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martes, 29 de diciembre de 2015

Un niño en brazos.


Jose Arregi

Este año pusimos un Nacimiento especial, sobre un lecho de hojas granates y amarillas, de arce y de ginkgo. Es especial como el motivo por el que una comunidad de cristianos y cristianas amigas de Pamplona nos lo regaló hace unos meses. Y es especial por la hechura: una única pieza de escayola policromada, llena de movimiento y dulzura, donde José levanta en sus brazos a Jesús, estrechándolo tiernamente contra su mejilla; María posa las manos y reclina suavemente la cabeza sobre el hombro de José, el hombre bueno. Unas ovejas recuestan su cabeza sobre otras y se hacen carantoñas, mientras otra, más grande y muy negra, acerca atentamente su cabeza hacia el centro del Misterio. Un aire de bondad lo envuelve todo.

La Navidad es esa ternura que ilumina la historia humana, el cosmos sin medida del que somos parte. Es la confesión de que la bondad engendra y sostiene la vida. Es la fe en que todo está eternamente movido por un latido profundo, creador, más grande y poderoso que el universo, más tierno y pequeño que el corazón de un recién nacido. Es la promesa de que el bien prevalecerá. Y es el compromiso por hacer que así sea. Cada villancico navideño, cada figura de nuestros nacimientos te lo anuncia, como el ángel a María y a José: “No temas. Eres lleno, llena de gracia. La gracia es más fuerte que todos los daños, que todas tus contradicciones”. ¿Exagera la Navidad? De nosotros depende.

Es el sueño más antiguo de la humanidad, y nada lo plasma mejor que la imagen de una madre con su hijo/a en brazos, una imagen presente en todas las culturas desde hace muchos milenios. La hallamos, por ejemplo, en la cultura neolítica Vincha a lo largo del Danubio de hace 5.000 años. En la misma época, conocemos sellos sumerios de la Diosa Madre Innana o Isthar con el niño en el regazo, e imágenes babilonias de Semiramis, madre virgen, con su hijo Tamuz en brazos. En el museo Vaticano se ve la escultura romana de la Diosa Madre Isis con su hijo Horus, del año 600 antes de Jesús.

No es extraño que los cristianos, desde muy pronto, representaran a María con el Niño. Uno de los primeros ejemplos lo tenemos en las Catacumbas de Priscila de Roma, del s. II: María está sentada con Jesús mamando en su pecho, mientras un tercer personaje señala una estrella. Es el icono de la Vida, del cielo en la tierra, de Dios en la carne. La ternura sostiene, nutre, cuida la vida. La bondad hace que Dios nazca y crezca en la tierra. No una bondad pasiva y sumisa, pues no es bondad; tampoco una bondad perfecta, pues no existe. La bondad concreta y siempre inacabada, activa y subversiva.

La Navidad es la fe en el poder de esa bondad. Es una invitación gozosa y amable a asentir a la vida, a dejarse llevar por este aliento vital poderoso y bueno que todo lo mueve, que palpita eternamente en todo cuanto es, desde las partículas de las partículas atómicas hasta las galaxias sin número ni medida. ¿De dónde nace ese aliento vital? No nace de la nada. ¿Acaso es fruto de un puro azar frío y ciego? ¿Existe acaso el “puro azar”, el azar absoluto? Claro que el azar interviene en el origen y en el desarrollo de la vida, de cada uno de nosotros, pobres y preciosos vivientes. Pero decir “azar” es una forma de decir que ignoramos el por qué. Por lo demás, tampoco el llamado azar se produce de la nada, sino que acontece en un universo infinitamente complejo, abierto, relacionado. También el azar, como todo cuanto es, tiene lugar “en Dios”, es decir, en el latido vital encarnado en todos los seres del mundo. El azar tiene lugar en un universo animado por el amor de la vida.

Nadie conoce todas las causas que explican su propio nacimiento, el nacimiento de la vida o del universo. Y la Navidad no explica por qué la realidad es como es, con todas sus muertes y dramas. Pero la Navidad proclama que, a pesar de todo, siempre podemos decir: “Todo está bien”. Es decir: “Todo puede llegar a estar bien”. La Navidad nos dice: “Ama la vida y acógelo todo como es, para que llegue a estar bien”. Cuando alguien abraza a su hijo, a su hija, o lo sostiene en sus brazos, sabe que la ternura, el cariño, el cuidado existen. Anhela que existan, y se siente llamado a hacer que así sea, para que la vida nacida de sus entrañas viva y crezca y sea feliz. En sus manos está, como el hijo o la hija que alza en brazos. “Hágase”.

Creo en la Navidad y quiero hacerla. Creo en la bondad. Creo en Jesús que, aun sin ser perfecto, pasó la vida haciendo el bien. Hágase también en mí. Será poca cosa lo que podemos hacer, pero hagámoslo, y crecerá sin fin.

(Publicado en DEIA y los Diarios del Grupo Noticias el 27 de diciembre de 2015)

Fuente: Atrio

lunes, 16 de noviembre de 2015

A vueltas con Dios.


Jose Arregi

Vuelvo a hablar de Dios en esta mañana de otoño de infinita belleza y de tantos motivos de angustia. Digo “Dios” para decir todo lo que ven los ojos y lo que no pueden ver y lo que aún ni siquiera es. Digo “Dios” para rendirme a la belleza, sostener el ánimo, bendecir el mundo y sus mejores posibilidades sin condenar a nadie.
Digo “Dios”, pues con esa palabra nací, crecí, aprendí a hablar y a vivir, y a decir el Todo como bello, bueno y fiable, a pesar de todo. Pero no es necesario decir “Dios”, ni pensarlo ni decirlo, ni “creer” nada; basta mirar y ser lo que somos, como basta al petirrojo vivir y cantar.


Nos enredamos demasiado. Con ocasión de la fiesta de Todos los Santos y Difuntos, Manuel Fraijó, pensador lúcido y honesto, escribió en EL PAÍS un artículo titulado “Avatares de la creencia en Dios”. Con su estilo reflexivo y claro, dejaba la conclusión suspendida entre la afirmación y la negación, y terminaba citando a Pascal: “es incomprensible que exista Dios e incomprensible que no exista”. Pero omitía la cuestión primera: no si Dios existe, sino qué significa Dios.
Si escribes “Dios” en Google, te aparecerán 610.000.000 resultados en 0,41 segundos. Y desde el primer documento te explicará que es un nombre masculino, un “ser sobrenatural al que se rinde culto”, que son varios o mucho en algunas religiones, y único en otras, eterno, creador, juez, omnipotente, infinitamente justo y bueno. Un Ente Supremo con psicología humana, que piensa, siente, obra de manera muy similar a la de este homo sapiens que somos, reciente y pasajero. A eso llamo un “Dios teísta”. Sal de Google. Eso no es Dios.
Algunos lo han venerado como Sol o como Luna, o como Cielo padre o como Tierra madre, otros como un árbol (el Yggdrasil de los mitos nórdicos, por ejemplo) otros como un animal (leopardo, perro, serpiente, pájaro…), o como ser humano, casi siempre masculino, a menudo rey, a veces con pareja femenina. Era Dios lo que querían adorar, pero la forma en la que lo imaginaban no era más que “Dios”: una imagen hecha a imagen de sí mismos. El Maestro Eckhart enseñaba: “Todo lo que haces y piensas sobre Dios es más sobre ti que sobre Él”. Déjalo, pues. Vayamos más allá, a lo Real.
Vayan los teólogos más allá del teísmo y del ateísmo, siguiendo la estela de los místicos de todos los tiempos y de algunos grandes teólogos de la primera mitad del siglo XX, como Tillich y Bonhöffer, a los que casi nadie siguió lamentablemente, y por eso se encuentra la teología –lenguaje sobre Dios– en el impasse en el que se encuentra. Hablen de Dios los teólogos de hoy como pide nuestro tiempo: los jóvenes y los mayores, la ciencia, la filosofía y la mística. Dejen de defender la existencia de “Dios” sin antes decirnos qué entienden por “Dios” de una manera creíble para hoy. Un “Dios” que necesita defensa no existe: es simplemente un esquema mental, una forma de entendernos, o de defendernos, de darnos la razón.
Vayan los ateos más allá del ateísmo, como Albert Camus que escribió de sí: “No creo en Dios, pero no por ello son un ateo”. Es decir, un ateo que se queda en la pura negación del teísmo. Tienen razón los ateos al negar a “Dios”, pero no al pensar que no haya más Dios que el que ellos niegan. No, no hace falta “Dios” para explicar el Big-Bang o las orquídeas o las golondrinas que ya migraron; un “Dios” que fuera causa productiva y explicativa de una realidad física (onda, partícula, materia, energía) o del universo entero, sería un ente distinto y separado de este universo, y en algún “punto” o en algún “momento” debería ser una causa física, y por lo tanto una parte del mundo, y por ende objeto de estudio para la ciencia. Tiene razón en eso, señor Hawking, pero eso ya está muy repetido. Vayamos más más allá de todo dogmatismo teísta o ateo, al Misterio de lo que es, de lo que somos.
Lo Real es. Y es maravilloso, a la vez que dramático y sufriente. Míralo más de cerca. Hace unos días, científicos de la Universidad Técnica de Delft (Holanda) han realizado un experimento que vuelve a demostrar lo que ya se conocía desde 1970: las partículas atómicas existen fuera de nuestro espacio y tiempo, es como si fueran “ubicas” y “eternas”, y, aun estando muy separadas, están entrelazadas. Ese universo cuántico, como el canto del petirrojo, es una imagen del Misterio de la Realidad que podemos llamar “Dios”. Cuando digo “Dios”, quiero decir la Hondura, la Fuente del ser, la Energía Originaria más allá o más acá de la separación entre espíritu y materia. La Creatividad inagotable. La Bondad creativa. La pura relación sin separación alguna. ¿Persona? No en el sentido dualista en que nosotros nos experimentamos: una persona frente a otra, una relación entre dos. Dios es el Tú Absoluto sin dos, el Yo Infinito sin ego, la pura Conciencia sin división entre sujeto y objeto. La Comunión eterna de la diversidad universal.

Pero ¿no me contradigo al hablar de Dios en esos términos? ¿No vuelvo de esta forma a definir a Dios? No quiero definirlo, pero me contradigo, lo reconozco, pues Dios es lo Indecible y yo trato de decirlo de alguna forma, y en la medida en que hablo lo “defino” aun sin quererlo. Pero no sé cómo salir de esta contradicción consustancial de nuestra conciencia y de nuestra palabra. Lo dicho por la palabra se nutre de lo no dicho, de lo que siempre queda por decir, de lo que nunca logramos decir. ¿Cómo hablar enteramente si solo decimos lo que podemos decir? ¿Cómo hablar de la parte que vemos –esa nube, esa luz, esa sombra, ese riachuelo tranquilo– sin hablar del Todo invisible e inefable? Si lo defines, ya no es Dios, pero si no hablas de Dios (con ese nombre o sin él), no puedes hablar bien de nada, pues nada está encerrado en los límites de la apariencia y de la palabra.

Cuando hablas de verdad, hablas de Dios, o habla Dios en el fondo de la Realidad infinita y de tu pobre palabra, también infinita. Cuando hablas de verdad, es como si rezaras: como si rezara tu ser profundo, como si te rezara Dios con infinita ternura y confianza desde el fondo de tu ser, desde el fondo de todo lo que es, de todos los seres que gozan y sufren. Pues Dios es como el Fondo infinito de ternura allí donde hay rencor, de paz donde hay guerra, de vida donde hay muerte. Dios es tu ser verdadero, lo que puedes llegar a ser, lo que puedes hacer que sea. Y no tengas miedo a dejar de ser. Mira cómo cae apaciblemente la hoja en otoño. Hacia la Gran Comunión.

Fuente: Atrio

lunes, 8 de junio de 2015

¿Y a Dios quién lo creó?


Jose Arregi

Hace poco todavía, padres y educadores enseñaban a los niños que “el mundo ha sido creado por Dios”. Sucedía a menudo que un niño o una niña preguntaba entonces: “¿Y a Dios quién lo creó?”. “A Dios no lo ha creado nadie –respondía el adulto –. Dios es eterno”. Es posible que el niño quedara entonces callado, pero ¿quedaba satisfecho el interés de su pregunta? Seguro que no. Apostaría que tampoco el adulto quedaba tranquilo con lo dicho, por mucha seguridad que fingiera.

Con un poco más de malicia, el niño o la niña hubiera podido seguir interrogando: “Si existe un Dios no creado por nadie, ¿por qué no podría existir un mundo no creado por nadie, un mundo infinito y eterno, como Dios?”. Ahí el adulto se las vería y desearía para responder. Los niños carecen de respuestas a sus numerosas preguntas, pero si nuestras respuestas no les valen, es que tampoco nos valen a nosotros.

Seamos honestos con el niño que somos, y con las preguntas que llevamos, más sabias que las respuestas que fabricamos tan afanosamente. Preguntemos, como los niños: “¿Quién creó al ‘Dios creador’?”. No es una cuestión tan insensata como puede parecer. Hoy conocemos justamente la respuesta, si bien ésta no resuelve el enigma de la Realidad, sino que más bien lo ahonda. Sí, sabemos con bastante exactitud cuándo nacieron los “dioses” en plural (politeísmo) y “Dios” en singular (monoteísmo). Y sabemos quién los hizo.

Los primeros panteones divinos fueron imaginados y esculpidos, descritos y venerados en Mesopotamia (actual Irak) hace 5000 años. Y la figura del “Dios único” fue concebida y adorada en Persia (actual Irán) hace 3000 años por el admirable profeta, filósofo y maestro ético Zoroastro. Se llamaba Ahura Mazda, el Señor Sabio, y con ese nombre es adorado hoy todavía, y el fuego es su imagen. Quinientos años más tarde, una divinidad particular hebrea llamada Yahveh revistió –“Dios” también evoluciona– esa figura de divinidad única que hemos heredado los cristianos y también los musulmanes: un “Dios” creador que elige y rechaza, que se revela y oculta, que perdona y castiga, que salva en el cielo y condena al infierno. (Abrahán no cuenta, pues, aparte de que su historicidad se pierde en una espesa nebulosa, los relatos bíblicos que se refieren a él y al supuesto culto que profesaba a una única divinidad –sin negar, por cierto, que existieran otras– fueron escritos más de mil años. Tampoco cuenta el faraón egipcio Amenofis IV, llamado Akenatón, 500 años antes de Zoroastro, pues su intento político de imponer el monoteísmo no fue aceptado ni secundado).

Ésa es, pues, 14 líneas, la historia del “dios creado” en los últimos cinco mil años. ¿Dios creado? Sin duda. Y que nadie se escandalice, pues todos los grandes teólogos de todas las religiones así lo han enseñado durante estos milenios. Todo lo que pensamos e imaginamos como Dios no es más que “dios”: constructo cultural humano. Pero las preguntas no se agotan. ¿Y si “Dios” no fuera más que un nombre –un simple nombre común, creado– de la Creatividad increada, una torpe manera de decir el Infinito o el Misterio Innombrable, el Aliento o el Espíritu que crea y mueve todo, el Ser y el poder ser de cuanto es, el Presente o el Silencio, la Fuerza y la Mansedumbre, el Poder y la Ternura, el poder de la ternura?

¿Y este mundo que vemos? Los niños de hoy, en cuanto empiezan a formular preguntas, aprenden que este mundo surgió del Big Bang, y me parece muy bien. Es necesario que lo sepan, pues está (prácticamente) demostrado, y los ecos de aquella formidable explosión –primera o enésima, nadie lo sabe– son todavía perceptibles. Lo que me extrañaría sería que con esa explicación, tan útil y necesaria, los niños y los jóvenes de hoy se quedaran satisfechos del todo; que con la teoría del Big Bang, tan genial y bella, se agotaran las preguntas. Cuando se agotan las preguntas se pierde el camino de la sabiduría. En cuanto a las respuestas, solo son buenas aquellas que suscitan nuevas preguntas.

Con el Big Bang no se agotan las preguntas. Por ejemplo: ¿Por qué se produjo el Big Bang que dio lugar a nuestro mundo? ¿Qué había cuando aún no había antes y después, aquí o allá, espacio y tiempo? Son preguntas apasionantes, pero no busques en “Dios” la respuesta a ésas ni a ninguna otra pregunta. Un “Dios” que sirviera para responder a alguna pregunta será siempre creación nuestra, como las esculturas de Nippur. En cuanto nombrado y representado, “Dios”, todo “dios” es un “dios” creado por los seres humanos: por su ADN y sus neuronas, su pensamiento y su imaginación, sus miedos y deseos, por lo mejor y lo peor de este pobre y admirable ser humano que somos. Todo “dios” dicho e imaginado, el “dios” de todos los “textos sagrados”, de todos los dogmas, de todas las liturgias, es una criatura humana, al igual que la danza o la música, la pintura o el poema. Solo valen si inspiran. Solo valen si nos arrebatan al más allá sin más allá, a lo Indecible en la palabra, a lo inimaginable en la imagen.

No busques en Dios ninguna respuesta a ningún cómo y por qué. Mira el mundo. Escucha el eco del Big Bang en las galaxias y en los bosones. Escucha ese pájaro. Mira cómo crecen el trigo y el pan. Mira esa pareja, la ternura creciendo en sus ojos y en sus manos. El mundo existe. La Vida existe. La belleza y la Ternura existen. He ahí Dios, el Aliento increado creándose sin cesar en todo, también en nosotros, para que la bondad sea más fuerte.

Cuando alguien se abre como un niño a todas las grandes preguntas y no pretende poseer ninguna respuesta, pero guarda su alma en paz y en paz se dedica a aliviar el dolor de su prójimo y a curar las heridas del mundo, entonces hace presente y visible a Dios en el mundo. No el “dios” de nuestras imágenes y palabras, sino el Misterio que es en todo, más allá de toda filosofía y de toda religión. El Misterio creador, restaurador, consolador en el que vivimos, nos movemos y somos. Y que hacemos ser. Pues el respiro solo existe cuando los seres respiran.

José Arregi

Fuente: Atrio

jueves, 26 de junio de 2014

Religión universal, religión particular.


Jose Arregi

Toda religión aspira a ser universal, a expresar un mensaje liberador que transciende la etnia y la lengua, el tiempo y la cultura. La religión supera fronteras. Pero toda religión está limitada por una cultura particular y, quiera que no, con sus creencias, ritos y normas traza fronteras: ortodoxos y herejes, creyentes e increyentes.

Supera fronteras y traza fronteras. Es la paradoja del ser humano cada vez que expresa el Infinito en lo finito. Así sucede en el arte, la ética, la religión… Tomemos, por ejemplo, la belleza. ¿Qué es la belleza? Es eso que agrada la vista y el oído, esa armonía profunda que nos conmueve más “adentro” de todos los sentidos, ese horizonte infinito de gracia que nos atrae más allá de todas las formas, ese arcoíris inasible, ese fondo irreductible a todas nuestras percepciones particulares… Nos alcanza a través de las formas, pero nunca la alcanzamos en ellas. ¿Cómo nos arrebataría más allá, si la alcanzáramos?

Lo mismo sucede con eso que llamamos “bondad”: lo gustamos en todos los ojos, las manos, los gestos amables, pero nunca se agota en ellos. ¿Cómo, si no, seguiríamos gustando lo bueno y nos sentiríamos salvados de bondad en bondad?

Y también con la “verdad”, esa llamita de luz que nos guía en la noche, esa llamarada cuyas chispas nos alumbran en las ciencias, las artes, los poemas inspirados. ¿Qué es la verdad? Es esa epifanía, esa revelación del Misterio sagrado del Ser: “Yo soy el que Soy”, dice la Zarza Ardiente del Horeb. El Misterio sagrado del Ser, que no es “fuera” de todas las cosas, pero que es misteriosamente “más” que todas las cosas, “más” que la suma de todas ellas, e infinitamente más que todas las palabras.

Lo mismo pasa con las religiones. Son formas particulares en que el Infinito se nos abre, pero solo a condición de que las formas (ritos, creencias, normas y textos canónicos) no quieran identificarse con el Infinito y retenerlo en sí mismas. El Infinito es la belleza inaprensible, como un arcoíris. Es la bondad incontenible, como el agua entre los dedos; a lo sumo puede ser acogida por un tiempo en el cuenco vacío de la mano o del barro, pero luego también allí desaparece, se vuelve vapor, aire, nube, para seguir derramándose en otras arcillas. Es la verdad indecible, más allá de toda palabra y de toda Escritura por sagrada que sea, más allá de toda creencia y dogma por esencial que parezca, más allá de todo pensamiento y significado: el Infinito transciende todos los significados (¡todos!), como el agua se escurre entre los dedos de un niño, como se va la luz en el cielo de la tarde hacia otros cielos, otras tierras, suavemente.

Todas las religiones son formas particulares, pero están animadas en su raíz originaria por el Infinito universal. O a la inversa. Y su mayor tentación es atrapar el Infinito, encerrarlo en su forma y poseerlo en monopolio. En la medida en que incurre en esa tentación, una religión deja de religar a sus seguidores entre sí y a todos con el Todo, se vuelve secta, oculta el Infinito, ahoga el Aliento, sofoca la Vida. Y en las llamadas religiones monoteístas el peligro es infinitamente mayor, pues ellas –sus jerarquías más bien– fácilmente se consideran a sí mismas mediadoras únicas de un Dios único, de su revelación, su voluntad, su promesa de salvación.

Hoy, cuando cualquier adolescente accede con su móvil a una masa de información jamás sospechada pero también incontrolable, las religiones –paradójicamente– están más tentadas que nunca de absolutizar sus formas particulares. Querrían ofrecer seguridad en un mundo inseguro. Pero de esa manera vuelven el mundo más inseguro y peligroso todavía. Y sucede a menudo que, para difundir como universales y únicas sus opiniones particulares –premodernas–, las jerarquías religiosas utilizan el Ipad, el Smartphone y los medios más modernos, los mismos que nuestros jóvenes posmodernos, saturados de información. Empeño contradictorio y baldío.

Una religión será tanto más consciente de su particularidad histórica y cultural cuanto más animada está por el Infinito, y cuanto más consciente sea de su particularidad, tanto más será testigo del Infinito liberador.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo Noticias)

Para orar


La nueva que llega es buena para todos.
No parar los blancos: para todos los seres humanos.
No para los negros: para todos los seres humanos.
No para los ricos: para todos los seres humanos.
No para los pobres: para todos los seres humanos.
Ya lo sé, odiaréis esto. No para los heterosexuales: para todos los seres humanos.
No para los homosexuales: para todos los seres humanos.
Jesús vino para los iraquíes y los afganos.
Jesús fue enviado para los iraníes y los ucranianos.
¡Todos los seres humanos!
Jesús es el regalo de Dios para los hermanos que están en prisión
y las hermanas en peligro.


(Pastor Jeremiah Wright)

Fuente: Atrio

martes, 15 de octubre de 2013

¿Un Jesús perfecto?


Jose Arregi

En mi reciente artículo “Neuroteología” escribí: “Es más que probable que en la Tierra, dentro de muchos millones de años, vivan seres no humanos mucho más inteligentes o “espirituales” que nosotros (y que Buda o Jesús de Nazaret…)”. Bastantes personas me han expresado su extrañeza o incluso su disgusto por la referencia a Jesús en este paréntesis. Podría ser que a algunos budistas les haya pasado a la inversa, si es que han leído el texto, pero no me consta. Quiero, pues, explicarme sobre este paréntesis para mis hermanos cristianos.

La pregunta es: ¿No puede un cristiano pensar que, dentro de miles o de millones de años, puedan existir en la Tierra –o que existan ya en otros planetas– seres más espirituales que Jesús de Nazaret?

Empezaré con una reflexión previa. La fe no se juega en lo que pensamos o creemos, sino en lo que vivimos. Lo que pensamos o creemos puede sostener y suscitar la vivencia profunda de la fe. Eso en primer lugar. En segundo lugar: las creencias, en cuanto pensamientos, han de ser “razonables” o al menos no ser irracionales. Solo podemos “creer” lo que nos parece razonable o “plausible”. Por eso cambian las creencias según la cultura, la visión del mundo, las ciencias. Una creencia que no fuera razonable o que fuera irracional sería un obstáculo para la vivencia de la fe. En realidad, nadie cree nada si por alguna razón no le parece razonable creerlo. A mí no me parece razonable creer que Jesús fuese hijo de madre virgen, y no lo creo, ni ahí se juega mi fe cristiana (¡solo faltaría!); pero si alguien lo cree, es porque por alguna razón –por ejemplo, porque piensa que es una “verdad revelada por Dios”– le parece razonable creerlo así. Los motivos de razonabilidad o plausibilidad son muy diversos, pero nadie puede creer algo que no le parezca razonable creer. Es así de sencillo.

Igual de sencillo es, y por la misma razón, lo que decía en el paréntesis del artículo: si la evolución de la vida sigue –y es innegable que sigue–, el hombre Jesús no puede ser pensado como la forma acabada de la evolución de la vida en general, ni siquiera de la evolución humana en particular. Según eso, no sería razonable pensar en Jesús como un ser perfecto y acabado, ni siquiera espiritualmente. Pensar a Jesús como un hombre perfecto estaría en contradicción con el dato de la evolución y, en última instancia, con la creencia de la encarnación. Vayamos por partes.

Supongo que nadie imagina a Jesús como un hombre físicamente perfecto. Un cuerpo perfecto no existe. Un Jesús físicamente perfecto no sería humano. Supongo que nadie piensa tampoco que Jesús fue intelectualmente insuperable, ni aun en el caso improbable de que hubiera sido más inteligente que Einstein. La inteligencia depende de la educación y del ejercicio personal, pero en primer lugar de la capacidad neuronal. Si un día, dentro de miles o de millones de años –por mutación natural o por tecnología genética o neuronal– aparece alguna especie (tal vez exista ya en el universo) con una capacidad cerebral superior alHomo Sapiens actual, esa especie podrá ser más inteligente que Jesús, Homo Sapiens judío de hace dos mil años.

¿Y por qué ese futuro e hipotético ser no podría poseer una psicología más dotada, lograda o equilibrada que Jesús? No conocemos mucho sobre la psicología de Jesús, aunque por lo que sabemos ya nos gustaría tener su emotividad y equilibrio, su fuerza y ternura; ya nos gustaría ser tan buenos y felices como él. Con todo, ¿sería razonable pensar que su psicología fue perfectamente equilibrada, que jamás sintió angustia ni sentimiento negativo alguno para consigo o los demás, como nos pasa a todos? Si padeces en tu ser, que seguro que padeces, esas angustias y sentimientos negativos, no te preocupes: seguro que Jesús también las padeció. Pero procuró seguir sobreponiéndose cada día y confiando a pesar de todo. Ahí está la grandeza; ése es el camino. Yo espero, sin embargo, que alguna vez aparecerá o haremos que aparezca un cerebro más logrado que el de esta especie que somos (y que fue Jesús), esta especie que sigue funcionando todavía en buena parte según los mecanismos “primitivos” del cerebro reptil, y que sigue sintiendo todavía los miedos, las rabias y las tristezas propias del viejo cerebro mamífero. Espero que algún día pueblen nuestro querido planeta unos seres más libres de miedos, que se sientan más indemnes y salvados, que sean más felices cuidándose unos a otros más que nosotros. Jesús también lo esperaba –en primer lugar para sí–, aunque él lo llamaba “reino de Dios” y aunque él no entendía el mundo según un paradigma evolutivo como lo entendemos nosotros.

Si pensamos la realidad en un paradigma evolutivo, es lógico pensar la propia espiritualidad –la nuestra y la de Jesús– en ese mismo paradigma. La realización espiritual es una dimensión más compleja y profunda que la salud física o que incluso el equilibrio psicológico. Es la paz y la armonía con el Sí mismo, con el Mundo, con el Otro y con el Todo. Y esa espiritualidad, como todo cuanto es, depende de todo, emerge de todo. Depende y emerge también, y no en pequeña medida, de los genes y de las neuronas. Por eso digo: ya quisiera yo llegar a la paz y la armonía a las que llegó Jesús, incluso en Getsemaní, incluso en la cruz, pero no tengo por qué pensar que en su ser individual e histórico llegase a la realización plena de la paz, del descanso, del shalom, de la espiritualidad, aunque sí creo –y me parece razonable o al menos no me parece irracional “creer”– que en su muerte llegó a la Vida plena o a Dios. Espero que alguna vez haya seres en esta Tierra que puedan alcanzar una armonía mayor de la vida particular con la Vida universal, sin tanto esfuerzo ni tanto Getsemaní. También Jesús lo esperó, en primer lugar para sí, aunque quizás alguna vez también desesperó.

Jesús fue un individuo admirable de esta nuestra pobre y maravillosa especie humana, especie maravillosa pero aún incipiente, en evolución hacia una forma todavía desconocida. Jesús fue y sigue siendo profeta, sacramento, símbolo o encarnación de la Compasión liberadora y creadora. Pero en su vida y en su historia particular, en su experiencia y en su conciencia individual, no pudo llegar sino hasta donde su constitución biológica (su ADN y su 1.400 cm3 de cerebro) y toda su cultura le permitieron llegar.

Por eso lo quiero más, y lo confieso testigo y sacramento, admirable en su finitud y particularidad, del Espíritu que goza y gime en la creación entera hasta que Dios sea todo en todas las cosas.

Para orar

Bendito de Dios
en quien el Padre se complace,
tú viniste
a bautizar al ser humano en tu muerte.
Y el Jordán bañó tu cuerpo.
Ven, Señor Jesús,
justicia del Reino.
Que cantemos por tu retorno.

Bendito sea en nombre del Señor
El que viene a salvar a su pueblo!

Roca nueva
de donde brota el Río de la vida,
tú viniste
a saciar a los que creen en ti,
y dejaste abrir tu corazón.
Ven, Señor Jesús,
fuente inagotable.
Que cantemos por tu retorno.

Bendito sea en nombre del Señor
El que viene a salvar a su pueblo!

(Comisión cisterciense francófona)

Fuente: Atrio

viernes, 30 de agosto de 2013

El movimiento de Jesús.


Jose Arregi

Evidentemente, Jesús no “instituyó” ninguna Iglesia, ninguna “estructura eclesial” propiamente dicha; una doctrina, una liturgia, un gobierno… Jesús puso en marcha un movimiento, que a través de muchas circunstancias y vicisitudes históricas desembocará en iglesias organizadas, y mucho más tarde en una Iglesia centralizada.


Jesús empezó quizá actuando solo, pero pronto reunió un grupo de discípulos en torno a sí. Así lo habían hecho también Buda, Confucio, Sócrates. Y Juan Bautista, de quien Jesús fue discípulo durante algún tiempo.

Un grupo de hombres y de mujeres acompaña a Jesús a todas partes haciendo con él vida itinerante; pero también encontramos un grupo más amplio de personas que, viviendo en sus casas y siguiendo en sus tareas, son sin embargo discípulos de Jesús, le apoyan, lo reciben, le “siguen”. Todos ellos forman el “movimiento de Jesús”.

También nosotros nos sentimos y queremos ser discípulos de Jesús. El reino de Dios nos reúne. El reino nos necesita en grupo, pero también nosotros necesitamos sentirnos acompañados para poder ser profetas del reino.

Nos empuja su movimiento, y queremos empujarlo. Nos mueve la alegría a menudo tan oculta de la misma buena noticia y la esperanza difícil del reino de Dios. Somos Iglesia de Jesús. Pero¿cómo es la “Iglesia” que Jesús quiso?

En el origen del discípulo y de la Iglesia está la conciencia de haber sido llamado. La voluntad y la decisión de uno son imprescindibles, pero son despertadas por la llamada de otro; por la llamada de Jesús y, en último término, por la llamada de Dios. Eso es lo que significa originariamente el término “Iglesia” (Ekklesia) “comunidad de llamados”.

La llamada de Jesús se presenta de diversas maneras en los evangelios, y es normal, pues el Espíritu actualiza la llamada de Dios de modos muy diversos, según el temperamento y las circunstancias de cada persona.

A veces, son los mismos discípulos los que se acercan a Jesús, porque quieren seguirle; Yendo de camino, alguien le dijo: “Te seguiré a donde vayas” (Lc 9,57).

Otras veces, es Jesús quien llama directamente, con autoridad; “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,6); “Sígueme” (Mc 2,14).

Es sorprendente. No eran los escribas quienes elegían a sus discípulos, sino a la inversa; eran los discípulos los que solían elegir a sus maestros. En el evangelio no sucede así; en muchos pasajes, es Jesús el que llama a sus discípulos, y lo hace sin rodeos, sin dar explicaciones, sin hacer bellas promesas. Llama directamente, con concisión. Ven sígueme. Todo está en juego, y todo merece la pena, pero no es posible saberlo sin seguirle (cf. Jn 1,39).

Existen también otras diferencias llamativas entre los discípulos de los escribas y los de Jesús; los discípulos de los escribas solían tener con sus maestros una relación temporal, mientras que los discípulos de Jesús tienen con él una relación permanente; los escribas no admitían mujeres discípulas, pero Jesús sí.

Y otras veces, por fin, la invitación a seguir a Jesús llega al discípulo por mediación de otro; “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), dice Andrés a su hermano Pedro. La llamada llega a Pedro por medio de Andrés, y a Natanael por medio de Felipe. Y así se prolonga y se extiende la llamada de Jesús que constituye la Iglesia.

El ser humano es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro. Y en la palabra y en la llamada que nos vienen de otro, vamos percibiendo que el misterio de Dios, totalmente otro y absolutamente íntimo, nos envuelve y nos funda.

En la llamada de Jesús, los discípulos de Jesús han reconocido la llamada de su propio interior, la llamada del pueblo sufriente, la llamada de los tiempos difíciles y, en última instancia, la llamada del Dios grande y cercano que les invita a la fiesta y a la lucha por el reino.

Siempre es Dios el que llama, pero Dios llama siempre por mediaciones: a través del propio deseo y de las propias facultades, a través de la profecía y la compañía de una persona concreta, a través del grito y la necesidad de los sufrientes…

Los discípulos, movidos por la presencia y la promesa de Dios, se convierten en “pescadores de hombres”, es decir, en liberadores de hombres y mujeres, en la esperanza del reino de Dios, en la lucha por el reino de Dios.

Fuente: Atrio

jueves, 27 de septiembre de 2012

Jesús en nuestra crisis.



Jose Arregi, 27-Septiembre-2012


Miro a Jesús de Nazaret en medio de esta crisis que no cesa de agravarse. No porque piense que él –y mucho menos la fe cristiana– sea la única alternativa, ni siquiera necesariamente la mejor. Simplemente, cada uno tiene sus raíces, y las mías están en Jesús, a él le quiero y le sigo. Pero las raíces nos conducen a lo más profundo, al agua y el humus que a todos nos nutren, al Fondo sin nombre, a la Misericordia sin fondo, donde somos Uno.

Miro, pues, a Jesús, en esta crisis global que padecemos, y en todas las crisis profundas que padece nuestro pobre corazón. En él busco más que en ningún otro aquel “gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. En él exploro chispitas de luz que permiten vislumbrar otro mundo posible y dar pasitos hacia él.

Miro a Jesús encarnado en cada uno de los rostros que lloran, en cada una de las víctimas que padecen el paro y la pobreza creciente, pues él dijo una vez: “Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeños, a mí me lo hicisteis”. Todo gobernante de este país o de cualquiera que se llame cristiano debiera preguntarse: “¿Le negaría yo atención sanitaria a un inmigrante porque no tiene papeles, si fuera Jesús? ¿Le mandaría al paro con toda su familia porque el mercado financiero lo exige, si fuera Jesús?”. Y los grandes señores de la especulación financiera –que son, por mucho que digan, los mayores responsables de los peores males y que no sé cómo pueden llamarse cristianos–, ¿se atreverían a hundir en la miseria, con sus políticas de precios y sus transacciones de capitales, a casi todos los habitantes de los países más pobres y a las especies de seres vivientes en peligro de extinción, si fueran Jesús? Pues lo son. Cada uno son Jesús. “A mí me lo hicisteis. A Dios se lo hicisteis”. Y no sé cómo el papa y los obispos no se lo recuerdan a voz en grito todos los días a todas horas.

Miro a Jesús y le oigo. Oigo de sus labios aquellas palabras de luz y de consuelo, de gracia y liberación, que proclamó en Galilea hace dos mil años y que siguen teniendo toda su actualidad. Son palabras certeras que desenmascaran la raíz primera de esta crisis planetaria, que es la codicia, y trazan el horizonte de otro mundo posible, realmente fraterno, con otra economía.

¿Qué dijo Jesús? Empezó diciendo lo primero de todo: “Alegraos: el Reino de Dios está cerca”. Eran tiempos de dura crisis política, económica, cultural, religiosa en Galilea y Judea. Y Jesús les dijo: “¡Alegraos!”. ¿Cómo que “alegraos”? Sí, alegraos, porque está cerca el “Reino de Dios”, que es como decir: un mundo justo, bueno y feliz.

¿Qué dijo Jesús a los pobres campesinos, pescadores y artesanos, hundidos en el paro y la miseria? Les dijo: “Dichosos vosotros, los pobres, porque es vuestro el Reino de Dios”, es decir: porque todo va a cambiar, porque dejaréis de sufrir la miseria, y porque está en vuestras manos transformar la situación.

¿Qué dijo Jesús a los que por miedo sufrían –sufrimos–y a los que por miedo hacían –hacemos sufrir–tanto? Les dijo insistiendo una y otra vez: “No temáis”. Mirad las flores del campo y las aves del cielo, cómo son felices con poco. Mirad la semilla poderosa que crece. Es posible. El poder del bien es siempre más grande, a pesar de todo. Vosotros podéis. Dios puede en vosotros.

¿Qué dijo Jesús a los ricos terratenientes, a los ricos del campo y de las ciudades, a los ricos del palacio y del templo? Les dijo severamente: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Y ahí estaba la clave, ahí sigue estando. El Dinero: esa divinidad en cuyo altar se sacrifica la vida, todo lo que haga falta. Pues bien: o la Vida o el Dinero. Decidid si queréis servir a la Vida o a las finanzas, a los Bancos, al Mercado con sus ajustes y crecimientos. Servid a la Vida.

¿Qué dijo Jesús a los unos y a los otros, a los tentados por el desaliento o por la violencia en un mundo inhumano? Les dijo, y ahí se resumió:“Sed compasivos, como vuestro padre del cielo es compasivo”. Sed compasivos como el Misterio del que todo proviene, donde todo se funda. Solo la bondad crea. Solo la compasión cura. Solo la compasión libera. Solo la compasión es verdaderamente subversiva y poderosa.

Son palabras que concuerdan con la enseñanza inspirada de los profetas y profetisas de todas las religiones o de fuera de toda religión. Son palabras que indican el camino para crear un mundo nuevo de las cenizas de este mundo violento.

Para orar. LA VISIÓN

Al mirar con tus ojos
cambia el mundo.

Por la pobreza generosa,
el amor abundante,
el perdón que sana
y la alegría contagiosa.

Por el poder que sirve,
la oración que abre sepulcros,
la humildad que alumbra verdades
y la soberbia ninguneada.

Por los errores que educan,
los aciertos que construyen,los intentos, los esfuerzos,
los proyectos, los anhelos.



Por la fuerza sin armas,
la flaqueza invencible,
el triunfo sin adulación
y el fracaso sin derrota.

Gracias, Señor,
que al mirar con ojos limpios
lo muestras todo nuevo.

(José María Olaizola, SJ)

Fuente: Atrio

viernes, 11 de mayo de 2012

El fundamentalismo religioso.


Me han asaltado muchas dudas sobre cómo abordar este tema con sus numerosas facetas y perfiles. He optado por no referirme a los aspectos históricos del fundamentalismo religioso (génesis, evolución), a sus factores desencadenantes (psicológicos, políticos, económicos, culturales), a la enorme diversidad de sus manifestaciones (en las diferentes religiones y en el interior de cada religión).
¿Qué queda entonces? Aun a riesgo de situarme en un plano demasiado desencarnado, formal y excesivamente genérico, he optado por algo muy simple, incluso simplista: señalar algunos rasgos básicos de los diferentes fundamentalismos religiosos, pero indicando cada vez los resortes decisivos que las propias religiones poseen en sus fuentes para superar la tentación fundamentalista.
Quiero destacar que ninguna religión carece de antídotos propios para sus patologías fundamentalistas, mortales para la religión.
He optado también por no ensañarme en la descripción de las miserias, que seguramente son nuestras propias miserias, son ciertamente las mías. No sería coherente ser fundamentalistas contra el fundamentalismo.
No se trata con ello de edulcorar la gravedad del fenómeno, empezando por el catolicismo. Está en juego el futuro de la religión. Y no es eso lo grave. Está en juego el futuro de la comunión en el planeta, este querido y frágil planeta que somos, que habitamos, que queremos seguir habitando juntos.
El término “fundamentalismo” propiamente dicho, se remonta como se sabe, a 1909 en EEUU, cuando la Iglesia Presbiteriana del Norte, en reacción a la teología liberal desarrollada en la Alemania protestante durante el siglo XIX, declaró como “fundamentales” (Fundamentals), y por lo tanto intocables, estos cinco principios:
la inerrancia de la Biblia,
el nacimiento virginal de Jesús,
su poder de hacer milagros,
su muerte expiatoria en la cruz a causa de nuestros pecados
su resurrección física.
Ello dio lugar a la creación en 1919 de la World’s Christian Fundamentals Association. Se llamaron a sí mismos “fundamentalistas”, lo cual indica que esta denominación no tenía para ellos ninguna connotación peyorativa, sino al muy contrario.
Los tiempos han cambiado y hoy nadie dice “Yo soy fundamentalista”, aunque haberlos haylos. Cien años después de aquella acta de nacimiento del fundamentalismo protestante norteamericano, el catolicismo oficial de hoy sigue defendiendo sus mismos principios en los mismos términos.
[Muchos advierten, seguramente con razón, que habría que ser más rigurosos en el lenguaje y reservar el concepto "fundamentalismo" para su significado originario, ligado al protestantismo. El fenómeno análogo dentro del catolicismo habría que denominarlo más propiamente "integrismo". El fundamentalismo protestante apela a la Biblia absolutizada, mientras que el integrismo católico se aferra a la tradición absolutizada. Así es, pero el uso hace al lenguaje, y el término "fundamentalismo" está siendo masivamente utilizado para designar el integrismo católico, sino también toda clase de manifestaciones similares en otras religiones, movimientos e ideologías. De modo que, para simplificar, utilizaré el término "fundamentalismo" en este sentido general].
El fundamentalismo no es en modo alguno un fenómeno exclusivamente cristiano.
Hindúes radicales queman mezquitas en la India;
budistas extremistas atacan a cristianos en Sri Lanka;
judíos ortodoxos reivindican toda la tierra del “Gran Israel”, “desde Dan hasta Bersheba”, como tierra regalada por Dios a Israel a expensas de los cananeos de entonces y de los palestinos de hoy;
musulmanes islamistas pretenden imponer la sharia como constitución allí donde pueden.
Y no solamente existen fundamentalismos religiosos. Padecemos también un “fundamentalismo político”, un “fundamentalismo económico”, un “fundamentalismo neoliberal”.
La palabra “tiene una presencia omnímoda en todos los debates, cualquiera que fuere el tema” (J.J. Tamayo, Fundamentalismo y diálogo entre religiones, 74).
“El Fundamentalismo es el clima ambiental de la época”, escribe Mardones; “recorre la sociedad y la cultura, aunque tenga un aposento especial en la religión” (10 Palabras clave sobre Fundamentalismos, 9.10).
Es un tiempo de sensibilidad fundamentalista, afirmaba René Girard en 1997. Y Samuel Huntington, el famoso profesor del cambio social de Harvard, defiende la tesis de que el fundamentalismo es la religiosidad adecuada a la modernidad tardía en que vivimos.
Así se entiende la alianza moderna, puesta en marcha a finales de los años 70, entre el fundamentalismo religioso (judío y cristiano en este caso) con el fundamentalismo político-económico de corte neoliberal; entre el conservadurismo político y el conservadurismo religioso.
Y no hay que ir muy lejos para verlo, aunque la cosa empezó en los EEUU de Ronald Reagan, apoyado por el Reino Unido de Margaret Thatcher.
Los valores neoliberales (tradición, orden, trabajo, ahorro, familia) y los valores supuestamente religiosos (fidelidad acrítica a la tradición, obediencia sumisa a la jerarquía, centralidad obsesiva de la moral sexual y familiar tradicional) se dieron la mano, y siguen de la mano.
Pero no incidiré en todos esos aspectos tan importantes. Me centraré, como he indicado, en algunos rasgos básicos del fundamentalismo religioso, pero poniendo especial énfasis en los antídotos que los propias religiones disponen en sus textos y tradiciones fundantes.
Señalaré siete rasgos del fundamentalismo y sus correspondientes antídotos religiosos.
Y una limitación más de las páginas que siguen: en ellas me referiré casi exclusivamente a las religiones de nuestra tradición abrahámica (el judaísmo, el cristianismo, el Islam), privilegiando además claramente las referencias judías.

jueves, 26 de abril de 2012

Esperanza ante la crisis.


Jose Arregi, 25-Abril-2012


Eutsi berrituz, movimiento renovador de cristianas y cristianos de Gipuzkoa, nos convoca a una mañana de reflexión y oración para el próximo sábado 28 de abril en el Colegio Santa Teresa. “La esperanza nos sostiene en la crisis”, reza el lema de la jornada.

La crisis. El panorama es desolador: espantosas cifras de paro, recesión económica, préstamos que solo sirven para pagar intereses de préstamos anteriores, espiral del desastre. Dramas personales, dramas familiares, dramas de pueblos y de estados enteros. Bajan los salarios, pero suben los precios. Se abarata el despido, pero no se crean empleos. Quieren activar la economía empobreciendo a la gente. ¿Se ha vuelto loca esta economía?

Crece la desolación. Crecen el miedo y la incertidumbre. Nadie sabe dónde parará todo esto, o tal vez alguien lo sabe y nos oculta, y esto nos asusta más todavía. Nos asusta y nos indigna. El temor es bueno, si no paraliza. Es buena también la indignación, pero no basta. Hemos de pasar del temor y de la indignación al compromiso inteligente y solidario. Y solo la esperanza lo hará posible.

Cuando, ante esta crisis, el aliento se nos corta y el desánimo cunde, es bueno que nos juntemos para recobrar el aliento, para reanimar la esperanza. Para respirar, inspirar, esperar. Sí, “la esperanza nos sostiene en la crisis”. Sin esperanza, no podremos seguir adelante.

La esperanza nada tiene que ver con “esperar que la situación mejore”: esperar sentados. La esperanza tampoco tiene nada que ver con “esperar que Dios vendrá en nuestra ayuda, cuando Él lo quiera”. Dios es el corazón de todas las criaturas amenazadas por la crisis, y necesita ser ayudado. Dios es el ánimo, el alma, el respiro que alienta en todos los seres, y necesita ser liberado. Esperar es hacer nuestro el aliento divino y espirarlo como una brisa, como un viento que transforma el mundo. Ayudaremos a Dios.

Esperar es abrir los ojos y ver la realidad como es, y exigir que nos digan la verdad de esta crisis. Hablan de “ajustes” –divisa sagrada–, pero tienen muy poco de justo. Son puros y duros “recortes”, y hay que preguntarse: ¿quién los impone y para qué? ¿A quién benefician? Seguro que los que imponen recortes no los padecen.

Esperar es abrir los labios y tomar la palabra, y denunciar cuando hace falta. La vida está cada vez más cara, pero vale cada vez menos. ¿Qué vale la vida de un parado, de un desahuciado o de un trabajador que gana 600 euros para la familia? En Grecia se cuentan por millares los hombres y las mujeres que se han suicidado a causa de la crisis, y pronto serán muchos más, mucho más cerca. La Goldman Sachs, el Morgan Stanley, la Deutsche Bank…, la agencia Moody’s y todos los especuladores ¿no son los responsables de tanta muerte?

Esperar es creer que es posible transformar este sistema perverso, y querer transformarlo, movilizarnos coordinadamente para que la economía deje de ser el oficio siniestro de ganar más, y pase a ser el arte de distribuir con justicia los frutos santos de la tierra de todos.

Estamos dispuestos a que nos bajen los salarios y nos suban los impuestos, pero no para que los grandes bancos ganen más todavía. Estamos dispuestos a dar de lo que tenemos, pero no a los que ya tienen demasiado, sino a los que no tienen para vivir. Hagamos como Jesús. O hagamos como Islandia. O como Argentina. La esperanza nos empuja.

Para orar

“DE VUELTA VOY”

Discretamente sordo a los agudos,
nuevas me llegan las vivencias graves:
los cantos de la paz, los llantos mudos,
el vuelo independiente de las aves,

la trama del pecado y su reverso,
la soledad de todos tan cercana,
la síntesis del mundo como un verso,
la voz de Dios más otra y más humana.

Suelta la crin y la ternura suelta,
la libertad por brida entre los dientes,
ya en la recta final, estoy de vuelta
de ciertas cabalgadas impacientes.

No he de colgar la lira ni la espada,
no negaré mi brazo a quien lo quiera,
pero se pone el sol en la calzada
y abro de par en par la antigua espera.

(Pedro Casaldáliga)

Fuente: Atrio

viernes, 23 de marzo de 2012

La iglesia y los dineros.


Jose Arregi

Cuando digo “iglesia”, no me refiero a la “Iglesia” propiamente dicha: la gran comunidad de Jesús, discípulas y discípulos, hermanas y hermanos de Jesús que miran y aman el mundo con los ojos de Jesús, que disfrutan de la Vida y sienten compasión con las entrañas de Jesús. Santa Iglesia de Jesús sin límites de catecismos ni pretensiones de verdad ni monopolios de virtud. No. Cuando aquí digo “iglesia”, me refiero a la institución, la jerarquía, el aparato eclesiástico: “iglesia” con minúscula.


¿Qué le pasa a la iglesia con el dinero? Pues le pasa exactamente lo mismo que nos pasa a casi todos: codicia, avaricia y dependencia. Y, ante todo y sobre todo, adicción al Poder que da el Dinero, poderoso caballero. Pero si es así, y todo indica que es así, está de sobra Jesús, el Evangelio está de más, y harían bien los obispos en apearse de todo ese montaje, o en renunciar a llamarlo “Iglesia” y en dejar de tomar el nombre de Dios en vano. Cuando lo más sagrado se mezcla con los dineros (o con el poder), la religión se convierte en sacrilegio.

No vengo a denunciar la riqueza del clero. El clero no es rico, no lo es al menos por el sueldo que cobra ni por los ahorros de sus cuentas. El clero es más bien pobre, y en general es muy austero (por lo demás, entre los curas que conozco, nadie se hizo cura para “tener un trabajo fijo” –¡qué mal gusto, por Dios, y qué despropósito!– , como dice este año la publicidad del día del Seminario que se celebra mañana, día de San José; un seminario que necesita de tal marketing me parece a mí una mala empresa, además de un muy mal seminario). Hasta los obispos son en general pobres y austeros. Pero el poder, ¡ay el poder…! El hecho es que la iglesia (en minúscula: la institución eclesiástica, incluyendo en ella las numerosas congregaciones y órdenes religiosas) es propietaria de inmensas riquezas, en particular inmuebles. ¿De quién son esas riquezas y para quién? ¿De quién acabarán siendo esas innumerables propiedades de la iglesia: templos, ermitas, casas (parroquiales o no), fincas, parcelas, monasterios, conventos, monumentos, colegios, clínicas, hoteles y casas de espiritualidad (o lo primero bajo nombre de lo segundo)?

La iglesia católica es, como se sabe, una de las mayores propietarias inmobiliarias de este país. En tiempos pasados, y de buena o de mala gana, una sociedad enteramente católica puso todos esos bienes en manos de las instituciones eclesiásticas o religiosas. Sea. Eran otros tiempos. Pero hoy, en una sociedad donde los católicos ya son franca minoría y disminuyen sin cesar, ¿es justo que la iglesia católica siga gozando de tantas propiedades y en condiciones tan ventajosas? No pregunto si esta situación es evangélica, a saber, si responde al Espíritu de Jesús. Huelga la pregunta, de tan evidente que es la respuesta. Pregunto si esta situación es justa, si es éticamente admisible. Me parece que no lo es.

La iglesia católica, como también se sabe, está exenta del impuesto sobre bienes inmuebles (IBI). Justamente, acaba de plantearse en el Congreso español la exigencia de que la iglesia española pague el IBI, como parece que va tener que hacerlo la poderosa iglesia italiana. (Dicho sea de paso: ¡qué casualidad que al Partido Socialista se le haya ocurrido justamente ahora que no gobierna una exigencia que estuvo en su mano imponer a la iglesia pero no lo hizo mientras gobernaba!).

La iglesia institucional, como era de esperar, ha puesto ya el grito en el cielo. Pero no le hemos oído citar al respecto ninguna frase del Evangelio, ningún dicho de Jesús (¿cómo podría hacerlo? En balde buscaría ningún dicho de Jesús en su favor en toda esta cuestión). Se ha limitado, como era también de esperar, a defender sus intereses enmascarados de derechos o incluso de caridad. Vayamos por partes.

Primero: intereses enmascarados de derechos. “La iglesia católica –se nos dice– no goza de ningún privilegio en cuestión de IBI, pues se le aplica la misma ley que rige para los bienes inmuebles de todas las asociaciones sin ánimo de lucro”. Que digan los expertos si es o no es así, pero yo apostaría a que, también en lo que se refiere al Impuesto de Bienes Inmuebles, la iglesia católica goza de muchos privilegios, si la comparamos con otras religiones o asociaciones o fundaciones sin ánimo de lucro. Eso por un lado. En cuanto a que las instituciones católicas posean “sin ánimo de lucro” tantos bienes inmuebles como poseen, ¿qué queréis que os diga? Toda la credulidad del mundo no bastaría para creerlo. ¿Cómo es que la iglesia institucional posee tantas casas, fincas, conventos, monumentos, colegios, clínicas y hoteles sin ánimo alguno de lucro? Misterio. Y si de verdad no tienen ánimo de lucro, ¿cómo es que les cuesta tanto deshacerse de tantos bienes? Otro misterio.

Segundo: intereses enmascarados de altruismo o incluso de caridad. “No hay en el Estado –se apresuran a decir los obispos sacando pecho– ninguna institución que desempeñe una labor social tan altruista y caritativa como la Iglesia. ¿Qué sería, por ejemplo, si los colegios religiosos dejaran de escolarizar a casi la mitad de nuestra sociedad? ¿Y qué sería de tantos y tantos pobres si no existiera Caritas, que depende de la iglesia? Vosotros, socialistas e izquierdosos todos, ¿queréis acaso fiscalizar la caridad, someterla a impuestos?”. Yo también pienso que casi todos los colegios y universidades religiosas desempeñan una magnífica labor educativa –y lo hacen tanto mejor cuanto más libres son de las directrices de la jerarquía eclesiástica–, pero no es la iglesia institucional sino los padres (religiosos o no) de las alumnas/os los que pagan (muy “religiosamente”) de su propio bolsillo la esmerada educación que reciben sus hijas e hijos en esos centros religiosos. Se puede discutir si los centros educativos ahorran algo al Estado, pero en ningún caso el mérito sería de las instituciones religiosas, sino de los sufridos padres que pagan.

En cuanto a Caritas… ¡Qué feo es apelar a Caritas, admirable Caritas, para justificar el injustificable apego de la iglesia al poder, al privilegio y al lucro! ¿No pretenderán hacernos creer que son los obispados, despojándose de sus bienes o vaciando sus tesoros, los que proporcionan a Caritas las enormes sumas de dinero que permiten comer y vivir y tener una casa a tanto necesitado? Caritas sí es evangelio puro. Caritas sí es auténtica Iglesia de Jesús. La historia de la Caridad sí es la verdadera historia de la verdadera Iglesia. Pero el mérito no es de la iglesia con minúscula. Y mencionar a Caritas para justiciar la exención del IBI es puro sofisma. El dinero que gestiona y distribuye Caritas –por cierto, de manera muy fiable– no es dinero de la iglesia, es dinero de la gente, dinero de gente compasiva y generosa, religiosa o no religiosa, afín u hostil a la iglesia católica. Y aunque no existiera Caritas, la Caridad seguiría existiendo, y estoy seguro de que la gente buena seguiría dando de su dinero para la gente necesitada.

Jesús, el profeta manso y resuelto, el que expulsó y seguiría expulsando a los mercaderes del templo, dijo: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Y también dijo: “El que tenga oídos para oír que oiga”.

Para orar. CENTINELA, ¿QUÉ HAY DE LA NOCHE?

Solo una cinta en flor guarda el entorno
de la garita, libres los ejidos.
Tarda la lluvia, pero en el bochorno
ya estalla nuestra sed de redimidos.

Para que Dios se vea Dios ahora,
hay que ir haciendo el Reino, a contramano
de cualquier otro reino; y es la hora
de que este mundo lobo sea humano.

¿Qué fue del latifundio, centinela?
¿Qué hay de la esperanza, compañeros?
La noche de los pobres está en vela

y el Dueño de la tierra ha decretado
abrir todos los surcos y graneros,
porque el eón del lucro ya ha pasado.

(Pedro Casaldáliga)

Fuente: Atrio

sábado, 17 de marzo de 2012

¡Silencio!


por José Arregi



Hace unos días, a la salida de clase en la Universidad de Deusto-Bilbao, me dirigía a mi despacho por un pasillo de aulas. En una de ellas, una profesora daba clase con megafonía. El aula debía de ser espaciosa y el grupo numeroso. En eso, la voz timbrada y fluida de la profesora se interrumpió un instante. Y gritó (sí, gritó): “¡Silencio!”. Me estremeció. Y me dio mucha tristeza, por la profesora, por sus alumnos… y por mí mismo: pronto me esperaban otras dos horas de clase con un grupo numeroso y difícil.
¿Cómo es posible que en una Universidad de prestigio reconocido, en cuyo emblema se lee Sapientia melior auro (“la sabiduría es mejor que el oro”) una profesora tenga que gritar para pedir silencio? ¿Cómo queremos que el oro no nos corrompa a todos, profesores y alumnos, si no aprendemos todos el arte y la sabiduría del silencio? ¿De qué sirve instruir si no aprendemos a callar?
Las ingenierías más modernas del país, y las disciplinas más comerciales del Derecho, y las Business Schools más exitosas del mundo, y todas las filosofías y todas las psicologías, y todas las ciencias de la comunicación y todas las letras de todas las Humanidades, y todas las más sofisticadas innovaciones pedagógicas y las tecnologías más punteras de enseñanza, y todas las guías de aprendizaje y el universo mapa de competencias genéricas y específicas, y todas las plataformas y portafolios y foros y aulas virtuales por útiles y necesarios que resulten, y todas las reformas de Bolonia por razonables que sean, y todas las Q de calidad y de excelencia por merecidas que estén… ¿todo ello para qué? ¿De qué sirven si no aprendemos y enseñamos simplemente a callar? Simplemente callar y escuchar en silencio. Escuchar el silencio sonoro, el silencio sagrado, el silencio revelador.
“La palabra vale dos monedas, el silencio vale dos”, sentenció un rabí judío hace casi dos mil años. Y otro enseñó: “Si el silencio es bueno para el sabio, ¡cuánto más para el necio!”. No me pondré a clasificar sabios y necios, pues esa sutil línea divisoria nos atraviesa a todos por dentro. Mucho menos osaré afirmar –suprema sinrazón– que solo los alumnos deben aprender a callar y que solo los profesores pueden imponer silencio.
Sí, pero… dejadme que os pregunte, queridas alumnas/os: ¿Os parece tolerable que un profesor deba callar o gritar para reclamar silencio? No son retóricas mis preguntas. ¿Cómo haréis un mundo mejor que éste que estáis heredando de nosotros, si no aprendéis el silencio y el respeto, la atención y la deferencia, y también una amable docilidad? ¿Para qué invertir en la Universidad años tan valiosos y costosos de vuestra bella juventud, si no procuramos entre todos hacer de las aulas un lugar de silencio y de humanidad?
Todo está ahí en juego, amigos: vuestros padres, vosotros mismos y los hijos que un día tendréis, y la sanación de este mundo maravilloso y herido. “El silencio es la mejor medicina”, enseñó otro rabí judío, maestro de la palabra.
El silencio es el camino, tanto o más que la palabra. Del Silencio nació la palabra, como el agua nace del fondo oscuro de la fuente, y así ha de seguir siendo. La palabra nos conduce al Silencio, como los riachuelos llevan al fondo del valle, como los ríos llevan al fondo oscuro del océano y de allí a las nubes oscuras que fecundan la Tierra.
Así debiera ser en el aula, amigas/os, aunque la materia os aburra y el profesor sea mediocre. A menudo me entran en clase profundos deseos, que a veces, como sabéis, no contengo, de callar y deciros: “¡Mirad ese árbol! ¡Mirad esta luz! ¡Mirad cómo llueve! ¡Mirad dentro de vosotros mismos, mirad en los ojos los unos de los otros! ¡Escuchad, escuchad este silencio! ¡Respirad, por favor, y escuchad el silencio! O escuchad este cuenco tibetano”.