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lunes, 8 de febrero de 2016

Ecumenismo: ¿Cómo responder al desafío de la catolicidad en el siglo XXI?




Conferencia dictada en la Parròquia de Sant Medir (Sants) Barcelona, el jueves 28 de enero de 2016

Las rupturas cristianas que [tan solo] reflejan la sociedad rota

La semana pasada celebramos la “oración por la unidad de los cristianos” en nuestra iglesia, una iglesia protestante o evangélica aquí en Barcelona, junto con las parroquias católicas de nuestro barrio. Es algo que hacemos desde hace 48 años e imagino (no estoy del todo seguro) que fue uno de los barrios pioneros en este tipo de iniciativas a finales de los 60’s, desde las mismas comunidades cristianas.

Fue una reunión en la que tuvimos la participación de una coral Gospel, formada por gente diversa, algunos creyentes y otros no, algunos ateos, pero que les atrae este tipo de canto. Fue un encuentro estupendo, muy animado por el canto de los espirituales negros. Al final, me dijo el director de la coral: “se ve que la oración por la unidad no ha funcionado mucho, si llevan tantos años orando y seguimos tan separados…”

Este comentario me hizo pensar en estos días sobre esa realidad de la fragmentación del cristianismo: las diversas iglesias, las distancias y las suspicacias, los prejuicios que operan en las maneras de mirar al otro[1], las insuficiencias de nuestras prácticas ecuménicas o incluso la superficialidad de ciertos actos ecuménicos que se quedan en la foto y no incluyen a las comunidades. Pero, sobre todo, me hizo pensar en una reflexión del teólogo sudafricano David Bosch quien, hace más de 30 años, hablando de diversos encuentros ecuménicos internacionales, en los que siempre se dan determinadas exclusiones, señaló que en tales reuniones oramos y cantamos a Dios “desde nuestras cadenas”[2].

Entonces, parece que las rupturas, los distanciamientos y las suspicacias de las diversas iglesias tan sólo reflejan el modo en que se constituyen y operan las diferencias y los conflictos en la sociedad. Son esas roturas, conflictos y guerras incesantes que forman parte de la historia de las sociedades, y también de la historia de las iglesias.

El filósofo Jacques Derrida, en un libro sobre la amistad[3], analiza largamente un adagio de Nietzsche que dice: “Amigos, no hay amigos – gritó el sabio moribundo. Enemigos, no hay enemigos – grito yo, el loco viviente”. Derrida comenta que esa relación entre amigos y amigos, y entre amigos y enemigos, es una relación que está siempre fracturada y que expresa todas las ambigüedades de los vínculos que pretenden construir la armonía y la paz entre unos y otros.

El “mito” de la iglesia unida y la promesa de la catolicidad

Posiblemente por eso, las iglesias cristianas suelen mirar con nostalgia hacia una supuesta unidad originaria, la denominada iglesia primitiva. Esta es una visión que cada vez se cuestiona más, pues se trata de una visión mítica (o mitificada) de los orígenes del cristianismo: Nunca existió una iglesia cristiana, siempre hubo iglesias, en plural, con cristianismos originarios[4]; pero, además, junto con las experiencias de una vida comunitaria novedosa e intensa en los orígenes del cristianismo, también tuvieron lugar los conflictos, las disensiones y las polémicas que marcaron distancias e incluso las rupturas.

Dicho esto, ¿cómo se puede pretender el ecumenismo? es decir, ¿Cómo se puede realizar la búsqueda de la unidad de los cristianos si el germen de la contradicción, por no decir las incesantes divisiones, atraviesa también a las iglesias cristianas? Y, todavía más, ¿acaso no ha sido siempre así, es decir, que toda la historia de las iglesias es una experiencia de frustración con respecto a una unidad que jamás ha tenido lugar?

También se ha de señalar que la unidad entre las diversas comunidades cristianas es algo que ya se confiesa en los primeros siglos del cristianismo. Estas confesiones señalan determinadas acciones e intenciones relacionadas con la unidad de los cristianos, pero no cualquier tipo de unidad (como la unidad de una cultura o la unidad política de un imperio, o la unidad de una lengua, o la unidad que deriva de una organización o institución). No, la unidad que se confiesa como una manera de definir la iglesia cristiana, dentro de una realidad de pluralidad de iglesias, es la unidad deseada por Dios y que refleja a ese Dios, el Dios de los cristianos.

En este sentido, lo que vemos es que la unidad de los cristianos es solamente una promesa, una promesa de Dios. No es más y tampoco es menos. En el evangelio de Juan aparece esa promesa en la oración de Jesús, de todos conocida: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Jn 17, 21). Pero el término “promesa”, en el sentido bíblico, significa una acción por parte de Dios que hace que algo sea ya real y, por otra parte, algo que todavía está por realizarse, algo que se tiene que esperar, pero esperar desde la fe viva. Al mismo tiempo, el que la unidad de los cristianos sea una promesa, significa que hay una interpelación hacia todas las comunidades cristianas: es un llamado a buscar y trabajar por el testimonio de esa unidad, pero desde la promesa dada por Dios y no desde la pretensión de que nosotros podemos construir esa unidad.

Para hablar de esa promesa, desde los primeros siglos se le aplicó a la iglesia, el término “católica” (el primero en usarlo es Ignacio de Antioquía, a inicios del siglo II [Epístola a los Erminiotas], después aparece en muchos otros escritos y, sobre todo, en las confesiones, como el credo Niceno, o el Apostólico). Decir que la iglesia cristiana es “católica” es algo que se debe entender bien, porque existe la idea poco exacta de pensar que significa “universal”. Y no es así[5]. El término, compuesto por “katós” y “holós”, quiere decir literalmente “según el todo”, y el uso adecuado de la palabra supone el reconocimiento de una diversidad, de una pluralidad que algo tiene de inconmensurable o que no puede definirse de manera total. En otras palabras, la catolicidad implica que no es posible una definición absoluta de la iglesia, puesto que hay algo que escapa al control y a la sistematización que pretende encerrarla[6].

En los últimos tiempos los teólogos han recuperado este sentido de “catolicidad” que no es sinónimo de universalidad, sino que apunta a esa diversidad de comunidades que se hallan bajo la promesa, por parte de Dios, de que todas “sean uno”. Así, se puede entender “catolicidad” desde la imagen del canon bíblico. Por ejemplo, recordando un famoso pasaje de Ireneo (Adversus haereses) sobre la razón por la que hay cuatro evangelios, y no puede haber menos ni más que esos cuatro:

“Es imposible que los evangelios sean más o menos de lo que son. Porque, como hay cuatro regiones del mundo en que vivimos, y cuatro vientos principales, así también, aunque la iglesia está esparcida por sobre toda la tierra, y el pilar y el cimiento de la iglesia son el Evangelio y el Espíritu de vida, es justo que ella tenga también cuatro pilares, que soplan inmortalidad hacia cada lado, y vivifican de nuevo a la humanidad. De todo esto resulta evidente que el Verbo, el Hacedor de todo, quien se sienta entre querubines y todo lo incluye, quien se ha revelado a la humanidad, ha dado el Evangelio bajo cuatros aspectos, pero unidos por un solo Espíritu…”[7]

Y si bien muchos académicos suelen mofarse de este pasaje, pues el argumento parece una relación casi mágica del número cuatro, en realidad Ireneo apunta a algo básico e importante: el evangelio que se anuncia por todos lados y a toda gente es un testimonio que incluye la diversidad y mutiplicidad de “toda la tierra habitada” (laOikoumene), desde una diversidad que ya está presente en el hecho de que no hay uno, sino cuatro evangelios en el canon del Nuevo Testamento[8].

Por otro lado, la “catolicidad” (como algo que va más allá de la idea de universalidad) también se puede comprender mejor con el paradigma trinitario: en efecto, los teólogos de los últimos tiempos han re – descubierto la importancia de una comprensión relacional del Dios bíblico, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, lo cual significa, entre otras cosas, que la unidad de Dios se expresa en la comunión y en la alteridad que tiene lugar en ese misterio llamado Dios, un misterio que se revela como Tres que son Uno[9]. El concepto que se ha recuperado, para explicar mejor a este Dios “cath – holico”, en cada persona de la Trinidad incluye totalmente a la otras y se define en relación con esas otras, es el término pericoresis, que se traduce como interpermeación o interpenetración y que remite a la imagen de una danza. La “catolicidad de Dios, por decirlo así, es una comunión, un intercambio mutuo y total. Es lo que de manera sencilla se afirma cuando se dice que Dios es amor. Una de las implicaciones más importantes de esto consiste en que la comunidad cristiana, es decir la koinonía, no implica solamente un sentimiento comunitario o de compañerismo, sino que supone saberse parte de algo más grande, compartiéndolo todo, lo que incluye el amor y los bienes y los recursos, lo que incluye también las tradiciones, las doctrinas y la oración común.

El desafío de la catolicidad no es para nosotros, sino para Dios

Hasta aquí nos ayudan los teólogos. Pero no mucho más, porque la promesa de la unidad de los cristianos sólo puede desplegarse en el camino de la experiencia comunitaria y, concretamente, en la manera a como se responde a esa promesa, que es una orden (y una oración… de Jesús), de convertirse en hermano del prójimo, del otro, del que no era o no puede ser mi hermano o del que ha sido mi enemigo.

Es aquí donde parece pertinente lo que decía de los filósofos de nuestra era moderna (Nietzsche, Derrida, etc.) cuando señalan que parece haber siempre una fractura o quiebre en la amistad o la enemistad (amigo / enemigo). Es algo parecido a lo que reflexionan los filósofos de lo político[10] cuando nos recuerdan que no sólo es complicado construir la paz, la armonía, la convivencia, en la sociedad política de hoy, sino que nuestras experiencias históricas están marcadas más bien por la ruptura, las suspicacias, las actitudes guerreras y las políticas de exclusión.

Habrá que admitir que en nuestras comunidades cristianas la cosa no es tan diferente, pues la promesa de la unidad, ese desafío de la “catolicidad” de la que hemos hablado, queda atravesada por los modos en que nos definimos frente a los demás, en el mundo, por decirlo así. Y ese modo de hacerlo está lleno de sombras, de oscuridad.

Aquí podría decir algo como psicoanalista, en tanto el análisis de lo inconsciente nos permite reconocer que los modos de constitución de nuestra identidad siguen más bien los caminos del narcisismo, antes que el reconocimiento de la alteridad. En primer lugar, porque el narcisismo no tiene tanto que ver con egoísmos explícitos, sino con la ilusión de suponer que el otro es “mi otro”, es una realidad que yo he proyectado, es quien yo “supongo” que es y desde allí le defino. Porque no es posible reconocer la realidad de manera directa, porque siempre nos constituimos desde esas ilusiones que nos permiten ciertas seguridades y nos reconfortan como “buenas personas”. La imposibilidad de amar, dicho desde el psicoanálisis, consiste en que solamente nos amamos de modo narcisista, incluso cuando suponemos que lo damos todo a la persona amada. Esto no es difícil de reconocer en nuestras sociedades contemporáneas, por ejemplo en la manera como se articulan actualmente las relaciones amorosas, caracterizadas por el miedo al compromiso[11].

Pero, en segundo lugar, el psicoanálisis plantea que las relaciones más significativas, como por ejemplo aquellas en las que nos atrevemos a amar al otro, son las relaciones donde más intensamente se atraviesa el dolor y el sufrimiento. Es en esas experiencias en las que experimentamos todas las ansiedades, angustias, temores e incluso odios, porque toda experiencia de amor ocurre en el tiempo y en el espacio, aquí en el mundo, y porque está marcada por la muerte, que es previsible. Entonces, frente a ello, resulta prácticamente imposible para nuestra humanidad responder al llamado que nos promete (y nos ordena) que amemos a un extraño, a un enemigo.

Es aquí donde querría plantear que la tarea ecuménica, el desafío de la catolicidad, no es un reto para nosotros, simplemente porque nos es imposible. Visto así, el desafío es en realidad el desafío para Dios, el Dios de los cristianos o el Dios del crucificado. Esto significa entonces, reconocer la imposibilidad de construir laOikoumene en tanto se confiesa que se trata de una promesa de Dios, de un deseo que no nos pertenece, puesto que se halla más allá de nuestra realidad. Y, sin embargo, esa promesa supone para nosotros un mandato que exige una obediencia: el mandato de “amarás a tu prójimo / amarás a tu enemigo”. Y, dicha promesa, es también la acción de Dios que irrumpe en nuestra realidad como el Dios del crucificado, para reconciliar en su muerte a todos los muertos en el pecado.

Es aquí donde hallamos que la capacidad cristiana de la unidad deriva de la experiencia del seguimiento del Mesías crucificado, pero que sólo puede suponer la experiencia de una respuesta a su llamado. ¿Cómo respondemos a ese llamado y cómo podemos decir que, al responder, participamos de la promesa de la unidad? Creo que eso, dicho muy brevemente, supone para nosotros dos dimensiones de la experiencia comunitaria que quiere cultivar el ecumenismo: una es nuestra experiencia del mundo, que vive de espaldas a Dios, y la otra es la mirada hacia los condenados del mundo que nos anuncian la vida resucitada.

Diría, de modo breve, que la experiencia de las comunidades cristianas que admiten que la catolicidad es un desafío para el Dios cristiano supone reconocer que su experiencia en el mundo es idéntica a la experiencia de todos: creyentes y no creyentes, quienes creen que creen y quienes creen que no creen, ateos y agnósticos, todos participamos de una experiencia mundana que nos sitúa de espaldas a Dios, en el silencio de Dios, en la ausencia o la nada que parece envolver toda la realidad de la que participamos, sin que la podamos realmente ver, porque todos vivimos atrapados por la necesidad, por las urgencias de la cotidianidad y porque lo que hacemos nos viene exigido por los moldes de los que formamos parte. Esto no es siempre evidente, y también es cierto que las experiencias religiosas nos permiten hacernos imágenes de Dios y pactar con ellas, pero eso no resuelve lo primordial de esa vida en la que estamos “arrojados en el mundo”, que no sólo tiene que ver con la mortalidad, sino con la injusticia, con la desigualdad, con el sufrimiento que deriva de aquello que se nos presenta como el mal de este mundo.

Creo que esto es algo que se expresa bien en las reuniones ecuménicas, cuando las comunidades cristianas confiesan su pecado, cuando reconocen en la oración común que no están unidas y lo confiesan públicamente en sus plegarias. Esto muestra lo tremendamente serio que significa decir todos juntos en el Padre nuestro: “perdona nuestras deudas…”

La otra dimensión de la búsqueda ecuménica, por parte de las comunidades cristianas que asumen que la catolicidad es un desafío imposible, un reto que sólo puede asumir el Dios cristiano, es la dimensión de la mirada que se sostiene frente a los pequeños del mundo. Esto quiere decir que solamente en los condenados de la tierra, en la gente que vive “sin Dios”, que son los “crucificados” de la historia, es a donde pueden mirar las comunidades para hallar la unidad prometida. En otro lenguaje, este es el camino de la misión para la iglesia, que consiste en anunciar al mundo la buena noticia, solamente que este anuncio es el anuncio de que un crucificado ha sido resucitado, y que ese crucificado es Dios. Pero, veamos esto con los ojos de los autores bíblicos: no se trata de unos “iluminados” que llevan la salvación para los paganos que viven en la oscuridad, sino que se trata de un anuncio donde se muestra esa misma resurrección en el poder del Espíritu, y esto significa que los ciegos ven, que los cojos caminan, que los presos y los endemoniados son liberados.

Para nosotros este lenguaje es algo ajeno, distante, pero se puede expresar de este modo: es entre la gente humillada, la gente que paga el castigo de toda injusticia, la gente sola, los desechos de la sociedad, donde se manifiesta ese Dios crucificado, como perdón, como reconciliación, como nueva vida. No puede haber misión sin que la mirada y las acciones de las comunidades se sitúen allí, en el lugar donde los muertos vuelven a la vida y experimentan el perdón, y perdonan a su enemigo. Es entonces, y sólo entonces, cuando se comprende un poco, no de manera total pero si bajo una nueva luz, que hasta ese momento no sabíamos que somos un cuerpo, una familia, una nueva humanidad. Entonces, y sólo entonces, la iglesia es radicalmente diversa y es una, es entonces cuando es auténticamente católica = según el todo. Un todo que viene dado desde el misterio de la cruz.

No hay ecumenismo sin la reconciliación que viene desde abajo, desde los pobres, porque es el camino de la cruz, es desde allí desde donde surge el Espíritu del resucitado.

Muchas gracias.

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[1] Cf. el pequeño texto publicado el 26 de enero, en el boletín del Consell Envangèlic de Catalunya, por el pastor Joan M. Argudo, “Unitat?.. De quina unitat parlem?”, que hace una apología de un solo tipo de cristianismo (el suyo):http://portalcec.cat/cecdigital/aportacio-protestant/2016/01/26/unitat-de-quina-unitat-parlem/

[2] Cf. David J. Bosch, “In search of mission: Reflections on ‘Melbourne’ and ‘Pattaya’”, Missionalia Vol 9, No 1, April 1981, pp. 3–18.

[3] Cf. Políticas de la amistad, Madrid: Trotta, 1998.

[4] Cf. Rafael Aguirre (ed.), Así empezó el cristianismo, Navarra: Verbo Divino, 2010.

[5] Aquí seguiré a Justo L. González “Confesar la catolicidad: tarea urgente del siglo veintiuno”, en Guillermo Hansen (ed.), El silbo ecuménico del Espíritu. Homenaje a José Míguez Bonino en sus 80 años, Buenos Aires: ISEDET, 2004, pp. 59 – 79. Justo González señala que en el desarrollo histórico fue predominando la equivalencia entre “católico” y “universal”, pero que esto no fue así en la antigüedad y en los estudios recientes se ha mostrado que no deben tomarse como sinónimos, cf. pp. 62 – 67.

[6] Claro que el término catolicidad si establece unos límites, puesto que se afirma que hay una verdad del evangelio que es lo que hace posible la unidad (que es a lo que apunta la reconciliación en Cristo, la nueva humanidad creada en Jesucristo). Es por eso que se puede hablar de herejías, como aquello que abandona la verdad del evangelio. Es por eso que el término “católico” permite poner unos límites. Pero hay que darse cuenta que tales límites no operan como un cerco o como una frontera, sino al modo como opera la “verdad bíblica”: es decir, como la respuesta obediente al Dios que se revela interpelando, llamando, ordenando.

[7] Adv. haer: 3.11.8–9. Citado por Justo González, op. cit., p. 69.

[8] Ibid. Pp. 69 – 73.

[9] Cf. Barbara Andrade, Dios en medio de nosotros. Esbozo de una teología trinitaria kerigmática, Salamanca: Secretariado trinitario, 1999. Cf. también Miroslav Volf, After our likeness: The Church as the Image of the Trinity, Grand Rapids: Eerdmans, 1998; Leonardo Boff, La Santísima Trinidad es la mejor comunidad. Madrid: Paulinas, 1990.

[10] Cf. Enrique Dussel, “De la fraternidad a la solidaridad (Hacia una Política de la Liberación)”, en Revista Pasos, Nº126, Julio – agosto, 2006,https://sites.google.com/site/anahi566/Home/ffia-latinoamericana/dussel1.

[11] Cf. Eva Illouz, Por qué duele el amor. Una explicación sociológica, Buenos Aires: Katz, 2012.



Víctor Hernández

Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupa Protestante

lunes, 19 de octubre de 2015

Francisco de Asís: el prototipo occidental de la razón cordial.



Equipo Atrio

Entrevista a Leonardo Boff

Esta entrevista salió en la entrevista online del IHU-Instituto Humanista Unisinos de los jesuitas brasileños el 4/10/2015. Fue hecha por João Vitor Santos y Patricia Fachin. Atrio, para quien Boff y San Francisco son referencias importantes para situarse personalmente en el complejo mundo de hoy, no duda en publicarla para quien le interese, aunque últimamente parezca que insistimos mucho en el mismo tema (Arregi nos hablaba hace una semana de las Florecillas). El que quiere lo toma y el que no lo deja, como las lentejas.

“Francisco ponía su corazón en todas las cosas, por eso las amaba y se sentía unido a ellas como miembros de una gran familia terrenal y cósmica”, afirma el teólogo.


IHU Online – ¿Quién fue Francisco de Asís? ¿Cómo entenderlo en su complejidad que va de la ternura al vigor?

Leonardo Boff – Aunque haya vivido hace más de 800 años, él es nuevo; nosotros somos viejos, pues él consiguió lo que nosotros difícilmente alcanzamos: relacionarnos con todas las cosas, incluso con las más adversas como la muerte, llamándolas con el dulce nombre de hermanos y hermanas. Así consiguió una reconciliación, como si fuese un habitante del paraíso terrenal. Con razón el gran historiador Arnold Toynbee dijo en su última entrevista: «Francisco, el mayor de los hombres que han vivido en Occidente, debe ser imitado por todos nosotros, pues su actitud es la única que puede salvar la Tierra y no la de su padre, el mercader Bernardone».

El filósofo Max Scheler en su conocido libro Esencia y Formas de la Simpatía afirmaba: «San Francisco es el prototipo occidental de la razón cordial y emocional, cosa que posteriormente fue relegada al margen». Ella nos hace sensibles a la pasión de los que sufren y a los gritos de la Tierra devastada por la voracidad industrialista actual.

IHU Online – Usted dice que el contacto con Francisco de Asís provoca una crisis profunda. ¿Qué tipo de crisis es esa?

Leonardo Boff – San Francisco nos hace descubrir nuestro distanciamiento de la naturaleza, como si no fuésemos parte de ella, sino sus dueños y señores. Esa actitud está en la raíz de la crisis ecológica actual, pues se funda en la falta de pertenencia, en la ausencia de cuidado y de amor para con todas las cosas, pues ellas tienen un valor intrínseco en sí mismas. Comparar lo que somos y hacemos con lo que hacía y era San Francisco nos crea mala conciencia y nos introduce en una crisis purificadora, pues nos invita a cambiar nuestro estilo de vida.

IHU Online – ¿Cómo entender la mística de Francisco de Asís y su relación con el medio ambiente?

Leonardo Boff – San Francisco dio centralidad al corazón. En sus escritos la palabra “corazón” aparece 42 veces frente a una de “inteligencia”; “amor”, 23 veces frente a 12 de “verdad”. Hoy sabemos que en la razón cordial y sensible se encuentra la sensibilidad profunda para con los otros, los valores éticos y la espiritualidad. El corazón le hace sentir al Sol, a la Luna, al agua, al lobo y hasta a la muerte como hermanos y hermanas. Es la actitud que nos exige hoy la crisis ecológica. La razón por sí sola no explica nuestros problemas fundamentales, porque ella solo ve, analiza y calcula. El corazón nos moverá al cuidado, al respeto y al amor a la Madre Tierra.

IHU Online – ¿Cuál era la concepción de Iglesia de Francisco de Asís? ¿Cuales eran los puntos cruciales de divergencia con el clero alto? ¿Con que modelo de Iglesia dialogaba e, incluso, se oponía?

Leonardo Boff – El teólogo Joseph Ratzinger, en uno de sus escritos sobre el sentido de la profecía en la Iglesia, escribió que el “no” de San Francisco al tipo de Iglesia de su tiempo no podía ser más radical. Pero su “no” nunca es verbalizado, nunca hace una crítica abierta al sistema curial, especialmente bajo Inocencio III, el Papa más poderoso de la historia de la Iglesia. Él no habló ni criticó como hicieron los Reformadores del siglo XVI. Él simplemente se dejó orientar por el evangelio, leído sin glosas, es decir, sin comentarios que le quitan la fuerza trasformadora, en su sentido original: vivir siguiendo a Cristo pobre, descubierto en los más pobres de los pobres que son los leprosos, tener extrema ternura y compasión con todos los que sufren dolores y acogiendo jovialmente las más duras adversidades que la pobreza radical le comportaba.

El inauguró una Iglesia en la base, junto con los pobres, predicando por las calles o en las plazas, rezando las horas canónicas debajo de los árboles y teatralizando pasajes bíblicos como hizo con la celebración de Navidad, inventando el pesebre. Quería que sus seguidores fuesen “menores”, categoría social de los sin poder y que no aceptasen ningún cargo eclesiástico. Debían “in plano subsistere”, es decir, mantenerse a ras del suelo,donde todos los anónimos e invisibles, el pueblo en general, se encuentran.

IHU Online – ¿Cuáles son los conceptos-clave, las ideas y concepciones principales de Francisco de Asís? ¿Cómo comprender esos conceptos en nuestros días?

Leonardo Boff – San Francisco no era teólogo. Ni era un clérigo. Olvidamos que era un laico. Solo al final de su vida se dejó ordenar diácono para poder seguir predicando (ya que había un decreto papal que prohibía a los laicos predicar, como hacían antes). Pero con la condición de que a este oficio no le correspondería ningún beneficio. Las virtudes principales que vivía con gran jovialidad era la extrema sencillez, acogiendo a todos tal como eran; después, una gran humildad considerándose a sí mismo como menor y servidor, hermano o fratello de todos; y principalmente vivía una radical pobreza comopoverello.

Pero para él, la pobreza no consistía en no tener sino en la capacidad de dar, y volver a dar, hasta despojarse de todo. Tenía conciencia de que entre las personas se interponen los bienes y los intereses. Desprenderse de tales cosas permitía el encuentro directo e inmediato, ojo a ojo, cuerpo a cuerpo para situarse junto al otro como hermano. Ser radicalmente pobre para poder ser plenamente hermano: este es el sentido de la pobreza franciscana. Y por último, la permanente alegría, como quien se siente continuamente en la palma de la mano de Dios. Se le atribuye este dicho: “tengo poco y lo poco que tengo, lo necesito poco”. Este proyecto de vida, si se viviera hoy, crearía un mundo tierno y fraterno, amigo de la vida, con una sobriedad compartida, con un aura de fraternidad universal entre las personas y con todos los seres de la naturaleza, abrazados como hermanos y hermanas.
«Está dentro de las posibilidades humanas desentrañar un San Francisco escondido dentro de cada uno» 


IHU Online – ¿Cómo pueden ser actualizados esos conceptos para nuestros días en busca de inspiración ante la crisis?

Leonardo Boff – Entre muchas otras cosas, considero fundamental, para que salgamos de la crisis actual, que recuperemos los derechos del corazón. Es decir, que no seamos solo portadores de inteligencia racional, que junto con ella y de forma más profunda, seamos también portadores de inteligencia cordial o sensible. Sentir, como dice el Papa en su encíclica sobre “el cuidado de la Casa Común”, como propios las dolores de la Tierra y los padecimientos de los demás hermanos y hermanas.

Actuar a partir del corazón que ama, que se identifica con el otro, que cultiva la compasión y el cuidado con todas las cosas, como cuidaba San Francisco.

Él sacaba a las babosas de los caminos para que no las pisasen y pedía que hasta las hierbas silvestres tuviesen un rincón reservado en las huertas, porque ellas también merecen vivir y alaban a Dios a su manera. Si en la humanidad tuviésemos estos sentimientos, no necesitaríamos hablar de ecología ni de derechos de las personas y de la naturaleza, pues todo eso sería vivido con total espontaneidad.

IHU Online – ¿Cómo comprenden Bergoglio y Ratzinger la figura de San Francisco de Asís?

Leonardo Boff –Joseph Ratzinger, en su tesis sobre el concepto de historia en San Buenaventura, escribió como introducción al tema una de las más bellas páginas que se han escrito modernamente sobre la figura singular de San Francisco. Creo que los franciscanos todavía no han sabido valorar tales reflexiones.

Bergoglio tomó el nombre de Francisco por la fascinación que ejerció siempre sobre él la figura de este santo especial y por su amor a los pobres y a la naturaleza. En su encíclica, le dedica tres grandes parágrafos (nn.10, 11 12) y explica: «Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado por lo que es frágil y por una ecología integral… su corazón era universal» (n.10). Todo el texto de la encíclica está lleno de corazón, pues lee los datos de la situación de la Tierra afectivamente y no solo intelectualmente. Ese es el modo como San Francisco lee el mundo a partir de un sentimiento profundo de unión.

IHU Online – ¿Cómo comprender la relación entre Francisco y Clara de Asís? ¿Cuál es el papel de Clara en la historia y en la “doctrina” de Francisco?

Leonardo Boff –La relación entre Clara e Francisco es una de las más bellas y puras de la historia del cristianismo. El tenía tres amores: amor a Cristo crucificado, amor a los pobres y amor a la hermana Clara. Era un verdadero amor entre un hombre y una mujer, pero transfigurado por un proyecto común: servir al Crucificado y a los crucificados de la historia. El eros florecía en el ágape sin perder su fascinación y belleza. Entre ellos había afecto y cariño que no escondió durante toda su vida. Clara seguramente lo ayudó a ser tan tierno y amoroso con todas las criaturas.

IHU Online – ¿En qué medida la visión de Francisco de Asís en relación al mundo, a los seres humanos y a la Iglesia dialoga con el pontificado de Bergoglio?

Leonardo Boff – El Papa Francisco ha puesto el evangelio en el centro de su predicación y de sus gestos ejemplares. Fue exactamente eso lo que hizo San Francisco: para él el evangelio era todo, no como mero texto, sino como fuente de inspiración, de humanización, de espiritualización y de identificación con el Jesús histórico, hasta el punto de que los textos originarios afirman que llegó a recibir las llagas de Cristo en su propio Cristo. No sin razón ha sido llamado “el primero después del Único (Jesucristo)” o incluso “el último cristiano”. La sencillez, la bondad, la ternura y la proximidad que elPapa Francisco revela en su vida, traducen bien el espíritu de San Francisco.

IHU Online – ¿Cómo comprender Laudato Si’ desde la perspectiva de Francisco de Asís? ¿De qué forma la idea de Ecología Integral, concepto central de la Encíclica, aparece en el legado de Francisco de Asís?

Leonardo Boff – El propio Papa lo aclara en su encíclica sobre “el cuidado de la Casa Común”, al decir: «la reacción de Francisco era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era

una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe» (n.11). Como decíamos, Francisco ponía corazón en todas las cosas, por eso las amaba y se sentía unido a ellas como miembros de una gran familia terrenal y cósmica.

IHU Online – En su libro San Francisco de Asís, ternura y vigor, la historia del santo tiene cinco aspectos como telón de fondo. ¿Cuáles son y cómo se relacionan? ¿Cómo se actualizan hoy esos aspectos?

Leonardo Boff – Algunos dicen que de todos mis libros (ya casi cien) este es el mejor. Que lo digan los demás, no yo. Pero intenté, al celebrarse los 800 años de su nacimiento, destacar cinco puntos que mostrasen su actualidad para el mundo de hoy.

El primero es «la irrupción de la ternura y de la convivialidad, como mensaje a la cultura actual». Es la tentativa de oponer al paradigma moderno, fundado en el poder como dominación, que tantos males ha traído a las grandes mayorías, el paradigma del cuidado, de la ternura, de la convivialidad con todas las criaturas, no dominándolas, sino estando al pie de ellas, como hermano menor.
«Fue exactamente eso lo que hizo San Francisco: para él el evangelio era todo, no como mero texto, sino como fuente de inspiración, de humanización, de espiritualización y de identificación con el Jesús histórico».


El segundo punto es «la opción por los pobres como mensaje de San Francisco a la sociedad actual». Intenté asumir el propósito de la Iglesia latinoamericana, expresado enMedellín y en Don Helder, que entendió la pobreza no como algo natural y dado, sino como resultado de relaciones injustas entre las personas y sus instituciones. Se hizo la opción preferencial por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social. De esta opción nació la teología de la liberación. Don Helder siempre repetía que fue San Francisco el verdadero fundador de esta teología, porque él no tuvo una actitud asistencialista, viviendo para los pobres. Él mismo se hizo pobre, fue a vivir en medio de ellos como pobre, y a partir de ellos leía toda la realidad, también la eclesial. Estimo que esta perspectiva es enormemente actual.

El tercer punto trata «de la liberación por la bondad: una contribución de San Francisco para una liberación integral de los oprimidos». Traté de mostrar su estrategia que era de renuncia total a cualquier tipo de violencia. Procura conversar con todos, hasta con el feroz lobo, y conquistar a las personas por la bondad, convencido de que dentro de cada uno arde la llama divina de la bienquerencia entre todas las personas.

El cuarto punto aborda «cómo San Francisco creó en las bases de la Iglesia de aquel tiempo una iglesia popular y pobre», en la cual prevaleció la fraternidad sobre el poder, la palabra del evangelio sobre las reflexiones teológicas, la celebración de la vida sobre la celebración de simples ritos y la profunda piedad por los actos y los hechos del Jesús histórico, su nacimiento, su cruz, su presencia eucarística.

Como último punto abordo el tema «del proceso de individuación realizado biográficamente por San Francisco». Es decir, cómo de todo lo que le sucedía, la dimensión de sombra y la dimensión de luz, sus decepciones y alegrías, su sufrimiento y muerte, él hacía caminos de crecimiento y de total integración. De ese proceso que combina ternura y vigor, cielo y tierra, vida y muerte irrumpe su irradiación como alguien que realizó su humanidad de un modo ejemplar. Creó un humanismo tierno y fraterno que va más allá del mundo humano y que abarca a toda la naturaleza y al propio universo. Penetró en su Profundidad radical donde se anida Dios con su gracia y su amor.

Haber podido llegar hasta ese punto es más que esfuerzo personal, es principalmente don de Dios. Francisco lo sabía bien, por eso, aunque para nosotros sea un santo ejemplar, se consideraba el mayor pecador del mundo, «pequeñín, pútrido y fétido, mezquino, miserable», como dice en una de sus cartas. Él podía decir eso, pues no había negado sino integrado tales realidades sombrías, propias de nuestra condición humana, en una síntesis superior, repleta de luz, de ternura y de amorización.

IHU Online – ¿Qué humanismo inaugura Francisco y cómo se alínea con los principios cristianos?

Leonardo Boff – Francisco se transformó en un arquetipo, o sea, en una referencia de valor y de ideal humano. Como tal no pertenece ya a los franciscanos ni siquiera a los cristianos. Pertenece a la humanidad. Es una de las figuras de las cuales podemos enorgullecernos y decir: está dentro de las posibilidades humanas descubrir un San Francisco escondido dentro de cada uno. Esa energía amorosa y tierna, escondida en nosotros, nos hace más humanos, más compasivos, más solidarios y más capaces de un amor incondicional. ¿No era eso lo que quería Jesús de Nazaret? Su propósito no era crear una nueva religión, sino suscitar el hombre y la mujer, hechos de amor, de compasión, de entrega a los otros hasta el último sacrificio, siempre con total desapego, con alegre jovialidad y con jovial alegría.

Traducción de MJ Gavito Milano

Fuente: Atrio

sábado, 22 de septiembre de 2012

No abandones al que te corrige y exhorta - san Agustín, obispo, Sobre los pastores.


Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores (Sermon 46, 11-12: CCL 41, 538-539)


OFRECE EL VENDAJE DEL CONSUELO


El Señor azota, dice la Escritura, a todo el que por hijo acoge. ¿Y tú te atreves a decir: «Quizás a ti no te azotará»? Si a ti no te azota quedarás sin duda excluido del número de sus hijos. «¿Pero acaso -continuarás diciendo- azota absolutamente a todos sus hijos?» Sin duda alguna, azota a todos sus hijos, como azotó a su propio Unigénito. Su Unigénito, en efecto, aquel único Hijo engendrado de la misma sustancia que el Padre, igual al Padre por su condición divina, el Verbo, por quien fueron creadas todas las cosas, no tenía en sí mismo posibilidad de ser probado ni azotado. Pero para poder ser azotado se revistió de carne. Si, pues, Dios no perdonó ni a su propio Hijo que no había conocido el pecado, ¿piensas que va a dejar sin pruebas a los hijos adoptivos que conocieron el pecado? El Apóstol dice, en efecto, que hemos sido hechos hijos de adopción para ser coherederos del Hijo único, para ser la herencia de él, como se dice en el salmo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. De ello nos da, pues, un ejemplo cuando nos hace participar en los sufrimientos de su Hijo.


Pero, a fin de que el débil no desfallezca al oír hablar de las pruebas que se avecinan, el pastor no debe ni alentarlo con falsas esperanzas ni atemorizarlo con miedos indebidos. Debe decirle: Prepárate para las pruebas. Y, si al oír estas palabras la oveja empieza a desfallecer y a temer hasta tal punto que ya no se atreve a acercarse, el pastor debe recordarle aquello otro: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Anunciar y recordar las pruebas que se avecinan es como curar a las ovejas enfermas; hablar de la misericordia de Dios, que hace superar las pruebas, al que se asusta desmesuradamente es como vendar las heridas.


Hay algunos, en efecto, que al oír hablar de pruebas futuras se preparan con mayor empeño y buscan con qué remediar su debilidad. Creen que no es suficiente la ayuda que pueden recibir de los fieles y se fortalecen recordando la gloria de los mártires. Pero hay, en cambio, otros que, al oír hablar de las pruebas futuras que necesariamente tiene que soportar el cristiano y de las que están exentos los que no lo son, se descorazonan y claudican.


Ofrece, pues, el vendaje del consuelo y cura a la oveja herida. Dile: «No temas; no te abandonará en tus pruebas aquel en quien has puesto tu fe. Fiel es Dios para no permitir que seas tentado más allá de lo que puedes resistir.» No pienses que soy yo quien te dice esto, lo afirma aquel Apóstol que dice también: ¿Queréis tener pruebas de que Cristo habla por mí? Por tanto, cuando oyes las palabras que acabas de escuchar oyes al mismo Cristo, escuchas al pastor que apacienta a Israel. Pues a Israel también se le dijo: Les diste a comer llanto con medida. Lo que dice el Apóstol: No permitirá Dios que seáis tentados más allá de lo que podéis, es lo mismo que afirma el profeta al hablar de un llanto con medida. No abandones, por tanto, al que te corrige y exhorta, al que te atemoriza y te consuela, al que te hiere y te sana.


RESPONSORIO Sal 43, 23; Rm 8, 37; Sal 43, 12


R. Por tu causa, Señor, estamos siendo asesinados continuamente, nos tratan como a ovejas de matanza. * Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. V. Nos entregas como ovejas al matadero y nos has dispersado por las naciones. R. Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.


ORACIÓN.


OREMOS, Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos de bondad y haz que te sirvamos con todo el corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén


CONCLUSIÓN


V. Bendigamos al Señor. R. Demos gracias a Dios.