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sábado, 16 de julio de 2016

Misericordia y protestantismo.



¿Cuándo encontraré un Dios misericordioso?
(Martín Lutero)

La gran pregunta de arranque de lo que supuso para Europa la Reforma Protestante no fue tanto que Martín Lutero clavase sus 95 tesis sobre la puerta de la Catedral de Wittemberg, un 31 de octubre, para dar inicio a un debate teológico, sino su propia experiencia personal ante esta búsqueda del Dios misericordioso.

Es cierto que se ha fijado el episodio de las 95 tesis, por su contenido y significado, como la fecha que se celebra anualmente como inicio de la Reforma, no obstante, tanto en los precursores de la Reforma como Juan Hus (1372-1415) en Bohemia o John Wyclif (1320-1384) en Inglaterra, como en los reformadores posteriores lo importante era la autenticidad en la relación con Dios.

Martín Lutero (1483-1546) entendió un día que Dios no era un juez que pesaba en su balanza los méritos humanos, sino un Padre, que en su misericordia, quería sacar a su criatura de su caída y hacerla participar de su santidad y de su felicidad. Descubrió que el corazón de Dios es la bondad, la misericordia y la gracia.

Los reformadores desde diferentes ángulos y fuentes, Lutero (reformador en Alemania) se inspiraba principalmente en el apóstol Pablo, Bucero (reformador en Estrasburgo) en los evangelios oOecolampadio (reformador en Basilea) en los escritos joánicos, llegan a la misma conclusión: Dios es amor. Esta convicción se impone en ellos para enfrentarse a la teología nominalista y escolástica de la época, rígida y dogmática, para subrayar la importancia de la gratuidad, de la gracia, en su relación con Dios.
Predicarán a favor de un Dios muy distinto al que se predicaba en la Edad Media, más sostenido en el miedo y el pago de indulgencias, que apuntaba al Dios-Juez implacable, ante el que solo podían encontrarse a través de las mediaciones, fundamentalmente de la iglesia. Las personas solo podían enfrentarse a sus angustias, y en la época eran notables, a través de remedios relacionados con el sacrifico, de sumisión, económico o de absolución sacerdotal. Las reliquias o los santos ofrecen un contacto casi físico con la divinidad. Posteriormente la Iglesia Católica ha hecho también su propia reforma o “aggiornamento”, sin embargo algo de ese acento perdura.

Paul Tillich, teólogo alemán del s. XX, señala que este acento se sitúa sobre la realidad de la presencia de Dios en ciertos lugares, objetos, instituciones, textos y ceremonias. A través de ellos Dios tiene un rostro concreto y se hace tangible. El acento de la reforma protestante es iconoclasta, rompe con la imagen, pero también con el dogmatismo, eclesiocentrismo, ritualismo y sacramentalismo. La presencia de Dios no es material sino espiritual. La relación con Dios es un acontecimiento por medio del Espíritu y no por medio de una institución. Tillich señala que ambos acentos se necesitan y son complementarios, aunque de manera conflictiva.

Este cambio de acento, como en la experiencia existencial de Lutero, se produce en los reformadores protestantes insistiendo en el Dios de amor. Subrayaran diferentes aspectos, por ejemplo Zwinglio(reformador de Zurich) insiste en el buen pastor (Juan 10, 11-14), Martín Bucero cambiará en todas las liturgias de Estrasburgo la invocación de Dios por la formula bíblica de “Padre”. Juan Calvino(reformador de Ginebra) dice que lo que importa es contemplar el rostro benigno de Dios: “Si tenemos la menor chispa de la luz de Dios, que nos descubre su misericordia, somos suficientemente iluminados para tener una firme seguridad”.

Para el protestantismo la relación con la misericordia de Dios es una palabra de liberación, de perdón que ofrece confianza y compromiso. Los reformadores buscaran confrontar a cada persona con la Palabra de Dios, en la Biblia, la predicación y los sacramentos, para que cada uno encuentre una relación saludable con Dios, una relación auténtica. Es a partir de esta relación, por medio de la acción del Espíritu, que la misericordia se traduce en compromiso con la humanidad, para que la igualdad, la justicia, la ética y la paz alcancen a toda criatura. Apelarán a la libertad de conciencia, como compromiso responsable con ese Dios de amor, y al sacerdocio universal de todos los creyentes, como compromiso comunitario e igualitario, para la transformación de la sociedad en la perspectiva del Reinado de Dios.

Un ejemplo claro de esta misericordia y su extensión a toda criatura fue la Declaración de Barmen(1934), a cuyo Sínodo asistieron por ejemplo Karl Barth o Dietrich Bonhoeffer, que afirmó que “la Iglesia es una comunidad de hermanos unidos en el amor de Cristo y rechaza cualquier doctrina que pretenda que deje esta convicción para supeditar su mensaje a los vaivenes de la política (Efesios 4, 14-16)”. Frente a la barbarie del nazismo, la misericordia –amor de Cristo– no permitía a la iglesia ser cómplice del desprecio por la vida de algunos seres humanos, judíos, por ejemplo.

Hoy necesitamos de este compromiso con la misericordia de Dios para no ser cómplices de ninguna clase de barbarie, por cierre de fronteras, exclusión social o cualquier otro tipo de discriminación. Lutero encontró al Dios de misericordia e hizo de Él su bandera en el compromiso a favor de la libertad cristiana.

Publicado en la revista “Entre Paréntesis” (13 de julio de 2013)

lunes, 4 de abril de 2016

María era protestante.


La virgen María creía en las cinco solas de la Reforma protestante.
Damas y caballeros, hermanos y hermanas, tengo algo emocionante que contaros hoy. ¡María era protestante! “¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero estás bien de la cabeza, Will?” Tranquilos, calmaos un poco. Me explico. Sé perfectamente que María vivió quince siglos antes de que sucediera la grandiosa Reforma protestante. 

Sé que la palabra ‘protestante’ no fue usada para aludir a los evangélicos hasta el 1529. Y también sé que María nunca se topó con Lutero ni Zuinglio ni Calvino por la calle. No obstante, cuando digo que María era protestante, me refiero a que su doctrina era cien por cien evangélica. 

“¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero te falta un tornillo, Will?” Tranquilos. Ahora viene la exposición. Nos vamos a enfocar en diez versículos poderosos que se hallan en Lucas 1:46-55. Se trata de una sección del Nuevo Testamento conocida como el Magníficat en la cual María alaba al Señor por la noticia de que ha de ser madre del “Hijo del Altísimo” (1:32). 

En aquella alabanza, la virgen se refiere (inconscientemente) a lo que hoy día conocemos como las ‘cinco solas’ de la Reforma protestante. Aquí están: 

 01.- Sola Scriptura El principio formal de la Reforma fue ‘Sola Scriptura’, es decir, que la suprema norma de fe y conducta para el creyente es la bendita Palabra de Dios. Es fácil observar cómo el cántico de María está repleto de citas bíblicas. Es como si María hubiera sacado sus palabras de alabanza directamente de 1 Samuel 2:1-10. Además de 1 Samuel hay alusiones a los Salmos y al libro de Génesis en tan solo diez versículos. Cuando proclama que Dios, “esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos” (vv. 51-52), podría haber estado pensando en Faraón, Coré, Amán, Nabucodonosor, Belsasar o en algún otro rey malvado de Israel o Judá. Con todo, a pesar de su juventud, María era una mujer versada en las Escrituras y se gozó en dar a conocer el contenido de las mismas. 

 02.- Sola gratia El cántico de María se centra en las proezas y maravillosas hazañas del Todopoderoso. Mira la cantidad de cosas que Dios hace en estos pocos versículos: “Ha mirado la bajeza de su sierva”, “me ha hecho grandes cosas”, “Hizo proezas con su brazo”, “Esparció a los soberbios”, “Quitó de los tronos a los poderosos”, “Exaltó a los humildes”, “Colmó de bienes a los hambrientos”, “Envió vacíos a los ricos”, “Socorrió a Israel”, “Se acordó de la misericordia de la cual habló”. ¡Diez acciones divinas en cuestión de diez versículos! María se regocijó en la soberanía, la grandeza y la fidelidad del Omnipotente. Es su pura gracia la que le lleva a levantar a “siervas” como María para glorificar su nombre. María sabía que el milagro de la encarnación no tenía nada que ver con su supuesta bondad ni potencial humano sino únicamente con la gracia de la Roca de Israel. 

 03.- Sola fide La fe es omnipresente en el Magníficat de María. Es la fe de Dios en María la que produce su gran alegría en el Señor, la que le hace gloriar en su bajeza humana y la que le hace recordar las preciosas promesas del Señor. “Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre” (vv. 54-55). Es decir, María ubicó el nacimiento del Mesías dentro del contexto del pacto que Dios había hecho con Abraham siglos antes. La fe se aferra celosamente a las promesas del Altísimo. En palabras de J.C. Ryle, “Aprendamos del ejemplo de esta santa mujer a asirnos con firmeza de las promesas de la Biblia, pues esto es de la mayor importancia para conservar nuestra paz interior”. 

 04.- Solus Christus Como acabamos de comentar, María se gozó en la noticia de que el Cristo iba a nacer ya que Dios iba a cumplir la promesa que había hecho a Abraham. Cristo es el cumplimiento de todas las promesas de Dios. Cristo es el Sí y el Amén del Señor. Gracias a su fe en la promesa de Dios, María pudo levantar en alto el nombre de “Dios mi Salvador” (v. 47). En el Evangelio de Lucas, los términos relacionados con la salvación se emplean una y otra vez para referirse al ministerio de Jesús. Lucas 19:10 es un buen ejemplo: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. María entendió que la salvación de Dios alcanza al ser humano a través de la simiente de Abraham, a saber, Jesucristo. María se regocijó en el fruto de su vientre porque aquel hijo iba a ser luz para revelación a los gentiles “y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:32). La alabanza de María era una alabanza cristológica. 

 05.- Soli Deo gloria María no quería darle la gloria a nadie sino solo a Dios por su tremenda obra de salvación. ¡Toda la gloria para el Señor! ¡A Él, a Él y sólo a Él! Empieza María diciendo, “Engrandece mi alma al Señor” (v. 46). A lo largo de los siglos, éste ha sido el clamor del pueblo protestante: ¡sólo a Dios sea la gloria porque sólo Él es digno, sólo Él es santo! “Santo es su nombre y su misericordia es de generación en generación a los que le temen” (vv. 49-50). 

Si María estuviera entre nosotros hoy, no soportaría que nadie se gloriase en otra cosa que no fuera el Rey de gloria. Conclusión Con todo lo antedicho, queda claro a la luz del Magníficat que la madre del Señor Jesús, María –esposa de José- estaría totalmente de acuerdo con las cinco solas de la Reforma protestante. Se gloriaría en la ‘Sola Scriptura’ porque vivía saturada de la Palabra; en ‘Sola gratia’ porque reconoció que todo lo bueno desciende de Dios; en ‘Sola fides’ porque confiaba en lo que Dios había profetizado; en ‘Solus Christus’ porque a través del Hijo del Todopoderoso recibió el perdón de sus múltiples pecados; y en ‘Soli Deo gloria’ porque sólo quería vivir con el fin de darle al Señor toda la gloria que le correspondía. Así que sí, estoy bien de la cabeza. Y no, no me falta ningún tornillo. Y vuelvo a recordaros una vez más lo que hemos visto hoy: María, por lo menos en su doctrina, era cien por cien evangélica. ¡María era protestante! Ahora que lo sabes, ¿por qué no se lo cuentas a alguien? ¡Adelante!