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miércoles, 12 de febrero de 2020

¿Qué papel va a jugar la psicología en la lucha contra el cambio climático?

Foto: Contrainformación

Todas las causas justas necesitan darse la mano, reconocerse y caminar juntas. ​Y es que todas esas luchas tienen un objetivo común: cuidar la vida en general y mejorar la calidad de vida de todas las personas y su convivencia en la casa común.

Por Helena Vidal*

Contrainformación, 12 de febrero, 2020.- Cada vez más, desde distintos sectores de la Psicología, surge la pregunta de cómo ésta va a ser útil socialmente como ciencia aplicada, ante el urgente reto que tendrá que afrontar la civilización para asegurar su supervivencia. Así pues, para empezar con esta lectura, es necesario recoger cómo podemos relacionar estos dos temas: psicología y cambio climático.

En primer lugar, podemos comenzar hablando de las consecuencias biopsicosociales que tiene el cambio climático en las personas: enfermedades, pobreza, conflictos, así como los consecuentes desplazamientos masivos de refugiadas por las condiciones climáticas extremas que generan, entre otros, malestares psicológicos por la exposición a situaciones vitales estresantes como pueden ser trauma, ansiedad o depresión.

En segundo lugar, de forma indirecta, la contaminación del aire o las temperaturas extremas tienen un mayor impacto en personas de grupos más vulnerables como la infancia, mayores, con enfermedades crónicas y afectadas en salud mental.

Un ejemplo de ello es el efecto que tienen los cambios de temperatura en los ciclos del sueño o el estado de ánimo, convirtiéndose estos cambios en un factor de riesgo en casos de suicidio.

En relación con esto último, está aumentando la investigación e interés en la psicología ambiental, que estudia la relación entre las personas y su entorno (natural o creado por el ser humano). Para reflejar esta influencia bidireccional, el activista y filósofo Glenn Albretch describe que la percepción de la destrucción de la biodiversidad del planeta y la insostenibilidad de la vida humana genera ecoansiedad, descrita esta como miedo crónico a la destrucción medioambiental.

Por otro lado, el duelo ligado a la destrucción del medio ambiente lo denominó solastagia, un sentimiento que cada vez sienten más personas, especialmente aquellas que tienen una mayor sensibilidad, cercanía y contacto con esos espacios naturales donde la pérdida de biodiversidad es más evidente.

De esta manera, el autor recoge el dolor que siente un gran número de personas, muchas de ellas acuden a consulta con esta sintomatología. En el lado opuesto, podemos encontrar personas para las que la perspectiva de un cambio climático a nivel global es tan aterradora que activan defensas psicológicas como la negación, es decir, no aceptar el suceso, que afrontarlo de forma más proactiva.

Asimismo, el psicólogo Juan Antonio Corraliza explica que aparecen actitudes de ecofatiga, ecosaturacion, ecofatalismo o ecoindefensión, todas ellas expresiones de negación.

Define los términos anteriores de la siguiente forma: la ecoindefensión como sensación que aparece por la valoración de que la acción individual no tendrá ninguna influencia sobre el problema; el ecofatalismo, que se produce cuando se considera que el problema es tan desmesurado que la solución no depende de las acciones particulares, el entorno se percibe incontrolable; la actitud de ecofatiga, que implica atribuir la responsabilidad a otros como estados o empresas, negando de esta forma la importancia de nuestras propias decisiones; y, por último, la ecosaturación, que lleva a la persona a no querer saber ni hablar de todo aquello que tenga que ver con las consecuencias del cambio climático.

Sin embargo, este psicólogo explica que lo sano, lo coherente y lo terapéutico es actuar; a esto me gustaría añadir y especificar no solo actuar en el plano individual, sino que es preciso organizarnos colectivamente.

Una vez dicho todo esto y habiendo establecido algunas de las relaciones que podemos encontrar entre Psicología y cambio climático, aparece en escena un dilema que abordar: la comunidad científica y los movimientos ecologistas piden un cambio de sistema precisamente porque es un sistema incompatible con la sostenibilidad de la vida.

Es ante este dilema que desde la Psicología necesitamos admitir que la ciencia no está exenta de valores, pues tenemos que decidir si formamos parte de quienes individualizan y responsabilizan a todas las personas al mismo nivel de la influencia de la humanidad sobre el cambio climático, la destrucción de la biodiversidad y de hacer peligrar la sostenibilidad de la vida humana, o nos ponemos de frente junto a la sociedad organizada, apoyamos sus movilizaciones y señalamos directamente al sistema como principal responsable.

Y es que, por un lado, si no nos concienciamos de que el cambio climático, y lo que va a suponer, es cosa de todas, no vamos a tener suficiente fuerza para poder exigir ningún cambio de sistema. Pero por otro, es necesario hablar con claridad y honestidad, es decir, si 100 personas (CEO) emiten el 70% de los gases de efecto invernadero, no podemos responsabilizarnos todas las personas por igual.

Atención, quiero resaltar que estos dos puntos no se excluyen mutuamente si no que se retroalimentan: necesitamos que la sociedad en su conjunto exija esos cambios a las instituciones y para ello necesitamos una sociedad concienciada y dispuesta a cambiarlo todo.

Ese cambio del que hablamos supone un cambio de visión del mundo, de una visión antropocéntrica a otra ecocéntrica (sistema de valores centrado en la naturaleza) y sistémica (más que las individualidades, importan las relaciones de interdependencia).

Comprendí la trascendencia que este cambio puede tener a todos los niveles gracias a Grian A. Cutanda, psicólogo y activista medioambiental, promotor de Extincion Rebellion España. Estamos hablando de aprender a apreciar el valor intrínseco de la vida porque como se dice en las movilizaciones de Extinction Rebellion, “No estamos defendiendo la Naturaleza, somos la naturaleza defendiéndose a sí misma”.

Pues si desde la Psicología facilitamos ese “darse cuenta” de que la naturaleza no es la Otredad, sino que somos todas las personas, todo ser vivo de este planeta y sus interrelaciones podremos tomar esa conciencia para pasar a la acción y al cambio.

Retomando el papel que tiene la Psicología en este tema, el pasado mes de noviembre se celebró en Lisboa la I Cumbre sobre Psicología y Salud Global donde el Consejo General del Colegio de Psicología (CGCOP), la American PsychologicalAssociation, la British Psychological Society o la Ordem dos PsicologosPortugueses, entre otras organizaciones. En ella, estas entidades firmaron una declaración dirigida a emprender acciones específicas en favor de la lucha contra el cambio climático.

El CGCOP, concretamente, reconoce que se han dedicado esfuerzos insuficientes para conocer la relación entre el cambio climático y la salud (como continuum bienestar-malestar psicológico), que desde la psicología se puede ayudar a modificar los comportamientos humanos que provocan el cambio climático o que es necesario tener en cuenta a todas las partes implicadas a la hora de estabilizar las emisiones con soluciones viables, entre otras cuestiones.

Todo esto suena a buenas noticias, sin embargo, me pregunto si vamos a ser lo suficientemente valientes como para mojarnos y ponernos manos a la obra buscando soluciones eficaces que vayan a la raíz del problema, o vamos a estar más en las medias tintas y en cuestiones superficiales.

Quiero finalizar este artículo reflexionando. En números anteriores, escribía mi compañero Carlos Blanquer sobre la necesidad de que el ecologismo y el antiespecismo “se enamoraran”. En mi opinión, añadiría que todas las causas justas necesitan darse la mano, reconocerse y caminar juntas.

Y es que todas esas luchas tienen un objetivo común: cuidar la vida en general y mejorar la calidad de vida de todas las personas y su convivencia en la casa común.

Por eso mismo, el ecologismo necesita al feminismo (ecofeminismo) al igual que necesita sumarse al resto de luchas: contra el racismo, la LGTBIQfobia, el clasismo, el fascismo, el capacitismo (discriminación y prejuicios hacia las personas con discapacidad), el colonialismo (ideología que apoya la dominación y explotación de un estado extranjero a otro u otros) y el especismo (discriminación basada en la pertenencia a una especie, representada habitualmente en el antropocentrismo moral).

En definitiva, necesitamos organizarnos para alcanzar un sistema social, económico y cultural que ponga la vida y los cuidados en el centro. Quiero pensar que es ahí donde las y los profesionales de la Psicología vamos a estar.

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*Helena Vidal es coportavoz de Equo Región de Murcia y activista de la Red Equo Joven. Graduada en Psicología, especializada en Intervención social y Mediación.
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miércoles, 29 de enero de 2020

ONU abre la puerta a las solicitudes de asilo por cambio climático.


Foto: ONU/Eskinder Debebe En Kiribati, el cambio climático está teniendo un impacto severo en la nación.

Un hombre pidió asilo en Nueva Zelanda porque en su país, Kiribati, el cambio climático ha sumergido partes del territorio y ha afectado profundamente la economía. Nueva Zelanda se lo negó y lo deportó. El migrante reportó el caso a un organismo de derechos humanos de la ONU.

Noticias ONU, 27 de enero, 2020.- Los países no pueden deportar a las personas que enfrentan condiciones inducidas por el cambio climático y que violan el derecho a la vida, declaró el Comité de Derechos Humanos de la ONU en una decisión histórica que sentará precedente.

El Comité hizo la afirmación al responder a la queja de Ioane Teitiota, cuya solicitud de asilo fue denegada en 2015 por Nueva Zelanda, y fue deportado a su país de origen, Kiribati, donde el cambio climático ha creado condiciones graves que atentan contra sus derechos.

Teitiota argumentó que el país violó su derecho a la vida al expulsarlo, ya que el aumento del nivel del mar y otros efectos climáticos han hecho que Kiribati sea inhabitable para todos sus residentes: han ocurrido disputas violentas por la tierra habitable que es cada vez más escasa; la degradación ambiental dificulta la agricultura familiar; y el suministro de agua dulce se ha contaminado de agua salada.

El Comité determinó que en el caso específico de Teitiota, los tribunales de Nueva Zelanda no violaron su derecho a la vida en el momento de los hechos, porque la evaluación exhaustiva y cuidadosa de su testimonio y otra información disponible condujo a la determinación de que, a pesar de la seriedad de la situación, en Kiribati se habían adoptado medidas de protección suficientes.


Foto: ONU/Eskinder Debebe/ Ciudadanos plantan manglares en Kiribati para protegerse contra la erosión costera.

Sin embargo, dijo el experto del Comité Yuval Shany, "este fallo establece nuevos estándares que podrían facilitar el éxito de futuras solicitudes de asilo relacionadas con el cambio climático".

El Comité también aclaró que las personas que solicitan el estado de asilo no están obligadas a demostrar que enfrentarían un daño inminente si regresaran a sus países.

Los expertos aseguraron que el daño inducido por el cambio climático puede ocurrir tanto a través de eventos repentinos (como tormentas e inundaciones intensas) como a través de procesos más largos (como el aumento del nivel del mar, la salinización y la degradación de la tierra).

Ambos tipos de situaciones pueden llevar a las personas a cruzar las fronteras para buscar protección.

En el fallo también se destacó el papel que debe desempeñar la comunidad internacional para ayudar a los países afectados negativamente por el cambio climático.

El Comité declaró que, sin esfuerzos nacionales e internacionales sólidos, los efectos del cambio climático en los países de donde las personas emigran pueden activar las obligaciones de “no devolución” en los Estados receptores. “El riesgo de que un país entero termine sumergido bajo el agua es tan extremo, que las condiciones de vida en esa nación pueden volverse incompatibles con el derecho a la vida y la dignidad incluso antes de que ocurra”, aseguraron los expertos.

El fallo marca la primera decisión de un organismo de tratados de derechos humanos de la ONU sobre una queja de un individuo que busca protección de asilo contra los efectos del cambio climático.
ACNUR aplaude la decisión

Por su parte, la Agencia de la ONU para los Refugiados calificó la decisión de “histórica” y destacó que puede tener repercusiones importantes para la protección internacional de las personas desplazadas en el contexto del cambio climático y los desastres.

También subrayó la importancia de que los países adopten medidas para prevenir o mitigar los riesgos asociados al cambio climático, que en el futuro podrían obligar a las personas a abandonar el país, lo que conllevaría una serie de obligaciones internacionales.
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lunes, 1 de julio de 2019

ONU: La humanidad se dirige hacia un "apartheid climático".

Fuente de la imagen: Sitio web Cambio climático y pobreza


América Latina figura entre las regiones más afectadas. Por su parte, los más ricos se reservan un lugar menos expuesto a los efectos del cambio climático, que en gran medida fueron provocados por ellos.

La humanidad se dirige hacia "un escenario de apartheid climático, donde los ricos pagan para escapar del sobrecalentamiento, el hambre y los conflictos, mientras que el resto del mundo tiene que sufrir".

Esa fue la visión de un "desastre inminente" que ha presentado esta semana en un informe el relator especial de la ONU para la pobreza extrema y los derechos humanos, Philip Alston.

En su opinión, los organismos a favor de los derechos humanos se ocupan de asuntos insignificantes en comparación con la escala de problemas en aumento. 

Las medidas adoptadas han sido "evidentemente inadecuadas" y "totalmente desproporcionales a la urgencia y la magnitud de la amenaza". Además, la metodología es "lamentablemente insuficiente", aseveró.

Philip Alston

Cientos de millones de pobres y desplazados

Alston advirtió que en este siglo XXI, cientos de millones de personas se enfrentarán a la inseguridad alimentaria, la migración forzada y a enfermedades.

Para 2050, el cambio climático podría desplazar a 140 millones de personas en África subsahariana, Asia del Sur y América Latina. 

Habrá también cerca de 250.000 muertes adicionales al año como consecuencia de la malnutrición, la malaria, la diarrea y la hipertermia.

El mayor riesgo lo corren los más pobres, aseguró el relator de la ONU. Aquellos que pertenecen a las naciones menos responsables de la contaminación por dióxido de carbono y sus consecuencias, experimentarán el impacto más grave.

No obligatoriamente se trata de aquellos que actualmente viven en la pobreza. Según sus estimaciones, más de 120 millones de personas pasarán a formar parte de esa categoría para 2030. Incluso en los países desarrollados, muchas familias de clase media se volverán pobres, agregó.
Los más ricos, "mejor ubicados"

"Las personas en situación de pobreza suelen vivir en áreas más susceptibles al cambio climático y en viviendas menos resistentes. Pierden relativamente más cuando se ven afectadas, tienen menos recursos para mitigar los efectos y reciben menos apoyo de las redes de seguridad social o del sistema financiero para prevenir o recuperarse del impacto", reza el informe.

"Ciertas personas y países se han hecho increíblemente ricos mediante las emisiones sin pagar los costos", afirmó el autor. Los más ricos, responsables de gran parte de los gases de efecto invernadero emitidos y que más se han beneficiado de ellos, quedarán "mejor ubicados para hacer frente al cambio climático".

No obstante, según la estimación de Alston, si la economía mantiene su rumbo actual, "no preservará el crecimiento a largo plazo" y no habrá "ningún tipo de futuro envidiable", sino un "desastre".

El informe urge a realizar "cambios estructurales profundos" en la economía mundial, con el fin de hacerla más verde y sostenible. Al mismo tiempo, insta a desarrollar una red de seguridad justa y estable para los trabajadores que perderán sus puestos de trabajo.
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Datos adicionales

Acceda al informe del relator con un clic en el siguiente enlace:

Philip Alston fue nombrado Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la pobreza extrema y los derechos humanos en junio de 2014, por el Consejo de Derechos Humanos. Nacido y educado en Australia (Derecho y Economía) y con un doctorado de la Universidad de California, es un académico de derecho internacional y profesional de los derechos humanos. 

Es profesor de derecho John Norton Pomeroy en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York y ha enseñado anteriormente en varias escuelas de derecho de todo el mundo, entre ellas la Escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher, la Facultad de Derecho de Harvard, la Universidad Nacional de Australia y el Instituto Universitario Europeo.

El profesor Alston también ha servido a las Naciones Unidas en diversas funciones desde los años ochenta. Fue el primer Relator del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas desde 1987 hasta 1990, y luego presidió el Comité durante ocho años hasta fines de 1998. Durante este período, desempeñó un papel central en los esfuerzos para reformar y racionalizar el sistema de órganos de tratados de las Naciones Unidas y, como experto independiente nombrado por el Secretario General de las Naciones Unidas, informó a la Asamblea General sobre las medidas para garantizar la eficacia a largo plazo de los órganos de tratados de derechos humanos de las Naciones Unidas (informes en 1989, 1993 y 1997). Entre 2002 y 2007, se desempeñó como Asesor Especial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y entre 2004 y 2010, como Relator Especial sobre Ejecuciones Extrajudiciales, Sumarias o Arbitrarias.

Fuente: servindi.org

lunes, 24 de junio de 2019

Por una Iglesia profética, postsecular, posreligiosa.


José Arregi 

La difusión de las ciencias por la Universidad ha socavado o acabará socavando la cosmovisión milenaria que sostiene las creencias y las prácticas religiosas tradicionales. No podemos pensar que una divinidad preexistente creó el mundo de la nada en un pasado remoto e interviene en él cuando quiere, ni que somos el centro del cosmos, ni que habrá un fin del mundo con un juicio final y un infierno eterno para los malos. Y tantas y tantas cosas que seguimos leyendo y escuchando todavía. Todo eso ya pasó o tiene los días contados. Vivimos una época posreligiosa.

A la vez, sin embargo, vivimos una época también postsecular. Y no porque las religiones tradicionales sobrevivan todavía e incluso ganen protagonismo político en muchos países como los Estados Unidos de América, Rusia o Brasil. Son manifestaciones reactivas y fundamentalistas, más políticas que religiosas, y han traicionado al Espíritu profético y místico que alentó sus orígenes. Vivimos una época postsecular porque los Homo Sapiens que somos (todavía…), debido a nuestro desarrollo cerebral y cultural, somos seres simbólicos –como lo fueron otras especies humanas extintas y lo siguen siendo otros primates hominoides, cada especie a su manera–. Somos más de lo que pensamos, sentimos, sabemos, tenemos. La Realidad nos precede. Todo emerge de la “materia”, que no sabemos qué es y, sobre todo, por qué es. La materia es matriz. El Misterio nos envuelve. La realidad se reencanta. Todo está interrelacionado, abierto y habitado por impredecibles e inagotables posibilidades. Todo se transforma. ¿Hacia dónde? Depende de todo, y en particular de nosotros, como sucede con el cambio climático.


Y ¿qué tiene que ver esto con la Iglesia? También de la Iglesia depende la transformación de este planeta y de esta humanidad hacia una forma más justa y libre, más fraterna y feliz. Y la condición fundamental para que la Iglesia sea transformadora es su propia transformación profunda. Llevamos siglos de retraso: es urgente que la Iglesia deje sus formas y doctrinas religiosas tradicionales, para convertirse en Iglesia profética y mística para unos tiempos posreligiosos y postseculares. Para ser la fraternidad que soñaba Jesús, aunque nunca pensó en ninguna forma de Iglesia futura.


Es verdad que un poderoso vendaval profético recorre la Iglesia Católica romana, mucho más de lo que nunca pensé, con el papa Francisco. Reclama una Iglesia en salida, que no sea aduana, sino “puesto de socorro para los heridos”. Pone a los pobres sobre el desarrollo, la política sobre la economía, la justicia sobre la doctrina, la persona sobre el Derecho Canónico, el Evangelio sobre la institución. Denuncia la economía que mata, el expolio del planeta, el colonialismo económico y cultural, el cierre de fronteras a refugiados e inmigrantes. Urge a una “valiente revolución cultural” que evite la catástrofe ecológica, que salve a la humanidad y a la comunidad planetaria. “Nuestra fe es siempre revolucionaria”, dijo en Bolivia. “Actuad ahora, el tiempo se acaba”, acaba de proclamar. ¡Gracias, Hermano papa Francisco!


Todo eso es sin duda lo esencial, pero no basta para ser de verdad una Iglesia profética que sople sobre el mundo de hoy el Espíritu del Génesis y del Jubileo que alentaba a Jesús. Como no basta reformar la Curia vaticana ni perseguir la pederastia. ¡Qué menos! Como tampocobasta “ordenar” a hombres casados, y menos aun nombrar diaconisas de segundo orden, subordinadas a varones clérigos. Veo a Francisco profundamente anclado todavía en un lenguaje religioso y en un modelo clerical de Iglesia. Lo escucho predicar ideas teológicas de hace milenios: que Dios es un Señor que interviene cuando quiere, que Jesús murió para expiar nuestros pecados, que el demonio en persona actúa, que la teoría del género es “una colonización ideológica” y una “maldad”, que matrimonio solo hay uno, porque “hombre y mujer los creó” Dios.

Todo eso ya no lo entiende casi nadie. No inspira a nadie. Para ser profética, la Iglesia ha de abrir de par en par sus viejas murallas doctrinales e institucionales, atravesar hasta la otra orilla, postsecular y posreligiosa. Allí donde viven, gozan y sufren, conversan y buscan los hombres y las mujeres de hoy. Donde sopla el Espíritu.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 23 de junio de 2019)

miércoles, 17 de abril de 2019

Sin esperanza.



Jaime Richart , Antropólogo y jurista

No creo que haya quien se sienta más afectado personalmente por el cambio climático que el meteorólogo. Sobre todo si está entrado en años. Su seguimiento de la progresiva disminución de las precipi­taciones, de la alteración estacional de las temperatu­ras, de la asimismo progresiva ausencia de una signifi­cativa uniformidad en los fenómenos atmosféricos, a buen se­guro le debe resultar paté­tico mientas desempeña su oficio… No sé si el Montes de Oca que publica en “Rebelion” “Detengamos el holocausto”, es aquel que fue el paradigmático hombre del tiempo de la televisión pública, pero aunque éste no fuese él, vale lo que digo acerca del meteoró­logo.

En todo caso, el título del artículo publicado se explica por sí solo y no puede referirse sino a lo que pensamos y sentimos so­bre la bios­fera todo espíritu que no esté aletargado. Y a su conte­nido no po­demos por menos que adherirnos sin condiciones to­dos cuantos no cometemos el error o el pecado de negar la muta­ción climática a la que venimos asistiendo hace muchos años. Concretamente yo em­pecé a sospecharlo un día de marzo de 1992.

Estando en mi jardín donde tengo un termómetro, un buen día me sorprendió que por aquellas mismas fechas de marzo nunca hasta entonces se había alcanzado a las 11 de la mañana la temperatura dos o tres gra­dos por encima de la que estaba viendo. Y como tengo la sensi­bilidad del pastor de ovejas casi exacerbada, me vino repentina­mente la inspiración/visión de lo que ha ido ocurriendo después. Desde entonces, sin poder evi­tarlo, el ritmo de la Naturaleza lo siento como quien tiene un mar­capasos que funciona, pero fun­ciona intermitente o defectuo­samente. Y desde entonces no he de­jado de prestar aten­ción al asunto. Es más, tengo que hacer esfuer­zos para no ob­sesionarme como el Michel del film “El reverendo”.

Así es que casi desde entonces ya pensé que escribir alertando del peligro que corre la Humanidad, arengando a los responsa­bles de males futuros para que los eviten o haciendo esfuerzos poéticos para inspirar confianza al lector y de paso uno a sí mismo, es muy hermoso. Además si se hace con fundamentos, so­lidez documental y belleza expresiva transmite al lector con­suelo y esperanza. Pero me siento incapaz de intentarlo. Sé bien, por tanto, que el catastro­fismo y el alarmismo son nocivos y que la esperanza y el espíritu po­sitivista es lo más adecuado para la comunicación, y aún más para la comunicación de masas. Pero creo que la suerte está echada. En este asunto del cambio climá­tico, sus causas y las conse­cuencias catastróficas que está origi­nando y las que habrá de causar, no hay nada qué hacer. Mejor di­cho, habría tanto que hacer, que no es imaginable la sinergia su­ficiente entre los poderes del mundo, de los que el poder polí­tico es el que menos fuerza tiene pese a ser de creencia superfi­cial que es el que puede y debe impo­nerse sobre los demás pode­res.

Porque los poderes reales del mundo que lo dominan son inasi­bles. Son inmunes a las leyes, carecen de las propiedades de los mecanis­mos, más bien los órganos dotados de la sensibilidad y humanismo que hacen posibles los cambios, y mucho menos los que harían posibles los cambios enérgicos y casi súbitos requeri­dos por las condiciones medioambientales y climáticas perdidas. Pero la psicología profunda nos revela que hay acciones aparen­temente racionales del hombre que están gobernadas en realidad por fuerzas que él mismo ignora o que están ligadas a un simbo­lismo absoluta­mente ajeno a la lógica corriente. No se puede dete­ner el holo­causto.

Creo que hemos llegado al punto de no re­torno. Aunque de pronto todos los gobiernos del mundo adopta­sen acuerdos para redu­cir drásticamente la producción de objetos superfluos (y super­fluo en este contexto extremo sería todo lo que no es indispensable para la vida), y no sólo los gases nocivos, aunque súbitamente deja­sen de fabricarse, en el hipoté­tico proceso regenerador a partir de ahí de las condiciones de equilibrio de la biosfera de las que se su­pone partimos y hacia las que desearíamos dirigirnos, haría acto de presencia, primero el principio de incertidumbre de Heisenberg, luego la ausencia de la “lógica” corriente inaplicable a los hechos de la Natura­leza, y luego, el impredecible número de décadas o cen­turias a priori necesarias para intentar restablecer las condicio­nes anterio­res al desastre.

De modo que el llamamiento a la sensatez que hagamos Montes de Oca y yo y todos los ya apuntados y que quieran apuntarse a quie­nes en apariencia la han perdido por la obsesión de suminis­trarse y suministrar beneficios a unos cuantos a cualquier precio, son resueltamente inútiles. Está demostrada la inutilidad de ante­mano. Por la respuesta ya expresa de los mandatarios negacionis­tas y por el resultado inoperante de los mandatarios que no siéndolo, no pueden hacer nada frente a ellos y sólo pue­den lucir su buena vo­luntad. Porque los llamados a cambiar de pa­radigma, a renunciar al paradigma de la ganancia como única y legítima aspiración del ser humano, están a su vez dominados por esas fuerzas que igno­ran. Están atenazados o abducidos por el fatalismo de esa parte atroz de la condición humana.

Hay dos clases de depravación: ele­gir lo que impide o destruye nuestra existencia y organizar la socie­dad por la ley de más fuerte por­que es la que rige en la Naturaleza. Por ésta se guían los domina­dores. Y los dominadores, ya lo sabe­mos, son los capita­listas, los mayores enemigos del capitalismo, ahora envalentona­dos por el neoliberalismo y resueltos a privatizar aire que respira­mos. La resistencia a su dominación en el mundo, es la que es, pero demasiado débil comparada con su fuerza y su de­ter­minación. Pues la fuerza del dinero y de las finanzas con la que cuentan es abstracta, transversal y se extiende subterránea­mente por todas las naciones. Y como esto es así, nada puede cam­biar… a menos que la Humanidad sin tapujos les declare urbi et orbe la guerra. Por lo menos la guerra a su falta de con­ciencia y a esa ambición…

lunes, 1 de abril de 2019

Cómo saber si padeces "ecoansiedad" (y qué puedes hacer para combatirla)

"Un número significativo de personas están estresadas por los impactos potenciales del cambio climático", aseguró la profesora de psicología estadounidense Susan Clayton.

Por Dave Fawbert

BBC Three,1 de abril, 2019.- Los titulares sobre eventos climáticos extremos no cesan.

La ONU señaló el año pasado que quedan menos de 12 años para evitar los efectos más catastróficos del cambio climático.

Y la adolescente sueca Greta Thunberg, quien inició las huelgas escolares para exigir acciones concretas ante el calentamiento global, dio un mensaje claro a los políticos y empresarios reunidos en el Foro Económico Mundial en enero:

"Los adultos siempre están diciendo que tienen el deber de dar esperanza a los jóvenes. Pero yo no quiero su esperanza. No quiero que nos hablen de esperanza, quiero que entren en pánico".

Y parece que, en efecto, cada vez más personas entran en pánico, agobiadas por la magnitud del desafío y al mismo tiempo impotentes. Es tanto que el fenómeno ya tiene un término: "ecoansiedad".



Cada vez más jóvenes sienten tristeza e impotencia al pensar en el futuro del planeta.



"Podemos decir que un número significativo de personas están estresadas por los impactos potenciales del cambio climático, y el nivel de preocupación está aumentando", señaló Susan Clayton, profesora de psicología y estudios ambientales en College of Wooster, una facultad en Ohio, y coautora de un informe titulado "La salud mental y nuestro clima cambiante".
"Temor crónico"

La Asociación Estadounidense de Psicología describe la "ecoansiedad" como un "temor crónico de un cataclismo ambiental", un estrés causado por "observar los impactos aparentemente irrevocables del cambio climático, y preocuparse por el futuro de uno mismo, de los niños y las generaciones futuras".



"No quiero que nos hablen de esperanza, quiero que entren en pánico", dijo la adolescente sueca Greta Thunnberg a políticos y empresarios reunidos en el Foro Económico Mundial en Davos.



El informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, IPCC, llamó a cambios "urgentes y sin precedentes" para lograr una reducción a la mitad de las emisiones de CO2, el principal gas de invernadero, para 2030, lo mínimo que debemos lograr para que el aumento de temperatura del planeta no pase de 1,5 grados centígrados.

El IPPC advirtió que, si la temperatura llega a dos grados, por ejemplo, 10 millones más personas perderán sus hogares por el aumento en el nivel del mar, y el número de personas que sufren escasez de agua se duplicará.

"Desde que se publicó el informe del IPPC percibí un gran aumento en el número de mis clientes que querían hablar de su ecoansiedad", señaló Mary Jayne Rust, una ecopsicóloga británica.

"Algunos de mis pacientes más jóvenes me han dicho: 'estamos completamente jodidos'".
"Simplemente me pongo a llorar"

Sam Johnston, un joven de Manchester, en Inglaterra, habló de su ecoansiedad para un documental de la BBC.

"Cuando te vas a dormir comienzas a pensar sobre el estado del planeta, y te das cuenta de que al ser una sola persona solo puedes tener un impacto limitado", relató Sam.

"Ése es el principal motivo de ansiedad, porque te sientes impotente".



Sam Johnston: "Piensas en el estado del planeta...Recientemente me ha costado dormir y he tenido palpitaciones".



La ecoansiedad también afecta a científicos.

Tim Gordon, biólogo marino de la Universidad de Exeter, en Inglaterra, hace investigaciones de campo en la Gran Barrera de Coral de Australia y en el Océano Ártico.

"Estamos documentando el deterioro rápido de esos sitios. A veces estoy flotando en el agua mirando a mi alrededor y me digo: 'todo está muriendo'".



Tim Gordon: "Depende de nosotros proteger lo que queda...Por eso seguimos adelante".



"Hay veces en que estoy con mi máscara de buceo y simplemente me pongo a llorar cuando veo esa tragedia".

Para Sam, la ansiedad se manifiesta también en síntomas físicos.

"Recientemente me ha costado dormir. Y he tenido palpitaciones".
"Soy optimista"

¿Qué puedes hacer para combatir la ecoansiedad?

El Servicio Nacional de Salud de Reino Unido (NHS por sus siglas en inglés), ofrece en su sitio consejos para el tratamiento de la ansiedad en general, como medicamentos y terapias conductuales cognitivas.

Científicos como Owen Gaffney tienen otra solución.



El Panel Intergubernamental de Cambio Climático advirtió en su informe de octubre que se deben bajar a la mitad las emisiones de CO2 en 12 años para evitar los efectos más catastróficos del cambio climático.



Gaffney es autor de un estudio que detalla pasos concretos que gobiernos, empresas e individuos pueden tomar para combatir el calentamiento global.

Y asegura que no debemos olvidar que nuestras acciones individuales pueden tener un impacto positivo en el planeta.

"La ecoansiedad es la respuesta correcta ante la magnitud del desafío", señaló Gaffney a la BBC.

"Pero soy optimista. Vivimos en una época en que los individuos tienen más poder que nunca antes en la historia. Mira tu esfera de influencia, a tu empleador, tu familia, tus conocidos. No tienes por qué convencerlos a todos, pero si logras convencer al 25% una idea pasa de ser marginal a significativa".



"Desde que se publicó el informe del IPPC percibí un gran aumento en el número de mis clientes que querían hablar su ecoansiedad", señaló Mary Jayne Rust, una ecopsicóloga británica.



Para el investigador, la gente debe mantenerse positiva. "La ciencia es clara. Tenemos que bajar las emisiones a la mitad para 2030. Y tenemos la tecnología para hacerlo".

"Si lo logramos, el resultado será que más personas vivirán en ciudades menos contaminadas, comerán dietas más saludables y trabajarán en economías más resilientes".
Acciones concretas

El analista Duncan Geere reconoce que "la mayor responsabilidad para producir grandes cambios es de los líderes políticos y los empresarios".

Pero recomienda tres acciones concretas que podemos tomar como individuos para ayudar a combatir el calentamiento global y controlar nuestra ansiedad.

"Primero, piensa en el cambio climático cuando decidas qué comes, cómo viajas y qué compras. Segundo, habla del cambio climático con tus amigos, tu familia y tus colegas".




Duncan Geere: "Piensa en el cambio climático cuando decidas qué comes, cómo viajas y qué compras. Habla del cambio climático con tus amigos, tu familia y tus colegas. Exige como puedas acciones de los políticos y las compañías".



"Y finalmente, exige acciones de los políticos y las compañías con los mecanismos que tengas a tu alcance".

A pesar de sus momentos de tristeza, el biólogo marino Tim Gordon no se deja ganar por la ansiedad.

"Te mentiría si no te dijera que a veces me digo a mi mismo, '¿para qué continuar con este trabajo?'"

"Pero cuando piensas un poco más y hablas con otros científicos, te das cuenta de que aún hay mucho que podemos hacer".

"Sí, es verdad que estos sitios están en serias dificultades. Pero depende de nosotros proteger lo que queda".

"Por eso seguimos haciendo este trabajo. Por eso seguimos adelante".
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domingo, 31 de marzo de 2019

La campaña contra Greta es un índice de la pérdida de valores.

Greta Thunberg delante del parlamento sueco en Estocolmo, agosto de 2018. (Imagen de Anders Hellberg - CC BY-SA 4.0)

Greta Thunberg, figura central de la huelga estudiantil 'Fridays For Future', viene siendo criticada por algunos medios de comunicación, científicos y políticos.

De acuerdo con el periodista y economista, Roberto Savio, la ola de cuestionamientos hacia la activista adolescente se divide en cuatro grupos.

El primer grupo (el estúpido, según Savio) juzga a la joven ecologista por tener un doble discurso, "demostrado" cuando consume un plátano en vez de una manzana producida localmente en Suecia.

El segundo grupo (el celoso) está liderado por los científicos del clima, quienes alegan que se debería enfocar la atención mediática en ellos y no en una inexperta en el tema.

El tercer grupo (los puristas) reprocha que los padres de la activista sean ecologistas activos, contexto que la instrumentaliza a los intereses de una corriente ambientalista. 

El cuarto grupo (los paternalistas) sostiene que los jóvenes, como Greta Thunberg y los seguidores del 'Fridays For Future', no pueden liderar un movimiento importante porque no son conscientes a su edad, " a menos que escuchen a sus mayores".

El autor considera que este escenario de demonización contra la estudiante de 16 años se debe a que la sociedad actual vive tiempos de miedo, codicia y, sobre todo, una era del "pensamiento maligno".

A continuación, el artículo:

Por Roberto Savio*

Desde la poderosa marcha de cientos de miles de estudiantes en 1.000 ciudades contra el cambio climático, una inesperada campaña de deslegitimación, “desmitificación” y demonización ha comenzado contra Greta Thunberg, la adolescente sueca que inició el movimiento. Después de buscar en los medios de comunicación, los medios sociales y los sitios web, esta campaña se puede dividir en cuatro grupos diferentes.

El primero podría llamarse el estúpido. Una escritora reporta fotos de Greta comiendo un plátano, afirmando que esto prueba que tiene un doble estándar. Quiere reducir las emisiones de gases, y luego come plátanos que vienen de lejos. ¿Por qué no come una manzana, que se produce localmente en Suecia?

Otro escritor observa que Greta tiene dos hermosos perros grandes, pero esos perros deben estar comiendo carne, y las vacas son la mayor fuente de emisión de metano (mucho más dañina que el C02) y una vaca usa hasta 15.000 litros de agua antes de alcanzar la edad de sacrificio.

Luego, un tercero observa que Greta puede no tomar aviones, pero que con el uso de trenes está utilizando claramente la energía eléctrica, que sigue siendo generada básicamente por el carbón.

También hay una lectora que protesta fuertemente porque ha comprado un sándwich en el tren, que viene con una envoltura de plástico, y así está contribuyendo al daño causado por el plástico a los mares.

Estamos claramente en el reino de la estupidez, porque es imposible que alguien haga algo en este mundo sin contribuir a su degradación. Esto sólo cambiará cuando el sistema político corrija nuestro estilo de vida (¡tomemos nota que, por lo que parece, esto es improbable!).

Si Greta les pidiera a sus padres que regalaran los dos perros, no se mudaran de Estocolmo en absoluto, y comieran sólo manzanas locales, ¿haría esto una contribución tan importante a un clima mejor? ¿O es más constructivo hacer campaña y movilizar a cientos de miles de personas?

Al segundo grupo se le puede llamar celoso. Estos son los científicos del clima que han escrito en todas partes que comenzaron a luchar contra el cambio climático incluso antes de que naciera Greta (que ahora tiene 16 años).

¿Cómo es posible que hayan sido ignorados y que ahora una niña sin preparación sea capaz de movilizar a la gente de todo el mundo? No hay autocrítica del hecho de que no han sido capaces de inspirar y comunicarse con los estudiantes.

Además, Greta no hizo campaña como experta. Su mensaje en Davos, en Bruselas, en todas partes, fue: por favor, escuchen a los científicos. Un viejo proverbio chino dice: nunca pelees con tus aliados.


Greta no hizo campaña como experta. Su mensaje en Davos, en Bruselas, en todas partes, fue: por favor, escuchen a los científicos. Un viejo proverbio chino dice: nunca pelees con tus aliados. 

El tercer grupo son los puristas. Han estado redistribuyendo informes de periodistas suecos por todas partes que profundizan en los antecedentes de Greta, descubriendo que sus padres son ecologistas activos, que su padre siempre la ha apoyado, y que ha sido influenciada por una famosa activista que ha estado detrás de ella a cada paso.

Afirman que para creer a Greta habría sido necesario que sus padres se hubieran mostrado indiferentes a los temas climáticos, y que ella debería haber sido totalmente ajena a los círculos ecológicos.

Y esta campaña continúa, aunque todos los periodistas suecos declararan unánimemente que Greta no ha sido un instrumento de nadie, y que sólo está cumpliendo sus compromisos.

También porque, por gracia de los dioses, tiene una condición mental llamada Síndrome de Asperger, lo que la convierte en una persona de una sola mente, indiferente a los reconocimientos, cumplidos y compromisos. 

Así, en una carta a Le Figaro, uno de los puristas pregunta si es lógico poner a cientos de miles de estudiantes de todo el mundo “bajo la guía de un zombi”.

Esta categoría también incluye a muchos que se quejan de que Greta no está denunciando el hecho de que Suecia está ganando dinero con la venta de armas. Greta no ha denunciado a nadie, así que los responsables están contentos.

Greta no ha iniciado ninguna campaña contra las finanzas porque no entiende que sólo sometiendo las finanzas se puede cambiar el clima. Y así sucesivamente, de acuerdo con las lentes a través de las cuales sus críticos la miran.

Y por supuesto, está el grupo más legítimo, los paternalistas. Se trata de un grupo fisiológico que incluye a aquellos que piensan que los jóvenes no tienen ni idea de la vida real, y que nada serio saldrá del movimiento de los estudiantes, a menos que escuchen a sus mayores.

Su lugar es en la escuela, no en la calle, no tienen la madurez para entender temas que requieren una preparación científica.

Un ejemplo es una carta publicada en el Corriere della Sera, en la que alguien observa que los jóvenes ya casi no leen libros, usan smartphones todo el día e ignoran la música clásica o el teatro: carecen de la seriedad necesaria para un cambio real.

Un ejemplo extremo de cómo el paternalismo es el gemelo del patriarcalismo fue un comentario hecho por un adulto bien vestido en un grupo que observaba a los estudiantes marchando por el cambio climático:

“Me pregunto cuántas de esas chicas son todavía vírgenes.” Cuando se le preguntó sobre la relación entre la virginidad y el cambio climático, la respuesta fue: “Bueno, hasta que una chica sea virgen, puede tener ilusiones, pero no después.”

Esas diversas reacciones contra una joven que simplemente pide crecer en un mundo sostenible son claramente representativas de cuánto ha cambiado la sociedad en la última década.

Hemos recorrido un largo camino. El período posterior a la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por la necesidad de reconstruir, de hacer sacrificios, de hacer de Europa una isla de paz, de creer que la política era una herramienta participativa para cambiar la sociedad para mejor.

La certeza de los jóvenes de que serían mejores que sus padres, era la creencia de todos. Los mítines políticos vieron a millones de personas en las calles, con esperanzas y compromisos.

Todos sabemos cómo se derrumbó ese mundo de idealismo. Con la destrucción del Muro de Berlín, las ideologías fueron las primeras en desaparecer. La palabra clave era pragmatismo. Pero era un pragmatismo prisionero de la filosofía neoliberal que era intocable.

Como dijo Margaret Thatcher, no hay alternativa (TINA). Los costos sociales eran improductivos, y las finanzas cobraron vida por sí solas, sin estar ya vinculadas a la palabra producción.

El estado fue reducido al mínimo. Deberíamos recordar que Reagan propuso la abolición del Ministerio de Educación y la privatización total de la sanidad. Las Naciones Unidas se consideraban obsoletas: el comercio, no la ayuda.

Durante tres décadas, desde Reagan (1981) hasta la gran crisis financiera de 2008, el lema fue: competir, hacerse rico, a nivel nacional e individual. La política se convierte en una mera actividad administrativa, desprovista de visión a largo plazo.

La llegada de Internet cambió la sociedad de un hilo interactivo y conectado de relaciones basadas en plataformas para compartir, a una red de mundos virtuales paralelos en los que buscar refugio y evitar la acción pública.

Los medios de comunicación, seguidos de una degradación de la complejidad de la información, concentrándose en los eventos e ignorando los procesos. La televisión pasó básicamente al campo del entretenimiento con programas que daban forma a la cultura popular, como el Gran Hermano, o L’Isola dei Famosi (La isla de los famosos).

La codicia se consideraba buena para la sociedad y Hollywood la elogiaba.

Todos vivíamos en una burbuja financiera que estalló en 2008. Estaba claro entonces que la política ya no controlaba las finanzas, sino viceversa.

Según Bloomberg, para salvar el sistema bancario, Estados Unidos tuvo que gastar 12,8 billones de dólares, Europa 5 billones de dólares, 1,6 billones sólo para estabilizar el euro. China gastó 156.000 millones y Japón más de 110.000 millones.

Nadie sabe con seguridad cuánto le costó al mundo salvar su sistema bancario, que era (y es), sin ningún control ni organismo regulador.

Si la cantidad pagada para rescatar a los bancos se hubiera distribuido a los 7.500 millones de personas del mundo, cada uno de ellos habría recibido 2.571 dólares. Suficiente para iniciar un frenesí de adquisiciones, especialmente en el sur del mundo, con un enorme salto en la producción.

Habría resuelto prácticamente todos los problemas sociales del mundo señalados como Objetivos del Milenio por las Naciones Unidas en un acuerdo suscrito por todos los países.

Pero, para entonces, los bancos eran más importantes que las personas… y por sus actividades ilícitas, los bancos ingratos han pagado multas por un total de más de 800.000 millones de dólares desde su rescate.

Recordemos que la codicia ya estaba siendo elogiada en Hollywood en 1987 por Gordon Gekko en la famosa película ‘Wall Street’. Gekko dice: “La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena”.

No es una coincidencia que, en el momento de la crisis financiera de 2008, el primer ministro australiano Kevin Rudd, dijo: “Tal vez sea hora de admitir que no aprendimos toda la lección de la ideología de la codicia es buena.”

Y al año siguiente, en un discurso ante el Senado italiano, el cardenal Tarcisio Bertone dijo: "Hemos pasado del libre mercado a la codicia libre”.

Y muchas manifestaciones de la sociedad civil mundial, como el Foro Social Mundial, han estado denunciando la sumisión de la política a la financiación, y cómo se han recibido los resultados.

Pero después de los treinta años de “codicia-es-buena” vino la gran crisis financiera de 2008, debido a la irresponsabilidad del sistema financiero.

Esa crisis trajo un impacto social negativo adicional que era el miedo: miedo al desempleo, miedo al futuro, miedo al terrorismo.

Quedó claro que el ascensor social que había funcionado desde el final de la Segunda Guerra Mundial se había detenido, con millones de jóvenes de todo el mundo atrapados en él. El propio sueño americano estaba en crisis.

Y llegó una nueva década, una de miedo. Como es habitual en los casos de miedo, surge una nueva narrativa. Después de treinta años de codicia, tenemos ahora una década de miedo.

El neoliberalismo, TINA, ha perdido credibilidad. Todos los partidos políticos han traicionado las esperanzas de sus votantes. La gente ha sido dejada fuera por las élites, por los del sistema.

Así, desde 2008, los partidos populistas nacionalistas que pretendían defender al pueblo florecieron en toda Europa, donde antes de la crisis eran prácticamente inexistentes (excepto Le Pen en Francia). Siguen floreciendo.

En las últimas elecciones holandesas, un nuevo partido populista, el Foro para la Democracia, obtuvo 16 escaños en el Senado. Su líder, Thierry Baudet, ha descartado la invención embrujada del cambio climático, la idolatría del adoctrinamiento sostenible de la izquierda.

Esta es una posición común a todos los partidos populistas. Su éxito ha sido dirigir el miedo contra los diferentes: diferentes religiones, diferentes costumbres, diferentes culturas… en otras palabras, inmigrantes. La xenofobia se ha unido al nacionalismo y al populismo.


Esa crisis trajo un impacto social negativo adicional que era el miedo: miedo al desempleo, miedo al futuro, miedo al terrorismo. Quedó claro que el ascensor social que había funcionado desde el final de la Segunda Guerra Mundial se había detenido, con millones de jóvenes de todo el mundo atrapados en él. 

Cada año ha habido una disminución de los ingresos reales, de los puestos de trabajo dignos.

Los partidos políticos tradicionales han perdido credibilidad y los electores se han decantado por nuevos políticos, que no forman parte de la élite, que hablan en nombre del pueblo y consideran el glorioso pasado como la base del futuro, haciendo caso omiso de cualquier desarrollo tecnológico.

La división social, tomada como base por la nueva cultura política, entró en plena velocidad destructiva: en sólo diez años, 28 personas concentraron en sus manos la misma riqueza que 2.300 millones de personas.

Esto es dinero que se le quita a la economía general; significa que por cada millonario hay miles de personas empobrecidas.

Sólo en el último año, los 42,2 millones de personas en el mundo con más de un millón de dólares en activos financieros, crecieron en 2,3 millones, es por eso que el Papa Francisco dice que detrás de cada gran propiedad hay una hipoteca social.

Ha sido necesario un largo camino para abandonar el mundo que salió de la Segunda Guerra Mundial y llegar al actual: un mundo en el que los fenómenos anormales, como la guerra y la pobreza, son ahora considerados normales por la mayoría de los jóvenes.

La corrupción, que por supuesto siempre ha existido, se ha convertido en otro hecho natural. La democracia, que se consideraba el fundamento central de la sociedad, se considera ahora una posibilidad discutible, con Orban, Salvini y la empresa que promueve la democracia antiliberal.


...un mundo en el que los fenómenos anormales, como la guerra y la pobreza, son ahora considerados normales por la mayoría de los jóvenes. La corrupción, que por supuesto siempre ha existido, se ha convertido en otro hecho natural. 

El miedo y la codicia han cambiado nuestra sociedad. Estamos en medio de una transición, y nadie sabe hacia dónde. Lo que está claro es que el sistema actual ya no funciona y requiere correcciones muy serias.

La marea del nacionalismo, el populismo y la xenofobia nos está llevando hacia atrás a miserias que habíamos olvidado, en lugar de hacia delante.

Las campañas electorales no se basan en programas, sino en desacreditar a los opositores. Cuando el primer ministro canadiense Justin Trudeau no estuvo de acuerdo con Trump, el secretario de comercio de este último dijo que debe haber un lugar especial en el infierno para el primer ministro canadiense.

Los debates televisivos se han convertido en una escuela de incivilidad. La pregunta es: ¿estamos entrando en una nueva era basada en la incivilidad? Por primera vez en la historia del parlamento británico, los distintos opositores son incapaces de encontrar una salida a un referéndum basado en hechos de los que todo es mentira.

Debemos reconocer que vivimos en un mundo en el que las cosas positivas son pocas y están separadas. Un clima político, cultural y social donde nada es aceptado como legítimo, ocultando la verdad y manipulado por el enemigo. Una era de transición, que debería llamarse “la era del mal pensamiento”.

La reacción en contra de Greta Thunberg y su movilización es un buen ejemplo de “mal pensamiento”. En lugar de despertar simpatía y apoyo, esta joven está siendo sometida a esta nueva cultura del “mal pensamiento”.

Y, sin embargo, está haciendo campaña por la supervivencia del planeta, el único que tenemos, y donde todos debemos vivir juntos, independientemente de nuestros mitos, religiones, partidos y nacionalidades.

Dice: no le pidas a mi generación que resuelva el problema del cambio climático, porque cuando hayamos crecido, ya será demasiado tarde. Cuando cumpla los 50 años, habrá 10.000 millones de personas, todas ellas viviendo en ciudades.

Pero en sólo diez años, cuando cumpla 26 años, la humanidad necesitará 50 por ciento más de energía y alimentos, y 30 por ciento más de agua, un elemento que ya es escaso en gran parte del mundo y que es una fuente de ingresos para las empresas privadas. ¡No es de extrañar que ella esté tratando de motivar hacia la acción!


En lugar de despertar simpatía y apoyo, esta joven está siendo sometida a esta nueva cultura del “mal pensamiento”. ​ 

Salvar al mundo AHORA es un mensaje que ha sido capaz de movilizar a estudiantes de todo el mundo.

En la era del “pensamiento maligno”, en lugar de apoyarla, hay quienes miran lo que come, lo que comen sus perros, y lo que hay detrás de ella y la manipulan.

En otras palabras, estamos en una era en la que no somos capaces de pensar positivamente: una era marcada por la codicia y el miedo, y con lo que la cultura actual nos ha dado: el mal pensamiento.

Es más que seguro que, si Greta hubiera vendido ropa deportiva, habría sido aceptada como un fenómeno normal, y nadie se fijaría si estaba comiendo plátanos o manzanas. Este es un buen índice de cómo hemos perdido la capacidad de soñar y seguir adelante.


En la era del “pensamiento maligno”, en lugar de apoyarla, hay quienes miran lo que come, lo que comen sus perros, y lo que hay detrás de ella y la manipulan. 


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*Roberto Savio es editor de OtherNews, el italo-argentino Roberto Savio es economista, periodista, experto en comunicación, comentarista político, activista por la justicia social y climática y defensor de una gobernanza global antineoliberal. Director de relaciones internacionales del Centro Europeo para la Paz y el Desarrollo… Es cofundador de la agencia de noticias Inter Press Service (IPS) y su Presidente Emérito.
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jueves, 28 de marzo de 2019

Los dueños del agro y la alimentación.



Informe revelan que grandes empresas del sector de alimentos no muestran preocupación por “el hambre, el cambio climático, la sostenibilidad, la enfermedad y la injusticia”. El modelo de agronegocio sobreexplota los ecosistemas. Más del 20 por ciento de las superficies agrícolas sufre degradación del suelo y ese mal avanza a la velocidad alarmante de doce millones de hectáreas por año.

Por Darío Aranda

EcoPortal, 27 de marzo, 2019.- Un informe de organizaciones alemanas muestra cómo unas pocas corporaciones manejan el sistema alimentario del planeta. El agronegocio y la complicidad de los gobiernos. El caso argentino: los pueblos fumigados y la expulsión de Monsanto de una localidad cordobesa.

Un puñado de empresas de Estados Unidos, Europa y China decide qué produce el agro mundial, cómo se alimenta la población y, al mismo tiempo, cómo se enferma y empobrece. Son algunas de las definiciones del “Altas del agronegocio”, una investigación de fundaciones alemanas que denuncia con nombres propios el accionar de las compañías y la complicidad de los gobiernos. El trabajo también derriba el mito de las multinacionales agrícolas:

“El agronegocio (de transgénicos y agrotóxicos) no puede conservar al medio ambiente ni la subsistencia de productores, y tampoco puede alimentar al mundo”.

La investigación denuncia el accionar de las empresas del agro, cerealeras, multinacionales de la alimentación y supermercados. De Alemania apuntan al accionar de Bayer y Basf; de Estados Unidos a Bunge, Cargill, Coca Cola, Dow, DuPont, Kraft y Monsanto. De Gran Bretaña a la multinacional Unilever; de Franca a Danone y Carrefour; de China a ChemChina y Cofco; de Suiza a Glencore, Nestlé y Syngenta; de Países Bajos a Louis Dreyfus y Nidera. De Argentina aparecen las empresas Los Grobo, Don Mario, Biosidus y Cencosud (Vea, Jumbo y Disco), entre otras.

El trabajo fue realizado por las fundaciones Heinrich Böll, Rosa Luxemburgo, Amigos de la Tierra Alemania (BUND), Oxfam Alemania, Germanwatch y Le Monde Diplomatique. Síndica como “el moderno latifundio” al modelo de agronegocio, que desde finales del siglo XX avanzaron con la llamada agricultura industrial, de monocutltivos (principalmente palma aceitera, maíz y soja).

Apunta a cuatro empresas que dominan el mercado de semillas y agrotóxicos: Bayer (que en 2018 cerró la compra de Monsanto), ChemChina-Syngenta, Brevant (Dow y Dupont) y Basf. En 2015 facturaron 85.000 millones de dólares y, según proyecciones de Bayer, llegarán 120.000 millones en 2025.

Cuestiona que las empresas del sector hayan asumido poca responsabilidad por las consecuencias de su accionar, que repercutió en el “el hambre, el cambio climático, la sostenibilidad, la enfermedad y la injusticia”.

La investigación cuenta con un capítulo titulado “La república unida de la soja” (en base a una publicidad de la multinacional Syngenta, que así llamó a Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Brasil). “El papel de Argentina en la promoción del modelo agrícola industrial transgénico fue crucial. Representó la cabecera de playa de esta expansión para la industria semillera y agroquímica mundial”, afirma.

Explica que jugó un rol clave el eje gubernamental. Denuncia la complicidad de la Comisión Nacional de Biotecnología (Conabia), el Servicio de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), la Secretaría de Agricultura y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). A más de 20 años aprobar la primera soja transgénica, los mismos organismos aún bendicen los transgénicos y agrotóxicos en base a estudios de las mismas empresas que los producen y venden.

El trabajo también denuncia el rol de “pseudo-organizaciones técnicas” que publicitan las bondades del modelo, pero ocultan las consecuencias. Señala a la Asociación de Productores de Siembra Directa (Aapresid), Asociación de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (Aacrea) y las fundaciones Fertilizar y Producir Conservando. Afirma que el modelo agropecuario actual es una “agricultura minera” que extrae nutrientes de los países sudamericanos y genera enormes impactos ambientales.

Precisa el rol de empresas que suelen pasar desapercibidas en el debate del agro mundial: las exportadoras o, como llamó el periodista Dan Morgan, “traficantes de granos”. Cuatro transnacionales dominan el sector: Archer Daniels Midland (ADM), Bunge, Cargill y Louis Dreyfus. Juntas son conocidas como el “Grupo ABCD”. Su participación en el mercado mundial es del 70 por ciento. En los últimos años se sumó al grupo la china Cofco.

El mercado de alimentos también está en muy pocas manos: 50 grupos empresariales facturan la mitad de las ventas mundiales. Las diez principales (sin incluir el sector bebidas) son Nestlé (Suiza), JBS (primer proveedor de carne mundial, de Brasil). Del tercero al sexto lugar son empresas de Estados Unidos: Tyson Foods, Mars, Kraft Heinz, Mondelez. Le siguen Danone (Francia), Unilever (Gran bretaña) y las estadounidenses General Mills y Smithfield.

“Con la expansión de los consorcios multinacionales se modifican los hábitos alimenticios. Los alimentos poco procesados son sustituidos por los ultraprocesados. El sobrepeso, la diabetes y las enfermedades crónicas son sólo algunas de las consecuencias”, alerta la investigación, que se presentó en Europa, Brasil y Argentina, y contó con la participación local del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente (Gepama) de la UBA.

También destaca la urgente necesidad de fortalecer mediante políticas públicas la agroecología (un modelo sin transgénicos ni agrotóxicos, con rol protagónico de campesinos, indígenas y pequeños productores) y resalta dos acciones históricos contra las multinacionales: el boicot mundial contra Nestlé (entre 1977 y 1984) por su engañosa publicidad de leche en polvo para bebés y la lucha de los pueblos fumigados de Argentina, que son la prueba viva de los impactos de los agrotóxicos en la salud y al mismo tiempo impulsan modelos de producción sin venenos. Recuerda la epopeya de la localidad de Malvinas Argentinas (Córdoba), que luego de cuatro años de resistencia echó a Monsanto de su territorio.

El “Atlas del Agronegocio” asegura que los sistemas alimentarios influidos por las transnacionales “han fracasado” en garantizar una alimentación segura. “El hambre no se eliminó. Sigue habiendo casi 800 millones de personas desnutridas en el mundo. El problema se relaciona con la distribución desigual de los alimentos, que a su vez se vincula con la pobreza y la exclusión social. Los sistemas alimentarios industriales más bien han agravado esta desigualdad en lugar de resolverla”, destaca. También advierte que el modelo de agronegocio sobreexplota los ecosistemas. A modo de ejemplo, precisa que más del 20 por ciento de las superficies agrícolas sufre degradación del suelo y ese mal avanza a la velocidad alarmante de doce millones de hectáreas por año.
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