domingo, 3 de marzo de 2019

El absoluto obsoleto.



Lo absoluto mienta lo absuelto de toda relación, lo irrelato o sin relación, lo irreligado o sin correlación, lo desvinculado y el separatismo. Se trata de una abstracción pura, ya que el ser de los seres dice relación, una relación que hace posible el relato de la realidad en su conexión. Pues bien, no solo el antiguo régimen sino nuestra mentalidad tradicional se basa en el absoluto y el absolutismo, una visión compartida por la ideología totalitaria sea de derechas o de izquierdas, así como de un centralismo cerrado, una ideología que reniega de los derechos del sujeto y su subjetividad inalienable.

La crisis contemporánea del hombre en el mundo se basa precisamente en la obsolescencia del absoluto y su absolutismo, así pues en la pérdida de un fundamento o agarradero seguro en medio del mar de nuestra coexistencia. El absoluto se ha vuelto obsoleto por la emergencia de una democracia civil, la cual ya no se basa en lo inamovible e inconcuso, sino en la movilidad y la relatividad. Hoy en día conocer el mundo significa reconocer lo relativo de lo absoluto y la absolutez de lo relativo. Por eso algunos filósofos y literatos, como S.Zizek y G.Steiner, han sentido cierta nostalgia de algún absoluto positivo para nuestra sociedad, un absoluto reconvertido hoy en frágil o débil, herido de muerte, como todo en nuestro mundo contingente.

F. Nietzsche expresó esta derelicción o abandono de todo fundamento absoluto en nuestra vida como el abandono del Dios. Esta sería la época en la que tomamos conciencia de la muerte de Dios, aunque en realidad la muerte de Dios comparece en el cristianismo desde el principio abiertamente. Pero ahora tomamos conciencia de su abandono y sufrimiento en Jesús, de su vulnerabilidad. La divinidad cristiana es radicalmente el Dios crucificado en Cristo, lo que hace de la antigua divinidad absoluta algo obsoleto y alguien obsolescente.

Aquí radica nuestra crisis contemporánea del sentido y el sinsentido, en el frágil y débil absoluto, en el Dios herido de muerte y en el sentido zaherido de sinsentido, asumido empero por una conciencia radical de la realidad. Así entra también en crisis no solo la divinidad herida de la vieja derecha, sino los propios dioses sucedáneos de la envejecida izquierda, reconvertidos en demonios revolucionarios. El sociólogo A.Comte, representante de nuestra época relativista, afirmaba que solo hay algo absoluto, precisamente que nada es absoluto. Y, sin embargo, no podríamos suscribir semejante antiabsolutismo de un modo tan absoluto, so pena de recaer paradójicamente en un nuevo absolutismo: el absolutismo de lo relativo. Por eso propongo hablar de algo intermedio, de un absoluto contingente o relativo, así pues del absoluto relacional. Apartémonos del absolutismo absoluto, pero no recaigamos en el absolutismo relativo propio del relativismo.

Podemos hablar entonces de un absoluto relativo o relacional, propio de una relacionismo abierto, el cual se encarna en la persona y el sentido humano de nuestra existencia. En efecto, la persona y su sentido humano personifica un absoluto relativo o relacional, ya que integra la relación entre lo absoluto y lo relativo, entre la mismidad y la alteridad, entre la propia conciencia y la conciencia del otro u otredad. De esta manera transmutamos el viejo absolutismo que es el todo o la totalidad de lo real en el ser de todos o la totalidad de las personas. Podemos hablar ahora de una postura o posición cultural basada en el personalismo y la sensibilidad humana, los cuales podrían verse coronados no por el viejo Dios-terror, sino por un nuevo Dios-amor.

El caso es que no es posible volverse al viejo absolutismo y proclamar que hay verdades tan absolutas como que dos y dos son cuatro. Pues se trata de una verdad abstracta y cuantitativa que no obtiene ningún sentido humano o cualitativo. Entre el absolutismo y el relativismo se trenza un relacionismo que trata de remediar su extremismo desde el centro abierto y el medio mediador. Lo propio del auténtico relacionismo es que la relación es un doble lazo o lación entre lo uno y lo otro, entretejiendo no una verdad absoluta, sino una “entreverdad” entreverada entre todos democráticamente. Los absolutos son extremidades de derechas o izquierdas, incluso de un centro centralista; pero en el centro abierto y en el medio mediador no hay absolutos sino tránsitos y transiciones de sentido, relaciones y mediaciones a derecha e izquierda. Diríamos que el centro/medio está cohabitado por el sentido interhumano, así pues por la sensibilidad en cuanto razón pascaliana del corazón humano.

Qué bueno que el aeropuerto de Madrid sea rebautizado como aeropuerto Adolfo Suárez, el medio-centrista que sabía que el centro centra y el medio media. Pues el peligro de la derecha está en quedarse en posesión de la verdad, mientras que el peligro de la izquierda está en quedarse en posesión de la razón. Pero solo en el centro medial está el sentido compartido, un centro siquiera ladeado hacia la izquierda social como el corazón radial. El símbolo del aeropuerto de Madrid representa bien el radio del tránsito y la transición, así como nuestra red de relaciones tanto nacionales como internacionales. Y ello frente al absoluto y su absolutismo, cuyo sentido es el sinsentido del separatismo.


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