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lunes, 25 de enero de 2016

"Somos todos ramas separadas que peregrinan hacia el tronco de Cristo"


Juan Masiá sj

"Hoy ya no presume la iglesia católica de ser el tronco del árbol"

"Es conocida la marcha atrás que se fue dando en los últimos años de Juan Pablo II"
Celebramos esta semana, como desde hace ya más de un siglo, el octavario de oración por la unión de las iglesias (entre las fiestas litúrgicas petrina y paulina del 18 y 25 de enero). Pero hoy la vivimos con el talante ecuménico postconciliar de "peregrinar juntos hacia la unidad" (Evangelii gaudium, n. 244), en vez del exclusivismo contrarreformista de la época de Pío X.

Hoy ya no presume la iglesia católica de ser el tronco del árbol en el que únicamente "subsista la iglesia de Jesucristo", del que se habrían desgajado, según la teología contrarreformista, las "ramas separadas". Para aquella mentalidad preconciliar, rezar por la unidad significaba pedir que las ramas separadas se reunieran de nuevo y reinsertaran en el tronco.

Cuando el 25 de enero de 1959 anunció el Papa Juan XXIII la convocatoria del Concilio Vaticano II dijo que, con esa ocasión, rogaba por "una amistosa y renovada invitación a nuestros hermanos separados de las Iglesias cristianas a participar con nosotros del banquete de gracia y hermandad, al que aspiran tantas almas en tantos rincones del mundo" (G. Zizola, L'Utopia di Papa Giovanni, p. 322).

Estas palabras del Papa le parecieron sospechosas a los funcionarios de la Curia que las "re-escribieron" en los términos siguientes en el comunicado de prensa oficial dado por el Secretario de Estado, Cardenal Tardini: "invitación a las comunidades separadas para buscar la unidad". Habían suprimido la calificación de "iglesias" y "hermanos". También había desaparecido la expresión que invitaba a "participar del banquete de gracia y hermandad", por miedo a que se viese en ella una invitación a la mesa eucarística (P. Hdebblethwaite, Juan XXIII. El Papa del Concilio, PPC, 2000, p.386-88).

Durante los años siguientes de preparación del Concilio y durante la primera sesión de este, prosiguió la tensión entre la propuesta ecuménica y la oposición contrarreformista.Deo gratias, al fin triunfó el ecumenismo en el Decreto Unitatis redintegratio, de 21 de noviembre de 1964.

Ahora la imagen ya no es la de una reunión de "ellos, las ramas" con "nosotros, el tronco". Ahora todos somos ramas separadas del tronco: Cristo. No se trata de que "ellos-ellas" vuelvan a "nuestro redil", sino de que todos "nosotros/nosotras, ellos/ellas, todos ramas" nos renovemos y reformemos continuamente: "todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo y emprenden la renovación y reforma" (Concilio Vat. II, Unitatis redintegratio, n. 4).

Sin embargo, es conocida la marcha atrás que se fue dando en los últimos años de Juan Pablo II. Después de la publicación por el card. Ratzinger de Dominus Jesus (Congregación para la Doctrina de la Fe, 6-VIII-2000), los escritos teológicos que se referían a las confesionalidades protestantes como "iglesias hermanas" eran amonestados por las correspondientes instancias inquisitoriales.

Por eso resultan tan positivas y esperanzadoras las palabras del Papa Francisco cuando repite que el anuncio de paz de Jesucristo "no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades(EG 230). Francisco ve la marcha hacia la unidad deseada por Jesús: "que todos sean uno" (Jn 17, 21) como el camino hacia una meta: "siempre somos peregrinos y peregrinamos juntos" (EG 244).

Ocurre con la "unidad de las iglesias" un equívoco semejante al que se produce con la mal llamada (canónicamente) "indisolubilidad del matrimonio". Ni la una ni la otra son una propiedad o característica ya dada desde el principio, ni un punto de partida, sino una meta a la que se está llamado, se promete caminar y se camina, pero... La unión de las familias, comno la unión de los esposos y la unión de la familia humana, de la que aspiran a ser signo las iglesias son, como la paz, algo que hay que construir; son un don y una tarea, como suele repetir Francisco y ha repetido el Sínodo de los obispos.

No somos nosotros el tronco, con el monopolio de la verdad. Somos todos ramas separadas que peregrinan hacia el tronco de Cristo, sin tener ninguna el monopolio de la meta.

Pero, al mismo tiempo, tenemos también el optimismo esperanzador de saber que, aunque nos desviemos o separemos del tronco de Cristo por el camino, Él no se separa, sino que sigue estando con, en y junto a cada rama y "subsiste", es decir, está presente, animando y vivificando con su Espíritu, a cada una.

También en la rama que a veces ha presumido de ser tronco, también en ella "susbsiste" la Iglesia de Cristo (C.Vaticano II, Lumen gentium n. 8). Como dirían nuestros hermanos budistas: "hasta los buenos se salvan". O como diría Jesús: "Hasta los que se creen justos se salvan, porque no he venido por los justos, sino por los pecadores... pero, como pecadores son todos..., pues resulta que por todos he venido para salvarlos a todos" (cf Lc 5, 32 y Mt 9, 13).

jueves, 15 de octubre de 2015

Actitudes idolátricas.



Hay otras idolatrías en las que podemos estar cayendo, aun cuando estemos en iglesias sin imágenes ni ídolos de leño.


DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro 

No. No se es ahora tan combativo en el campo evangélico contra la idolatría como cuando yo era niño. Entonces, recuerdo que en el ámbito de mi iglesia se veía el entorno católico como idólatra porque tenía imágenes de barro o de madera a las que adoraban. Jamás un evangélico se hubiera arrodillado ante ellas aunque le costara la vida. Sí, así era el concepto de idolatría de los evangélicos. Un concepto basado en la propia Biblia que dice que lo mejor de estas imágenes para nada es útil. Sí, este es el concepto de idolatría totalmente vivo que se tenía en todo el campo evangélico en general en nuestro país. 

Hoy se sigue pensando igual, pero ya no hay esa virulencia con la que se defendía la adoración al Dios vivo sin mediación de imagen alguna. Es el concepto de idolatría que nosotros pensamos que es correcto, pero que ha perdido fuerza en la controversia actual. ¿Es bueno que este concepto haya pedido virulencia? Yo creo que sí, porque la idolatría va mucho más allá que el hecho de hacer ídolos que no ven ni oyen o inclinarse ante imágenes de barro o leño. La idolatría no se da sólo en temas o entornos relacionados con el ritual cúltico. No, no. Hay que superar esa concepción aunque tenga sus connotaciones idólatras. Tampoco se da sólo en el terreno de la práctica religiosa, del ritual. 

Hay otras idolatrías en las que podemos estar cayendo, aun cuando estemos en iglesias sin imágenes ni ídolos de leño. Existen otros tipos de idolatrías, otras situaciones idolátricas tan graves o más que el inclinarse ante imágenes que ni ven, ni oyen, ni entienden. Quizás, muchas más veces de las que nos imaginamos, estemos cerca del peligro idolátrico. Podemos convertir en ídolo al dinero, en dios al prestigio, en nuestro señor al que servimos a la escalada social y muchas más cosas de la realidad temporal y terrenal que, en nuestra inclinación idolátrica, somos capaces de intentar divinizarlas alejándonos del Dios de la vida. 

Hay corazones idólatras incluso entre personas religiosas que, desgraciadamente, muchas veces viven como los que no tuvieran esperanza. Sí, es verdad. Los evangélicos no nos inclinamos ante imágenes de barro. Nadie nos puede achacar esa idolatría. Decimos y confesamos que nuestro único Dios y Mediador es Jesucristo. No hay mediación posible a través de imágenes sordas. Totalmente correcto, pero cuidado con esas idolatrías que parten del corazón y que no se traducen en genuflexiones externas ante ídolos de palo. 

El hombre puede caer en idolatrías más internas aunque no se traduzcan en el ritual idolátrico externo. ¿Qué se ve como idolátrico entre los que trabajamos entre los pobres? Vemos y comprobamos esta idolatría que es divinizar las posesiones de este mundo, postrarse ante el dios dinero, coquetear con el dios Mamón en lugar de dejarse llevar por los valores del Dios de la vida que dice que ésta “no consiste en la abundancia de los bienes que se poseen”. 

Hay idolatrías que practicamos casi inconscientemente como la idolatría de ver como prestigioso al hombre que se enriquece y tiene sus almacenes y cuentas corrientes llenas, ver como triunfadores a los que se dejan llevar por la idolatría del egoísmo, de la codicia que le ata las manos y le incapacita para compartir y solidarizarse con los excluidos de la tierra. Todo eso es una idolatría que separa de Dios de una forma radical. Esto no es algo típico de los evangélicos y se da igualmente, por desgracia, entre cristianos de otras confesiones religiosas. 

Hoy nadie denuncia en nuestras congregaciones al que acumula más de lo que necesita, nadie analiza si lo acumulado ha sido lícita o ilícitamente conseguido, nadie critica al que ha ganado muchos bienes que almacena insolidariamente para sí sin pensar que bíblicamente, la acumulación desmedida siempre es ilícita. 

Leed algunos de los ayes de los profetas. Levi's - Go Forth - DSC 0043 ep / Eric Parker (Flickr - CC BY-NC 2.0) Estos tipos de idolatrías son más perniciosas para los seres humanos que las idolatrías de ritos externos ante las imágenes de barro o leño. Atenta más duramente contra dignidad de las personas, contra la integridad física y psíquica de tantos seres humanos sumidos en la pobreza o en el mundo de los hambrientos… Unos mil millones de personas hambrientas en el mundo. 

La Biblia nos muestra sabiamente que lo sobrante de unos es la escasez de otros. Sí. Muchas idolatrías de hoy están montadas en el despojo de los pobres. Se podría pensar que cuando se aumentan los caudales de los ricos, pueden aumentar también el de los pobres o el de las clases medias que se han empobrecido con la crisis, pero no, no se da este hecho de que haya crecimiento de los caudales de los ricos, pero que los pobres también mejoren y que puedan vivir dignamente. 

Todos sabemos que muchas veces aumentan los caudales de los ricos y disminuyen las posibilidades de los pobres aumentando la brecha de la desigualdad. Ha pasado incluso con nuestra actual crisis en España. Tantas idolatrías en estas áreas muestran a un mundo desequilibrado, injusto y de acumuladores sin escrúpulos que son idolatrados incluso por los pobres de la tierra en su confusión, falta de información y de enseñanza. Sí. Estas idolatrías conforman toda una liturgia de muerte que incluso practican muchos religiosos. 

Una maldita liturgia idólatra contra la que hay que luchar en el nombre del Altísimo. Una liturgia que reduce a la infravida y al no ser de la marginación a más de media humanidad. Terrible escándalo, terrible idolatría, maldita liturgia inhumana. ¡Maldito pecado de omisión que tantas veces practicamos uniéndonos a las liturgias malditas! Tenemos que unirnos a las voces proféticas si queremos practicar o tener una espiritualidad cristiana en línea con los valores del Reino. No deberíamos tener miedo de dar los SOS necesarios para que los cristianos no cayeran en estas idolatrías indignas. No se puede servir a dos señores, no se puede servir al Dios de la vida y al dios de las riquezas. A ver si vamos a criticar las idolatrías de gestos externos y vamos a caer en otras idolatrías más profundas. ¡Líbranos, Dios nuestro, de toda idolatría!

viernes, 16 de mayo de 2014

Iglesia de pastores y ovejas.


Jose Arregi

En la liturgia de este domingo, el evangelio de Juan pone en boca de Jesús: “Yo soy la puerta del redil. Y soy el buen pastor, no un mercenario. Mis ovejas me conocen, escuchan mi voz y me siguen”. Jesús nunca habló exactamente así, pero era un hombre de campo y residía en Cafarnaún, junto al lago de Galilea, y hablaba de lo que veía: labradores y semilla, pescadores y peces, pastores y ovejas. Hablaba de lo que veía para decir lo que esperaba: un mundo justo y bueno, sin hambre ni enfermedad.

Pastores y ovejas. A la jerarquía católica le encanta este lenguaje y lo explota al máximo. “Nosotros somos los pastores, como Jesús, y vosotros sois las ovejas. Escuchadnos, seguidnos, y os salvaréis. Lo dijo Jesús”. No, Jesús no lo dijo. Habló, eso sí, de pastores que buscan a la oveja perdida, y de cómo la prefieren a todas las otras, y de cómo se alegran al encontrarla, como el padre al recuperar al hijo perdido, como la mujer al hallar la moneda perdida, una moneda que era todo su sustento.

Jesús no imaginó ninguna iglesia del futuro, ni pudo pensar que en ella fueran a haber pastores que mandan y ovejas que obedecen, y que éstas nunca pudieran elegir a sus pastores. “Todos vosotros sois hermanas y hermanos, y nadie debe estar por encima ni por debajo de nadie”, dijo Jesús. Y así fue en las primeras generaciones de la Iglesia, en las que las comunidades elegían a sus responsables. Nada de pastores y ovejas.

Luego cambiaron las cosas. Los pastores empezaron a nombrarse unos a otros, y a convertir en ovejas a todos los demás. Así hasta hoy. Y al anuncio del Evangelio, al anuncio de la esperanza sanadora y subversiva de Jesús, lo llamaron “pastoral”, y el Evangelio se convirtió en pastoreo, en cuestión de poder, en gestión de asuntos, siempre desde arriba, todo en nombre del “Buen Pastor” debidamente domesticado.

Así hasta hoy. Justamente hoy, el “domingo del Buen Pastor”, se celebra en la Iglesia católica la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. ¿Qué vocaciones? Vocaciones de pastor, claro está. No lo dicen así, pues quedaría feo. Pero no hubieran designado el domingo del Buen Pastor como día de las vocaciones, si no estuvieran pensando ante todo, o exclusivamente, en las vocaciones de pastor. Por mucho que se adorne el lenguaje, la “pastoral vocacional” tiene como objetivo llenar seminarios y noviciados. ¿Para qué? Para la supervivencia del sistema eclesiástico con su clero y sus congregaciones religiosas. Cosas del pasado milenario, de épocas agrícolas y pastoriles.

Para mantener ese pasado, será preciso que los seminarios y noviciados se llenen de ovejas con aspiraciones de pastor, jóvenes sumisos necesitados de reconocimiento y de poder. Es lo que observo con tristeza. Necesitan creerse los mejores (“Sal a darlo todo”, dice el lema de hoy), aunque nunca conocerán las penalidades del paro y del desahucio, cosas de gente común. Mirad en qué Dios creen, a qué Iglesia aspiran, en qué mundo viven los jóvenes seminaristas y el clero más joven y sus obispos.

“Olor a oveja” es una de las expresiones más exitosas del papa Francisco. A mí me parece de las más desafortunadas, por bienintencionada que sea. Quiere recalcar que los sacerdotes no han de buscar su propio provecho, sino el de la comunidad a la que sirven, pero olvida que las ovejas siempre han servido a los intereses del pastor y que los pastores siempre han vivido de las ovejas. Quiere subrayar que el clero debe vivir muy pegado a los laicos, pero refuerza y perpetúa la imagen de una Iglesia de clérigos y laicos, pegada a sus pastores, bajo la mitra y el cayado, con olor a pastor.

Muchos gestos y palabras del papa Francisco nos han llenado los pulmones de aire limpio y fresco, y lo agradecemos profundamente. Pero… ha pasado un año ¿y qué vemos? Sigue intacto el sistema clerical absolutista de la Iglesia católica y toda la teología que lo sustenta. O incluso se ha reforzado. Nada lo ilustra mejor que la reciente ceremonia de canonización de dos papas muertos por dos papas vivos. Demasiado papa. ¿No está creciendo la dependencia infantil respecto del papa?

Nada cambiará en la Iglesia mientras no se invierta el esquema, y no deje de haber ovejas y pastores. Mientras no recuperemos el Espíritu y la libertad de Jesús.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo Noticias)

Para orar. Bienaventuranzas de la vocación
Felices quienes en algún momento de su vida llegan a intuir, a presentir cuál es el sentido y, por lo tanto, la misión de su vida.
Felices quienes cultivan sus habilidades, sus aptitudes para desarrollarse más plenamente como personas.
Felices quienes ponen los carismas que han descubierto dentro de sí al servicio de los demás.
Felices quienes se han dejado interpelar y sorprender por hechos, experiencias, contactos personales, y han sabido responder a esa invitación.
Felices quienes han ido descubriendo a lo largo de su vida que lo más importante es ser y no solo tener.
Felices quienes sienten la responsabilidad de ayudar a mejorar la humanidad, y se embarcan en esa tarea, que les ocupará el resto de sus vidas.
Felices quienes viven su vocación con alegría, mejorando e intentando ser fieles cada día, trabajando para que no les invada la rutina, sino que se sigan renovando en cada momento.
Felices quienes descubren que cualquier vocación tiene su raíz en su fuente interior, que fluye por los manantiales innumerables de la belleza y que desemboca en el fértil delta del amor.

(Miguel Ángel Mesa)

Fuente: Atrio

sábado, 26 de enero de 2013

Pese a todo, esperanza.



por Juan María Tellería
Me dijo: “Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos?” Yo dije: “Señor Yahveh, tú lo sabes.”(Ezequiel 37, 3. BJ)
Personalmente, nos ha alegrado sobremanera la constatación de que uno de los textos propuestos para la liturgia de esta especial semana de oración por la unidad de los cristianos sea la llamadavisión de los huesos secos o el valle de los huesos secos que leemos en Ezequiel 37. Desde nuestra niñez, cuando vimos una estampa en la que se intentaba representar este pasaje, donde se veía un hombre aterrorizado —el profeta, sin duda— ante un gran montón de huesos revueltos, algunos de los cuales tomaban forma de esqueletos completos y otros en la lejanía ya se levantaban como seres humanos erguidos, es un cuadro que siempre nos ha llamado poderosamente la atención por la fuerza declarativa de sus impactantes imágenes y el profundo contenido de su mensaje.
Independientemente de las aplicaciones escatológicas que se les quieran atribuir, que son muchas y muy diversas, según la intención o la fantasía del intérprete de turno, hay algo en todos estos versículos que los hace mucho más cercanos a nuestra realidad como creyentes de hoy, que vivimos el día a día haciendo frente a los problemas cotidianos, tan prosaicos ellos, pero tan acuciantes; y es que nos muestran, por un lado, ese contraste radical entre la vida y la muerte ante el que el hombre, sea profeta o no, es un simple espectador, y por el otro, la presencia de Dios, o mejor dicho, la presencia de la Palabra Viva de Dios que es capaz de invertir las situaciones, deshacer lo hecho y recomponer lo deshecho. Y en medio de todo, el diálogo entre Dios y el hombre, entre el ser humano y Dios.
La vida y la muerte son realidades diarias sobre las que en principio no tenemos control alguno. Pero no nos referimos en exclusiva a una vida o una muerte físicas, las propias de cualquier ser que nace, crece, se reproduce y fallece en un momento concreto cuando su organismo entra en una fase de consunción o decrepitud. Nuestras sociedades, antiguas y modernas, han generado a lo largo de los tiempos formas de vida que en realidad tienen todas las trazas de una muerte; hablando en términos generales, el creyente comparte el mundo con seres humanos, no sólo congéneres desde un punto de vista exclusivamente biológico, sino por encima de todo prójimos en la apreciación de Jesús de Nazaret, cuyas existencias son más bien formas de muerte anímica. Se trata de personas a quienes la vida ha maltratado de tal manera que en realidad las ha matado. Hay muchas formas de eliminar a un ser humano sin que nadie se percate, sin que parezca que esté realmente muerto. Quienes hoy —y siempre— manejan los hilos del poder político y/o económico saben bien cómo reducir a poblaciones enteras o a grandes segmentos poblacionales al estado de muertos vivientes. Arrebatar la dignidad a las personas es asesinarlas en vida, por lo que en ocasiones asistimos a genocidios enteros, o bien sin darnos cuenta, o bien con una actitud de resignación esperando que no nos toque a nosotros, haciendo cábalas sobre el futuro y deseando que las cosas tomen otro cauce. Realidades que hoy están a la orden del día, como la corrupción de las altas esferas y la supresión constante de servicios públicos, el aplastamiento de culturas y conciencias, o el desempleo generalizado que sufren muchas familias, con sus desahucios consiguientes y progresiva depauperación, son una forma larvada de homicidio. Y otro tanto podríamos decir de la muerte moral que se impone de alguna forma a nuestra sociedad a través de los medios de comunicación al sancionar situaciones de disolución de la familia o al presentar ejemplos vivos de figuras públicas —quizás fuera más exacto decir “víctimas públicas”— que dan la impresión de exhibir sus problemas como si fueran triunfos y sus desgracias personales como si fueran éxitos.
“Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos?” es la pregunta que formula Dios a Ezequiel, y no exageraba. La casa de Israel de tiempos del profeta no era más que eso, huesos secos en gran manera, es decir, un pueblo muerto, esparcido entre las naciones, pisoteado en su dignidad, sin identidad, sin patria, sin templo, sin ley propia. Los versículos subsiguientes nos presentan una escena que algunos afectos al gore no han dudado en tildar de terrorífica, pero en la que nosotros hoy leemos esperanza: ante la proclama del profeta los huesos se mueven, se van acoplando unos a otros. La mirada atónita del siervo de Dios contempla tendones, carne, piel que van creciendo y cubren aquella hasta entonces peladas osamentas, para luego, en un segundo tiempo y siempre obedeciendo a la todopoderosa palabra profética —que no es propiedad del profeta, que el profeta no inventa ni genera por sí mismo—, el Espíritu pone en pie aquellos organismos ya completos pero inertes, de manera que el valle de los huesos secos se transforma en el campamento de un ejército innumerable.
La pregunta de Dios sólo puede tener una respuesta verbal, la que da Ezequiel: “Señor, tú lo sabes”. Y un efecto inmediato, que es la proclama profética. El límite entre la muerte y la vida únicamente compete a Dios y a su Palabra. Allí donde los seres humanos, israelitas o no, creyentes o no, son (o somos) víctimas de situaciones injustas que nos arrebatan la vida y la dignidad, se encuentra el espacio en que la Palabra de Dios actúa soberana y actúa en esperanza porque es el vehículo del Espíritu. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, dirá el Señor Jesús en cierta ocasión tal como la leemos en la recensión de San Lucas, porque para él todos viven. El fundamento de la gran doctrina de la resurrección de la carne, que ha de acontecer al final de los tiempos, no es otro que el hecho de que Dios se rebela con todo su ser frente a la injusticia humana que engendra la muerte, física, mental, moral y espiritual. El Dios revelado en el Antiguo Testamento no desea ejercer su señorío sobre una nación de sombras o un valle repleto de huesos secos, sino sobre un pueblo vivo. El Dios que en el Nuevo Testamento se nos muestra en su plenitud en la persona y la obra de Cristo reina de hecho sobre un organismo vivo que es la Iglesia universal, y a partir de ahí en el mundo entero.
La Iglesia de hoy y de mañana, como Ezequiel y los profetas de ayer, está llamada a proclamar a un Dios vivo, cuya Palabra vivifica, con un mensaje que devuelva la vida a quienes tantas fuerzas hostiles y, para llamarlas por su verdadero nombre, diabólicas, arrebatan de continuo todo aquello que nos hace realmente humanos. Dios nos ha creado a su imagen dándonos dignidad. Su Palabra nos la devuelve y nos llama a ponernos en pie frente a los agentes de la muerte.
Que todos se enteren ya.


Autor/a: Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.


martes, 10 de julio de 2012

Joan Llopis, el evangelio humanizador.



El renovador teólogo catalán centró su obra en la reforma de la liturgia.
La vida del teólogo Joan Llopis (Barcelona, 1932) ha llegado a su final cuando estaba a punto de cumplir 80 años. Su fallecimiento, el pasado 25 de junio, ha privado a la cultura catalana, a la teología posconciliar y al cristianismo en diálogo con la modernidad de una de sus voces más creativas y representativas.

La Universidad Pontificia de Salamanca, la Universidad Gregoriana y el Instituto Litúrgico de San Anselmo, en Roma, fueron los centros de enseñanza donde adquirió una excelente formación teológica, enriquecida posteriormente con los estudios de Psicología. Se ordenó sacerdote en 1953 y se secularizó tres lustros después.
La liturgia fue el terreno que más cultivó y en el que adquirió más relevancia, hasta convertirse en uno de los pioneros de su reforma y de la aplicación del Vaticano II a la realidad catalana. Ejerció la docencia de esta disciplina en la Facultad de Teología de Barcelona, la Universidad Pontificia de Salamanca, el Instituto Superior de Pastoral de Madrid y el Instituto Superior de Liturgia de Medellín (Colombia). Colaboró asiduamente en las revistas Phase, del Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona, de cuyo Instituto de Liturgia fue director, y Concilium, Revista Internacional de Teología.
Una obra que tuvo un fuerte impacto y que provocó malestar en los sectores conservadores del catolicismo fue La inútil liturgia (Barcelona, 1972), donde critica los aspectos mágicos que perviven en no pocas manifestaciones de la liturgia cristiana, que buscan la eficacia por la simple pronunciación de fórmulas mágicas o la realización de los ritos. Llopis pone en primer término el carácter celebrativo, festivo, ético, gratuito, solidario y simbólico de la liturgia frente al meramente ritual, destaca su función crítica y, más allá de su dimensión sacrificial, subraya la experiencia del compartir. En sintonía con la teología de la liberación, defendió la dimensión liberadora de la liturgia y cuestionó la predicación de la solidaridad sin ser solidario y el anuncio de la libertad cuando se oprime a los demás.
Su teología se sitúa en el horizonte crítico de la modernidad, en el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, en la perspectiva humanista y en el sentido comunitario del cristianismo originario. Un ejemplo de dicho enfoque se encuentra en su obra El Evangelio (re)humanizador, que recibió el Premio Joan Maragall. Fue miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII y, durante un tiempo, formó parte de su junta directiva. Desempeñó un papel muy importante en el nacimiento y desarrollo de las comunidades de base.
Nada desdeñable fue su trabajo como traductor. Vertió al castellano la magna obra Historia de la teología cristiana en tres volúmenes de Evangelista Vilanova (Herder, Barcelona, 1987-1993) ¡3.000 páginas!, que entiende la teología no como afirmación de dogmas, sino como búsqueda permanente. Merece mención especial su versión al catalán de la obra profética del teólogo italiano Antonio Rosmini Las cinco llagas de la santa Iglesia, cuyo destino fue el Índice de Libros Prohibidos. Hoy su autor va camino de los altares. ¡Santo y hereje!
Merece la pena recordar su intensa actividad en los medios de comunicación. Fue responsable de información religiosa, junto con Joaquín Gomis, del diario Avui, desde cuyas páginas analizó con serenidad y sentido crítico la realidad sociorreligiosa mundial, española y catalana. Colaboró asiduamente en las revistas Foc Nou, Serra d’Or y Questions de Vida Cristiana, las dos últimas de la Abadía de Montserrat. A través de sus colaboraciones contribuyó muy positivamente a la inculturación del cristianismo en la cultura catalana, más allá de su universalidad abstracta, que termina en imperialismo cultural.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2012).

sábado, 18 de febrero de 2012

Homilías: donde «el hijo de Dios» oscurece al «hijo del hombre»


Honorio Cadarso, 18-Febrero-2012


Un recorrido por una treintena de homilías, entre otras muchas que se ofrecen en Internet, da pie para analizar el alimento espiritual, bíblico y teológico que se presenta a los fieles que asisten a las misas de los domingos. (Si alimento se le puede llamar, que para algunos no pasaría de “bazofia”).

Dejando al margen algunas propuestas de homilía de una inspiración francamente “tridentina” hemos seleccionado un bloque de 27 cuyos autores son, entre otros, un Josef Ratzinger de los años 1980, el donostiarra Pagola o un Urs von Baltasar de la misma época y también sacerdotes catalanes, italianos o sudamericanos, de un talante más bien moderno a tono con el Concilio Vaticano II.

Ahora bien, uno se atrevería a aventurar que en todos ellos se echa de menos una atención suficiente a la condición humana de Jesús, que tanto empeño ponía en ser considerado “hijo del hombre”, y una interpretación de los hechos de tejas abajo, ocurridos en nuestro suelo y en nuestro planeta, tal como la haría un ser humano si fuese testigo de un hecho así en este siglo.

Concretamente nos hemos fijado en el evangelio del domingo VII del Tiempo Ordinario, en el que Marcos (2, 1-12)narra la curación de un paralítico que fue descolgado por un agujero hecho en el tejado de la casa. Jesús, curador que conocía del hombre, por intuición compasiva, lo que hoy puede conocer un médico o un siquiatra, se supone (no se dice) que hizo su pronóstico de la enfermedad de aquel paralítico y de la incidencia que en su parálisis tenía el complejo de culpabilidad que le torturaba. Por eso, su primer diagnóstico o receta fue: “Tus pecados están perdonados”. Los guionistas de las 27 homilías se apresuran a teorizar sobre el poder de Jesús de perdonar los pecados, que conlleva automáticamente su condición divina.

Tal vez podría aventurarse que en ese momento Jesús no se arroga su condición divina, sino simplemente tranquiliza al paralítico y le garantiza que su pecado no existe, está perdonado. Ante todo intenta liberarlo del complejo de culpabilidad que para Jesús carece absolutamente de fundamento y de sentido.

Pero no solo se recurre inmediatamente a la tesis de la divinidad de Jesús, también se abre una cascada de discursos sobre el pecado que está presente en el mundo y en todas las personas, sobre Dios que perdona, sobre las especies de pecado más en curso en nuestro mundo de hoy, sobre cómo le hemos vuelto las espaldas a Dios… tema éste muy socorrido para Josef Ratzinger.
Ni qué decir tiene que ya puestos en el tema del pecado se enlaza con ese tema inmediatamente al sacrificio de la Cruz como gesto redentor y liberador del pecado, a todos los discursos de todos los profetas sobre el pecado de Israel… Un tema que da mucho de sí…

Inmediatamente se suscita la polémica con los fariseos que le acechan: “¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?”

Y se vuelve a la carga, parece que hay prisa por dejar a un lado al “hijo del hombre”, el médico y siquiatra que se interesa por las enfermedades de sus semejantes, que no entiende tanto de esa dicotomía un tanto artificial entre cuerpo y alma del ser humano, sino que lo considera como una unidad a la que afectan enfermedades físicas y síquicas, y busca su curación integral.

Jesús acepta el reto de los fariseos: “¿Qué es más fácil: decirle a este paralítico: Perdonados están tus pecados, o curarle? Pues para que sepáis que el “hijo del hombre” (!otra vez el hijo del hombre!) tiene poder para lo uno y lo otro…
La escena termina con la curación de la parálisis, el paralítico, ante el triple mandato de Jesús: “levántate” “coge tu camilla” y “vete” coge su camilla al hombro y sale de la casa alabando a Dios.

¿Hasta qué punto se impone dictaminar una intervención extranatural y milagrosa de Jesús para interpretar este relato evangélico? ¿De qué pecado habla Jesús? ¿O bien simplemente se adapta a la filosofía-teología del pueblo que le rodea sobre el pecado y la culpabilidad del hombre frente a Dios, y se limita a decir que ese “constructo” mítico de la mentalidad judía quedaba superado por la primacía del ser humano y el pacto que Dios estableció con él por el mero hecho de crearlo? ¿Que un ser humano puede declarar extinguidos los pecados sencillamente porque para Dios el pecado no existe, porque el único requisito de la salvación del ser humano es su voluntad de superarse, de renunciar a un pasado de malas obras?

¿Cómo y en qué condiciones se puede trascender el relato “a lo humano” de este episodio y situarlo en una clave teológica, explicar a los fieles que acuden a la misa del domingo la lectura “a lo divino” que se puede hacer de él.

Seguramente habría que llegar a un tratamiento del texto evangélico en cuestión desde una perspectiva teológica y mística. Pero me temo que, al no haber valorado la dimensión humana de los hechos, los autores de estas homilías se incapacitan para trascender un tratamiento previo que ni siquiera han olido de lejos. No se puede hablar de Jesús hijo de Dios si se desconoce a Jesús hijo del hombre, diría uno…

La verdad es que el que acuda regularmente a la misa de los domingos en una iglesia cualquiera tiene que soportar homilías y explicaciones del evangelio en las que el “hijo del hombre” que se nos muestra en los textos de los cuatro evangelistas pierde su fisonomía humana completamente. Explicaciones del evangelio donde el Hijo de Dios habla un lenguaje solo apto para iniciados, y vive en la luna o más arriba.
Hace mucho tiempo que se impone una lectura del evangelio “en equipo” unas homilías dialogadas en las que cada uno exteriorice y comparta con toda la comunidad cómo entiende el texto de que se trata. Muy bien que al final el presidente de la asamblea cristiana haga el resumen o síntesis de lo que cada uno ha aportado, pero soportar discursos hueros y repetitivos sin emoción y sin contenido, faltos de actualidad y de humanismo, como los que se soportan muchas veces, es francamente desalentador.

NOTA. Las homilías mencionadas pueden localizarse haciendo clic en “Homilia. Domingo VII del Tiempo Ordinario. Ciclo B”. Aparece una primera homilía suelta y al final se vuelve a hacer clic en “26 Homilías más para el Domingo VII del Ciclo B”

Fuente: Atrio

martes, 18 de octubre de 2011

El empujón del Espíritu.



por Floren de Estepa



“Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio también por medio de los laicos. Por eso les da vida con su Espíritu y los empuja sin cesar a toda obra buena y perfecta. A los laicos, en efecto, los une íntimamente a su vida y misión, dándoles también parte en su función sacerdotal para que ofrezcan un culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por eso, los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu”(Const.Dogmatica Lumen Gentium, 21/11/1964, Cap IV: Los laicos)


Estas breves palabras me sirven hoy, para reflexionar sobre el titular del cardenal Cañizares en Religión Digital, respecto de la eucaristía. No es una reflexión impulsiva, pues es algo que vengo madurando desde hace años –y que aun medito-, para llegarme a una vivencia autentica y feliz de toda la dimensión eucarística y sus posibilidades. Por ello esta mañana temprano poco antes de las siete, me dedicaba en el silencio de mi ermita a pensar sobre esta cuestión, que ahora plasmo en la finitud de las letras inspiradas.
“No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía”, dice el señor Cañizares. El tema desde luego no esta tomado al azar, ni es el tema sobre el que tocaba hablar este domingo en el periódico vaticano, no. El tema es de capital importancia para todos los ministros ordenados, y especialmente para aquellos que forman parte como el sr. Cañizares de sagradas congregaciones y otras hierbas.
La realidad, no es que los “cristianos o gran numero de ellos, vean la eucaristía como una posición exterior impuesta” –dice Cañizares-; sino que lo que le preocupa al prelado y la jerarquía eclesiástica es la cada vez mas amplia apertura de miras, que los cristianos tenemos para celebrar la eucaristía. ¿Dónde reside la presencia espiritual de Jesús de Nazaret? ¿Exclusivamente en la eucaristía? ¿No les parece una pobreza impresionante del cristianismo, reducir la presencia de Jesús a la ceremonia eucarística –misa-, celebrada por una persona y contestada mecánicamente por varias decenas de ellas?
No entraremos en el debate teologal de presencia de Jesús a secas, o presencia real de Jesús; pues nos llegaremos a un absurdo pleonasmo. Entiendan que, o esta Jesús o no esta presente. Distinto es que consideremos una determinada materia, apta para que Jesús se haga presente. Dígase un trozo de pan sin levadura. ¿Y si tiene levadura el pan? ¿Y si en lugar de pan es papel de Palabra Sagrada, metal de Cruz o trozo de Carne humana templada y sensible, que bombea el mismo amor de Jesús o de Cristo si os gusta más la palabra? ¿Acaso no da lo mismo comulgar que sentir sensiblemente el contacto o la presencia cercana?
Esta claro que todo incluso las cosas de la religión, son distintas en función de la diferencia de color por el que se mire.
Admito como propias las palabras de Benedicto XVI sobre la eucaristía al decir que: “sin fe y hondura y vivencia personal la eucaristía pierde su sentido”. Le añadiría la palabra humanidad, pero el papa es un gran teólogo y sabe que de hacerlo de tacharían momentáneamente de progresista. En cualquier caso, puede que el papa y yo nos refiramos cada uno a una dimensión eucarística concreta, o a distintas posibilidades de hacer presente a Jesús –Cristo-, por medio de la unión fraterna de los que se reúnen en su nombre.
Sacerdocio real, sacerdocio presbiteral, sacerdocio de Jesucristo. Pero hermanos y hermanas, ¿cómo iba Jesús a querer un orden preestablecido en su Iglesia y sacerdotal, cuando se paso a cada momento condenando a los sacerdotes de entonces, sus ritos, imposiciones e hipocresías?
Qué seguridad mas concreta nos hace falta, que saber que Jesús está a todos los efectos presente entre nosotros, pues“donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Escribí para la revista Tiempo de Hablar sobre la eucaristía del XXXI Congreso de Teología de Septiembre, y decía que: “Quizás ya llegó la hora de dar forma, a la capacidad que tienen los laicos de hacer presente a Jesús en nuestras vidas, por nuestra propias posibilidades y convicciones. Es imposible que nuestra jerárquica Iglesia se afane en mantener al Espíritu Santo encerrado en el monopolio del machista ministerio del presbiterado.”
Solo necesitamos amigos y amigas, ser conscientes del amor que Dios nos tiene. Saber que Jesús nos acompaña a cada paso de nuestra vida, por muy grotesca que sea la situación en la que nos encontremos, y saber que si estamos convencidos de esto, recibiremos en nuestra espalda lo que más necesitamos los cristianos de hoy de una vez por todas, el empujón del Espíritu, para hacernos valer como cristianos y como personas.
Buen fin de semana. Besos desde la aun calurosa Andalucía. Laus Deo.
Fuente: ATRIO

miércoles, 9 de marzo de 2011

El Miércoles de Ceniza.


Miércoles de ceniza, fiesta religiosa. Para la Iglesia Católica, es el primer día de la Cuaresma, que culmina con el Domingo de la Resurrección. Cientos de católicos se congregarán en las iglesias del país para recibir la imposición de la ceniza. Este ritual, que encierra el significado de la renovación del espíritu, simboliza el inicio de la Cuaresma


¿Por qué miércoles?


Cuando en el siglo IV, se fijó la duracion de la cuaresma en 40 días, ésta comenzaba 6 semanas antes de la Pascua (Para calcular la fecha de la Pascua se usaba el computus), en domingo, el llamado domingo de “cuadragésima”. Pero en los siglos VI-VII cobró gran importancia el ayuno como práctica cuaresmal. Y aquí surgió un inconveniente: desde los orígenes nunca se ayunó en día domingo por ser “día de fiesta”, la celebración del día del Señor. Entonces, corrieron el comienzo de la Cuaresma al miércoles previo al primer domingo.


Imposición de la ceniza


Este día, que es para los católicos día de ayuno y abstinencia, igual que el viernes santo se realiza la imposicion de la ceniza a los fieles que asisten a misa. Estas cenizas se elaboran a partir de la quema de los ramos del domingo de ramos del año anterior, y son bendecidas y colocadas sobre la cabeza o la frente de los fieles como signo de la caducidad de la condición humana; como signo penitencial, ya usado desde el antigua testamento; y como signo de conversión, que debe ser la nota dominante durante toda la Cuaresma.

En el rito católico la imposición de la ceniza es realizada por el sacerdote sobre los fieles. El sacerdote puede hacer una cruz con la ceniza en la frente de los fieles o dejar caer un poco de ceniza en su cabeza. En el caso de los clérigos se puede aplicar en la tonsura. Mientras lo hace puede emplear una de las siguientes frases extraídas de las escritura:

  1. Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida (Gén. 3:19)
  2. Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás (Mc. 1:15)
  3. Arrepiéntete y cree en el Evangelio (Mc. 1:15)

Es costumbre dejar no lavar la ceniza hasta que esta desaparezca por sí misma.

La imposición de las cenizas, de acuerdo al rito, recuerda que la vida en la tierra es pasajera y que la vida definitiva se encuentra en el Cielo. La Cuaresma comienza con el miércoles de Ceniza y es para los católicos un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.


Origen de la costumbre


Antiguamente los judíos y otros pueblos de Oriente Próximo acostumbraban a cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como gesto de arrepentimiento profundo. La Biblia menciona múltiples ocasiones y pueblos que utilizaban la ceniza en significado de duelo como en Mt 11:21.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma solía poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. De acuerdo a la creencia, esto recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que recuerda a los que la practican que algún día vamos a morir y que el cuerpo se ha a convertir en polvo.

Fuente:


El Miercoles de Ceniza - Comentario, Repertorio Sugerido


El Miércoles de Ceniza es un día privilegiado litúrgicamente hablando, ya que en la tabla de los días litúrgicos según la precedencia aparece en el segundo grupo, al mismo nivel que los domingos de Adviento o la octava de Pascua por ejemplo.

En ese día comienza uno de los llamados “tiempos fuertes”: la Cuaresma.
Es día de ayuno y abstinencia (como el Viernes Santo) y la Liturgia nos presenta presenta el rito, característico, de la imposición de la ceniza.

En la Misa de ese día se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles, bendecidos el año precedente.

Se omite el acto penitencial, que se sustituye por la imposición de la ceniza, después de la homilía.
Tras una oración impone en la cabeza o la frente la ceniza a los presentes con cualquiera de las dos fórmulas que propone el Misal:
- “Convertíos y creed en el Evangelio” o bien
- “Acuérdate de que polvo eres y al polvo volverás”.

Es conveniente que el sacerdote presidente también se la imponga o le sea impuesta por algún fiel. Debe ser el primero en dar ejemplo de que se suma también a ese camino de conversión.

Después sigue la Oración de los fieles y comienza normalmente la Liturgia eucarística. No se dice el Credo.
También existe la posibilidad de imponer la ceniza fuera de la misa. En este caso debe ir acompañado el rito con una Liturgia de la Palabra.

Los días posteriores a este miércoles, hasta el primer domingo de Cuaresma, se llaman jueves, viernes y sábado después de Ceniza.

El color morado de las vestiduras sagradas es el propio de este tiempo.
Haciendo un poco de historia de este rito al principio se limitaba a los penitentes públicos, o sea, al grupo de pecadores que recibirían la reconciliación el Jueves santo. Desde el siglo XI comenzó a aplicarse este rito a todos los cristianos. Toda la comunidad se reconocía pecadora y se convirtió en un gesto de conversión cuaresmal.

La ceniza nos recuerda nuestra condición débil y caduca. Además, somos pecadores.

En el Antiguo Testamento hay numerosos ejemplos del uso de la ceniza como elemento penitencial y de arrepentimiento, Baste esta cita: “Josué desgarró sus vestidos, se postró rostro en tierra y todos esparcieron polvo sobre sus cabezas y oraban a Yahve” (Jos7,6).

Repertorio Sugerido:
Canto procesional de entrada: Nos has llamado al desierto (Antonio Alcalde)
Salmo: Tomado del Libro del Salmista (Coeditores Liturgicos) - Pag. 76
Aclamación antes del Evangelio: Señor Tu tienes palabras (A.Alcalde) - Sal. 94, 8ab
Imposicion de la ceniza: Convertíos al Señor (A. Alcalde), Con estas cenizas (L. Montgomery), Perdon Señor (J.A.Espinosa), Convertíos (J. Madurga).
Canto procesional de Ofrendas: Te ofrecemos Señor (F. Palazon)
Sanctus: Santo (L. Elizalde)
Padre Nuestro: Padre Nuestro (M. Gregoriana)
Agnus Dei: Cordero de Dios (Misa Sinodal - Francisco Palazon)
Canto procesional de Comunion: Porque nos invitas (C. Gabarain), Dios no quiere la muerte (C. Gabarain)