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sábado, 6 de septiembre de 2014

Sobre la parábola del sembrador.



La parábola llamada ‘del sembrador’ aparece en cuatro evangelios (Marcos 4:3-8, Mateo 13:3-8, Lucas 8:5-8 y el evangelio de Tomás 82:3-13). Su interpretación aparece en los tres primeros (Marcos 4:14-20, Mateo 13:19-23 y Lucas 8:11-15). Muchos estudiosos creen que alguna versión de la parábola salió de los labios de Jesús en algún punto de su ministerio. Sin embargo, el consenso va en la dirección opuesta en cuanto a la interpretación: muchos son de la opinión de que procede de la iglesia primitiva posterior a Jesús (ver Jeremias, 86-89).

La interpretación que la iglesia primitiva nos ofrece de la parábola se acerca mucho a una alegoría. Podríamos decir que en una interpretación alegórica cada elemento de la historia que se interpreta adquiere un significado secreto. Encontramos un buen ejemplo de ello en una homilía de Orígenes sobre la parábola del buen samaritano:


‘El hombre que bajaba es Adán, Jerusalén es el paraíso, Jericó es el mundo, los ladrones son poderes hostíles, el sacerdote es la ley, el levita representa los profetas, el samaritano es Cristo, las heridas representan desobediencia, la bestia es el cuerpo del Señor, la posada debería ser entendida como la iglesia, dado que acepta a todos los que quieren entrar. Además, los dos denarios deben ser entendidos como el Padre y el Hijo, el posadero es el mayordomo de la iglesia, el que se encarga de su supervisión. La promesa del samaritano de volver apunta a la segunda venida del Salvador’ (citado en Roukema, 62)

G.N. Stanton explica uno de los problemas con este tipo de interpretaciones: ‘Una vez que alguien comienza a usar la interpretación alegórica de forma imaginativa, la posibilidades no tienen fin’ (Stanton, 210). Así, volviendo sobre la parábola del buen samaritano, para Clemente de Alejandría, el samaritano es Cristo y el hombre que baja somos nosotros. Además, el vino es ‘la sangre de la viña de David’, y el posadero son los ángeles, principados y poderes que están a nuestro servicio (Roukema, 61-62). Ireneo, por su parte, coincide en que el Samaritano es Jesús y el hombre herido es la humanidad, pero explica que el posadero es el Espíritu (Roukema, 59). Para Ambrosio el hombre baja del cielo al infierno (69). Y para Agustín:


‘El hombre es Adán; Jerusalén es la ciudad celestial; Jericó es la luna, que simboliza nuestra mortalidad; los ladrones son el diablo y sus ángeles que desnudan al hombre de su inmortalidad y le golpean al persuadirle para que peque; el aceite y el vino son la comodidad de la esperanza y el ánimo del trabajo; el burro es la encarnación; la posada es la iglesia; el dia siguiente es después de la resurrección de Cristo; el posadero es el apóstol Pablo; y los dos denarios son los mandamientos del amor o la promesa de su vida y de lo que viene’ (citado en Snodgrass, 4)

La iglesia primitiva fue muy dada a buscar significados secretos para cada una de las palabras de Jesús (aún lo es). Como dije más arriba, una de las interpretaciones alegóricas que la iglesia primitiva inventó para la parábola del sembrador ha acabado en nuestras biblias. Esto hace más difícil que los cristianos se atrevan a separar la historia de la interpretación. Vivimos en unos tiempos en los que la Biblia ha cobrado tal divinidad que para muchos cristianos resulta imposible siquiera lanzar una mirada un tanto crítica hacia ella. Y sin embargo no hay nada en la Biblia que nos impida lanzar esta mirada. Es más, ella misma nos invita a hacerlo cuando, por ejemplo, comparamos distintas versiones de una misma historia y encontramos discrepancias, o cuando leemos cosas que parecen no encajar en una historia. Miremos, por ejemplo, lo que Mateo y Marcos nos dicen sobre la semilla: ‘Pero salido el sol, se quemó’ (Mateo 13:6; Marcos 4:6). B.H. Young menciona este dato con cierta sorpresa:


‘Mateo y Marcos incluso describen el amanecer. ¿Pero acaso el sembrador sembró la semilla por la noche? Probablemente Marcos y Mateo pretenden presentarnos a un sembrador cuyas semillas brotan durante la misma noche de la siembra’ (Young, 257-258; ver también Crossan, 245)

Es difícil saber cómo este elemento del sol acabó en la parábola del sembrador. Es posible que surgiera al juntar en una misma historia parábola e interpretación alegórica. Quizá la referencia a aquellos cuya fe no aguanta persecución y tribulación (Mateo 13:21; Marcos 4:17) trajo a alguna mente la idea de aquellos que se caen de la fe (y que tarde o temprano se queman), lo que inspiró la inclusión del sol como factor que quema. Y una vez echa la conexión, y dado que el sol sale cada día, lo que resulta es una ‘super-semilla’ que germina y crece en una noche, algo que ni siquiera encaja con la interpretación. J.D. Crossan coincide: ‘la imagen de la semilla que cae sobre tierra rocosa, que nunca llega a tener raíz y que se quema por el sol de la mañana siguiente no es la mejor representación de creyentes que dan fruto por un tiempo hasta que llega la persecución’ (Crossan, 247).

Curiosamente, la versión de Lucas no tiene este elemento, una nueva invitación que la Biblia nos lanza a elegir entre una u otra historia. Y en el mismo espíritu, no hay nada que nos impida separar, sin miedo, parábola e interpretación con la intención de que la primera nos hable por sí misma. En ella se nos presenta a un sembrador que lanza semillas sobre varios tipos de tierra. La tierra ha sido preparada para la cosecha (sigo aquí a White, contra Jeremias). Esto no tiene nada de extraño y corresponde a la forma normal de sembrar en aquellos tiempos (ver White, contra Vermes). La semilla es la misma en todos los casos; lo que cambia son las tierras en las que cae. En tres casos cae sobre tierra en la que no va a germinar y dar fruto. Sólo en uno de los casos, cuando cae sobre buena tierra, germina y da fruto (un fruto adecuado en número, según White).

No podemos saber el mensaje original que Jesús quiso transmitir a sus oyentes por medio de esta historia ya que no conocemos el contexto en el que tuvo lugar. Hay algunos elementos que saltan a la vista: un sembrador, varias semillas y unas tierras que dan diverso fruto. ¿Pero qué más se puede asegurar fuera de esto? ¿Está el énfasis en la tarea ardua y difícil del sembrador? ¿O está por otro lado en la semilla, que siempre encuentra una forma de dar fruto? ¿O está en las distintas tierras, unas buenas y otras malas? Dependiendo de la intención del que habla, de la disposición de quién escucha y de las circunstancias que unan a ambos, el énfasis caerá sobre un punto u otro.

Así ocurre también hoy cuando nos acercamos a ella. Puedo imaginar hoy a una pastora que abre su Biblia después de un día duro de evangelismo en las calles de su ciudad y lee esta historia. Y a través de ella escucha la voz de Dios, una voz que parece entender su duro trabajo y animarle porque, aunque alguna semilla caerá en tierra mala, habrá siempre una poca que caiga en buena tierra y dé fruto. Puedo igualmente imaginar a un pastor en otra ciudad que abre su Biblia después de una dura asamblea de iglesia y encuentra en esta historia una confirmación de que algunos de los miembros de su iglesia no son tierra buena porque no dan el fruto que él considera adecuado, y decide tener una reunión con ellos para invitarles a abandonar la iglesia. Puedo escuchar los gritos de un predicador en una plaza usando esta historia para condenar a quienes pasan por delante suyo sin hacerle caso, mientras que una persona atea sentada en un banco escucha la historia y se siente inspirada a admirar las maravillas de la naturaleza.

Y la pregunta viene otra vez: ¿cuál de estas interpretaciones es la correcta? Y mi respuesta es que ninguna y al mismo tiempo todas. Ninguna es ‘la correcta’ al modo alegórico, ninguna nos aporta la llave interpretativa porque simplemente no la hay (o si la hay, nadie la tiene). Pero a la vez todas son correctas, porque cada una refleja lo que hay en el corazón del que interpreta: una misma historia revela el tipo de corazón en el que cae, unos dejando fruto y otros no.

Bibliografía

Crossan JD. 1973. The seed parables of Jesus. Journal of Biblical Literature 92(2): 244-266.

Jeremias J. Las parábolas de Jesús. Editorial Verbo Divino, 2000 (1965).

Roukema R. 2004. The good samaritan in ancient Christianity. Vigiliae Christianae 58(1): 56-74.

Snodgrass KR. Stories with intent: a comprehensive guide to the parables of Jesus. Eerdmans, 2008.

Stanton GN. The gospels and Jesus. Oxford University Press, 1989.

Vermes G. The authentic gospel of Jesus. Penguin Books, 2004.

White KD. 1964. The parable of the sower. Journal of Theological Studies 15(2): 300-307.

Young BH. The parables: Jewish tradition and Christian interpretation. Hendrickson, 1998.


lunes, 7 de octubre de 2013

Lucas 15, 1-32 Parábolas de lo que perdemos.



Juan Luis Rodríguez Luque CCB –Zona de Antequera-

-Una posible interpretación-

*En las dos primeras, Jesús nos viene a decir que el comportamiento lógico, en cualquier ser humano, cuando pierde una parte de sus bienes (animales, dinero, etc.), consiste en lanzarse de inmediato a buscar o recuperar lo que considera como suyo. De no hacerlo, ¿qué pensaríamos?

Si bien, cuando lo que se ‘pierde’ es un ser humano, nuestra reacción ante el hecho oscila entre el total ‘desinterés’ -pasando de lo ocurrido- hasta el otro extremo, de mostrar una actitud de ‘desprecio’ u ‘odio’ hacia ese individuo, por haberse atrevido a salirse de la norma –a desviarse de lo acostumbrado, del rol asignado a su estatus-. Lo condenamos y/o excluimos del grupo casi de inmediato.
Es decir, no nos preocupa, no salimos en su búsqueda ni nos interesamos a fondo por averiguar sus motivos o las causas por las que ha decidido actuar así, de manera diferente a nosotros, a la mayoría. Simplemente, nos limitamos a esperar o exigir que recupere la ‘cordura’ y vuelva al redil del grupo, a cumplir con todo cuanto la gente hace en su entorno social.

Evidentemente, en la vida, todo el mundo, al mismo tiempo, no puede tener la razón o la verdad, si mantiene criterios opuestos. Pero, tampoco se deben simplificar las situaciones y los hechos trazando posturas maniqueas –nosotros somos los buenos y ellos, los malos, siempre-.

Por eso, en la tercera parábola, Jesús expone dos ‘actitudes’ muy frecuentes en cualquier colectivo: Una, la de aquellos que optan por cumplir las normas establecidas, más o menos a rajatabla, creyendo que de esa forma la ‘vida’ discurrirá por su cauce y todo saldrá a pedir de boca. Tal sumisión a las ‘normas’ suele realizarse como algo rutinario y frío; sin faltar las ganas, de vez en cuando, por saltarse las leyes; y, ¿quién no lo ha hecho alguna vez?

Realmente, la vida no transcurre de forma ‘perfecta’ por el mero hecho de someterse a las leyes. Esto fue uno de los grandes ejes que enfrentó a Jesús con las autoridades de su tiempo [Mt.23, 23]. Y en las cartas ‘paulinas’ se continúa esa línea de denunciar la ‘Ley como agente de muerte’ [2 Co. 3].
La otra actitud, viene a ser la contraria, la de quienes prefieren vivir libertariamente, sin sujeción a ningún tipo de norma, actuando en función de sus ‘deseos’ o caprichos más placenteros.

¡Ojalá, la vida, fuera tan simple y sencilla!: obedeciendo unas normas o, siguiendo los impulsos y necesidades que la existencia vaya planteando.

Los animales y la naturaleza, prácticamente, viven sujetos a leyes, sin tener que decidir. Se adaptan al medio o transmutan por fuerza mayor y ajena a su voluntad.
En cambio, el hombre es un ser complejo, en proceso inacabado de crecimiento o mejora, y ha de decidir, en muchos momentos, con cierta libertad y conciencia, el camino o postura a elegir ante su realidad. Por eso, ni puede vivir como la ‘cigarra’ –cantando y comiendo de cuanto encuentre a su paso-; pues, más pronto que tarde, los recursos se agotan. Ni tampoco, logra superar todas las dificultades y problemas obedeciendo ciegamente las ‘normas’ que fueron establecidas en un tiempo pretérito en base a unas circunstancias determinadas.

Es decir, la vida no se rige totalmente por ninguno de esos dos caminos. La dinámica existencial, sometida a tantos factores, circunstancias y matices distintos obliga a no fiarse de la ‘norma’ como criterio único e infalible a la hora de elegir entre lo ‘bueno’ y lo ‘malo’. [No se puede medir por el mismo ‘rasero’ a todos los hijos, a todas las personas, a todas las situaciones]. Entonces, la necesidad y validez de la ‘norma’ ha de estar supeditada a su ‘relativización’, a su ‘flexibilidad’, dentro del marco referencial del “bien del hombre” –individual y colectivamente-; esto es, dentro de ‘grandes Principios universales’, como por ejemplo los ‘Derechos Humanos’. Por tanto, debemos permanecer ‘abiertos’, huyendo de ‘dogmatismos’ y ‘fanatismos’, interpretando y modificando las ‘leyes’ cuando las circunstancias lo requieren.
Como Dios nos conoce, por eso es paciente y comprensivo con nuestros errores. No obstante, nos ha dotado de la esencia de su ser, ‘hechos a su imagen y semejanza’, de una potencia a la que llamamos ‘amor’.

Con amor, los ‘romeo y julieta’ logran superar el odio fratricida que institucionalizan familias y etnias; los ‘francisco de asís’, logran romper las cadenas del ‘estatus social’ para confraternizar con todos y con todo. Con amor, Jesús de Nazaret, va enseñando la buena noticia a ‘ciegos, cojos, sordos y paralíticos’; acoge a ‘leprosos y prostitutas’, a ‘banqueros, ricos y militares’ porque su verdad, su camino ni ofende, ni discrimina ni excluye a nadie en su dignidad, a fin de posibilitar a toda persona el alcanzar la verdadera categoría humana –‘Hijo del hombre o Humanidad nueva’-.

No obstante, el ‘amor’ exige a todos ‘destapar’ y ‘hacer frente sin violencia’, (mediante la ‘palabra’ y una actitud crítica permanente) a todo tipo de ‘explotación’ y de ‘opresión’ que, lamentablemente, los sistemas sociales –clasistas e igualitarios- acaban engendrando y solapando entre sus leyes e instituciones.
El amor siempre está atento a lo ‘diferente’ y abierto al ‘cambio’, porque busca la ‘vida’ en todos y en todo.

El imperio de la ‘ley’, en cambio, se aferra a un pasado, a una idea abstracta, al interés de alguien; e impide lo nuevo, lo distinto (homosexualidad, igualdad de la mujer con el varón en todas las instituciones, justicia social, etc.).
Israel, el Pueblo como Dios quiere, va en busca de una ‘Tierra que mane leche y miel’, caminando, se va dotando de grandes principios (‘los diez mandamientos’) y de una organización colegial. Mas, con el tiempo, los dirigentes anulan al Pueblo, toman las decisiones ellos solos; y lo someten con multitud de leyes barnizadas de falsa voluntad ‘divina’ o de egoísta decisión de ‘minoría mayoritaria’, desvirtuando y contradiciendo los grandes mandatos o principios con los que se inicia toda Religión o Revolución.

La tarea, entonces, a la luz de estas parábolas, consistiría en ‘sumar’ personas dispuestas a actuar con libertad, responsabilidad y fraternidad transparentes ¿No?