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domingo, 20 de julio de 2014

Origen del día del amigo.


20 de julio - Día del Amigo


El día internacional del amigo tiene origen en Argentina, sí, en nuestro país; y se lo debemos a Enrique Ernesto Febbraro, profesor de psicología, filosofía, historia músico y odontólogo. Vivía en Lomas de Zamora, fue socio fundador del Rotary Club de San Cristóbal de Buenos Aires, barrio en donde nació por el año 1924 y en el que vive actualmente. Es socio fundador y ahora honorario del Rotary Club de Once, de dicha ciudad.

“Un amigo no da consejos, ayuda, acompaña”, define Enrique Ernesto Febbraro, el hombre que el 20 de junio de 1969 inventó el “Día del Amigo”. Y completa: “la amistad es casta: si se mezcla con sexo, ya es otra cosa. Y tanto con un hombre, como con una mujer, tiene que estar fundada en el respeto”.
“Un padre que da consejos es un padre, ¡pero jamás un amigo!”, retruca desde su casa del barrio porteño de San Cristóbal al mismísimo Martín Fierro de José Hernández.

Casi como al pasar, asegura que Hernández pifió el renglón cuando puso en boca de Martín Fierro la imagen de un padre consejero y camarada.

Los únicos consejos válidos para Febbraro son aquellos que ayudan a conservar y mejorar la amistad y en el deber humano de tener amigos, empezando uno mismo por ser amigo”, señala.
El 20 de julio de 1969 mientras miraba por tevé la llegada del hombre a la Luna, se prometió a sí mismo que ese sería para siempre el Día del Amigo.

Antes de que la Apolo 11 regresara a la Tierra, desde su consultorio de Lomas de Zamora, donde vivía entonces, envió mil cartas a cien países y, a vuelta de correo con 700 respuestas, había quedado fundado el Día del Amigo.

Cuando Neil Armstrong pisó la Luna y dio “un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad”, consideró que había madurado su idea de dedicarle un día al amigo.. “Escuché que el alunizaje del módulo era un gesto de amistad, desde la humanidad hacía el universo. ¡Ya está, es el día elegido!, dije. Hoy se celebra en unos cien países y esta en la agenda del corazón de los argentinos”.

Febbraro enviudó dos veces de mujeres que empezaron siendo sus amigas y le dejaron lo que él llama su tesoro: dos hijos y cuatro nietos.
El profesor señala que “entre un hombre y una mujer siempre subyace el deseo, pero si se lo supera, la amistad prospera. El matrimonio –aunque es una institución que une intereses diversos— siempre llega al minuto donde surge la amistad”.

En conversación con el director de Prensa Rotaria, Néstor C. Sarandria, el Dr. Febbraro, enfatizaba : "Mi amigo es mi maestro, mi discípulo y mi condiscípulo. Él me enseña, yo le enseño. Ambos aprendemos y juntos vamos recorriendo el camino de la vida, creciendo. Sólo el que te ama te ayuda a crecer".
Su tarea se llevaba a cabo con un lema: "Un pueblo de amigos es una Nación imbatible", a la vez que destacaban que sería una celebración ética, sin fines de lucro ni de fomento al consumo.
Visitó organismos nacionales, gubernamentales, municipales, políticos, religiosos, personas notables y amigos para que adoptaran la idea y luego la difundieran en sus áreas de influencia.
Poco a poco fue logrando su cometido, primero fue el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires que con su decreto Nº 235/79 autorizó la celebración y le dio un marco legal. Luego se fueron sumando distintas entidades y extendiéndose por toda la Argentina y por algunos países de América Latina.

Para el Dr. Febraro, con el día del alunizaje se amplió el horizonte, conquista ésta de la humanidad toda, con la consiguiente posibilidad de estrechar nuevos lazos de amistad.

Su iniciativa tuvo éxito, ya que cada 20 de julio, en muchos países, los amigos esperan reunirse y dedican un día a la Amistad. Pero es importante recordar que la Amistad es vivida cotidianamente, durante los 365 días del año.

Dicha cotidianeidad es expresada claramente por Cunninghan: "Amigos son aquellos extraños seres que nos preguntan cómo estamos y esperan a oír la contestación ".

El Dr. Enrique Ernesto Febbraro fue candidato dos veces al premio Nobel de la Paz.

Para conservar la amistad

De su experiencia saca un listado para conservar la amistad:
  • Un amigo no aconseja, se mete en el problema, se embrolla, y ayuda al otro.
  • Mi amigo es mi maestro, mi discípulo y mi condiscípulo.
  • Los sacramentos de la amistad son: simpatía, ternura, respeto, reciprocidad, lealtad, comprensión, desinterés, solidaridad, perseverancia y alegría.
  • Hace falta callar, aunque se tenga razón, porque dos no pelean si uno no quiere.
  • No hacer o decir nada que lastime u ofenda al otro.
  • Acompañar siempre: en la soledad, el dolor o la alegría.
  • Aceptar a las personas como son y querer hasta en el mínimo detalle, sin esperar recompensa.
  • Olvidar los propios problemas y escuchar con oído y corazón de amigos.
De todo su anecdotario, Febbraro desnuda una pena: “Escribí a la NASA, pero nunca me contestaron”.
Al celebrar el Día del Amigo honramos a su creador, el doctor Enrique Febbraro, ilustre personalidad que dedicó su vida a promover y realizar fundamentales obras de solidaridad, cultura y altos ideales de progreso.
Al servicio de la creación del “Día del Amigo”, el 20 de julio y el de “Día Internacional del Amigo”, en octubre, “hice enormes inversiones de tiempo, esfuerzo y dinero, para que la gente conozca mis cantos de vida y esperanza; también es cierto que no se me ofrecieron muchas oportunidades para que explique el verdadero porqué de esa monumental tarea –dice en una nota que recibimos.”
Su “curri” incluye más de veinte páginas donde se informa de premios, distinciones y reconocimiento de todas partes del mundo. Pero la realidad señala que la creación de estos días memorables, que honran a la amistad, la llevó a cabo Febbraro solo, poniendo al servicio del ideal su tiempo y sus bienes. Saludamos con profundo afecto y veneración a este gran argentino, que bien merece ser ejemplo de honestidad, ética y virtuosa vida.

Fuente: prensarotaria
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viernes, 20 de julio de 2012

Cristo, un amigo exigente.



El camino para llenarse de Cristo no ha cambiado desde que El apareció sobre la tierra. 

Eran tres hermanos, buenos amigos de Cristo. Se llamaban Marta, María y Lázaro. En su casa de Betania hospedaban a Jesús siempre que iba o regresaba de Jerusalén y con su amable acogida no pocas veces hicieron olvidar, por un momento, la dureza de corazón de aquella ciudad.

Jesús les correspondió como siempre que encuentra tan buena recepción: desbordó sobre ellos toda su amistad, simpatía y buen humor. 

Eran, pues, cuatro buenos amigos.

El Evangelio nos presenta unas páginas de la historia de esta amistad. Un poco desconcertante, quizá, para los que todavía no conocemos con profundidad a Cristo y su original amistad.

Sucede que se enferma Lázaro y sus hermanas mandan un mensajero a Jesús para avisarle. Aquí tenemos una primera prueba de la amistad de Cristo: ellas, que lo conocen tan bien, no dudan en hacerle partícipe de su dolor. Y lo hacen, además, con arte y delicadeza típicamente femeninas: "Señor, tu amigo está enfermo". ¡Qué confianza en Cristo! Conociendo el peligro que correría Jesús si fuese a Betania -los sumos sacerdotes habían puesto precio a su cabeza- no le quieren obligar con una petición abierta. Sólo le manifiestan su necesidad y le reiteran su confianza. Haga lo que haga, saben que Él seguirá siendo su amigo.

Jesús despide al mensajero sin ningún recado y da largas al asunto. El evangelista Juan sale al paso de la duda del lector: "Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro". Sí, pero... "se quedó allí otros dos días". ¡¿Cómo?! ¿Y eso es amistad?!! Jesús mismo es el que responde: "Lázaro, nuestro amigo, ha muerto". ¡Nuestro amigo! ¡Ha muerto! Si fuera auténtico su amor por El, ¿no debería haber impedido que muriese?

Y se dirige a Betania. Una tras otra, las dos hermanas le dan noticia envuelta en el mismo reproche: "Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano". También nosotros nos acercamos a Cristo muchas veces con nuestra lista de reclamaciones:

Señor, si Tú hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi padre tan cruelmente atormentado por ese cáncer.
Señor, si Tú no lo hubieses permitido, mi novio no me hubiera abandonado.
Señor, si Tú hubieras estado aquí, seguramente tendría más éxito en mi carrera, en mi familia, en mis negocios...

"Si hubieras estado aquí..." ¿Por qué permitiste ese suspenso -merecido o no-, esa humillación, esa enfermedad, ese egoísmo, esa debilidad, ese dolor? ¿Y por qué se clava en mi carne y me molesta tanto ese mandamiento tuyo? ¿No eres tú mi amigo? ¿Entonces?

Jesús no nos responde todavía. 

Viendo llorar a Marta y a María y a los judíos que estaban a su alrededor, Jesús sollozó y preguntó muy conmovido: ¿Dónde lo habéis puesto? Y volvió a llorar. Los judíos comentaban entre sí: ¡Cómo lo quería! Pero otros: ¿y por qué, entonces, no ha impedido que muera? El que tiene poder para devolver a un ciego la vista, ¿no hubiera sido capaz de impedir la muerte de su amigo?"

¡Claro que sí! Si hubiese querido. Pero su amistad es un tanto especial. No obedece nuestra lógica. Como tampoco siguió nuestra lógica el amor de su Padre, que le fue guiando por caminos poco cómodos hasta la muerte nada honrosa de la cruz, a pesar de ser "su Hijo muy amado, en quien había puesto todas sus complacencias" (Mt 3, 17).

La amistad de Cristo aplica el mismo silogismo que su Padre: a mayor amor, mayor prueba, mayor dolor, mayor sufrimiento. Cuanto más cerca de sí tiene a un alma, le deja tomar, como prueba de amistad y de confianza, mayor parte del madero, la asocia más íntimamente a su obra redentora.

Jesús llora de nuevo ante el sepulcro de Lázaro. No sólo por su amigo, al que va a rescatar de la muerte de un momento a otro, sino también por nosotros. Por cuantos queremos seguirle, sí, pero por otros caminos. Por los que hollamos sus huellas en la arena, pero no entre las piedras y cantos de la vía dolorosa. Por los que convivimos muy contentos con El hasta la fracción del pan y escurrimos el bulto cuando vemos que se proyecta la sombra de la cruz.

Jesús llora. Quizás porque son pocos sus amigos de verdad. Porque quizás son pocos los que han muerto a su egoísmo para que El viva en sus corazones. Y Jesús sólo podrá resucitar a quien antes haya muerto. 

"Lázaro, sal fuera". Morir para vivir, perder la vida para recibirla de manos de Cristo. La eterna paradoja del Evangelio... y de la amistad de Cristo.

Y el camino para llenarse de Cristo no ha cambiado desde que El apareció sobre la tierra: a Cristo se le sigue por la abnegación, a Cristo se va por la cruz. No tenemos que inventar cosas raras para llegar a El. Cada uno lleva a su espalda un cúmulo de defectos que lo separan de su doctrina y, en ellos, en la cruz que nos impone el combatirlos, lo alcanzaremos.

Autor: P. José Luis Richard 
Fuente: Catholic.net