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martes, 9 de octubre de 2018

Oscar Romero, una vida al estilo de Jesús.


Por: Víctor Codina

En 1986 visité en San Salvador la modesta vivienda de Monseñor Romero dentro del Hospital de la Divina Providencia para enfermos de cáncer. La religiosa carmelita que nos lo enseñaba nos contó que a altas horas de la noche del sábado 22 al domingo 23 de marzo de 1980 vio que la luz de la habitación de Monseñor todavía estaba prendida. Fue a verle para saber si se encontraba mal o necesitaba algo. Romero le dijo que estaba bien y que preparaba una homilía muy importante para la misa del día siguiente en la catedral.

En la homilía del domingo 23 de marzo en la catedral, Romero dirigió una vibrante llamada profética a los soldados del pueblo, forzados por el gobierno a reprimir a la población: 

“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno!, en nombre de Dios ¡cese la represión!”

Al día siguiente, lunes 24 de marzo, mientras Romero celebraba la eucaristía en la capilla del Hospital, desde un jeep un disparo certero al corazón le hirió de muerte. La religiosa que nos había enseñado la vivienda de Romero fue una de las que acudió rápidamente a atender al obispo herido que murió poco después, exclamando: “que Dios les perdone”. 

Podríamos decir que “Cese la represión” fue la chispa que provocó su muerte y a la vez el testamento de Monseñor Romero. Pero no podemos comprender el testamento y martirio de Romero sin tener en cuenta la trayectoria de su vida. Oscar Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977 con gran alegría de los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad. A los pocos meses de su posesión, vivió una verdadera conversión: el asesinato del P. Rutilio Grande y de sus catequistas por parte de los militares, le abrió los ojos y pasó de ser un obispo honesto y bueno, pero conservador y amigo de la oligarquía salvadoreña, a convertirse en defensor de los pobres y luchador de la justicia.

A través sobre todo de sus homilías dominicales en la catedral, Romero denunció la absolutización de la riqueza, desenmascaró el servilismo de las fuerzas armadas a la oligarquía, estigmatizó la doctrina de la seguridad nacional y las continuas torturas y asesinatos de inocentes, criticó la corrupción de la justicia, fue duro contra el inmovilismo de los católicos conservadores que viven a espaldas del prójimo, apoyó las organizaciones populares pero exigiendo sentido crítico, defendió la vida, dijo que pecado es matar al Hijo de Dios y matar a los hijos de Dios, que la gloria de Dios consiste en que el pobre viva. Siempre llamaba a la conversión al Dios de la vida.

Romero fue humilde y entrañable, se sentía feliz junto al pueblo pobre y sencillo. Fue acusado de ser marxista y guerrillero, de ser ingenuo y loco, algunos pidieron que le hicieran un exorcismo, se sintió marginado por sus hermanos obispos y cuestionado por Roma que le envió un Visitador apostólico. Se alegraba de que la Iglesia que había hecho la opción por los pobres, sufriera persecución. No temió las amenazas de muerte y dijo que si le asesinaban resucitaría en el pueblo salvadoreño y aunque un obispo muera la Iglesia no perecerá.

El obispo poeta Casaldáliga dijo de él que los pobres le enseñaron a leer el evangelio, que nadie hará callar su última homilía y lo llamó San Romero de América mucho antes de que Roma lo canonizase. El teólogo y mártir Ignacio Ellacuría dijo que con Romero Dios pasó El Salvador, Jon Sobrino afirma que Romero con su vida hizo creíble la fe. 

Pero seguramente son la gente del pueblo los que mejor comprenden a Romero. Un campesino salvadoreño decía: “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a los pobres. Y por eso lo mataron”. Y Edith Arteaga, una salvadoreña que tenía 16 años cuando asesinaron a Romero, con fina intuición femenina y creyente afirma: “Monseñor Romero es camino al evangelio y a Jesucristo”.

En efecto, la raíz última de la conversión, vida profética y martirio de Romero fue Jesús de Nazaret, al que conoció, amó y quiso seguir hasta las últimas consecuencias. Por esto, como a Jesús, a Romero lo criticaron, le llamaron loco, conspirador, revolucionario y endemoniado y como a Jesús, lo mataron por orden del Imperio. 

Si el pueblo salvadoreño recuerda hoy a Romero, si lo considera santo y frecuenta su tumba para agradecerle y pedirle favores, si bautiza a sus hijos con el nombre de Oscar o Romero, si su figura todavía conmueve e impacta a creyentes y no creyentes de todo el mundo, si su imagen ha sido llevada a la Catedral anglicana de Westminster… es porque a través de él se capta algo de la enorme seducción de Jesús de Nazaret, un Jesús al que tantas veces los cristianos hemos deformado y oscurecido. La vida de Romero fue una vida al estilo de Jesús. 

Por esto pudo decir en nombre de Dios ¡cese la represión! Por esto los cristianos que deseamos vivir al estilo de Jesús, deberíamos seguir sus pasos y cumplir su testamento: que cese toda represión en un mundo donde existe tanta represión política, militar, económica, social, sexual, cultural, étnica, religiosa y ecológica contra pobres, pequeños, insignificantes, descartados, niños, jóvenes, mujeres, indígenas, trabajadores, ancianos, países del Sur, etc.

San Romero de América, ¡ruega por nosotros! 

Victor Codina: Teólogo jesuita (Barcelona 1931). Desde 1982 ha residido en Bolivia como profesor de teología y pastoral popular. A mitad de 2018 ha regresado a Barcelona.


miércoles, 20 de junio de 2018

Dos cartas a favor de la Teología de la Liberación.


DOS CARTAS A FAVOR DE GUSTAVO GUTIÉRREZ


El 9 de marzo de 1984, el teólogo alemán Karl Rahner de 80 años, tuvo que ser hospitalizado en Innsbruck por una grave deficiencia circulatoria. Allí desde el hospital dirigió un escrito a la Conferencia Episcopal Peruana a favor de Gustavo Gutiérrez y de la teología de la liberación. El día 30 de marzo Rahner falleció. Este escrito último es como su testamento teológico.

Meses después, el 6 de agosto de1984, el Cardenal Josef Ratzinger, Prefecto de la Doctrina de la fe, publicó un documento muy crítico sobre la teología de la liberación, en el cual, aunque no se citaban nombres, la figura de Gustavo Gutiérrez, su iniciador, quedaba seriamente cuestionada.

Han pasado 34 años y el papa Francisco el 29 de mayo de 2018 escribe una carta a Gustavo Gutiérrez para felicitarle con ocasión de cumplir 90 años el 8 de junio de este año. En esta carta Francisco agradece a Dios y a Gustavo “por cuanto has contribuido a la Iglesia y a la humanidad a través de tu servicio teológico y de tu amor preferencial por los pobres y descartados”. 

¿Qué ha sucedido en este lapso de tiempo? Gustavo -ahora dominico- durante estos años ha respondido a los cuestionamientos y acusaciones que le hacían sobre el uso de las ciencias sociales, y en especial del marxismo, en su teología, ha explicado sus afirmaciones, pero no ha hecho marcha atrás de sus intuiciones y ha ido profundizando su pensamiento sobre el Dios de la vida, la opción por los insignificantes, la inhumana y antievangélica pobreza actual, se ha preguntado dónde dormirán hoy los pobres, ha presentado la figura ejemplar de Bartolomé de Las Casas que fue en busca de los pobres de Jesucristo, ha procurado beber del propio pozo de la realidad de lágrimas y sangre de los pobres y ha orientado su teología a la evangelización y a la Iglesia.

A pesar de ello hay quienes siguen sospechando de la ortodoxia de la teología de la liberación. A Gustavo no se le ha permitido pronunciar conferencias en su Lima natal, otros opinan que afortunadamente la teología de la liberación ya ha muerto, aunque Gustavo responde con humor que a él que es su padre, no le han invitado al entierro…

¿Qué pensarán ahora estos críticos después de este testimonio positivo y fraterno de Francisco sobre Gustavo Gutiérrez y su obra teológica al servicio de la Iglesia y de la humanidad? ¿Se habrá enterado de esta carta rehabilitadora de Gustavo el anciano Benedicto XVI, recluido en un monasterio contemplativo de la Ciudad del Vaticano?

En todo caso hay que afirmar que el viejo Rahner fue muy lúcido y noble, aunque la teología de Gustavo era muy diferente de la suya y en el fondo la cuestionaba. Y que la Iglesia, en medio de sus noches oscuras y de sus inviernos eclesiales y aunque parezca que Jesús duerme en la barca, es conducida por el Espíritu del Señor a una verdad cada vez más plena. Y que el escuchar el clamor de los pobres es una señal de garantía evangélica para la teología.

Gracias, Francisco y felicidades, Gustavo.

lunes, 28 de noviembre de 2016

¿Fue Jesús un anarquista?


Victor Codina. 

Esta es la pregunta que surge al leer al teólogo católico holandés-brasileño Eduardo Hoornaert. El autor parte de la situación de miseria del campesinado ruso en tiempo de los zares y de las diversas reacciones de Marx y Bakunin. Ambos se indignan ante la miseria del pueblo, pero mientras Marx propone la toma del poder y la dictadura del proletariado en orden a una sociedad sin clases, Bakunin desconfía radicalmente del Estado, pues en vez de buscar el bien del pueblo, se corrompe. Hoornaert dice que la historia da la razón a Bakunin, el poder del Estado se corrompe: Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Salazar… e incluso el PT del Brasil. En este contexto el autor se interroga sobre si Jesús fue anarquista como afirman algunos historiadores judíos. Hasta aquí Hoornaert.

Jesús en efecto aunque tenía autoridad, no tuvo poder económico ni político, rechazó ser elegido rey, criticó a los gobernantes que oprimen al pueblo y se hacen llamar bienhechores, privilegió a los pobres y murió en la cruz. Pero al mismo tiempo Jesús eligió a 12 apóstoles y a su cabeza Pedro, para que llevasen adelante su proyecto del Reino.

Es peligroso y anacrónico proyectar sobre Jesús categorías ideológicas de otros tiempos. Jesús no fue comunista ni anarquista, no se movió por ideologías sino por el Espíritu y el evangelio del Reino de Dios. Pero lo que sí queda claro es que tanto el Estado como la Iglesia deben continuamente cuestionarse para no corromperse y han de convertirse continuamente al Reino de Dios.