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miércoles, 25 de septiembre de 2013

¿Y si el papa Francisco nombra cardenal a una mujer?



Juan Arias

El Pontífice contempla en su agenda reformista recuperar el elemento femenino de los primeros tiempos del cristianismo

¿Una mujer cardenal?

El Pontífice pretende recuperar el elemento femenino de los primeros tiempos del cristianismo
Francisco: “Es necesario el genio femenino. Hoy afrontamos ese desafío”

No se trata de una broma. Es algo que le ha pasado por la cabeza al papa Francisco: nombrar cardenal a una mujer. Quienes le conocen, dentro y fuera de la Compañía, desde antes de llegar a la cátedra de Pedro, aseguran que el primer papa jesuita de la Iglesia está llamado a sorprender cada día no sólo con sus palabras sino también, y sobre todo, con sus gestos. Eso está haciendo en los primeros seis meses de pontificado.

Quienes piensan que Francisco, con su sencillez de párroco de provincia, su lenguaje llano y su sonrisa siempre en los labios es un simple o un ingenuo, se equivocan. Este Papa, que no parece Papa, ha llegado a Roma desde la periferia de la Iglesia con un programa bien concreto: cambiar no sólo el aparato herrumbroso de la maquinaria eclesial sino también resucitar el cristianismo de los orígenes.

El simbolismo de sus gestos empezó desde que apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, vestido de blanco, diciéndose “obispo” y pidiendo que la gente de la plaza lo bendijera. No perdió desde entonces un minuto para sembrar de gestos inesperados su primeros meses de pontificado con espanto de muchos, dentro y fuera de la Iglesia.

Y lo seguirá haciendo. Por ejemplo, con este plan de hacer cardenal a una mujer. Sabe que el tema femenino dentro de la Iglesia está sin resolver y que no puede esperar. Lo ha dejado claro con dos frases lapidarias en su última entrevista a Civiltá Católica: “La Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer”. No es sólo una afirmación. Es una acusación. La frase se puede leer también así: “La Iglesia no está aún completa porque en ella falta la mujer”.

Francisco considera que resolver el tema de la mujer dentro de la Iglesia ya es algo impostergable

¿Cómo introducir en la Iglesia esa pieza esencial, sin la cual, la Iglesia “no puede ser ella misma”? Lo ha dicho en la misma entrevista: “Necesitamos de una teología profunda de la mujer”.

Y esa teología, da a entender el papa, no puede ser construida en el laboratorio del Vaticano, apadrinada por el poder. La están ya construyendo las mujeres dentro de la Iglesia: “La mujer está formulando construcciones profundas que debemos afrontar”, dice.

Francisco quiere resolver ese problema durante su pontificado porque está convencido que la Iglesia de hoy está manca y coja sin la mujer en el lugar que le correspondería, que sería ni más ni menos que el que ya tuvo en los inicios del cristianismo, donde ejerció un enorme protagonismo. Por lo menos hasta que Pablo acuñó su teología de la cruz y jerarquizó y masculinizó a la Iglesia.

El papa sabe que para llevar a cabo la revolución que tiene en mente necesita “escuchar” a la Iglesia, no sólo a la de arriba, sino también a la de abajo, donde se están llevando a cabo, por parte de la mujer, “construcciones profundas”.

Puede haber cardenales que no sean sacerdotes, basta que sean diáconos

Podría sin embargo, abrir camino él mismo con algunos gestos que obligarían a colocar con urgencia el tema de la mujer sobre el tapete, o si se prefiere sobre “el altar”. Y uno de esos gestos sería nombrar cardenal a una mujer. ¿Que es imposible? No. Hoy, según el derecho canónico, puede haber cardenales que no sean sacerdotes, basta que sean diáconos.

Pero es que la mujer, podría decir alguien, hoy no puede aún ser diaconisa, como lo era hace 800 años y sobre todo en las primeras comunidades cristianas. Pues esa es también una de las reformas que Francisco tiene en la cabeza. No se trata de ningún dogma. La mujer podría ser admitida al diaconado mañana mismo.

Como ha escrito Phyllis Zagano, de la Universidad de Loyola de Chicago, la mayor experta de la Iglesia en este tema, “el diaconado femenino no es una idea para el futuro. Es un tema de presente, para hoy”. Y cuenta que había abordado el tema con el cardenal Ratzinger, antes de ser papa, y que le respondió: “Es algo en estudio”. A Benedicto XVI se le quedó en el tintero, pero el papa Francisco podría acelerar el proceso. Ya hoy, la Iglesia Apostólica Armenia y la Ortodoxa Griega, ambas unidas a Roma, cuentan con diaconisas.

Llegada la mujer al diaconado, puede ya, sin cambiar el actual Derecho Canónico, hacer a una mujer cardenal con el título de diaconisa. Más aún, bastaría cambiar la actual normativa para permitir que un laico, y por tanto una mujer, pueda ser elegida cardenal, ya que ha habido por lo menos dos casos en la Iglesia en que fueron nombrados cardenales dos laicos: el Duque de Lerma en 1618 y Teodolfo Mertel en 1858.

El cardenalato no implica consagración presbiterial ni episcopal, es un puesto de consejero del papa

El cardenalato no supone la consagración presbiterial ni episcopal. Los cardenales son consejeros del papa y su función principal es elegir al nuevo sucesor de Pedro. ¿Hay algún inconveniente en que una mujer pueda dar su voto en el silencio del cónclave? ¿Su voto valdría menos que el de un varón?

Un jesuita me decía: “Conociendo a este papa, no le temblaría la mano haciendo cardenal a una mujer y hasta le encantaría ser él el primer papa que permitiese que la mujer pudiera participar a la elección de un nuevo papa”.

Cuando Francisco, en su larga entrevista, insiste en que no quiere hacer los cambios precipitadamente y que antes prefiere “escuchar” a la Iglesia, es porque esos cambios, algunos sorprendentes, los tiene ya en mente, quizás bien enumerados. Quiere sólo presentarlos con el aval no sólo de la jerarquía sino del pueblo de Dios.

Con este Papa, como diría Federico Fellini: “La nave va”. Con Francisco, los pilares de la Iglesia se empiezan a mover. Y muchos empiezan a temblar. De miedo. Dentro, no fuera de la Iglesia. Fuera empiezan a resonar más bien las notas del estupor y hasta de la incredulidad. “Con este papa casi me están dando ganas de hacerme católica”, escribió ayer una lectora en este diario.

Algo se mueve, y quizás irreversiblemente en la Iglesia justo en el momento en el que en el mundo laico y político, en el campo de la modernidad, los relojes parecen haberse parado todos a la vez.

sábado, 5 de mayo de 2012

¿Obediencia a la ley o a las Escrituras?



Esta prestigiosa teóloga norteamericana recoge la difícil situación que atraviesa el cardenal de Viena y los párrocos austríacos tras la reprimenda papal de Jueves Santo. A la vista de este y otros ejemplos, como el de las sacerdotisas de Roman Catholic Women Priests, se pregunta si debemos obedecer a la ley o a las escrituras.
“No parece que esto se desvíe, todo lo contrario, de la visión que de Benedicto, antes bien nos emboca hacia ella: una iglesia mucho más reducida pero totalmente obediente a “la ley”.
Publicado por Phyllis Zagano en National Catholic Reporter. Abril 2012

Ahora le ha tocado el turno al cardenal de Viena, Christoph Schönborn, quien corre el riesgo de escaldarse. Él y un grupo de sacerdotes y diáconos austríacos recibieron toda una reprimenda papal el Jueves Santo.
El silbato romano sonó estridente: no se ordenarán mujeres ni hombre casados.
¡Vágame Dios! ¿Qué puede hacer un príncipe de la iglesia (e hijo de un conde)? Al fin y al cabo, Schönborn fue alumno de Joseph Ratzinger en Regensburg, Alemania, enseñó teología dogmática enla Universidadde Friburgo (Suiza) y fue miembro de la Comisión Teológica Internacional y responsable de la revisión del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992.
Ahora su antiguo profesor, el papa, reprende a sus curas (no directamente, claro) el mismísimo Jueves Santo. Benedicto también le envió una carta a Schönborn. ¿Se imagina que tratara de mujeres?
Schönborn ya se las había visto con Benedicto anteriormente. En 2009, en el transcurso de unas reuniones de emergencia con los obispos austríacos, convocadas por el mismo papa, el cardenal le entregó a Benedicto XVI una petición: “Iniciativa de los fieles”. En ella se pedía la ordenación de presbíteros casados (tanto de los que podrían ordenarse estando casados, como de los que habían dejado el sacerdocio para casarse) y de mujeres diaconisas. Desde entonces, la iniciativa de los sacerdotes austríacos -que representa al 15% del clero austríacos- ha ido ampliado sus demandas. Al tiempo que cerca de 87.000 católicos austríacos han abandonado formalmente la iglesia.
La iniciativa de los párrocos, tal y como se la conoce, va hoy mucho más allá de la primera solicitud de Schönborn; no en vano, Austria lleva mucho tiempo cociendo a fuego lento ideas reformistas mientras Roma observa desde lejos. En 2001, tres oficiales del Vaticano dirigieron a los obispos austríacos una lacónica “Notificación” de cuatro párrafos, recordándoles que no debían formar a mujeres diaconisas. El argumento del Vaticano: no queremos ordenarlas. Uno de los firmantes de la curia fue Joseph Ratzinger.
En estos momentos, un papa envejecido –no puede caminar la distancia de la Basílicade St. Peter, incluso su hermano piensa que no debería viajar más- parece estar mejorando la apuesta. El Jueves Santo Benedicto no sólo habló sobre la ordenación de mujeres presbíteros. Habló abiertamente sobre la ley en contra de la “ordenación de mujeres”, Frauenordinatio, L’ordinazione delle donne.
¿Acaso importa? Bien, quien está familiarizado con la larga tradición (en Oriente y en Occidente) de mujeres diaconisas, y para quien ve la restauración dela Tradicióndela Iglesia Católica Romana como una vía para permitir que las mujeres prediquen en la liturgia dentro de los márgenes canónicos, no dejará de preguntarse si a Benedicto se le han olvidado ya unas cuantas cosas. No en vano, su especialidad es la teología histórica.
Benedicto llega a aunar la afirmación de su predecesor contra la ordenación de mujeres con opiniones dela Congregación para la Doctrina de la Fe, denominándolas a todas “decisiones definitivas sobre el Magisterio de la iglesia”. Cualquier libro básico de Eclesiología nos confirmaría que eso resulta demasiado forzado.
No parece que esto se desvíe, todo lo contrario, de la visión que parece guiar a Benedicto, antes bien nos emboca hacia ella: una iglesia mucho más reducida pero totalmente obediente a “la ley”. ¿Más reducida? ¿Pero a qué coste?
A finales de los años 90, los obispos austríacos –y probablemente también algunos alemanes- estaban ya formando mujeres para el diaconato. Cuando les llegó la “Notificación” a las puertas episcopales, obedecieron y despidieron a las mujeres. ¿Sabe qué sucedió entonces?
¿Ha oído hablar alguna vez de las Presbíteras Católicas Romanas (Roman Catholic Womenpriests)? ¿Las siete del Danubio? Un año después de la “Notificación”, estas mujeres nativas de Austria y Alemania zarparon en un barco por el mencionado río, donde fueron ordenadas sacerdotisas por un obispo ilegal en una ceremonia ilegal. En 2003 fueron todas excomulgadas por romper la ley.
¿Qué sentido tuvo aquello? Aquellas mujeres estaban interesadas en el ministerio, en la evangelización, en las Escrituras. En la actualidad todas están formando una iglesia dentro de la iglesia, con un éxito moderado en Europa y EEUU. A lo largo del camino se han incorporado al movimiento mujeres (y hombres) de mucho talento que persiguen lo mismo que la iniciativa de los párrocos: ordenar a hombres casados y mujeres para que prediquen el Evangelio.
Párrafo final: todo el que ayude al débil papa a preparar y suscribir documentos relacionados con el acceso al ministerio de mujeres y hombres casados actúa clara y dolorosamente en contra de la inclusión de la mujer en las instancias de poder (léase: ley) y está ignorando la llamada que el Evangelio nos hace a todos y todas a servir (léase: Escrituras).
[Phyllis Zagano es una investigadora senior asociada a la Universidad Hofstray autora de numerosos libros sobre estudios católicos. Sus libros más recientes son Women & Catholicism (Palgrave-Macmillan), Women in Ministry: Emerging Questions about the Diaconate (Paulist Press) and Women Deacons: Past, Present, Future (with Gary Macy and William T. Ditewig), (Paulist Press)]