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viernes, 30 de agosto de 2013

El movimiento de Jesús.


Jose Arregi

Evidentemente, Jesús no “instituyó” ninguna Iglesia, ninguna “estructura eclesial” propiamente dicha; una doctrina, una liturgia, un gobierno… Jesús puso en marcha un movimiento, que a través de muchas circunstancias y vicisitudes históricas desembocará en iglesias organizadas, y mucho más tarde en una Iglesia centralizada.


Jesús empezó quizá actuando solo, pero pronto reunió un grupo de discípulos en torno a sí. Así lo habían hecho también Buda, Confucio, Sócrates. Y Juan Bautista, de quien Jesús fue discípulo durante algún tiempo.

Un grupo de hombres y de mujeres acompaña a Jesús a todas partes haciendo con él vida itinerante; pero también encontramos un grupo más amplio de personas que, viviendo en sus casas y siguiendo en sus tareas, son sin embargo discípulos de Jesús, le apoyan, lo reciben, le “siguen”. Todos ellos forman el “movimiento de Jesús”.

También nosotros nos sentimos y queremos ser discípulos de Jesús. El reino de Dios nos reúne. El reino nos necesita en grupo, pero también nosotros necesitamos sentirnos acompañados para poder ser profetas del reino.

Nos empuja su movimiento, y queremos empujarlo. Nos mueve la alegría a menudo tan oculta de la misma buena noticia y la esperanza difícil del reino de Dios. Somos Iglesia de Jesús. Pero¿cómo es la “Iglesia” que Jesús quiso?

En el origen del discípulo y de la Iglesia está la conciencia de haber sido llamado. La voluntad y la decisión de uno son imprescindibles, pero son despertadas por la llamada de otro; por la llamada de Jesús y, en último término, por la llamada de Dios. Eso es lo que significa originariamente el término “Iglesia” (Ekklesia) “comunidad de llamados”.

La llamada de Jesús se presenta de diversas maneras en los evangelios, y es normal, pues el Espíritu actualiza la llamada de Dios de modos muy diversos, según el temperamento y las circunstancias de cada persona.

A veces, son los mismos discípulos los que se acercan a Jesús, porque quieren seguirle; Yendo de camino, alguien le dijo: “Te seguiré a donde vayas” (Lc 9,57).

Otras veces, es Jesús quien llama directamente, con autoridad; “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,6); “Sígueme” (Mc 2,14).

Es sorprendente. No eran los escribas quienes elegían a sus discípulos, sino a la inversa; eran los discípulos los que solían elegir a sus maestros. En el evangelio no sucede así; en muchos pasajes, es Jesús el que llama a sus discípulos, y lo hace sin rodeos, sin dar explicaciones, sin hacer bellas promesas. Llama directamente, con concisión. Ven sígueme. Todo está en juego, y todo merece la pena, pero no es posible saberlo sin seguirle (cf. Jn 1,39).

Existen también otras diferencias llamativas entre los discípulos de los escribas y los de Jesús; los discípulos de los escribas solían tener con sus maestros una relación temporal, mientras que los discípulos de Jesús tienen con él una relación permanente; los escribas no admitían mujeres discípulas, pero Jesús sí.

Y otras veces, por fin, la invitación a seguir a Jesús llega al discípulo por mediación de otro; “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41), dice Andrés a su hermano Pedro. La llamada llega a Pedro por medio de Andrés, y a Natanael por medio de Felipe. Y así se prolonga y se extiende la llamada de Jesús que constituye la Iglesia.

El ser humano es un ser llamado. Llegamos a ser nosotros mismos gracias a la llamada, la mirada, la palabra de otro. Y en la palabra y en la llamada que nos vienen de otro, vamos percibiendo que el misterio de Dios, totalmente otro y absolutamente íntimo, nos envuelve y nos funda.

En la llamada de Jesús, los discípulos de Jesús han reconocido la llamada de su propio interior, la llamada del pueblo sufriente, la llamada de los tiempos difíciles y, en última instancia, la llamada del Dios grande y cercano que les invita a la fiesta y a la lucha por el reino.

Siempre es Dios el que llama, pero Dios llama siempre por mediaciones: a través del propio deseo y de las propias facultades, a través de la profecía y la compañía de una persona concreta, a través del grito y la necesidad de los sufrientes…

Los discípulos, movidos por la presencia y la promesa de Dios, se convierten en “pescadores de hombres”, es decir, en liberadores de hombres y mujeres, en la esperanza del reino de Dios, en la lucha por el reino de Dios.

Fuente: Atrio

jueves, 17 de noviembre de 2011

En el altar vacío, ¿Ateos o Creyentes?




Jaume Patuel.
Mataró. Cataluña.

El título del presente artículo es la conjunción de los títulos de dos libros que acabo de leer, El Altar Vacío de Antonio Rodríguez Madina y ¿Ateos o Creyentes? Conversaciones entre Gianni Varrimo, Michel Onfray y Paolo Flores d´Arcais.
El primer libro, de forma novelada, es la vida de una persona ordenada de sacerdote, la cual pasa al estado laico o secularizado. Esta  novela es como un paradigma que incluye muchas experiencias de diversas personas en una sola.

Vicisitudes, frustraciones, indecisiones enfrentadas, en primer lugar, con su interior para poder mantener una coherencia donde el Espíritu tiene que estar por encima las leyes, las normas. Y en segundo lugar, frente a la institución donde el derecho canónico, los dogmas pueden, no siempre, ahogar la capacidad de los que gobiernan, los cuales actúan más de acuerdo con aquello que piensan que con lo que sienten y son.

La narración es un buen reflejo de esta contradicción en el interior de la institución. Dicho con otras palabras, refleja la lucha de las personas que han de tomar una decisión vital que les obliga a renunciar a una dimensión por derecho canónico y no por el valor evangélico: el ejercicio de una alteridad en tanto que responsables de una comunidad, pero compartida con otra persona. Esta mentalidad eclesiástica, que no eclesial. hace –y es la realidad que se contempla hoy en día– que los altares se vayan vaciando. De aquí “el altar vacío”,  el título del libro.

Un indicador claro, a mi entender, del final de un paradigma  o modelo religioso. Final de la Edad Media. Sea el estilo románico, la inmanencia. Sea el estilo gótico, la transcendencia. Sean las iglesias actuales donde continúa habiendo rejas aunque invisibles, separando el altar del pueblo; el altar está vacío. Este paradigma ha perdido su valor sagrado y simbólico. Es arte. 

No en vano, se pueden contemplar iglesias recicladas en bibliotecas o museos o mercados o restaurantes o lugares administrativos o cerradas y estropeándose. Además, estas grandes obras de arte, patrimonio del pueblo, piden un mantenimiento y restauración, ya que son monumentos y momentos  de la historia humana.

Expresan la vivencia de la Comunidad. Pero, sea lo que sea, el tiempo lo dirá, el valor simbólico del altar está vigente. Puede haber un altar vacío material, pero el altar interior, vacío o lleno, está en manos de cada persona. Un altar interior, un lugar interior. Esta dimensión interior que todo ser humano tiene. Y la tiene para vivirla. La realización o vivencia total de una persona.

El altar es la dignidad interior de todo ser humano. Altar que ha de ser respetado. Y como dice un pensador, parece que a partir del 1989, al poner en práctica la idea de la globalización, este valor ha estado siempre ignorado. No ha entrado en la consideración globalizante.

Y esta ambivalencia de ser o no ser la dignidad, todavía en el segundo libro.  Un diálogo entre ¿Ateos o creyentes?,  entablado entre tres filósofos: Vattimo, Onfray, D’Arcais. Diálogo que tiene razón de ser en función de un altar vacío de una iglesia, pero no de la vida del ser humano.

A mi entender, también es un diálogo propio de la Edad Media.  Altar lleno, ¿hay Dios? Altar vacío, no hay Dios. El diálogo debería ir en pro de la dignidad humana. Todo ser humano tiene esta dimensión profunda gratuita, pero necesaria.  No es una creencia. Es un dato antrópico. Existencial. Constatado. Las neurociencias dan fe de esta dinámica en el cerebro de toda persona que medita, reza, silencia su mundo interior. No es cuestión de creerlo o no: ateo o creyente. Es ponerse con decisión a vivirlo.

La poesía, la música, el arte pueden dar lugar a muchas discusiones teóricas e incluso científicas. Pero, ¿dejará o no de existir la poesía, el arte o la música?  La realidad estética continuará siendo una dimensión gratuita, pero necesaria para una antropología integral. Hoy en día, en otro modelo o paradigma, la dignidad humana tiene que ser el nuevo altar. En el mundo globalizado el valor más alto o básico para construir algo más que nuevos edificios, dinámicos, de transición, debiera ser el que todo ser humano pueda vivir, ser libre y ser respetado.

Pero, probablemente, o sin tan probablemente, aún estamos en una encrucijada donde cabalgan modelos diferentes y a veces opuestos. Y en nombre del “altar vacío” o de ausencia de diálogos, y de hecho es así, se impone una visión única para la nueva construcción del mundo. Un poder familiar, social, civil, administrativo, político, eclesiástico y no digamos económico (un altar vacío) que no busca la verdad, sino imponer una verdad, la suya, como la sola y única válida. Una época totalmente continuista de de Edad media y moderna (¿ateos o creyentes?)

Por lo tanto, para adentrarnos en un nuevo paradigma humano donde no preocupe ni el altar vacío ni el diálogo racionalista sino encontrar el lugar del nuevo altar y dialogar razonablemente en pro de su libertad existencial: la dignidad humana.

Libertad que está totalmente amenazada por los nuevos poderes tanto en nombre de los sistemas religiosos  como de los cientificotécnicos donde se intenta que todo ser humano sea “un hombre técnico” o “informático”, es decir, mucha información pero sin formación, sin propio pensar.

Muchas creencias cerradas y mucha técnica, pero en ningún momento un hombre de símbolos, pensamiento y lenguaje personales. Una libertad para una creatividad, innovación, nuevos conocimientos que consideren al ser humano en su dignidad, profundidad y singularidad.+ (PE/Atrio)

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Fuente: ECUPRES