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miércoles, 9 de septiembre de 2015

A vueltas con la “religión”.



Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Religión así, con minúsculas. No nos parece, no nos ha parecido, a los componentes de nuestra asamblea litúrgica de hoy que la religión merezca una excesiva consideración, y, sobre todo, que tenga, generalmente, un sentido y orientación positivos. Más bien, todo lo contrario. El pequeño número de los participantes en nuestra misa diaria, en los días de la semana, nos permite establecer un verdadero diálogo, y desmenuzar la Palabra, casi en pie de igualdad, entre el presbítero que preside, que soy yo, y la pequeña asamblea. Así que os trascribo la segunda parte del evangelio de hoy, lunes de la 22ª semana del tiempo ordinario, para ver a alguna de las conclusiones a las que hemos llegado.

“Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: “Levántate y ponte ahí en medio.” Él se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: “Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?” Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: “Extiende el brazo.” Él lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús”. (Lc 6, 6-11).

Los escribas y fariseos, en este, como en tantos textos del Evangelio, representan a lo más granado y fiel representante del fenómeno religioso. Una de las principales características del ser humano religiosos es, justamente, su apego y veneración al culto, más que a las disposiciones, favorables o desfavorables, a las personas concretas. Grabemos, pues, esta característica de la religión, que nos ha parecido indiscutible, no solo hoy, sino siempre que sale el tema, y Jesús es reprochado o condenado porque siempre, entre la religión y la persona, nuestro Maestro elige la persona sin excepción. “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. De modo que el Hijo del Hombre es también Señor del sábado”. (Mc 2, 27-28). Y hay otros muchos textos con la misma enseñanza del Maestro.

Estoy escribiendo estas líneas porque acabo de leer en Religión Digital, (RD), un artículo, más bien, una presentación, o reclamo, o anuncio y aviso, firmado por Juan José Tamayo, del 35º Congreso Internacional que la Asociación Teológica Juan XXIII organiza todos los meses de septiembre desde hace treinta y cinco años. Y justamente, este años el tema es “Las religiones: violencia y caminos de paz”. Es decir, versará sobre el tema tan esencial de si debemos considerar, o no, el “seguimiento de Jesús” como una Religión. Una de las conclusiones que hemos sacado, a pesar de la pequeñez y humildad de nuestra asamblea eucarística, es que Jesús ha sido, en la Historia, uno de los principales críticos, y de los más corrosivos, con la Religión.
Yo ya he escrito en este blog, varias veces, los tres elementos esenciales, y que no pueden faltar, a toda religión: el espacio sagrado, (templo), el tiempo sagrado (los ritos), y la burocracia clerical (el clero). (Como la Iglesia primitiva, de los tres primeros siglos, no tenía ninguno de estos elementos, fueron considerados durante mucho tiempo ateos, y gente ruin y salvaje, sin el freno y la horma de la religión en su comportamiento. Pero como el ejemplo de su vida, a pesar de esos aparentes fallos, era luminoso por el amor que se profesaban, y la fraternidad en que vivían, acabó por convencer y tumbar la solidez de la vida que sus espectadores disfrutaban con los valores romanos).

Antes de acabar, aprovecho para pedir a algunos representantes de la Conferencia Episcopal Española (CE) que perfectamente podían hacerse presentes en alguno de los días en que va a discurrir el congreso, que se realizará del diez (10) al trece (13) de Septiembre. Además, ya que en él va a ser homenajeado monseñor Romero, y recordado Pedro Casaldáliga, sería totalmente reconfortante la presencia de Ricardo Blázquez, o de Carlos Osoro, o de los dos, sobre todo después del feo que la CEE, por instigación, ¡según rumores!, de Don Antonio Rouco Varela, perpetró no solo contra Romero, sino contra toda la Iglesia Latino-Americana, no acudiendo, a través de ninguno de sus obispos, a la magna fiesta latino-americana de la exaltación de monseñor Romero.

(Y como se me hace muy largo este artículo, el elemento esencial de las religiones que yo quería comentar hoy en estas líneas, “EL clero”, lo dejaré para mañana).

sábado, 7 de febrero de 2015

Un Dios desnudo y hambriento.



“Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a mí’.” (Mateo 25:31-36).

A lo largo del siglo pasado, una sucesión de experiencias de tipo carismáticas aparecieron y fueron penetrando en todo tipo de iglesias y denominaciones. Un resultado directo fue el surgimiento del Pentecostalismo como denominación pero otras “olas” desbordaron sus límites y llegaron a una masa de cristianos influenciándolos de una forma u otra, en mayor o menor medida, lo que fue interpretado como la aparición de una era nueva dentro de la historia del cristianismo.

Con nueva no se referían a que no existiera antes, ya que, se decía, era precisamente esto lo que había sucedido en el siglo I en la iglesia primitiva con el descenso del Espíritu Santo durante la fiesta de Pentecostés. Consecuentemente, el marco de atención se centró en el libro de los Hechos ya que, se argumentaba, allí se presentaba la vida de la primera iglesia y debía ser ella nuestro ejemplo a seguir.

Era el Espíritu Santo quien había abierto un tiempo de gran actividad y las promesas hechas a este respecto, desde las mismas páginas de la Biblia, tristemente habían estado escondidas o relegadas debido a la negligencia del pueblo de Dios. Ahora el cristianismo debía vivir al amparo de este Espíritu y si el inicio de la Iglesia se había producido por la irrupción sin igual de su poder era aquí a donde se debía mirar. Este poder era un bautismo, una llenura, una capacitación que antaño había hecho posible que los primeros creyentes dieran a conocer la Palabra de Dios de manera valiente y obteniendo una gran cantidad de conversiones. Esta forma de vivir la espiritualidad no era algo únicamente para el pasado. Se trataba por el contrario de la norma que Dios había querido implantar para sus redimidos y por fin, en pleno siglo XX, se había redescubierto.

Como en todo movimiento que llega, los elementos positivos se unieron a otros no tan acertados. Lo que desde el punto de vista bíblico parecía impecable no lo fue en absoluto en otro esencial. Este elemento medular fue trasladar el foco de atención de los Evangelios al libro de los Hechos. Este desplazamiento supuso un cambio en el paradigma de lo que debía ser un creyente. Si bien siempre se mantuvo que Jesús era ese ejemplo a seguir, el cristiano además debía buscar ese poder, esa experiencia de bautismo que lo asemejara a los creyentes de la iglesia pentecostal antigua. Como consecuencia los cultos se orientaron en esta dirección.

La alabanza y la adoración se llenaron de canciones que hablaban de estas experiencias; el sermón dominical seguía la misma línea. Las reuniones de oración, que se tenían entre semana, se catalogaban de éxito si alguien había recibido alguna profecía, o si alguna persona pasaba a hablar en lenguas. ¿Acaso no era esto demostración visible de que Dios se estaba moviendo entre ellos? Se formaron, además, grupos de intercesores, personas que tenían un ministerio especial en este sentido y así presentaban toda clase de peticiones al Creador en nombre de sus hermanos. Aunque nadie lo afirmaba, en la práctica ellos tenían una especial conexión con Dios, ellos eran más escuchados que el hermano que no tenía este don. Si no fuera así, ¿qué sentido tendrían estas reuniones de intercesión en comparación con la de los otros creyentes sin este “ministerio”?

Tras una llenura del Espíritu se buscaba otra; tras una experiencia de gozo en medio de la alabanza se esperaba poder repetir una similar, o mejor, en la siguiente reunión de iglesia. Si los creyentes alababan, levantaban oraciones y asistían sin falta se interpretaba que era una iglesia llena del Espíritu y ferviente, en definitiva, una iglesia ideal… pero mientras, tras esas cuatro paredes, el resto de seres humanos podían estar muriéndose de desesperación, de dolor o de hambre.

El evangelio resultante por este tsunami de olas carismáticas casi no tenía nada que decir en relación a tomar una cruz para seguir a Jesús. Parecía haber olvidado que muchas oraciones jamás son respondidas y que el cristiano no va siempre de victoria en victoria. Esta vida tiene una complejidad mucho mayor que esas peligrosas simplificaciones.

Estaban tan ocupados en vivir en base a experiencias del Espíritu Santo que no tenían lugar para hablar del Getsemaní. Habían errado en colocar el centro de atención en las vivencias de aquellos primeros cristianos registradas en Hechos. Todo su ser y estar debería haber sido la imitación de Jesús. No es a Hechos donde el cristiano debe mirar en primer lugar sino a los Evangelios. El Mesías es el Maestro y es detrás de quien debemos estar. El cristianismo es un seguimiento pateando literalmente los caminos polvorientos de este mundo perdido y no una serie de estados espirituales que te eleven a los cielos.

El texto de Mateo con el que abría este artículo está en el contexto del juicio final. Allí el Rey está juzgando a todo ser humano y no lo hace con base a experiencias, profecías o número de oraciones realizadas. Tampoco al número de conversiones conseguidas. Lo realiza teniendo presente si dimos de comer al hambriento, si calmamos la sed del sediento, si aceptamos al extranjero, si vestimos al desnudo, si visitamos al enfermo y si fuimos a ver al encarcelado. Aquellos otros a los que condena es porque no realizaron nada de lo anterior.

Ambos grupos de personas le preguntan al Rey que cuándo lo vieron en estas circunstancias ya que, al principio, es este mismo Rey el que se presenta a sí mismo como al que vieron en todas estas necesidades y lo auxiliaron o no. La respuesta: “Os aseguro que todo lo que hayáis hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho”.

Por medio de una total contradicción en la concepción de lo que era la vida opulenta de un rey, Jesús se presenta como un monarca hambriento y desnudo. No sólo experimentó mucho de esto en su vida terrena, sino que además vivía como algo propio cualquier injusticia y quebranto que el ser humano padeciera. Esto sí que es compasión y misericordia.

Pero, una vez dicho esto, el mensaje de Jesús no se trataba de un evangelio puramente social. El Galileo entendía que sus seguidores debían actuar para aliviar tanto el sufrimiento del alma como el del cuerpo. Era una Buena Noticia que en primer lugar se dirigía al ser humano perdido en sí mismo, que permanecía sin esperanza y que necesitaba un Salvador. Y desde aquí se comprende que la Iglesia verdadera no puede estar mirándose el ombligo, sino que, por el contrario, es aquella que prepara comedores sociales o es la que envía misioneros a otros lugares. Es la que se deja sentir en su entorno, y todo ello como consecuencia de que ha conocido la redención. Esta experiencia de gracia es la que la impulsa a tomar. de sus muchos o pocos recursos, materiales y destinar una parte para comprar las medicinas de varios ancianos del asilo que está frente a su casa. Es el ejemplo de Jesús el que le impele a adquirir ropa y salir una fría noche de invierno buscando indigentes que la necesiten. Estos creyentes no pueden olvidar que ellos eran auténticos indigentes espirituales, personas rotas y desorientadas hasta que se encontraron de frente con el Sanador.

¿Por qué la iglesia llega a ser tan irrelevante en medio de la sociedad? La respuesta no puede ser otra a que ha olvidado a quién debe seguir e imitar. A aquellas otras iglesias históricas o denominaciones que creen estar centradas en la “sana” doctrina y presumen de no haberse contaminado con el sentimentalismo carismático, me temo que tampoco les ha ido muy bien al haber igualmente permanecido muy satisfechas consigo mismas.

Lo más esencial en este sentido, me temo, todavía no ha sido redescubierto por la gran mayoría de los cristianos.

“Y Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio del reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.”(Mateo 9:35-36).

sábado, 6 de septiembre de 2014

Sobre la parábola del sembrador.



La parábola llamada ‘del sembrador’ aparece en cuatro evangelios (Marcos 4:3-8, Mateo 13:3-8, Lucas 8:5-8 y el evangelio de Tomás 82:3-13). Su interpretación aparece en los tres primeros (Marcos 4:14-20, Mateo 13:19-23 y Lucas 8:11-15). Muchos estudiosos creen que alguna versión de la parábola salió de los labios de Jesús en algún punto de su ministerio. Sin embargo, el consenso va en la dirección opuesta en cuanto a la interpretación: muchos son de la opinión de que procede de la iglesia primitiva posterior a Jesús (ver Jeremias, 86-89).

La interpretación que la iglesia primitiva nos ofrece de la parábola se acerca mucho a una alegoría. Podríamos decir que en una interpretación alegórica cada elemento de la historia que se interpreta adquiere un significado secreto. Encontramos un buen ejemplo de ello en una homilía de Orígenes sobre la parábola del buen samaritano:


‘El hombre que bajaba es Adán, Jerusalén es el paraíso, Jericó es el mundo, los ladrones son poderes hostíles, el sacerdote es la ley, el levita representa los profetas, el samaritano es Cristo, las heridas representan desobediencia, la bestia es el cuerpo del Señor, la posada debería ser entendida como la iglesia, dado que acepta a todos los que quieren entrar. Además, los dos denarios deben ser entendidos como el Padre y el Hijo, el posadero es el mayordomo de la iglesia, el que se encarga de su supervisión. La promesa del samaritano de volver apunta a la segunda venida del Salvador’ (citado en Roukema, 62)

G.N. Stanton explica uno de los problemas con este tipo de interpretaciones: ‘Una vez que alguien comienza a usar la interpretación alegórica de forma imaginativa, la posibilidades no tienen fin’ (Stanton, 210). Así, volviendo sobre la parábola del buen samaritano, para Clemente de Alejandría, el samaritano es Cristo y el hombre que baja somos nosotros. Además, el vino es ‘la sangre de la viña de David’, y el posadero son los ángeles, principados y poderes que están a nuestro servicio (Roukema, 61-62). Ireneo, por su parte, coincide en que el Samaritano es Jesús y el hombre herido es la humanidad, pero explica que el posadero es el Espíritu (Roukema, 59). Para Ambrosio el hombre baja del cielo al infierno (69). Y para Agustín:


‘El hombre es Adán; Jerusalén es la ciudad celestial; Jericó es la luna, que simboliza nuestra mortalidad; los ladrones son el diablo y sus ángeles que desnudan al hombre de su inmortalidad y le golpean al persuadirle para que peque; el aceite y el vino son la comodidad de la esperanza y el ánimo del trabajo; el burro es la encarnación; la posada es la iglesia; el dia siguiente es después de la resurrección de Cristo; el posadero es el apóstol Pablo; y los dos denarios son los mandamientos del amor o la promesa de su vida y de lo que viene’ (citado en Snodgrass, 4)

La iglesia primitiva fue muy dada a buscar significados secretos para cada una de las palabras de Jesús (aún lo es). Como dije más arriba, una de las interpretaciones alegóricas que la iglesia primitiva inventó para la parábola del sembrador ha acabado en nuestras biblias. Esto hace más difícil que los cristianos se atrevan a separar la historia de la interpretación. Vivimos en unos tiempos en los que la Biblia ha cobrado tal divinidad que para muchos cristianos resulta imposible siquiera lanzar una mirada un tanto crítica hacia ella. Y sin embargo no hay nada en la Biblia que nos impida lanzar esta mirada. Es más, ella misma nos invita a hacerlo cuando, por ejemplo, comparamos distintas versiones de una misma historia y encontramos discrepancias, o cuando leemos cosas que parecen no encajar en una historia. Miremos, por ejemplo, lo que Mateo y Marcos nos dicen sobre la semilla: ‘Pero salido el sol, se quemó’ (Mateo 13:6; Marcos 4:6). B.H. Young menciona este dato con cierta sorpresa:


‘Mateo y Marcos incluso describen el amanecer. ¿Pero acaso el sembrador sembró la semilla por la noche? Probablemente Marcos y Mateo pretenden presentarnos a un sembrador cuyas semillas brotan durante la misma noche de la siembra’ (Young, 257-258; ver también Crossan, 245)

Es difícil saber cómo este elemento del sol acabó en la parábola del sembrador. Es posible que surgiera al juntar en una misma historia parábola e interpretación alegórica. Quizá la referencia a aquellos cuya fe no aguanta persecución y tribulación (Mateo 13:21; Marcos 4:17) trajo a alguna mente la idea de aquellos que se caen de la fe (y que tarde o temprano se queman), lo que inspiró la inclusión del sol como factor que quema. Y una vez echa la conexión, y dado que el sol sale cada día, lo que resulta es una ‘super-semilla’ que germina y crece en una noche, algo que ni siquiera encaja con la interpretación. J.D. Crossan coincide: ‘la imagen de la semilla que cae sobre tierra rocosa, que nunca llega a tener raíz y que se quema por el sol de la mañana siguiente no es la mejor representación de creyentes que dan fruto por un tiempo hasta que llega la persecución’ (Crossan, 247).

Curiosamente, la versión de Lucas no tiene este elemento, una nueva invitación que la Biblia nos lanza a elegir entre una u otra historia. Y en el mismo espíritu, no hay nada que nos impida separar, sin miedo, parábola e interpretación con la intención de que la primera nos hable por sí misma. En ella se nos presenta a un sembrador que lanza semillas sobre varios tipos de tierra. La tierra ha sido preparada para la cosecha (sigo aquí a White, contra Jeremias). Esto no tiene nada de extraño y corresponde a la forma normal de sembrar en aquellos tiempos (ver White, contra Vermes). La semilla es la misma en todos los casos; lo que cambia son las tierras en las que cae. En tres casos cae sobre tierra en la que no va a germinar y dar fruto. Sólo en uno de los casos, cuando cae sobre buena tierra, germina y da fruto (un fruto adecuado en número, según White).

No podemos saber el mensaje original que Jesús quiso transmitir a sus oyentes por medio de esta historia ya que no conocemos el contexto en el que tuvo lugar. Hay algunos elementos que saltan a la vista: un sembrador, varias semillas y unas tierras que dan diverso fruto. ¿Pero qué más se puede asegurar fuera de esto? ¿Está el énfasis en la tarea ardua y difícil del sembrador? ¿O está por otro lado en la semilla, que siempre encuentra una forma de dar fruto? ¿O está en las distintas tierras, unas buenas y otras malas? Dependiendo de la intención del que habla, de la disposición de quién escucha y de las circunstancias que unan a ambos, el énfasis caerá sobre un punto u otro.

Así ocurre también hoy cuando nos acercamos a ella. Puedo imaginar hoy a una pastora que abre su Biblia después de un día duro de evangelismo en las calles de su ciudad y lee esta historia. Y a través de ella escucha la voz de Dios, una voz que parece entender su duro trabajo y animarle porque, aunque alguna semilla caerá en tierra mala, habrá siempre una poca que caiga en buena tierra y dé fruto. Puedo igualmente imaginar a un pastor en otra ciudad que abre su Biblia después de una dura asamblea de iglesia y encuentra en esta historia una confirmación de que algunos de los miembros de su iglesia no son tierra buena porque no dan el fruto que él considera adecuado, y decide tener una reunión con ellos para invitarles a abandonar la iglesia. Puedo escuchar los gritos de un predicador en una plaza usando esta historia para condenar a quienes pasan por delante suyo sin hacerle caso, mientras que una persona atea sentada en un banco escucha la historia y se siente inspirada a admirar las maravillas de la naturaleza.

Y la pregunta viene otra vez: ¿cuál de estas interpretaciones es la correcta? Y mi respuesta es que ninguna y al mismo tiempo todas. Ninguna es ‘la correcta’ al modo alegórico, ninguna nos aporta la llave interpretativa porque simplemente no la hay (o si la hay, nadie la tiene). Pero a la vez todas son correctas, porque cada una refleja lo que hay en el corazón del que interpreta: una misma historia revela el tipo de corazón en el que cae, unos dejando fruto y otros no.

Bibliografía

Crossan JD. 1973. The seed parables of Jesus. Journal of Biblical Literature 92(2): 244-266.

Jeremias J. Las parábolas de Jesús. Editorial Verbo Divino, 2000 (1965).

Roukema R. 2004. The good samaritan in ancient Christianity. Vigiliae Christianae 58(1): 56-74.

Snodgrass KR. Stories with intent: a comprehensive guide to the parables of Jesus. Eerdmans, 2008.

Stanton GN. The gospels and Jesus. Oxford University Press, 1989.

Vermes G. The authentic gospel of Jesus. Penguin Books, 2004.

White KD. 1964. The parable of the sower. Journal of Theological Studies 15(2): 300-307.

Young BH. The parables: Jewish tradition and Christian interpretation. Hendrickson, 1998.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las Mujeres en la Iglesia Primitiva.


Maria José Arana

1. Consideraciones generales

Es evidente que aún no conocemos suficientemente la vida, organización, liturgia, etc., de las primeras comunidades cristianas; sin embargo parece que sería muy aventurado decir que el monolitismo y la uniformidad fueran las características del desarrollo de las mismas.

Somos ya muy conscientes de que, en la interpretación de esta época de la Iglesia, se han cometido muchos anacronismos, transfiriendo sentidos y contenidos posteriores a términos como sacerdote, presbítero, diácono, jerarquía…, e incluso Eucaristías. Se ha entendido la organización eclesial de los primeros tiempos desde categorías y experiencias posteriores que, evidentemente, hoy nos dificultan una justa interpretación y comprensión de aquellas comunidades.
Muchos autores/as reconocen la estructuración de las primeras comunidades de Jerusalén como mucho más semejante a la de las sinagogas y modelos judíos que a lo que actualmente entendemos por Iglesia; incluso sabemos por los Hechos que los cristianos continuaban acudiendo al Templo judío (l). Tampoco eran iguales ni se acentuaban las mismas cosas en las comunidades joánicas, en las paulinas o en las de Jerusalén. No todas eran judías sino que muchas de ellas estaban enclavadas en lugares en los que la emancipación de la mujer era muy superior a la registrada en los ámbitos judíos, etc. Por ejemplo, las comunidades joánicas acentuaban la importancia del “Discípulo amado” y no tanto la de Pedro (2). Es decir, se trataba de comunidades en formación y crecimiento con una agilidad estructural bastante considerable.

Tendríamos que señalar brevemente algunas características generales de estas Iglesias. Los apóstoles (los Doce) no formaban parte del grupo de los presbíteros sino que permanecían en una categoría distinta; ni el término presbítero tenía en aquella época connotación sacerdotal tal y como se ha entendido después; el movimiento de resacralización se efectuará posteriormente. Moingt dice: “Los ministros de Cristo no tenían ninguna razón para reivindicar prerrogativas sacerdotales que el mismo Cristo no había reclamado para Sí, y nada, ni en su ministerio evangélico ni en su comportamiento, inducía a fijarse en el ámbito de lo sagrado en el que se ofician los sacramentos tradicionales” (3). Además, las comunidades primitivas afirmaban el sacerdocio universal de los fieles, cosa bastante olvidada posteriormente, de manera que la concepción y práctica del ministerio, así como la misma estructuración de la Iglesia, tenían que resultar indudablemente diferentes de lo que hoy entendemos por tales.

2. Los Doce
También tendríamos que pensar en la institución de los Doce. Efectivamente, dentro de este grupo no se contaba ninguna mujer. Ahora bien, habría que ver en ello una aplicación simbólica del Antiguo Testamento, dentro de unas claras resonancias judías. Los Doce representaban a las doce tribus de Israel: “Estaréis sentados sobre los doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel” (Mt. 19, 28). Doce son también las puertas de la Jerusalén celeste y doce estrellas coronan a la Mujer del Apocalipsis. Los Doce serían también una imagen de los doce Patriarcas, en definitiva significarían al Pueblo judío (4).

Es decir, tendríamos que ver en ellos un matiz de cumplimiento del Antiguo Testamento con clara proyección escatológica. De hecho, se reemplaza a Judas por el también judío Matías, pero no se prevé ningún relevo nominal de los Once restantes después de su muerte y claro está que entre ellos no figura ninguno que no perteneciera al Pueblo judío… (!). Pero incluso podemos ver que Pablo entra a formar parte del grupo, no respetando así el número de doce, ya que con Matías serían trece, ni tampoco las condiciones para formar parte de dicho grupo: no conoció personalmente al Maestro; Pablo es siempre visto como una excepción válida y, de alguna forma, como representante de los cristianos de la gentilidad que se incorporan.

El papel de los Doce en la Iglesia primitiva no aparece ligado a ninguna función jerárquica; su presencia en la evangelización es notable y no se presentan como una estructura aparte; menos aún, como decíamos anteriormente, formaban un grupo de carácter presbiteral.
Ahora bien, como señala S. Tunc: “los Doce son las piedras sobre las que se apoya nuestra fe. En ese sentido, todos somos sus sucesores en la fe. Toda la Iglesia es, efectivamente, apostólica. Los lazos que existen entre los Doce y sus ministros futuros son solamente un lazo de sucesión al servicio de la continuidad de toda la Iglesia” (5).

3. La profecía
Otra cuestión importante que debemos resaltar es la de la profecía. La lista que Pablo propone (I Cor. 12, 28-30) sobre la enumeración y orden de los carismas, no siempre ha sido suficientemente considerada. La profecía ocupa uno de los primeros lugares, mientras que los referentes al gobierno de la Iglesia están situados en lugares inferiores. Tampoco sabemos exactamente la función concreta que correspondía a cada uno de esos carismas. Por ejemplo, la comunidad de Antioquía aparece en Hechos 13, regida por “profetas y doctores”. Una de las funciones más importantes del Profeta consistía en la proclamación de la Acción de Gracias, que según los exégetas significaba que pronunciaban las oraciones de “la bendición” u “oraciones eucarísticas”, “la acción de gracias litúrgica”. “¿Se trataría de la Cena Eucarística del Señor? Generalmente, así se interpreta. Las mujeres profetas ¿podrían por lo tanto pronunciar la acción de gracias?” (6).

Si realmente se reconocía en ellas este don, parece inevitable que también se les dejase actuar en los marcos propios de la profecía. Ya nos hemos referido también a la profecía y los carismáticos al tratar del asunto de la confesión. Esta perspectiva es muy importante para conocer las funciones de las mujeres en la Iglesia primitiva.

Desde luego, no constituían una novedad, pues en el Antiguo Testamento nos encontramos con abundantes ejemplos: Hulda, María, Débora, Ana…, y es de especial interés el darnos cuenta de la continuidad expresa que se da entre las mujeres profetas de ambos Testamentos y cuya relación está apuntada desde el día de Pentecostés: “Derramaré mi Espíritu…, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Hch. 2, 17).

De hecho, una de las principales dificultades que tuvo el “montanismo” con la ortodoxia fue la de las mujeres carismáticas y profetas y el protagonismo eclesiástico que se les concedía porque “además de permitir que las mujeres mandaran, ejercían el ministerio…” (7). Tenían mujeres que profetizaban “de manera contraria a la tradicional establecida desde los comienzos” (Eusebio de Cesarea). Lo que no explica con demasiada claridad es cuáles eran esas funciones en el siglo IV, aunque sí sus límites. Más claramente se capta el problema en un diálogo entre un montanista y un “ortodoxo”, veamos un fragmento:
M. -Y ¿por qué os horrorizáis por Maximilla y Priscilla y decís que no está permitido que las mujeres profeticen? ¿No tenía Felipe cuatro hijas profetas? Débora, ¿no era ella misma profeta? ¿El Apóstol no dice: “que toda mujer que reza o profetiza lo haga con la cabeza descubierta”? (lo que no hubiera dicho) si no existieran entre ellos mujeres que profetizaban o rezaban. Pues ¡ellas también profetizan!.

O. -Nosotros no tenemos ninguna repugnancia respecto a la profecía femenina. Santa María también profetizó cuando dijo: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”. Como tú has dicho, también Felipe tenía cuatro hijas profetas. María, la hermana de Aaron, profetizó. Pero nosotros no les permitimos hablar en la iglesia ni tener autoridad sobre los hombres hasta el punto de tener libros firmados por ellas. Porque rezar y profetizar con la cabeza descubierta deshonra la cabeza, es decir, al varón. María, la santa Madre de Dios, ¿no podría haber escrito libros con su nombre? Sin embargo, no lo hizo para no deshonrar la cabeza, teniendo autoridad sobre los hombres.

Como se puede ver, ya para esta época, en las comunidades ortodoxas, no toman ejemplos ni explican lo que hacen en esos momentos las mujeres profetas, se refieren a las mujeres de la Escritura y, limitando en mucho las funciones, simplemente se recurre a las palabras de Pablo que hacen callar a las mujeres en la iglesia; ni por un momento explican su situación o significado en la Iglesia de los primeros tiempos sino que se basan en una práctica posterior (finales del s. IV) (8).

Indudablemente, parece que la atención al don de la profecía y su consideración en la Iglesia desapareció bien pronto y, desde luego, este punto, especialmente en lo referente a su posición en la estructura eclesiástica de los primeros tiempos, no está suficientemente estudiado. El inevitable enfrentamiento entre carisma e institución se produjo también en la Iglesia y, sin duda, su repercusión no dejó de ser importante: la “autoridad carismática” se ve absolutamente desplazada por la autoridad de tipo más institucional.

Algunas teólogas señalan algo muy interesante a propósito de la profecía en la primitiva comunidad: “En la primera generación, se podría reivindicar la profecía como línea de continuidad apostólica y, al basarse en la intervención directa del Espíritu, todos los que integraban el movimiento cristiano primitivo eran personas llenas del Espíritu (J1. 2, 17-18), por lo que cualquier cristiano podía, en principio, poseer esa autoridad carismática. Frente a esta autoridad profética, se sitúa aquélla que basa la continuidad apostólica en la autoridad de los ministros locales, y los siglos II y III se van a caracterizar por el enfrentamiento entre ambas concepciones de la autoridad” (9).

4. Predicación y evangelización
Otro aspecto profundamente relacionado con el ministerio, en la Iglesia primitiva, y no suficientemente destacado, es el de la predicación de la Palabra y el apostolado. San Pablo, como aparece claramente en las epístolas, desarrolla la tarea del apóstol -no necesariamente la de los Doce- en la actividad misionera y el ministerio de la predicación itinerante. Incluso, según observan los obispos alemanes (1970), aparece una estrecha relación entre la Palabra y el presidente de la comunidad; sin embargo, se refiere muy escasamente a las celebraciones cultuales. La predicación del Evangelio constituye el centro del ministerio salvífico apostólico ligado al carácter sacerdotal y la edificación de la Iglesia; sin embargo, observan, “la función de Pablo como liturgo de sus comunidades no aparece con la claridad que cabría esperar” (l0). Lucas sí observa la relación entre predicación de la Palabra y “fracción del pan”, pero no especifica sobre la presidencia (Hch. 2, 37-47 y 4, 32-35).

Como se lee en el Documento, “la Iglesia primitiva no acabó de ver todo esto con claridad”, refiriéndose al papel del ministerio en los “presbíteros”, “copresbíteros”, “epíscopos”, “diáconos”, etc. Lo que no se menciona son las funciones de mujeres que también aparecen en los libros y pasajes por ellos citados.
Pero de lo que no podemos dudar es de la acción apostólica que ejercían las mujeres del Nuevo Testamento. Ellas se “afanaban”, se “fatigaban”, “luchaban” por el Evangelio, son misioneras y auténticas apóstoles (cfr. Rom. 16, 3-5, 12, 21. Ef. 2,16. Col. 1, 29. Fill 2,3. I Cor. 15,10).

5. Iglesias domésticas. Diaconía y otros aspectos
Tendríamos que destacar también el indudable carácter doméstico de las primeras comunidades, ámbito en el que ellas cobraban un particular protagonismo, lo que favorece y refuerza las tesis que estamos exponiendo. Rafael Aguirre señala precisamente “la casa” como punto de partida importante para el estudio y comprensión de la organización del cristianismo primitivo (11). En el Nuevo Testamento, especialmente en las Epístolas paulinas, nos encontramos con muchas mujeres que presiden, o tienen a su cargo, iglesias domésticas o “casas del Señor”, como las llamaban normalmente. En realidad, eran mujeres “presbíteras” e incluso “epíscopas” (l2).

Incluso en este ámbito podríamos situar la expresión del obispo de Vercelli (s. X), cuando hablaba de las mujeres que, proviniendo del paganismo, poseían una formación sacerdotal, y no excluía la posibilidad de que continuaran ejerciendo funciones similares en las comunidades cristianas (l3), especialmente si tenemos en cuenta el culto doméstico del paganismo.

Muy relacionada con la profecía está la “diaconía de la Palabra” (Hch. 6, 2-4). El servicio -diaconía- eclesial no cabe duda de que está también relacionado con las mujeres. Como las discípulas del Evangelio que seguían a Jesús y le servían con sus bienes (Lc. 8, 1-5), ellas ejercían el diaconado o servicio eclesial de muy diferentes formas. Sin embargo la institución de las “diaconisas” surge solamente en el siglo II, eso sí, como consecuencia lógica y en continuidad con la práctica de la Iglesia primitiva. No voy a detenerme en esta institución tan importante, sino que aludiré a ella en muchas ocasiones considerándola como conocida y a la que en otros momentos nos hemos referido (14) .

Un texto de la Didascalia, al que también nos referiremos más adelante, al enumerar los grupos clericales existentes, coloca claramente a los diáconos y a las diaconisas en orden superior al de los presbíteros, tanto por el orden en el que están nombrados como por la significación que se les atribuye a cada uno (l5). También a la “viuda” habría que atribuirle un significado muy por encima de la simple calidad de estado, ya que no se duda de que su estatus eclesial era importante. ¿Tendrán estos términos el mismo sentido e implicarán las mismas funciones y categorías que las que nosotros, después de muchos siglos de historia, captamos y les asignamos?

Pedro Abelardo ya, en el siglo XIII, insiste en que “no parece que la religión de las mujeres esté muy distante del Orden de los clérigos. Las cuales también consta que están unidas por el nombre, siendo claro que llamamos tanto diaconisas como diáconos” (l6). Realmente, los escritos de la Iglesia primitiva no dan pie para pensar en grandes diferencias entre hombres y mujeres incluso en cuestiones referentes al culto y a la liturgia, por más que los varones sean los auténticamente tenidos en cuenta.

Existe un documento particularmente interesante pues procede del Ambrosiaster (s. IV), poco amigo de conceder a las mujeres altas posiciones en la Iglesia, sin embargo viene a decir que al comienzo, todos y todas enseñaban y bautizaban, pero que más tarde “se instituyó un orden distinto para gobernar la Iglesia” porque parecía “irracional, vulgar y vil” que todos hicieran lo mismo (l7).

6. María Magdalena
En el libro de la Pistis Sophia, encontramos algo interesante: Jesús se aparece a los “Doce apóstoles” y a las “Siete discípulas”, de las cuales sólo se nombra a María Magdalena, que le habían seguido desde Galilea (l8), y de las que parece que los libros del Nuevo Testamento se olvidan. Es muy llamativo que estas mujeres del Evangelio, incluida María Magdalena, no sean citadas en los Hechos u otros libros canónicos.

El obispo de Vercelli, Atto, no sería el único en considerar a Febe “ministra”; Abelardo, apoyándose en Casiodoro y citando a Claudio, dice: “Este texto enseña con autoridad apostólica que también las mujeres han sido constituidas para los ministerios de la Iglesia; en este servicio fue puesta Febe en la iglesia que está en Cenchris…” El mismo autor dirá en otro lugar, refiriéndose a Junia, que fue “una mujer apostólica, de no hacer violencia al texto”, en el sentido genuino del término (l9). Tabita (Hch. 9, 36), Lidia (Hch. 17, 12), Prisca (Rom. 16, 3), Evodia y Sintica (Flp. 4, 3) y otras, merecerían nuestra atención detallada (20) .
Podríamos seguir evocando y analizando a otras muchas mujeres del Nuevo Testamento, pero no cabe duda de que María Magdalena, en la que Duns Scoto, al elaborar su tesis precisamente en contra del sacerdocio de las mujeres, veía una “excepción”, como “un privilegio personal llamado a extinguirse con ella”, es por lo tanto la más significativa y en ella encontramos representadas a las demás.

Las fuentes para conocer a esta mujer son sin duda los Evangelios, y desde éstos nos aproximaremos a ella en el capítulo siguiente. Pero los libros apócrifos gnósticos y textos de Nag Hammadi, escritos durante los siglos II y III, nos aportan también una interesantísima y a menudo desconocida información sobre las mujeres en general y María Magdalena en particular. Descubrimos el papel que estas fuentes le reconocen en la primitiva comunidad, no siempre al unísono con Pedro.
Según el Evangelio de Felipe, “había tres que siempre iban con el Señor, su Madre y su hermana y María Magdalena, que fue llamada su compañera (2l). “La Sofía -a quien llaman la estéril- es la madre de los ángeles, la compañera de Cristo, María Magdalena”.

Ella aparece participando activamente en el círculo de Jesús y sus discípulos; en el libro de la Pistis Sophia, de las cuarenta y seis veces que los discípulos preguntan a Jesús, treinta y nueve son intervenciones de María Magdalena, y ella ocupa también un lugar muy destacado en las interpretaciones (22). En el mismo libro, se afirma que María Magdalena y Juan el virgen serán “superiores a todos los discípulos…” (23). Y leemos en el Evangelio de Felipe: “le dijeron: ¿por qué la quieres más que a nosotros?…” El Salvador respondió y les dijo: “¿a qué se debe el que no os quiera a vosotros como a ella?”.

Esta predilección evidente de Jesús va provocando una fuerte tensión entre María y algunos discípulos, principalmente Pedro, que se siente amenazado por esta mujer: “Señor mío, no podemos soportar a esta mujer porque habla todo el tiempo y no nos deja decir nada”. María se queja porque “Pedro odia a las mujeres” (24). En el Evangelio de Tomás, la conflictividad se eleva: “Simón Pedro les dijo: que salga María de entre nosotros, ya que las mujeres no son dignas de la vida”, pero Jesús no piensa lo mismo: “pues, yo haré que ella se vuelva varón para que también se convierta en espíritu viviente como nosotros, los varones, porque toda mujer que se haga varón entrará en el Reino de los Cielos” (25).

Evidentemente, la interpretación de la superación de los sexos en el mito del andrógino primitivo nos llevaría excesivamente lejos y no es este el lugar de hacerlo, por muy interesante que resulte. Pero lo que está claro es que María no es excluida o rechazada por Jesús como pretende Pedro sino todo lo contrario, ocupa un lugar privilegiado.

El mayor grado de conflictividad se refleja en el Evangelio de María Magdalena. Faltan muchas páginas del texto original, pero existen las suficientes como para percatarnos de que María era una figura central de la primitiva Iglesia. Cuando Jesús se ausenta, los discípulos quedan entristecidos y anonadados. María interviene y les hace una revelación completa de lo que Jesús le había enseñado (9, 12 ss.). Pedro le dice: “Hermana, sabemos que el Señor te prefiere a las otras mujeres, háblanos de las palabras del Salvador que conserves en tu memoria, las que tú conoces pero que nosotros no hemos conocido o no hemos oído”.

Entonces, María responde: “Os voy a anunciar lo que os está oculto”; y comienza a relatar la revelación que le ha sido hecha: María tiene una visión del Señor (aquí, desgraciadamente, faltan páginas) y continúa la explicación, lo que provoca una reacción violenta en Andrés y sobre todo en Pedro: “Entonces, ¿ha hablado en privado (Jesús) con una mujer antes de hacerlo con nosotros y los demás, en secreto? Entonces, María se puso a llorar y dijo a Pedro: Pedro, hermano mío ¿qué estás pensando?, ¿crees que yo sólo he tenido estos pensamientos o miento acerca del Salvador? Leví tomó la palabra y dijo a Pedro: desde siempre eres un temperamento ardiente, te veo ahora argumentar contra la mujer como contra un enemigo. Sin embargo, si el Señor la ha hecho digna ¿quién eres tú para rechazarla? Sin ninguna duda el Señor la conoce de manera indefectible.

Por eso el Señor la ha amado más que a nosotros. Tengamos más bien vergüenza y revistámonos del Hombre perfecto, engendrémoslo en nosotros como Él lo ha mandado y proclamemos el Evangelio no imponiendo otra regla ni otra ley que la que ha prescrito el Salvador” (26).

Ahora, solamente querríamos subrayar la trascendencia de esta mujer en la primitiva Iglesia así como la situación conflictiva y tensa por el relieve que adquieren las mujeres simbolizadas en ella, ya que la tensión que subyace refleja también una polémica a propósito de la representatividad de las mismas. Esta tensión con los discípulos se personifica más fuertemente en el antagonismo entre “el Príncipe de los apóstoles” y la mujer más significativa del Evangelio, precisamente como consecuencia de la situación privilegiada de María Magdalena, al ser la más amada de Jesús y objeto de “revelaciones secretas”.

Es muy importante que nosotros/as también nos fijemos en el hecho de que, en los albores del cristianismo, hubo dificultades respecto a la inclusión de las mujeres personificadas en María Magdalena. Y también podemos formular una pregunta: ¿tendría algo que ver todo esto con la circunstancia de que los demás libros del Nuevo Testamento eviten toda referencia a María Magdalena y “las otras mujeres” que, indudablemente, no se olvidaron ya de Jesús ni de su Evangelio cuando Él subió al Cielo? Desde luego, así quizás se podría entender mejor aquello que dice Duns Scoto respecto a María, que como “apóstola” “es un privilegio que se extingue con ella”, pero ¿por qué se extinguió?, ¿por qué en el Nuevo Testamento ya se silencia su nombre?, ¿cómo entender estas tensiones y la forma de resolverlas?

María Magdalena fue reconocida por los Padres de la Iglesia, y la liturgia oriental aún lo mantiene, como “Apóstol de los apóstoles”, pero este reconocimiento no alcanza, en la praxis posterior eclesial, más significado que el de un título meramente honorífico. No lo vemos reflejado ni en la teología bíblica ni en la práctica a la hora de conceder representatividad a las mujeres. Eso sí, la tradición y la devoción han visto en esta mujer algo especial, no siempre relacionado con la “pecadora y arrepentida”; la iconografia también nos lo indica. Curiosamente existen representaciones de la“Asunción de María Magdalena” (s. XVIII), en lugares como el Santuario de Carona cerca de Lugano (27). Muy anterior aún (finales de la Edad Media) es la representación que se puede contemplar en un retablo precioso que le está dedicado, en el que aparecen diferentes escenas de su vida, y en el centro laAsunción de la Santa que está en el ahora museo del monasterio de Clarisas de Pedralbes en Barcelona.

Otra pintura interesante, procedente de un anónimo de la escuela suiza (s. XVI), es la que representa a María Magdalena, en la iglesia de Aix, predicando, función que desde la Didascalia aparece reiteradamente prohibida a las mujeres y siempre muy ligada al ministerio sacerdotal o presbiteral: “porque no estáis constituidas para enseñar, ¡oh mujeres!…” (III,190), simplemente “las mujeres, aunque sean muy doctas, que no enseñen a los hombres” (28), que no estén sobre ellos.
La influencia de esta mujer debió de ser enorme. Quizás, por su excesiva “peligrosidad” se fue acentuando en la tradición el aspecto de “pecadora arrepentida”. Pero, claro está, volveremos sobre otras facetas de María Magdalena desde los Evangelios, verdadera fuente para su conocimiento.

7. Movimientos heterodoxos
Evidentemente, no es difícil suponer que hubiera también una cierta tendencia a la divergencia en la concepción de las mujeres y del mayor o menor protagonismo que se les concedía en los diferentes movimientos más o menos heterodoxos. Nos hemos referido ya a los más conocidos y extendidos, los montanistas, que no sólo reconocían a las mujeres como verdaderas profetas sino que también les otorgaban cargos, ministerios y ordenaciones. La documentación sobre ellos es amplia y relativamente conocida.

Además, en el siglo II, aparecen los quintilianistas o pepucianos que, según San Epifanio, no solamente atribuían el sacerdocio a los legos, sino que proponían mujeres para obispos, presbíteros y otros grados eclesiásticos, según Chadon, abusando de las palabras del Apóstol: “En Jesucristo, no hay distinción entre hombre y mujer”. También surgen, en el siglo IV, los coridianos, haciendo sacerdotisas a las mujeres, y otros. No queremos detenernos en estas corrientes “heterodoxas”, simplemente dejar constancia de su insistencia en este punto concreto. Las mujeres asoman una y otra vez y su presencia resulta, a menudo, conflictiva. Los valentinianos admitían mujeres a la presidencia de la Eucaristía.

Muchas corrientes heterodoxas les concedieron un mayor protagonismo y esto constituyó un punto de fricción importante con la ortodoxia. Por desgracia, no era ésta la única causa de herejías y “desviacionismos” en la Iglesia, ni la única materia de discusión que dividía a los cristianos (29). Pero no cabe duda de que la frecuencia con que se debatía este problema con los movimientos heterodoxos dio pie para pensar que siempre que surge este tema se refiere a ellos y, como ya hemos visto anteriormente, no es siempre así.

Parecería bien lógico afirmar que, en un principio, las mujeres ejercían funciones que luego les fueron siendo arrebatadas y prohibidas y que hubo dificultades y resistencias en este proceso de plasmación de papeles y roles y de interpretación de servicios concretos. Esas prohibiciones, al parecer, no serían siempre acatadas al unísono ni tampoco siempre de buen grado. Esto pudo dar lugar a expresiones, prohibiciones y condenaciones en tono grave y severo.

8. Últimas reflexiones
Todos estos datos nos ayudan a poner de manifiesto unas cuantas realidades concernientes a la evolución del contenido y práctica del Ministerio y ministerios en las primitivas comunidades así como en la estructura e instituciones de la misma Iglesia. Esto, como vamos comprobando, es de suma importancia, tanto para permitirnos ver a las mujeres mucho más cercanas al Ministerio de lo que normalmente se les ha venido concediendo como para darnos cuenta de que el sentido evolutivo está bien presente desde los comienzos de la Iglesia y en aspectos muy importantes. Por otra parte, conviene recordar aquí otra vez la idea del Ambrosiaster, de que parece que, en el comienzo, las tareas no se diferenciaban mucho entre los dos sexos, y esto se nos ilumina aún más desde las páginas dedicadas a la Edad Media así como la contemporánea al Papa Gilesio. Así mismo, las mujeres apóstoles, predicadoras, profetas, “presbíteras”, “diaconisas”, “viudas” e incluso “epíscopas”, son de enorme relevancia.

Desde María Magdalena, vemos aspectos importantes de las mujeres y observamos también que las relaciones entre los dos sexos no siempre fueron pacíficas y cómo la reflexión de los apócrifos da pie para vislumbrar una confrontación nada desdeñable y la imposición de una línea, la androcéntrica, en detrimento y olvido de su contraria. Es verdad que Pedro no tuvo sólo como oponente a María Magdalena y las mujeres; se conocen también discrepancias graves con Pablo y posiblemente con la “línea del Discípulo Amado”, pero las soluciones se efectúan de otra manera.
Los movimientos heterodoxos expresan también polémicas con respecto a las funciones femeninas; son tensiones subyacentes y no resueltas.

1. Para datos sobre la organización de las primeras comunidades: TUNC, S. o.c. AGUIRRE, R. La Iglesia del Nuevo Testamento y preconstantiniana,Madrid 1983; AYNARD, L. o.c. CASTILLO, J. M. Los ministerios en la Iglesia, Madrid 1983. VELASCO, R. Iglesia carismática y lo institucional en la Iglesia, Madrid 1983. MOING, J. Services et lieux d’Eglise, Etudes, oct. 1971, etc.
2. Cfr. R. BROWN, La comunidad del discípulo amado, Salamanca 1987, y otras obras del mismo autor.
3. MOING, J. o.c. p. 379.
4. TUNC, S. o.c. pp. 91-92.
5. TUNC S. o.c. p. 61.
6. TUNC, S. o.c. pp. 91-92.
7. JUAN DE DAMAS, en P: LABRIOLLE, Les sources de l’histoire du Montanisme, Fribourg 1913, p. 248.
8. Ibidem, p. 105-106.

9. E. SCHÜSSLER FIORENZA, o.c. 351-352, 361. E. BAUTISTA, La mujer en la Iglesia primitiva, Estella 1993, p. 153. También sobre la profecía S. TUNC.
10. Cfr. documento de los obispos alemanes.
11. R. AGUIRRE, Del movimiento de Jesús a la Iglesia primitiva, Bilbao 1987, p. 65.
12. Cfr. E. SCHÜSSLER FIORENZA, pp. 224 y ss. 346. R. BROWN, “Episkopè and episcopos: the New Testament evidence”, Theological studies, 41 (1980), p. 335.
13. Ya citado arriba.
14. A. G. MARTIMORT, Les diaconesses. Essai historique, Roma 1982; “A propos du ministère féminin dans l’Eglise”, Bulletin de littérature ecclësiastique. LXXIV, 1973, 103-108. R. GRYSON, “L’ordination des diaconesses d’après les Constitutions apostoliques”, Mélanges de sciences religieuses XXXI année. P. H. LAFONTAINE, “Le sexe masculin, condition de l’accès aux Ordres aux 4ème et 5ème siècles”, Revue de l’Université d’Ottawa, 1961, n. 31. C. VAGGINI, “L’ordinazione delle diaconesse nella tradizione greca e bizantina”, Orientalia christiana, periodica 40 (1974). S: M. S. LAWRENCE MC KENNA, o.c. A. CARRILLO CAZARES, El diaconado femenino, Bilbao 1971.

l5. D, II, XXVI, 104.
16. ABELARDO, P. P.L. 178, Epístola VIII, pp. 226-256, a la que nos referimos continuamente.
17. E. S. FIORENZA, o.c. p. 358; E. BAUTISTA, o.c. p. 154.
18. HENNECKE, S. New Testament apocryphe, p. 82.
19. ABELARDO, P. P. L. Ep. VIII y Ep. ad Rom. p. 973.
20. La teología bíblica feminista la realiza a fondo, L. AYNARD, La Bible au féminin, París 1990. M. R. D’ANGELO, “Women in Luke Acts”. A redactional view. Journal of biblical literature, 109/3 (1990). R. S. FABRIS, La femme dans l’Eglise primitive, París 1987. M. Bertetich, Las mujeres en la vida y escritos de San Pablo, Revista Bíblica, 38 (1976).
21. S. DE OTERO, Los evangelios apócrifos, BAC, Madrid 1988, evangelio de Felipe, n.21.

22. H. LEISEGANG, La Gnose, París 1971.
23. Ibidem; en este evangelio, María Magdalena aparece con rasgos que la identifican con la esposa mística de Jesús.
24. S. HENNECKE, New testament apocrypha, Filadelfia 1965, p. 258.
25. J.DORESSE, El evangelio según Tomás, Madrid, 1989. n. 118. R. KUNTZUMANN, Nag Hammadi, textos gnósticos de los orígenes del cristianismo,Estella 1988, n. 114.
26. A. PASQUIER, L’évangile selon Marie, bibl.copte de Nag Hammadi, Québec 1983.
27. Reproducción en E. MOLTMANN, Le donne che Gesù incontrò, Brescia 1989, p.95.
28. J. TEJADA Y RAMIRO, Colección de cánones de todos los Concilios de la Iglesia española, t. V, Madrid 1855, sesión 67m, p. 417. La reproducción se encuentra también en E. MOLTMANN, o. c. p. 84.
29. C. CHARDON, o.c. t. VI, p. 149, dict. th. cath. o.c.

http://www.womenpriests.org/sp/aran_sal/aran06.asp

viernes, 16 de agosto de 2013

¿Y si nos quedamos sin Sacerdotes?



José María Castillo, teólogo


Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico…(José María Castillo).
El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles.
Recordemos cómo la Iglesia del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la “llamada de Dios” para que un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En los primeros diez siglos de la Iglesia, se pensaba que la vocación es la “llamada de la comunidad” para que un cristiano fuese ordenado sacerdote.

Pero ocurre que, en este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados. Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas en la Iglesia, entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las necesidades espirituales de los católicos.
Así están las cosas en este momento. Los obispos – ya lo han dicho los alemanes – no están dispuestos a suprimir la ley del celibato. Y menos aún estarían dispuestos a tomar decisiones más radicales en cuanto se refiere al clero, especialmente por lo que respecta a la necesidad de que en la Iglesia haya sacerdotes para administrar los sacramentos. Yo no sé si los obispos van a ceder en este delicado asunto. Y si ceden, cuándo lo harán. Sea lo que sea de todo esto, me parece que ha llegado el momento de afrontar esta pregunta ¿y si llega el día en que nos quedemos prácticamente sin sacerdotes? ¿sería eso el derrumbe total de la Iglesia?

El cristianismo tiene su origen en Jesús de Nazaret. Pero Jesús no fue sacerdote. Jesús fue un laico, que vivió y enseñó su mensaje como laico. Jesús reunió un grupo de discípulos y nombró doce apóstoles. Pero aquel grupo estaba compuesto por hombres y mujeres que iban con él de pueblo en pueblo (Lc 8, 1-3; Mc 15, 40-41). La muerte de Jesús en la cruz no fue un ritual religioso, sino la ejecución civil de un subversivo. Por eso la carta a los hebreos dice que Cristo fue sacerdote. Pero este escrito es el más radicalmente laico de todo el Nuevo Testamento. Porque el sacerdocio de Cristo no fue “ritual”, sino “existencial”.

Es decir, lo que Cristo ofreció, no fue un rito ceremonial en un templo, sino su existencia entera, en el trabajo, en la vida con los demás y sobre todo en la horrible muerte que sufrió. Para los cristianos, no hay más sacerdocio que el de Cristo, que consiste en que cada uno viva para los demás. Ni más ni menos que eso. El sacerdocio cristiano, tal como se vive en la Iglesia, no tiene fundamento bíblico ninguno. Por eso en la Iglesia no tiene que haber hombres “consagrados”. Lo que tiene que haber es hombres y mujeres “ejemplares”. El “sacerdocio santo” y el “sacerdocio real” del que habla la 1ª carta de Pedro (1, 5. 9) es una mera denominación “espiritual” de todos los cristianos.

Además, en todo el Nuevo Testamento jamás se habla de “sacerdotes” en la Iglesia. Es más, está bien demostrado que los autores del Nuevo Testamento, desde san Pablo hasta el Apocalipsis, evitan cuidadosamente aplicar la palabra o el concepto de “sacerdote” a los que presidían en las comunidades que se iban formando. Esta situación se mantuvo hasta el siglo III. O sea, la Iglesia vivió durante casi doscientos años sin sacerdotes. La comunidad celebraba la eucaristía, pero nunca se dice que la presidiera un “sacerdote”. En las comunidades cristianas había responsables o encargados de diversas tareas, pero no se les consideraba hombres “sagrados” o “consagrados”. En el s. III, Tertuliano informa de que cualquier cristiano presidía la eucaristía (“De exhort. cast. VII, 3).

¿Qué pasaría si se acabaran los sacerdotes en la Iglesia? Simplemente que la Iglesia recuperaría, en la práctica, el modelo original que Jesús quiso. Lo que pasaría, por tanto, es que la Iglesia sería más auténtica. Una Iglesia más presente en el pueblo y entre los ciudadanos. Una Iglesia sin clero, sin funcionarios, sin dignidades que dividen y separan. Sólo así retomaríamos el camino que siguió el movimiento de Jesús; un movimiento profético, carismático, secular.

El clericalismo, los hombres sagrados y los consagrados han alejado a la Iglesia del Evangelio y del pueblo. Así lo ve y lo dice la gente. La Iglesia se pensó que, teniendo un clero abundante y con prestigio, sería una Iglesia fuerte, con influencia en la cultura y en la sociedad. Pero a los hechos me remito. Ese modelo de Iglesia se está agotando. No podemos ignorar todo el bien que los sacerdotes y los religiosos han hecho. Y el que siguen haciendo. Pero tampoco podemos olvidar los escándalos y violencias que en la Iglesia se han vivido y de los que el clero, en gran medida, ha sido responsable.

Pero lo peor no es nada de eso. Lo más negativo, que ha dado de sí el modelo clerical de la Iglesia, es que quienes han tenido el “poder sagrado”, se han erigido en los responsables y, de las “comunidades de creyentes”, han hecho “súbditos obedientes”. La Iglesia se ha partido, se ha dividido, unos pocos mandando y los demás obedeciendo. En la Iglesia debe haber, como en toda institución humana, personas encargadas de la gestión de los asuntos, de la coordinación, de la enseñanza del mensaje de Jesús… Pero, una de dos; o Jesús vivió equivocado o los que andamos equivocados somos nosotros.

Por supuesto, el final del clero no se puede improvisar. Probablemente el cambio se va a producir, no por decisiones que vengan de Roma, sino porque la vida y el giro que ha tomado la historia nos van a llevar a eso; a una Iglesia compuesta por comunidades de fieles, conscientes de su responsabilidad, unidos a sus obispos (presididos por el obispo de Roma), respetando los diversos pueblos, naciones y culturas.

Y preocupados sobre todo por hacer visible y patente la memoria de Jesús. Ya son muchas las comunidades que, por todo el mundo, a falta de clérigos, son los laicos los que celebran ellos solos la Eucaristía. Porque son muchos los cristianos que están persuadidos de que la celebración de la Eucaristía no es un privilegio de los sacerdotes, sino un derecho de la comunidad. El proceso está en marcha. Y mi convicción es que nadie lo va a detener. Termino afirmando que, si digo estas cosas, no es porque me importe poco la Iglesia o porque no la quiera ver ni en pintura. Todo lo contrario. Precisamente porque le debo tanto y me importa tanto, por eso, lo que más deseo es que sea fiel a Jesús y al Evangelio.

sábado, 19 de noviembre de 2011

La iglesia se organizó antes de conocer el evangelio




por José María Castillo


¡Tranquilos! Que nadie se ponga nervioso. Porque, como decían los antiguos, "contra facta non valent argumenta". Es decir, contra los hechos (tal como se produjeron en los primeros años de la Iglesia) no tienen peso ni valor demostrativo nuestras disquisiciones o argumentos.
Ya he dicho que el Evangelio de Jesús llegó tarde. Porque, cuando se conocieron los evangelios (en su redacción definitiva), la Iglesia ya estaba organizada y llevaba varios años funcionando. Los datos están ahí: entre los años 50 al 56, san Pablo informa, en sus cartas, de lo que era y cómo se organizaba cada "ekklesía". Y, poco después, ausente ya Pablo, la carta a los Efesios habla de la "ekklesía" en sentido universal. Esto supuesto, y sea cual sea el momento en que se redactó Efesios, lo que hoy no admite dudas, entre los estudiosos mejor documentados, es que la redacción que conocemos de los evangelios, se conoció y se divulgó después del año 70. Lo cual quiere decir que los criterios y las convicciones determinantes que tuvo y mantuvo Jesús, "el Nazareno", se conocieron y se divulgaron cuando las "asambleas" o "iglesias" de los cristianos llevaban ya unos veinte años organizadas y funcionando.
Por supuesto, el centro y el eje de las "iglesias" de Pablo fue siempre Jesucristo. El Cristo resucitado y glorioso del cielo. En tanto que el centro y el eje de los evangelios es el Jesús histórico de la tierra. Esto supuesto, la cuestión capital está en que Pablo no conoció al Jesús terreno. Porque, cuando Pablo conoció a los cristianos, Jesús ya había muerto. Es más, "el alcance del conocimiento pasivo de la tradición de Jesús que poseyera Pablo es, en el fondo, irrelevante para comprender la teología paulina" (Jürgen Becker).
Así las cosas, lo decisivo es saber que Pablo organizó sus "iglesias" o "asambleas" desde el convencimiento de su autoridad. Una autoridad y un poder derivados del hecho de que Pablo era "apóstol" (1 Tes 2, 6; Gal 1, 1; 1 Cor 1, 1; 9, 1-2; Rom 1, 1; 11, 13), lo que le situaba "al nivel de las más altas autoridades de la Iglesia (1 Cor 12, 28; 15, 9-11; 2 Cor 11, 5)" (M. Y. Macdonald). Una autoridad tal, que le permitía a Pablo añadir sus propias directrices al mandato del Señor, basado en que él poseía el Espíritu de Dios (1 Cor 7, 40; cf. 1 Cor 7, 12 ss).
Sin duda, el problema del poder fue determinante en el comportamiento de Pablo al fundar y gobernar las primeras "iglesias" o "asambleas" (B. Holmberg). Por tanto, el tema del poder y la importancia apostólica fue decisivo en la Iglesia desde su mismo nacimiento. Sin embargo, por los evangelios sabemos que Jesús no toleró las disputas de sus apóstoles sobre quién de ellos era el primero, el más importante (Mc 9, 33-37 par; 10, 35-45 par). El ideal de Jesús es que fueran como niños, que buscaran ponerse siempre "los últimos" (Mc 9, 35; 10, 31; Mt 19, 30; 20, 16; Lc 13, 30), que tenían que renunciar a todo título relacionado con el poder y la importancia (Mt 23, 8-12). El contraste es evidente: para Jesús, fue decisiva la ejemplaridad de los apóstoles, mientras que, para Pablo, lo decisivo fue tener poder y autoridad para gestionar la organización de las "asambleas", las primeras "iglesias", que se extendían por todo el Mediterráneo, desde Antioquía hasta España.
¿Cómo se ha resuelto en la Iglesia el problema que todo esto plantea? Las estructuras de poder se han potenciado, como es sabido. El ideal de Jesús se ha predicado como ejemplo de espiritualidad. ¿Qué es más determinante en la Iglesia? Es la pregunta que los cristianos tenemos que afrontar.