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sábado, 12 de marzo de 2016

El único y verdadero equipaje.


Editorial
Revista Heraldos del Evangelio
Marzo 2015


Al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1, 1). Los dos primeros capítulos del Génesis nos describen con lujo de detalles el paternal esmero con el que el Creador actuó al realizar su obra, en un prodigio de bondad y de perfección, que es la manifestación de su sabiduría infinita: “Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas” (Sal 103, 24).

Ese magnífico orden creado, reflejo del orden increado (cf. Rm 1, 20), obedece a un bellísimo proyecto a cuya realización debe cooperar todo ser (cf. Sb 1, 14), porque todo lo que existe ha sido destinado por Dios a un determinado fin (cf. Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. I, q. 2, a. 3).

Como pináculo de las criaturas materiales, el hombre está llamado a colaborar con esto de una manera muy especial y todavía más perfecta: cada uno tiene una misión única e irrepetible. Su auténtico éxito en la vida consiste en haberla cumplido con toda perfección, como el Apóstol: olvidándose de todo lo demás, corría para alcanzar la meta (cf. Fl 3, 12-14).

Ahora bien, lanzarse hacia la meta exige abandono en las manos de Dios, y en esto consiste precisamente nuestra entrega a Él, porque mil y una solicitudes —algunas legítimas, otras no— tratarán de desviarnos del camino de Cristo (cf. Hb 13, 9). Por lo tanto, el punto central de nuestra vida está en lograr la totalidad de dicha entrega, aceptando todo lo que nos une a Dios y rechazando todo lo que nos aleja de Él, como nos enseña San Ignacio (cf. Ejercicios espirituales, n.º 23).

De manera que el mayor obstáculo para la plena realización del plan que Dios tiene sobre cada uno de nosotros se encuentra en la falta de seriedad. Hoy en día, en que tanto se aprecian el gozo de la vida y los placeres terrenales y en que la costumbre de reír en todo momento y por cualquier motivo se ha vuelto un auténtico vicio, muy poco sitio queda para la seriedad.

La práctica de esa espléndida virtud, tan despreciada en los tiempos modernos, no consiste en demostrar mal humor o vestir ropas de luto... Hija de la lógica, del método y de la coherencia, la seriedad genera la apetencia estable por aquello que es más sublime.

La mirada del hombre serio no sólo analiza lo que tiene delante de sus ojos, sino que abarca con su reflexión la realidad total y adquiere el hábito de tratar siempre de conocer el lado profundo de las cosas y su vínculo con un último fin.

Al conformar con la realidad su pensamiento, su conducta y sus afectos, esa persona llega hasta las últimas consecuencias: ama el bien y lo sirve; odia el mal y lo combate. En una y otra situación mantiene su alma en continuo estado de vigilancia. En consecuencia, la seriedad de tal modo es la condición para una entrega fructuosa que, donde hay seriedad, hay entrega; donde no hay seriedad no hay entrega profunda, duradera, real.

En esta Cuaresma, Nuestro Señor Jesucristo, supremo modelo de esa virtud, nos interpela acerca del grado de entrega de nuestra vida en las manos de Dios. Porque ése, auténtico fruto de caridad que Él espera de nosotros, es el único y verdadero equipaje que nos llevaremos a la eternidad.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Oramos por el Día del Maestro y la Maestra en Argentina.


El Día del Maestro es la festividad que rinde homenaje a los profesores de todos los niveles (inicial, primara, secundaria y universidad) por su importante labor en la transmisión de conocimiento y valores a sus alumnos. En Argentina fue instaurado por el presidente Edelmiro Farrell, mediante el Decreto Nº 21215 del 19 de septiembre de 1945. 

Se eligió como fecha del Día del Maestro Argentino al 11 de septiembre, por ser el día del fallecimiento de don Domingo Faustino Sarmiento (11-09-1888). Este gran político y escritor argentino también fue un abnegado profesor. Y cuando fue Presidente de Argentina le dio un notable impulso a la educación pública del país. Fundó muchas escuelas, difundió las bibliotecas. También apoyó las ciencias y las artes. 

Los maestros son los profesionales de la educación. Ellos se han preparado en las universidades o institutos pedagógicos para ejercer la enseñanza con metodologías adecuadas a la edad de sus alumnos. Su labor requiere de mucha responsabilidad, dedicación y paciencia. Gracias al trabajo de los buenos profesores los niños y jóvenes aprender a amar el conocimiento y buscar la superación en base a los estudios.

Oramos por todos los Maestros y Maestras de la Argentina:



POR LAS MAESTRAS Y MAESTROS

Amado Dios,

que en Jesús elegiste humildemente ser maestro.

Te agradecemos por los hombres y mujeres que

han sentido la maravillosa vocación de enseñar y

se entregan con entusiasmo a la tarea en tantos

lugares diferentes, compartiendo cultura, oficio y

camino con niños y niñas, adolescentes y adultos.

Especialmente te damos gracias por quienes lo

hacen en condiciones muy desfavorables, y a

pesar de ello no se rinden, frente a las tantas

barreras que se alzan limitando sus horizontes.

Fortalécelos, Señor, en su empeño de enseñar

amando y sirviendo.

Te pedimos, Señor, por nuestros gobernantes.

Haz que cumplan con su deber de mantener y

ampliar las oportunidades de educación para

todos y todas. Que nuestras escuelas, públicas y

privadas, puedan ser verdaderos espacios de

crecimiento, valoración, equidad y solidaridad.

Te damos gracias por quienes a lo largo de la vida

nos enseñaron las lecciones más importantes; por

quienes compartieron con nosotros su fe y nos

dieron valores que nos acompañan hasta el día de

hoy. Gracias te damos, en especial, por quienes

oyeron tu llamado y son maestros y maestras de

escuela dominical en nuestra comunidad. Dales la

gracia de guiar a sus alumnos al conocimiento de

tu amor.

En nombre de tu Hijo, que nos enseñó a llamarte

Padre, oramos. Amén.



(Iglesia Evangélica Metodista de Flores, Buenos Aires, Pastora Viviana Pinto)


Fuente 2: Temas resumidos

viernes, 22 de marzo de 2013

Carta a los medios de comunicación sobre el nuevo Papa.


por José Ignacio González Faus
Teólogo

Tengo mis quejas contra los medios de comunicación: me han traicionado algunas veces, creo que también ellos son servidores del Capital y que, por tanto, el buen titular o la defensa de la propia ideología pasarán por delante de la verdad; lo que engresca les gustará más que lo que construye; y muchas veces compiten indignamente porque parece que más importante que comunicar una verdad es ser el primero en hacerlo, o darla en exclusiva.

Pero: creo que los medios tienen sus derechos que debo respetar, conozco mucha gente honrada y encantadora que trabaja en ellos y que son también conscientes de lo que digo. Y además, aunque no pretendo compararme con Casillas, suelo decirme que al que no le marcan goles o no se lesiona, es señal de que no juega. Y el juego de construir la historia (el “poema de Dios” que dice la carta a los efesios) es uno de los más dignos, más apasionantes y más cristianos.

Dicho esto pido perdón porque estos días he procurado rehuir el aluvión mediático. Simplemente necesitaba tiempo para interiorizar, situarme y aclararme yo mismo. Ahora, si alguien quiere saber algo de mi opinión, lo encontrará en estas páginas que van dirigidas a todos sin exclusivas ni derechos de propiedad privada. Y aquel a quien no le interese (que sería lo más lógico) ya puede pasar a otra cosa.

Cuenta uno de los primeros biógrafos de Ignacio de Loyola que cuando, en una sobremesa, se enteró del nombramiento como papa de Pablo IV, se le demudó la cara y se puso pálido (Ignacio y Caraffa habían tenido antes más de dos pequeños encontronazos; y Pablo IV hizo muy difícil la vida a la naciente Compañía de Jesús). Discretamente Ignacio salió de la sala; y al cabo de un cuarto de hora regresó sonriente y con el rostro pacificado. Se supone que había ido a rezar.

Cuento la anécdota tanto para los que ayer se quedaron pálidos como para los que irradiaban alegría: que los hay de las dos clases por lo que ahora diré. Y aprovecho para decir a ambos grupos que ni hay que desengañarse del Espíritu Santo ni hay que buscar en él unas seguridades que son mucho más supersticiosas que creyentes. Dios sólo interviene en la historia respetando nuestra libertad y contando con nuestra respuesta libre. Y esa respuesta sabemos de sobra por dónde ha de ir: por el respeto mutuo dialogante, por el amor fraterno y por negar la primacía al propio interés. Sin el empeño en ir por ahí, no habrá Espíritu que sople (o soplará un espíritu no precisamente santo).

Casi no conozco personalmente a Bergoglio. He oído infinidad de cosas sobre él, positivas y negativas. He esperado a ver qué saben los medios de él, y he visto que prácticamente todo lo que yo pudiera decir ya es conocido. Lo cual me confirma que es muy sabia la frase de Jesús que tanto molesta a muchos eclesiásticos: “lo que oís en los oídos predicadlo sobre los tejados” porque, a la larga, “no hay nada tan encubierto que no acabe conociéndose” (Mt, 10,27.26).

Por eso resumiré, un poco simplificadamente, diciendo que los temores vienen de su época de jesuita y las esperanzas de su época de arzobispo. Sus relaciones con el antiguo general Kolvenbach fueron muy tirantes, dividió la provincia argentina en dos bandos aún no del todo reconciliados: dicen que es un hombre con una increíble capacidad de seducción, pero con una pasión de poder que le vuelve terriblemente duro con los que no van por su línea. El jesuita húngaro-argentino Franz Jalic ha escrito cosas que, precisamente por el enorme respeto con que están escritas sin citar nunca su nombre (habla sólo de ”una persona”) y por el inmenso sufrimiento que comportaron, no pueden ser pasadas por alto. También porque, según me contaron, la única vez que volvieron a verse los dos después de todo aquello, muchos años después y en Alemania, se fundieron en un largo abrazo donde no faltaron lágrimas.

Yo no puedo garantizar como testigo ocular la verdad de todas esas críticas y otras parecidas; pero creo que si el papa Francisco toma en serio lo que tan bien dijo ayer: “antes de bendeciros os pido que me bendigáis vosotros a mí”, aceptará también que “antes de hablaros yo quiero escucharos a vosotros”: porque saber lo que se piensa de uno, puede ser un dato muy útil a la hora de actuar, en vez de pensar que la verdad sobre mí es sólo aquello que yo pienso de mí.

Y así pasamos a lo positivo: han corrido por ahí todos esos datos del arzobispo que viajaba siempre en metro o en autobús, que cuando tenía un cura enfermo iba él a visitarle, le preparaba a veces la comida o le suplía en trabajos parroquiales, que tronó contra la injusticia y la miseria del mundo. Y es cierta la anécdota de que, la misma noche en que fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, sonó el teléfono (supongo que de alguien que querría felicitarle) y al descolgar dijo más o menos: “perdone que ahora me estoy haciendo la cena, si fuera tan amable de llamar media hora más tarde”.

Y las positividades continúan en su presentación de ayer: ya he evocado lo de “antes de bendeciros habéis de bendecirme vosotros a mí” que, lógicamente, debe ser extendido más allá de la plegaria. Pequeño detalle, pero indicio de sensibilidad, fue el dirigirse al pueblo como hermanos “y hermanas”, cuando la congregación de liturgia todavía pretende que digamos que Jesús entregó su vida sólo por todos “los hombres”, sin enterarse de cómo ha cambiado el significado de esta palabra. Significativo teológicamente el designarse por dos veces sólo como “obispo de Roma”… Y añadamos el potencial simbólico del nombre: porque Francesco no fue sólo el que, en los albores del capitalismo naciente, se quitó la ropa ante su padre negociante y el arzobispo, para “seguir desnudo al Jesús desnudo”. Fue también el que, en la era en que la Iglesia hacía cruzadas “contra los moros”, se embarcó alocadamente como pudo para ir a dialogar con el sultán.

Y fue finalmente el que, ante la visión de una ermita casi en ruinas, siente la llamada de Dios que le dice “repara mi Iglesia que se cae”. Si el nombre de Francisco incluye las tres cosas, no puede estar mejor elegido.

Vamos pues a tener una paciencia esperanzada: dejando para otros momentos nuestra necesidad de aplaudir y aclamar (porque las multitudes, ya se sabe, son idólatras por naturaleza y así se falsifica la comunidad), y dejando para otros momentos nuestras desesperanzas. Vamos también a ver si, aprovechando estos episodios, los católicos abandonamos la papolatría (o el papa-natismo): Jesús escogió a un Pedro, intuitivo y con innegable madera de líder según parece, pero cargado de defectos que los evangelios nunca ocultaron. Y le mantuvo aunque Jesús tenía más derecho que nosotros a decepcionarse. Porque si la Iglesia necesita (como yo creo) un ministerio de unidad, es precisamente porque todos somos solidariamente responsables de ella y en ella. De lo contrario, si no hubiera más que un responsable, no haría falta ningún ministerio de unidad.

No sé decir más, y perdonen aquellos a quienes he dado carpetazo. Uno también necesita su tiempo.


Fuente: sicsemanal