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viernes, 13 de septiembre de 2013

El sepulcro, una oportunidad de encuentro vital.


La mayoría de los seres humanos, por no decir todos, a lo largo de nuestra vida atravesamos por experiencias que podríamos catalogar de sepulcro. Tras la experiencia de “muerte” llega, inevitablemente, el rito de ser sepultado, o lo que es lo mismo, el rito que otras personas hacen por nosotros para introducirnos en la oscuridad, en la nada, en el no-ser.
Con los tiempos que corren, es más que probable que estemos enfrentando situaciones mortuorias de todo tipo: la situación social; las políticas que llevan a las personas a situaciones insostenibles; circunstancias personales, laborales o familiares que parecen no tener solución y que, aparentemente, nos condenan a la sepultura; una sepultura que nosotros no hemos ni provocado, ni generado.
Sin duda, la singularidad de la fe cristiana tiene que ver con la firme convicción de la  resurrección. Las Escrituras afirman que Jesús resucitó y, sin embargo, antes de la resurrección pasó por la experiencia de la muerte, y los suyos por la experiencia de enterrarlo. Mi  pregunta es si algo tan desagradable como la muerte y la tumba es capaz de aportar algún aspecto positivo. Y vamos a intentarlo a través de la narración que a este respecto nos ofrecen los evangelios; por ejemplo, Juan: 20,1-18.
Después de los terribles acontecimientos que habían llevado a Jesús a la tortura y a una muerte violenta e injusta, y a los suyos a una indescriptible experiencia de dolor y decepción, no hay más remedio que enfrentarse a lo inevitable: el sepulcro; ese lugar frío, oscuro y ausente de toda vida.
Al inicio del texto propuesto nos encontramos a María Magdalena, testigo preferencial de todos los acontecimientos, dirigiéndose al sepulcro donde habían enterrado a Jesús, a primera hora de la mañana “cuando todavía estaba oscuro”. Pero, cuando María llega al sepulcro se encontró con algo que no esperaba: sólo un lugar vacío experimentado como pérdida y dolor.
Los evangelios parecen indicar que María Magdalena tuvo una relación muy especial con el Galileo. Ella, junto a otras mujeres, le acompañó hasta el final, al pié de la cruz.
En la narración de Juan nos la encontramos yendo al sepulcro donde habían puesto al maestro, pero cuando llega no se encuentra lo que esperaba. El texto nos dice que vio que “la piedra había sido quitada”, y ella inmediatamente tiene la impresión de que algo no va bien y no se siente con la fuerza necesaria como para mirar dentro y valorar exactamente qué ha pasado. Así que se va a buscar ayuda, concretamente se dirige a Pedro y al “discípulo que el Señor amaba” (Juan) y les ofrece su percepción de los hechos: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.” Con estas palabras, la Magdalena pone de manifiesta su creciente experiencia de vacío, dolor y pérdida. Para ella, la muerte de Jesús ya fue una intensísima experiencia de dolor, pero el sentimiento de vacío y de pérdida ante la piedra movida del sepulcro la superó y buscó una posible explicación.
Me pregunto, cuántas veces en nuestras experiencias vitales hemos compartido los sentimientos de vacío, pérdida y dolor de María y hemos tratado de buscar una explicación, que por otra parte no se adapta exactamente a lo que realmente pasa.
Por lo que parece, María no se siente con las fuerzas suficientes como para afrontar ella sola la situación que se ha encontrado en el sepulcro y comunica a sus compañeros, Juan y Pedro, lo que ella cree que ha pasado: “Se han llevado al Señor…”, y cunde el pánico.
Ante la posibilidad de que la tumba del Señor haya sido profanada, Pedro y Juan se ponen en marcha. Salen corriendo para verificar qué ha pasado exactamente. Al principio salen juntos, pero hay uno que se adelanta y llega primero. Sin embargo, al echar el primer vistazo sólo ve el sudario (mortaja) y se queda tan desconcertado y perplejo que no se atreve a entrar en el sepulcro, como tampoco se atrevió a entrar María. Ni María, ni Juan fueron capaces, en ese momento, de recordar las palabras del Maestro, simplemente no entendían lo que estaba pasando. Entonces, llegó Pedro y él entró y, junto al otro discípulo que, ahora sí, se animó a seguirle, se hicieron cargo de la situación y entendieron lo que no habían entendido hasta entonces, que “Jesús debía resucitar de entre los muertos.” Y sólo en ese momento desaparecen el desconcierto y la perplejidad para dar paso a creer de verdad en lo que Jesús les había dicho. Y el texto nos dice que “los discípulos volvieron de nuevo a su casas”. Y tal vez lo hicieron con muchas preguntas, sin embargo, ante lo que ellos consideran como la constatación de lo que su maestro les había dicho algún tiempo antes, consideran que ya no les queda nada más que hacer, sólo volver cada uno a su vida de siempre. Lo que han visto en el sepulcro, sólo el sudario, les ha dejado desconcertados y perplejos, pero han encontrado una explicación: Jesús les había hablado de su muerte, sí, pero también de su resurrección.
La analogía es clara. Nosotros, ante experiencias “de muerte” y de “sepultura” podemos quedarnos como estos dos discípulos con una especie de explicación que llega a convertirse en una coartada para volver a nuestra vida de siempre, aunque en el fondo sabemos que nunca será igual que antes. No nos gusta el vacío, la pérdida y el dolor, ni vivir desconcertados y perplejos, así que lo más lógico es hacernos cargo de la situación, analizarla, racionalizarla y volver a “nuestras casas” y, con suerte, vivir en paz y lo mejor posible.
Sin embargo, el texto de Juan va más allá del vacío, de la pérdida, del dolor, del desconcierto y de la perplejidad ante una tumba y nos dará una gran lección.
Mientras los dos discípulos verifican la tumba, se convencen de las palabras de Jesús y vuelven a casa, María no se conforma. Necesita saber qué ha pasado con el cuerpo, ¿Por qué no está dónde debe estar? Su desolación es absoluta y, al parecer, por su actitud, la decisión de los dos discípulos de abandonar el sepulcro no acaba de convencerla, y ella se queda; no sabe muy bien para qué, pero se queda.
María llora desconsoladamente junto al sepulcro de su maestro. Sin su cuerpo, sin un lugar de referencia, la pérdida es absoluta y concluyente. No quiere volver a su vida de siempre porque Jesús se la había cambiado de una forma irrefutable, y ahora que todo parece perdido sólo tiene ganas de llorar y de permanecer cerca de lo único que le queda del maestro: una tumba sin cuerpo.
El texto nos dice que, en medio de su llanto, miró dentro del sepulcro y vio “dos ángeles vestidos de blanco” que le hacen una pregunta crucial: ¿Por qué lloras? A ella no se le ocurre nada más que darles la misma explicación que les había dado a los discípulos: “”se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. La consternación de María era tan fuerte que fue incapaz de reconocer a Jesús cuando le hizo la misma pregunta que los ángeles: “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?” Su confusión la lleva a pensar que era el hortelano y le ruega que le de alguna información sobre el cuerpo que ella consideraba sin vida y ausente del lugar que le correspondía: la tumba.
Sin embargo, como siempre, y a pesar de lo que podamos pensar, la vida se abre paso incluso en las experiencias más dolorosas. Cuando Jesús llama a María por su nombre, ella le reconoce, reconoce que la vida ha triunfado y que esa vida la hace capaz de emprender nuevos proyectos relacionados estrechamente con ella: “¡He visto al Señor!”
En la narración de Juan no sólo asistimos a la resurrección de Jesús, se nos da el privilegio de ser testigos de la resurrección de unos discípulos abatidos, incrédulos, vacíos, decepcionados… Y ese sólo fue el principio de un acontecimiento que cambió de forma radical la historia de la humanidad.

Joana Ortega Raya


Joana Ortega-Raya es directora de Lupa Protestante. Licenciada en Teología (Seteca), en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universitat de Barcelona)., Doctora en Filosofía (Universitat de Barcelona) y Master Duoda en Diferencia Sexual (Unversitat de Barcelona). Durante muchos años ejerció como profesora de Filosofia, Biblia y Griego en una institución teológica protestante en Cataluña. Es miembro de la Església Evangélica de Catalunya - Iglesia Evangélica Española (metodista y presbiteriana)

Fuente: Lupa Protestante
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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Literatura de Todos los Santos.



Ensayos y novelas que tratan sobre la pérdida de seres queridos llenan la mesa de novedades ¿Puede servir la escritura para superar la melancolía del duelo?


JORDI SOLER


Para paliar el dolor insoportable de la pérdida, la escritora neoyorquina Joyce Carol Oates empezó a poner por escrito su propia historia frente a la muerte de su esposo. Como durante el proceso de duelo no podía escribir páginas largas, porque la pena y sus fantasmas recurrentes ocupaban la mayor parte de su energía, dedicó aquel periodo oscuro a vaciar su experiencia en textos breves, en una serie de entradas de diario que con el tiempo, y la perspectiva, fue convirtiéndose en Memorias de una viuda, una conmovedora obra literaria. La pérdida y el duelo de Joyce Carol Oates la llevaron a construir una historia por un camino que no había recorrido antes, el de la narración construida a fuerza de fragmentos, y el proceso de escritura de esta obra la ayudó a sobreponerse a la muerte de su esposo.


Situada también en ese territorio terapéutico de la literatura está Meghan O'Rourke, poetisa nacida en Brooklyn que, a partir del duelo que sentía por la muerte prematura de su madre, escribió The long goodbye.

Estas dos historias y otras que tratan la pérdida de los seres queridos y pueblan la mesa de novedades justamente hoy, Día de Todos los Santos, son parientas de El año del pensamiento mágico, que la escritora californiana Joan Didion publicó en 2005, una historia sobre la muerte, que es un tema tabú en Estados Unidos y que empieza con estas líneas contundentes: "La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces se acaba". Didion nos cuenta, en este libro sobrecogedor, la crónica de sus propias acciones, reacciones y reflexiones frente a la muerte súbita e inesperada de su marido.


Estas obras de pérdida y duelo, que además son memorias de una etapa negra y salvavidas de quien las escribe, funcionan también para los lectores que consiguen encontrar en ellas elementos con los cuales encuadrar mejor, y eventualmente reconducir, la onda expansiva de una pérdida.

Reflexionando sobre esto, la poetisa Meghan O'Rourke sostiene, en una entrevista reciente, que este tipo de historias son, entre otras cosas, un espacio público donde se puede conversar, sin ningún riesgo, sobre la pérdida y el duelo, son "una respuesta orgánica a la pérdida".

Estas historias escritas desde el dolor que produce la muerte de alguien muy querido, cuyo filón terapéutico no tiene nada que ver con los libros de autoayuda, han ido llegando en los últimos meses a las librerías, como una versión actual de esa escritura de duelo que ha existido siempre en la literatura, comenzando por Hamlet, ese melancólico arquetípico que va arrastrando la muerte de su padre, una pena que lo parte en dos y que tiene que purgar solo, con una intensidad que es la sustancia de la historia, porque Gertrude, su madre, ya se ha ido con su tío Claudio.

Entre los libros de "respuesta orgánica a la pérdida", para utilizar la terminología de Meghan O'Rourke, que han ido apareciendo en los últimos tiempos están Vidas ajenas,del desasosegante escritor francés Emanuelle Carrere; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron; Correr el tupido velo, donde Pilar Donoso disecciona su historia con José Donoso, su padre; Azul serenidad o la muerte de los seres queridos, de Luis Mateo Díez; Diario del duelo, el oscuro lamento de Roland Barthes por la pérdida de su madre, o Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

El psicoanalista inglés Darian Leader aborda el tema de la pérdida y el duelo en un ensayo, de muy reciente aparición, titulado La moda negra y con el subtítulo Duelo, melancolía y depresión. Leader se puso a trabajar a partir del ensayo Duelo y melancolía de Freud y, desconcertado ante la poca información que encontraba en los libros de sus colegas, recurrió a la literatura y ahí encontró una gran cantidad de obras que lo hicieron formularse la pregunta que dio origen a su ensayo: "¿Podrían las artes ser de hecho una herramienta vital que nos permita dar sentido a las inevitables pérdidas en nuestras vidas?".

Darian Leader, en sintonía con Meghan O'Rourke, la poetisa de Brooklyn que escribióThe long goodbye, ve en este tipo de obras un elemento terapéutico: "El lugar de las artes en nuestra cultura adquiere un nuevo sentido: como un conjunto de instrumentos que nos ayudan a vivir el duelo. Las artes existen para permitirnos acceder al dolor y hacen esto mostrando públicamente cómo la creación puede emerger de la turbulencia de una vida humana. En nuestro uso inconsciente de las artes, tenemos que ir fuera de nosotros para volver adentro".

La autora de Memorias de una viuda, Joyce Carol Oates, dice que el duelo es la más humana de las emociones, pero que se trata de una emoción que va rigurosamente en un solo sentido, porque no puede ser recíproca.

Darian Leader cita en La moda negra a la psicoanalista Ginette Raimbault, y redondea, de una manera involuntaria, la idea de Joyce Carol Oates: "El trabajo de escritores, artistas, poetas y músicos es muy importante para ayudar a sacar a la luz la naturaleza universal de lo que siente una persona en duelo, pero no en el sentido de que todos sentirán lo mismo. Por el contrario: lo que nadie puede entender de mi dolor, alguien puede expresarlo en tal forma que yo pueda reconocerme a mí misma en lo que no puedo compartir".

Entusiasma la idea de Leader, que comparten las dos escritoras, de que estos libros donde un autor exorciza la muerte sirven también de exorcismo para el lector; la literatura, que, como todas las artes, forma parte de las cosas que no sirven para nada, cobra aquí una dimensión terapéutica. La idea es, desde luego, opinable, pero, de entrada, no está mal que en este milenio en donde todo debe tener una utilidad, y producir algún tipo de ganancia, aparezcan de pronto estas obras que tienen, desde el punto de vista de Leader, una utilidad añadida a sus méritos literarios.

No deja de ser curioso que un tema tan grave como la muerte, y el duelo, se trate con más amplitud y generosidad en la literatura que en el mundo del psicoanálisis, donde Leader buscó ideas infructuosamente; quizá se deba a que estos libros escritos desde el duelo son obras que rozan la ficción y que, aunque sean rigurosamente verdad, utilizan recursos narrativos propios de las novelas. Probablemente la muerte, la pérdida y el duelo, son una realidad tan real, tan insoportablemente puntual y veraz, que termina tocándose con la ficción, con ese mundo de mentiras donde las cosas no existen, hasta el día en que se convierten en verdad.

Fuente: elpais.com