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jueves, 7 de marzo de 2019

¿Es factible la utopía en el siglo XXI?


Germán Gorráiz López, analista

Por caos (Khaos o “vacío que ocupa un hueco en la nada”) entendemos algo impredecible y que se escapa a la miope visión que únicamente pueden esbozar nuestros ojos ante hechos que se escapan de los parámetros conocidos pues nuestra mente es capaz de secuenciar únicamente fragmentos de la secuencia total del inmenso genoma del caos, con lo que inevitablemente recurrimos al término “efecto mariposa” para intentar explicar la vertiginosa conjunción de fuerzas centrípetas y centrífugas que terminarán por configurar el puzzle inconexo del caos ordenado que se está gestando y que podría conducir a la utopía.

El término utopía (lo que no está en ningún lugar) fue empleado por Thomas More en el siglo XVI y sería “la búsqueda incansable de la Humanidad desde el comienzo de los tiempos de un lugar o sociedad ideal” y a pesar de su carácter no real, permite reconocer los ideales de una sociedad o comunidad en un momento concreto de su singladura histórica así como los obstáculos que impiden cristalizar su sueño idílico.La utopía así concebida sería el camino para alcanzar un sueño que llevaría implícito en su potencia la facultad de devenir en acto concreto (en el camino está la meta), siendo preciso transitar por la senda marcada por il poverello d´Assisi: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”, lo que implica una catarsis y posterior metanoia.

El término Metanoia (del griego μετανοῖεν, metanoien), sería “un enunciado retórico utilizado para retractarse de alguna afirmación realizada y corregirla para enfocarla de la manera adecuada a un nuevo contexto “, lo que traducido a la actual coyuntura se traduciría como “transformar la mente para adoptar una nueva forma de pensar, con ideas nuevas, nuevos conocimientos y una actitud enteramente nueva ante la irrupción del nuevo escenario teleonómico”.Ello implicaría la doble connotación de movimiento físico (desandar el camino andado) y psicológico (cambio de mentalidad tras desechar los viejos estereotipos vigentes en las últimas décadas) y que tendrá como efectos benéficos la liberación de la parte indómita del individuo primigenio que ha permanecido agazapado en un recodo del corazón, sedado y oprimido por la tiranía de la manipulación consumista de la actual sociedad burguesa occidental.

Dicho proceso tendrá como colofón la aparición de un nuevo individuo (Individuo Multidimensional), reafirmado en una sólida conciencia crítica y sustentado en valores caídos en desuso como la solidaridad y la indignación colectiva ante la corrupción e injusticia imperantes y que bajo el lema “prohibido prohibir” generará un tsunami popular de denuncia del déficit democrático, social y de valores de la actual élite dominante que logrará finiquitar el actual status quo tras una época traumática en la que agonizará lo viejo sin que amanezca lo nuevo.

martes, 25 de septiembre de 2018

¿Para qué nos sirve la historia?


Décadas atrás, salvo en ambientes muy intelectuales y círculos de imaginación reducidos, nadie ponía en duda que “la historia es maestra de la vida”. La historia, se pensaba, como depositaria de la gran experiencia humana, encierra en sí un rico depósito de luces y sombras capaces de darnos a conocer el pasado de la humanidad, de ayudarnos a entender un presente, siempre revuelto y convulso, y de orientar pedagógicamente nuestros pasos hacia el futuro. La historia es maestra de la vida.

En este contexto, los ancianos y ancianas, por el mero hecho de haber vivido una historia larga, estaban en condiciones de aportar un caudal de sabiduría útil y beneficioso para la formación de las nuevas generaciones. El anciano Sheila, entre los indios cuna ­­—Islas de San Blas en Panamá— podía repetir ante la asamblea varias veces en la semana la génesis y hazañas de la tribu en el pasado que explican su situación actual y son garantía de supervivencia en el futuro. Además de jefe político, el Sheila es memoria viva de la experiencia colectiva que se transmite, de forma oral, de generación en generación.

Pero la historia, con el paso del tiempo, ha venido cambiando a un ritmo vertiginoso. Las mentes más creativas siempre han desbordado, como las actuales migraciones, todos los límites. Ni la ilustración ni la modernidad se sintieron a gusto con el magisterio de la historia. Tampoco en nuestro ahora, iniciada ya la era del conocimiento o “tiempo axial” (Karl Jaspers), podemos caer en la torpeza de no saber para qué nos sirve la historia. Pudiera ocurrir que se nos estuviera yendo el niño con el agua de la bañera.

Bajo el reinado de la telemática, todo se define por la instantaneidad y simultaneidad. ¿Para qué nos sirve entonces la experiencia del pasado que, por más que lo intentemos, no va a volver a repetirse? Además del interés por lo que fue y ya no es, ¿qué puede aportar a un ahora, siempre volátil y escurridizo, o a un futuro que no existe porque aún no ha llegado a ser?

Lo que son las vías para el paso rápido del tren, es la historia para el ritmo vertiginoso del tiempo: duración y suceso, continuum y volatilidad, vivencia y mecánica se asocian en la instantaneidad y simultaneidad de cada momento. Difícil separar las dos dimensiones si no es meramente en el concepto.

Ya desde el siglo IV lo advertía San Agustín en el siempre sugestivo libro de las Confesiones: “Resulta claro y evidente que ni lo futuro ni lo pasado son, y no puede decirse con propiedad que los tiempos son tres: pasado, presente y futuro. Más propiamente debiera decirse que los tiempos son tres: presente de lo pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. En efecto, estos tres modos son, de algún modo, en el alma y no veo otra forma de comprenderlo: el presente de lo pasado es la memoria, el presente de lo presente, la atención, el presente de lo futuro, la expectación” (Libro XI, cap. 27).

No puede ser esta mera introducción el mejor lugar para dar respuesta a estas cuestiones que han calentado la cabeza de tantas personas en la ya larga trayectoria humana. Las colaboraciones que siguen, por encima de la dificultad teórica, tienen por objeto aportar elementos para una solución práctica y realista, útil, de la historia.

Pero no deja de llamar la atención que desde Utopía, que justamente se coloca del otro lado de la historia, nos veamos obligados a hacer hoy este tipo de cuestionamientos. Por el mero hecho de existir, Utopía ya está anunciando que hay mucha realidad que no cabe en la historia. Cada punto de la historia es una encrucijada en la que ninguna de las posibilidades a nuestro alcance está determinada a ser inevitable. Ni las fijaciones geográficas, ni las biográficas, ni las económicas, ni aún las dogmáticas son definitivamente tan cerradas para no dejar siempre algún margen a la sorpresa.

Con toda legitimidad nos preguntamos en las siguientes páginas por la utilidad de la historia en nuestro ahora. Modestamente, queremos seguir la fantasía de aquellos espíritus románticos que, desde la música y la poesía, lograron romper la férrea dictadura del clasicismo para abrir las puertas a otra estética diferente.

lunes, 30 de mayo de 2016

Informe del Simposio sobre la Utopía.



Juan José Tamayo, teólogo

Según Juan José Tamayo-Acosta, Director del simposio “La Utopía, motor de la Historia” organizado por la Fundación Ramón Areces: “Aunque la utopía vive horas bajas, hay signos de su despertar en los movimientos sociales y en el pensamiento utópico”

Madrid, 27 de mayo de 2016-. “La utopía vive horas bajas. Es excluida de los todos los campos del saber: de las ciencias y de las letras, de la economía y de la ética, de la filosofía y de la teología, de la política y de la religión, e incluso del quehacer cotidiano. Y, sin embargo, hay signos de despertar de la utopía en los movimientos sociales, en los Foros Sociales Mundiales bajo el lema de “Otro Mundo Posible”, portadores de utopía, y en el pensamiento utópico cultivado por intelectuales críticos”, ha afirmado Juan José Tamayo-Acosta, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, en el marco del Simposio “La Utopía, motor de la Historia”, organizado por la Fundación Ramón Areces con motivo del V Centenario de la publicación de Utopía de Tomás Moro, celebrado el 27 de mayo y dirigido por él.

Según el profesor Tamayo-Acosta, para quien la propia palabra “utopía” está desacreditada y tiende a confundirse con ilusión, quimera, ingenuidad, fantasmagorería, falta de sentido de la realidad, estar en las nubes, plan bueno pero irrealizable, “se hace necesario convertir la utopía en motor de la historia, ya que sin utopías triunfaría la injusticia por doquier y se impondría la barbarie”.
Los expertos reunidos en el Simposio “La Utopía, motor de la Historia” analizan la importancia de la utopía en la historia de la Humanidad dado que la obra de Tomás Moro es una de las más influyentes en la teoría y la práctica política y en el pensamiento utópico. Con ella se inicia, en la modernidad, el género literario utópico, continuado en el siglo siguiente por dos nuevas utopías: La ciudad del Sol, de Tomasso Campanella (1623) y La Nueva Atlántida, de Francis Bacon (1627) y en siglos posteriores con una abundante literatura.

En la primera Sesión del Simposio María José Guerra Palmero , Profesora Titular de Filosofía Moral de la Universidad de La Laguna analiza La “Utopía”, de Platón; Elisa Varela Rodríguez, Profesora Titular de Historia Medieval de Universidad de Girona diserta sobre Utopías medievales; Jorge García López Profesor Titular de Filosofía de la Universidad de Girona explica La Utopía de Tomás Moro y Gonzalo Pontón Gijón, Profesor Titular de Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona se detiene en La utopía en el Quijote.
En la segunda sesión, Federico Mayor Zaragoza, Presidente del Consejo Científico de la Fundación Ramón Areces, habla de La utopía de la Paz; Alicia H. Puleo, Profesora Titular de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Valladolid, ahonda en La utopía ecofeminista y, por último, Juan José Tamayo-Acosta diserta sobre las Utopías para tiempos en crisis.

El Quijote elabora literariamente el espíritu utópico.

Para Gonzalo Pontón Gijón, Profesor Titular de Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona, aunque el Quijote es una obra de entretenimiento “elabora literariamente el espíritu utópico en varios niveles y direcciones. En primer lugar, es utópico el fondo de la locura del protagonista, porque contiene un propósito reformador: don Quijote decide consagrar su vida a transformar el mundo, restituyendo el orden y la justicia a partir de los ideales de la caballería andante. Por otro lado, la novela, en su Segunda parte, presenta un amplio episodio consagrado a la acción de gobierno: Cervantes nos muestra cómo un hombre simple pero dotado de ingenio natural puede convertirse, contra todo pronóstico, en un buen gobernante”
Pontón Gijón considera que el libro de Cervantes contiene un poderoso aliento utópico en la presentación de un mundo en el que la actividad más importante consiste en conversar, preguntar, a menudo discrepar, porque la realidad no obedece a una sola perspectiva y es necesario observar las conductas, sin prejuzgarlas, para alcanzar a comprenderlas. Una utopía de la tolerancia.

La utopía ecofeminista.

Por su parte, Alicia H. Puleo, Profesora Titular de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Valladolid, considera que el actual interés creciente por el ecofeminismo ha de ser entendido a partir de esta necesidad y de una nueva sensibilidad y conciencia referente al protagonismo de las mujeres y a la importancia de su experiencia histórica y su mirada sobre la sociedad humana y la Naturaleza. Según la profesora Puleo “de la convergencia de los análisis feministas y ecologistas ha surgido esta nueva corriente del feminismo que puede ser considerada el proyecto más completo de superación de las dominaciones sufridas por humanos y no humanos ya que se autodefine, en todas sus formas, como crítica al sexismo, clasismo, racismo, especismo, discriminación por opción sexual y otras discriminaciones surgidas del prejuicio y la voluntad de dominio”.

Educación, columna vertebral de la justicia.

Sostiene María José Guerra Palmero, Profesora Titular de Filosofía Moral de la Universidad de La Laguna, que en la filosofía occidental casi todo remite a la monumental obra de Platón. “No puede ser de otra manera para la utopía”, dice. El Estado deseado en el que se realizará la justicia se explora y se diseña en La República, el diálogo en el que el filósofo establece su “sistema”. Pero la ciudad justa no es posible sin la columna vertebral de la educación, de la Paidea. “Sin la “elevación” moral y cognitiva de los filósofos tras un arduo camino de aprendizajes, de persecución de la verdad, al que son impulsados por el amor a la sabiduría, no es posible pensar si quiera la posibilidad de la justicia”, asegura la profesora Guerra Palmero.

La Edad Media, tiempo de utopías.

Elisa Varela Rodríguez, Profesora Titular de Historia Medieval de la Universidad de Girona, destaca que el Medievo es una época de utopías, de una gran diversidad de utopías sociales, culturales, políticas, espirituales, simbólicas etc., nacidas todas de un deseo real de cambiar la vida y el espíritu de nuestras y nuestros antepasados medievales. Pero a la historiadora le interesa, de manera singular, la utopía de la paz, un proyecto que atraviesa el largo período histórico que conocemos como Edad Media. Y en su recorrido por ese proyecto se fija la historiadora en Hildegarda de Bingen (1098-1179), Juana de Arco (1412-1431) y más detenidamente en santa Catalina de Siena (1347-1380), verdadera embajadora de la paz. “Todas ellas- asegura- tienen en común un gran deseo, el deseo de paz, el deseo que nace de su amor a las gentes que compartían el mundo con ellas. Por ello aconsejan -y/o escriben textos de diversa naturaleza- a emperadores, reyes, papas, autoridades ciudadanas para favorecer la paz, para hacerles comprender que es el mejor estado para que las criaturas humanas desarrollen por completo sus proyectos de vida”.

La “Utopía” de Tomás Moro.

Para Jorge García López, Profesor Titular de Filosofía de la Universidad de Girona,
la obra de Tomás Moro representa buena parte del pensamiento de algunos de los sectores mayoritarios del Humanismo de principios del siglo XVI. Moro crea en Utopía un modelo ideal a partir de la literatura clásica que le permitiera una visión crítica de la sociedad de su tiempo y el enunciado de una serie de medidas políticas y de organización social tendentes a una mejora de las condiciones sociales. “La obra- señala García López- proyecta el pensamiento político y social del humanismo del primer quinientos de igual forma que obras de la época como la Institutio principis christiani (Educación del príncipe cristiano, 1516), de Erasmo o Il principe (1513, pero publicado en 1532). de Machiavelli, obras que explotan desde ángulos complementarios el uso de la literatura clásica para repensar las sociedades donde se encontraban inmersos”.

La utopía de la paz.

Federico Mayor Zaragoza propuso la utopía de la paz en un mundo en conflicto. Debemos –dijo- rechazar la paz de la seguridad y optar por la seguridad de la paz y de la justicia; pasar de la cultural multisecular de la violencia, la imposición y la guerra por la cultura del diálogo, la conciliación y la paz; de una economía de guerra que invierte más de 2800 millones de dólares al día en armamento al tiempo que mueren de hambre 60000 personas a una economía de solidaridad y desarrollo sostenible a escala mundial. Pasar de la sin-razón y la i-lógica de la fuerza a la fuerza y la lógica fuerza de la razón. Para ello es necesario poner en práctica el lema de la UNESCO: “construir la paz en la mente de los seres humanos” a través de la educación, la cincia, la cultura y la comunicación.

Utopías para tiempos de crisis.

En la última conferencia, el profesor y director del Simposio Tamayo-Acosta afirmó que es precisamente en tiempos de crisis cuando los sectores excluidos de la sociedad toman conciencia de la negatividad de la historia, expresan su insatisfacción con la realidad, muestran su descontento e indignación, protestan y se movilizan. Es cuando formulan utopías movilizadoras y las llevan a la práctica. Es en los márgenes de la sociedad donde se han fraguado siempre –y siguen fraguándose- las alternativas, las grandes transformaciones. Es cuando resulta más necesario que nunca sacar a la luz los tesoros ocultos que anidan en lo profundo de la realidad y activar las potencialidades y latencias ínsitas en los seres humanos.

Tamayo-Acosta terminó su conferencia invitando a viajar por las grandes utopías de la historia de la humanidad, analizadas en el Simposio, a escribir nuevas utopías, pero también distopías, a cultivar la utopía en el ancho mundo, a vivir y convivir utópicamente, a pensar la realidad y actuar en ella más allá de los límites de lo posible, como sugiere Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

viernes, 9 de octubre de 2015

Utopía para tiempos de crisis: lugar de ecuentro de las éticas y las religiones.



Juan José Tamayo

La utopía tiende a ser excluida de los diferentes campos del saber y del quehacer humano: de las ciencias y de las letras, de la economía y de la ética, de la filosofía y de la teología, de la política y de las relaciones humanas, del quehacer cotidiano y de la vida social, de las religiones y de los movimientos espirituales. Religiosamente es considerada, una herejía; socialmente, un sueño infundado; científicamente, una transgresión de las leyes de la naturaleza, filosóficamente, una desviación de la racionalidad. Y sin embargo, la utopía es el horizonte hacia el que camina el ser humano, definido por Bloch como “animal utópico” y constituye el motor de la historia.

Las utopías, y muy especialmente en tiempos de crisis como los que estamos viviendo, son el lugar donde pueden encontrarse las religiones y las éticas, ya que ambas son fuentes de utopías, aunque a veces también frenan los ideales más nobles de los seres humanos. Es la dialéctica en la que se mueven las religiones y las éticas. Veámoslo a continuación.

Las religiones: anverso y reverso

1. Las religiones: a) ofrecen utopías globales que expresan la armonía de la humanidad con sus semejantes, con el cosmos, con la divinidad y con la naturaleza; b) proponen caminos de esperanza para el logro de dicha armonía: las cuatro nobles verdades y el óctuplo camino, que conducen a la iluminación; los diez mandamientos, cuyo principal prohibición es la idolatría; el dharma, que es la ley del equilibro entre la humanidad y el cosmos; las bienaventuranzas y su opción por los empobrecidos; los deberes sociales para los con los desprotegidos de la sociedad, recogidos en el Corán ; c) ofrecen ejemplos a seguir en las personas de las reformadoras y los reformadores religiosos; d) señalan metas a las que dirigirse para este mundo o después de la muerte: nirvana, transmigración de las almas, resurrección, inmortalidad del alma, etc. Las utopías para después de la muerte no responden tanto al deseo de los seres humanos de vivir eternamente, cuanto a la necesidad de hacer justicia, rehabilitar a las víctimas, devolverles la dignidad que en vida se les negó. Este es el anverso (anteversum) de las religiones.

2. Pero las religiones tienen también su reverso: a) ofrecen visiones catastrofistas del presente: todo es negativo; b) tienden a mirar con añoranza al pasado más que al futuro, creyendo con Jorge Manrique que todo pasado fue mejor; c) colocan la edad de oro en el comienzo, en los orígenes, y no en el futuro; c) sacralizan la tradición convirtiéndola en norma de conducta; d) repiten miméticamente con frecuencia los gestos y gestas de sus predecesores, en vez de crear, imaginar; e) algunas religiones entienden la vida como eterno retorno de lo mismo, en vez de; f) Suelen ser fatalistas (fatalismo histórico) y responden a las consignas resignadas: “tenía que suceder”, “estaba escrito”, “es de Dios”, en vez de creer en la capacidad de los seres humanos para revertir la historia y dirigirla en dirección al futuro; g) sacrifican la fantasía y las ilusiones a los hechos contantes y sonantes: las cosas son como son y no pueden ser de otra manera; los hechos son tozudos, más vale pájaro en mano que ciento volando; h) Tienen propensión a seguir camino del dogma y de la ortodoxia; i) más que fomentar comportamientos éticos intachables, imponen “moralina” a sus seguidores, j) tienen la tendencia a instalarse cómodamente en el presente; k) los comportamientos no siempre ejemplares de las personas religiosas generan escándalo, alejan de la meta y provocan desaliento.

Las éticas: cara y cruz

1. Las éticas: a) ofrecen principios morales, ideales de conductas ejemplares y valores que orientan hacia la utopía de un mundo más justo, fraterno-sororal y solidario y ayudan a convivir y a compartir; b) invitan a la vida buena y a la felicidad; c) critican el orden establecido excluyente de las mayorías; d) proponen alternativas de vida inclusivas donde quepamos todas y todos; e) Afirman una relación interactiva entre los seres humanos y la naturaleza. Esta es la cara amable de las éticas.

En su espléndida obra Ética radical (Tecnos, Madrid, 2012), Carlos París demuestra la racionalidad superior del altruismo, que define como “el refuerzo mutuo entre el yo y el otro, en una sinergia en que ambos se potencian” (p. 94). “El libre desarrollo de cada uno –afirma citando a Marx- es la condición del libre desarrollo de los demás” (p. 99). En el discurso de recepción del Premio Nobel de la Paz el arzobispo anglicano de Sudáfrica Desmon Tutu afirmó: “Yo soy si tu eres”. Es precisamente en esa sinergia donde se encuentra la base de la argumentación a favor del altruismo. El ser humano no es, observa París, como las mónadas de Leibniz, un individuo “sin ventanas al exterior, sino abierto a la alteridad”. La superioridad del altruismo radica en “su apertura hacia un meta universalmente realizadora de lo humano”, que es la verdadera utopía, pero esa universalidad no puede ser abstracta, sino que debe hacerse realidad en cada contexto y traducirse en emancipación de los sectores más vulnerables de la sociedad, especialmente en tiempos de crisis como los que estamos viviendo.

Ofrezco a continuación algunos de los principios de la ética liberadora en forma de imperativos, que pueden contribuir a la construcción de la utopía de una sociedad alternativa:
1. Ética de la liberación, en un mundo dominado por múltiples opresiones; imperativo moral: ¡Libera al pobre, al oprimido!
2. Ética de la justicia en un mundo estructuralmente injusto; imperativo moral: ¡Actúa con justicia en las relaciones con tus semejantes y trabaja en la construcción de un orden internacional justo!
3. Ética de la gratuidad, en un mundo donde impera el cálculo, el interés, el beneficio, el negocio; imperativo moral: ¡Sé generoso! Todo lo que tienes lo has recibido gratis. No hagas negocio con lo gratuito.

4. Ética de la compasión, en un mundo en el que impera el principio de la insensibilidad hacia el sufrimiento humano y medioambiental; imperativo moral: ¡Sé compasivo! ¡Ten entrañas de misericordia con los que sufren. Colabora a aliviar su sufrimiento.
5. Ética de la alteridad, de la acogida y de la hospitalidad para con los extranjeros, los refugiados y los sin-papeles; imperativo moral: ¡Reconoce, respeta y acoge al otro como otro, como diferente! La diferencia te enriquece.
6. Ética de la solidaridad, en un mundo donde impera la endogamia; imperativo moral: ¡Sé ciudadano del mundo! ¡Trabaja por u mundo donde quepamos todos y todas!

7. Ética comunitaria fraterno-sororal, en un mundo patriarcal, donde predomina la discriminación de género en todos los campos de la vida; imperativo moral: ¡Colabora en la construcción de una comunidad de hombres y mujeres iguales, no clónicos!
8. Ética de la paz, inseparable de la justicia, en un mundo de violencia estructural causada por la injusticia del sistema: imperativo moral: ¡Si quieres la paz, trabaja por la paz y la justicia a través de la no-violencia activa!
9. Ética de la vida, de todas las vidas, de los seres humanos y también de la naturaleza, que tiene el mismo derecho a la vida que el ser humano; de la vida de los pobres y oprimidos, constantemente amenazada; imperativo moral: ¡Defiende la vida de todo ser viviente. Vive y ayuda a vivir!

10. Ética de la incompatibilidad entre la religión y el dinero, en un mundo donde se compagina fácilmente la fe religiosa y la creencia en los ídolos, la adoración a la divinidad y al oro del becerro; imperativo moral: ¡Comparte los bienes! Tu acumulación genera el empobrecimiento de quienes viven a tu alrededor.
11. Ética de la debilidad: en un mundo donde impera la ley de más fuerte y del ¡sálvese quien pueda!, el imperativo moral debe ser: ¡Trabaja por la integración de los excluidos, son tus hermanos! ¡Eres responsable de su exclusión, también de su inclusión!

12. Ética de los derechos de la Tierra, cuyo imperativo moral es: la tierra también es sujeto de derechos ¡Respétalos, como también te gusta que respeten los tuyos!
13. Ética del cuidado de la naturaleza, cuyo imperativo moral es: la naturaleza es tu hogar, ¡no la maltrates, no la destruyas ¡trátala con respeto y ternura.
2. Pero no es oro todo lo que reluce en las éticas. No todas tienden a la utopía. Las hay que van en dirección contraria, ya que consagran el orden establecido y legitiman comportamientos opresores, justifican el maltrato de la naturaleza, atentan contra la naturaleza y utilizan a los seres humanos no como fines en sí mismos, sino como medios para conseguir otros fines supuesta o falsamente superiores. Veamos algunas.

. Ética antropocéntrica: descuida la naturaleza, peor todavía, al estar centrada en el interés del ser humano, la depreda y la pone a su servicio y se olvida de que la relación entre el ser humano y la naturaleza es interactiva
. Ética utilitarista: busca la utilidad como único valor
. Ética productivista: considera al ser humano unidimensionalmente como ser productivo y se guía por el principio “tanto vales cuanto produces”.

. Ética mercantil: reduce todo, incluido el ser humano, a mercancía, a compraventa con el único objetivo de conseguir beneficios, y entiende las relaciones humanas como relaciones mercantiles.
. Ética de la razón de Estado: defiende el orden como valor absoluto, para lo que recurre a la violencia, si preciso fuere, y busca la estabilidad del poder, aun cuando para ello tenga que negar la ciudadanía y sofocar los derechos humanos de los ciudadanos; salvar al Estado, aunque sea a costa de aplastar a los ciudadanos

. Ética individualista, solipsista, autista: descuida la dimensión comunitaria, sociable, comunicativa de los seres humanos y no fomenta la soldidaridad ni la convivialidad.
. Ética espiritualista: olvida la corporeidad y considera el cuerpo social como una sociedad de espíritus.
. Ética nostrista: su círculo es un “nosotros” estrecho, limitado a la familia, el municipio, la asociación profesional, el grupo religioso, el grupo de ocio, etc., pierde la conciencia y el sentido de la universalidad y desemboca en endogamia.
. Ética del capitalismo: fomenta el beneficio, la ganancia, la acumulación, el tener frente al ser.

. Ética patriarcal: consagra y canoniza (sentido literal: convierte en canon) las actitudes, los comportamientos y los valores del varón.
. Ética de los señores (aristocrática): se ocupa de legitimar el estilo de vida de las elites, justificándola en función del origen social o de los supuestos derechos históricos, y de preservar sus privilegios.

En la obra citada Carlos París dedica páginas antológicas a la crítica filosófica del egoísmo y a demostrar la racionalidad superior del altruismo. El egoísmo es cuestionado en su doble modalidad: el individual, tan presente como denostado, ocultado o disimulado en la historia humana, y el colectivo –nostrilatría o nostrismo lo llama París-, convertido “en norma pública de acción” (p. 79), que no es otra cosa que la dilatación del egoísmo hasta la exaltación de un “nosotros” cerrado y hostil frente a quienes no forman parte del grupo y que estrecha la acción a una minoría, a un fragmento de la humanidad, sea la nación, la raza, la religión, la familia (78-79). El nostrismo sitúa los intereses del grupo como ideal de la organización social asentada sobre las diferencias jerárquicas y sobre una supuesta superioridad moral, que desemboca en xenofobia y genocidios,
París hace una severísima crítica ética, filosófica, política y económica del capitalismo y demuestra la inferioridad de este, así como la de todas las sociedades basadas en la división de clases y guiadas por el egoísmo individual o grupal.

Vivimos bajo el imperio de la teología neoliberal del mercado, sin reglas, sin control político eficaz. El poder se ha emancipado de la política; ésta ya no lo detenta ni lo controla. El Estado está sometido a los principios de la ética neoliberal, que, bajo la inspiración de Riccardo Petrella, formulo en los siguientes mandamientos de las Nuevas Tablas de la Ley, bajo la inspiración de Riccardo Petrella:

1. No puedes resistirte a la globalización de los capitales, los mercados, las finanzas y las empresas. Debes adaptarte a ellas sin poner reparo alguno.
2. No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra, y mejorar los resultados.
3. Deberás liberalizar completamente los mercados, renunciando a la protección de las economías nacionales.
4. Transferirás todo el poder al mercado, y las autoridades políticas se convertirán meras ejecutoras de las órdenes del mercado.
5. Tenderás a eliminar cualquier forma de propiedad pública, dejando el gobierno de la sociedad en manos de empresas privadas.
6. Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad actual.

7. Renunciarás a defender la justicia social, superstición estéril, y a practicar el altruismo, actitud cuasirreligiosa igualmente estéril.
8. Defenderás la libertad individual como valor absoluto sin referencia comunitaria ni dimensión social alguna.
9. En todas tus acciones humanas defenderás la prioridad de la economía sobe la ética y sobre la política.
10. Practicarás la religión del mercado con todos sus rituales, sus sacramentos, sus libros sagrados, sus tiempos sagrados, sus personas sagradas.

11. No tendrás en cuenta las necesidades de los pobres, marginados y excluidos, que son población sobrante y no generan riqueza; practica el darwinismo social.
12. Dominarás la Tierra como si fuera tu propiedad privada con derecho a usar y abusar, ya que ella no es sujeto de derechos; sólo lo son los seres humanos.
13. Pondrás la Naturaleza al servicio del Capital, que es quien mayor rendimiento puede sacar de ella, sin atender a consideraciones ecológicas, que son retardatarias del progreso humano.
Alianza entre religiones y éticas y movimientos sociales en tiempos de crisis

A las religiones y las éticas hay que sumar un tercer elemento en el camino hacia la utopía: los movimientos sociales, actores de la utopía, que constituyen la mediación necesaria e irrenunciable para avanzar en la dirección de una sociedad libre e igualitaria (no clónica) en la perspectiva de la interculturalidad, el diálogo interreligioso, el feminismo y el respeto a la diferencia. La alianza entre las religiones, las éticas y los movimientos sociales puede contribuir positivamente a mantener viva la esperanza, la docta spes a través del optimismo militante, como diría Bloch, en tiempos de crisis, en los que tiende a apoderarse de la gente el pesimismo, la desesperanza, la depresión, la apatía, la indiferencia, la pasividad, el desencanto.

Es precisamente en tiempos de crisis cuando los sectores marginados toman conciencia de la negatividad de la historia, expresan su insatisfacción con la realidad, muestran su descontento e indignación, su protesta y su hartazgo. Es en esos momentos especialmente críticos cuando radicalizan su sentido crítico y formulan utopías movilizadoras de las energías emancipatorias de la Humanidad.

Es en los márgenes de la sociedad donde se han fraguado siempre –y siguen fraguándose- las alternativas, las grandes trasformaciones. “El cambio –afirma Gianni Vattimo- lo impulsan los que no están bien: los pobres, los oprimidos. El cambio no tiene por qué ser mejor, pero el mantenimiento de lo que hay implica una clausura del futuro. Hay una motivación ontológico-cristiana: por un lado, los oprimidos intentando cambiar las cosas; por el otro, el hecho de que los débiles son más. Eso es la democracia”.

Es en tiempos de crisis y desde los márgenes cuando resulta más necesario que nunca sacar a la luz los tesoros ocultos que anidan en lo profundo de la realidad y activar las potencialidades y latencias ínsitas en los seres humanos. Por eso invito a cultivar la utopía, a seguir escribiendo nuevos relatos utópicos y a pensar la realidad más allá de los límites de lo posible, como sugiere Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

(Conferencia de Juan José Tamayo pronunciada el 29 de septiembre en la inauguración de curso de la Asociación para el Diálogo Interreligioso en Madrid)

Juan José Tamayo
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid y autor de Invitación a la Utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid 2012).

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una reflexión sobre la utopía.


Boavantura de Sousa Santos 

Algún día, cuando se pueda caracterizar la época en que vivimos, la principal sorpresa será que todo se vivió sin antes ni después, sustituyendo la causalidad por la simultaneidad, la historia por la noticia, la memoria por el silencio, el futuro por el pasado, el problema por la solución. Así, las atrocidades bien pudieron atribuirse a las víctimas; los agresores fueron condecorados por su valentía en la lucha contra las agresiones; los ladrones fueron jueces; los grandes responsables políticos pudieron tener una cualidad moral minúscula en comparación con la magnitud de las consecuencias de sus decisiones. Fue una época de excesos vividos como carencias; la velocidad fue siempre menor de lo que debía ser; la destrucción siempre justificada por la urgencia de construir. El oro fue la base de todo, pero estaba asentado en una nube. Todos fueron emprendedores hasta demostrar lo contrario, pero la prueba de lo contrario fue prohibida por las pruebas a favor. Hubo inadaptados, aunque la inadaptación apenas se distinguía de la adaptación: tantos eran los campos de concentración de la heterodoxia dispersos por la ciudad, por los bares, por las discotecas, por la droga, por Facebook.

La opinión pública pasó a ser igual a la privada de quien tenía poder para publicitarla. El insulto se convirtió en el medio más eficaz del ignorante para ser intelectualmente igual al sabio.

Se desarrolló el modo a través del cual los envases inventaron sus propios productos y de no haber productos fuera de ellos. Por eso, los paisajes se convirtieron en paquetes turísticos y las fuentes y manantiales tomaron la forma de botella. Cambió el nombre de las cosas para que estas se olvidaran de lo que eran. La desigualdad pasó a llamarse mérito; la miseria, austeridad; la hipocresía, derechos humanos; la guerra civil sin control, intervención humanitaria; la guerra civil mitigada, democracia. La propia guerra pasó a llamarse paz para poder ser infinita. También el Guernica pasó a ser un mero cuadro de Picasso para no estorbar el futuro del eterno presente. Fue una época que comenzó con una catástrofe, pero que pronto logró convertir catástrofes en entretenimiento. Cuando una gran catástrofe sobrevenía, parecía ser sólo una nueva serie.

Todas las épocas viven con tensiones, pero esta pasó a funcionar en permanente desequilibrio, tanto en el ámbito colectivo como en el individual. Las virtudes fueron cultivadas como vicios y los vicios como virtudes. El enaltecimiento de las virtudes o de la cualidad moral de alguien dejó de residir en cualquier criterio de mérito propio para convertirse en el simple reflejo del envilecimiento, de la degradación o negación de las cualidades o virtudes ajenas. Se creía que la oscuridad iluminaba la luz, y no al revés.

Operaban tres poderes al mismo tiempo, ninguno democrático: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado; servidos por varios subpoderes, religiosos, mediáticos, generacionales, étnico-culturales, regionales. Curiosamente, no siendo ninguno democrático, eran el pilar de la democracia realmente existente. Eran tan fuertes que era difícil hablar de cualquiera de ellos sin incurrir en la ira de la censura, la demonización de la heterodoxia, el estigma de la diferencia.

El capitalismo, que se basaba en los intercambios desiguales entre seres humanos supuestamente iguales, se disfrazaba tan bien de realidad que el propio nombre cayó en desuso. Los derechos de los trabajadores eran considerados poco más que pretextos para no trabajar. El colonialismo, basado en la discriminación contra seres humanos que sólo eran iguales de manera diferente, tenía que ser aceptado como algo tan natural como la preferencia estética. Las presuntas víctimas de racismo y xenofobia, antes que víctimas, eran siempre sujetos de provocación. A su vez, el patriarcado, que se basaba en la dominación de las mujeres y la estigmatización de las orientaciones no heterosexuales, tenía que ser aceptado como algo tan natural como una preferencia moral compartida por casi todos. A las mujeres, homosexuales y transexuales había que imponerles límites si no sabían mantenerse dentro de sus propios límites.


Nunca las leyes generales y universales fueron tan impunemente violadas y selectivamente aplicadas, con tanto respeto aparente por la legalidad. El primado del derecho convivía amenamente con el primado de la ilegalidad. Era normal desconstitucionalizar las Constituciones en su nombre.

El extremismo más radical fueron el inmovilismo y el estancamiento. La voracidad de las imágenes y de los sonidos creaba remolinos estáticos. Vivieron obsesionados por el tiempo y por la falta de tiempo. Fue una época que conoció la esperanza, pero en cierto momento la halló muy exigente y cansadora. Prefirió, en general, la resignación. Los inconformes con tal renuncia tuvieron que emigrar. Sus destinos fueron tres: ir afuera, donde la remuneración económica de la resignación era mejor y por eso se confundía con la esperanza; ir adentro, donde la esperanza vivía en las calles de la indignación o moría en la violencia doméstica, en el crimen común, en la rabia silenciada de las casas, de la espera en las salas de urgencia de hospitales, de las prisiones, y de los ansiolíticos y antidepresivos, y el tercer grupo quedaba entre dentro y fuera, en espera, donde la esperanza y la falta de ella alternaban como las luces de los semáforos.

Todo pareció estar al borde de la explosión, pero nunca explotó porque fue explotando, y quien sufría con las explosiones o estaba muerto o era pobre, subdesarrollado, viejo, atrasado, ignorante, prejuicioso, inútil, loco; en cualquier caso, descartable. Era la gran mayoría, pero una insidiosa ilusión óptica la tornaba invisible. Fue tan grande el miedo de la esperanza que la esperanza acabó por tener miedo de sí misma y entregó a sus adeptos a la confusión.

Con el tiempo, el pueblo se transformó en el mayor problema, por el simple hecho de haber tanta gente de más. La gran cuestión pasó a ser qué hacer con tanta gente que en nada contribuía al bienestar de quienes lo merecían. La racionalidad se tomó tan en serio que se preparó meticulosamente una solución final para los que producían menos, por ejemplo, los viejos. Para no violar los códigos ambientales, cuando no fuese posible eliminarlos, fueron biodegradados. El éxito de esta solución hizo que después fuese aplicada a otras poblaciones descartables, como los inmigrantes, jóvenes de las periferias, tóxicodependientes, etcétera.

La simultaneidad de los dioses con los humanos fue una de las conquistas más fáciles de la época. Bastó para ello con comercializarlos y venderlos en los tres mercados celestiales existentes: el del futuro más allá de la muerte, el de la caridad y el de la guerra. Surgieron muchas religiones, cada una parecida con los defectos atribuidos a las religiones rivales, pero todas coincidían en ser lo que más decían no ser: mercado de emociones. Las religiones eran mercados y los mercados eran religiones.

Es extraño que una época que comenzó solo teniendo futuro (todas las catástrofes y atrocidades anteriores eran la prueba de la posibilidad de un nuevo futuro sin catástrofes ni atrocidades) haya terminado solo teniendo pasado. Cuando comenzó a ser excesivamente doloroso pensar el futuro, el único tiempo disponible fue el pasado. Como ningún gran acontecimiento histórico nunca fue previsto, también esta época terminó tomando a todos por sorpresa. A pesar de ser generalmente aceptado que el bien común no podía dejar de asentarse en el lujoso bienestar de pocos y el miserable malestar de las grandes mayorías, había quien no estuviese de acuerdo con tal normalidad y se rebeló. Los inconformes se dividían en procurar tres estrategias: mejorar lo que había, romper con lo que había, no depender de lo que había.

Visto hoy, a tanta distancia, era obvio que las tres estrategias debían ser utilizadas articuladamente, a modo de división de tareas en cualquier trabajo complejo, una especie de división del trabajo del inconformismo y de la rebeldía. Pero en esa época ello no fue posible porque los rebeldes no veían que, siendo producto de la sociedad contra la cual luchaban, tendrían que comenzar por rebelarse contra sí mismos, transformándose primero ellos antes de querer transformar la sociedad. Su ceguera los hizo dividirse sobre lo que debía unir y unirse respecto a lo que los debía dividir. Por eso ocurrió lo que ocurrió. Y cuán terrible fue está bien inscrito en el modo como vamos intentando curar las heridas de la carne y del espíritu al mismo tiempo que reinventamos una y otro.

¿Por qué persistimos, después de todo? Porque estamos reaprendiendo a alimentarnos de la hierba dañina que la época pasada más radicalmente intentó erradicar, recurriendo para eso a los más potentes y destructivos herbicidas mentales: la utopía.


Fuente:Atrio

jueves, 9 de mayo de 2013

Ética Liberadora frente a la Teología Neoliberal del Mercado.




Vivimos bajo el imperio de la teología neoliberal del mercado, sin reglas, sin control político eficaz. El poder se ha emancipado de la política; ésta ya no lo detenta ni lo controla. El Estado está sometido a los principios de la ética neoliberal que pueden resumirse en los siguientes mandamientos de las nuevas tablas de la ley, bajo la inspiración de Riccardo Petrella:
1. No puedes resistirte a la globalización de los capitales, los mercados, las finanzas y las empresas. Debes adaptarte a ellas sin poner reparo alguno.
2. No puedes resistirte a la innovación tecnológica. Deberás innovar constantemente para reducir gastos y mano de obra, y mejorar los resultados.
3. Deberás liberalizar completamente los mercados, renunciando a la protección de las economías nacionales.
4. Transferirás todo el poder al mercado, y las autoridades políticas se convertirán meras ejecutoras de las órdenes del mercado.
5. Tenderás a eliminar cualquier forma de propiedad pública, dejando el gobierno de la sociedad en manos de empresas privadas.
6. Deberás llegar a ser el más fuerte, si quieres sobrevivir en medio de la brutal competitividad actual.
7. Renunciarás a defender la justicia social, superstición estéril, y a practicar el altruismo, actitud cuasirreligiosa igualmente estéril.
8. Defenderás la libertad individual como valor absoluto sin referencia comunitaria ni dimensión social alguna.
9. En todas tus acciones humanas defenderás la prioridad de la economía sobe la ética y sobre la política.
10. Practicarás la religión del mercado con todos sus rituales, sus sacramentos, sus libros sagrados, sus tiempos sagrados, sus personas sagradas.
11. No tendrás en cuenta las necesidades de los pobres, marginados y excluidos, que son población sobrante y no generan riqueza; practica el darwinismo social.
12. Dominarás la Tierra como si fuera tu propiedad privada con derecho a usar y abusar, ya que ella no es sujeto de derechos; sólo lo son los seres humanos.
13. Pondrás la Naturaleza al servicio del Capital, que es quien mayor rendimiento puede sacar de ella, sin atender a consideraciones ecológicas, que son retardatarias del progreso humano.
La alternativa es una ética liberadora que resumo en los siguientes mandamientos orientados a la construcción de la utopía de una sociedad alternativa:
1. Ética de la liberación, en un mundo dominado por múltiples opresiones; imperativo moral: ¡Libera al pobre, al oprimido!
2. Ética de la justicia en un mundo estructuralmente injusto; imperativo moral: ¡Actúa con justicia en las relaciones con tus semejantes y trabaja en la construcción de un orden internacional justo!
3. Ética de la gratuidad, en un mundo donde impera el cálculo, el interés, el beneficio, el negocio; imperativo moral: ¡Sé generoso! Todo lo que tienes lo has recibido gratis. No hagas negocio con lo gratuito.
4. Ética de la compasión, en un mundo en el que impera el principio de la insensibilidad hacia el sufrimiento humano y medioambiental; imperativo moral: ¡Sé compasivo! ¡Ten entrañas de misericordia con los que sufren. Colabora a aliviar su sufrimiento.
5. Ética de la alteridad, de la acogida y de la hospitalidad para con los extranjeros, los refugiados y los sin-papeles; imperativo moral: ¡Reconoce, respeta y acoge al otro como otro, como diferente! La diferencia te enriquece.
6. Ética de la solidaridad, en un mundo donde impera la endogamia; imperativo moral: ¡Sé ciudadano del mundo! ¡Trabaja por u mundo donde quepamos todos y todas!
7. Ética comunitaria fraterno-sororal, en un mundo patriarcal, donde predomina la discriminación de género en todos los campos de la vida; imperativo moral: ¡Colabora en la construcción de una comunidad de hombres y mujeres iguales, no clónicos!
8. Ética de la paz, inseparable de la justicia, en un mundo de violencia estructural causada por la injusticia del sistema: imperativo moral: ¡Si quieres la paz, trabaja por la paz y la justicia a través de la no-violencia activa!
9. Ética de la vida, de todas las vidas, de los seres humanos y también de la naturaleza, que tiene el mismo derecho a la vida que el ser humano; de la vida de los pobres y oprimidos, constantemente amenazada; imperativo moral: ¡Defiende la vida de todo ser viviente. Vive y ayuda a vivir!
10. Ética de la incompatibilidad entre Dios y el dinero, en un mundo donde se compagina fácilmente la fe en Dios y la creencia en los ídolos, la adoración a la divinidad y al oro del becerro; imperativo moral: ¡Comparte los bienes! Tu acumulación genera el empobrecimiento de quienes viven a tu alrededor.
11. Ética de la debilidad: en un mundo donde impera la ley de más fuerte y del ¡sálvese quien pueda!, el imperativo moral debe ser: ¡Trabaja por la integración de los excluidos, son tus hermanos! ¡Eres responsable de su exclusión, también de su inclusión!
12. Ética de los derechos de la Tierra, cuyo imperativo moral es: la tierra también es sujeto de derechos ¡Respétalos, como también te gusta que respeten los tuyos!
13. Ética del cuidado de la naturaleza, cuyo imperativo moral es: la naturaleza es tu hogar, ¡no la maltrates, no la destruyas ¡trátala con respeto y ternura.
[Fuente: Curso sobre "Utopías para tiempos de crisis” - San Carlos Borromeo (Entrevías, Madrid), Sesión del 22 de abril de 2013 sobre "Ética y utopía”].