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miércoles, 17 de abril de 2019

Sin esperanza.



Jaime Richart , Antropólogo y jurista

No creo que haya quien se sienta más afectado personalmente por el cambio climático que el meteorólogo. Sobre todo si está entrado en años. Su seguimiento de la progresiva disminución de las precipi­taciones, de la alteración estacional de las temperatu­ras, de la asimismo progresiva ausencia de una signifi­cativa uniformidad en los fenómenos atmosféricos, a buen se­guro le debe resultar paté­tico mientas desempeña su oficio… No sé si el Montes de Oca que publica en “Rebelion” “Detengamos el holocausto”, es aquel que fue el paradigmático hombre del tiempo de la televisión pública, pero aunque éste no fuese él, vale lo que digo acerca del meteoró­logo.

En todo caso, el título del artículo publicado se explica por sí solo y no puede referirse sino a lo que pensamos y sentimos so­bre la bios­fera todo espíritu que no esté aletargado. Y a su conte­nido no po­demos por menos que adherirnos sin condiciones to­dos cuantos no cometemos el error o el pecado de negar la muta­ción climática a la que venimos asistiendo hace muchos años. Concretamente yo em­pecé a sospecharlo un día de marzo de 1992.

Estando en mi jardín donde tengo un termómetro, un buen día me sorprendió que por aquellas mismas fechas de marzo nunca hasta entonces se había alcanzado a las 11 de la mañana la temperatura dos o tres gra­dos por encima de la que estaba viendo. Y como tengo la sensi­bilidad del pastor de ovejas casi exacerbada, me vino repentina­mente la inspiración/visión de lo que ha ido ocurriendo después. Desde entonces, sin poder evi­tarlo, el ritmo de la Naturaleza lo siento como quien tiene un mar­capasos que funciona, pero fun­ciona intermitente o defectuo­samente. Y desde entonces no he de­jado de prestar aten­ción al asunto. Es más, tengo que hacer esfuer­zos para no ob­sesionarme como el Michel del film “El reverendo”.

Así es que casi desde entonces ya pensé que escribir alertando del peligro que corre la Humanidad, arengando a los responsa­bles de males futuros para que los eviten o haciendo esfuerzos poéticos para inspirar confianza al lector y de paso uno a sí mismo, es muy hermoso. Además si se hace con fundamentos, so­lidez documental y belleza expresiva transmite al lector con­suelo y esperanza. Pero me siento incapaz de intentarlo. Sé bien, por tanto, que el catastro­fismo y el alarmismo son nocivos y que la esperanza y el espíritu po­sitivista es lo más adecuado para la comunicación, y aún más para la comunicación de masas. Pero creo que la suerte está echada. En este asunto del cambio climá­tico, sus causas y las conse­cuencias catastróficas que está origi­nando y las que habrá de causar, no hay nada qué hacer. Mejor di­cho, habría tanto que hacer, que no es imaginable la sinergia su­ficiente entre los poderes del mundo, de los que el poder polí­tico es el que menos fuerza tiene pese a ser de creencia superfi­cial que es el que puede y debe impo­nerse sobre los demás pode­res.

Porque los poderes reales del mundo que lo dominan son inasi­bles. Son inmunes a las leyes, carecen de las propiedades de los mecanis­mos, más bien los órganos dotados de la sensibilidad y humanismo que hacen posibles los cambios, y mucho menos los que harían posibles los cambios enérgicos y casi súbitos requeri­dos por las condiciones medioambientales y climáticas perdidas. Pero la psicología profunda nos revela que hay acciones aparen­temente racionales del hombre que están gobernadas en realidad por fuerzas que él mismo ignora o que están ligadas a un simbo­lismo absoluta­mente ajeno a la lógica corriente. No se puede dete­ner el holo­causto.

Creo que hemos llegado al punto de no re­torno. Aunque de pronto todos los gobiernos del mundo adopta­sen acuerdos para redu­cir drásticamente la producción de objetos superfluos (y super­fluo en este contexto extremo sería todo lo que no es indispensable para la vida), y no sólo los gases nocivos, aunque súbitamente deja­sen de fabricarse, en el hipoté­tico proceso regenerador a partir de ahí de las condiciones de equilibrio de la biosfera de las que se su­pone partimos y hacia las que desearíamos dirigirnos, haría acto de presencia, primero el principio de incertidumbre de Heisenberg, luego la ausencia de la “lógica” corriente inaplicable a los hechos de la Natura­leza, y luego, el impredecible número de décadas o cen­turias a priori necesarias para intentar restablecer las condicio­nes anterio­res al desastre.

De modo que el llamamiento a la sensatez que hagamos Montes de Oca y yo y todos los ya apuntados y que quieran apuntarse a quie­nes en apariencia la han perdido por la obsesión de suminis­trarse y suministrar beneficios a unos cuantos a cualquier precio, son resueltamente inútiles. Está demostrada la inutilidad de ante­mano. Por la respuesta ya expresa de los mandatarios negacionis­tas y por el resultado inoperante de los mandatarios que no siéndolo, no pueden hacer nada frente a ellos y sólo pue­den lucir su buena vo­luntad. Porque los llamados a cambiar de pa­radigma, a renunciar al paradigma de la ganancia como única y legítima aspiración del ser humano, están a su vez dominados por esas fuerzas que igno­ran. Están atenazados o abducidos por el fatalismo de esa parte atroz de la condición humana.

Hay dos clases de depravación: ele­gir lo que impide o destruye nuestra existencia y organizar la socie­dad por la ley de más fuerte por­que es la que rige en la Naturaleza. Por ésta se guían los domina­dores. Y los dominadores, ya lo sabe­mos, son los capita­listas, los mayores enemigos del capitalismo, ahora envalentona­dos por el neoliberalismo y resueltos a privatizar aire que respira­mos. La resistencia a su dominación en el mundo, es la que es, pero demasiado débil comparada con su fuerza y su de­ter­minación. Pues la fuerza del dinero y de las finanzas con la que cuentan es abstracta, transversal y se extiende subterránea­mente por todas las naciones. Y como esto es así, nada puede cam­biar… a menos que la Humanidad sin tapujos les declare urbi et orbe la guerra. Por lo menos la guerra a su falta de con­ciencia y a esa ambición…

lunes, 13 de octubre de 2014

12 de octubre, ¿día de la raza, del racismo o del holocausto de los aborígenes?



Ollantay Itzamná

En Latinoamérica y en España, las entidades públicas y privadas celebran el 12 d octubre, con diversos actos culturales, como el Día de la Raza y/o Día de la Hispanidad.
El origen de esta fecha se debe al primer recibimiento fraterno que hicieron nuestros ancestros aborígenes, en las costas de la actual República Dominicana, a los primeros europeos/españoles, en octubre de 1492. Aquella hospitalidad fue traicionada con saqueos, enfermedades, desposesión, esclavitud y genocidio. Sí. Genocidio. En menos de siglo y medio, los “huéspedes” cristianos masacraron violentamente cerca de 70 millones de nuestros abuelos/as para apropiarse de nuestros bienes comunes. Fue y es el primer holocausto humano en nombre del tal Dios desconocido y de la paradisiaca civilividad prometida que jamás llegó.

La oficialidad de los actuales españolitos, y las autómatas élites políticas y culturales que reditúan del holocausto colonial en las actuales tierras de Abya Yala, promueven la remembranza del 12 octubre como el Día de la Hispanidad o Día de la Raza con la finalidad de mantenernos dormidos y colonizados, serviles a sus intereses.

El 12 de octubre no es ningún Día de la Raza, porque la misma antropología occidental demostró con demasía que razas humanas no existen. Existe una sola especie humana. Y, quien diga lo contrario no es más que un ladrón y saqueador que intenta justificar el despojo y la esclavitud contemporánea.

En 12 de octubre tampoco es Día de la Hispanidad, porque en la realidad, la categoría cultural de “hispanidad” fue y es un espejismo. En ese territorio que, hoy, llaman España, vascos y catalanes se ofenden si se les llama español/a. España como unidad cultural no existe. Este idioma en el que intentamos comunicarnos no se llama español, se llama castellano. Entonces, ¿qué es hispanidad? Un concepto vacío y aborrecido, como la actual Monarquía madrileña.

El 12 de octubre es el Día del Holocausto de nuestros abuelos/as. Es el Día del Racismo endémico que justificó la humillación y el despojo que cometieron y cometen los misioneros del Dios desconocido. Y los actos abominables no se celebran. Mucho menos se agradecen. Pero, sí: es una lección por donde no debemos transitar jamás.

Entonces, ¿por qué se estableció el 12 de octubre como el Día de la Raza o de la Hispanidad? Ellos lo establecieron para intentar limpiar y tranquilizar su conciencia sanguinaria que jamás los dejará en paz. Para intentar afianzar y mantener su supuesta superioridad biológica y cultural frente a los demás pueblos. ¿Una sociedad que vive de la violencia y del saqueo, consumopáticos que devoran más allá de la capacidad regenerativa de la Madre Tierra, puede ser considerada como civilización? En estos y otros territorios de Abya Yala, ¿vivimos mejor o peor a más de cinco siglos de confesar la fe cristiana? ¿Quién disfruta de paraíso terrenal proclamado por más de 2000 años en el planeta? Y el Dios desconocido, sólo guarda silencio cómplice… Los enviados de Dios se apropiaron de la tierra, los ríos, los bosques, las playas, los yacimientos mineros e hidrocarburíferos. Sólo nos dejaron la cruz y la Biblia que no hacen milagros.

Quienes tenemos el privilegio de portar en nuestra identidad parte del cúmulo de la dignidad de las milenarias civilizaciones nativas de Abya Yala, tenemos la responsabilidad histórica de nominar a la realidad histórica y fáctica con la verdad que corresponde. Pero, para ello, no es suficiente con desaprender o sospechar de las mentiras de los genocidas impuestas como verdades. Es necesario hacer el camino hacia adentro (metanoia dirían los ascetas), para desconfigurarnos y reconfigurarnos psicológica, mental y espiritualmente. Sólo así esta Abya Yala que florece hará que sea posible la esperada primavera de múltiples colores en la Madre Tierra.