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domingo, 5 de noviembre de 2017

500 años de la reforma. Si fuese posible una conclusión.



Marcelo Barros y José María Vigil

En este quinto centenario de la Reforma, nos propusimos volver la mirada hacia la figura y el mensaje de Lutero, a partir de las perspectivas y los desafíos de nuestro tiempo. En cierto modo, todos los artículos ofrecidos en esta Minga/Mutirão profundizan esa perspectiva, cada uno a partir de un ángulo, trátese de las perspectivas del grupo eclesial de pertenencia, o bien los desafíos que, en América Latina y a partir de los pobres viven hoy nuestras Iglesias. Institucionalmente, en ese momento de la historia, las Iglesias, tanto la católica como las evangélicas, pueden oír el mensaje profético de Lutero como una nueva invitación a la reforma permanente para que las Iglesias se vuelvan a la raíz del evangelio y a la confianza en la gratuidad de la justificación por la fe.

Para ello, es necesario tener el coraje de darse cuenta que, en algunos puntos doctrinales e históricos, haciendo una lectura textual, Lutero debe ser comprendido como un profeta para el contexto histórico en el que vivió, mas no para hoy. Incluso para valorizar su figura y actualizar su mensaje, debemos reconocer que hay puntos en los cuales la Reforma Luterana ya no es actual. Claro que eso se puede decir de todos los profetas bíblicos y de la historia. Pero, precisamente por la radicalidad profética de Lutero, su mensaje o espanta por su actualidad, o desconcierta por su anacronismo.

Sin duda, si hoy revisamos la controversia que opuso a Lutero y a Thomas Münzer en su apoyo a las luchas de los campesinos, en América Latina nos ponemos del lado de Münzer y no de Lutero. A la vez, cuando los dos discuten y marcan sus diferencias en el camino del misticismo, nos sentimos más del lado de la sobriedad histórica de Lutero.

Tener el valor de ver claros los puntos en los que la Reforma estaría superada ayudaría a las Iglesias luteranas y otras a ir más allá de una cultura teológica y espiritual agustiniana, más basada en la conciencia del pecado, que en la alegría de la salvación, más centrada en la sangre redentora de Jesús que en la bondad fundamental de la creación, etc.

Principalmente la doctrina sobre la justicia divina y la predestinación eterna merecerían una profunda revisión a la luz de la revelación de un Dios que es amor y que, como insistía el hermano Roger Shutz, "sólo puede amar".

Por lo demás, superar a Lutero sería ir más allá de él. Lamentablemente, al mirar hoy a algunas de nuestras Iglesias, descubrimos que no han incorporado la profecía de Lutero. Hay grupos eclesiales y movimientos católicos y evangélicos que, artificialmente, intentan reproducir la teología medieval. Están atrasados, no sólo 200 años, como antes de fallecer decía el cardenal Carlo Maria Martini. Algunos grupos eclesiales y sus teologías, así como ciertos documentos eclesiásticos de las últimas décadas, continúan sosteniendo una teología sacrificial que viene de los tiempos de las controversias eucarísticas del siglo XI. Para esos cristianos, redescubrir a Lutero y su teología de la gracia ya sería toda una revolución.

Incluso pensando en las comunidades eclesiales marcadas por la teología del Concilio Vaticano II y la teología reciente del Consejo Mundial de Iglesias, la actualización del mensaje de Lutero no puede sin más legitimar la institucionalidad actualmente existente, aunque sea abierta. Si, de alguna forma, esa interpelación no les ayuda a relativizar sus estructuras y su propia concepción de confesionalidad, el mensaje de Lutero quedará siempre en el pasado.

En la introducción a esta revista ya dijimos que podemos leer a Lutero a partir de la búsqueda de una espiritualidad humana más universal, anclada en la responsabilidad de corresponder a la salvación por la pura gracia divina que nos es comunicada por la fe. En su crítica a cualquier misticismo especulativo, Lutero se pone en diálogo con la antigua teología apofática que evita nombrar a Dios. La divinidad sólo puede ser conocida como "Dios escondido y disminuido en la humanidad de Jesucristo".

En este debate es fundamental situar el lugar fundamental de Jesucristo. Lutero insistió en contraponer, a las imágenes imperiales de Cristo que la Edad Media había proyectado, la figura bíblica de Jesús desnudo y despojado en la cruz 2. Lutero reprochaba a la Iglesia Católica de antes de la Reforma el hecho de que su doctrina de la confesión sólo conseguía atormentar las conciencias con el sentimiento de culpa, en lugar de reforzar en las personas su fe y confianza en Cristo 3. Actualmente, en un mundo pluralista, la propuesta cristiana más abierta no consiste en relativizar la figura de Jesús, sino en situarla en el contexto histórico de la fe del Jesús profeta de Israel, y de comprenderla a partir de la actuación universal del Espíritu.

Actualmente, la crisis ecológica y las perspectivas de la ciencia humana traen a nuestras Iglesias la conciencia de que necesitamos una nueva Cosmología y una nueva Teología de la Creación que incorpore los nuevos paradigmas de las ciencias. Algunos teólogos como José Comblin, Víctor Codina y otros han mostrado cómo nuestras Iglesias necesitan actualizar una Teología del Espíritu Santo que fue más profundizada en las teologías orientales que en las Iglesias de Occidente. Es un punto más sobre el cual necesitamos todavía redescubrir y actualizar a Lutero...

En la primera mitad del siglo XX, Karl Barth se apoyó en Lutero para mostrar la diferencia radical entre religión y fe. Si en el siglo XVI, la propuesta de Lutero significó una profunda reforma del cristianismo, algunas de sus propuestas teológicas podrían ser trasplantadas hacia una espiritualidad laical y más universal (antropológica), y hasta pos-religional.

Los 500 años de la Reforma no sólo se refieren al cristianismo, mas a todo camino humano de acogida del amor divino y de energía de fe que salva y manifiesta el Espíritu que "está presente y actúa en todas las criaturas y abarca toda ciencia"(Sb 1,7).



Marcelo BARROS y José María VIGIL

1 Cf. JARED WICKS, Lutero e il suo patrimonio spirituale, Assisi, Cittadella, 1983, p. 104.

2 Cf. YVES CONGAR, Regards et reflexions sur la Christologie de Luther, in «Chrétiens en dialogue», Paris, 1964, Cerf, pp. 453-489.

3 Cf. JARED WICKS, Lutero e il suo patrimonio spirituale, Assisi, Cittadella, 1983, p. 114.

lunes, 31 de octubre de 2016

Declaración conjunta de católicos y luteranos con ocasión de la conmemoración de la Reforma.


Con ocasión de la Conmemoración conjunta Católico – Luterana de la Reforma

Lund, 31 de octubre de 2016

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4).

Con corazones agradecidos

Con esta Declaración Conjunta, expresamos gratitud gozosa a Dios por este momento de oración en común en la Catedral de Lund, cuando comenzamos el año en el que se conmemora el quinientos aniversario de la Reforma. Los cincuenta años de constante y fructuoso diálogo ecuménico entre Católicos y Luteranos nos ha ayudado a superar muchas diferencias, y ha hecho más profunda nuestra mutua comprensión y confianza. Al mismo tiempo, nos hemos acercado más unos a otros a través del servicio al prójimo, a menudo en circunstancias de sufrimiento y persecución. A través del diálogo y el testimonio compartido, ya no somos extraños. Más bien, hemos aprendido que lo que nos une es más de lo que nos divide.

Pasar del conflicto a la comunión

Aunque estamos agradecidos profundamente por los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma, también reconocemos y lamentamos ante Cristo que Luteranos y Católicos hayamos dañado la unidad vivible de la Iglesia. Las diferencias teológicas estuvieron acompañadas por el prejuicio y por los conflictos, y la religión fue instrumentalizada con fines políticos. Nuestra fe común en Jesucristo y nuestro bautismo nos pide una conversión permanente, para que dejemos atrás los desacuerdos históricos y los conflictos que obstruyen el ministerio de la reconciliación. Aunque el pasado no puede ser cambiado, lo que se recuerda y cómo se recuerda, puede ser trasformado. Rezamos por la curación de nuestras heridas y de la memoria, que nublan nuestra visión recíproca. Rechazamos de manera enérgica todo odio y violencia, pasada y presente, especialmente la cometida en nombre de la religión. Hoy, escuchamos el mandamiento de Dios de dejar de lado cualquier conflicto. Reconocemos que somos liberados por gracia para caminar hacia la comunión, a la que Dios nos llama constantemente.

Nuestro compromiso para un testimonio común

A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21). Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico. Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo. Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.

Uno en Cristo

En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.

Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero

Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad. Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Honestidad para con nosotros mismos.


Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Hch. 4, 20)

por Juan María Tellería

Una simple ojeada rápida a la historia del mundo occidental desde el siglo I hasta hoy nos es más que suficiente para entender que a lo largo de todo este tiempo han coexistido en la Iglesia, es decir, en el conjunto de los fieles cristianos sin tener en cuenta las distintas facciones y denominaciones en que se hallan divididos, dos claras líneas de actuación: la de quienes, siempre en aras de un mejor entendimiento con el entorno en que vivían y una más fructífera implantación en la sociedad, han ido diluyendo poco a poco la fuerza vital del mensaje evangélico original; y la de quienes contra viento y marea han testificado acerca de Cristo, gustara o no, se aceptara o no, fuera o no popular, siguiendo muy de cerca el principio enunciado en las palabras pronunciadas por Pedro el Apóstol y que citamos arriba.

Puesto que sería adentrarnos en un laberinto innecesario el pretender deshilvanar los numerosos ejemplos históricos de lo que decimos, preferimos sencillamente quedarnos en nuestros propios días y compartir una muy breve reflexión sobre la situación en que se encuentra el cristianismo contemporáneo. Dejando de lado cualquier envoltura circunstancial (tecnologías actuales, medios de comunicación, rasgos culturales de las sociedades donde la Iglesia está implantada o implantándose), entendemos que esas dos líneas de acción que indicábamos más arriba prosiguen su camino, su andadura, buscando cada una de ellas sus propias metas. Con lo que, y lo decimos realmente con pena, sigue habiendo hoy, como hubo ayer y (¡ay!) habrá mañana, dos iglesias en realidad.

Personalmente, no somos de los que creen que la Iglesia deba ser una especie de burbuja en medio del océano o que deba erigirse como una fortaleza inexpugnable en lo alto de una montaña inaccesible y en la que nada ni nadie impuro, corrupto o contaminado pueda entrar. Pensamos, por el contrario, que el propósito divino es otro, que Jesús nunca pretendió que sus discípulos fueran apartados o quitados de este entorno en que vivimos, sino que estamos aquí para ser sal de la tierra y luz del mundo. Consideramos que Dios desea una Iglesia implantada y creciente en medio de una sociedad humana que tiene sus pros y sus contras, sus altos y sus bajos, sus más y sus menos. No entendemos, a la luz de las Sagradas Escrituras, que el Creador y Padre de todos los hombres revelado en Jesucristo haya ideado una Iglesia constituida únicamente por entes perfectos e intachables que nunca hayan roto, rompan o vayan a romper un plato. Jesús no vino a buscar a los sanos —¿los habría?—, sino a los enfermos; no a los justos —?—, sino a los pecadores. Por esta razón, nuestra condición de cristianos, nuestra profesión de fe como seguidores y discípulos de Cristo, nos exige sinceridad, nos demanda honestidad para con nosotros mismos y para con quienes nos rodean, pues en tanto que creyentes en Jesús de Nazaret estamos llamados a decir, a transmitir algo a este mundo. La pregunta es: ¿qué?

Cuando leemos el libro de los Hechos nos encontramos con la respuesta. La primera Iglesia de Cristo que existió en la tierra tuvo muy clara cuál era su misión, cuál su mensaje, cuál su proclama, cuál su razón de ser: el anuncio del Señor resucitado. Desde Jerusalén, Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra, los creyentes proclamaron la resurrección de Jesús como un hecho trascendental, un punto de inflexión en la historia humana, ahora entendida como una Historia de la Salvación, y una puerta abierta para la reconciliación entre Dios y los seres humanos. Al abrir las páginas de este extraordinario escrito, el único testimonio directo de los orígenes de las primeras comunidades cristianas, hallamos este mensaje y la reacción que provocó en judíos y gentiles, fieles e infieles: no faltaron los mártires, los perseguidos, los maltratados, pero la Buena Nueva alcanzó la capital del mundo de aquel entonces, Roma.

¿Qué hallamos en la Iglesia de nuestros días? ¿Cuál es su mensaje? ¿Cuáles sus prioridades, sus intereses, sus desvelos? Cabría que nos planteáramos todos, comenzando por quien escribe estas palabras, hasta qué punto somos realmente sinceros con nosotros mismos cuando nos definimos como cristianos y como cuerpo de Cristo, hasta dónde llega nuestra honestidad a la hora de testificar acerca de aquello que —se supone— creemos conforme a la enseñanza de las Sagradas Escrituras.

No pretendemos, ni mucho menos, autoerigirnos en conciencia del conjunto de la Iglesia ni tampoco de los amables lectores de Lupa Protestante. No jugamos a ser Pepito Grillo, desde luego. Pero sí nos plantea muchos interrogantes, y lo hace de continuo, el observar la deriva de la Iglesia a lo largo de su historia y en los tiempos actuales hacia un amplio abanico que abarca desde la intromisión permanente en asuntos puramente políticos, casi siempre junto a los poderes establecidos y en contra de los más humildes, hasta las derivas de tipo milenialista o las formas extravagantes de culto basadas en un sentimentalismo extremo y desbordante, pasando por un puro y llano activismo social o humanitario no exento de cierto color ideológico, es decir, desde la acomodación total a un sistema corrompido y corruptor hasta los escapismos más insanos y alienantes pasando por una filosofía puramente humanista. En toda esta maraña de intereses personales y ambición mal disimulada (¡tanto en un extremo como en el otro y en los intermedios!), ¿dónde queda el anuncio de la resurrección del Señor? ¿Dónde está la proclamación de la salvación en Cristo? ¿Dónde se encuentra el mensaje de la Buena Nueva, la noticia de que Dios dignifica de nuevo a la especie humana en Cristo su Hijo? En una palabra, ¿dónde se halla la seguridad del cristiano en la guía divina que le permite hace frente a los poderes de este mundo, de sí abocados a su destrucción por un juicio inapelable del Señor?

Puede que seamos excesivamente conservadores en nuestra teología, tal vez. Puede que nuestra concepción de la Iglesia, de la religión, del cristianismo en sí, peque de cierto tradicionalismo del que no somos realmente capaces de desprendernos. Hasta puede que alguien nos tache de excesivo literalismo a la hora de leer las Escrituras. ¿Por qué no? Todo ello resulta comprensible.

Sea como fuere, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Queremos ser, por encima de todo, honestos para con Dios, nuestro prójimo y nosotros mismos. Entendemos que es nuestro deber como cristianos y como Iglesia.



Juan María Tellería


El pastor Juan María Tellería Larrañaga es en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

lunes, 31 de octubre de 2011

El viento reformador del Espíritu Santo y cristianos comprometidos con la Palabra de Dios hicieron posible la Reforma Protestante del siglo XVI.


por José Luis Velazco Medina


El mismo Espíritu nos convoca a continuar la reforma de la iglesia y la sociedad últimamente (homilía)
Romanos 12. 1-2; Isaías  58. 1-12.
Introducción General
1.Dos movimientos que cambiaron radicalmente  el curso de la historia en la Europa del Siglo 15 y 16 fueron el Renacimiento y la Reforma Protestante.  Ambos movimientos marcaron la transición de la Edad Media a la Modernidad y dieron nueva forma a la civilización Occidental.
2. El Renacimiento fue el movimiento intelectual, literario-filosófico promovido por los Humanistas. Fueron llamados así por su renovado interés por la sabiduría de los antiguos  escritos de los filósofos griegos y latinos y que les sirvió de base para cuestionar los conceptos y valores autoritarios, tanto de los grandes señores feudales como de la autoridad Papal de la Edad Media que regía en toda Europa de ese tiempo.
3. Ese régimen de la Edad Media ya era intolerable, especialmente, por su discrepancia entre lo ideal y la realidad, entre el ideal de la práctica de la justicia y la realidad de la injusticia, entre la riqueza  inmoral de la realeza y la pobreza extrema de sus súbditos. Se criticaba a la Jerarquía de la Iglesia por su falta de conducta  cristiana y la  práctica de comercializar los bienes espirituales: en la Iglesia de Roma todo se vende, se decía. Por eso, los Humanistas buscaban una renovación gradual de la sociedad y esperaban lo mismo de la Iglesia.[1]
4. De hecho, desde el Siglo 13 ya había grande inquietud sobre la necesidad de renovar la sociedad y la Iglesia tanto en su autoritarismo como en su práctica mundana. Mucho antes del movimiento de Reforma hubo intentos pre-reformadores llevados a cabo por clérigos sinceros que clamaban por una Iglesia nueva: religiosos como Juan Wiclif (1329-1384) en Inglaterra promovían la autoridad de las Escrituras como regla de fe y conducta y enviaba a sus monjes a predicar un evangelio sencillo;Juan Hus (1373-1415) en Bohemia, predicador, seguidor de Wiclif promovía reformas; Jerónimo Savonarola (1452-1498), fraile dominico  de Florencia, predicador de fuego y profeta crítico de las autoridades eclesiásticas. Ambos fueron condenados a morir en la Hoguera. Los dos últimos fueron puntualmente ejecutados.
Primera etapa de la Reforma:  la relectura de la Palabra
Humanistas como el erudito Erasmo de Róterdam (1466-1536), hijo de un sacerdote, abogaba también por una renovación de la Iglesia. Su interés por el pensamiento de los clásicos griegos, le llevó también a publicar el NT en griego para hacerlo accesible a otros humanistas y estudiosos de las universidades. La postura de Erasmo y la publicación de su N.T. fue una buena contribución al movimiento reformador.[2] Pero no se popularizó el movimiento sino hasta que Martín Lutero,estudiante de leyes y después, monje  Agustino, clavó un documento  en las puertas del templo de la Universidad de Wittenberg, Alemania el 31 de Octubre de 1517.  El documento exponía  95 Tesis o declaraciones bíblico/teológicas para ser discutidas por la cleresía; el documento también   cuestionaba  la venta de indulgencias para el perdón de los pecados. La compra de esas indulgencias papales  beneficiarían no sólo a los creyentes en vida sino también a los del purgatorio. (Recientemente la ICR ha declarado que realmente no existe.)  La intención de la venta de indulgencias era recolectar fondos para la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. Lutero promovía  revisar muchas cosas a la luz de las Escrituras,  y así  re-descubrir el Evangelio de la Gracia, y el significado de la Fe en la obra redentora de Cristo.
Después de la Dieta o Asamblea de Worms en 1521 en la cual Lutero fue condenado como hereje por la autoridad de Carlos V y del Papa León X, el monje Agustino en camino de regreso a Wittenberg fue raptado por sus amigos y llevado al Castillo de Wartburgo para protegerlo. Allí empezó la traducción de la Biblia del latín al idioma del pueblo alemán.  Simpatizantes del movimiento en otros países también se dieron a la tarea de la traducción de la Biblia en el idioma del pueblo. Aunque un poco tarde, la Biblia fue traducida al Castellano por el ex-monje llamadoCasiodoro de Reina, después de 12 años de trabajo y la publicó en 1569 y fue conocida como la Biblia del Oso.[3] Esta ha sido la base de la mayor parte de la Biblias en español como las que poseemos los Presbiterianos.
Así surgieron los lemas de la Reforma Protestante:   Sola Scriptura, Sola Gratia, Sola Fide.
Es decir, sólo la Palabra de Dios es la autoridad máxima de la Iglesia ( (Jn.1.1,14)[4]sólo por la Gracia de Dios hay salvación (Ef.2.8); sólo por la fe hay justificación del pecador (Ro.5.1). Sobre esas bases es que el Movimiento de Reforma se dará a conocer como Protestante.
Carlos V, en 1526, necesitado del apoyo militar y económico de los Príncipes alemanes, había permitido la celebración del culto establecido por Lutero. Tres años más tarde, en 1529, decidió retirar ese permiso y obligar a celebrar la misa tradicional. Los Príncipes alemanes protestaron contra esa decisión y a la vez protestaron ser fieles a la nueva interpretación de la Fe Evangélica. A partir de esa fecha fueron llamados Protestantes y por consiguiente  la Reforma se calificó como Reforma  Protestante.
Segunda etapa de la Reforma: Los Reformados Suizos
La Reforma Protestante se fue extendiendo casi simultáneamente en otros países como Suiza, Francia, y los Pases Bajos, y norte de Italia. Otros personajes  humanistas y teólogos, como Guillermo Farel, Martín Bucero, Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, quisieron llevar el movimiento de Reforma más adelante. En el caso de Farel y Calvino en Ginebra su intensión era reformar no solamente la Iglesia sino la sociedad misma.
Calvino, además de ser humanista y de haber estudiado leyes, había estudiado griego, hebreo y teología. Colaboró con su primo Pierre Robert, apodado  Olivetán, en la traducción de la Biblia al Francés.[5] Calvino, siendo muy joven, como nuevo converso, también se identificó con los protestantes perseguidos y masacrados por Francisco I en Francia. Siendo de 27 años, viviendo todavía en París, escribió un Manual para explicar la Fe Evangélica para nuevos conversos y en defensa de los evangélicos, titulada Instrucción de la Fe Cristiana dedicado al Rey de Francia. Posteriormente esa obra, corregida y aumentada en el correr de los años,  llegó a ser un trabajo teológico completo llamado Institución de la Religión Cristiana. El primer tratado va acompañado con una carta al Rey de Francia para explicar la Fe evangélica y para defensa de los protestantes perseguidos.
El ya Pastor de Ginebra, Guillermo Farel, retó al joven Calvino a quedarse en Ginebra,  para afianzar la  Reforma de la Iglesia en esa ciudad. Concierta reticencia, Calvino aceptó el desafío. Una vez allí como lector o maestro de Biblia,  desarrollará sus capacidades como educador, exegeta, teólogo, predicador y pastor. Más que cualquier otro reformador él reunía todas esas cualidades.
Calvino, juntamente con Farel,  reorganizó la Iglesia Ginebrina, reformó su estructura de gobierno permitiendo establecer consistorios con sus ancianos de iglesia, diáconos, y maestros.  Más tarde insistió en la separación inicial de la iglesia  de la autoridad civil.  Estas reformas sirvieron, posteriormente, como la semilla del sistema democrático que permitría la participación del pueblo laico en la elección y dirección del gobierno eclesiástico.
Al igual que Lutero, Calvino introdujo el canto congregacional en el culto. Y, como parte muy central y esencial del culto reformado, agregó la predicación y proclamación de la Palabra de Dios. No hay culto reformado si no hay proclamación de la Palabra. La comunión la interpretó como un acto  espiritual rechazando la postura luterana, llamada consubstanciación y la del Pastor Zwinglio, de la ciudad de Zurich,  que era considerada solamente como un acto puramente simbólico.
Iglesia Reformada siempre reformándose.
Hoy día nos conocemos como Iglesias Presbiterianas por la forma de gobierno formado por personas, llamadas Ancianos[6] de Iglesia que forman el Consistorio,  elegidas por la congregación. Y por la teología Calvinista principalmente,  nos conocemos como Iglesias Reformadas.[7]  En los primeros años del Siglo 17 apareció en algún documento de las Iglesias Reformadas de Holanda la frase que dice: Iglesia Reformada Siempre Reformándose.[8]
1.Eso quiere decir que la Iglesia de Cristo tiene que estar revisando sus estructuras y sus prácticas. Como comunidad de fe, como congregación  tenemos la obligación de revisar o evaluar, si estamos siendo fieles a la Palabra de Dios, personalmente y como iglesia local y nacional. A la luz de las Escrituras tenemos que ver si  estamos cumpliendo con la Misión que Cristo  nos ordenó: la misión evangelizadora, la misión educativa, la misión de servicio al prójimo y la misión profética. Y si no estamos cumpliendo hay que preguntarse cuáles son las causas por las que no cumplimos como Iglesia de  Cristo nuestra misión en el mundo y ser flexibles para cambiar lo que está fallando. Eso, es en parte lo que quiere decir “Iglesia siempre reformándose.”
2.Se pudiera decir que esa frase  está inspirada en la Carta de San Pablo a los Romanos 12.1-2: “Por el amor entrañable de Dios les pido hermanos que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa, y agradable a Dios. Ese ha de ser su auténtico culto. Por supuesto que es importante reunirse para adorar y a alabar a Dios juntos como Iglesia, pero si no vivimos a diario y en el mundo las demandas de la Palabra de Dios, el culto de cada domingo no vale nada! Por eso dice Pablo:   No se amolden a los criterios de este mundo, al contrario, déjense transformar y renueven su manera de pensar, de tal manera que sepan comprender lo que Dios quiere de ustedes.”
Ese texto nos obliga a pensar que la Reforma de la Iglesia tiene que comenzar con la Reforma de nosotros mismos, como personas. Calvino tenía un lema que reflejaba su interior espiritual: cor meum velo mactatum Deo in sacrificio offero (Deseo ofrecer mi corazón a Dios en sacrificio vivo).Un corazón con una flama ardiendo sobre una mano era su símbolo.  Es decir que el verdadero culto  que debemos a Dios es hacer una entrega total de nosotros mismos a Dios y comprometernos sinceramente a practicar una  vida que responda a la voluntad de Dios. Eso es lo que veo que hicieron los Reformadores! La Reforma Protestante se dio porque hubo hombres y mujeres comprometidos personalmente con el Señor y Dueño de la Iglesia, Cristo Jesús,  y estuvieron dispuestos a pagar el precio de ese compromiso! [9]  
3.Sin esa entrega y compromiso personal  con el Evangelio de Jesucristo no puede haber Reforma ni de nosotros mismos, ni de la Iglesia.  Aquí, en las palabras del Apóstol Pablo, Dios nos llama hoy  a entregarnos sin reservas al Señor, es decir a comprometernos a seguir a Cristo, no solamente asistiendo a los cultos dominicales, sino siendo sus testigos en el mundo, en nuestro caso, un mundo de violencia, guerra e inseguridad! Ese es el verdadero culto y no la mera asistencia al templo y cumplir con un ritual! Esa entrega nos mueve a buscar qué es lo que Dios quiere de nosotros mismos como personas pero a la vez como comunidad de fe, como congregación local, y como Iglesia nacional!
Teniendo claridad acerca de la voluntad de Dios,  se Reforma la Iglesia
La voluntad de Dios en el N.T.
1.Pero ¿en dónde empezar? Esta mañana nos referimos únicamente al Capítulo 12 de la Carta a los Romanos. El texto de Pablo prácticamente dice: déjense transformar,  renueven su manera de pensar con la finalidad que puedan comprender cuál es la voluntad de Dios.” Los cristianos que estaban en Roma vivían también una situación de violencia  e inseguridad. Eran considerados como anti-ciudadanos romanos y como paganos porque no adoraban al Cesar ni a los dioses romanos! Pablo  mismo finalmente fue sacrificado en el año 65 bajo la persecución de Nerón. Era muy difícil realmente ser cristiano en esos tiempos. Hoy también es muy difícil ser un verdadero cristiano aun en estos tiempos. Pues bien, el mismo capítulo doce enlista una serie de directrices para la Iglesia en la Roma del primer siglo y por ser palabras inspiradas por Dios, todavía tienen validez para nosotros.  Practicarlas en nuestro diario vivir, cumpliremos en parte, la voluntad de Dios. El resultado de esa práctica reformará nuestras vidas y nuestra Iglesia. Rápidamente hagamos una lista de lo que recomienda el Apóstol Pablo para una práctica de la vida Cristiana.  (Pedir que vean el Texto mismo).
La  voluntad de Dios en el A.T.
2. Por otro lado, el pasaje de Isaías leído esta mañana es otro texto que nos ilumina muy claramente que es lo que Dios quiere que su Pueblo practique en la vida diaria y no solamente a nivel personal sino a nivel de sociedad. El mensaje del profeta Isaías que leímos en ese capítulo  58, encontramos indicaciones muy claras de lo que Dios quería de su Pueblo en aquél tiempo y, eso mismo, es lo que Dios quiere de su Pueblo, de su Iglesia hoy día y aun de la sociedad civil misma. Veamos el texto mismo en Isaías 58 y leamos con cuidado lo que para Dios es muy importante ayer y hoy. (Comentar sobe los Migrantes)
En un libro pequeño titulado Seguir a Jesús, el camino de la ética cristiana, dice “No existe en el A.T., otro concepto de importancia tan central para las relaciones vitales del ser humano como el de la justicia…No  sólo mide las relaciones entre los seres  humanos entre si, sino aun con los animales y e medio ambiente natural ( la  creación entera).”[10]  Eso quiere decir que la práctica de la justicia es el valor más grande que el Dios de Jesucristo demanda que se practique. Por eso, Jesús mismo dijo “Busquen primeramente el Reino de Dios y su Justicia…”
Esos textos nos revelan que el Dios que adoramos y deseamos servir, es un Dios profundamente preocupado por la justicia. Sin esa práctica a nivel personal, a nivel de Iglesia, y de la sociedad, los cultos religiosos no tienen ningún valor, tal como lo afirma el profeta y campesino Amos 5.21.24:Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas…Quiten de mí la multitud de sus cantares pues no escucharé la música de sus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas y la justicia como impetuosos arroyos.”
Cuando los cristianos a nivel personal practicamos la justicia en el hogar, en el trabajo, en el negocio, y cuando la Iglesia, a la cual pertenecemos,  preocupada por vivir y cumplir   la voluntad de Dios, ésta  se convierte en un medio de servicio al prójimo necesitado (como a los migrantes hoy día), y cuando cumple su misión profética denunciando las injusticias en la sociedad–cueste lo que cueste– entonces, y sólo entonces, podemos decir que somos Iglesia de Dios, de Cristo! Entonces, dice el Señor “Me invocarás, te dirá Jehová; clamarás, y dirá: heme aquí…si dieres tu pan al hambriento y saciares el alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz… “ Entonces podremos decir que somos una Iglesia Reformada por la Palabra de Dios y reformándose por esa misma Palabra para gloria de Dios!
Iglesia Presbiteriana “Dios con Nosotros,” Col. Casas Alemán, México. D.F. Octubre 23, 2011.


[1] W. Stanley Rycroft, Religion and Faith in Latin America, The Westnminster Press, 1958, p.13.
[2] W.M. Nelson, Diccionario de Historia de la Iglesia; Editorial Caribe, 1989. Miami, pp394-395.
[3] “La Biblia del Oso,” Artículo de Guillermo Cabrera Leiva, Cubano Presbiteriano, Revista Américas, No. 6.,Re-editado por La Sociedad Bíblica en el Ecuador.” 1972. Llamada “Biblia del Oso” por el “ornamento tipográfico que aparecía en la página inicial, de un oso goloseando un panal de miel colgado de un árbol. El dibujo se originó en Baviera, como emblema comercial del impresor, Matías Apiario (apicultor). Representa la pugna de los cristianos ,las abejas, y el Enemigo, el oso, que procura destruir la obra evangélica.
[4] El Concilio Vaticano Segundo (1962-65),  aprobó la siguiente declaración: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio (n.1) y agrega ,”El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino  a su servicio.” (n.10) Pablo Richard, Memoria del Movimiento de Jesús, Dabar, 210, p.393.
[5] JUSTO l. González, Ed., Diccionario Ilustrado de Intérpretes de la Fe,  CLIE: Barcelona, 2004. P.356.
[6]  La palabra “presbiteriano “ viene del griego del N.Y. presbútero, que quiere decir “anciano.” Es decir, gobierno de ancianos.
[7] En 1529 hubo una discusión entre representantes Luteranos y representantes de las Iglesias de Suiza sobre la Comunión. Como no pudieron ponerse de acuerdo para una forma de celebrar la Comunión, los Luteranos tildaron a los Suizos de Reformados. De allí en adelante las Iglesias en Suiza, Francia y llamaron Iglesias Reformadas.
[8] Jaques Curvoisier, Ulrich Zwingli, a Reformed Theology, John Knox Press, 1963, p. 56
[9] Lutero: En la Dieta de Worms de 1521. “…no quiero ni  puedo retractarme, que dios me ayude!” Y los príncipes alemanes en la Dieta de 1529: “Protestamos ser fieles a nuestro Señor J.C., y su Palabra cueste lo que cueste!”
[10] Juan Pablo Lederach,  Seguir a Jesús, el camino de la ética,Comité Central Menonita, A.c.,, México,
1993, p. 55.

José Luis Velazco Medina


José Luis Velazco Medina es Pastor Presbiteriano (jubilado); Iglesia Nacional Presbiteriana de México. Profesor de Teología Reformada; Seminario Teológico Presbiteriano de México, en diferentes tiempos. Últimamente 1999-2007. México, D.F. México.