Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de junio de 2019

Nuestra Iglesia no es transparente…. como lo era la Iglesia primitiva.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Me ha venido este pensamiento a raíz de la 1ª lectura de ayer, 6º Domingo de Pascua. Está sacada del libro “Los Hechos de los Apóstoles”, que es un libro histórico, de los viajes y aventuras de los evangelizadores itinerantes de la primitiva Iglesia, en el que tiene un indudable protagonismo San Pablo. En concreto, ayer leíamos párrafos como éstos. “Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros. Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos”. ” … y les enviaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos, saludan a los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. 24 Habiendo sabido que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, os han perturbado con sus palabras, trastornando vuestros ánimos, ..Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: 29 abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis bien en guardaros de estas cosas. Adiós.».

En el libro de “Los Hechos” nos sorprende, visto y constatado el secretismo eclesiástico de nuestros días, la transparencia, la sinceridad, la valentía, y la franqueza a toda prueba. En el texto que ahora contemplamos me llaman la atención dos cosas: en primer lugar, que Pablo y Bernabé no se conforman con lo que ellos consideraban, ¡y lo era!, un atropello para sus fieles procedentes del paganismo, a los que se les quería obligar a hacerse judíos antes de bautizarse, y no se avergüenzan de embarcarse en una nada tranquila ni dulce agitación, que derivó en una “violenta discusión”. Y, en segundo lugar, que no ocultaran ese episodio de incómoda tensión entre los hermanos, sino que lo contaran, y lo dejaran inmortalizado, aunque ellos entonces no lo sabían, ni se lo imaginaban, por los siglos de los siglos.

En las reuniones episcopales actuales, de la Conferencia Episcopal, y otras, sospechamos muchas veces, por la diligencia y premura con la que ocultan sus encuentros, que nuestros señores obispos tienen también encontronazos, que nunca cuentan, y que tenemos que imaginar, sin poder salir nunca del mundo de la sospecha, de los rumores, y de las conclusiones más o menos lógicas, pero exponiéndonos a faltar a la verdad en nuestras suposiciones, con lo fácil que sería que nuestros pastores nos contaran la verdad, con sencillez, humildad, y, si fuera el caso, con pudor y vergüenza. Es hasta ridículo las precauciones con las que pretenden guardar y preservar algunos “secretos vaticanos”, hasta con penas de “excomunión” papal. ¡Que lejos nos encontramos de la actitud que llevó al Maestro a declarar que lo que guardamos tan celosamente en las alcobas, y debajo de la cama, el día del juicio será proclamado en las terrazas y azoteas.

Es una pena que la Iglesia, que en el transcurso de los siglos, se dejó contaminar por la suciedad y basura moral, la injusticia, y la violencia del mundo, no aprovechara, al revés, grandes logros de la humanidad, que el mundo tiene también riquezas que la Iglesia podía haber aprovechado. ¿Por qué la Iglesia institución se dejó contaminar por el afán de poder, por métodos intolerantes y violentos de coacción, llegando hasta la tortura, la delación sin posibilidad de defensa, y la fácil condena a la hoguera y a la picota, y no aprovechó las lecciones que eventos incluso trágicos como la Revolución Francesa trasmitieron a los hombres en dirección a la justicia, a la igualdad, a fraternidad, a la libertad? Sonroja comprobar cómo la Iglesia oficial, institucional, jerárquica, avanzó lentamente, contra corriente de la corriente de la Historia, en casos como la libertad de los trabajadores, el libre pensamiento, la ética de los sindicatos, los derechos humanos de libertad, de dignidad, de libertad de expresión, de pensamiento, y cómo desaprovechó de manera lastimosa la riqueza y la belleza de movimientos culturales como la Enciclopedia y Ilustración, atacándolas con documentos nefastos y horrorosos como el “Syllabus”.

(¿Alguien puede entender que a día de hoy el Estado del Vaticano no haya firmado la Declaración de los Derechos Humanos, proclamados por la ONU el lejano día del 10 de Diciembre del año 1948? ¿Y que haya firmado solo 10 de las Convenciones sobre los Derechos Humanos, de las 110 que hay proclamadas, y en funcionamiento? el mero hecho de que la comunidad eclesial de los seguidores de Jesús sea comandada y dirigida por un estado civil, porque no puede ser teocrático, ya es un escándalo. Y más si se trata de uno de los pocos Estados, -de momento me parece que siguen siendo tres-, que no hayan admitido, ni en teoría, la importancia del reconocimiento de esos Derechos Humanos. Y a mí, personalmente, me sigue escandalizando que no hayamos llenado la plaza de San Pedro cientos de miles de católicos, protestando por esta situación, escandalosa, e inadmisible).

Nuestros primeros padres en la fe no se merecen unos sucesores tan poco claros, ni sinceros, ni transparentes, ni valientes, como los que ahora queremos, y nos gustaría acertar, ser vistos como los testigos fidedignos y creíbles del Reino de Dios.

viernes, 31 de agosto de 2018

Urgente puesta de la mujer en el lugar que le corresponde en la Iglesia, según la estadística, la sociología, y la psicología.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

No se puede eliminar de las acciones ministeriales, para las que todo bautizado está habilitado, “Porque todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos vosotros, que fuisteis bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos vosotros no sois más que uno en Cristo Jesús”. (Gal 3,26-28).

Ante enseñanza tan clara y valiente, -progresista, podíamos decir, pues en los años 40 la Iglesia, tan homófoba actualmente, se adelantaba 2000 años a la ley de Igualdad-, no puede haber excusas ni vetos canónicos para retrasar el reconocimiento, no la concesión, de un Derecho inalienable, que nunca debería haber sido puesto en tela de juicio. Entendemos el atraso, no solo en la Iglesia, sino en todos los ámbitos de la sociedad. Pues, salvo raras excepciones, la mujer era considerada, en el mejor de los casos, como un ser humano de segunda categoría, incluso por una mente tan preclara como la de Aristóteles. Pero sobre este tema, y sobre la evolución histórica de la sensibilidad social y ética, hay que anotar varias cosas.

Jesús fue un adelantado en su trato con la mujer. Los evangelios resaltan siempre que en el grupo de Jesús, que era claramente itinerante, siempre había un grupo de mujeres, con sus nombres, que lo siguieron hasta el final, incluso más que los apóstoles varones. De hecho, éstos, en el momento culminante de la Cruz se evaporaron, escondidos por el miedo a las consecuencias de ser discípulos y constituyentes del grupo de un renegado, condenado, no sin cierta irregularidad, es verdad, por la legítima autoridad del Sanedrín, y presentado a la autoridad romana para ser ejecutado.

Es destacable cómo, en los últimos días de Jesús, en las horas de la Pasión, las mujeres adoptan un protagonismo sorprendente, pues no tenemos ninguna constatación de que alguna mujer interviniera en la redacción de los Evangelios. En la cena de despedida conocida en la tradición cristiana como la “Última Cena” ellas están presentes, así como al pie de la cruz, y en los días posteriores, así como en los fundamentales momentos que rodearon el misterio central y definitivo de la Pascua.
El caso de María Magdalena es especial desde todos los puntos de vista.

No cabe duda de que fue protagonista de una verdadera y auténtica relación especial con el Maestro, dejándose seducir por Él, por su Palabra, por su dulzura, y, también, y sin duda, por el estilo y la delicadeza peculiar que el Señor, desde luego, mostró con ella, pero también, con el mundo femenino. Y llama la atención que los Evangelios no esconden un hecho insólito: Jesús resucitado no se presenta en primer lugar a Pedro, o a su Madre, sino a María Magdalena, “de la que había expulsado siete demonios”, pero también de la que afirmó en un banquete memorable de que “amaba mucho porque mucho se le había perdonado”. Este primer encuentro del resucitado, publicado a bombo y platillos en el Nuevo Testamento, es la suprema demostración de que para Jesús, y su grupo, el papel de esa mujer era destacado.

Y está el mandato misionero: “Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní»- que quiere decir: «Maestro» -. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras. (Ju 20, 15-18).

Este texto niega una afirmación que se ha oído muchas veces cuando se trata de la posible ordenación de mujeres: que los jerarcas de la Iglesia no pueden, ni siquiera el Papa, hacer algo que el señor no hizo. Afirmación ridículamente fuera de lugar, y disparatada, entre otros motivos por que la Iglesia ha hecho cientos de veces cosas, y ha tomado decisiones que al Señor nunca se le ocurrieron. Y en temas n importantes y decisivos, que no solo no las decidió el Maestro, sino que la impresión que parece imponerse es la contraria: de que se trata de algo que ni lo dijo, ni lo quiso, sino todo lo contrario.

Un ejemplo flagrante de que la Iglesia ha hecho cosas, y tomado decisiones, que Jesús no hizo ni tomó, sino todo lo contrario, es el asunto que traté en el artículo de ayer de este blog: la conversión del Reino de Dios, anunciado por Jesús, como de un movimiento y un estilo de vida en la Humanidad en el que Dios mandaría en el corazón de los hombres, en una Religión organizada, jerarquizada. Otro ejemplo sencillo, los mandamientos de la Iglesia, como oír Misa los domingos, confesar antes de comulgar, etc., y cientos de cosas más.

No tiene, pues, ningún sentido la solemne declaración que un día lanzó Juan Pablo II, desde la ventana de su despacho a la multitud congregada en la plaza de San Pedro que ni él, el sucesor de Pedro, tenía potestad de cambiar la disciplina de la Iglesia con la ordenación ministerial de mujeres, porque el Señor Jesús no lo había querido ni lo había dispuesto. El Espíritu de Dios se manifiesta en la evolución que promueve, entre todos los hombres y todos los pueblos, a través de la Historia.

(No puedo acabar este artículo. El ordenador tarda un siglo en exponer en pantalla las palabra y frases que escribo. En esta frase, hasta el final, que no ha salido todavía, podrá tardar más de dos minutos. (De hecho ha tardado cuatro y medio).

domingo, 28 de enero de 2018

La Iglesia que se acaba …



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Antonio Aradillas, a sus ochenta y muchos años, ha presentado su libro nº 90, ¡sí!, están leyendo bien, con el sugerente y no poco provocador título de “La Iglesia que se acaba”, lo que no quiere decir, como él mismo explica, que la Iglesia se acabe, sino que “esta Iglesia, con la estructura, la organización, y la mentalidad actual”, está llamada a terminar, y lo deseable es que sea más pronto que tarde. Antonio es un viejo y aguerrido periodista, que ha desarrollado siempre un periodismo que podemos denominar perfectamente “periodismo de denuncia profética”, que lo llevó a ser perseguido y condenado varias veces por la Jerarquía eclesiástica.

Denunció temas tan delicados y explosivos como los procedimientos censurables de los tribunales eclesiásticos, sobre todo en temas de declaración de nulidades matrimoniales, la pederastia, el secretismo a las secularizaciones presbiterales, y otras muchas actuaciones curiales, de los dos niveles, la vaticana y las diocesanas. Eso le valió, a poco de comenzar la transición democrática en España, ña “suspensión a divinis”, que consiste en prohibir a un cura todo ejercicio pastoral y sacramental. Nunca se dejó arredrar, y la mejor prueba es la presentación, ayer, de este su nonagésimo libro presentado en Madrid. Critica en la Iglesia muchas cosas concretas y particulares

Pero si intentáramos resumir en puntos más generales su denuncia, yo señalaría dos temas, que abarcan mucho campo, y que son causas profundas de los desvíos múltiples que en que cae después la comunidad eclesial. Estos temas son: la falta de democracia, en la Iglesia, y la torpeza, o la falta de atención, de interés o de reconocer la importancia , de “la adaptación a los tiempos”, el famoso eslogan del Vaticano II, clamando sobre la importancia de leer y respetar “los signos de los tiempos”. Se refiere a ambos fallos con frases y palabras claras y significativas, como “En la Iglesia no se puede decir más que amén, tanto el cura como los feligreses”, en lo referente a la Democracia. Y en cuanto a la acomodación y adaptación a los cambios y signos de los tiempos, estas bellas y profundas palabras, Los tiempos, para Aradillas, son “palabras de Dios”. Y no interpretarlos adecuadamente, ni adaptarse con inteligencia a ellos dificultará la misión evangelizadora a la que se debe de lleno la Iglesia.

1º) Se oye con frecuencia que la Iglesia no es una Democracia, pero no se escucha que tampoco debe de ser una tiranía, y un despotismo ideológico, moral, filosófico y teológico. La Iglesia tiene, y debe de respetar, una guía segura e indeleble: el Evangelio, las palabras y los hechos de Jesús, y el proceder de la Iglesia primitiva, que es, siempre nos lo han repetido en los seminarios y facultades de Teología, un “paradigma perpetuo”, un ejemplo perdurable para todos los tiempos y épocas de la Iglesia. Y eso no querrá decir que no haya que estar atentos al devenir de la Historia, y al respeto debido a sus transformaciones profundas e inacabables. Y pone un ejemplo bien pintoresco, que nos hace reír, pero que acaba provocando un tremendo fracaso en la credibilidad de la Iglesia, sobre todo jerárquica. La Iglesia que se acaba es la de la inexistencia de un régimen democrático tanto en la Iglesia-institución como en la Iglesia-Estado; “la de las tiaras, báculos, solideos, capas magnas con brocados y cucullos, con báculo y muceta, coronados con la mitra, el símbolo de los generalísimos persas y de los sumos sacerdotes”; la de la “infalibilidad pontificia” (ya relativizada por el Papa Francisco); “la de vivir ajenos al pueblo en palacios obispales; la de situar aun en mantillas la teología del laicado, impidiendo además -lo que el autor califica de aberrante- el acceso pleno de la mujer a la Iglesia; la de olvidar que la doctrina de la Iglesia debe interpretarse a la luz del evangelio, no del código de derecho canónico”

Aunque la Iglesia no sea, formalmente, una democracia, con votaciones periódicas, etc., esto no quiere decir que no se puedan aprovechar, con magnífico resultado, instrumentos que el estilo democrático nos proporciona. Esto ya se hizo en muchos momentos de la Historia de nuestra Iglesia, como vemos en la Iglesia primitiva, en a libertad con a que se expresaban en el “Concilio de Jerusalén”, en la claridad y transparencia con la que actuaban, como apreciamos en los “Hechos de los Apóstoles”, y en la sinceridad y amor a la verdad, abandonando secretismos y penumbras sombrías, a la hora de contar. El autor de los Hechos nos oculta que hubo “violentas discusiones”, y los Evangelios no esconden el terrible reproche se Jesús a Pedro, -¡apártate de mí, Satanás!, porque no opinas según el Espíritu, sino según la carne”-, ante el escándalo y el rechazo de Simón al anuncio de la Pasión del Señor. Como no ocultan ni la traición de Pedro, ni la persecución de Pablo, en actitudes profunda y eminentemente democráticas, porque la Democracia no es solo votar, (como muy bien le recordó ayer una politóloga danesa a Puigdemont), sino en la igualdad de trato a todos os miembros de la Comunidad, sin ser considerados algunos de ellos, en nuestro caso los laicos y el clero bajo, incapaces de saber, y comentar, ciertos secretos ¡¡¡importantísimos!!!, para los que solo están preparados los altos jerarcas. Y así surgen las redes auto protegidas de pederastia, de abusos de poder, y de desmanes antievangélicos.

Además es curioso observar que la rotunda, e irreversible, negación de loa comportamientos democráticos en la Iglesia ha quedado en exclusiva en lo referente a la composición, actuación, debates, coloquios, y discusiones de la alta Jerarquía, vaticana y diocesana. Algo que “al principio no era así”. Y que, por cierto, tampoco han abandonado por entero, sin más bien muy poco, las órdenes u congregaciones religiosas. Es maravilloso comprobar como las carmelitas eligen los principales cargos del convento, en voto secreto de todas las religiosas, también las antiguas legas, figura que le Concilio hizo desaparecer, o como los dominicos tienen el mismo procedimiento con una reiteración prevista por su Regla, como en general sucede en todas las familias religiosas. Sería muy útil, bello y productivo que la Jerarquía propiamente clerical, que no existió, como tal, y como ahora la conocemos, en los tres primeros siglos, imitase, humildemente, los procedimientos democráticos de los monjes, frailes, y religiosos.

(Sólo he podido, por no extenderme mucho, tratar el tema 1º, sobre la carencia democrática. Mañana, o un día de éstos, trataré el 2º tema, sobre el respeto a los signos de los tiempos).

jueves, 26 de mayo de 2016

¡Qué difícil es que los ricos entren en el Reino de Dios!.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

El tema del dinero, las riquezas, los bienes materiales es, según un pastor luterano al que oí en la tele, es el tema que más se repite en el Antiguo y el Nuevo Testamento, (AT y NT). Según él, que escribió un libro sobre ello, casi el doble del tema que le sigue en reiteración. Pero, desde el siglo IV, este tema no se ha ganado ni el primer, ni uno de los primeros puestos en la reflexión teológica, ni en la pastoral de la Iglesia. Solo a partir del Concilio Vaticano II, muy iluminado por las Teologías de América Latina, no solo la de la Liberación, que marcarían las asambleas del CELAM, sobre todo las de Medellín (1968), y la Puebla (27 de Enero – 13 de Febrero de 1979), que fueron celebradas con total lealtad y consonancia con el Concilio. En las que se habló, por primera vez, con esta expresión, de la “Opción preferencial por los pobres”. Por fin unas conclusiones sinodales y conciliares hacían memoria, y justicia, a textos como el de la misa de hoy, lunes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario.

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!»

Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! 25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» 26 Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» 27 Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.» (Marcos 10:17-27)

El joven rico pregunta sinceramente a Jesús qué es lo que tiene que hacer para “heredar la vida eterna”. En el fondo, se ve un poco de autocomplacencia y seguridad en los valores que hasta ese momento ha mantenido en su vida. A lo que Jesús responde en una perspectiva moral, recordándole los diez mandamientos, y animándole a ser, al cumplirlos, una buena persona y un buen ciudadano. Entonces el joven se crece y comunica al Maestro que eso tan elemental lo ha cumplido desde niño. Es el momento en que Jesús reconoció la honradez y la buena talla ética del joven, y le propone otro nivel, otra perspectiva, para valorar y enjuiciar su vida. Ya no es el horizonte ético, moral, implemente humano, sino le ofrece la oportunidad de ser “otra cosa”, es decir, seguidor de Jesús, creyente, cristiano. Y el texto nos deja bien claro y diáfano cómo se adentrará por ese camino nuevo, proponiéndole un camino nuevo, y un nievo tesoro, “en los cielos”, claro. Después, solo después de que haga el test del dinero, y de su libertad o esclavitud ante los bienes, “luego, ven, y sígueme”.

No se trata, como algunos han afirmado, apropiándose indebidamente de la totalidad de la experiencia cristiana, los que solo constituyen una pequeña minoría, de que el Señor adelante, en un caso flagrante de anacronismo, una experiencia que so9lo siglos después aparecerá en al Iglesia, como es la Vida Religiosa, hoy llamada “Vida consagrada”. No, no se trata de eso, de una invitación a un grado superior de “vida cristiana”. Es una invitación a todo el que quiera seguir los pasos de Jesús, Y que no se trata de un texto que se puede entender discrecionalmente, es decir, al pie de la letra, o no, nos lo demuestra la experiencia de la Iglesia primitiva. Hoy día ya no caben muchas dudas de que los Evangelios sean una colección de catequesis, y esta orientación es muy apropiada para entenderlos bien, y realizar una exégesis acertada. Sabemos que la renuncia a los bienes, y su puesta al servicio de los responsables de la comunidad cristiana, era un requisito indispensable para que los catecúmenos pudieran ser aceptados al Bautismo. Y ésta es la mejor y más clara exégesis que podemos hacer de la necesidad cristiana de n o ser, de verdad, esclavos del dinero. No se trata, pues, de algo discrecional, que depende de la voluntad y exigencia personal de pasar de un estado raso de pertenencia a la Iglesia, a otro de mayor y más alta cualificación. No. En ese rechazo al servicio del dinero, todos en la Iglesia somos iguales: no se trata de una experiencia de los más perfectos, decididos y generosos, sino de todos miembros de la comunidad eclesial, por igual.

A los que oponen la idea de que con la con un cambio tan radical de los modelos sociales, hoy es imposible vivir la relación con el dinero con la intensidad de la Iglesia primitiva, habrá que responderles con dos realidades constatadas: 1ª), la situación social, jurídica y económica de la comunidad de los primeros siglos, era incomparablemente peor, y más insegura que la de hoy. 2ª), nunca la comunidad cristiana fue, hacia dentro y hacia fuera, más fuerte, psicológica y económicamente tan compacta, y , progresivamente, socialmente tan reconocida y considerada como en aquellos tiempos. Se trataría, actualmente, no de negar a priori de esa posibilidad, sino de buscar las condiciones, y sentar las bases para que la invitación del Señor, que tan buenos réditos produjo a los primeros cristianos, siguiera siendo oída, creída y puesta en práctica en los días que corren. En mi opinión, esa era una de la intenciones “revolucionarias” del Concilio Vaticano II. Es claro que no sería posible ponerla a funcionar sin una severa, agresiva y violenta oposición de la sociedad globalizada y capitalista actual.

viernes, 12 de febrero de 2016

La Cuaresma.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Los tiempos litúrgicos no son períodos estancos, que celebramos una vez al año, y se suceden uno tras de otro, con experiencias que ya no se repetirán. Esos períodos nos sirven para resaltar experiencias y vivencias existenciales que son, generalmente, frecuentes en la vida, que no avisan, y que no tienen reservado tiempo, cronológico o climatológico, en que esas experiencias sean más probables. Para entender muy fácilmente lo que quiero decir, es importante distinguir dos niveles en la vivencias existenciales:

1º, el nivel de la realidad. Por ejemplo, en ésta, la realidad, la experiencia del dolor, del fracaso, de la limitación, de la insatisfacción, sucede cuando llega, no tiene ni fechas, a no ser que sean el recuerdo de algo que ya sucedió con fecha y hasta hora, ni épocas. Pasa cuando pasa, por motivos y causas que pueden, o no, directa o indirectamente, tener relación con el sujeto que la padece.

2º, el nivel de la celebración. Éste sí, lo escoge la actividad humana. La alegría desbocada, la farra y el desenfreno puede suceder en multitud de ocasiones y de variables, pero los hombres nos ponemos de acuerdo para celebrarlos, por ejemplo, en los días previos al inicio de la cuaresma, en el carnaval. Lo mismo sucede con el nivel celebrativo de lo que he recordado en el párrafo anterior: el dolor, la enfermedad, el fracaso, la muerte, puede suceder en cualquier momento, pero lo celebramos, y ahora entramos en el ámbito de la Liturgia cristiana en un tiempo concreto, que llamamos la Cuaresma.

Cada tiempo litúrgico celebra una experiencia humana relevante, que a todos los seres humanos les llegará algún día. Así, afirmamos que en el Adviento celebramos el paso del tiempo, que nos empuja a determinados momentos, convertidos muchas veces en objetivos, como el acabar la carrera, el casarse, el comprar una casa, etc. Así como también el modo humano, profundamente variable de “pasar el tiempo”. En las parroquias que me han tocado en mi vida pastoral, desde que me ordené, hace ya 48 años, excepto una vez, en que no lo hice, siempre, con esa excepción, el primer Domingo de Adviento les cito la obra teatral de Samuel Beckett, “Esperando a Godot”, que nos ayuda a caer en la cuenta de lo que celebramos más profundamente en ese tiempo litúrgico, y que no es simplemente, como a veces afirmamos ingenuamente una preparación de la Navidad, sino un ejercicio consciente, meditado e iluminado por la Palabra de Dios, sobre nuestra manera de pasar el tiempo, y de esperar algún acontecimiento decisivo para nuestra vida. Entre otras cosas nos ayudará a discernir si perdemos o no el tiempo, como los que esperan desgraciadamente a Godot.

Siempre hemos oído que la Cuaresma es, mientras esperamos la Pascua, una seria reflexión sobre el dolor, el desasosiego, la incertidumbre, el fracaso, la vejez, la muerte. Evidentemente, sin el necesario y maravilloso contrapeso de la Pascua, el ejercicio cuaresmal sería inocuo y contraproducente. Pero el peligro es, como ha sucedido hasta nuestros días, exactamente hasta el Concilio Vaticano II, que el modo, las formas y tradiciones de celebrar la Cuaresma ha desviado la atención, del foco principal, a lo secundario y anecdótico. Todavía hay curas que el domingo pasado, informando de la celebración del miércoles de ceniza, alertaban a sus fieles de los detalles del cumplimiento del ayuno y la abstinencia, en un desprecio del Concilio, o en una actitud inconsciente y desinformada. Yo prefiero esta segunda alternativa.

Evidentemente, como me decía un feligrés, buena persona, pero burguesón y vividor él, con un cinismo soportable, porque era entre amigos, con aquello del asco, que se produce cuando abunda la confianza, pues me reconocía: “Me encanta la abstinencia de los viernes de Cuaresma, que mi abuela y mi madre lo ampliaban a todos los viernes del año, porque así teníamos un motivo magnífico para comer una buena merluza de pincho con almejas, y, en los buenos tiempos, una cazuela de angulas”. Por lo menos, aunque fuera cínicamente, ese antiguo amigo tomaba conciencia de la hipocresía que se puede encerrar en algunas prácticas de penitencia. Y no digamos cuando para librarse de alguna de ellas se podía pagar un tributo pecuniario.

La Cuaresma, como tiempo litúrgico cristiano, solo tiene sentido si la vivimos con la guía e iluminación de la Palabra de Dios, y con la cercanía de los hermanos de la Comunidad. Los sacrificios, sin la Palabra, y sin compartir solidariamente con los hermanos “las alegrías, los gozos, las amarguras y las desventuras”, no nos sirven para nada.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

A vueltas con la “religión”.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Religión así, con minúsculas. No nos parece, no nos ha parecido, a los componentes de nuestra asamblea litúrgica de hoy que la religión merezca una excesiva consideración, y, sobre todo, que tenga, generalmente, un sentido y orientación positivos. Más bien, todo lo contrario. El pequeño número de los participantes en nuestra misa diaria, en los días de la semana, nos permite establecer un verdadero diálogo, y desmenuzar la Palabra, casi en pie de igualdad, entre el presbítero que preside, que soy yo, y la pequeña asamblea. Así que os trascribo la segunda parte del evangelio de hoy, lunes de la 22ª semana del tiempo ordinario, para ver a alguna de las conclusiones a las que hemos llegado.

“Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: “Levántate y ponte ahí en medio.” Él se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: “Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?” Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: “Extiende el brazo.” Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús”. (Lc 6, 6-11).

Los escribas y fariseos, en este, como en tantos textos del Evangelio, representan a lo más granado y fiel representante del fenómeno religioso. Una de las principales características del ser humano religiosos es, justamente, su apego y veneración al culto, más que a las disposiciones, favorables o desfavorables, a las personas concretas. Grabemos, pues, esta característica de la religión, que nos ha parecido indiscutible, no solo hoy, sino siempre que sale el tema, y Jesús es reprochado o condenado porque siempre, entre la religión y la persona, nuestro Maestro elige la persona sin excepción. “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. De modo que el Hijo del Hombre es también Señor del sábado”. (Mc 2, 27-28). Y hay otros muchos textos con la misma enseñanza del Maestro.

Estoy escribiendo estas líneas porque acabo de leer en Religión Digital, (RD), un artículo, más bien, una presentación, o reclamo, o anuncio y aviso, firmado por Juan José Tamayo, del 35º Congreso Internacional que la Asociación Teológica Juan XXIII organiza todos los meses de septiembre desde hace treinta y cinco años. Y justamente, este años el tema es “Las religiones: violencia y caminos de paz”. Es decir, versará sobre el tema tan esencial de si debemos considerar, o no, el “seguimiento de Jesús” como una Religión. Una de las conclusiones que hemos sacado, a pesar de la pequeñez y humildad de nuestra asamblea eucarística, es que Jesús ha sido, en la Historia, uno de los principales críticos, y de los más corrosivos, con la Religión.
Yo ya he escrito en este blog, varias veces, los tres elementos esenciales, y que no pueden faltar, a toda religión: el espacio sagrado, (templo), el tiempo sagrado (los ritos), y la burocracia clerical (el clero). (Como la Iglesia primitiva, de los tres primeros siglos, no tenía ninguno de estos elementos, fueron considerados durante mucho tiempo ateos, y gente ruin y salvaje, sin el freno y la horma de la religión en su comportamiento. Pero como el ejemplo de su vida, a pesar de esos aparentes fallos, era luminoso por el amor que se profesaban, y la fraternidad en que vivían, acabó por convencer y tumbar la solidez de la vida que sus espectadores disfrutaban con los valores romanos).

Antes de acabar, aprovecho para pedir a algunos representantes de la Conferencia Episcopal Española (CE) que perfectamente podían hacerse presentes en alguno de los días en que va a discurrir el congreso, que se realizará del diez (10) al trece (13) de Septiembre. Además, ya que en él va a ser homenajeado monseñor Romero, y recordado Pedro Casaldáliga, sería totalmente reconfortante la presencia de Ricardo Blázquez, o de Carlos Osoro, o de los dos, sobre todo después del feo que la CEE, por instigación, ¡según rumores!, de Don Antonio Rouco Varela, perpetró no solo contra Romero, sino contra toda la Iglesia Latino-Americana, no acudiendo, a través de ninguno de sus obispos, a la magna fiesta latino-americana de la exaltación de monseñor Romero.

(Y como se me hace muy largo este artículo, el elemento esencial de las religiones que yo quería comentar hoy en estas líneas, “EL clero”, lo dejaré para mañana).

domingo, 21 de junio de 2015

La Iglesia no es “romana”; es ¡católica!.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Normalmente no me suelo exaltar cuando escribo, al contrario de los arrebatos que puedo tener cuando hablo. Aunque procuro que sean los menos. Pero al escribir vas pausando tus impulsos, y controlando y bajando la adrenalina. Pero hoy tengo ganas, si bien no las voy a dejar que salgan libremente a la palestra, de trinar y berrear contra ciertos católicos, de los que dudo, por sus comportamientos y tomas de postura ante el Papa, que sean, o siquiera quieran ser, verdaderos cristianos. No pretendo, y no hago, un juicio ético, sino una valoración teórica y general de ciertas tendencias que están demostrando, hasta la saciedad, que, o sus protagonistas no son miembros de la comunidad eclesial, o no entienden nada de qué pueda significar serlo. Y estas personas a las que me refiero están, viven, o trabajan, en Roma, y son considerados muy afines al papado, y a la curia vaticana. Pero, de vez en cuando, surgen excepciones. Y con el papa Francisco la excepción se está convirtiendo en regla.

Nos hemos enterado hoy que e un periódico italiano, “L’Espresso”, difundió ayer el borrador de la próxima encíclica papal, “Laudato si” (alabado seas, que son las palabras con las que Francisco de Asís comienza su himno de las criaturas). El adelanto de la publicación, no respetando el embargo del documento hasta su publicación oficial, ha enojado mucho a la Santa Sede, y, en `particular y en concreto, al Papa. Se trata, evidentemente, de un acto de hostilidad, según el criterio de todos los vaticanistas. Esta filtración ha sido atribuida por los vaticanistas a medios conservadores romanos, que pretenden hacer daño a la estima de los fieles hacia el papa, así como intentar rebajar los magníficos índices de aceptación de que goza el Pontífice. El reputado, y leal, vaticanista Giacomo Galeazzi, quien ya había señalado que el entorno del L’Espresso”, “había sido especialmente activo en las últimas semanas al atacar algunos artículos de La Civiltà Cattolica, la revista jesuita supervisada por la Secretaría de Estado del Vaticano”. Y opinó que se trata “de un ulterior ataque preventivo a una encíclica que tiene en su haber un primado histórico: es la primera que es atacada aún antes de su salida”. Además señala dos objetivos que persiguen con el adelanto de la publicación de la encíclica: 1º), “Debilitar el mensaje de la encíclica, ya que en algunos puntos critica con dureza las políticas medio ambientales de países económicamente poderosos, y 2º), atacar la figura del Pontífice , azuzando las resistencias a su estilo de renovación de la Iglesia, difundiendo, incluso, bulos, como el de sugerir temas que incluso no están incluidos en el documento, como ciertas propuestas sobre planificación familiar. Se ha apuntado al vaticanista Sandro Magister, que lo es, en verdad, en el arte de criticar y obstaculizar la obra de Francisco.

Y todo esto, ¿por qué? Esa actitud de crítica y enfrentamiento feroz, ¿es solo por antipatía personal al Papa, porque no consiguen crear empatía con su estilo, porque piensan que es un peligro para la Iglesia? Nada de eso. Procuraré aclarar en pocas palabras como entiendo yo esta especie de cruzada contra el propósito del papa argentino de volver al Evangelio, porque ese es, para mí, el auténtico problema.

1º), la Iglesia no es Romana, como he afirmado, ya, en el título. Ya he escrito varias veces que el apelativo de “romana” quiere decir, en la Iglesia, exclusivamente, el rito que emplean algunas Iglesias locales occidentales, que popularmente son llamadas “iglesias católicas apostólicas y romanas”, como en toda América Latina, en contraste con iglesias católicas orientales, que celebran con otros ritos. (Así la Iglesia de Milán podría añadir “…ambrosiana”; o la de Toledo, “…mozárabe”; se trata de ritos católicos diversos al romano). Puede suceder que venga un Papa valiente que actúe como en su tiempo lo hicieron Pedro y Pablo, llevando la sede de la Iglesia al centro del mundo conocido, entonces, Roma; ahora podría ser Nueva York. ¿Por qué no?

2º), así que los romanos se asustan de un papa no romano, ni italiano, -¡encima porteño!-, que se sale del guión de actuación tradicional-secular. Sí, porque no son unos pocos años, se trata de siglos. El mero hecho de vivir en Santa Marta, de calzar zapatos toscos y vulgares, de desdeñar la tradicional cruz dorada pontificia y mantener la sencilla y pobre de hierro, de predicar, y cumplir la pobreza personal; de disponer que el banco Vaticano sea solo eso, un Bnco par ayudar técnicamente a la administración de los bienes de la Iglesia en beneficio de los fieles de todo el mundo, sobre todo los más pobres, y no como máquina y caverna de blanqueo de dinero. Todo eso pone nerviosos a los que durante siglos han identificado Iglesia con la pompa, ostentación, brillo, lujo, elegancia, y poder que se vivían, y derrochaban, en Roma. Porque se deben decir muchos funcionarios vaticanos, o adláteres, periodistas, gente de oficios volcados a la grandeza y magnificencia pontificias, ¿y si ahora el Papa pretende que hagamos todos un giro a la pobreza y a la vida sobria y discreta? Este es, realmente, el miedo de los que con tanto empeño, y a veces, saña, se oponen al Papa.

3º) Es preciso decirlo: durante siglos el Vaticano y su máquina y fuente de poder ha sido, en verdad, un anti-Evangelio. Esto no quiere decir que todos los papas hayan sido nefastos para la Iglesia. Como afirmó hace poco el teólogo español José María Castillo, y a fe que no lo ha hecho en exclusiva, sino que cada vez más teólogos y pensadores cristianos se suman a esa idea, “el problema no es el Papa: es el papado”. Esto quiere decir que si ha habido papas buenos, eficaces y santos, más bien pocos, lo han conseguido a pesar de una estructura que ha sido, desde los siglos V-VI, antievangélica, y poco, o nada, cristiana. Hay en el Nuevo Testamento, (NT), más de 50 enunciados, dichos, sentencias, o enseñanzas de las que, explícitamente, se deduce una clara, rotunda e inexcusable condena del estilo de vida, de práctica del poder, y del abuso de autoridad, que ha significado el mundo vaticano en la Iglesia. Por eso la tentativa seria, cristiana, evangélica y eclesial, del papa Francisco, de volver a los valores evangélicos de verdad, y no con declaraciones rimbombantes, que no cambiaban nada, ni provocaban una metanoia en la Iglesia, tiene tan asustados a los que, además, ven, o intuyen, que como sigan las cosas así, van a perder el inmenso, e ilegítimo poder, que ostentaban. Amén, así sea.

domingo, 14 de junio de 2015

El “delirio romano” no parece tener solución.




Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

He leído en el portal cristiano, y romano, www.espressonline.it, una especie de composición periodística del vaticanista Sandro Magister, a finales del año pasado, 2014, muy seguro de su enfoque e información romana, y muy puesto en su papel de “famoso vaticanista” (¡y a mí, ¿qué?!, como dirían en mi pueblo), que, a su vez, la trae Francisco José Fernández de la Cigoña en su blog, algo que suele significare poca afección al Papa, y admiración por sus detractores romanos, o que, por lo menos, lo ponen bajo sospecha.

Sandro denomina a composición “Las lentes del cardenal, del sociólogo, de los periodistas”. Todos ellos, o romanos, o contaminados por el embrujo que produce la ciudad del Tiber en los cardenales, que no dejan de ser patronos de las parroquias de Roma, como le sucede al cardenal norte americano Francis George (Chicago, 16/01/1937; Chicago, 17/04/2015, muerto después de una dolorosa enfermedad), arzobispo de su ciudad natal de 1997 a 2014, y presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos desde el 2007 al 2010. Tuvo problemas con la santa Sede por no atajar a rajatabla los casos de pederastia que se dieron entre el clero de su diócesis. Muy de la línea del papa emérito Benedicto XVI, no se alinea con la misma facilidad con Francisco. Más bien, le cuesta mucho entender al “obispo que fueron a buscar al fin del mundo”.

En mi artículo me fijaré en la idea maestra de cada uno de los tres protagonistas, e intentaré rebatirlas:

El cardenal (Francis George). Pone en tela de juicio algunas afirmaciones papales que podrían ser susceptibles de contenido doctrinal. Y pide que no sean otros los que hagan la exégesis de sus frases, sino que sea la propio Francisco que deje claro el sentido delas expresiones dudosas. Pone como ejemplo la famosa respuesta a los periodistas en el viaje de vuelta de la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud) que tuvo lugar en Río de Janeiro, sobre la actitud a tomar ante los homosexuales: “¿Y quién soy yo para juzgar?”. Al cardenal le preocupa que mucha gente pueda pensar que el papa estaría proponiendo un cambio en la doctrina, mantenida secularmente en la Iglesia, de la fuerza moral, y aun, académica, en lo filosófico, ético, y no digamos teológico, de las opiniones del Papa. Pero le respondo al cardenal, y usaré este mismo argumento para el sociólogo y los periodistas que opinan sobre el papa: “¿han leído alguna vez el Evangelio? ¿No les suena eso de “no juzguéis y no seréis juzgados”? Eso, ¿vale para todos los cristianos, menos para la jerarquía de la Iglesia? O cómo el Maestro se hizo a un lado cuando dos hermanos solicitaron su opinión para dilucidar una discusión, con la interrogación, “¿y quién me ha nombrado a mí juez entre vosotros?” Pero el cardenal parece pensar que son más importantes las tradiciones y usos de la jerarquía que las palabras del Evangelio. (Volveré brevemente sobre este aspecto al final).

El sociólogo (Luca Diotallevi, enseña sociología en la Universidad de los Estudios “Roma Tre”. Y hace unos años es el sociólogo de referencia de la Conferencia Episcopal Italiana, CEI). Y en el informe que el profesor y sociólogo presentó a los obispos italianos en noviembre del año pasado, sin referirse directamente al papa Francisco, pero dejando caer apreciaciones y detalles que le conciernen, disertó sobre un tema original, por lo menos en su exposición. Vino a decir: vivimos una época de boom religioso, de muchas posibilidades, de gran marketing y propaganda, pero la causa es que el hecho religioso es muy interesante, pero fácil, atrayente, frágil, porque se trata de un fenómeno religioso “de baja intensidad”. Pone dos ejemplos notables: el sacramento del orden reservado exclusivamente a los varones, en frente de los que optarían por la ampliación a las mujeres, y los problemas derivados de la indisolubilidad del matrimonio, a la que se le buscan soluciones imaginativas, como permitirles la comunión a los divorciados y vueltos a casar, que no han perdido la fe ni la apetencia por la Eucaristía.

No lo dice, pero lo sugiere: con una religiosidad no tan fácil, sino de una intensidad mucho mayor, se vería que los intentos de solución o de mudanza en la tradición de la Iglesia Católica de siglos, serían peores que el problema. Evidentemente, la figura de Francisco emerge de esa exposición por lo menos como punto de referencia y de contraste, y hasta de autor de ortopraxis a rebatir. A este profesor yo le diría muchas cosas, pero sobre todo, dos: a), es justamente por ver y considerar la experiencia cristiana como un “fenómeno religioso”, y no como una experiencia evangélica, por lo que los papistas, y vaticanistas, sea quien sea el Papa, buscan en el ejercicio del ministerio papal una distinción y un aura llenas de elegancia, de elevación y de estética; y b), olvidan que no es el protocolo vaticano el que debería marcar la nota y apreciación de un pontificado, sino la enseñanza evangélica, y la praxis de las primeras comunidades cristianas. Algo que muchos olvidan fácilmente cuando contemplan el baldaquino de Bernini o escuchan los primeros compases de Palestrina, ejecutados por la Capilla Sixtina.

Ciertos periodistas, entre los que destacan Aldo Maria Valli (es el número uno de los vaticanistas que trabaja en la RAI, la televisión italiana del Estado). Y Rodolfo Lorenzoni (trabaja también en la RAI, durante un cierto período en la RAI-Vaticano). En un libro que han escrito entre los dos, y que titulan A.M. Valli, R. Lorenzoni, “Viva il papa? La Chiesa, la fede, i cattolici. Un dialogo a viso aperto”, Cantagalli, Siena, 2014., se preguntan, sobre todo, ¿Quién es el papa Francisco? Y la repuesta es que ésta depende más de las versiones de los medios, que de la propia realidad personal del Papa, aunque, según ellos, muchas veces el causante de esta percepción, a veces antinómica, es el propio Papa. Citan una frase muy significativa de Karl Ranher, quien dijo alguna vez que “el cristiano del mañana será NO es comprenmístico o no será”. Y, según ellos, Francisco se ha insertado en esa línea. Pero además de que confunden la mística con la fidelidad al Evangelio y sus valores, nos gustaría preguntarles si, en su consideración seria, -investigación, diríamos mejor-, de la Historia del papado, han encontrado motivos suficientes, demostrados, y contrastados, para poder asegurar que, sin esa “mística”, que parecen no valorar demasiado, a los papas les ha ido bien, no como grandes e influyentes señores mundanos, sino como signos de comunión y garantes de la fidelidad de la Iglesia al Jesús del Evangelio. Porque la idea predominante, por lo menos de los que lo vemos desde lejos de Roma, es, más bien, desoladora y, en muchísimas ocasiones, penosa.

Conclusión: Hay tres consecuencias bastante claras, de las afirmaciones, preguntas y posicionamientos de nuestros colaboradores en el artículo, y de una lógica meridiana. Las enumeraré brevemente:

1ª) Es impensable la ceguera que mantienen, sobre el Papa, el Vaticano, la Curia, etc., personas que son consideradas especialistas en la materia. No es comprensible que todavía se pregunten hacia donde camina el papa argentino.
2ª) La monumentalidad, aparatosidad, magnificencia y grandeza mundanas de la cúpula de la Iglesia, cultivada con mimo desde siglos, no permite ver, a), ni el inicio, la fuente, y el comienzo de la aventura cristiana; b), ni el itinerario por el que se ha llegado hasta el momento presente; c), y ese olvido produce que a los afincados y asegurados en esa visión ampulosa y delirantemente religiosa, no puedan ver, ni sientan, ni tengan una mínima empatía para reconocer la sencilla, pura, hermosa y deslumbrante belleza, luminosidad, y energía de los inicios evangélicos y apostólicos.
3ª) Por eso ese tipo de personas, y otras muchas de mentalidad romana, y, desde luego, no más papistas que el Papa, sino más papistas que discípulos de Jesús, pone cara de espanto, y no es capaz ce reconocer el camino de vuelta de Francisco al Evangelio y a las Bienaventuranzas.

sábado, 14 de febrero de 2015

El infantilismo de las religiones.


Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

En primer lugar recordaré que el cristianismo no es una religión. Las religiones son obras del hombre. Y, en general, de un hombre primitivo y asustado. Lo explica muy bien el libro, indispensable para quien quiera meterse en el mundo de la experiencia religiosa de manera amena y clara, “Lo Santo”, de Rudolf Otto. El ser humano busca fuera de los pequeños límites de su mundo la explicación de fenómenos que lo atemorizan y hasta lo sobrecogen, y que, con toda evidencia, no son producidos por él mismo. Sobre todo los fenómenos de la naturaleza, especialmente los más nocivos, violentos y catastróficos. Entonces invoca ferviente, e interesadamente, a esos seres que, con el tiempo, fueron llamados dioses. Y, por si éstos fueran peligrosos, sanguinarios o sádicos, procuraban aplacarlos con ofrendas y sacrificios. Todavía nos llama la atención, y nos sobrecoge, la honestidad con la que ofrecían y sacrificaban lo mejor que tenían, el varón primogénito.

La revelación en el judaísmo, que seguirá en el Cristianismo, no es una iniciativa humana, no va de abajo<>arriba, sino al revés, de arriba<>abajo. Los hebreos pagaron el precio de ser los pioneros en esa especie de pacto con Dios, la Alianza, pero sus esquemas continuaban teñidos de los gestos y ritos religiosos de todos los pueblos vecinos, si bien purificados con la ayuda de la Revelación que su Dios, único y poderoso, iba silenciosamente comunicándoles por medio de sus profetas, líderes, y escritores. Por eso mantenían los sacrificios, el sacerdocio ritual, y los intercambios con Dios, que a veces ellos, los judíos, entendían con negocios, con el clásico “do ut des”, (doy para que me des). El Jesús de los evangelios cambia radicalmente ese panorama. Los apóstoles, al principio, no se enteraron, pero con la llegada providencial de Pablo la Iglesia primitiva no ofrece otro sacrificio sino el incruento, -por lo tanto, no verdadero sacrificio, a no ser que la sangre de Jesús en la cruz se considere como la sangre de la Eucaristía-, que es la explicación de una buena tradición teológica-; y no acepta otro sacerdocio que el único y eterno de Cristo, del que todos los bautizados participamos.

Hay otra realidad fundamental en las religiones: para ensalzar el poderío y la fuerzas sobre la misma naturaleza de los seres divinos, los líderes religiosos, y después nos lo cuentan los escritores y postas de esas comunidades humanas, imaginan todo tipo de acontecimientos, y de signos fantásticos, llenos de seres angélicos, buenos o malos, y de prodigios portentosos. Y hay que atender que estos sucesos no son específicos del mundo bíblico, del Antiguo (AT) y Nuevo Testamento (NT), sino de todas las religiones, cuanto más primitivas, más. Por eso he hablado en al título de este artículo de infantilismo. Y, algo sorprendente para mí, que este sentimiento infantil haya sobrevivido hasta el siglo XXI, cuando ni es específico, ni concordante con las coordenadas de la fe cristiana.

Lo más increíble para mí es que este sentimiento típicamente “religioso” lo mantengan, a capa y espada, y con fervor, presbíteros de la Santa Madre Iglesia, y muchos obispos. (Notaréis que escribo siempre presbítero o cura, esta palabra nada peyorativa, sino muy noble y apropiada al servicio de sanar o curar, y no sacerdote); porque aunque muchos no lo quieran admitir, el tardío reconocimiento, a partir del final del siglo IV, del sacerdocio ministerial en los servidores litúrgicos de la Iglesia, fue un terrible paso atrás, del que todavía estamos sufriendo las consecuencias. E intentaré explicar por qué.

(Curas que no saben, o no aceptan, los relatos bíblicos llamados “midrás”).
Este articulo es la continuación del de anteayer, “El infantilismo de las religiones”. Acababa el artículo afirmando que me resulta sorprendente que curas y obispos todavía estén “contaminados” por los sentimientos y comportamientos de la religiosidad natural. Como decía en esa ocasión, ésta surge de las necesidades y miedos del hombre primitivo. Cuando la ciencia fue ocupando el espacio de la ingenua percepción popular, la religión fue retirándose de escena. Esto se vio con claridad en la época de la Ilustración, de la Revolución francesa, y de la primera experiencia seria de industrialización, con lo que ésta significó de revolución tecnológica, con los procesos de fabricación en serie, y de la consiguiente agitación socio-económica.

Podemos decir que a más ciencia e investigación, menos religión. Pero, insisto, esto no tiene, ¡o no debería tener!, la misma incidencia en la Revelación judeo-cristiana. La Palabra de Dios, tal como se oye y estudia desde el máximo y exigente respeto a la ciencia, no tiene por qué, ni lo hace, ni recular, ni desaparecer, con la cercanía de la ciencia. Pero el problema surge cuando la palabra revelada se plantea y enfrenta con los principios de la religiosidad popular.

Desgraciadamente, esta compañía, Ciencia-Revelación cristiana, no fue bien llevada en muchos procesos educativos eclesiásticos en España. EL siglo XIX, en el que se iba cociendo una revolución industrial científica, y de grande, y cada vez más libre, investigación en los campos productivos, asociativos, sociales y políticos, fue, en los seminarios españoles, especialmente triste, apocada, por no decir asustada, y totalmente a la defensiva de los movimientos culturales y literarios que campeaban en Europa. No hay más que ver el famoso, detestable, y nunca ponderado justamente en su negatividad, del “índice de libros prohibidos”. La Teología se paralizó, casi se encasquilló, y así sigue en variados círculos y grupos eclesiásticos. Aunque parezca imposible, miembros de estos círculos se mueven, ¡todavía!, en los parámetros teológicos del concilio de Trento, y, desde luego, anteriores al Vaticano II. Y si esto sucedió, y sucede, en el área de la Filosofía y la Teología, en el campo de la exégesis bíblica el panorama es absolutamente asustador; yo diría más, desolador.

Hasta los años sesenta, y en pocos seminarios, no se estudia en serio la Biblia, ni se profundiza en los estudios exegéticos. Y por lo que he visto, en los primeros años del este siglo, 2000-2015, en lugares de gran renombre en los campos de las ciencias eclesiásticas, tampoco. Contaré una anécdota, (que me parece, o sospecho, ya la he contado. Pero aquí pega muy bien): hace unos años, hacia el 2006-2007, acudí a un curso de reciclaje para curas ofrecido por la diócesis de Madrid. Se daba en el Seminario, y Universidad, de San Dámaso. Y la primera asignatura correspondió a los Evangelios, y la impartía un primer espada de la misma facultad, actualmente presidente de un prestigioso, -demasiado para mi gusto-, movimiento eclesial. La fama que acompañaba al dicho profesor era de gran especialista. La primera clase éramos unos 23. Cuando noté que nos estaba intentando comunicar un estilo de estudio y de análisis exegéticos que yo había superado en los años sesenta, en El Escorial, con el profesor Jesús Luis Cunchillos, ss.cc., lo interrogué. No aclaró gran cosa, y no solo yo, sino otros curas, tuvimos la sensación de que ese curso podría significar un tremendo paso atrás. Cuando volví a la siguiente clase, el número de alumnos había bajado a unos doce. Y a la siguiente éramos cuatro, y siguieron nuestras polémicas y nuestros puntos de vista totalmente encontrados. Y no hubo más clases.

Yo no podía entender que cuarenta años después de mis estudios bíblicos me quisieran retrotraer a otros tiempos de lectura literal de la Biblia, igual da que se trate del Antiguo (AT), como del Nuevo Testamento (NT). Por eso me sorprendió tanto el rechazo de la explicación que di a mis compañeros curas en una reunión de Arciprestazgo, a una anécdota que me había sucedido en la misa con niños de catequesis del anterior domingo, día uno de febrero. Resumiré: como el evangelio hablaba de expulsión de demonios, pregunté a los niños si éste, el diablo, podría poseer por dentro a una persona. Todos, menos una niña, -eran cerca de cuarenta-, dijeron que no, que no podía ser.

Como se levantó una cierta polémica, con los niños interesados en la misma, a causa de las magníficas catequistas que tienen, -todas ellas partícipes de nuestra clase de Biblia parroquial-, y con puntos de vista interesantes, uno de los niños cortó por lo sano: “¿Cómo va a poseer el demonio a nadie, si no existe?” (sic). A mis colegas del Arciprestazgo no les pareció bien la explicación que di a los niños, y se soliviantaron. Estábamos en el apartado de un restaurante, pues acabamos la reunión mensual que celebramos con una comida fraterna. Y uno de ellos me dijo: ¿es que no está claro en la Anunciación que el arcángel Gabriel se apareció a María? “Sí, le respondí, pero eso es un Midrás”. Su reacción me indicó que, una de dos, o no conocían lo que era un midrás, o no lo quisieron reconocer por no sé qué motivos eclesiales. Pero como éste es un tema interesante, lo continuaré mañana.