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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Incendios capitalistas.


Por Gustavo Duch

Cuando se plantean las diferencias entre los tipos de agricultura que se practican, para definir la agricultura que actualmente llena nuestros supermercados de comida artificial, con pesticidas y muchos kilómetros de petróleo en su mochila, me gusta sustituir el oxímoron de agricultura industrial por otro adjetivo, desde mi punto de vista, más certero:agricultura capitalista. En el caso de los incendios creo que este término vuelve a ser el más apropiado porque si bien hoy es difícil desgajar entre incendios naturales o incendios provocados, cuando muchos elementos se superponen, prácticamente todos se podrían incluir en este nuevo género de incendios capitalistas.

De hecho, no se extrañen si en las próximas semanas -lamentablemente- los fuegos que explicarán los medios de comunicación superarán en mucho los que estos días están describiendo en Castellón, Galicia o más lejos, California. Como en los últimos años, las pantallas mostrarán vía satélite en las selvas de Borneo y Sumatra, miles de chimeneas excretando toneladas de humo que como un gran paraguas cubrirán el cielo de toda Indonesia y partes de otros países colindantes. Y estos incendios, los más grandes y más graves del Planeta, son cien por cien fuegos capitalistas pues detrás de ellos encontramos a las grandes industrias de la alimentación preparadas con retoños de palma africana para hacer de esas zonas inmensas plantaciones que permitirán con la extracción de su aceite elaborar todo tipo de comida preparada: bollería, masas de pizza, supuesto queso rallado, margarinas, pastas de cacao, etc. Un negocio descomunal que, decía, junto a los incendios por intereses madereros, especulativos de la construcción, para el embolso de ayudas agrícolas o incluso por el negocio de la extinción de los mismos incendios, lideraría este colectivo de quemas provocadas por íntimas ansias del capital.

Pero también, y eso es preocupante, los incendios sin cerilla crecen en la medida que se expande este capitalismo que salta todas las vallas que tantas personas no tienen permiso para traspasar. Como explica Ramón P. Yelo en el número 24 de la revista Soberanía Alimentaria en un artículo que analiza los fuegos del invierno pasado en Cantabria, “la configuración actual del paisaje hunde sus raíces en la actividad agroganadera tradicional” y esta panorámica en apenas 50 años ha cambiado de forma drástica en la medida que la agricultura que era cultura y sustento se ha transformado en un negocio sin más.

Las pequeñas parcelas o terrazas de policultivos en el norte peninsular, combinadas con prados y bosques de pino o carballo; los campos de cebada o trigo que son mareas en tierras de secano; o los muros de piedra seca delimitadores de puzzles agrícolas mediterráneos son, efectivamente, las mayores obras de arte colectiva de la humanidad, como escuché y no recuerdo a quien. Pero donde habitaban viejos bosques ahora tenemos monocultivos de eucaliptos de mecha fácil; donde pastaba el ganado que limpia y ramonea el bosque ahora tenemos botellas de refrescos, cartones y otros despojos de barbacoas; donde se cultivaban huertos ahora se levantan rotondas y polígonos; pero, sobretodo, donde teníamos personas campesinas trabajando diariamente, en vidas enraizadas en una comunidad, en pequeños pueblos con las ventanas abiertas y atentas a cualquier humareda, ahora tenemos vacíos.

Vacíos que se pueden contabilizar pues el supuesto avance de la modernización de la agricultura ha hecho que ésta perdiera su peso económico, social y cultural en nuestros territorios, siendo actualmente su contribución al Producto Interior Bruto de un exiguo 2,5 % y lapoblación activa agraria, que hace treinta años suponía el 20 % del total, no llega al 4% sin dejar de descender.

Vacíos que son el oxígeno que alimenta un mal fuego y que si somos capaces de llenarlo volviendo a los pueblos, recuperando una agricultura campesina, cuidadosa y local que sea la base de nuestra alimentación, tendremos en marcha la mejor política de prevención de incendios posible. Leyes de la química.


Fuente: https://gustavoduch.wordpress.com/... / 24 de agosto de 2016, El Jueves, OPINION

miércoles, 27 de febrero de 2013

La urgencia de otra economía en tiempos de crisis.



por Arcadi Oliveres
De las muchas facetas de la crisis que, una vez más, afecta al capitalismo, es la alimentaria la que, sin lugar a dudas, debe ocupar el primer plano en nuestra preocupaciones. Nada como el hambre siega, sin ninguna razón, tantas vidas humanas en un mundo que, sin embargo, produce alimentos suficientes para ofrecer las calorías necesarias a todas las personas que habitan el planeta. Nos encontramos con desequilibrios productivos según las zonas y, al propio tiempo, con producciones inadecuadas derivadas de la industrialización agraria, de la mala distribución de la tierra, de las erróneas políticas de subvenciones y de los todavía persistentes efectos de los procesos coloniales que llevaron a muchos países a fomentar lo que, en una afortunada expresión, se ha venido llamando “la economía del postre”.
Cambiar este paradigma supone adentrarnos en un nuevo modelo económico que rechace de plano el neoliberalismo vigente y que siente las bases de un sector primario alternativo, cuyos ejes conductores deberían ser las concepciones de economía social y los criterios de sostenibilidad, valores ambos históricamente existentes y abandonados después por los intereses vinculados a la agroindustria.
La publicación que ahora se nos ofrece nos resulta gratificante al poder constatar la actual existencia, todavía minoritaria, de propuestas de economía social que enlazan claramente con tradiciones campesinas, con pretéritas y actuales experiencias cooperativas y con sugerentes proyectos de vinculación directa entre producción y consumo.
La voz del viento ver 29
Evidentemente todas estas aportaciones no deberían en absoluto desvincularse de los demás elementos de la economía solidaria. Aunque estrictamente hablando, no se puedan considerar novedosas, las ideas de consumo responsable, de comercio justo, de finanzas éticas, de tecnologías intermedias, de sindicalismo agrario, de distribución al por menor, de auto-abastecimiento, de protección del entorno y de las, en ocasiones, imprescindibles revueltas agrarias, configuran las bases de la supervivencia humana.

En una economía con recursos limitados, aunque suficientes, las actuales prácticas especulativas sobre los cereales, la distribución mediante grandes cadenas, el despilfarro y el desecho de las mercancías, las exageradas normas higiénico-sanitarias sobre la caducidad y presentación de los productos, acaban generando déficits de todo tipo que a gran escala llamaremos hambrunas en los países en desarrollo, pero que también aparecen puntualmente en los países industrializados cuando vemos que hace falta ir creando en muchos de ellos los llamados “bancos de alimentos”.
Estamos sin duda ante una vergüenza social cuando, en los inicios del siglo XXI, Naciones Unidas ha debido colocar como el primero de los objetivos del milenio “la reducción a nivel mundial del hambre a la mitad, en el período 2000-2015”, objetivo que a todas luces no será alcanzado habida cuenta que se camina en sentido contrario. Las prioridades financieras derivadas de la voluntad de los gobiernos  de salvar antes a las personas que especulan que a las que pasan hambre, nos certifican  la urgente necesidad de un cambio de valores. La economía social y solidaria puede ser uno de tales cambios.
Febrero 2013