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lunes, 24 de diciembre de 2018

Recordando el Nacimiento y Testimonio de Jesús del Pesebre…


Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un Pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Lc. 2:7

Jesús nació en un Pesebre, pero ¿por qué es tan importante y lo que significa?

La palabra Pesebre viene de la latina que significa “comer”. Un Pesebre o la cuna es un comedero de madera o de piedra o caja de comida que contiene heno para los animales de granja grandes, como vacas, caballos y burros. Es el lugar donde ubicaban el ganado, como establos, corrales, o cuevas.

Los agricultores estaban seguros de mantener sus pesebres bien abastecidos con forraje en todo momento, por lo que los animales nunca pasarían hambre.
En nacimiento en el Pesebre no fue casual, fue un acontecimiento diseñado por Dios. Cuando nació Jesús, María no hubiera querido poner a su bebé en el frío y duro suelo de piedra.

En lugar de ello tuvo que arreglárselas, preparó el pesebre con el heno para suavizar el lugar donde naciera el rey de todos los hombres.

Una vez establecidos allí, un ángel les dijo a los pastores que iban a encontrar su recién nacido Mesías y Señor “acostado en un Pesebre” (Lc 2:12). Fueron de prisa y encontraron al niño en el pesebre y ellos festejaron sus ojos en él (Lucas 02:16).

Jesús no fue puesto en un Pesebre por accidente. Es un símbolo espiritual importante. Los animales buscan su alimento en el Pesebre, pero con Jesús acostado en el heno es símbolo del alimento espiritual. Jesús es el pan de vida, hoy podemos inquirir la comida más importante para nuestra almas.

Acerquémonos al Pesebre de Jesús, porque él nació para salvar y alimentar nuestra almas. Los ángeles lo festejaron primero, ahora nos toca a nosotros festejar este hecho trascendental del nacimiento de Jesús en un Pesebre…

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación” – CHILE

jueves, 28 de diciembre de 2017

La violencia de Dios en un pesebre.


Marco Antonio Velásquez

La escena del Hijo de Dios en un pesebre, que nace en el vientre virginal de una mujer sencilla, en una ciudad insignificante y desconocida como Belén, más allá de la tierna inocencia con que ha sido descrita, a través de la historia, es de una fuerte carga emocional que contiene toda la impotencia de Dios hacia la humanidad. La escena, tantas veces repetida y ritualizada, más que nunca con fines profanos, representa una escenografía que violenta la conciencia de cualquier espectador, pasivo o activo.

Una criatura, humana y divina, rodeada de todos los signos del abandono, de la marginalidad y de la indiferencia social, representa la más brutal contradicción del pensamiento de Dios para su Hijo.

Sin embargo, la obra de Dios así graficada no busca someter a su Hijo a la ignominia de la indiferencia humana; tampoco busca humillar ni mancillar la dignidad de esos padres impotentes que sufren el desprecio social que les ha caído en suerte, al no encontrar un espacio digno para el nacimiento de su hijo. En esa escenografía, Dios cuenta con la colaboración santificadora de su Hijo, de María y de José.

Dios que, en el transcurso de la creación, actúa como oculto desde una aparente lejanía celestial, ha decidido irrumpir con fuerza en la historia, recreando ese momento con una síntesis de la barbarie que provoca la actuación humana. De ahí que la belleza y la esperanza de todo nacimiento, sea violentada con los signos del desamparo y el abandono.

Es así como Dios, sin palabras, y con la elocuencia de los hechos, se vuelve contra los espectadores del pesebre para quebrar la conciencia humana y mostrar con nitidez ese lado oscuro, que se oculta tras los sombríos pensamientos que provocan la injusticia, la tristeza y la marginalidad.

Entonces, en el pesebre conviven la esperanza y el reproche. Y así, como el trigo y la cizaña conviven en el mismo corazón humano, la esperanza y el reproche anidan en cada persona de buena voluntad.

Porque al contemplar el pesebre del Hijo de Dios, afloran las propias esperanzas y también esas secretas oscuridades. Sólo así, es posible adentrarse en ese mundo interior donde están los elementos esenciales para hacer ese pesebre personal, donde pueda nacer lo mejor de cada uno, con la potencialidad del bien creador que puede hacer realidad la esperanza de todos.

Esa es la noche luminosa de todos los perdedores de la historia, y también de los ganadores, que tienen la potencialidad de unirse en un abrazo celestial, para construir ese gran pesebre de los hijos e hijas de Dios. Feliz Navidad.

Fuente: opinión.cooperativa.cl

viernes, 23 de diciembre de 2016

Memoria migrante en la primera Navidad.


PUERTO RICO-

Jorge Zijlstra Arduin-

Desde la trinchera de la pastoral y con una profunda convicción respecto a la acción de Dios en la historia les propongo rescatar la memoria migrante presente en algunas narrativas del nacimiento de Jesús.

Al acotar la reflexión en los límites de la primera navidad, no entraremos en temáticas relacionadas a Jesús como amigo de migrantes, o su valorización del extranjero en tantos gestos, historias y parábolas, lo cual resultaría muy valioso. Sin embargo, la propuesta es acercarnos al texto bíblico en la búsqueda del sentido y la esperanza que fortalezca los pasos de fe del pueblo migrante.

DIOS DESDE EL MARGEN

Jesús nace en tiempos de desplazamientos y de censo (Lc. 2:1). El censo era un instrumento del imperio Romano para asegurar el recaudo de los impuestos a Roma. Sin embargo Lucas describe el nacimiento de Jesús en el contexto de un censo en Israel, cuyo fin sería contar a cada tribu y familia, para así requerirles sus aportaciones de acuerdo al número de miembros de cada grupo. Hay discusiones sobre el dato histórico del censo en el evangelio, sin embargo, es sabido que en tiempos de Jesús se cobraban impuestos para el imperio, para las clases dominantes de Israel y también para sostener el Templo y las elites religiosas.

El censo era la más cruda estrategia para asegurar el financiamiento de un sistema colonial e imperialista de opresión propuesto desde el poder y apoyado desde las elites nacionales. El sistema aseguraba de esta manera el dominio y los privilegios de unos pocos mediante la explotación de las mayorías pobres del pueblo, entre los que contamos a la familia de Jesús.

Hoy la realidad no es muy diferente. El nacimiento de Jesús resulta una buena noticia para las personas que más sufren porque da vuelta la historia. Jesús no nace en el palacio, ni en Jerusalén, ni en Roma: nace entre los pobres. El llanto de un niño humilde en un establo marginal anuncia el nacimiento de un tiempo nuevo anunciado por Dios desde los profetas. El nacimiento de Jesús en los márgenes de la sociedad da espacio para la afirmación de la esperanza del pueblo, porque es evidencia de un Dios que interviene en la historia y lo hace desde las personas más humildes. Otro mundo es posible: Dios no se olvida de su pueblo que sufre, Dios nace entre ellos, Dios tiene planes buenos para la humanidad. Emmanuel -Dios con nosotros- se hace carne en la historia desde la pobreza y la miseria de un establo, bajo el cuidado de aquella pareja de jóvenes que en pocos días serían migrantes, como su hijo. Y así Jesús resulta ser el mayor de los migrantes, porque siendo del cielo bajó humildemente a la cuna de la humanidad (Flp. 2:5-8) para ser abrazado con la ternura de María y José y recibido con entusiasmo por las personas que trabajaban en los campos (Lc. 2:1-20).


El nacimiento de Jesús es el gran misterio y la revolucionaria revelación de un Dios que baja a la humanidad -que migra- con un amor radical y un compromiso extremo, claro desde su primera cuna y su primer techo pobre, prestado y no apto para personas.

Jesús nació en un corral (Lc. 2:7), en la máxima pobreza, donde duermen los que no tienen techo, donde nacen los animales y se atienden las crías más débiles en los primeros días. Jesús nació en aquel lugar, donde si alguna madre da a luz, es sin dudas una madre pobre, marginal, discriminada y sin lugar en la sociedad; posiblemente una mujer migrante, violentada o esclava. Dios es así, claro y solidario. Él eligió nacer identificado con las personas humildes.

Nació entre las y los pobres y no por casualidad. Porque a Dios le importa todo aquello que el mundo desprecia (1a Co. 1:37-31).


Por esto la comunidad que sigue a Jesús busca encarnar la fe en el servicio a las personas marginadas y oprimidas. Jesús nació en los márgenes no por razón el imperio de la justicia desigual del mundo, o por el sometimiento de Dios a la voluntad humana, o por algún tipo de legitimación de la pobreza y el sistema de exclusión que la provoca. Jesús nación en las afueras y entre los pobres porque a Dios le pareció bien dejar en claro por dónde pasa la vida y por dónde la misericordia entrañable de su amor. El espíritu de Jesús es para las personas que sufren, para las que están cautivas, para quienes no tienen futuro ni esperanza (Lc. 4:18-19). Jesús trae un mensaje de esperanza para las multitudes pobres, para los pueblos oprimidos: Dios es solidario y está encarnadamente comprometido con las persona que no tienen trabajo, con las multitudes obligadas a emigrar, con la familia sin techo y con los pueblos a los que se les quiere negar el futuro y la esperanzas (Is. 9: 1-7).

Esto es lo que implica el nacimiento de Jesús en los márgenes de la sociedad, en un pesebre, expuesto a la posibilidad de muerte, a la violencia de la migración y a la precariedad de la vida de las y los pobres de ayer y de todos los tiempos. Jesús nació como tantos niños y niñas que hoy vienen al mundo en contextos de hambre, injusticias, guerras, migración y dolor. Hoy hay millones de personas buscando un lugar que asegure la vida y el desarrollo de las nuevas generaciones; personas de carne y huesos, desplazados y migrantes que se confrontan -como María y José- con la cruda realidad de que no hay lugar para ellos en el albergue (Lc 2:7).

Y esto no es fruto de casualidades o coincidencias, o voluntad de Dios: “Un niño murió en un rancho, no fue por casualidad siglos de hambre y de miseria, de injusticia y de maldad amasaron esta historia que hoy volvemos a llorar. Un niño murió en un rancho, no fue por casualidad. Hace casi dos mil años la primera Navidad un niño nació muy pobre, sin más cuna que un pajar. Los hombres lo rechazaron, no le hicieron un lugar, el niño nació en un rancho, no fue por casualidad. Esta noche es noche buena, y mañana Navidad y la misa ha de reunirnos en banquete de amistad con qué cara comeremos de este vino y de ese pan de ese pan hecho de carne entregada a los demás de ese vino hecho de sangre de toda la humanidad” (Luis Amezaga)-

En navidad recordamos al Dios que nace, pero también recordamos a los niños que mueren en las guerras, en los bombardeos de las grandes potencias, en los ataques terroristas, o en la ruta desesperada de la migración en búsqueda de una esperanza al otro lado del Mediterráneo, o en tantos otros rincones del planeta donde enfrentan la muerte buscando la vida.


En navidad celebramos la vida y alentamos a la esperanza, pero no podemos dejar a un lado la dolorosa memoria migrante de tantas muertes con rostro de jóvenes, de niños y niñas, de madres y padres que buscan pan y futuro al alto costo de sus vidas. Sus historia no fueron tan distintas a la que encarnó Jesús, que a días de nacer migró, esta vez a Egipto, para huir del opresor (Mt. 2:13-14).

MIGRANTE DESDE LA CUNA

Por esto en Adviento necesitamos rescatar la memoria migrante de la navidad, como reserva de sentido e identidad imborrable de un Dios que nace en el reverso de la historia y en la antítesis de los opresores.

Para el pueblo de Israel la memoria siempre resultó un elemento crucial. De igual manera, en las comunidades de fe y seguimiento de Jesús, hacemos de la memoria al punto culmine de nuestras celebraciones cada vez que, reunidos, compartimos la copa y el pan en memoria de Él (1a Co. 11: 23-27). Desde la memoria subversiva del que fue crucificado por vivir como Dios quería, comemos y bebemos unidos en el espíritu de Jesús. En Él alimentamos el compromiso y nutrimos las esperanzas de un mundo nuevo por venir (Ap. 21:1-4). Su espíritu nos compromete con su reino de vida plena para la humanidad y para toda la creación (Ro. 8:22-23). En las narrativas de Jesús podemos encontrar muchas evidencias de una memoria de migrantes que sale a relucir en los lugares menos pensados o en los más evidentes.

En este sentido quiero invitarles a repasar la genealogía de Jesús y releer algunos aspectos de su historia de migrante, según consignada en Mateo 1: 1-17. Ya sabemos del interés de Mateo en resaltar la realeza y señorío de Jesús como el Cristo y demostrar ante el pueblo judío que él es el Mesías esperado. Por eso la genealogía de Jesús -según Mateo- resalta a David y Abraham como lo más destacado de su ascendencia. “Jesucristo hijo de David, hijo de Abraham” (v 1). Desde el inicio de su evangelio Mateo vincula a Jesús con los dos grandes personajes de la historia de Israel, con los cuales Dios Dios hizo pacto (2a S. 7:8-16, Gn. 12:1-3). En el caso de David es una promesa sobre la continuidad de su dinastía y un reinado que no tendrá fin. “Tu casa y tu reino se mantendrán permanentemente ante mí y tu trono quedará consolidado para siempre” (2a S. 7:16, LP-H).

En el caso de Abraham resulta importante notar que la promesa de bendición inicia con un llamado a la migración: “El Señor dijo a Abran: Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y dirígete a la tierra que yo te mostraré. Te convertiré en una gran nación, te bendeciré y haré famoso tu nombre, y servirás de bendición para otros. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. ¡En ti serán benditas todas las familias de la tierra!” (Gn. 12:1-3, LP-H) Ahí están las raíces que nutren la esperanza del pueblo, la historia de Jesús y nuestra historia como parte de un pueblo migrantes y peregrino. El pueblo de Israel definía su identidad migrante con orgullo y con memoria activa.

Ejemplo de esto son las indicaciones sobre cómo presentarse al altar del Señor confesando la la identidad migratoria: “Un arameo errante era mi padre. Bajó a Egipto y allí vivió como emigrante con un puñado de personas convirtiéndose en una nación grande, fuerte y numerosa. Pero los egipcios nos maltrataron, nos hicieron sufrir y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros antepasados, y él escuchó nuestras súplicas y vio nuestra miseria, nuestras fatigas y nuestra opresión. Por eso el Señor nos sacó de Egipto con gran poder y destreza sin igual, con terribles portentos, señales y prodigios; nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel. 10 Por eso ofrezco ahora los primeros frutos que produce esta tierra que tú Señor, me has dado” (Dt. 26:5-10, LP-H)).

En la genealogía de Jesús también resulta significativa la memoria de un único dato histórico mencionado por nombre -y en dos ocasiones-: “la deportación a Babilonia” (Mt. 1:11-12). Deportación implica destierro, desplazamiento forzado y migración; y pone otra vez de relieve el componente migratorio del pueblo de Dios y las dificultades que conlleva la migración cuando tiene el agravante de la violencia, las guerras y la explotación. El nacimiento de Jesús en el contexto del desplazamiento forzado de su familia por el censo y en medio de un pueblo con una profunda memoria migrante rescata la identidad del migrante de nuestros días; a la vez que resalta la fe de un pueblo que ve la acción de Dios incluso en los momentos más difíciles de la historia.


Así, hoy podemos comparar los sufrimientos del Israel migrante o cautivo, con los dolores y padecimientos de millones de migrantes estigmatizados por un excéntrico personaje poderoso que tiene es su agenda la “brillante” idea de resolver los problemas de su país construyendo un muro de separación, para así “salvar” a su nación del peligro de los extranjeros y migrantes.

Como si el problema de la sociedad moderna fueran las personas que migran y no los multimillonarios que acaparan los recursos de las minorías con injusticias y explotación. Sería importante recordar que los códigos legales de Israel, reflejados en el Antiguo Testamento, proveen para el resguardo, la protección, la hospitalidad y la justicia, tanto al extranjero que está de paso, como al que reside en el país.

Y volviendo al tema de las genealogías destaquemos que las mismas: “desempeñaron un rol muy importante para el pueblo judío, igual como hacen para muchas personas hoy en día. [porque las genealogías y las historias sobre nuestros antepasados..] Nos cuentan acerca de quiénes somos y de dónde venimos. [a la vez que] Preservan, por medio de sus relatos, un registro de los valores de nuestras familias de generación en generación.” Joseph Castleberry.

Las genealogías despiertan las memorias y nos remontan al principio, a las raíces. En la genealogía de Jesús, según Mateo en el versículo 1 y 18, aparece en el texto griego la palabra “génesis” (origen, nacimiento) en directa referencia a libro del Génesis. Y así como el libro de los orígenes presentaba el “génesis del cielo y la tierra” (Gn. 2:4) Mateo nos presenta en 1:1-17 “el libro del génesis de Jesús” que concluirá en 28:20 con la consumación (sunteleia) del mundo. La consumación de los tiempos, en el paradigmático texto del Juicio a las naciones (Mt. 25:31-46), incluye la acogida al forastero como una de las señales del espíritu de Jesús que debe estar presente en la comunidad de quienes le siguen. “Porque cuando tuve hambre, ustedes me dieron de comer; cuando tuve sed, me dieron de beber; cuando tuve que salir de mi país, ustedes me recibieron en su casa” (Mt. 25:34 TLA).

¿Y TU ABUELA DÓNDE ESTÁ?

“El primer génesis de Jesús es su genealogía desde Abraham hasta José. Son 42 generaciones exactas (seis veces siete generaciones). Con Jesús comienza la última generación (1:17). Mateo sitúa así a Jesús en la historia de Israel, desde Abraham hasta José. El eje en este génesis de Jesús son sólo hombres. Es un génesis totalmente patriarcal. (P. Richard) Sin embargo, la genealogía de Jesús conserva la memoria activa y reivindicatoria de cuatro mujeres a quienes podríamos denominar ‘las abuelas de Jesús’.

En la genealogía de Jesús, además de María, figuran llamativamente: Tamar, Rajab, Rut y la mujer de Urías el Hitita, que ni siquiera es presentada con su nombre, pero que todo Israel sabe, que su nombre era Beltsabé. Esta cuatro mujeres con sus historias migrantes, rompen el patriarcalismo de la genealogía de Jesús. Cada una de ellas son extranjeras. Tamar es aramea (Gn. 38); Rajab es cananea (Jos. 2); Rut, moabita (Rt.); y Betsabé muy probablemente era hitita, como el esposo que le asesinaron (2a S. 11-12) por pedido del Rey David que quería quedarse con ella (2a S. 11:15).

Llamativamente cada una de ellas -junto a los padres de sus hijos- tienen historias no muy convencionales que podrían escandalizar a los más conservadores de la sociedad. Sin embargo su presencia en la genealogía de Jesús las reivindica como protagonistas de la historia de Israel, como objeto de derechos y como parte fundamental e imprescindible de la historia de nuestra salvación. Se puede profundizar más en esto, pero por lo pronto resaltemos que cada una de ellas nos trae la memoria de la migración, la historia compleja de las y los migrantes. Cada una de ellas, son parte vital de la historia Jesús y de esa familia humana en la que se encarna para hacernos familia de Dios. Porque como lo afirma Pablo “Ya no son, por tanto, extranjeros o advenedizos. Son conciudadanos de un pueblo consagrado, son familia de Dios” (Ef. 2:19. LP-H). Somos parte de la familia humana de Dios que incluye -en forma destacada,-la presencia y las historias de varones y mujeres migrantes.

Este es un dato muy importante, porque las mujeres migrantes, ayer y hoy son doblemente discriminadas y generalmente son mujeres trabajadoras y jefas de hogar que deben hacer lo posible y lo imposible para sobrevivir y para asegurar el futuro propio y de su prole.


Para las y los migrantes hoy es una buena noticia saber que la genealogía de Jesús incluye mujeres, migrantes, pobres, marginadas y a las cuales se les asigna algún tipo de “mala reputación” pero que son parte de la historia de la salvación. Por lo cual, al estar ahí sus nombres y sus historias, hay una reivindicación de su condición; a la vez que una confirmación que sus historias -muchas de ellas muy dolorosas- no estaban ocultas de los ojos y la acción del Dios que revierte la historia y que pone al descubierto las “historias no oficiales” que necesitan ser reivindicadas.

Sobre las abuelas de Jesús Ivone Richter Reimer dice: “Son cuatro mujeres. Cuatro tradiciones de mujeres. Historia de salvación en cuanto procesos salvíficos que pasan por la historia y por los cuerpos de esas mujeres. Hacen parte de sus experiencias, denuncias y esperanzas. Son rescatadas como tradición de mujer y es así que van a hacer parte de la vida y de la memoria de la(s) comunidad(es) de Mateo, y es por eso que van a entrar en el Evangelio de Mateo, bien al inicio.

Todas ellas —Tamar, Rajab, Rut y Betsabé— son mujeres marginadas dentro de estructuras de poder patriarcal. Todas ellas van (re)creando espacios de poder en la contramano de la historia oficial. Esa tradición de mujer es tan importante para la comunidad y el Evangelio de Mateo, porque así otras extranjeras, prostitutas, adúlteras, pueden reflejarse en ellas. Pueden mirar hacia esa tradición de la historia salvífica y (re)construir su vida en solidaridad con aquellas personas que, en la contra- mano de la historia, fueron acogidas también por Jesús y viven en seguimiento de él”. (Ivone Richter Reimer)

Por otra parte, el Evangelio de Mateo en 1:18-25 nos presenta el otro génesis de Jesús, el del Espíritu Santo, que le es revelado a María.

SU MAMÁ TAMBIÉN MIGRÓ Esas cuatro mujeres son las que preparan el camino a María, la madre de Jesús, y a través de quien Jesús y también el Espíritu, irrumpen en la historia, en un nuevo y definitivo comienzo (génesis). María, una joven judía pobre, prometida en casamiento a un joven carpintero del linaje de David, quedó embarazada en condiciones de apariencia vergonzosa para su sociedad y dio a luz lejos de su casa, obligada a una migración interna, a causa del censo, pero también alejada de los comentarios, las miradas y los prejuicios de sus vecinos. María fue visitada por sabios que, interpretando los signos de su tiempo, buscaban al rey que estaba por nacer. Con las herramientas de su ciencia y la visión de las estrellas, descubrieron lo que toda la creación estaba revelando, un acontecimiento cósmico, único: el nacimiento de Dios en la tierra. Aquellos extranjeros, peregrinos, caminaron desde otras latitudes con el firme propósito de adorar a Jesús (Mt.2:2) y ofrendarle como rey, profeta y sacerdote (Mt. 2:11).

Lucas nos recuerda que a la fiesta de la vida también acudieron los pastores, marginales, pobres, que cuidaban los rebaños a las afueras de la sociedad, al otro lado de la muralla, excluidos de la sociedad, privados del descanso y que fueron sorprendidos por Dios, en el lugar de sus trabajos y afanes. Allí en la oscuridad de la noche el resplandor de la gloria de Dios los arropó y oyeron la voz del mensajero angelical que les invitaba a celebración por el cumplimiento de la promesa mesiánica anticipada por los profetas.


“No tengan miedo, porque vengo a traerles una buena noticia, que será causa de gran alegría para todo el pueblo. En la ciudad de David les ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esta será la señal para que lo reconozcan: encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. En aquel mismo instante apareció junto al ángel una multitud de otros ángeles del cielo, que alababan al Señor y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que gozan de su favor!” (Lc. 2: 10-14, LPH). Y a pocos días del alumbramiento, el pequeño se encontró en peligro y José supo oír -como los sabios del oriente- el mensaje de Dios y huyó a Egipto, con María y con el niño -una nueva migración forzada- para proteger la vida amenazadas por el gobernante opresor (Mt. 2: 13-15).

Y así continúa la historia; ayer María y hoy nosotros hacemos memoria. Memoria del nacimiento y memoria de las y los migrantes. Los que luchan y sobreviven y los que mueren. Los que buscan sus raíces y mastican sus nostalgias del mundo nuevo que Jesús vino a empezar y los que sufren porque no ven las claras señales de una liberación esperada, que es inminente (Is. 43:18-19). María, dice el evangelio de Lucas (2:19), guardaba todas esas cosas en su corazón, para hacer memoria de ellas, para recordarlas, del latín recordare, es decir para volverlas a pasar por el corazón.

Que así sea hoy entre nosotros. Rescatemos a las y los migrantes en esta navidad, para que la gloria del cielo resplandezca en la tierra y traiga paz a quienes buscan con buena voluntad el mundo nuevo que encarnó Jesús.

El autor es Reverendo, 1er Vice Presidente, Consejo Latinoamericano de Iglesias – CLAI Moderador, Presbiterio de San Juan, Iglesia Presbiteriana (USA) – PCUSA.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Na(ti)vidad como modelo de iglesia.



Cuando Francisco de Asís, el 24 de diciembre de 1223, celebró la misa delante de un heterodoxo escenario –un buey, un asno, heno y un pesebre– no sólo consiguió representar ante los ojos, el tacto y el olfato de los fieles el glorioso momento del nacimiento de Cristo, sino también dejó constancia de la vida cotidiana de los primeros frailes. El belén, entonces, surgió como testimonio eclesial poniendo énfasis en la sencillez y austeridad predicadas y vividas por Francisco. Más allá de lo anecdótico de esta representación en Greccio y de su trascendencia icónica dentro de la tradición cristiana, el acontecimiento de la Natividad bien puede ser un modelo que ilumine con nueva fuerza la misión de la iglesia en la actualidad. Recordemos que para Sallie McFague un modelo «es una metáfora con “capacidad de permanencia”» y que más que una definición, funciona como «un esquema plausible […] abierto al cambio»[i]. Y, en este sentido, me gustaría apuntar algunos rasgos derivados de los relatos del nacimiento de Jesús (Mt. 2, 1-12; Lc. 2, 1-20) que creo pertinentes para afrontar como iglesias las situaciones que vivimos como sociedad.

Na(ti)vidad: congregación de personas diferentes

El nacimiento del Mesías reunió a hombres y mujeres que de otro modo difícilmente hubieran coincidido. Pastores de ovejas, sabios de oriente y, si tenemos en cuenta el relato del Protoevangelio de Santiago, en la escena aparecerían también una comadrona y Salomé, una mujer cuya actitud de incredulidad es análoga a la de Tomás ante el Cristo Resucitado: «si no palpo, no creeré»; todos alrededor de una familia poco convencional. Ateniéndonos únicamente a los relatos canónicos, no deja de asombrarnos la polaridad de los espectadores centrales: los pastores y los sabios. Sobre los primeros, el texto bíblico señala que «estaban en unos campos cercanos, pasando la noche a la intemperie cuidando de sus rebaños» (Lc. 2,8). Joseph Ratzinger apunta al respecto que, al nacer Jesús fuera de la ciudad, era lo más lógico que ellos fueran los primeros llamados a la gruta y, añade luego, que ellos «formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios»[ii]. Como contraste, los sabios eran astrónomos vinculados de alguna manera a la clase sacerdotal persa poseedores de conocimientos religiosos y filosóficos. Su riqueza se ha inferido no sólo de los presentes que dieron al niño, sino también de que su historia ha sido leída tradicionalmente a la luz del Salmo 72,10 y de Isaías 60. Ellos estuvieron dispuestos a ir más allá de sus creencias convencionales en pos de una revelación nueva y proveniente del lugar menos esperado. Poco importa si pastores y sabios coincidieron realmente en la gruta de Belén; más importante, en cambio, es el hecho de que dos estamentos tan diferentes se congregaran con una actitud compartida: la esperanza, y un propósito común: la honra y la alabanza del recién nacido.

El eclecticismo posmoderno poco ha propiciado que la iglesia se muestre como una comunidad de diferentes. Allende las diferencias doctrinales –que intuyo cada vez son menos relevantes a la hora de elegir una iglesia–, se observan con más frecuencia iglesias sectarias condicionadas por la clase social, la orientación sexual, el grupo etario, la indumentaria y aún la preferencia política. Iglesias homogéneas y homogeneizantes se vislumbran como la norma. Pero ante el acontecimiento de la navidad, se impone una reacción crítica ante el fenómeno de la fragmentación y la homogenización. ¿Es nuestro salario, nuestra vida sexual, nuestra edad, nuestros gustos o nuestra ideología lo que debe primar en el momento de decidir participar en una iglesia? ¿Acaso no es precisamente la esperanza mesiánica, la expectativa y la construcción del Reino lo que debe congregarnos en torno al Salvador? Es claro que abundan quienes señalan que no se puede tener lo segundo sin lo primero; no obstante, la Navidad sigue modelando la diferencia: la congregación de pastores y sabios, de pobres y ricos, de cultos e incultos, de profesionales y artesanos, de locales y extranjeros[iii]. 

Na(ti)vidad: testigos de la alabanza universal

Los pastores y los sabios fueron testigos de hechos que sobrepasaron su entendimiento: la aparición de los ángeles y la estrella en el Oriente. Así, el nacimiento de Cristo fue reconocido no sólo por los hombres, sino también por la creación y por las jerarquías celestes. En la Encarnación el centro de la Historia es revelado y ese acontecimiento no se puede pasar por alto en el universo; el antiguo himno cristiano citado en la epístola a los Colosenses da espléndido testimonio del hecho (Col. 1, 15-20). Que la naturaleza muestra al Creador y al Redentor es algo en lo que los teólogos y teólogas han hecho hincapié desde San Bernardo hasta Leonardo Boff pero que ya los evangelistas quisieron dejarnos bien claro.

Los pastores presenciaron con temor la aparición de los ángeles, pero el anuncio escuchado los llenó de alegría y los movió a la acción. Apresurados, sabios y pastores, acudieron a Belén y fueron testigos de cómo la estrella se posaba encima de la ciudad y de cómo las palabras del ángel eran verdaderas. En un sentido semejante, Agustín de Hipona señala que el hecho de que Jesús yazca en un pesebre no es vano pues allí era donde los animales comían; siendo así, el Jesús del pesebre simboliza al pan que nutre de vida a los hombres, a los animales y a la creación entera. Es este hecho, principio del misterio pascual, el que anima la alabanza de los ancianos y de las bestias en el Libro del Apocalipsis (Ap. 4, 2-11).

La Navidad, en este sentido, nos devuelve a nuestra posición de criaturas y nos llama, como iglesias, a la humildad y a una nueva forma de solidaridad con toda la creación, ya que en la Navidad reconocemos que los seres humanos no somos los únicos, ni los más importantes, que rendimos tributo al Señor. La Navidad nos llama a presenciar una alabanza que trasciende a la iglesia y a unirnos a ella con actitud de gozo por la promesa cumplida: ¡todo lo que respira alaba al Señor!

Na(ti)vidad: recordar y volver a la misión

Los albores de la iglesia los encontramos en Belén, en una gruta donde pacía el ganado. Es imperioso recordar constantemente esta verdad a fin de no apartarnos de nuestra misión esencial: el anuncio de la salvación.

En las ciudades actuales coexisten distintas tradiciones decembrinas: la cena en Nochebuena, el intercambio de regalos, el personaje de Santaclaus, la diversidad de villancicos. Esto, lo sabemos bien, ha suscitado, entre los evangélicos posiciones que van del rechazo a la aceptación. Sobre la cena en Nochebuena, el mexicano Jorge Fernández Granados –uno de los poetas vivos más destacados– ha escrito el siguiente poema:


Nochebuena
nos sentamos a la mesa
impecables
cada uno en su monólogo
impecable
de siempre en esta noche de tantas
impecables
navidades en la vida que es todo menos
impecable
y de pronto una de las velas que arden en la mesa chisporrotea
y cae
su llama se apaga con un chasquido justo sobre la fuente aún intacta de la
accidentada
cena la costumbre nuestros monólogos el blindado bienestar se
rompen
por un súbito silencio inexplicable compartido
e impecable.

Las dos estancias del poema están marcadas por la contraposición del adjetivo «impecable» en la primera estrofa con verbos que evidencian la fragilidad del disfraz de Nochebuena en la segunda. No obstante, la fugacidad de la apariencia de armonía y concordia que intenta impregnar la Navidad, la buena intención es infructuosa y el día de Navidad suele pasar, incluso en las iglesias, dejando todo como estaba. Ese efecto es totalmente contrario de aquella noche en Belén que atestiguó el nacimiento del Redentor. Los sabios de Oriente volvieron a su hogar por otro camino, desafiando la autoridad de Herodes protegiendo la vida del niño. Los pastores anunciaron el mensaje del ángel y luego volvieron transformados a sus quehaceres cotidianos. La alegría de todos ellos halló un nuevo motivo pues habían alcanzado la promesa (Heb. 11,40). Los ancianos Simeón y Ana, corolarios de la escena navideña, verbalizaron esa alegría en sendas alabanzas (Lc. 3, 27-30, 39) que escucharon «todos los que esperaban la liberación» (Lc. 3,39). La liberación es el contenido del anuncio de salvación. María, la madre de Jesús lo expresa así en su famoso cántico (Lc. 1,46-55). La Navidad, en tanto modelo de iglesia, nos insta a renovar nuestra esperanza, a recordar lo esencial de nuestra misión y a verternos en la alabanza que día y noche entona el universo. Asimismo, nos desafía a construir espacios que cada vez se asemejen a esa no tan lejana noche en la que el Verbo se despojó de su gloria y habitó entre nosotros.

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[i] McFague, Sallie. Modelos de Dios. Teología para una era ecológica y nuclear. Santander: Sal Terrae, 1994. p. 73.

[ii] Ratzinger, Joseph. La infancia de Jesús. Consultado a través de http://www.soysalesianocooperador.org/wp-content/uploads/downloads/2013/07/La+infancia+de+Jesus+-+Benedicto+XVI1.pdf p. 46

[iii] Continuar la vía de la Navidad como modelo de iglesia lleva a reimaginar también la figura del pastor a partir del niño en el pesebre quien pastoreó desde su inocencia y su bajeza a hombres tan distintos a él y tan diferentes entre sí.



Fuente: Lupa Protestante

viernes, 23 de diciembre de 2011

La Navidad de antes: vieja y siempre nueva.



Vengo de hace tiempo, de los años 40 del siglo pasado, de un tiempo en que Papá Noel todavía no había llegado en su trineo. En nuestras colonias italianas, alemanas y polacas, exploradoras de la región de Concórdia (Santa Catarina), conocida por ser la sede de la Sadia y de la Seara con sus excelentes productos de carne, sólo se conocía al Niño Jesús. Eran tiempos de fe ingenua y profunda que informaba todos los detalles de la vida. Para nosotros los niños, la Navidad era la culminación del año, preparada y anhelada. Por fín venía el niño Jesús con su mulita (musseta en veneto) a traernos regalos.
La región tenía pinares hasta donde se perdía la vista y era fácil encontrar un hermoso pino. Lo adornábamos con los materiales rudimentarios de aquella región todavía en construcción. Utilizábamos papel de colores, de celofán y pinturas que nosotros mismos hacíamos en la escuela. La madre hacía pan de miel con distintas figuras, humanas y de bichitos, que colgábamos de las ramas del pino. En la punta siempre había una estrella grande recubierta de papel amarillo. Debajo, alrededor del pino, montábamos el pesebre, hecho con figuritas de papel recortadas de una revista a la que mi padre, maestro de escuela, estaba suscrito. Ahí estaba el Buen José, María, toda recogida, los Reyes Magos, los pastores, las ovejitas, el buey y la mula, algunos perros, y los ángeles cantores, que colgábamos en las ramas más bajas. Y naturalmente, en el centro, el Niño Jesús, que, al verlo casi desnudo, lo imaginábamos titiritando de frío y nos llenábamos de compasión.
Vivíamos el tiempo glorioso del mito. El mito traduce mejor la verdad que la pura y simple descripción histórica. ¿Cómo hablar de un Dios que se hace niño, del misterio del ser humano, de su salvación, del bien y del mal, sino contando historias y proyectando mitos que revelan el sentido profundo del acontecimiento? Los relatos del nacimiento de Jesús que están en los evangelios, contienen elementos históricos, pero para enfatizar su significado religioso, vienen revestidos de lenguaje mitológico y simbólico. Para nosotros niños, todo eso eran verdades que asumíamos con entusiamo.
Antes de introducirse el decimotercer salario, los profesores recibían una paga extra por Navidad. Mi padre gastaba todo ese dinero para comprar regalos a sus 11 hijos. Eran regalos que venían de lejos y todos instructivos: una baraja con los nombres de los músicos importantes, de pintores célebres, cuyos nombres nos costaba trabajo pronunciar, y nos reíamos de las barbas que tenían, de su nariz o de cualquier otro detalle. Un regalo que tuvo mucho éxito: una caja con materiales para construir una casa o un castillo. Los más mayores empezábamos a participar de la modernidad: recibíamos un jeep o un automóvil que se movían dándoles cuerda, o una rueda que al girar lanzaba chispas, y otras cosas por el estilo.
Para que no hubiese peleas, cada regalo tenía escrito debajo el nombre del hijo o de la hija. Y después comenzaban las negociaciones y los cambalaches. La prueba infalible de que el Niño Jesús había pasado por casa era la desaparición de los manojos de hierba fresca. Corríamos a comprobarlo. Y así era, la musseta se lo había comido todo.
Hoy vivimos los tiempos de la razón y de la desmitificación. Pero esto vale solo para los adultos. Los niños, ahora con Papa Noel y ya no con el Niño Jesús, viven el mundo encantado de los sueños. El viejito bonachón trae regalos y da buenos consejos. Como tengo barba blanca, no hay niño o niña que pase por mi lado y no me llame Papá Noel. Yo les digo que no soy Papá Noel sino su hermano, que vengo a observar si los niños hacen todo como se debe y después se lo cuento todo a Papá Noel para que les traiga un buen regalo. Así y todo, muchos dudan. Se acercan, me tocan la barba y dicen: No, usted es Papá Noel mismo. Soy una persona como cualquier otra, pero el mito me hace ser Papá Noel de verdad.

Si nosotros adultos, hijos de la crítica y la desmitificación, ya no conseguimos encantarnos, permitamos que nuestros hijos e hijas se encanten y gocen del reino mágico de la fantasía. Su existencia estará llena de sentido y de alegría. ¿Qué más queremos para Navidad sino esos dones preciosos que Jesús quiso también traer a este mundo?

Fuente: Koinonia
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