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miércoles, 14 de junio de 2017

Transgénicos y fundamentalismo neoliberal : la alternativa agroecológica al capitalismo global.


"Cualquier compromiso serio de alimentar al mundo de manera sostenible y equitativa debe desafiar el sistema globalizado de capitalismo que ha producido la desigualdad estructural y la pobreza; un sistema que promueve la marginación de las granjas a pequeña escala y sus sistemas de cultivo. Este sistema es responsable de los devastadores impactos de la especulación de los productos alimenticios".

Gran parte del argumento a favor de la agricultura transgénica se basa en tergiversaciones y ataques a quienes expresan sus preocupaciones sobre la tecnología y sus impactos. Estos ataques están diseñados en parte para agitar el sentimiento populista y denigrar a los críticos con el fin de que intereses corporativos puedan asegurar un mayor control sobre la agricultura. También sirven para desviar la atención de los problemas subyacentes relacionados con el hambre y la pobreza, y las soluciones genuinas, así como con el interés propio del propio lobby pro-OMG.

La base misma del sector agro-biotecnológico se basa en un fraude. El sector y el cartel transnacional de agronegocios a los que pertenece también han logrado captar con éxito sus propios intereses muchos organismos y políticas internacionales y nacionales, entre ellos la OMC, varios acuerdos comerciales, instituciones gubernamentales y reguladores. Del fraude a la duplicidad, no es de extrañar entonces que el sector está lleno de miedo y paranoia.

“Tienen miedo de morir”, dice Marion Nestle, profesora de nutrición, estudios alimentarios y de salud pública en la Universidad de Nueva York y autora de varios libros sobre política alimentaria. Y agrega: “Ellos defienden a sus negocios, para defenderlo, están atacando con la esperanza de que pueden neutralizar a los críticos… Es una industria paranoica y lo ha sido desde el principio”.

Guerra contra la razón:

Corporaciones globales como Monsanto están librando una guerra ideológica, no sólo contra sus críticos, sino también contra el público. Por ejemplo, considere que la mayoría del público británico y el público canadiense tienen preocupaciones válidas sobre alimentos transgénicos y no los quieren. Sin embargo, se encontró que el gobierno británico había estado tratando en secreto con la industria y con el gobierno canadiense, de suavizar la imagen que se tiene de estos alimentos, para que el público cambie su opinión sobre ellos.

En lugar de respetar la opinión pública y de servir al interés público mediante al pedir cuentas a las corporaciones poderosas, los funcionarios parecen estar más dispuestos a servir a los intereses del sector empresarial, independientemente de las genuinas preocupaciones que sobre alimentos transgénicos tenga la gente, preocupaciones que se basan en argumentos razonables, a pesar de que la industria no lo cree así.

El sector agroindustrial y de los agronegocios quiere expandir su influencia a nivel global, ya sea a través del despliegue de sus semillas transgénicos o de la expansión de un sistema de agricultura basada en los monocultivos, con el uso intensivo de químicos. Sin embargo, bajo la fachada superficial de trabajar en interés de la humanidad, este sector está impulsado por un fundamentalismo neoliberal que exige el atrincheramiento de la agricultura capitalista a través de la desregulación y del control corporativo de las semillas, la tierra, los fertilizantes, el agua, los pesticidas y el procesamiento de alimentos.

Si algo no le importa a la industria corporativa agroindustrial y de los agronegocios, contrariamente a la imagen pública que trata de transmitir, es la libre “elección de los consumidores”, “la democracia” o la “ciencia objetiva e independiente”. Tiene más que ver con socavar y degradar estos conceptos y desplazar los sistemas de producción existentes: las economías se “abren a través del desplazamiento concurrente de un sistema productivo preexistente. Las pequeñas y medianas empresas son empujadas a la bancarrota o están obligadas a producir para un distribuidor global, las empresas estatales son privatizadas o cerradas, los productores agrícolas independientes se empobrecen “(Michel Chossudovsky en The Globalization of Poverty).

Críticos apuñalan al corazón del neoliberalismo:

Los críticos están destacando no sólo cómo la industria ha subvertido y degradado la ciencia y se ha infiltrado en las instituciones públicas claves y en los organismos reguladores. Ellos también están mostrando cómo el comercio y la ayuda, se utilizan para subyugar a las diferentes regiones y al sector más productivo de la agricultura global: el agricultor, a las necesidades de las poderosas entidades comerciales.

Al hacer esto, los críticos apuñalan con fuerza los intereses corporativos y su agenda neoliberal.

De acuerdo a Eric Holt-Giménez:

El Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el Programa Mundial de Alimentos, el Desafío del Milenio, la Alianza para una Revolución Verde en África, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos y algunos gigantes industriales como Yara Fertilizer, Cargill, Archer Daniels Midland, Syngenta, DuPont y Monsanto, tratan de evitar cuidadosamente las discusión sobre las causas de la crisis alimentaria. Las “soluciones” que prescriben están arraigadas en las mismas políticas y tecnologías que crearon el problema en primer lugar: aumento de la ayuda alimentaria, desregulación del comercio mundial de productos agrícolas, y algunas innovaciones tecnológicas como la modificación genética. Estas medidas sólo fortalecen el statu quo corporativo que controla la alimentación mundial… El futuro de nuestros sistemas alimentarios y de nuestros combustible se decide de facto por mercados globales no regulados, especuladores financieros y monopolios globales”.

La geopolítica de la alimentación y la agricultura ha desempeñado un papel importante en crear un déficit de alimentos en algunas regiones. Por ejemplo, la agricultura africana ha sido reformada para favorecer a los actores corporativos descritos en el extracto anterior. La Fundación Gates está encabezando las ambiciones de la “América Corporativa” y la lucha por el control de África por parte del agronegocio global. Y en la India, ha habido un intento continuo de hacer lo mismo: un proyecto que ahora está llegando a una fase crítica ya que los motivos del Estado, que actúa en nombre del capital privado (extranjero), se desnudan y los efectos devastadores sobre la salud, el medio ambiente y las condiciones sociales están claras, para que todos.

Cualquier compromiso serio de alimentar al mundo de manera sostenible y equitativa debe desafiar el sistema globalizado de capitalismo que ha producido la desigualdad estructural y la pobreza; un sistema que promueve la marginación de las granjas a pequeña escala y sus sistemas de cultivo. Este sistema es responsable de los devastadores impactos de la especulación de los productos alimenticios, las adquisiciones de tierras, el comercio manipulado y un sistema agricultura industrial.

Y dentro del sistema subyace cierta mentalidad. Tanto si se trata de Hugh Grant como de Robb Fraley o de Bill Gates, hombres blancos altamente remunerados (multimillonarios), con un compromiso ideológico con el poder corporativo, todos están tratando de forzar un modelo rentable pero falso de producción de alimentos en el mundo.

Ignoran los efectos de un sistema de capitalismo que tan claramente promueven y han aprovechado financieramente.

Es un capitalismo y un sistema de agricultura sostenido por el dinero manchado de sangre del militarismo (Ucrania e Irak), el “ajuste estructural” y los préstamos vinculados (África) o los acuerdos comerciales inclinados (India) por medio de los cuales el agronegocio transnacional impulsa una agenda global para satisfacer sus intereses y erradicar los impedimentos para obtener ganancias. Y no importa la cantidad de devastación que se produce o lo insostenible que sea su modelo, la “gestión de crisis” y la “innovación” alimentan la rueda controlada por las corporaciones.

Soluciones genuinas: agroecología, descentralización y localismo

Sin embargo, lo que realmente molesta a los intereses corporativos que alimentan el actual modelo agroindustrial intensivo, y que promueven los transgénicos, es que sus críticos están ofreciendo alternativas y soluciones genuinas. Abogan por un cambio hacia sistemas de agricultura más orgánicos, lo cual incluye el apoyo a pequeñas fincas y un movimiento agroecológico que está capacitando política, social y económicamente a la población.

Esto representa un desafío para todos los buenos evangelistas neoliberales (y los hipócritas puros). Para entender lo que implica la agroecología, volvamos a Raj Patel:

“Para entender lo que es la agroecología, es bueno primero entender por qué la agricultura de hoy se llama “industrial”. La agricultura moderna convierte los campos en fábricas. El fertilizante inorgánico añade nitrógeno, potasio y fósforo al suelo; los pesticidas matan cualquier cosa que se arrastra; los herbicidas no dejan nada verde…, todo para crear una línea de ensamblaje que escupe un solo cultivo… La agroecología utiliza los sistemas mucho más complejos de la naturaleza para hacer lo mismo, pero de manera más eficiente y sin el conjunto de la química. Se cultiva frijoles fijadores de nitrógeno en lugar de usar fertilizantes inorgánicos; las flores se utilizan para atraer insectos beneficiosos para manejar las plagas; las malas hierbas se aglomeran cuando la siembra es intensiva. El resultado es un policultivo sofisticado, que produce muchos cultivos simultáneamente, en lugar de uno solo”.

Y funciona. Vea lo que Cuba ha logrado. De hecho, se ha escrito mucho sobre la agroecología y su potencial para un cambio social radical, sus éxitos y los desafíos que enfrenta.

El Director Ejecutivo de Food First, Eric Holtz-Gimenez, argumenta que la agroecología ofrece soluciones concretas y prácticas a muchos de los problemas del mundo que van más allá de la agricultura, aunque está vinculada a ella. Al hacerlo, desafía -y ofrece alternativas a la economía doctrinaria moribunda predominante- de un neoliberalismo que impulsa el sistema fallido de la agricultura industrial con uso intensivo de transgénicos / químicos.

Holtz-Gimenez añade que la ampliación de la agroecología puede hacer frente al hambre, la malnutrición, la degradación ambiental y el cambio climático. Mediante la creación de trabajos agrícolas intensivos en mano de obra bien pagados, también puede abordar los vínculos interrelacionados entre la deslocalización laboral de los países ricos y la retirada de las poblaciones rurales de otros lugares que acaban en trabajos subcontratados (o tiendas de sudor). La globalización ha devastado las economías de los EE.UU. y el Reino Unido y que está desplazando los sistemas de producción de alimentos indígenas existentes y socavando la infraestructura rural en lugares como la India para producir un ejército de reserva de mano de obra barata.

Cuando uno no entiende al capitalismo y la importancia central de la agricultura, deja de captar muchos de los problemas que afectan actualmente a la humanidad. Al mismo tiempo, cuando usted es parte del problema y se benefician de él, hará todo lo posible para atacar y denigrar cualquiera que desafíe sus intereses.




Temas: Agronegocio

miércoles, 19 de abril de 2017

Los súper alimentos que enriquecen las dietas saludables y empobrecen las dietas de los países productores.


"Sin democracia económica, librados al juego del libre mercado, los pequeños productores etíopes se enfrentan a la contradicción de tener entre manos un producto estrella en el mundo por el que su situación apenas mejora, mientras que la de gran parte del resto de la población empeora".

Las semillas que constituyen la base de alimentación histórica de algunos pueblos- como el teff de Etiopía y la quinoa andina- se han vuelto populares en los países desarrollados por su valor nutritivo y su aptitud para el consumo en dietas rigurosas. El aumento de la demanda, que podría ser una muy buena noticia para los países productores, genera los problemas clásicos de una economía pensada para el lucro y en la que los pequeños productores no tienen los mismos derechos económicos que las elites.

Los negocios naturistas de Londres, Nueva York, París y otras ciudades del mundo desarrollado ofrecen productos elaborados con semillas de teff, un alimento que los etíopes consumen desde hace 5 mil años y es la base de la dieta de esa población, una de las más pobres del mundo.

El consumo de este alimento libre de gluten y sumamente nutritivo crece un 10 por ciento promedio cada año en los países centrales, apoyado en campañas de marketing que incluyen a celebridades como Gwyneth Platrow y Victoria Beckham. El margen del negocio es altamente redituable. Una tonelada de teff se compra en Etiopía a 789 dólares, pero en los Estados Unidos el precio puede crecer hasta los 9.755 dólares, según datos de Gro Intelligence, una consultora neoyorquina que recopila datos agrícolas de todo el mundo.

Ese beneficio queda mayoritariamente en manos de los importadores y la cadena de intermediarios de los países que compran el teff, pero en Etiopía genera problemas. Entre 2006 y 2014, el gobierno etíope tuvo que frenar la exportación de las semillas de teff porque el precio en el mercado local había subido a causa de la demanda internacional y estaba generando problemas alimentarios en la población. Un dato nada menor en un país en el que se calcula que el 20 por ciento de los chicos está desnutrido.

Se calcula que unos 6,5 millones de pequeños productores se dedican a cultivar el teff. La mayoría vende el producto en las ciudades a acopiadores que manejan la parte más rentable del negocio. Como no tienen acceso a la tecnología, la falta de mecanización les impide mejorar la productividad y aprovechar mejor el boom mundial de sus semillas.

El gobierno etíope trata de atender esta situación. En declaraciones al periódico inglés The Guardian, Khalid Bomba, el jefe de la Agencia Agraria de Transformación de Etiopía (ATA), anunció un plan para mecanizar las cosechas y asistir a las cooperativas de pequeños productores que se están organizando para que la producción crezca sin complicar la dieta de la población.

Uno de los ejemplos que los etíopes miran con más atención es el del boom de la quinoa, un alimento andino que es la base de la alimentación en Bolivia y Perú, cuyo precio aumento diez veces en el mercado interno entre 2009 y 2013, y generó conflictos entre los campesinos por la tenencia de la tierra.

Aún si las mejoras en la cadena de producción que promete el gobierno de Etiopía se cumplen, este país del África Oriental tendrá que afrontar otro inconveniente derivado de la competencia capitalista. Varios países del sur de África y algunos europeos, especialmente España, han comenzado a cultivar teff, entusiasmados por la demanda mundial. El resultado es que Etiopía empieza a perder parte de su mercado natural histórico.

Sin democracia económica, librados al juego del libre mercado, los pequeños productores etíopes se enfrentan a la contradicción de tener entre manos un producto estrella en el mundo por el que su situación apenas mejora, mientras que la de gran parte del resto de la población empeora.

Fuente: Red PP

lunes, 24 de marzo de 2014

Alimentos transgénicos y el valor de la prueba experimental.




Julio Muñoz Rubio

Una de las características generalmente admitidas del llamado método científico es la capacidad de corroboración (o falsación) de las hipótesis postuladas para explicar tal o cual fenómeno, mediante el experimento. El experimento es la prueba clara de la veracidad o falsedad de toda hipótesis y –postulan las posiciones cientificistas– proporciona evidencia pura, está más allá de intereses o ideologías, provee de los datos necesarios e indispensables para aceptarla o rechazarla.

Quienes han construido esta concepción cartesiano-positivista hegemónica en ciencia parten también de presupuestos como estos:

La ciencia es una sola y dentro de cada problema que formula hay un solo un camino para ofrecer pruebas a favor o en contra.

La ciencia se encuentra fuera de todo tipo de intereses externos a ella (políticos, económicos, ideológicos).

La ciencia es superior a toda otra forma o tradición de conocimiento.

Podemos refutar estos presupuestos si dejamos de concebir abstractamente a la ciencia y en cambio la situamos en su contexto social. Para empezar, debe considerarse que la ciencia no es una actividad homogénea, igualmente practicada por cualquier integrante de una comunidad, sustrayéndose al carácter de las teorías, metodologías y concepciones del mundo que sostiene y apartándose de su ubicación dentro del entramado de relaciones de poder y de clase. El criterio de evidencia a favor o en contra de una teoría no puede desprenderse de estas relaciones e intereses.

Parte del debate acerca de los alimentos transgénicos ha sido dilucidar si se trata de un debate científico opolítico. En este contexto, la posición cientificista ha sido sostenida principalmente por los partidarios de la comercialización de estos alimentos. Quienquiera que se oponga a comercializar estos alimentos debe mostrar la prueba, la evidencia universal de su peligrosidad. Mientras esto no se haga los transgénicos son inocuos por decreto (no por evidencia científica).

Surgen aquí varias preguntas: ¿cuándo se podrían mostrar las pruebas definitivas que den o quiten la razón a un punto de vista u otro acerca de los efectos de la liberación de alimentos transgénicos? ¿Cuáles son las pruebas científicas válidas y cuáles no? ¿Se puede decidir esto por fuera de las relaciones de poder?

El cientificismo manejado desde las oficinas y laboratorios de Monsanto, Syngenta o Du Pont está mañosamente anclado en una obsoleta concepción de lo que es la ciencia y sus objetos de estudio. Es la que a estas empresas les conviene sostener aunque no tenga valor de verdad alguno. Es una concepción propia de los siglos XVII y XVIII, de la física newtoniana, no de una ciencia de los sistemas complejos: seres vivos, ecosistemas, sociedades y culturas.

Fuente: La Jornada

viernes, 21 de febrero de 2014

Cinco alimentos que desaparecerán por el Cambio Climático.


- “Los cambios en los patrones de la temperatura y precipitación podrían tener un impacto devastador en nuestra alimentación”.

Por Raquel Castán

21 de febrero, 2014.- ¿Cuánta variedad de alimentos comemos a lo largo del día? Seguramente en nuestros mundos occidentales no concebimos nuestra dieta sin tener al alcance una rica biodiversidad de alimentos. Diferentes variedades de tomates, manzanas, patatas… llenan los supermercados. Pero esto puede cambiar antes de lo que pensamos.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) un 75 por cienro de los recursos fitogenéticos se han extinguido y otro tercio de la biodiversidad vegetal se espera que llegue a extinguirse en 2050.

Ante el aumento de las temperaturas los cultivos más fuertes y resistentes y residentes, como el maíz, el trigo, la soja, son los que más probabilidades tienen de sobrevivir, como aseguran desde la organización Food Tank.

Otros alimentos no tienen tanta suerte en este sentido y podrían estar condenados a desaparecer.
Pescado


Muchas especies de peces están disminuyendo rápidamente a causa de la sobrepesca y el cambio climático. El salmón y la trucha, que dependen del frío de los arroyos y ríos para su supervivencia, son especialmente susceptibles, pero también lo son los peces que nunca han salido del océano.

Por otro lado, los peces más grandes no están creciendo tanto como antes, algunos son un 25 por ciento más pequeños, porque los océanos más cálidos producen menos oxígeno disuelto. Y otras especies evaden los pescadores a medida que migran a aguas más cálidas.
Chocolate


Más de la mitad del chocolate en el mundo se produce en Ghana y Costa de Marfil, regiones que podrían sufrir las consecuencias del cambio climático. Los científicos predicen que el aumento de las temperaturas en regiones productoras de chocolate están afectando el crecimiento de cacao, lo que llevaría a que su producción redujera de manera significativa en 2030.
Café


Cerca un tercio de la población bebe café. Por desgracia, los científicos informan de que incluso un aumento en la temperatura de medio grado puede afectar negativamente a la cosecha de café en todo el mundo. Además, el aumento en los eventos de lluvia inducidas por el calentamiento ya ha reducido los rendimientos de los cultivos, por ejemplo, la producción en la India se redujo en un 30 por ciento entre 2002 y 2011.
Vino


Los países del vino podrían estar desplazándose hacia el norte -en el mejor de los casos-. Las condiciones climáticas ideales que han beneficiado a las regiones productoras de vino en el mundo, tales como Francia y California están cambiando. Temperaturas elevadas prolongadas pueden reducir el rendimiento de la uva o inclusos alterar su calidad, por ejemplo, al disminuir un ingrediente vital en la calidad de la uva de vino, los ácidos orgánicos.

Así, regiones tradicionalmente frías del mundo como el Reino Unido y el Medio Oeste podría llegar a tener mejores cosechas como consecuencia del aumento de temperaturas.
Cacahuates



La planta de cacahuete, la Arachis hypogaea, es bastante exquisita. Necesita condiciones especiales para prosperar, como una temperatura subterránea y una humedad adecuadas. Pero el aumento de las temperaturas y las sequías históricas en las regiones de cultivo de maní ahora amenazan este aperitivo tan socorrido.
Recuperar alimentos ancestrales

Danielle Nierenberg de Food Tank, recalca que las sociedades actuales debemos volver a tener en cuenta “aquellos alimentos vegetales procedentes de nuestras poblaciones ancestrales e indígenas y volver a adoptarlas en nuestra alimentación”.

En numerosas ocasiones organizaciones, como la FAO, y expertos han admitido y probado la importancia de las comunidades indígenas y locales para proteger la biodiversidad de alimentos vegetales y animales.

De hecho, este tipo de cultivos resulta ser más resistentes a las altas temperaturas, sequías, pestes, enfermedades, además de ser ricos en micronutrientes y vitaminas. En lo que respecta a la alimentación de procedencia animal, siguiendo esta corriente, deberíamos introducir en nuestra dieta aquellas especies menos demandadas tradicionalmente.
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Otras noticias:

Fuente: Servindi

miércoles, 27 de febrero de 2013

La urgencia de otra economía en tiempos de crisis.



por Arcadi Oliveres
De las muchas facetas de la crisis que, una vez más, afecta al capitalismo, es la alimentaria la que, sin lugar a dudas, debe ocupar el primer plano en nuestra preocupaciones. Nada como el hambre siega, sin ninguna razón, tantas vidas humanas en un mundo que, sin embargo, produce alimentos suficientes para ofrecer las calorías necesarias a todas las personas que habitan el planeta. Nos encontramos con desequilibrios productivos según las zonas y, al propio tiempo, con producciones inadecuadas derivadas de la industrialización agraria, de la mala distribución de la tierra, de las erróneas políticas de subvenciones y de los todavía persistentes efectos de los procesos coloniales que llevaron a muchos países a fomentar lo que, en una afortunada expresión, se ha venido llamando “la economía del postre”.
Cambiar este paradigma supone adentrarnos en un nuevo modelo económico que rechace de plano el neoliberalismo vigente y que siente las bases de un sector primario alternativo, cuyos ejes conductores deberían ser las concepciones de economía social y los criterios de sostenibilidad, valores ambos históricamente existentes y abandonados después por los intereses vinculados a la agroindustria.
La publicación que ahora se nos ofrece nos resulta gratificante al poder constatar la actual existencia, todavía minoritaria, de propuestas de economía social que enlazan claramente con tradiciones campesinas, con pretéritas y actuales experiencias cooperativas y con sugerentes proyectos de vinculación directa entre producción y consumo.
La voz del viento ver 29
Evidentemente todas estas aportaciones no deberían en absoluto desvincularse de los demás elementos de la economía solidaria. Aunque estrictamente hablando, no se puedan considerar novedosas, las ideas de consumo responsable, de comercio justo, de finanzas éticas, de tecnologías intermedias, de sindicalismo agrario, de distribución al por menor, de auto-abastecimiento, de protección del entorno y de las, en ocasiones, imprescindibles revueltas agrarias, configuran las bases de la supervivencia humana.

En una economía con recursos limitados, aunque suficientes, las actuales prácticas especulativas sobre los cereales, la distribución mediante grandes cadenas, el despilfarro y el desecho de las mercancías, las exageradas normas higiénico-sanitarias sobre la caducidad y presentación de los productos, acaban generando déficits de todo tipo que a gran escala llamaremos hambrunas en los países en desarrollo, pero que también aparecen puntualmente en los países industrializados cuando vemos que hace falta ir creando en muchos de ellos los llamados “bancos de alimentos”.
Estamos sin duda ante una vergüenza social cuando, en los inicios del siglo XXI, Naciones Unidas ha debido colocar como el primero de los objetivos del milenio “la reducción a nivel mundial del hambre a la mitad, en el período 2000-2015”, objetivo que a todas luces no será alcanzado habida cuenta que se camina en sentido contrario. Las prioridades financieras derivadas de la voluntad de los gobiernos  de salvar antes a las personas que especulan que a las que pasan hambre, nos certifican  la urgente necesidad de un cambio de valores. La economía social y solidaria puede ser uno de tales cambios.
Febrero 2013

domingo, 10 de febrero de 2013

Escasez pauta nueva geopolítica de los alimentos.


Ruinas de Tikal, en Guatemala: el declive de la civilización maya, aparentemente, se debió a la incursión en una agricultrua ambientalmente insostenible.
Por Lester R. Brown*
IPS, 10 de febrero, 2013.- El mundo transita de una era de abundancia de alimentos a una de escasez. En la última década, las reservas mundiales de granos se redujeron un tercio. Los precios internacionales de los comestibles se multiplicaron más del doble, disparando una fiebre por la tierra y dando pie a una nueva geopolítica alimentaria.
Los alimentos son el nuevo petróleo. La tierra es el nuevo oro.
Esta nueva era se caracteriza por la carestía de los alimentos y la propagación del hambre.
Del lado de la demanda, el aumento demográfico, una creciente prosperidad y la conversión de alimentos en combustible para automóviles se combinan para elevar el consumo a un grado sin precedentes.
Del lado de la oferta, la extrema erosión del suelo, el aumento de la escasez hídrica y temperaturas cada vez más altas hacen que sea más difícil expandir la producción. A menos que se pueda revertir esas tendencias, los precios de los alimentos continuarán en ascenso, y el hambre seguirá propagándose, derribando el actual sistema social.
¿Es posible revertir estas tendencias a tiempo? ¿O acaso los alimentos son el eslabón débil de la civilización de comienzos del siglo XXI, en buena medida como lo fue en tantas de las civilizaciones anteriores cuyos vestigios arqueológicos se estudian ahora?
Esta reducción de los suministros alimentarios del mundo contrasta drásticamente con la segunda mitad del siglo XX, cuando los problemas dominantes en la agricultura eran la sobreproducción, los enormes excedentes de granos y el acceso a los mercados por parte de los exportadores de esos productos.
En ese tiempo, el mundo tenía dos reservas estratégicas: grandes remanentes de granos (con una cantidad en la basura al iniciarse la nueva cosecha) y una amplia superficie de tierras de cultivo sin utilizar, en el marco de programas agrícolas estadounidenses para evitar la sobreproducción.
Cuando las cosechas mundiales eran buenas, Estados Unidos hacía que más tierras estuvieran ociosas. En cambio, cuando eran inferiores a lo esperado, volvía a poner las tierras a producir.
La capacidad de producción excesiva se usó para mantener la estabilidad en los mercados mundiales de granos. La grandes reservas de granos amortiguaron la escasez de cultivos en el planeta.
Cuando el monzón no llegó a India en 1965, por ejemplo, Estados Unidos envió la quinta parte de su cosecha de trigo al país asiático para evitar una hambruna de potencial catastrófico. Y gracias a las abundantes reservas, esto tuvo poco impacto sobre el precio mundial de los granos.
Al iniciarse este período de abundancia alimentaria, el mundo tenía 2.500 millones de personas. Actualmente tiene 7.000 millones.
Entre 1950 y 2000 hubo ocasionales alzas en el precio de los granos, a raíz de eventos como una sequía severa en Rusia o una intensa ola de calor en el Medio Oeste de Estados Unidos. Pero sus efectos sobre el precio tuvieron corta vida.
En el plazo de un año, las cosas volvieron a la normalidad. La combinación de reservas abundantes y tierras de cultivo ociosas convirtió a ese período en uno de los que se gozó de mayor seguridad alimentaria en la historia.
Pero eso no duraría. Para 1986, el constante aumento de la demanda mundial de granos y los costos presupuestarios inaceptablemente altos hicieron que se eliminara el programa estadounidense de reserva de tierras agrícolas.
Actualmente, Estados Unidos tiene algunas tierras ociosas en el marco de su Programa de Reserva para la Conservación, pero se trata de suelos muy susceptibles a la erosión. Se terminaron los días en que había predios con potencial productivo listos para poner a cultivar rápidamente si se presentaba la necesidad.
Ahora el mundo vive apenas con la mira puesta en el año siguiente, siempre esperando producir suficiente para cubrir el aumento de la demanda. Los agricultores de todas partes realizan denodados esfuerzos para acompasar ese acelerado crecimiento de la demanda, pero tienen dificultades para lograrlo.
La escasez de alimentos conspiró contra civilizaciones anteriores. Las de los sumerios y los mayas fueron apenas dos de las muchas cuyo declive, aparentemente, se debió a la incursión en un sendero agrícola que era ambientalmente insostenible.
En el caso de los sumerios, el aumento de la salinidad del suelo a consecuencia de un defecto en su sistema de irrigación, que a no ser por eso estaba bien planificado, terminó devastando su sistema alimentario y, por ende, su civilización.
En cuanto a los mayas, la erosión del suelo fue una de las claves de su desmoronamiento, como lo fue para tantas otras civilizaciones tempranas.
La nuestra también está en ese sendero. Pero, a diferencia de los sumerios, lo que padece la agricultura moderna es el aumento de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Y, como los mayas, también está manejando mal la tierra y generando pérdidas sin precedentes de suelo a partir de la erosión.
En la actualidad, también enfrentamos tendencias más nuevas, como el agotamiento de los acuíferos, el estancamiento de los rendimientos de los granos en los países más avanzados desde el punto de vista agrícola y el aumento de la temperatura.
En este contexto, no resulta sorprendente que la Organización de las Naciones Unidas reporte que ahora los precios de los alimentos se han duplicado en relación al período 2002-2004.
Para la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, que gastan en promedio nueve por ciento de sus ingresos en alimentos, esto no es mayor problema. Pero para los consumidores que gastan entre 50 y 70 por ciento de sus ingresos en comida, que se dupliquen los precios es un asunto muy serio.
Estrechamente ligada a la reducción de las reservas de granos y al aumento del precio de los alimentos está la propagación del hambre.
En las últimas décadas del siglo pasado, la cantidad de personas hambrientas en el mundo se redujo, cayendo a 792 millones en 1997. Luego empezó a aumentar, trepando a 1.000 millones. Lamentablemente, si se siguen haciendo las cosas como de costumbre, las filas de los hambrientos continuarán creciendo.
El resultado es que para los agricultores del mundo se está volviendo cada vez más difícil acompasar la producción a la creciente demanda de granos.
Las existencias mundiales de granos decayeron hace una década y no ha sido posible reconstruirlas. Si no se logra hacerlo, lo esperable es que, con la próxima mala cosecha, se encarezcan los alimentos, se intensifique el hambre y se propaguen los disturbios vinculados a la alimentación.
El mundo está ingresando a una era de escasez alimentaria crónica, que conduce a una intensa competencia por el control de la tierra y los recursos hídricos. En otras palabras, está comenzando una nueva geopolítica de los alimentos.

* Lester Brown es presidente del Earth Policy Institute y autor de “Full Planet, Empty Plates: The New Geopolitics of Food Scarcity” (Planeta lleno, platos vacíos: La nueva geopolítica de la escasez alimentaria. W.W. Norton: Octubre de 2012).
Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net

Otras noticias:


Fuente: Servindi

martes, 1 de enero de 2013

¿Alimentos para comer o tirar?


Esther Vivas, 01-Enero-2013

Vivimos en el mundo de la abundancia. Hoy se produce más comida que en ningún otro período en la historia. La producción alimentaria se ha multiplicado por tres desde los años 60, mientras que la población mundial, desde entonces, tan sólo se ha duplicado. Hay comida de sobras.

Pero 870 millones de personas en el planeta, según indica la FAO, pasan hambre y anualmente se desperdician en el mundo 1.300 millones de toneladas de comida, un tercio del total que se produce. Alimentos para comer o tirar, esa es la cuestión.

En el Estado español, según el Banco de los Alimentos, se tiran cada año 9 millones de toneladas de comida en buen estado. En Europa esta cifra asciende a 89 millones, según un estudio de la Comisión Europea: 179 kilos por habitante y año. Un número que sería incluso muy superior si dicho informe incluyera, también, los residuos de alimentos de origen agrícola generados en el proceso de producción o los descartes de pescado arrojados al mar. En definitiva, se calcula que en Europa, a lo largo de toda la cadena agroalimentaria, del campo al hogar, se pierde hasta el 50% de los alimentos sanos y comestibles.

Despilfarro y derroche versus hambre y penuria. En el Estado español, una de cada cinco personas vive por debajo del umbral de la pobreza, el 21% de la población. Y según el Instituto Nacional de Estadística, se calculaba, en 2009, que más de un millón de personas tenían dificultades para comer lo mínimo necesario. A día de hoy, pendientes de cifras oficiales, la situación, sin lugar a dudas, es mucho peor. En la Unión Europea son 79 millones las personas que no superan el umbral de la pobreza, un 15% de la población. Y de estos, 16 millones reciben ayuda alimentaria. La crisis convierte el malbaratamiento en un drama macabro, donde mientras millones de toneladas de comida son desperdiciadas anualmente, millones de personas no tienen qué comer.

Y, ¿cómo y dónde se tira tantísima comida? En el campo, cuando el precio cae por debajo de los costes de producción, al agricultor le resulta más barato dejar el alimento que recolectarlo, o cuando el producto no cumple los criterios de tamaño y aspecto dictados. En los mercados mayoristas y las centrales de compra, donde los alimentos tienen que pasar una especie de “certamen de belleza” respondiendo a los criterios establecidos, principalmente, por los supermercados. En la gran distribución (súpers, hipermercados…), que requieren de un alto número de productos para tener los estantes siempre llenos, aunque después caduquen y se tengan que tirar, donde se producen errores en la confección de pedidos, hay problemas de envasado y deterioro de los alimentos frescos. En otros puntos de venta al detalle, como mercados y tiendas, en los que se tira aquello que ya no se puede vender.

En restaurantes y bares, donde un 60% de los desperdicios son consecuencia de una mala previsión, el 30% se malbarata al preparar las comidas y el 10% responde a las sobras de los comensales, según un informe avalado por la Federación Española de Hostelería y Restauración. En casa, cuando los productos se estropean porque hemos comprado más de lo que necesitábamos, dejándonos llevar por ofertas de última hora y reclamos tipo 2×1, al no saber interpretar un etiquetaje confuso o por envases que no se adecuan a nuestras necesidades.

El desperdicio alimentario tiene causas y responsables diversos, pero, básicamente, responde a un problema estructural y de fondo: los alimentos se han convertido en mercancías de compra y venta y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un muy segundo plano. De este modo, si la comida no cumple unos determinados criterios estéticos, no se considera rentable su distribución, se deteriora antes de tiempo… se desecha. El impacto de la globalización alimentaria al servicio de los intereses de la agroindustria y los supermercados, promoviendo un modelo de agricultura kilométrica, petrodependiente, deslocalizada, intensiva, que fomenta la pérdida de la agrodiversidad y del campesinado…, tiene una gran responsabilidad en ello. Poco importa que millones de personas pasen hambre. Lo fundamental es vender. Y si no lo puedes comprar, no cuentas.

Pero, ¿qué pasa si intentas recoger la comida que sobra? O bien te puedes encontrar con el contenedor cerrado bajo llave como ha hecho el consistorio de Girona, con los depósitos frente a los supermercados, alegando “alarma social” ante el hecho de que cada vez son más las personas que toman alimentos de la basura. O bien puedes enfrentarte a una multa de 750 euros si hurgas en los contenedores madrileños. Como si el hambre o la pobreza fuese una vergüenza o un delito, cuando lo vergonzoso y propio de delincuentes son las toneladas de comida que se tiran diariamente, fruto de los dictados del agrobusiness y los supermercados, y que cuentan, además, con el beneplácito de las administraciones públicas.

Los supermercados nos dicen que donan comida a los bancos de alimentos, en un intento de lavarse la cara. Pero, según un estudio del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, sólo un 20% lo hace. Y esto, además, no es la solución. Dar comida puede ser una respuesta de emergencia, una tirita o incluso un torniquete, en función de la herida, pero es imprescindible ir a la raíz del problema, a las causas del despilfarro, y cuestionar un modelo agroalimentario pensado no para alimentar a las personas sino para que unas pocas empresas ganen dinero.

Vivimos en el mundo de las paradojas: gente sin casa y casas sin gente, ricos más ricos y pobres más pobres, despilfarro versus hambre. Nos dicen que el mundo es así y que mala suerte. Nos presentan la realidad como inevitable. Pero no es verdad. Ya que a pesar de que el sistema y las políticas dicen ser neutrales no lo son. Tienen un sesgo ideológico y reaccionario claro: buscan el beneficio, o ahora la supervivencia, de unos pocos a costa de la gran mayoría. Así funciona el capitalismo, también en las cosas del comer.

Artículo publicado hoy en Público y en el blog de Esther Vivas

Fuente: Atrio

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿Es posible alimentar a siete mil millones de personas?




Ya somos 7 mil millones de personas. ¿Habrá alimentos suficientes para todos? Hay varias respuestas. Escogemos una del grupo Agrimonde (véase Développement et civilisations, septiembre 2011) con base en Francia, que estudió la situación alimentaria de seis regiones críticas del planeta. El grupo de científicos es optimista, incluso para cuando seamos 9 mil millones de habitantes. Propone dos caminos: profundizar la conocida revolución verde de los años 60 del siglo pasado y la llamada doble revolución verde.
La revolución verde tuvo el mérito de refutar la tesis de Malthus, según la cual ocurriría un desequilibrio entre el crecimiento poblacional de proporciones geométricas y el crecimiento de alimenos en proporciones aritméticas, produciendo un colapso de la humanidad. Comprobó que con las nuevas tecnologías, una mayor utilización de las áreas agrícolas cultivables y una masiva aplicación de tóxicos, antes destinados a la guerra y ahora a la agricultura, se podía producir mucho más de lo que la población demandaba.
Tal previsión demostró ser acertada, pues hubo un salto significativo en la oferta de alimentos, aunque por causa de la falta de equidad del sistema neoliberal y capitalista, millones y millones de personas siguen teniendo una situación de hambre crónica y de miseria. Bien es verdad que ese crecimiento alimentario ha tenido un costo ecológico extremadamente alto: se envenenaron los suelos, se contaminaron las aguas, se empobreció la biodiversidad además de provocar erosión y desertificación en muchas regiones del mundo, especialmente en África.
Todo se agravó cuando los alimentos se volvieron una mercancía como cualquier otra en vez de ser considerados como medios de vida que, por su naturaleza, jamás deberían estar sujetos a la especulación de los mercados. La mesa está puesta con suficiente comida para todos pero los pobres no tienen acceso a ella por falta de recursos monetarios. Continúan hambrientos, y su número crece. El sistema neoliberal imperante apuesta todavía por este modelo, pues no necesita cambiar de lógica, tolerando convivir cínicamente con millones de personas hambrientas, consideradas irrelevantes para la acumulación sin límites.
Esta solución no sólo es miope, sino falsa, además de ser cruel y sin piedad. Los que todavía la defienden no toman en serio que la Tierra está innegablemente a la deriva y que el calentamiento global produce gran erosión de suelos, destrucción de cosechas y millones de emigrados climáticos. Para ellos la Tierra no pasa de ser un mero medio de producción, no la Casa Común, Gaia, que deber ser cuidada.
A decir verdad, quienes entienden de alimentos son los agricultores. Producen el 70% de todo lo que la humanidad consume. Por eso, deben ser oídos e incluidos en cualquier solución que sea tomada por el poder público, por las empresas, y por la sociedad, pues se trata de la supervivencia de todos.
Dada la superpoblación humana, cada pedazo de suelo debe ser aprovechado pero dentro del alcance y de los límites de su ecosistema; se deben utilizar o reciclar lo más posible todos los residuos orgánicos, economizar al máximo la energía, desarrollando las energías alternativas, favorecer la agricultura familiar, las cooperativas medianas y pequeñas. Y finalmente, ir hacia una democracia alimentaria en la cual productores y consumidores tomarán conciencia de las respectivas responsabilidades, con conocimiento e información acerca de la situación real de sostenibilidad del planeta, consumiendo de forma diferente, solidaria, frugal y sin desperdicios.
Tomando en cuenta tales datos, Agrimonde propone una doble revolución verde en el siguiente sentido: acepta prolongar la primera revolución verde con sus contradicciones ecológicas, pero simultáneamente propone una segunda revolución verde. Ésta implica que los consumidores incorporen hábitos cotidianos diferentes de los actuales, más conscientes de los impactos ambientales y abiertos a la solidaridad internacional para que el alimento sea de hecho un derecho accesible a todos.
Siendo optimistas, podemos decir que esta última propuesta es razonablemente sostenible. Se está organizando, de manera embrionaria en todas las partes del mundo, a través de la agricultura orgánica familiar, de pequeñas y medianas empresas, de la agricultura ecológica, de las ecovillas y otras formas más respetuosas con la naturaleza. Es viable y tal vez tenga que ser el camino obligatorio para la humanidad futura.


Fuente: Koinonia