse la nueva cosecha) y una amplia superficie de tierras de cultivo sin utilizar, en el marco de programas agrícolas estadounidenses para evitar la sobreproducción.
Cuando las cosechas mundiales eran buenas, Estados Unidos hacía que más tierras estuvieran ociosas. En cambio, cuando eran inferiores a lo esperado, volvía a poner las tierras a producir.
La capacidad de producción excesiva se usó para mantener la estabilidad en los mercados mundiales de granos. La grandes reservas de granos amortiguaron la escasez de cultivos en el planeta.
Cuando el monzón no llegó a India en 1965, por ejemplo, Estados Unidos envió la quinta parte de su cosecha de trigo al país asiático para evitar una hambruna de potencial catastrófico. Y gracias a las abundantes reservas, esto tuvo poco impacto sobre el precio mundial de los granos.
Al iniciarse este período de abundancia alimentaria, el mundo tenía 2.500 millones de personas. Actualmente tiene 7.000 millones.
Entre 1950 y 2000 hubo ocasionales alzas en el precio de los granos, a raíz de eventos como una sequía severa en Rusia o una intensa ola de calor en el Medio Oeste de Estados Unidos. Pero sus efectos sobre el precio tuvieron corta vida.
En el plazo de un año, las cosas volvieron a la normalidad. La combinación de reservas abundantes y tierras de cultivo ociosas convirtió a ese período en uno de los que se gozó de mayor seguridad alimentaria en la historia.
Pero eso no duraría. Para 1986, el constante aumento de la demanda mundial de granos y los costos presupuestarios inaceptablemente altos hicieron que se eliminara el programa estadounidense de reserva de tierras agrícolas.
Actualmente, Estados Unidos tiene algunas tierras ociosas en el marco de su Programa de Reserva para la Conservación, pero se trata de suelos muy susceptibles a la erosión. Se terminaron los días en que había predios con potencial productivo listos para poner a cultivar rápidamente si se presentaba la necesidad.
Ahora el mundo vive apenas con la mira puesta en el año siguiente, siempre esperando producir suficiente para cubrir el aumento de la demanda. Los agricultores de todas partes realizan denodados esfuerzos para acompasar ese acelerado crecimiento de la demanda, pero tienen dificultades para lograrlo.
La escasez de alimentos conspiró contra civilizaciones anteriores. Las de los sumerios y los mayas fueron apenas dos de las muchas cuyo declive, aparentemente, se debió a la incursión en un sendero agrícola que era ambientalmente insostenible.
En el caso de los sumerios, el aumento de la salinidad del suelo a consecuencia de un defecto en su sistema de irrigación, que a no ser por eso estaba bien planificado, terminó devastando su sistema alimentario y, por ende, su civilización.
En cuanto a los mayas, la erosión del suelo fue una de las claves de su desmoronamiento, como lo fue para tantas otras civilizaciones tempranas.
La nuestra también está en ese sendero. Pero, a diferencia de los sumerios, lo que padece la agricultura moderna es el aumento de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Y, como los mayas, también está manejando mal la tierra y generando pérdidas sin precedentes de suelo a partir de la erosión.
En la actualidad, también enfrentamos tendencias más nuevas, como el agotamiento de los acuíferos, el estancamiento de los rendimientos de los granos en los países más avanzados desde el punto de vista agrícola y el aumento de la temperatura.
En este contexto, no resulta sorprendente que la Organización de las Naciones Unidas reporte que ahora los precios de los alimentos se han duplicado en relación al período 2002-2004.
Para la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, que gastan en promedio nueve por ciento de sus ingresos en alimentos, esto no es mayor problema. Pero para los consumidores que gastan entre 50 y 70 por ciento de sus ingresos en comida, que se dupliquen los precios es un asunto muy serio.
Estrechamente ligada a la reducción de las reservas de granos y al aumento del precio de los alimentos está la propagación del hambre.
En las últimas décadas del siglo pasado, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se redujo, cayendo a 792 millones en 1997. Luego empezó a aumentar, trepando a 1.000 millones. Lamentablemente, si se siguen haciendo las cosas como de costumbre, las filas de los hambrientos continuarán creciendo.
El resultado es que para los agricultores del mundo se está volviendo cada vez más difícil acompasar la producción a la creciente demanda de granos.
Las existencias mundiales de granos decayeron hace una década y no ha sido posible reconstruirlas. Si no se logra hacerlo, lo esperable es que, con la próxima mala cosecha, se encarezcan los alimentos, se intensifique el hambre y se propaguen los disturbios vinculados a la alimentación.
El mundo está ingresando a una era de escasez alimentaria crónica, que conduce a una intensa competencia por el control de la tierra y los recursos hídricos. En otras palabras, está comenzando una nueva geopolítica de los alimentos.

* Lester Brown es presidente del Earth Policy Institute y autor de “Full Planet, Empty Plates: The New Geopolitics of Food Scarcity” (Planeta lleno, platos vacíos: La nueva geopolítica de la escasez alimentaria. W.W. Norton: Octubre de 2012).
Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

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Fuente: Servindi

viernes, 4 de enero de 2013

América Latina: Horizonte 2013.


Por Katu Arkonada*
2 de enero, 2013.- Desde el punto de vista geopolítico, el año 2012 ha sido marcado por los acontecimientos ocurridos en dos países del subcontinente americano. Por un lado, el golpe de Estado acontecido en Paraguay en junio, y por otro lado las elecciones presidenciales en Venezuela en octubre y el anuncio del Presidente Chávez de designar al Vicepresidente y ex Canciller Nicolás Maduro como su sucesor en caso de que su enfermedad se vea agravada.
Ambos sucesos, y la forma en que sean resueltos, en dos países claves desde un punto de vista geoestratégico, van a definir buena parte del desarrollo de los acontecimientos políticos en el próximo ciclo 2013-2014. Paraguay era el eslabón más débil de los llamados procesos de cambio del continente, con un Fernando Lugo rehén de sus pactos de gobierno con los liberales, además de una ubicación geoestratégica clave en el centro de Sudamérica, razón por la cual se están instalando bases militares de Estados Unidos en ese país.
Las elecciones presidenciales que se van a celebrar en abril, donde Lugo encabeza la lista de senadores del Frente Guasú, mostrarán si hay posibilidad de reforzar la izquierda continental en un país con grandes desigualdades, o si la balanza se inclina hacia la derecha. En el caso venezolano, ha sido una demostración de fuerza y un golpe en el tablero geopolítico la victoria de Chávez el pasado 7 de octubre, así como la victoria el 16 de diciembre en 20 de 23 estados en las elecciones a gobernador.
Pero con el comandante de la revolución bolivariana y presidente en funciones recién operado en Cuba, y el anuncio de su posible sucesión, se vislumbran grandes sombras en el escenario de los procesos de cambio. Es algo más que un rumor la posibilidad de unas elecciones anticipadas antes de que termine marzo, elecciones donde la izquierda continental se jugaría mucho más de lo que parece.

Perspectivas desde los gobiernos

No podemos olvidar en este breve análisis que América Latina sigue siendo el subcontinente más desigual del planeta. De acuerdo con el informe “Panorama social de América Latina 2012“, divulgado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), este año la región finalizará con 167 millones de pobres, un millón menos que en 2011, así como en torno a 70 millones de personas que subsisten por debajo del umbral de la extrema pobreza, en torno a un 12% de la población latinoamericana. Para hacernos una idea, en 18 países de América Latina, el 10% más rico de la población recibe el 32% de los ingresos totales, mientras que entre todo el 40% más pobre se tienen que repartir el 15% de esos ingresos.
Estos datos hacen que una de las principales prioridades de los procesos de cambio en el próximo ciclo sea seguir redistribuyendo la riqueza, producto de sus recursos naturales principalmente, hasta reducir a 0 los índices de máxima pobreza. Esa reducción de la pobreza, junto con la universalización de los servicios públicos para los sectores populares y capas subalternas, y el logro de la seguridad y soberanía alimentaria, debería ser la hoja de ruta de los gobiernos progresistas de América Latina.
El otro gran reto a nivel regional es el de la integración, no solo comercial, sino principalmente en un nivel político. En ese sentido es clave el reforzamiento del Mercosur y UNASUR, y sobre todo ALBA y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), con una próxima cumbre anual a finales de enero en Santiago de Chile donde Cuba va a asumir la presidencia pro tempore durante el 2013.

Perspectivas desde los movimientos sociales

Desde los movimientos sociales, campesinos e indígenas del continente que en una buena parte de los países han pasado de la resistencia a la propuesta, y de ahí a la toma del poder, los retos no son menores tampoco. Sin dar tiempo a pasar la hoja del calendario, en enero se va a celebrar en Brasil, en la escuela de formación política del MST, la Asamblea Continental de Movimientos Sociales hacia el ALBA, e inmediatamente después en Santiago de Chile la Cumbre de los Pueblos paralela a la Cumbre Unión Europea – América Latina y CELAC. Ambos momentos, junto con el Foro Social Mundial 2013 a celebrarse en marzo en Túnez, serán momentos de articulación y planificación de los movimientos sociales continentales.
El desafío no es pequeño, tras la victoria en Venezuela y la más que probable en primera vuelta de Rafael Correa en las elecciones presidenciales de febrero en Ecuador, muchos esfuerzos (políticos y económicos) se van a invertir en desgastar al gobierno boliviano que encabezan los compañeros Evo Morales y Álvaro García Linera. Es tarea de los movimientos sociales y gobiernos aliados el articular redes, plataformas y alianzas que, desde la autonomía y una posición crítica pero leal, blinden los procesos de cambio en América Latina.
Al contrario de la Europa de las elites políticas y económicas, la Europa de los mercados y el capital, los procesos de cambio latinoamericanos muestran el camino de defensa de las mayorías sociales, en la búsqueda de un nuevo modelo político y económico que genera rupturas y permita vislumbrar una transición post capitalista. Bajo ese horizonte, la brújula política de la izquierda europea debería comenzar a orientarse hacia el Sur.

*Katu Arkonada colabora con el Ministerio de Relaciones Exteriores del Estado Plurincional de Bolivia además de ser investigador en la Universidad de la Cordillera.
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Fuente: Alainet:http://www.alainet.org/active/60582

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Fuente: Servindi

miércoles, 2 de enero de 2013

Así será el 2013 según la Geopolítica.



Después de haber sobrevivido –el pasado 21 de diciembre– al anunciado fin del mundo, nos queda ahora tratar de prever –con razonamientos prudentes pero más cartesianos– nuestro futuro inmediato, basándonos en los principios de la geopolítica, una disciplina que permite comprender el juego general de las potencias y evaluar los principales riesgos y peligros. Para anticipar, como en unos tableros de ajedrez, los movimientos de cada potencial adversario.

Si contemplamos, en este principio de año, un mapa del planeta, inmediatamente observamos varios puntos con luces rojas encendidas. Cuatro de ellos presentan altos niveles de peligro: Europa, América Latina, Oriente Próximo y Asia.

En la Unión Europea (UE), el año 2013 será el peor desde que empezó la crisis. La austeridad como credo único y los hachazos al Estado de bienestar continuarán porque así lo exige Alemania que, por primera vez en la historia, domina Europa y la dirige con mano de hierro. Berlín no aceptará ningún cambio hasta los comicios del próximo 22 de septiembre en los que la canciller Angela Merkel podría ser elegida para un tercer mandato.

En España, las tensiones políticas aumentarán a medida que la Generalitat de Catalunya vaya precisando los términos de la consulta a los catalanes sobre el futuro de esa comunidad autónoma. Proceso que, desde Euskadi, los nacionalistas vascos seguirán con el mayor interés. En cuanto a la situación de la economía, ya pésima, va a depender de lo que ocurra… en Italia en las próximas elecciones (el 24 de febrero). Y de las reacciones de los mercados ante una eventual victoria de los amigos del conservador Mario Monti (que cuenta con el apoyo de Berlín y del Vaticano) o del candidato de centroizquierda Pier Luigi Bersani, mejor colocado en las encuestas. También dependerá de las condiciones (sin duda brutales) que exigirá Bruselas por el rescate que Mariano Rajoy acabará pidiendo. Sin hablar de las protestas que siguen extendiéndose como reguero de gasolina y que acabarán por dar con algún fósforo encendido… Podrían producirse explosiones en cualquiera de las sociedades de la Europa del sur (Grecia, Portugal, Italia, España) exasperadas por los matraqueos sociales permanentes. La UE no saldrá del túnel en 2013, y todo podría empeorar si, además, los mercados decidieran cebarse (como los neoliberales les están incitando a hacerlo) (1) con la Francia del muy moderado socialista François Hollande.

En América Latina, el año 2013 también está lleno de desafíos. En primer lugar en Venezuela, país que desde 1999 representa un papel motor en los cambios progresistas de todo el subcontinente. La imprevista recaída del presidente Hugo Chávez –reelegido el pasado 7 de octubre– crea incertidumbre. Aunque el dirigente se está restableciendo de su nueva operación contra el cáncer, no pueden descartarse nuevas elecciones presidenciales en febrero próximo. Designado por Chávez, el candidato de la revolución bolivariana sería el actual vicepresidente (equivalente a primer ministro) Nicolás Maduro, un líder muy sólido con todas las cualidades, humanas y políticas, para imponerse.

También habrá elecciones, el 17 de febrero, en Ecuador: la reelección del presidente Rafael Correa, otro dirigente latinoamericano fundamental, ofrece pocas dudas. Importantes comicios asimismo, el 10 de noviembre, en Honduras donde, el 28 de junio de 2009, fue derrocado Manuel Zelaya. Su sucesor, Porfirio Lobo, no puede postularse para un segundo mandato consecutivo. En cambio, el Tribunal Supremo Electoral ha autorizado la inscripción del partido Libertad y Refundación (LIBRE), liderado por el ex presidente Zelaya, que presenta, como candidata, a su esposa y ex primera dama, Xiomara Castro. Importantes elecciones igualmente en Chile, el 17 de noviembre. Aquí, la impopularidad actual del presidente conservador Sebastián Piñera ofrece posibilidades de victoria a la socialista Michelle Bachelet.

La atención internacional también se fijará en Cuba. Por dos razones. Porque continúan en La Habana las conversaciones entre el Gobierno colombiano y los insurgentes de las FARC para tratar de poner fin al último conflicto armado de América Latina. Y porque se esperan decisiones de Washington. En los comicios estadounidenses del pasado 6 de noviembre, Barack Obama ganó en Florida; obtuvo el 75% del voto hispano y –muy importante– el 53% del voto cubano. Unos resultados que le dan al Presidente, en su último mandato, un amplio margen de maniobra para avanzar hacia el fin del bloqueo económico y comercial de la isla.

Donde nada parece avanzar es, una vez más, en el Cercano Oriente. Ahí se encuentra el actual foco perturbador del mundo. Las revueltas de la “primavera árabe” consiguieron derrocar a varios dictadores locales: Ben Alí en Túnez, Mubarak en Egipto, Gadafi en Libia y Saleh en Yemen. Pero las elecciones libres permitieron que partidos islamistas de corte reaccionario (Hermanos Musulmanes) acaparasen el poder. Ahora quieren, como lo estamos viendo en Egipto, conservarlo a toda costa. Para consternación de la población laica que, por haber sido la primera en sublevarse, se niega a aceptar esa nueva forma de autoritarismo. Idéntico problema en Túnez.

Después de haber seguido con interés las explosiones de libertad de la primavera 2011 en esta región, las sociedades europeas se están de nuevo desinteresando de lo que allí ocurre. Por demasiado complicado. Un ejemplo: la inextricable guerra civil en Siria. Ahí, lo que está claro es que las grandes potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia), aliadas a Arabia Saudí, Qatar y Turquía, han decidido apoyar (con dinero, armas e instructores) a la insurgencia islamista suní. Ésta, en los diferentes frentes, no cesa de ganar terreno. ¿Cuánto tiempo resistirá el Gobierno de Bachar El Asad? Su suerte parece echada. Rusia y China, sus aliados diplomáticos, no darán luz verde en la ONU a un ataque de la OTAN como en Libia en 2011. Pero tanto Moscú como Pekín consideran que la situación del régimen de Damasco es militarmente irreversible, y han empezado a negociar con Washington una salida al conflicto que preserve sus intereses.

Frente al “eje chií” (Hezbolá libanés, Siria, Irán), Estados Unidos ha constituido en esa región un amplio “eje suní” (desde Turquía y Arabia Saudí hasta Marruecos pasando por El Cairo, Trípoli y Túnez). Objetivo: derrocar a Bachar El Asad –y despojar así a Teherán de su gran aliado regional– antes de la próxima primavera. ¿Por qué? Porque el 14 de junio tienen lugar, en Irán, las elecciones presidenciales (2). A las cuales Mahmud Ahmadinejad, el actual mandatario, no puede presentarse pues la Constitución no permite ejercer más de dos mandatos. O sea que, durante el próximo semestre, Irán se hallará immerso en violentas pugnas electorales entre los partidarios de una línea dura frente a Wa­s­hington y los que defienden la vía de la negociación.

Frente a esa situación iraní de cierto desgobierno, Israel en cambio estará en orden de marcha para un eventual ataque contra las instalaciones nucleares persas (3). En el Estado judío, en efecto, las elecciones generales del 22 de enero verán probablemente la victoria de la coalición ultraconservadora que reforzará al primer ministro Benjamín Netanyahu, partidario de bombardear cuanto antes Irán.

Ese ataque no puede llevarse a cabo sin la participación militar de Estados Unidos. ¿Lo aceptará Washington? Es poco probable. Barack Obama, que toma posesión el 21 de enero, se siente más seguro después de su reelección. Sabe que la inmensa mayoría de la opinión pública estadounidense (4) no desea más guerras. El frente de Afganistán sigue abierto. El de Siria también. Y otro podría abrirse en el norte de Malí. El nuevo secretario de Estado, John Kerry, tendrá la delicada misión de calmar al aliado israelí.

Entretanto Obama mira hacia Asia, zona prioritaria desde que Washington decidió la reorientación estratégica de su política exterior. Estados Unidos trata de frenar allí la expansión de China cercándola de bases militares y apoyándose en sus socios tradicionales: Japón, ­Corea del Sur, Taiwán. Es significativo que el primer viaje de Barack Obama, depués de su ­reelección el pasado 6 de noviembre, haya sido a Birmania, Camboya y Tailandia, tres ­Estados de la Asociación de ­Naciones del Sudeste de Asia (ASEAN). Una organización que reúne a los aliados de Wa­shington en la región y la mayoría de cuyos miembros tienen problemas de límites marítimos con Pekín.

Los mares de China, que designará a Xi Jinping presidente en marzo próximo, se han convertido en las zonas de mayor potencial de conflicto armado del área Asia-Pacífico. Las tensiones de Pekín con Tokio, a propósito de la soberanía de las islas Senkaku (Diaoyú para los chinos), podrían agravarse después de la victoria electoral, el pasado 16 de diciembre, del Partido Liberal-Demócrata (PLD) cuyo líder y nuevo primer ministro, Shinzo Abe, es un “halcón” nacionalista, conocido por sus críticas hacia China. También la disputa con Vietnam sobre la propiedad de las islas Spratley está subiendo peligrosamente de tono. Sobre todo después de que las autoridades vietnamitas colocaran oficialmente, en junio pasado, el archipiélago bajo su soberanía.

China está modernizando a toda marcha su Armada. El pasado 25 de septiembre lanzó su primer portaaviones, el Liaoning, con la intención de intimidar a sus vecinos. Pekín soporta cada vez menos la presencia militar de Estados Unidos en Asia. Entre los dos gigantes, se está instalando una peligrosa “desconfianza estratégica” (5) que, sin lugar a dudas, va a marcar la política internacional del siglo XXI.

Notas:

(1) Léase el dossier “France and the euro. The time-bomb at the heart of Europe”, The Economist, Londres, 17 de noviembre de 2012.

(2) En Irán, el presidente no es el jefe de Estado. El jefe de Estado es el Guía Supremo, elegido de por vida, y cuya función ejerce actualmente Alí Jamenei.

(3) Léase, Ignacio Ramonet, “El año de todos los peligros”, Le Monde diplomatique en español, febrero 2012.

(4) The New York Times, Nueva York, 12 de noviembre de 2012.

(5) Léase Wang Jisi y Kenneth G. Lieberthal, “Adressing U.S.-China Strategic Distrust”, Broo­kings Institution, 30 de marzo de 2012.

Fuente: ApiaVirtual