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jueves, 12 de febrero de 2015

El agua en el mundo y su escasez en Brasil.


Leonardo Boff, 11-Febrero-2015

La situación actual de grave escasez de agua potable, que afecta a buena parte del sudeste brasilero donde se sitúan las grandes ciudades como São Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte, nos obliga como nunca antes a repensar la cuestión del agua y a desarrollar una cultura del cuidado de la mano de sus famosas erres (r): reducir, reusar, reciclar, respetar y reforestar.

Ninguna cuestión es hoy día más importante que la del agua. De ella depende la supervivencia de toda la cadena de la vida y, consecuentemente, nuestro propio futuro. Ella puede ser motivo tanto de guerra como de solidaridad social y cooperación entre los pueblos. Especialistas y grupos humanistas ya han sugerido un pacto social mundial en torno a aquello que es vital para todos: el agua. En torno al agua se crearía un consenso mínimo entre todos, pueblos y gobiernos, con vistas a un bien común, nuestro y del sistema-vida.

Independientemente de las discusiones que rodean el tema del agua, podemos hacer una afirmación segura e indiscutible: el agua es un bien natural, vital, insustituible y común. Ningún ser vivo, humano o no, puede vivir sin agua. El 21 de julio de 2010, la ONU aprobó esta resolución: el agua potable y segura y el saneamiento básico constituyen un derecho humano esencial.

Consideremos rápidamente los datos básicos sobre el agua en el planeta Tierra: el agua existe desde hace ya 500 millones de años; el 97,5% de las aguas de los mares y de los océanos son saladas. Solamente el 2,5% son dulces. Pero 2/3 de esas aguas dulces se encuentra en los casquetes polares y glaciares y en la cumbre de las montañas (68,9%); casi todo lo restante (29,9%) son aguas subterráneas. Queda un 0,9% en los pantanos y apenas un 0,3% en los ríos y lagos. De este 0,3%, el 70% se destina a la irrigación en la agricultura, el 20% a la industria y queda apenas el 10% de este 0,3% para uso humano y para dar de beber a los animales.

Existen en el planeta cerca de 1.360 millones de km cúbicosde agua. Si tomásemos toda el agua de los océanos, lagos, ríos, acuíferos y casquetes polares y la distribuyésemos equitativamente sobre la superficie terrestre, la Tierra quedaría sumergida debajo de una capa de agua de tres km de profundidad.

La renovación de las aguas es del orden de 43 mil km cúbicos por año, mientras que el consumo total se estima en 6 mil km cúbicos por año. Por lo tanto no hay falta de agua.

El problema es que se encuentra desigualmente distribuida: el 60% en solamente 9 países, mientras otros 80 se enfrentan a la escasez. Poco menos de mil millones de personas consumen el 86% del agua existente mientras que para 1,4 miles de millones es insuficiente (en 2020 serán tres mil millones) y para dos mil millones no está tratada, lo que genera el 85% de las enfermedades según la OMS. Se presume que en el 2032 cerca de 5 mil millones de personas estarán afectadas por la escasez de agua.

Brasil es la potencia natural de las aguas, con el 12% de toda el agua dulce del planeta, que suma 5,4 billones de metros cúbicos. Pero está desigualmente distribuida: el 72% en la región amazónica, el 16% en el Centro-Oeste, el 8% en el Sur y en el Sureste y el 4% en el Nordeste. A pesar de la abundancia, no sabemos usar el agua, pues el 37% de la tratada es desperdiciada, lo que daría para abastecer a toda Francia, Bélgica, Suiza y norte de Italia. Es urgente, por tanto, un nuevo patrón cultural en relación a ese bien tan esencial (cf. el estudio más minucioso organizado por el recordado Aldo Rabouças,Aguas doces no Brasil: Escrituras, SP 2002).

Una gran especialista del agua que trabaja en los organismos de la ONU sobre el tema, la canadiense Maude Barlow, afirma en su libro Agua: pacto azul (2009): «La población global se triplicó en el siglo XX pero el consumo de agua aumentó siete veces. En 2050, cuando tengamos 3 mil millones más de personas, necesitaremos un 80% más de agua solamente para uso humano; y no sabemos de dónde vendrá» (17). Ese escenario es dramático, pues pone claramente en jaque la supervivencia de la especie humana.

Hay una carrera mundial para privatizar el agua. En ella surgen grandes empresas multinacionales como las francesas Vivendi y Suez-Lyonnaise, la alemana RWE, la inglesa Thames Water y la estadounidense Bechtel. Se ha creado un mercado de las aguas que supone más de 100 mil millones de dólares. En la comercialización de agua mineral, la Nestlé y la Coca-Cola que están buscando comprar fuentes de agua por todas partes del mundo, inclusive en Brasil.

Pero hay también fuertes reacciones de las poblaciones como ocurrió en el año no 2000 en Cochabamba (Bolivia). La empresa Bechtel compró las aguas y elevó los precios un 35%. La reacción organizada de la población hizo que la compañía saliese a marchas forzadas el país.

El gran debate hoy se plantea en estos términos: ¿el agua es fuente de vida o fuente de lucro? ¿El agua es un bien natural, vital, común e insustituible o un bien económico para ser tratado como recurso hídrico y cotizado en las bolsas de mercado?

Ambas dimensiones no se excluyen pero debemos relacionarlas rectamente. Fundamentalmente el agua pertenece al derecho a la vida, como insiste el gran especialista en aguas Ricardo Petrella (O Manifesto da Agua, Vozes 2002). En este sentido, el agua de beber, para uso en la alimentación, para la higiene personal y para saciar la sed de los animales debe ser gratuita.

Como por otra parte es escasa y demanda una compleja estructura de captación, conservación, tratamiento y distribución, implica una innegable dimensión económica. Esta, sin embargo, no debe prevalecer sobre la otra; al contrario, debe hacerla accesible a todas las personas. Incluso los altos costes económicos deben ser cubiertos por el Poder Publico. No haya aquí espacio para discutir las causas de la actual sequía. Recomiendo el libro el científico Antonio D. Nobre (INPE), publicado en enero: El futuro climático de la Amazonia, donde discute las causas principales.

El Hambre Cero Mundial prevista por las Metas del Milenio de la ONU, debe incluir la Sed Cero, pues no hay alimento que pueda existir y pueda ser consumido sin agua.

El agua es vida, generadora de vida y uno de los símbolos más poderosos de la naturaleza de la Última Realidad. Sin ella no viviríamos.

Leonardo Boff es columnista de JBonline y escribió Del iceberg al arca de Noé, Mar de Idéias, Río 2010.

Traducción de Mj Gavito Milano

Fuente: Atrio

domingo, 10 de febrero de 2013

Escasez pauta nueva geopolítica de los alimentos.


Ruinas de Tikal, en Guatemala: el declive de la civilización maya, aparentemente, se debió a la incursión en una agricultrua ambientalmente insostenible.
Por Lester R. Brown*
IPS, 10 de febrero, 2013.- El mundo transita de una era de abundancia de alimentos a una de escasez. En la última década, las reservas mundiales de granos se redujeron un tercio. Los precios internacionales de los comestibles se multiplicaron más del doble, disparando una fiebre por la tierra y dando pie a una nueva geopolítica alimentaria.
Los alimentos son el nuevo petróleo. La tierra es el nuevo oro.
Esta nueva era se caracteriza por la carestía de los alimentos y la propagación del hambre.
Del lado de la demanda, el aumento demográfico, una creciente prosperidad y la conversión de alimentos en combustible para automóviles se combinan para elevar el consumo a un grado sin precedentes.
Del lado de la oferta, la extrema erosión del suelo, el aumento de la escasez hídrica y temperaturas cada vez más altas hacen que sea más difícil expandir la producción. A menos que se pueda revertir esas tendencias, los precios de los alimentos continuarán en ascenso, y el hambre seguirá propagándose, derribando el actual sistema social.
¿Es posible revertir estas tendencias a tiempo? ¿O acaso los alimentos son el eslabón débil de la civilización de comienzos del siglo XXI, en buena medida como lo fue en tantas de las civilizaciones anteriores cuyos vestigios arqueológicos se estudian ahora?
Esta reducción de los suministros alimentarios del mundo contrasta drásticamente con la segunda mitad del siglo XX, cuando los problemas dominantes en la agricultura eran la sobreproducción, los enormes excedentes de granos y el acceso a los mercados por parte de los exportadores de esos productos.
En ese tiempo, el mundo tenía dos reservas estratégicas: grandes remanentes de granos (con una cantidad en la basura al iniciarse la nueva cosecha) y una amplia superficie de tierras de cultivo sin utilizar, en el marco de programas agrícolas estadounidenses para evitar la sobreproducción.
Cuando las cosechas mundiales eran buenas, Estados Unidos hacía que más tierras estuvieran ociosas. En cambio, cuando eran inferiores a lo esperado, volvía a poner las tierras a producir.
La capacidad de producción excesiva se usó para mantener la estabilidad en los mercados mundiales de granos. La grandes reservas de granos amortiguaron la escasez de cultivos en el planeta.
Cuando el monzón no llegó a India en 1965, por ejemplo, Estados Unidos envió la quinta parte de su cosecha de trigo al país asiático para evitar una hambruna de potencial catastrófico. Y gracias a las abundantes reservas, esto tuvo poco impacto sobre el precio mundial de los granos.
Al iniciarse este período de abundancia alimentaria, el mundo tenía 2.500 millones de personas. Actualmente tiene 7.000 millones.
Entre 1950 y 2000 hubo ocasionales alzas en el precio de los granos, a raíz de eventos como una sequía severa en Rusia o una intensa ola de calor en el Medio Oeste de Estados Unidos. Pero sus efectos sobre el precio tuvieron corta vida.
En el plazo de un año, las cosas volvieron a la normalidad. La combinación de reservas abundantes y tierras de cultivo ociosas convirtió a ese período en uno de los que se gozó de mayor seguridad alimentaria en la historia.
Pero eso no duraría. Para 1986, el constante aumento de la demanda mundial de granos y los costos presupuestarios inaceptablemente altos hicieron que se eliminara el programa estadounidense de reserva de tierras agrícolas.
Actualmente, Estados Unidos tiene algunas tierras ociosas en el marco de su Programa de Reserva para la Conservación, pero se trata de suelos muy susceptibles a la erosión. Se terminaron los días en que había predios con potencial productivo listos para poner a cultivar rápidamente si se presentaba la necesidad.
Ahora el mundo vive apenas con la mira puesta en el año siguiente, siempre esperando producir suficiente para cubrir el aumento de la demanda. Los agricultores de todas partes realizan denodados esfuerzos para acompasar ese acelerado crecimiento de la demanda, pero tienen dificultades para lograrlo.
La escasez de alimentos conspiró contra civilizaciones anteriores. Las de los sumerios y los mayas fueron apenas dos de las muchas cuyo declive, aparentemente, se debió a la incursión en un sendero agrícola que era ambientalmente insostenible.
En el caso de los sumerios, el aumento de la salinidad del suelo a consecuencia de un defecto en su sistema de irrigación, que a no ser por eso estaba bien planificado, terminó devastando su sistema alimentario y, por ende, su civilización.
En cuanto a los mayas, la erosión del suelo fue una de las claves de su desmoronamiento, como lo fue para tantas otras civilizaciones tempranas.
La nuestra también está en ese sendero. Pero, a diferencia de los sumerios, lo que padece la agricultura moderna es el aumento de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Y, como los mayas, también está manejando mal la tierra y generando pérdidas sin precedentes de suelo a partir de la erosión.
En la actualidad, también enfrentamos tendencias más nuevas, como el agotamiento de los acuíferos, el estancamiento de los rendimientos de los granos en los países más avanzados desde el punto de vista agrícola y el aumento de la temperatura.
En este contexto, no resulta sorprendente que la Organización de las Naciones Unidas reporte que ahora los precios de los alimentos se han duplicado en relación al período 2002-2004.
Para la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, que gastan en promedio nueve por ciento de sus ingresos en alimentos, esto no es mayor problema. Pero para los consumidores que gastan entre 50 y 70 por ciento de sus ingresos en comida, que se dupliquen los precios es un asunto muy serio.
Estrechamente ligada a la reducción de las reservas de granos y al aumento del precio de los alimentos está la propagación del hambre.
En las últimas décadas del siglo pasado, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se redujo, cayendo a 792 millones en 1997. Luego empezó a aumentar, trepando a 1.000 millones. Lamentablemente, si se siguen haciendo las cosas como de costumbre, las filas de los hambrientos continuarán creciendo.
El resultado es que para los agricultores del mundo se está volviendo cada vez más difícil acompasar la producción a la creciente demanda de granos.
Las existencias mundiales de granos decayeron hace una década y no ha sido posible reconstruirlas. Si no se logra hacerlo, lo esperable es que, con la próxima mala cosecha, se encarezcan los alimentos, se intensifique el hambre y se propaguen los disturbios vinculados a la alimentación.
El mundo está ingresando a una era de escasez alimentaria crónica, que conduce a una intensa competencia por el control de la tierra y los recursos hídricos. En otras palabras, está comenzando una nueva geopolítica de los alimentos.

* Lester Brown es presidente del Earth Policy Institute y autor de “Full Planet, Empty Plates: The New Geopolitics of Food Scarcity” (Planeta lleno, platos vacíos: La nueva geopolítica de la escasez alimentaria. W.W. Norton: Octubre de 2012).
Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

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Fuente: Servindi