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jueves, 6 de marzo de 2014

¿Es bíblico tener apóstoles hoy?


JUAN STAM

Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de la palabra griega apostolos. El término se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso, (1) el sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión (recadero, mandadero). Un aspecto más específico de este sentido (2) ocurre en 2 Cor 8:23 y Fil 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekklêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea. En tercer lugar (3), la palabra significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). En este sentido Jesucristo es el “misionero” enviado por Dios (Heb 3:1). Como veremos más adelante, Cristo no era “apóstol” en el mismo sentido que los doce, sino como “enviado” y “misionero” del Padre y prototipo de la misión de la iglesia (Jn 20:21; Mr. 9:37; Mt 10:40; Jn 13.20: Jesús es el Enviado del Padre). El cuarto sentido (4) es lo que generalmente entendemos por “los apóstoles”, como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría significar un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.[1]

Dados estos diversos sentidos de la palabra “apóstol”, es necesario en cada texto bíblico determinar cuál de ellos se está empleando. Serios problemas resultan cuando se confunde un sentido con otro. Los “apóstoles” de hoy toman pasajes donde el término significa “misionero” pero los aplican en el otro sentido y quieren atribuirse los títulos y autoridades de los doce y de Pablo. La iglesia católica hace algo parecido con su ” sucesión apostólica” a través de los siglos. Según el Nuevo Testamento, los apóstoles no tienen sucesores.

El trasfondo judío: El apostolado del Nuevo Testamento se basó en una práctica judía de designar un emisario, llamadoShaLiaJ, con plenos poderes para representar a quien lo había enviado (Esd 7:14; Dn 5:24; cf 2 Cron 17:7-9). El ShaLiaJera una especie de plenipotenciario ad hoc. Eran comunes las fórmulas legales como “el que te recibe a ti me recibe a mí”, “lo que ustedes atan en mi nombre lo he atado yo” y muchos otros parecidos, que aparecen también en el Nuevo Testamento (Mr 9:37; Mt 16:19; Lc 10:16; Jn 13:20; 20:23). La comisión del ShaLiaJ era para una tarea específica y no era transferible a otras personas.

El paradigma definitivo, Hechos 1: Después de suicidarse Judas, los discípulos sentían la necesidad de completar el número doce, como paralelo con las doce tribus de Israel. Con ese fin, guiados por el Espíritu Santo, definieron los requisitos indispensables para incorporarse en el apostolado. La elección se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba” para que “uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hech 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (1:24; cf. 1:2). Veremos en seguida que todas estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo.

Ese texto, y otros, muestran que para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; cf. 1 Jn 1:1-4) y de su resurrección (Hch 10:40-42; 1Co 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. La iglesia ahora es “apostólica” cuando es fiel al testimonio de ellos, que tenemos en el Nuevo Testamento, y cumple así su “apostolado” misionero. Sobre el fundamento de ellos Cristo sigue construyendo la iglesia (Efes 2:20).

Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de ningún otro sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hech 12:2). El grupo quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Obviamente, en esas puertas de la Nueva Jerusalén no aparecerá el nombre de ninguno de nuestros apóstoles de hoy.

Toda esta evidencia bíblica deja muy claro que para ser apóstol, el candidato tenía que ser alguien del primer siglo. Nadie después del primer siglo podría haber sido testigo presencial del ministerio de Jesús y de su resurrección. Ese requisito descalifica de antemano a todos los “apóstoles” de nuestros tiempos modernos.

El apóstol Pablo: El apostolado de Pablo fue severamente cuestionado, precisamente porque él no había sido uno de los discípulos, como requiere Hechos 1, aunque sí era contemporáneo de Jesús y sin duda testigo de su ministerio.[2] Repetidas veces Pablo tiene que defender su llamado de apóstol, pero lo significativo es que lo defiende en los mismos términos básicos de Hechos 1: él también había visto al Resucitado (1 Cor 9:1; 1Cor 15), fue nombrado apóstol no por hombres sino por el mismo Cristo (Gal 1:1,15-17,19; cf. 1 Tim 1:1; 2:7), y él, igual que los doce, había realizado las señales de apóstol y la predicación del evangelio (2 Cor 12:12; cf. Rom 15:18-19). En 1 Corintios 9:1-6 Pablo se defiende contra los que negaban que él era apóstol: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.”

A continuación, Pablo responde a los que le acusan, afirmando que él tiene los mismos derechos de todos los apóstoles (9:3-6; cf. 2 Cor 11:5,13; 12:11s).


En este contexto, 1 Corintios 15 es especialmente importante. En este pasaje Pablo afirma vigorosamente la fe en la resurrección (15:1-8, 12-58) pero también, menos conspicuamente, defiende su propio apostolado (15:8-11). Después de definir el evangelio como la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (15:1-4), Pablo enumera una lista de los que podríamos llamar “los testigos autorizados de la resurrección” (15:5-8): Céfas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacob, después todos los apóstoles y al final Pablo mismo. Por eso, de las varias personas que el Nuevo Testamento llama apóstoles, sabemos que tenían que haber sido testigos presenciales de la resurrección.

Está claro que en este pasaje Pablo no está hablando sólo de visiones espirituales, como tuvo él mismo (2 Cor 12) y que tuvieron Esteban (Hech 7) o Juan (Apoc 4-5), que no podrían servir como evidencias de la resurrección corporal de Jesús. El verbo repetido en estos versículos de 1 Cor 15 es “apareció”, y el sujeto activo es el Resucitado (cf. Gál 1:16). Eran visitaciones del Señor, apariciones por iniciativa de él, para demostrar la realidad de su resurrección. Se trata de revelaciones corporales como las de Cristo durante los cuarenta días, que constituyeron a sus receptores en testigos oculares del hecho. En ese sentido, Pablo reconoce que su propio caso es una anomalía, pues aunque era contemporáneo de Jesús, no había sido discípulo ni había estado presente con los discípulos durante los cuarenta días. Sin embargo, insiste en que su encuentro con Cristo en el camino a Damasco pertenecía a la misma serie de visitaciones especiales. Por otra parte, Pablo afirma que su encuentro con el Resucitado fue la última de la serie (15:8; cf. 1 Cor 4:9), sin posibilidad de otras. Para mayor énfasis, Pablo afirma que Cristo lo llamó al apostolado no sólo como el último sino “como un abortivo” (Gr. ektrômati), una excepción. Pablo era un apóstol “nacido fuera del tiempo normal”. No puede haber otros apóstoles después de él.Otros apóstoles: Este pasaje habla de “todos los apóstoles”, además de los doce y Pablo (1 Cor 15:7), pero todos ellos eran también testigos oculares de la resurrección. En cambio, de líderes que sabemos que no habían participado en esa experiencia, como Apolos y Timoteo, el Nuevo Testamente nunca los llama “apóstol”. No podían ser apóstoles sin haber visto al Resucitado (y no sólo en visión mística). Por eso, de todas las demás personas llamadas “apóstol” podemos estar seguros de que habían sido testigos oculares del Resucitado o si no, eran apostoloi sólo en el sentido de “misioneros” o de “delegados congregacionales”.

Es muy significativo que tanto los doce como Pablo aplican los mismos requisitos básicos para el apostolado: sólo pueden ser apóstoles los que habían visto al Cristo en su cuerpo resucitado y habían sido comisionados personalmente por él para ser testigos de su vida y resurrección. De estos, el último fue el apóstol Pablo. Los apóstoles cumplieron una función histórica. Obviamente, nadie que no sea del primer siglo puede ser testigo ocular de lo que nunca presenció.


Efesios 4:11: Frente a estas enseñanzas bíblicas muy claras, el mal llamado “movimiento apostólico” apela, sin interpretación cuidadosa, a unos pocos textos. El versículo principal es Efesios 4:11, tomado fuera de contexto. El pasaje completo es una cita modificada del Salmo 68:18 con introducción y conclusión:

“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.

Por lo cual dice:

Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad,

y dio dones a los hombres.

Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.”

El tema de Efesios 4:7-16 es la unidad de la iglesia con su diversidad de dones, todo orientado hacia el crecimiento del cuerpo (4:13-16). Pablo introduce este tema con una cita del Salmo 68, uno de los salmos más difíciles y con complicados problemas textuales. Pero el tema central de ese salmo está claro: Dios es un poderoso guerrero (68:35) que en diversos momentos ha descendido a la tierra para liberar a su pueblo (68:11-14,20-21) y después de su triunfo, sube al monte Sión (o al cielo) llevando cautivos (68:15-18,24,29,35) y reparte el botín entre su pueblo (68:12,18). Pablo adapta la cita en varias formas, especialmente cambiando “tomaste dones” (Sal. 68:18) en “dio dones” (Ef 4:8), para aplicar la cita a la ascensión de Cristo y a la venida del Espíritu con sus dones. Al volver al cielo, el Cristo vencedor repartió el botín entre su pueblo. El énfasis cae sobre la ascensión de Cristo y el momento histórico-salvífico en que el Resucitado victorioso envió el Espíritu como botín de su triunfo.


El verbo “constituyó” (4:11, edôken, “dio”) es un pretérito punctiliar, que describe algo que Cristo hizo cuando ascendió, conforme al modelo del Salmo 68. No dice absolutamente nada sobre el futuro, si Cristo seguiría dando apóstoles a la iglesia, hasta su segunda venida, como podrían haber sugerido otros tiempos verbales. Como comenta I. Howard Marshall en el Comentario Bíblico Eerdmans (p.1389), “Puesto que esta carta vino de una época cuando estaban funcionando apóstoles y profetas, es imposible sacar alguna conclusión desde este pasaje sobre su continuación o no en la iglesia después”.

De otros pasajes, como hemos visto, resulta evidente que el apostolado no puede haber continuado después de morir los últimos testigos presenciales. En cambio, otros textos dejan claro que el don de profecía (y la falsa profecía) continuarían en la iglesia. Al ascender, Cristo dio un don que era de una vez para siempre (apóstoles) y otro que había de seguir hasta su venida (profetas). El llamado apostólico corresponde en eso a su origen en el encargo de ShaLiaJ, que no era transmisible.


Por otra parte, Pablo habla en 2 Cor 11:13 de “falsos profetas (pseudapostoloi), obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (cf. Ap 2:2; Didajé 11:3-6) y, quizá sarcásticamente, de “superapóstoles” (tôn huperlian apostolôn, 2 Cor 11:5; 12:11, NVI).

Conclusión: Dos de los grandes vicios de la iglesia evangélica hoy son la sed de poder, prestigio y riqueza de algunos de nuestros líderes, y entre los fieles el culto, ciego y casi idolátrico, a las personalidades famosas. Hay mucha obsesión con títulos, oficios y el poder lucir y ser importante. Se emplean constantemente las técnicas de publicidad y promoción del mundo secular. Eso es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo y del evangelio. Mucho más acertado es el viejo refrán, “al pie de la cruz, todos somos párvulos”.

Hace unos años, en un foro sobre el tema de los apóstoles, alguien intervino para decir, “Antes era suficiente el título de pastor, pero ahora con las enormes megaiglesias, llamarlos pastor les queda muy corto.” ¡Al contrario! Si el título “pastor” les queda corto a ellos, ellos se quedan demasiado cortos para el título de pastor.



[1] Debe mencionarse aquí que en Cuba el término tiene otros matices, dado el papel de José Martí como “el Apóstol” para todos los cubanos. En ese contexto, “apóstol” suele ser una expresión de cariño y respeto pero no de autoridad ni en parangón directa con los doce apóstoles.


[2] Cuando Pablo dice en 2 Cor 5:16 que antes conocía a Cristo según la carne pero ahora no, es obvio que no quiere decir que ignoraba la vida de Jesús. Más bien, está diciendo que antes conocía a Cristo según criterios carnales (kata sarx), pero que ahora como creyente no conoce a nadie según la carne, lo que significa en ambos casos que ya conoce a todos según el Espíritu.

miércoles, 10 de julio de 2013

Ética cristiana, norma de fe o valor cultural.


Román Díaz Ayala

Una década completa nos separa ya del pasado siglo XX, sin que al parecer hayamos podido resolver los problemas que como reto nos dio en herencia a partir de noviembre de 1989 tras la caída del muro de Berlín.

Cunde un pesimismo generalizado y envuelto en una gran depresión económica que sacude a casi toda Europa, especialmente a los países del sur. El Sistema Económico Occidental, ya hegemónico para todo el globo, ha sufrido una crisis generalizada a partir de la crisis financiera y bancaria de 2008, a la cual los distintos países y áreas económicas han ido poniendo remedio con más o menos eficacia, salvo en la Unión Europea, donde se aplican recetas al más puro estilo neoliberal, ya ensayado en otras áreas económicas.

El Papado –que en la figura de un nuevo papa de nombre Francisco se duplica con el papa dimisionario, Benedicto XVI, quien permanece huésped del Vaticano– está sufriendo una crisis de autoridad a la que se intenta poner remedio mediante la reforma de la Curia Vaticana.

La sociedad actual es hija y continuadora de la Sociedad de consumo nacida tras la Segunda Guerra Mundial, trasformada por otra nueva ola de revolución tecnológica y digital, que ha hecho posible una mayor e inédita concentración de poder económico en manos de unos pocos, a lo que llamamos “los mercados de capitales”. A quienes se someten los Estados, los Organismos e Instituciones internacionales, y otros estamentos rectores de la sociedad, por ejemplo la clase intelectual, los centros de investigación y de formación del pensamiento.

¿Nos hace falta realmente una ética cristiana? ¿Cómo situaríamos, entonces a la sociedad civil? ¿Dentro o fuera de tal ética?

A cada respuesta que demos a las cuestiones de fondo y a los temas particulares surgirán nuevas preguntas que exigirán inmediatas respuestas a su vez.

Luego, está la cuestión de que estamos pasando por una situación de cambios tan profundos, hacia un nuevo paradigma histórico, que darán un carácter de provisionalidad a todo lo que intentemos dar carácter de firme y definitivo. Necesitamos un método más seguro y alejado de la casuística, basado en la reflexión sobre unos principios que ahonden en la conciencia y en el valor humano más que en el empirismo y la experimentación.

Y en ese campo, los creyentes estamos mejor armados para defendernos de la crisis. Jesús puso al ser humano en el centro frente a la Ley en una correcta posición ante Dios.

Jesús asumió la misión de restablecer un fundamento firme y seguro de la Ley, que la cultura hebrea había adulterado. Mediante su Mandamiento, nos proporcionó una nueva mirada para examinarnos a nosotros mismos y escrutar el mundo.

En ese sentido podemos decir que la ética cristiana tiene un valor instrumental, proporcionado por la revelación de Dios en Jesús y que es válido para los creyentes.

Y lo que es más importante; Jesús nos ha proporcionado los medios suficientes para combatir el mal, el nuestro personal e instalado de las estructuras sociales.

Pero no abandonemos el plano natural. Con la ética se ha hecho ciencia, filosofía, en busca de las reglas y leyes de la conducta humana. La filosofía desde siempre se viene ocupando de los principios de la ética, y hasta su configuración más normativa ha sustentado el Derecho.

Los animales nacen prácticamente perfectos haciendo la naturaleza que sus vidas estés regidas por el instinto, pero la experiencia humana nos deja al desnudo, cuando nos investigamos en todo lo que concierne a nuestra voluntad y a nuestra conducta, ya sea de forma individual o en sociedad.

Los humanos nos preguntamos siempre de forma muy inquisitiva qué significado le damos a nuestra actividad. Tratamos de determinar el bien y el mal, las situaciones de justicia o de injusto proceder.

Tenemos que recurrir muchas veces a la experiencia histórica para descubrir que en la especie humana la evolución saltó un grado para convertirla en el único ser natural conocido que se ha hecho artífice de su propia evolución a través de la cultura y su trasmisión como un legado a las siguientes generaciones. Y sin embargo podemos igualmente señalar que el ser humano más antiguo del cual se tengan registros históricos comprobables es tan perfecto como los actuales, y al mismo tiempo sujeto a las mismas grandezas y miserias en el aspecto moral. Por naturaleza el humano es un ser ético, lo mismo que está dotado de razón y constante buscador del bien en las cosas y en sí mismo.

Todavía podemos añadir algo más. Un observador avispado observa que la maldad, de la cual hombres y mujeres son sus agentes, también ha ido aumentando y todo ello a pesar de que hemos ido adquiriendo una mejor conciencia moral. El mal ha ido creciendo y ahora nos sentimos más culpables, sin que por ello hayamos desterrado las guerras, cada vez más violentas y crueles. Esa misma violencia ha ido adquiriendo nuevas formas cada vez más abyectas. Los escrúpulos se disfrazan y las injusticias se ocultan o se justifican en nombre de un orden superior.

Los diferentes sistemas éticos nos han servido de muy poco o se van construyendo para legitimar ideologías.

Sin embargo, la ética ofrecida por Jesús de Nazaret puede ser muy válida. Con la luz del Nuevo Testamento vemos a Jesús en el centro de una historia de la Salvación que ha sido de iniciativa divina. Para Jesús el destino de todo ser humano, una eterna salvación o condenación depende de creer o no creer, aceptarle o rechazarle, una vez que se le hace presente. El escenario siempre es la vida de las personas. Para Jesús la conducta posterior, su comportamiento ético, será el fruto de esa decisión de fe (Juan 3,14-21)

La proclamación del mensaje de Salvación en labios de Jesús exige un comportamiento ético del receptor y no la adhesión intelectual a una doctrina. Toda ética cristiana se basa en una relación personal con Jesús, y Jesús enseñaba con autoridad divina.(Mateo 7,28-29; Marcos 1,22)por ello hablaba de forma imperativa (Juan 13,34). Jesús impone sus mandamientos “sólo a quienes le aman”(Juan 14,15) A Jesús lo que de verdad le interesa es que comprendamos nuestra necesidad de una renovación interior, “porque lo que sale del corazón del ser humano lo contamina todo entero” (Mateo 15,18-20)

Por eso es válido afirmar que toda ética cristiana se basa en una relación personal con Jesús., como se dijo arriba.

Humanes 2 de julio de 2.013

Fuente: ATRIO