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lunes, 24 de junio de 2019

Por una Iglesia profética, postsecular, posreligiosa.


José Arregi 

La difusión de las ciencias por la Universidad ha socavado o acabará socavando la cosmovisión milenaria que sostiene las creencias y las prácticas religiosas tradicionales. No podemos pensar que una divinidad preexistente creó el mundo de la nada en un pasado remoto e interviene en él cuando quiere, ni que somos el centro del cosmos, ni que habrá un fin del mundo con un juicio final y un infierno eterno para los malos. Y tantas y tantas cosas que seguimos leyendo y escuchando todavía. Todo eso ya pasó o tiene los días contados. Vivimos una época posreligiosa.

A la vez, sin embargo, vivimos una época también postsecular. Y no porque las religiones tradicionales sobrevivan todavía e incluso ganen protagonismo político en muchos países como los Estados Unidos de América, Rusia o Brasil. Son manifestaciones reactivas y fundamentalistas, más políticas que religiosas, y han traicionado al Espíritu profético y místico que alentó sus orígenes. Vivimos una época postsecular porque los Homo Sapiens que somos (todavía…), debido a nuestro desarrollo cerebral y cultural, somos seres simbólicos –como lo fueron otras especies humanas extintas y lo siguen siendo otros primates hominoides, cada especie a su manera–. Somos más de lo que pensamos, sentimos, sabemos, tenemos. La Realidad nos precede. Todo emerge de la “materia”, que no sabemos qué es y, sobre todo, por qué es. La materia es matriz. El Misterio nos envuelve. La realidad se reencanta. Todo está interrelacionado, abierto y habitado por impredecibles e inagotables posibilidades. Todo se transforma. ¿Hacia dónde? Depende de todo, y en particular de nosotros, como sucede con el cambio climático.


Y ¿qué tiene que ver esto con la Iglesia? También de la Iglesia depende la transformación de este planeta y de esta humanidad hacia una forma más justa y libre, más fraterna y feliz. Y la condición fundamental para que la Iglesia sea transformadora es su propia transformación profunda. Llevamos siglos de retraso: es urgente que la Iglesia deje sus formas y doctrinas religiosas tradicionales, para convertirse en Iglesia profética y mística para unos tiempos posreligiosos y postseculares. Para ser la fraternidad que soñaba Jesús, aunque nunca pensó en ninguna forma de Iglesia futura.


Es verdad que un poderoso vendaval profético recorre la Iglesia Católica romana, mucho más de lo que nunca pensé, con el papa Francisco. Reclama una Iglesia en salida, que no sea aduana, sino “puesto de socorro para los heridos”. Pone a los pobres sobre el desarrollo, la política sobre la economía, la justicia sobre la doctrina, la persona sobre el Derecho Canónico, el Evangelio sobre la institución. Denuncia la economía que mata, el expolio del planeta, el colonialismo económico y cultural, el cierre de fronteras a refugiados e inmigrantes. Urge a una “valiente revolución cultural” que evite la catástrofe ecológica, que salve a la humanidad y a la comunidad planetaria. “Nuestra fe es siempre revolucionaria”, dijo en Bolivia. “Actuad ahora, el tiempo se acaba”, acaba de proclamar. ¡Gracias, Hermano papa Francisco!


Todo eso es sin duda lo esencial, pero no basta para ser de verdad una Iglesia profética que sople sobre el mundo de hoy el Espíritu del Génesis y del Jubileo que alentaba a Jesús. Como no basta reformar la Curia vaticana ni perseguir la pederastia. ¡Qué menos! Como tampocobasta “ordenar” a hombres casados, y menos aun nombrar diaconisas de segundo orden, subordinadas a varones clérigos. Veo a Francisco profundamente anclado todavía en un lenguaje religioso y en un modelo clerical de Iglesia. Lo escucho predicar ideas teológicas de hace milenios: que Dios es un Señor que interviene cuando quiere, que Jesús murió para expiar nuestros pecados, que el demonio en persona actúa, que la teoría del género es “una colonización ideológica” y una “maldad”, que matrimonio solo hay uno, porque “hombre y mujer los creó” Dios.

Todo eso ya no lo entiende casi nadie. No inspira a nadie. Para ser profética, la Iglesia ha de abrir de par en par sus viejas murallas doctrinales e institucionales, atravesar hasta la otra orilla, postsecular y posreligiosa. Allí donde viven, gozan y sufren, conversan y buscan los hombres y las mujeres de hoy. Donde sopla el Espíritu.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 23 de junio de 2019)

viernes, 30 de mayo de 2014

Iglesia profética, Iglesia samaritana.



Por Carmen Gómez Calleja*

29 de mayo, 2014.- La Iglesia Católica de la Amazonía percibió desde el principio que los decretos legislativos promulgados por el gobierno de Alan García en el 2008 vulneraban el derecho de los pueblos indígenas amazónicos a su libre determinación. Eran los años 2007 y 2008 en los que se dieron grandes extensiones del territorio amazónico en concesión a empresas extractivas.

“Si nos hubieran escuchado, no estaríamos lamentando esta terrible tragedia”, comentó un obispo de la Amazonía, haciendo referencia al pronunciamiento publicado el día 5 de mayo del 2009, exactamente un mes antes de los sucesos de Bagua, en el se decía:

“Las normas legales que el Estado ha promulgado en el 2008 (especialmente dos leyes y siete decretos Legislativos) no aportan al desarrollo integral de la población amazónica. Por el contrario surgen serias amenazas de mayor pobreza en la región”. (N° 8).

“Ante este delicado panorama invocamos al Señor Presidente Constitucional y al Congreso de la República la derogatoria de dichos dispositivos legales y contribuya a la formulación de nuevas normas con la participación de las poblaciones amazónicas”. (N° 11)

Por estas mismas fechas también la Conferencia de Religiosas(os) del Perú (CONFER) publicó en el diario La República un valiente pronunciamiento:”Como profetas de la vida, queremos insistir en que en las intervenciones sobre los recursos naturales, no predominen los intereses de grupos económicos, que arrasan irracionalmente las fuentes de la vida, en perjuicio de naciones enteras y de la misma humanidad. Las generaciones que nos suceden tienen derecho a recibir un mundo habitable…” (Doc. Aparecida N° 471).

Al día siguiente de la tragedia, el 6 de junio del 2009, un pronunciamiento conjunto de la Conferencia Episcopal Peruana y de la Defensoría del Pueblo recogió el clamor de todo el país: ¡ALTO A LA VIOLENCIA! “La vida es un valor supremo que en cualquier circunstancia debe ser protegida y privilegiada, tanto la de nuestras comunidades nativas históricamente desatendidas, como la de quienes, en cumplimiento de su deber constitucional, procuran el restablecimiento del orden”.
Post Baguazo

El doloroso post Baguazo para todas las personas afectadas (deudos de los fallecidos, heridos, procesados) ha estado acompañado por la solidaridad de la Iglesia Católica, junto a las demás Instituciones de defensa de los DDHH, que felizmente existen en nuestro país. “Si no fuera por la Iglesia Católica y los de DDHH, ¿Qué hubiera sido de nosotros?; era el comentario agradecido de quienes retornaban a sus comunidades, sin poder creer del todo, lo que había sucedido.

Para quienes pertenecemos a la Iglesia local de las Baguas, Jaén, Bellavista y Condorcanqui fue una profunda experiencia de comunión y misión samaritana. Sacerdotes, religiosas(os), grupos parroquiales, y toda la población, con la coordinación de nuestros obispos, hemos podido ofrecerles a nuestros hermanos la ayuda humanitaria que requerían:

Protección y alojamiento en los centros pastorales, en coordinación con las autoridades locales.

Atención a los numerosos heridos con el admirable compromiso de los centros de salud.

Organización del transporte para el retorno a sus comunidades de origen.

Defensa de los detenidos.

Monseñor Santiago García de la Rasilla, obispo del Vicariato San Francisco Javier del Marañón escribió la siguiente carta:

A MI GENTE DEL VICARIATO, EN EL CUARTO ANIVERSARIO DE LO SUCEDIDO EN LA CURVA DEL DIABLO Y LA ESTACIÓN 6:

“…la pasión de tantos hermanos hizo conocer al Perú de la costa que en la selva no solo hay madera, petróleo y biocombustibles sino personas humanas, hermanos nuestros, que están identificados con esos territorios; que en ellos, de ellos y con ellos viven desde mucho antes de que el Estado peruano existiera”.

“No puede ser que se pida cadena perpetua o condenas gravísimas para quienes, según todos los testigos, su único delito fue reclamar unos derechos y luego tratar de impedir que se derramara sangre inocente en ambos lados”.

Ha comenzado el juicio oral para los 53 procesados por los delitos cometidos en la Curva del Diablo; todos son indígenas y mestizos. Una encuesta en La República (26-5- 14) da como resultado que el 51% de los consultados atribuye la responsabilidad de los sucesos de Bagua al gobierno aprista, el 23% a la Policía y el 10% a los indígenas y mestizos. Este resultado daría la razón a lo dicho hace un año por Monseñor Santiago García de la Rasilla en la carta citada:

“No puede ser que los únicos culpables se encuentren entre los indígenas y que las autoridades del gobierno y de la policía de entonces hayan quedado limpios de polvo y paja o a lo más con una sanción administrativa”. Como Iglesia y como sociedad peruana pedimos justicia para los inocentes procesados por los Sucesos de Bagua.

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* María del Carmen Gómez Calleja es coordinadora provincial de las Siervas de San José. Desde el 2009, realiza una incansable labor para que se aclaren los sucesos y se determinen las responsabilidades políticas que originaron el “Baguazo”. El 2013 fue reconocida con el Premio Nacional de Derechos Humanos.

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Fuente: Servindi