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domingo, 4 de junio de 2017

La Iglesia y las CEBs .



Eduardo Hoornaert

Las CEBs (Comunidades Eclesiales de Base) emergen al inicio de la década de 1970. No pretenden ser la única forma legítima de constituirse en Iglesia, sino que expresan las intuiciones fundamentales de la Iglesia de los Pobres del Papa Juan XXIII y de la opción por los pobres de Medellín. Por consiguiente, constituyen un desafío al catolicismo en general en todos los países. La historia ya demostró que ellas son visibles, aunque lidien con contradicciones externas e internas. A lo largo de 40 años de experiencia, las CEBs cargan consigo cuestionamientos más o menos explicitados, más o menos visualizados por las participantes. Cuestionamientos que aguardan una base teórica. En esa línea se sitúa mi colaboración. Presento a continuación algunos comentarios históricos que se relacionan a tres cuestionamientos que, así pienso, están en el horizonte de la reflexión de las CEBs. El primero trata de la comprensión profética de la pobreza; el segundo de la religión y el tercero del sacerdocio.

Cuestionamientos acerca de la comprensión profética de la pobreza.

Por causa de muchos siglos de falta de explicitación del compromiso con los pobres por parte de la oficialidad eclesiástica, el cristianismo fue perdiendo la comprensión bíblica y profética de la pobreza. Eso proviene básicamente del hecho de que los grandes intelectuales del primer milenio de la tradición cristiana, los llamados Padres de la Iglesia, practicaron una “lectura griega” de la Biblia.

La Biblia fue elaborada dentro de un tipo de pensamiento que no es el nuestro, el pensamiento semita. El Nuevo Testamento, a su vez, aunque redactado en griego, sigue fundamentalmente un modo de pensar semita. De ahí la importancia de tener una idea de cómo la cultura semita encara el cuerpo y, por consiguiente, la pobreza.

Los semitas no establecen una distinción entre cuerpo y alma. En la Biblia hebrea, dos términos expresan al ser humano: basar y nefesh. Esos términos forman un binomio, o sea, deben ser entendidos en forma correlativa, ya que expresan dinámicas del ser humano que funcionan en conjunto.

El término basar, que la Setenta (traducción griega) traduce por sarks, la Vulgata (traducción latina) por caro y las lenguas modernas por: carne, chair, flesh, cobre en hebreo una gama de sentidos, como cuerpo, piel, carne para el consumo, consanguinidad, parentesco. Ese término nunca es aplicado a Dios (contrariamente al término nefesh que presento a continuación). Aunque acentúe los aspectos frágiles, provisorios y vulnerables del ser humano, sujeto a dolencias, sufrimientos, infortunios y muerte, el término no tiene un sentido negativo.

El término nefesh posee igualmente una amplia gama de significados: vida, respiración, perfume, olor, deseo, fuerza, vitalidad. Expresa el elemento dinámico de la persona humana. Puede significar garganta (órgano de hambre y sed), canal de respiración, fuerza de vida (cuando Raquel muere, su nefesh sale de ella: Gn.36,18), la respiración difícil de la mujer en trabajos de parto (Jr.4,31), el deseo de comida y bebida, el deseo sexual. Hambre, sed, sufrimiento, deseo (inclusive sexual), respiración, alimentación, todo es atribuido a nefesh. La mejor traducción de ese término tal sea “vida” y, en la descripción de la relación con Dios, “deseo”.

El problema que nos ocupa aquí reside en el hecho de que la Setenta traduce el término nefesh por “psique”, la Vulgata por “alma” y las lenguas modernas por: alma, âme, soul, seele, y que en el recorrido de esas traducciones consecutivas, principalmente a partir del siglo III d.C., el término psique pasa a ganar un significado derivado de la filosofía neoplatónica. El nefesh desaparece del horizonte y la psique platónica entra y ocupa el centro de la escena, donde permanece por largos siglos. Hoy lo que entendemos por alma pasa lejos del sentido originario de nefesh. Cuando la Setenta traduce 754 veces nefesh por psique, eso deorienta a comentaristas menos avisados y piensan en la oposición entre espiritualidad y materialidad, cuerpo y alma; o sea, practican una lectura griega (léase platónica) de la Biblia. Traducir nefesh por alma, âme, soul, seele, sin el debido cuidado, es leer la frase bíblica en un sentido equivocado. Lo importante para quien pretende leer la Biblia correctamente hoy día, consiste en restituir al término “alma” el contenido corporal que tiene en los escritos bíblicos.

¿Cómo la lectura griega de la Biblia llegó a penetrar en las reflexiones de los Padres de la Iglesia? 

Históricamente la cuestión se dio de la forma siguiente. En el transcurso del siglo III, la sociedad romana intelectualizada por medio de Plotino se adhirió macizamente a la antropología de Paltón, basada en la idea de una distinción entre cuerpo (soma) y alma (psique), materia y espíritu. Los pocos intelectuales cristianos (los Padre de la Iglesia), deseosos de acompañar la evolución intelectual de su tiempo, pasan a seguir la filosofía neoplatónica sobre el cuerpo, lo que establece una confusión intelectual de larga duración en la tradición de Jesús. En los escritos de esos Padres aparecen temas como: abyección de la carne (léase: el abandono de cuestiones sociales), elevación del espíritu, comunicación con el cielo, o simplemente espiritualidad en oposición a materialidad. Se devalúa el universo de los cinco sentidos del cuerpo, y se habla de mortificación de los sentidos y de desprecio del mundo. Ese enfoque incide directamente en la evaluación de la pobreza en la literatura patrística. Podemos decir que hay una espiritualización del tema de la pobreza que da como resultado el ocultamiento de las dimensiones económicas, sociales y políticas de la pobreza.
El tema de la opción por lo pobres proclamado en Medellín lleva al redescubrimiento del sentido bíblico de la pobreza, superando la lectura griega. La lectura bíblica de la pobreza significa la vuelta a los profetas bíblicos que declaran que el cuerpo pobre en sí (sin consideraciones morales) es un escándalo para Dios, una situación intolerable. Gustavo Gutiérrez, en su libro Teología de la Liberación, sigue dos líneas de pensamiento bíblico acerca de la pobreza: 1. La pobreza como estado escandaloso; 2. La pobreza como infancia espiritual.

Primer punto: La pobreza como estado escandaloso.

Después de analizar brevemente los diversos términos hebreos que designan al pobre (rash, ebion, dal, anaw), Gutiérrez pasa al término grito “ptôchos”, que se encuentra 34 veces en el Nuevo testamento. El pobre tiene miedo a aparecer, anda en los caminos mendigando y se oculta, al lado del ciego, mutilado, leproso, enfermo, mendigo, débil, encorvado y humillado. El hombre del campo (àmha `aretz`) es pobre, pues vive explotado por los dueños de las tierras. El libro de Job describe a ese pobre en Job 24,2-12.

Segundo punto: La pobreza como infancia espiritual.

Gutiérrez comenta una segunda línea de pensamiento en torno al pobre y la pobreza. Los términos para indicar al “pobre-escándalo” y al “pobre-espiritual” son los mismos en hebreo, pero el sentido es diferente. Aparece el plural “anawin”, cuya explicación se encuentra principalmente en los profetas Jeremías y Sofonías, ambos del siglo VII a.C. La pobreza y el sufrimiento extremo de los israelitas exiliados en Babilonia son, según Jeremías, señales de una purificación profunda, la fuente de una esperanza y de una renovación de Israel. Sólo un pequeño “resto de Israel” entiende la profecía de Jeremías, pues la mayoría rechaza su pensamiento. El profeta Sofonías (2,3) dice lo mismo: “Señor de los humildes (anawin), vosotros que cumplís sus mandatos; buscad la justicia, buscad la humildad”.

El “resto” de Israel, los humillados, oprimidos y pequeños constituyen el futuro de Israel. Ese futuro está en las criaturas espirituales, en los que se tornan pequeños y siguen las palabras de Yavhé en medio de las contradicciones. Pues Yavhé está airado con el Israel orgulloso y comprometido con los poderosos, mientras muestra simpatía por el “resto”, que persiste en la pobreza y la humildad.

Esa lectura bíblica permite a Gutiérrez interpretar las palabras del evangelio de Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (MT.5,3) en el sentido de los anawin de Jeremías y Sofonías. Es con esa perspectiva que él, en el capítulo final de su libro, afirma que los dos puntos señalados respecto de la pobreza (pobreza-escándalo y pobreza-espiritual) llevan a un tercer punto: “pobreza como solidaridad y protesta”. Y concluye concretamente: “Optar por el pobre es optar contra el opresor”.

Resumiendo: no existe dualismo cuerpo-alma en la teología bíblica. Decir que el pobre en el cuerpo es rico en el alma o que el pobre en dinero es rico en Dios, como se dice tantas veces en ambientes cristianos, es leer la Biblia de forma incorrecta. Los textos proféticos afirman que la pobreza, independiente de consideraciones morales, es un escándalo a los ojos de Dios. En el Reino de Dios no hay pobreza. La persistencia de la pobreza constituye la más clara negación de Dios en nuestras sociedades.

Cuestionamiento acerca de la religión.

Un segundo tópico que aparece aquí, existe en la CEBs respecto a la relación entre evangelio y religión. Aquí también, la reflexión de Gustavo Gutiérrez es innovadora. Ya en 1964 decía que “el cristianismo no es una religión” e invoca teólogos como Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer y Jonh Robinson para confirmar la frase.

La frase categórica de Gutiérrez encuentra hoy una confirmación en la reflexión de José Comblin cuando éste dice: “En la vida y funcionamiento de la Iglesia, la religión ocupa más espacio y tiene mayor importancia que el evangelio. La religión es un hecho cultural; en cuanto al evangelio, es una apelación a la acción. En la cultura occidental la religión es más determinante que el evangelio, que debería ser la fuerza de contestación y transformación de la cultura de Occidente, sobrecargada de desigualdades, injusticias y violencia. En Occidente, Jesús es más objeto de culto que modelo de seguimiento. En la Iglesia sobran ritos y ceremonias y falta la mística del seguimiento de Jesús que vino para mostrar el camino para que lo sigamos. Eso es lo básico, es el Evangelio”.

En su corazón, el cristianismo no es religión, aunque se exprese en términos religiosos. Lo que Jesús pidió a sus discípulos era seguimiento, no adoración, rezo, culto, liturgia. La mayoría de los que hoy siguen el cristianismo no están en el camino de Jesús, sino que están en el otro polo, en la religión, o sea, se dedican a la doctrina, enseñan la doctrina, defienden la doctrina contra los herejes y las herejías.

Cuestiones acerca del sacerdocio.

En el seno de las CEBs no se acostumbra a explicitar el papel del sacerdote, pero en la práctica está en curso una nueva imagen del mismo. La imagen tradicional del sacerdote que aparece en la comunidad para celebrar misa, administrar sacramentos, ejecutar ritos y liturgias, cede lugar a la imagen del sacerdote sentado en círculo, al lado de laicos y laicas, participando, escuchando e interviniendo de vez en cuando. Gustavo Gutiérrez habla del sentimiento del sacerdote de estar “fuera del mundo”, de realizar una tarea irreal y de quedarse al margen de un mundo que se construye. Gustavo señala: “Se necesita mucha serenidad para enfrentar ese problema. En este momento, la historia, tal vez, esté llamando al sacerdote a cumplir un nuevo papel”. Palabras pronunciadas en la década de 1960, que apelan a una profundización histórica.

Esbozo aquí algunas consideraciones de orden histórico que tal vez ayuden a comprender lo que está aconteciendo en las CEBs en relación a la función del sacerdote. El sacerdote que acompaña a las CEBs está rescatando la imagen antiquísima del maestro, que caracteriza el movimiento de Jesús en sus inicios. Sabemos que el movimiento de Jesús nace en oposición al sistema sacerdotal hegemónico en la religión judía de la época. En los inicios, esa tradición contaba con maestros, profetas, doctores, rabinos… nombres diversos que indican líderes no sacerdotales. Los maestros se destacaban por sus cualidades personales, no eran investidos de poder por medio de una legitimación (ordenación) por parte de alguna instancia, no recibían salario por sus servicios, ni se destacaban por alguna ropa especial. Emanados del sistema sinagogal judío, esos maestros modelaron el movimiento de Jesús, por lo menos hasta la segunda parte del siglo II. Ellos representaban el “movimiento de Jesús”, un movimiento que articulaba fuera del templo, fuera del sacerdocio levítico, fuera de los ritos y ordenamientos levíticos, un movimiento centrado en la acción concreta, en la cotidianidad de la vida.

Hasta Constantino (siglo IV) no hay distinción entre personas sagradas y profanas en el movimiento de Jesús. Todos son laicos, entre los cuales algunos destacan como maestros. El clero como clase separada del pueblo es una invención de los tiempos de Constantino. En el momento en que el clero aparece, surge el corporativismo y, con él, la idea de la religión como introducción al evangelio. Pues el sacerdote vive de la religión. Eso creó una de las contradicciones que la tradición cristiana carga hasta nuestros días. Todavía la diferencia entre religión y evangelio es fundamental en el sentido de que el evangelio se vive en la vida real, material, social, y la religión se vive en un mundo simbólico.

Todavía hoy la religión católica no abandona oficialmente el modelo de la cultura clerical romana. Eso se debe, entre otros motivos, al hecho de que la imagen del sacerdote ritualista continúa profundamente arraigada en la cultura de la Iglesia, inclusive en el imaginario de las CEBs. Todavía afloran las antiguas ordenanzas rituales del judaísmo, remanejadas o presentadas bajo nuevas formas. Aflora en el subconsciente eclesial la memoria de las preces, de los ayunos, de los días sagrados, de la imposición de manos, de los preceptos… aflora la mentalidad sacrificialista. Hoy, el sacerdote pasa todavía la mayor parte de su tiempo en la rutina de los ritos, de las misas y del acompañamiento de la religión. Se repite que “los sacerdotes de la Nueva Alianza” participan del “sacerdocio único de Jesús; celebran el Santo Sacrificio de la Misa para expiar los pecados; que Jesús murió por nuestros pecados; que Él es nuestro Redentor, nos reconcilia con Dios; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; fue obediente hasta la muerte para salvarnos (de la condenación eterna) y es víctima inocente ofrecida a Dios para salvar a la humanidad del pecado…

Ese modo de hablar expresa un condicionamiento de larga duración y no se puede esperar que sea superado de un día para otro. Sólo por medio de un paciente y persistente estudio de la tradición de Jesús se lograrán resultados.

Eduardo Hoornaert

Editorial Lascasiana – Reflexión y Liberación

(Traducción Esteban Tabares)

Fuente: Redes Cristianas

jueves, 4 de mayo de 2017

Dos papas y un destino: la atrevida defensa de la paz en el mundo.




Juan XXIII y Francisco I son dos papas de la Iglesia católica escogidos en un plazo de 55 años de diferencia y que guardan muchas y curiosas similitudes entre ellos, en especial, la atrevida defensa de la paz en el mundo, reconocida unánimemente. Ambos marcan un estilo particular pero muy parecido. Con una clara espontaneidad, con una gran libertad y con una firme determinación, se abren y se impulsan hacia tres grandes retos claves de sus tiempos: reformar la Iglesia, revitalizar el Pueblo de Dios e influir en un mundo cambiante y complejo en el que impactan y quieren dejar la estela del Evangelio.

Ambos papas empiezan por la reforma eclesial, lo que les otorga una creciente autoridad pública. Juan XXIII fue atrevido e inesperado a la vez convocando el Concilio Vaticano II, pero Francisco está dedicando muchas energías al laborioso –y a menudo discreto- trabajo de reestructuración de la Curia vaticana, que quizás al final evolucionará hacia una tendencia refundacional.

En cuanto a la revitalización de la vida espiritual de los fieles, el sentido pastoral de los respectivos magisterios hizo que el Papa Bueno abriera las ventanas a la frescura del mundo, ofreciendo una mirada esperanzada, mucho más positiva y sonriente de la fe, y una vivencia cristiana más auténtica y sencilla. Francisco, por su parte, es conocido como el Papa de los Pobres, pero también se dedica a los enfermos, a los niños y a los colectivos más desfavorecidos, como los presos, para los que siempre tiene un espacio, una escucha y una palabra; además, sus discursos y homilías son tan cercanos que no dejan indiferente a nadie. La proximidad de ambos al sufrimiento humano les ha dotado de una gran humanidad, que ha desarrollado en ellos un alto magnetismo configurándolos en pastores autorizados y referentes mundiales.

En relación a la actualidad del mundo, los dos muestran una apertura y sensibilidad hacia la paz y la justicia, con un gran eco público. Roncalli hizo una encendida defensa de la paz en plena Guerra Fría, mediando incluso en la crisis de los misiles de Cuba (y publicó la encíclica Pacem in Terris). Bergoglio, por su parte, se centra más en la “paz verde”, la del medio ambiente (con la encíclica Laudato si‘, en plena lucha por el cambio climático), pero también se ha mostrado un incansable defensor de la paz en el mundo, en especial desde el punto de vista de las víctimas en plena guerra en el Oriente Próximo (Siria o Palestina), denunciando el genocidio armenio, solidarizándose con todas las víctimas del terrorismo en Europa y el proceso de paz colombiano, o bien trabajando para intensificar el diálogo interreligioso, generando avances importantes en el ecumenismo y contribuyendo a la concordia entre los pueblos.

Mons. Loris Capovilla, secretario personal, amigo y confidente de Juan XXIII, ya afirmó, sólo a tres meses de acceder Francisco al pontificado, que “¡las similitudes entre Francisco y su predecesor Juan XXIII son tan numerosas que ya he dicho en varias ocasiones que el papa Juan ha vuelto!”.


lunes, 25 de enero de 2016

"Somos todos ramas separadas que peregrinan hacia el tronco de Cristo"


Juan Masiá sj

"Hoy ya no presume la iglesia católica de ser el tronco del árbol"

"Es conocida la marcha atrás que se fue dando en los últimos años de Juan Pablo II"
Celebramos esta semana, como desde hace ya más de un siglo, el octavario de oración por la unión de las iglesias (entre las fiestas litúrgicas petrina y paulina del 18 y 25 de enero). Pero hoy la vivimos con el talante ecuménico postconciliar de "peregrinar juntos hacia la unidad" (Evangelii gaudium, n. 244), en vez del exclusivismo contrarreformista de la época de Pío X.

Hoy ya no presume la iglesia católica de ser el tronco del árbol en el que únicamente "subsista la iglesia de Jesucristo", del que se habrían desgajado, según la teología contrarreformista, las "ramas separadas". Para aquella mentalidad preconciliar, rezar por la unidad significaba pedir que las ramas separadas se reunieran de nuevo y reinsertaran en el tronco.

Cuando el 25 de enero de 1959 anunció el Papa Juan XXIII la convocatoria del Concilio Vaticano II dijo que, con esa ocasión, rogaba por "una amistosa y renovada invitación a nuestros hermanos separados de las Iglesias cristianas a participar con nosotros del banquete de gracia y hermandad, al que aspiran tantas almas en tantos rincones del mundo" (G. Zizola, L'Utopia di Papa Giovanni, p. 322).

Estas palabras del Papa le parecieron sospechosas a los funcionarios de la Curia que las "re-escribieron" en los términos siguientes en el comunicado de prensa oficial dado por el Secretario de Estado, Cardenal Tardini: "invitación a las comunidades separadas para buscar la unidad". Habían suprimido la calificación de "iglesias" y "hermanos". También había desaparecido la expresión que invitaba a "participar del banquete de gracia y hermandad", por miedo a que se viese en ella una invitación a la mesa eucarística (P. Hdebblethwaite, Juan XXIII. El Papa del Concilio, PPC, 2000, p.386-88).

Durante los años siguientes de preparación del Concilio y durante la primera sesión de este, prosiguió la tensión entre la propuesta ecuménica y la oposición contrarreformista.Deo gratias, al fin triunfó el ecumenismo en el Decreto Unitatis redintegratio, de 21 de noviembre de 1964.

Ahora la imagen ya no es la de una reunión de "ellos, las ramas" con "nosotros, el tronco". Ahora todos somos ramas separadas del tronco: Cristo. No se trata de que "ellos-ellas" vuelvan a "nuestro redil", sino de que todos "nosotros/nosotras, ellos/ellas, todos ramas" nos renovemos y reformemos continuamente: "todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo y emprenden la renovación y reforma" (Concilio Vat. II, Unitatis redintegratio, n. 4).

Sin embargo, es conocida la marcha atrás que se fue dando en los últimos años de Juan Pablo II. Después de la publicación por el card. Ratzinger de Dominus Jesus (Congregación para la Doctrina de la Fe, 6-VIII-2000), los escritos teológicos que se referían a las confesionalidades protestantes como "iglesias hermanas" eran amonestados por las correspondientes instancias inquisitoriales.

Por eso resultan tan positivas y esperanzadoras las palabras del Papa Francisco cuando repite que el anuncio de paz de Jesucristo "no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades(EG 230). Francisco ve la marcha hacia la unidad deseada por Jesús: "que todos sean uno" (Jn 17, 21) como el camino hacia una meta: "siempre somos peregrinos y peregrinamos juntos" (EG 244).

Ocurre con la "unidad de las iglesias" un equívoco semejante al que se produce con la mal llamada (canónicamente) "indisolubilidad del matrimonio". Ni la una ni la otra son una propiedad o característica ya dada desde el principio, ni un punto de partida, sino una meta a la que se está llamado, se promete caminar y se camina, pero... La unión de las familias, comno la unión de los esposos y la unión de la familia humana, de la que aspiran a ser signo las iglesias son, como la paz, algo que hay que construir; son un don y una tarea, como suele repetir Francisco y ha repetido el Sínodo de los obispos.

No somos nosotros el tronco, con el monopolio de la verdad. Somos todos ramas separadas que peregrinan hacia el tronco de Cristo, sin tener ninguna el monopolio de la meta.

Pero, al mismo tiempo, tenemos también el optimismo esperanzador de saber que, aunque nos desviemos o separemos del tronco de Cristo por el camino, Él no se separa, sino que sigue estando con, en y junto a cada rama y "subsiste", es decir, está presente, animando y vivificando con su Espíritu, a cada una.

También en la rama que a veces ha presumido de ser tronco, también en ella "susbsiste" la Iglesia de Cristo (C.Vaticano II, Lumen gentium n. 8). Como dirían nuestros hermanos budistas: "hasta los buenos se salvan". O como diría Jesús: "Hasta los que se creen justos se salvan, porque no he venido por los justos, sino por los pecadores... pero, como pecadores son todos..., pues resulta que por todos he venido para salvarlos a todos" (cf Lc 5, 32 y Mt 9, 13).

lunes, 28 de abril de 2014

Una jornada histórica para el Vaticano y para la Iglesia.


Entre 800.000 y un millón de fieles homenajean a Juan Pablo II y Juan XXIII

El abrazo entre Francisco y Ratzinger, el momento más emotivo de una ceremonia intensa

Redacción, 27 de abril de 2014.

Miles de jóvenes de Polonia, donde se celebrará la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2016, pero también de España, Alemania, de Brasil, México, Perú, Estados Unidos, Uganda, y de otros rincones del Globo.
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Benedicto XVI en la canonización


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Dos sacerdotes portan un cuadro de los dos futuros santos

La ceremonia de canonización de los papas Juan Pablo II y Juan XXIII, fue considerada"histórica" por la Iglesia Católica y varios números dan cuenta de la importancia que tuvo el acto, al que acudieron entre 800.000 y un millón de peregrinos y fieles.

En toda Roma se instalaron 19 pantallas gigantes. Solamente de Polonia, la tierra natal de Juan Pablo II, llegaron 1.700 micros, 58 aviones y 5 trenes.


Unos 150 cardenales y 700 obisposestuvieron en la Misa de la que participó también el papa emérito, Benedicto XVI. Cerca de 600 sacerdotes y 270 diáconos repartieron la comunión a la multitud de personas que estuvieron en el Vaticano.

Delegaciones de 93 países, incluyendo 24 jefes de Estado, estuvieron en la ceremonia. Entre los mandatarios participaron los Reyes de España, de Bélgica, además de presidentes y cancilleres.

Unas 2.000 millones de personas de los 5 continentes siguieron la ceremonia por televisión, con 9 satélites que la trasmitieron en Alta Definición, según estimó el Centro de Televisión Vaticano que también informó que 500 salas de cine de unos 20 países proyectaron la canonización gratuitamente en 3D.


Unos 2.400 agentes especiales reforzaron la seguridad, con vigilancia especial en monumentos, aeropuertos y estaciones de tren. Además, 2.600 voluntarios de la Protección Civil repartieron 4 millones de botellas de agua a turistas y peregrinos y 600 personas, entre médicos y enfermeros, ofrecieron sus servicios a los visitantes.

Casi 10 millones de dólares le costó la ceremonia a Roma, según lo anunció el alcalde Ignazio Marino. La capital italiana tuvo que invertir en estaciones de primeros auxilios y mil baños químicos, entre otros gastos.



Cantos, aplausos, bailes y banderas procedentes de todos los rincones del mundo inundaron hoy la Ciudad del Vaticano para celebrar la proclamación como santos de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II.

Banderas de España, Colombia, México, Brasil, Costa Rica, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y de otras partes del mundo pintaron de color la capital del catolicismo, donde sin duda alguna los tonos predominantes fueron el rojo y el blanco de la insignia de Polonia, país de nacimiento de Karol Wojtyla, san Juan Pablo II desde hoy.

Desde primeras horas del sábado centenares de peregrinos se acercaron ya a los aledaños de la Plaza de San Pedro para hacer cola y lograr el mejor sitio.

Como Lidia Obando, nicaraguense residente en Roma desde hace treinta años, que desde la tarde del sábado rondaba las inmediaciones de la plaza para no perderse una jornada histórica.



Muchos pasaron la noche con mochilas y sacos de dormir, a la intemperie, con frío y una fina lluvia, con el objetivo de acceder a la Plaza de San Pedro desde las cinco y media de la mañana, cuando la Santa Sede permitió la entrada a la zona, y asistir a la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II en primera fila.

Pero no todos lo lograron, muchos tuvieron que contentarse con ver la ceremonia en alguna de las pantallas que el Vaticano habilitó para la ocasión en las calles colindantes.

Los afortunados que sí se hicieron un hueco en la plaza vaticana, asistieron a los actos con la alegría y la ilusión de poder vivir en primera persona "el día de los cuatro papas".

Y es que por primera vez se reunía de alguna manera a cuatro pontífices en el Vaticano:el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI, y los ahora santos, el papa Juan Pablo II y Juan XXIII.

Los más previsores, los que primero llegaron a la Plaza, pudieron hacerse con uno de los miles de ejemplares que, con el título "Il Domenica di Pascua", la Santa Sede imprimió para la ocasión.

Un regalo que contenía una breve biografía de los papas Juan Pablo II y Juan XXIII en cuatro idiomas -español, italiano, inglés y polaco- además de la lista completa de santos de la Iglesia, y la letra de las canciones que se cantaron en este evento católico.



Ni el cansancio ni el frío de una mañana gris apagaron los ánimos de los congregados que desde antes del amanecer llenaron la plaza de bailes, risas, rezos y cánticos.

Miles de jóvenes de Polonia, donde se celebrará la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2016, pero también de España, Alemania, de Brasil, México, Perú, Estados Unidos, Uganda, y de otros rincones del Globo corearon en diversas ocasiones el himno de las JMJ "Jesus Christ, you are my life".

"El papa Juan Pablo II fue el papa de los jóvenes, ahora estamos aquí para asistir a su canonización, para nosotros es un momento de mucha alegría", dijo el español Rodrigo Ruiz.

Sentimiento que también compartió el venezolano Jesús Aular que, contento por vivir las canonizaciones en su primer viaje al Vaticano, pidió que Juan Pablo II ayude desde el cielo a lograr la paz en Venezuela.

Jóvenes, pero también mayores, niños, familias, parejas, monjas y sacerdotes recibieron al papa emérito Ratzinger con aplausos y gritos de "Benedicto" cuando éste llegó a la plaza.



Aplausos que se repitieron durante las más de dos horas de celebración en diversas ocasiones, como cuando el papa Francisco se acercó a abrazar a Benedicto XVI, y que se intensificaron cada vez que las cámaras del Vaticano proyectaban la imagen de Juan Pablo II en las pantallas.

Uno de los momentos más emotivos del acto fue cuando la costarricense Floribeth Mora, segundo milagro de Juan Pablo II, subió al altar del pontífice polaco para llevar una de sus reliquias y la plaza al completo estalló en vítores y aplausos.

Hombres y mujeres polacos, algunos incluso vestido con trajes típicos del país, levantaron sus banderas en homenaje al nuevo santo de su país.

Poco después del mediodía la despedida de los dos papas, Francisco y Benedicto XVI, la Plaza de San Pedro estalló en vítores, aplausos, abrazos y cánticos en honor a los dos papas ya santos.

sábado, 10 de agosto de 2013

¿Un Concilio de toda la cristiandad?


Hemos celebrado los 50 años de la muerte del Papa Juan XXIII (1881-1963), seguramente el Papa más importante del siglo XX. A él se debe la renovación de la Iglesia católica que intentó definir su lugar dentro del mundo moderno. El 25 de enero de 1959, sin avisar a nadie, declaró ante los cardenales estupefactos reunidos en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros que iba a convocar un concilio ecuménico. Había hecho por su cuenta un juicio crítico sobre la situación del mundo y de la Iglesia y había percibido que estábamos ante una nueva fase histórica: la del mundo moderno, con su ciencia, su técnica, sus libertades y derechos. La Iglesia tenía que ubicarse positivamente dentro de esta realidad que surgía. La actitud que había hasta entonces era de desconfianza y condena. El Papa entendía que este comportamiento llevaba a la Iglesia al aislamiento y a un estancamiento que le hacía daño.

Repitió el viejo dicho: vox temporis vox Dei (“la voz del tiempo es la voz de Dios”). Esto no significa, dijo, “que todo en el mundo tal como está sea la voz de Dios. Significa que todo porta un mensaje de Dios, bueno para que lo sigamos, malo para que lo cambiemos”.

En efecto, el Concilio Vaticano II se realizó en Roma (1962-1965), el Papa lo abrió, pero murió antes de su finalización (1963). Su espíritu, sin embargo, marcó todo el evento, con consecuencias hasta nuestros días.

Dos fueron sus lemas principales: aggiornamento y concilio pastoral. Aggiornamento es decir sí a lo nuevo, sí a la actualización de la Iglesia en su lenguaje, en su estructura y en su forma de presentarse al mundo. Concilio pastoral quería expresar una relación de apertura con la gente y con el mundo, de diálogo, de aceptación y de fraternidad. Así que nada de condena al modernismo y a la "Nouvelle Théologie" como se había hecho furiosamente antes. En lugar de doctrinas, diálogo, aprendizaje mutuo e intercambio.

Tal vez esta afirmación de Juan XXIII resuma todo su espíritu: “La vida del cristiano no es una colección de antigüedades. No se trata de visitar un museo o una academia del pasado. Esto, sin duda puede ser útil —como lo es la visita a los monumentos antiguos— pero no es suficiente. Se vive para progresar, si bien sacando provecho de las prácticas y de las experiencias del pasado, para ir siempre más lejos en el camino que Nuestro Señor nos va mostrando”.

De hecho, el Concilio puso a la Iglesia en el mundo moderno, participando de sus avatares y sus logros. La Iglesia en América Latina pronto se dio cuenta de que no solo existía el mundo moderno, sino el submundo del cual poco se había hablado en el Concilio. En Medellín (1969) y en Puebla (1979) se vio que la misión de la Iglesia en este submundo hecho de pobreza y opresión debía ser de promoción de la justicia social y de liberación.

Han pasado ya 50 años desde el Concilio. El mundo y el submundo cambiaron mucho. Han surgido nuevos desafíos: la globalización económico-financiera y la consecuente conciencia planetaria, la disolución del imperio soviético, las nuevas formas de comunicación social (internet, redes sociales y otras) que han unificado el mundo, la erosión de la biodiversidad, la percepción de los límites de la Tierra y la posibilidad de exterminio de la especie humana y con ella del proyecto planetario humano.

Con las categorías del Concilio Vaticano II no podemos atender esta nueva realidad amenazante. Todo apunta a la necesidad de un nuevo Concilio ecuménico. Ahora no se trata de convocar solamente a los obispos de la Iglesia Católica. Ante los peligros que tenemos que enfrentar, todo el Cristianismo, con sus Iglesias, está siendo desafiado. Precisamos tomar en serio la alianza que el gran biólogo E. Wilson proponía entre las Iglesias y las religiones y la tecnociencia, si es que queremos salvar la vida del planeta. (cf. La creación, Salvemos la vida en la Tierra, 2006). ¿Cómo pueden contribuir estas fuerzas religiosas a que todavía tengamos futuro? La supervivencia de la vida en la Tierra es el supuesto de todo. Sin ella, se desvanecen todos los proyectos y todo pierde sentido. Los cristianos deberán olvidar sus diferencias y polémicas y unirse para esta misión salvadora.

El Papa Francisco tiene la capacidad de convocar a la totalidad de las expresiones cristianas, a los hombres y a las mujeres, asesorados por personas de reconocido saber, incluso no religiosas, para identificar el tipo de colaboración que podemos ofrecer en la línea de una nueva conciencia de respeto, de veneración, de cuidado de todos los ecosistemas, de compasión, de solidaridad, de sobriedad compartida y de responsabilidad sin restricciones, pues todos somos interdependientes.

Con su forma de ser y de pensar el Papa Francisco despierta en todos nosotros la razón cordial, sensible y espiritual. Unida a la razón intelectual, protegeremos y cuidaremos, cuidaremos y amaremos esta única Casa Común que el universo y Dios nos han legado. Sólo así garantizaremos nuestra continuidad sobre la Tierra.


Fuente: Koinonia

viernes, 3 de mayo de 2013

Iglesia católica ¿semper reformanda?



Uno de los asertos teológicos más consistentes de la Reforma, que define las esencias de la teología protestante,  es la que hace referencia a su estado de  permanente reforma: Ecclesia semper reformanda partiendo, eso sí, de la firme voluntad de volver a los orígenes del cristianismo, una vez despojada de todas las adherencias que fue adquiriendo en los siglos precedentes.
Bienvenida sea, pues, la publicación que acaba de llegar a mis manos, el libro de actas fruto de la recopilación de las ponencias y comunicados producidos en el XV Simposio de Teología Histórica celebrado en octubre de 2010 y auspiciado por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia, precisamente bajo el título Ecclesia semper reformanda[1]; un título aplicado, en este caso, no a la Reforma Protestante sino a la propia Iglesia católica, en cuyo seno se ha propuesto la reformulación teológica a la que hacemos referencia.
Ha sido el profesor Salvador Pié i Ninot el encargado de presentar la ponencia que luego daría título al libro de actas que nos ocupa, a cuya matriz añade el subtítulo: La recepción del Vaticano II: balance y perspectivas. No es la primera vez que teólogos católicos hacen suya esta propuesta de contenido tan marcadamente protestante, si bien creemos que hasta ahora lo han hecho preferentemente teólogos europeos fuera del ámbito español que, aunque dentro del seno de la Iglesia católica, se han movido muy próximos a la teología protestante, como es el caso de Hans Küng (1928 – ).
Hemos leído con sumo interés las 27 páginas de la ponencia en busca de una teología del encuentro, a partir de una reformulación realmente ecuménica de los postulados tridentinos que cerraron a cal y canto las compuertas de la Iglesia de Roma, marcando una clara distinción entre “iglesia verdadera” y “herejes”. El Vaticano II hizo un gran avance al convertir a los  “herejes” en “hermanos separados”, bien es cierto que manteniendo que “fuera de la Iglesia” (por supuesto, la Iglesia católica) no hay salvación, con todas las implicaciones del subsistit in introducido en la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesiaque excluye y degrada a otras iglesias, especialmente a las protestantes, a un nivel de asociación religiosa fuera del concepto histórico de Iglesia, condición que se reserva para sí misma la Iglesia católica.
Efectivamente, tal y como razona el propio autor, remontándose a las reflexiones del jesuita Karl Rahner (1904-1984), en la búsqueda de esa permanente reforma, que tan consustancial es para la Reforma protestante, se le plantea a la Iglesia católica una evidente contradicción, ya que autodefiniendo como una de sus notas esenciales el ser una “sociedad perfecta”, santa, sin que la imperfección de los individuos que la integran pueda afectarla, no se entiende que pueda plantearse la necesidad de cambio, de reforma; lo perfecto no tiene necesidad de renovación.
Las reflexiones filosófico-teológicas de Pié-Ninot son impecables desde el punto de vista de la teología católica, buscando en todo momento su fundamento en el Magisterio de la Iglesia (católica). En su recorrido argumental establece una línea divisoria entre la Ecclesia mater congregans y laEcclesia fraternitas congregata, que toma de Henry-Marie de Lubac (1896-1991); no obstante esta evidente contradicción, acude al argumento del Decreto Unitatis Redintegratio sobre ecumenismo, del mismo Vaticano II, que a su vez se remonta  a textos de los siglos XV y XVI, para establecer que la preocupación de reforma está presente en la Iglesia católica antes de la Reforma protestante. Con todo, el tema no deja de ser controvertido internamente, aún a pesar del aggirnamento que propuso Juan XXIII que, aunque consiguiera en su momento ventilar las estancias del Vaticano, es dudoso que haya logrado producir un cambio sustancial en los aspectos esenciales.
Curiosamente, el autor de la ponencia que comentamos, nos recuerda que se trata de una Iglesia, la católica, que se rige por dogmas inamovibles; lo dice con otras palabras y acudiendo al pensamiento de Juan XXIII: doctrina certa et immitabilis a la que hay que prestar obediencia (fidele obsequium est praestandum). En un contexto semejante, cuesta trabajo ver cómo puede abrirse la Iglesia católica a esa actitud de reforma y en qué medida puede lograrlo, salvo que la reforma pretendida sea únicamente en aspectos litúrgicos o pastorales. Llaman la atención las derivaciones que hace el autor valorando el discurrir del Concilio Vaticano II y las diversas etapas recorridas posteriormente de exaltación, decepción de la verdad y “una nueva fase de interpretación más objetiva de los textos conciliares”; plantea la revisión de los acuerdos adoptados confiriéndoles un nuevo giro, para lo cual hace un recorrido por las diversos escuelas, documentos y sínodos. Todo ello pone de relieve los vaivenes que el catolicismo ha dado durante estos 50 años en torno  al último de sus concilios, vaivemes que para muchos han significado un retorno al pasado, lo cual pone en evidencia la enorme dificultad que afronta la Iglesia católica a la hora de hacer suyo el lema protestante de semper reformanda.
La formulación que el autor retoma de Benedicto XVI sobre la “hermenéutica de la reforma”, “de la renovación en la continuidad del único sujeto Iglesia” nos hace recordar aquellas palabras de Giuseppe Tomasi de Lampedusa (1896-1957) en El gatopardo: “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie” y nos ponen sobre aviso de la dificultad interna de aplicar a la Iglesia católica el lema protestante de reforma permanente.
La ponencia finaliza con unas “perspectivas” entre las que podríamos señalar, a los efectos hacia los que apunta su título, la necesidad de  mantener una atenta escucha a la revelación de Dios, propósito que, por otra parte, queda matizado por la centralidad que se aplica a la liturgia y la eucaristía y las constituciones dogmáticas, así como el sometimiento al Magisterio. No deja de llamar la atención, por otra parte, que se reconozca, referido a la católica, claro está, y en palabras de Benedicto XVI, que “la Iglesia es un signo de contradicción” cosa que, evidentemente, responde a la realidad.
Valorando en su justa medida la pulcritud hermenéutica que utiliza Pié-Ninot, hermenéutica documental más que escriturística, no podemos cerrar este análisis sin mostrar nuestra frustración al comprobar lo inadecuado, a nuestro juicio, de utilizar una formulación tan ambiciosa como la que propició la Reforma Protestante, que obliga a no dejarse atrapar por las tradiciones cuyo valor debería ser testado siempre por medio de las Escrituras, para ser aplicado a un proceso tan contradictorio e impreciso como es el devenido del Concilio Vaticano II que tantas esperanzas despertó y tantas frustraciones ha producido.


[1] Ecclesia semper reformanda. Teología y Reforma de la Iglesia, Facultad de Teología San Vicente Ferrer (Valencia: 2012), pp. 175-201.


Autor/a: Máximo García Ruiz


Máximo García Ruiz es licenciado en teología, licenciado en sociologia y doctor en teología. Profesor de sociología y religiones comparadas en el seminario UEBE y profesor invitado en otras instituciones académicas. Por muchos años fue Presidente del Consejo Evangélico de Madrid y es miembro de la Asociación de teólogos Juan XXIII.


viernes, 22 de febrero de 2013

El Foro de Curas de Bizkaia cuestiona la exclusion de la mujer del sacerdocio.




Porque el silencio es complicidad, nos parece loable y todo un signo de esperanza que el el Foro del Curas de Bizkaia se pronuncie públicamente y cuestione la exclusión de la mujer del sacerdocio. Confiamos en dejar progresivamente de escuchar el desolador silencio de nuestros curas en lo concerniente a este tema.

“Permítasenos dudar, al menos metodológicamente, sobre que “la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”.

(Foro de Curas de Bizkaia) Carta abierta del Foro de Curas de Bizkaia al Arzobispo Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregaciónpara la Doctrina de la Fe, sobre el sacerdocio de la mujer
Ante las recientes medidas adoptadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe contra los partidarios de la ordenación sacerdotal de las mujeres, la Asamblea del Foro de Curas de Bizkaia queremos manifestarle lo siguiente:

1.- Lamentamos que a lo largo de estos últimos decenios se haya olvidado la línea propositiva abierta por Juan XXIII cuando sostuvo en la apertura del Concilio Vaticano II que la Iglesia “querría salir al paso de las necesidades del mundo actual no tanto pronunciando condenaciones, sino dando prueba del vigor de su enseñanza” (22.X.1962)

2.- Siguiendo el criterio propuesto por el Papa Roncalli, queremos expresarle nuestra disconformidad (por inconsistentes) con los argumentos aducidos en la Carta Apostólica“Ordenatio sacerdotalis” (1994) por la que se reserva el ministerio sacerdotal exclusivamente a los varones:

2.1.- Si bien es cierto que “Cristo escogió sus apóstoles sólo entre varones”, también lo es que con su comportamiento y predicación puso las bases para el reconocimiento de la igualdad de la mujer, incluida la posibilidad de acceder al ministerio ordenado. La misma Comisión Bíblica Internacional ya sostuvo en su día que “por el testimonio del Nuevo Testamento solo” no “puede deducirse que una eventual ordenación sacerdotal de la mujer lesiona el plan de Jesucristo sobre el ministerio apostólico” (1976)

2.2.- La historia de la Iglesia muestra –como se sostiene en la Carta Apostólica“Ordinatio sacerdotalis”- que la “ordenación sacerdotal” ha estado reservada “exclusivamente a los varones”. Pero también que no ha sido una decisión pacíficamente asumida: así lo atestiguan las reiteradas condenas por ordenar mujeres y los repetidos posicionamientos de la jerarquía católica al respecto. En cualquier caso, es difícilmente cuestionable la existencia en los primeros tiempos de comunidades domésticas con matrimonios anfitriones encargados de dirigirlas. No consta que las mujeres no presidieran, si fuera preciso, la mesa compartida.

2.3.- Permítasenos dudar, al menos metodológicamente, sobre que “la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”. Semejante duda no nos lleva a negar la incuestionable importancia del Magisterio en la vida de la comunidad cristiana, sino a reclamar su armonización (cada día más urgente) con el “sensus fidelium” y con la investigación teológica como ha sucedido, por ejemplo, con el sacramento de la reconciliación. Sólo así contaremos con un Magisterio que, además de ser legítimamente autoritativo, sea acogido y respetado por su calidad teológica, por su sintonía eclesial y por tener claro que el único absoluto que se le impone es el de atender debidamente a su misión.

3.- Deseamos y esperamos que la Jerarquía católica recupere –como se propuso en el Vaticano II- no sólo una mayor colegialidad episcopal y corresponsabilidad bautismal para este y otros asuntos, sino también un concepto y una praxis de Tradición Viva y que preste, por ello, más atención a la necesidad de actualizar en el presente lo que Jesús dijo e hizo de modo que sea una anticipación de la fraternidad plena que nos aguarda. Ello pasa por articular creativamente DV 10 (“el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio”) con DV 9 (“la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza acerca de todo lo revelado”), por escuchar a los diferentes consejos eclesiales ya existentes en éste y en otros asuntos y por no sofocar autoritariamente el parecer de los bautizados y de las comunidades cristianas.

4.- Finalmente, proponemos que la posibilidad de que las mujeres puedan acceder al ministerio sacerdotal sea algo decidido en un concilio ecuménico y que, mientras tanto, se dejen abiertos el discernimiento eclesial y la investigación teológica de tal manera que nadie vuelva a ser condenado por ello, y que los sancionados sean repuestos en sus responsabilidades y estado.
 
Bilbao, 11 de febrero de 2013


lunes, 19 de noviembre de 2012

La recepción del Vaticano II en Brasil y en América Latina.



por Leonardo Boff

Estamos celebrando los 50 años del Concilio Vaticano II (1962-1965). Él supuso una ruptura del rumbo que la Iglesia Católica venía siguiendo desde hacía siglos. Era una Iglesia que venía a ser una fortaleza sitiada, a la defensiva de todo lo que venía del mundo moderno, de la ciencia, de la técnica y de conquistas civilizatorias como la democracia, los derechos humanos y la separación entre Iglesia y Estado.

Pero vino una bocanada de aire fresco de la mano un papa anciano del que no se esperaba nada: Juan XXIII (+1963). Él abrió las puertas y las ventanas. Dijo: la Iglesia no puede ser un museo respetable, tiene que ser la casa de todos, aireada y agradable para vivir.

Ante todo, el Concilio representó, en expresión acuñada por el mismo Juan XXIII, un aggiornamento, es decir, una actualización y una reconstrucción de la manera de entenderse a sí misma y su  forma de presencia en el mundo.

Más que enumerar los principales elementos introducidos por el Concilio, nos interesa ver cómo ese aggiornamento fue recogido y traducido por la Iglesia latinoamericana y por Brasil. A este proceso se le llama recepción y consiste una relectura y una aplicación de las intuiciones conciliares en el contexto latinoamericano, muy diferente del europeo, en el que se elaboraron todos los documentos. Señalaremos solamente algunos puntos esenciales.

El primero fue sin duda el gran cambio de la atmósfera eclesial: antes del Concilio predominaba la «gran disciplina», la uniformización romana y el aire sombrío y anticuado de la vida eclesial. Las Iglesias de América Latina, de África y de Asia eran Iglesias-espejo de la romana. Y de pronto empezaron a sentirse Iglesias-fuente. Podían inculturarse y crear lenguajes nuevos. Se irradiaba entusiasmo y ánimo para crear.

En segundo lugar, en América Latina se dio una redefinición del lugar social de la Iglesia. El Vaticano II fue un Concilio universal, pero según la perspectiva de los países centrales y ricos. Ahí se definió la Iglesia dentro del mundo moderno. Pero existía un sub-mundo de pobreza y de opresión que fue captado por la Iglesia latinoamericana. Ésta debía desplazarse del centro humano hacia las periferias sub-humanas. Si en ellas hay opresión, su misión debía ser de liberación. La inspiración vino de las palabras del Papa Juan XXIII: “la Iglesia es de todos pero quiere ser principalmente Iglesia de los pobres”.

Este cambio se tradujo en las distintas conferencias episcopales latinoamericanas desde Medellín (1968) hasta Aparecida (2007) por la opción solidaria y preferencial por los pobres, contra la pobreza. Opción que se transformó en la marca registrada de la Iglesia latinoamericana y de la teología de la liberación.

En tercer lugar está la concretización de la Iglesia como Pueblo de Dios. El Vaticano II colocó esta categoría por delante de la de la Jerarquía. Para la Iglesia latinoamericana Pueblo de Dios no es una metáfora; la gran mayoría del pueblo es cristiana y católica, por tanto es Pueblo de Dios, gimiendo bajo la opresión como antiguamente en Egipto. De ahí nace la dimensión de liberación que la Iglesia asume oficialmente en todos los documentos desde Medellín (1968) hasta Aparecida (2007). Esta visión de la Iglesia-pueblo-de-Dios hizo posible el surgimiento de las Comunidades Eclesiales de Base y de las pastorales sociales.

En cuarto lugar, el Concilio entendió la Palabra de Dios contenida en la Biblia como el alma de la vida eclesial. Esto se tradujo en la lectura popular de la Biblia y en los miles y miles de círculos bíblicos. En ellos los cristianos comparan la página de la vida con la página de la Biblia y sacan conclusiones prácticas en una línea de comunión, de participación y de liberación.

En quinto lugar, el Concilio se abrió a los derechos humanos. En América Latina fueron traducidos como derechos a partir de los pobres y por eso, en primer lugar, derecho a la vida, al trabajo, a la salud y a la educación. A partir de aquí se entienden los demás derechos, el de movilidad, entre otros.
En sexto lugar, el Concilio acogió el ecumenismo entre las Iglesias cristianas. En América Latina el ecumenismo no se enfoca tanto a la convergencia en las doctrinas cuanto a la convergencia en las prácticas: todas las Iglesias juntas se empeñan en la liberación de los oprimidos. Es un ecumenismo de misión.

Por último, estableció el diálogo con las religiones viendo en ellas la presencia del Espíritu que llega antes que el misionero, debiendo por eso ser respetadas con sus valores.
Finalmente, hay que reconocer que América Latina fue el continente donde más en serio se tomó el Vaticano II y donde produjo mayores transformaciones, proyectando la Iglesia de los pobres como un desafío para la Iglesia universal y para todas las conciencias humanitarias.


Fuente: Koinonia

viernes, 9 de noviembre de 2012

Volver al Espíritu del Concilio II.




Esta es una reflexión poco conocida en Latinoamérica de Casiano Floristán, buen amigo, teólogo del Concilio y uno de los fundadores de la revista Reflexión y Liberación…
Juan XXIII, Papa de marcado carisma profético, lo convocó -como él mismo dijo- gracias a “una repentina inspiración de Dios”, en un “momento místico”. El espíritu del Vaticano II impregnó el discurso inaugural del Papa, que pidió a los obispos convocados trabajar en clima de apertura y diálogo, aceptar desde el evangelio los valores culturales modernos y no lanzar condenas y anatemas.

El Concilio propuso que la Iglesia retornase a sus fuentes, tuviese en cuenta la variedad de situaciones en las que se incultura el evangelio y se hiciese presente en los dolores y gozos de la humanidad, especialmente la más pobre y marginada. Al acabar sus cuatro sesiones, dijo Pablo VI el 7 de diciembre de 1965: “Aquella antigua historia del buen samaritano ha sido el ejemplo y la norma según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro Concilio”.
Algunos teólogos piensan que el espíritu del Concilio se reveló en ciertas decisiones, como la escucha directa de la palabra de Dios (primer magisterio), la vida en comunión y comunidad de fe (no de costumbres rituales), la atención a los “signos de los tiempos” (sin la “huida del mundo”), la unidad de todos los cristianos (aceptación del ecumenismo), el diálogo con las personas de buena voluntad (sin anatemas) y la llamada a la libertad de los hijos de Dios (sin sometimientos). Otros creen que el espíritu del Concilio consistió en un impulso espiritual de renovación que lo animó hasta su conclusión. Al ser considerado un nuevo Pentecostés, muchos católicos piensan que la Iglesia se renovó por el Espíritu Santo.
Para descubrir el espíritu conciliar se precisa, como recomienda san Ignacio, un “discernimiento de espíritus”. En las primeras sesiones del Vaticano II los obispos más abiertos criticaron los documentos de las comisiones preparatorias porque no hacían referencias al Espíritu Santo. Carecían de espíritu, eran fósiles de teologías obsoletas.
El espíritu del Concilio -afirman los teólogos renovadores- promueve conciencia lúcida moral, da sentido agudo a los juicios, empuja al compromiso social por los pobres y fomenta la puesta en práctica del mensaje de Jesús. Espíritu es un término de honda raigambre cristiana, usado hoy más a menudo que antes en teología.
Puede decirse que una persona tiene espíritu cuando dimana aliento vital, se comunica de modo cálido y crítico, empuja a la renovación personal y social, genera fuerzas para el compromiso, sabe discernir, detecta las huellas de Dios en la historia, descubre los “signos de los tiempos”, produce gozo y alienta esperanza. El Espíritu de Dios se expresa donde hay vida y verdad, amor, justicia y paz, reconciliación y perdón, renovación y apertura.
El Vaticano II no se reduce a sus textos, con ser importantes. Es preciso descubrir el espíritu con que se escribieron. Lógicamente, el texto lleva al espíritu y el espíritu hace entender el texto. Asimismo, hay que tener en cuenta la amplitud de la convocatoria del Concilio y sus objetivos, expresados primero por Juan XXIII y después por Pablo VI. La preocupación mayor fue formular la fe teniendo en cuenta el vigor de la palabra de Dios, el contexto cultural moderno, la situación injusta del Tercer Mundo, el escándalo de la división entre las Iglesias cristianas y las exigencias nuevas en la praxis de los creyentes.
Fue acontecimiento eclesial, religioso y espiritual, no mero pronunciamiento doctrinal o disciplinar. No pretendió hacer crecer la teología, sino poner el pensamiento teológico al servicio de la vida. Juan XXIII dijo que para redactar una nueva suma doctrinal no hacía falta un Concilio. La novedad más significativa del Vaticano II no la constituyen sus formulaciones, sino el hecho de haber sido convocado y celebrado dinámicamente, con espíritu vivo.
A raíz del Vaticano II se logró un entendimiento de la Iglesia como pueblo de Dios y del ministerio como servicio al pueblo. Despertó grandes ilusiones la reforma litúrgica, se iniciaron los contactos ecuménicos, se renovaron los seminarios y noviciados, cobró un gran impulso el laicado, la Iglesia se abrió al mundo de los pobres y la teología mostró una gran vitalidad. Contribuyó a un cambio profundo de la cosmovisión cristiana, ya que fue final de la Contrarreforma, consagración de los movimientos eclesiales innovadores, reconocimiento de los valores de la modernidad, retorno a la palabra de Dios y redescubrimiento de una nueva conciencia de Iglesia. El mundo no era visto ya exclusivamente como “enemigo del alma”.
Algunos teólogos piensan que el Concilio se convocó demasiado tarde, ya que la esclerosis del catolicismo romano había avanzado casi irremediablemente. Otros creen que se celebró demasiado pronto, puesto que el proceso de la mutación cultural moderna o posmoderna estaba en sus comienzos.
Si se comparan los propósitos conciliares con lo ocurrido en la Iglesia cuarenta años después, los juicios son divergentes. Hay quienes descalifican al Vaticano II como decisión peligrosa y equivocada que introdujo en la Iglesia un anti-espíritu agresivo y crítico. Otros juzgan negativamente el posconcilio por la mala aplicación de las decisiones conciliares, ya que se interpretó mal su espíritu.
Muchos cristianos creemos que nos hemos desviado por involución del espíritu conciliar. Urge que los católicos volvamos a retomar el espíritu del Vaticano II,para el bien de la Iglesia y de la sociedad. Es el gran reto del nuevo Papa.
Parroquia Nuestra Señora de la Paz / Madrid – 2005.
Publicado en revista “Reflexión y Liberación” Nº 94, Sept. de 2012 – Chile.

martes, 6 de noviembre de 2012

“Contra el vicio del secreto la virtud de la información”


Entrevista al Teólogo Juan Masiá.
Escribe: Juan Manuel Castañeda Chávez

3 de noviembre de 2012

Un mar cantábrico, profundamente azul, y un cielo algo nublado rodeaban al Palacio de la Magdalena, ubicado en una península de la acogedora ciudad de Santander, y sede de los tradicionales cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Allí fue el lugar donde, un tiempo atrás, se celebró el Curso Internacional “El Concilio Vaticano II, 50 años después”, organizado por el profesor Juan José Tamayo y Edgardo Rodríguez Gómez desde la Cátedra “Ignacio Ellacuría” de la Universidad Carlos III de Madrid.

A esta cita, desarrollada en realidad como un conversatorio, fueron invitados connotados exponentes de otras religiones relevantes como el representante en España del Dalai Lama, el venerable Thubten Wangchen, el obispo de la Diócesis en Europa de la Iglesia Anglicana, David Hamid, así como estudiosos de diversas orientaciones de la Iglesia católica. Vale la pena mencionar también el estreno en exclusiva en España de la película “Elefante Blanco”, protagonizada por Ricardo Darín, y la amena charla sostenida con su productor Juan Gordon.

El evento rememoraba la celebración del Concilio Vaticano II en 1962, aquel acontecimiento iniciado por el Papa Juan XXIII para poner al día a la Iglesia católica y hacerla partícipe de los nuevos retos a los que se enfrentaba la sociedad mundial en la segunda mitad del siglo XX y su proyección al XXI.

Aprovechando esta reunión de intelectuales, religiosas y religiosos tuvimos la oportunidad de hablar con Juan Masía, profesor jesuita e importante figura mundial en temas de bioética. Afincado en Japón hace más de tres décadas, el profesor Masiá se dedica a la enseñanza en la Universidad de Sophia en Tokio.

Con él hablamos de temas diversos que atañen a la relación de la sociedad y la iglesia, que por lo visto son cuestiones más terrenales de lo que suele parecer. Parafraseando a San Agustín, se diría que estos asuntos pertenecen más al mundo del hombre que a La Ciudad de Dios.

Explíquenos, ¿cuál es la importancia del Concilio Vaticano II?

Lo que ocurrió en el Concilio Vaticano II fue lo que quería Juan XXIII que ocurriese. Ese abrir las ventanas y poner la iglesia al día tenía que haber ocurrido mucho antes y ocurrió con retraso, pienso yo, y la lástima es que eso que ocurrió, pues, no acabamos de ponerlo en práctica.

La iglesia, ya desde la Edad Media, viene arrastrando toda esta historia. Cuando ocurre la Reforma protestante, la iglesia reacciona contra ella con una Contrarreforma. Esa Reforma tenía que haber ocurrido desde dentro, en vez de provocar el efecto contrario.

Lo que ocurrió en el Vaticano II es una cosa que ocurre muy pocas veces, casi todos los movimientos de renovación, de reforma, han surgido de abajo a arriba. Con el Concilio Vaticano II fue que desde arriba, Juan XXIII nos dijo: Hay que cambiar. Normalmente se dice desde abajo y poco a poco se va asumiendo; primero no te lo aceptan, luego te frenan y al final, poco a poco, te lo admiten, pero eso de que desde arriba te animen a cambiar es algo que históricamente pasa pocas veces.

Los valores del mundo actual chocan muchas veces con los valores tradicionales de la iglesia católica, hablamos en algún caso sobre los conflictos del aborto, la homosexualidad, avances en genética, entre muchos otros. ¿Es posible que algún día ambas posiciones se puedan alinear?

Es que cuando dices los valores tradicionales de la Iglesia católica, y la Iglesia católica hace una reflexión sobre su historia, tiene que plantearse su enfoque y aplicación de esos valores. Pero bueno…, lo más sencillo y lo más esencial del evangelio concuerda con lo que hemos venido llamando los valores tradicionales de la iglesia.

Y es que es el problema con el que choca Jesús de Nazaret. A Jesús de Nazaret se le tiene por ateo y choca con la religión establecida de su tiempo, y este problema se está repitiendo; entonces, por eso lo de Juan XXIII: retorno al evangelio; que al mismo tiempo es lo más sencillo y lo más difícil: volver a los orígenes y a la vez mirar el mundo de hoy para dialogar y encontrarse con él. Esas dos cosas, volver a la fuente y dialogar con la actualidad son lo principal.

Respecto de la anterior pregunta, sobre el choque de valores y las nuevas interpretaciones. ¿Es posible decir que hay una posición oficial y una posición no oficial respecto de estos temas?

Bueno…, si llamas posición oficial a lo que encuentran en un documento como, por ejemplo, la instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1987, Donum vitae: “El don de de la vida”. Lo que dice en ese documento a propósito de la procreación medicamente asistida, pues dice que no. ¿O qué dice de la anticoncepción?, pues dice que no. Bueno muy bien, pero cuidado, ¿cómo hay que leer un documento así?, ¿cómo hay que entender esto? ¿Es esta una cuestión de dogma?, pues no. ¿De doctrina?, pues no. ¿Es una cuestión de pecado?, pues no. ¿Es una cuestión de obediencia al Papa?, pues no.

En un momento dado, la Doctrina para la Fe, en un documento aprobado por el Papa, ha sentido la necesidad de decir eso y tenía sus razones para ello. Pero esto no es una cuestión ni de dogma de fe, ni es una cuestión de pecado o no pecado.

Muchos problemas de estos que la gente cree que son problemas de moral, de ética, en realidad son problemas de eclesiología que no entendemos. Como si la iglesia fuese un club con unas normas; se tiende a pensar que esto que está escrito ahí son las reglas que obligan a los miembros del club. No es así. Por ejemplo, tiene mucho más peso el Concilio Vaticano II. Comparándolo con las leyes de un país, diríamos que los documentos conciliares son como la Constitución. Tiene mucho más peso lo que dice la Constitución que lo que dice un determinado decreto dado por la administración de un ministerio específico.

Usted actualmente vive en Japón y allí, entre muchas otras cosas, enseña bioética ¿Que es la bioética?

Pues mira, dicho muy sencillamente, el interés por la biología viene de antiguo y la ética como preocupación e interés por la convivencia humana también viene de antiguo. Pero la biología que había en el tiempo de Aristóteles no es la que hay ahora. Hoy día sabemos muchísimo más, en estos últimos 50 años hemos aprendido muchísimo sobre la vida; pero no solo sabemos más, sino que al saber más sobre ella, se la puede manejar más.

Fíjate que el primer niño que nace por procreación asistida lo hace en el año 1978, el primer trasplante de corazón es en el 68, en el 98 estaban hablando sobre las células madre. Avanza el conocimiento sobre la vida y la capacidad de manejarla, la biotecnología, y esto nos plantea unos problemas que no se habían planteado hasta ahora. La ética se hace también más difícil y también más necesaria y se hace más urgente plantearse los problemas éticos en las cuestiones de la vida.

Claro, no te los puedes plantear sin tomar muy en serio los conocimientos científicos, biológicos; no puedes hacerlo solamente desde unos principios muy abstractos o desde unos manuales de moral teológica que hasta ahora no se habían planteado estas preguntas, no puedes responder a estas preguntas con las respuestas de antes.

Cuando empiezan los trasplantes lo primero que se le ocurre al que está manejando los libros tradicionales de moral es buscar qué hay allí parecido a los trasplantes. Pues nada decían, no se puede cortar un miembro a un niño para luego utilizar ese niño para mendigar. Pero si no le cortas la pierna que tiene una gangrena, pues se va a morir. Entonces el cortarla es para el bien de todo el cuerpo. A esta manera de razonar le ponían un nombre: es para el bien de todo el cuerpo, por tanto es el “principio de totalidad”.

Cuando aparece lo de los trasplantes de riñones a otro, se preguntan: ¿esto es bueno para todo tu cuerpo? Será bueno para él que lo recibe, pero para ti no. Por tanto piensan que no pueden aplicar el principio de totalidad. Hasta que llegó alguien capaz de cambiar el paradigma de pensar y dijo: no se trata del “principio de totalidad”, sino de otro principio, “el principio de solidaridad”. Si tú das un riñón a otro, a ti como persona te hace más caritativo, más solidario, mejor, incluso utilizando aquel principio tradicional de totalidad se podría decir que es bueno para la totalidad de tu persona. Lo puedes hacer. Una vez hecho este razonamiento se pasó de enfocar el tema de los trasplantes como si fuera una mutilación innecesaria al de verlo como una donación solidaria.

Se vio la ética obligada a flexibilizar, a reinterpretar, a rearticular el principio tradicional.

En suma, ¿tal vez la bioética nos ayuda a unir estos principios con las tecnologías rampantes de estos momentos, a darles una salida?

Responder a los nuevos problemas de ética que te plantean estos nuevos conocimientos y tecnologías que vienen y son mayores y más difíciles. Hoy la ciencia se ha hecho más amplia, la tecnología más capaz, la sociedad más complicada… y, por consiguiente, la ética más difícil. Pero, eso sí, más necesaria.

Por eso hay que hacerla en equipo, hay que hacerla interdisciplinarmente, hay que hacerla con conocimiento de esa ciencia y tecnología.

Para finalizar la entrevista, tengo que formularle una pregunta casi obligatoria; ¿el actual revuelo sobre documentos secretos del Vaticano expuesto de manera misteriosa a la opinión pública evidencia una lucha de poder por el futuro del Vaticano?

Pues, por poco que sepamos de la historia de la iglesia, y todo lo que sé, ha habido lucha de poder en toda la Historia, no nos extrañará lo que está pasando. Yo creo que en este caso, lo mismo que en el de la pederastia, es muy bueno que todo lo que está escondido salga a la luz, porque contra el vicio del secreto está la virtud de la información. Y nos ayudará, cuánto más se sepa las cosas, también nos hará a todos más humildes y obligará a no seguir con ese secretismo con que se ocultaban.

Fuente: Atrio