martes, 5 de marzo de 2019

El clima planetario.




Greenpeace me remite una y otra vez uno de sus muchos anun­cios sobre el peligro que corre el planeta…

Yo a veces les digo que a mí no tienen que dirigirse porque yo no puedo hacer nada, salvo girarles unos pocos euros… para que sigan dándome la tabarra. Pero que en todo caso se equivocan de destinatario: yo y millones y millones en el mundo ya estamos so­bradamente concienciados. Los destinatarios son los dueños materiales del planeta, los dueños de las finanzas y de toda clase de industrias, los dueños de la política en todos los países, y quie­nes están, en fin, al frente de los organismos internaciona­les. Ellos son los verdaderos responsables, no “nosotros”, la ciu­dadanía común que no puede pasar de reciclar su basura, evitar en lo posible contaminar la tierra y el agua en todas partes y en último término maldecirles a todos ellos…

Pues, yo, por mi parte, veo el asunto de la siguiente manera…

Este artículo es largo. Pero se trata de un asunto que si por la de­riva que está tomando el clima planetario no se presta a hacer literatura, tampoco me parece ya apropiado el punto de vista científico que en tantas ocasiones equivoca a la sociedad humana. Esto es un avatar humano, y en todo avatar, en toda vici­situd, suele ser más atinado el parecer y el instinto del explora­dor, del pastor de ovejas o del anciano que el diagnóstico del físico o del astrofísico, o el dictamen del estudioso de la me­teorología. Más bien al contrario. Sabemos de casos clamoro­sos de errores en la Historia cometidos por los saberes oficiales de toda clase. Así es que se pongan todos ellos como se pongan, e destino nos alcanza…


Yo opino que no estamos viviendo un cambio climáti­co. Esta­mos empezando a vivir las segundas señales del desastre. Las primeras, hace un par de décadas, fueron aquellas detectadas por muchos en el mundo a las que respondieron cínicamente los nega­cionistas.


Digo que no hay un cambio climático, porque la pala­bra cam­bio en este sentido sugiere régimen, secuencia, compás, ritmo, or­den distinto pero orden al fin y al cabo, y sobre todo regulari­dad. Y lo que venimos observando no es precisamente orden, ni regularidad, ni en las precipi­taciones ni en las temperaturas; ni graduación en sus va­riaciones.


Lo que está sucediendo a ojos vista es otra cosa: es una muta­ción, una alteración de las células de un tumor. Ya no hay clima, ni climas ni microclimas. Hay desbarajuste. Lluvias torrenciales, o meses y meses sin lluvia en los que hasta hace una década la hubo regularmente, y cambios bruscos del termómetro en cues­tión de días o de horas. Como dice Le Monde: “el planeta ha en­trado en un territorio desconocido”. Y a una noticia como ésta no se le puede atribuir sensacionalismo. Este es un hecho de al­cance telúrico que hará “época”, como la de cada glaciación; en este nuestro caso un cambio climático antropogénico, no por azar o por causas naturales direc­tas, sino por la intervención irres­ponsable del ser hu­mano. Lo exasperante es que hace mu­cho que se sabe…


Pues no es preciso ser científico, ni siquiera experto en nada para saber que si se arroja durante más de un siglo trillones de to­neladas de partículas a un espacio ce­rrado limitado y aun relati­vamente ventilado como es la biosfera, ha de llegar la satura­ción y el enrarecimiento de la “estancia”, con los correspon­dientes efectos. Que un número prácticamente infinito de partí­culas en un espacio finito es una aberra­ción física que, como toda aberración, solo puede ser cau­sada por el ser humano. En el clima y en las corrientes de aire, desajustándolas hasta bloquearlas, alterando severamente las con­diciones genera­les existentes.


Un informe del Minis­terio de Medio Ambiente español ad­vierte de que, a este ritmo, tres millones de hectáreas de las zo­nas húmedas pasarán a áridas al llegar a 2100. Y decía que hará época, porque esto parece tener mucho que ver con el fin de los tiem­pos; tiempos entendidos como una forma de vida que previsi­blemente no volverán, en el espacio que dura una vida humana por longeva que sea. Además, generalmente esa clase de infor­mes evitan la alarma social y tienden a ser optimistas en lo que cabe. De manera que, si según éste, los tres millones de hectáreas serán áridas en 2100, ya podemos ir pensando que la aridez que nos atañe a quienes vivimos ahora es­tá a la vuelta de la esquina, y los graves problemas de abastecimiento de agua y de alimentos han de hacer acto de presencia antes de lo que se su­pone….


Este documento admite que “la desertificación es ya un pro­blema real” en más de dos tercios del territorio, agra­vado por la falta de lluvias y por las más altas temperaturas.


El informe se refiere naturalmente a la península ibéri­ca. Pero sabemos que eso mismo está sucediendo, más o menos, en las de­más latitudes, y que tanto el Ártico como el Antártico como los glaciares se derriten con celeridad. La causa de la causa en to­das partes es la misma: el calentamiento global y la desertiza­ción acele­rada.


Los problemas de guerras y movimientos migratorios conse­cuencia de ellas y de la desertificación que hace mucho empezó en el norte de Africa y en otras zonas del mundo, y la mutación climática, empiezan a em­pequeñecer al resto de problemas de la sociedad humana y a situar a la humanidad a la altura de vulnera­bilidad de cualquier otra especie viviente no humana: el infusorio, por ejemplo.


Vale que al principio la industrialización y las expecta­tivas que generó ofuscaran a aquellos que la manejaban a finales del si­glo XIX. Pero pronto, muy pronto, asomaron las señales de la catástrofe “previsible”. Y entonces y a partir de entonces, la acti­tud de quienes estaban y están llamados a reaccionar ha sido mi­rar a otra par­te para no enfrentarse a un problema que choca brutal­mente con la economía y con el poder de las finanzas a corto plazo, a fin de cuentas con la ambición y la codicia que trastorna la cor­dura y la humildad más elementales conectadas al instinto de conservación. Magnates, bancos y políticos son los res­ponsables. Los primeros al propulsar un “progreso” con ribe­tes o factura de infantil en infinidad de cosas y además sin orden ni concierto. Los segundos consintiéndolo cuando no ati­zándolo sin miramiento por estar próximos a sus personales intereses o los intereses de su clase social…


Es palmario que el asunto del clima se “nos” ha ido de las ma­nos. Y empleo el plural mayestático, la primera persona del plu­ral, por­que formo parte de la especie humana, pero no porque tenga yo la más mínima responsabilidad en la hecatombe que se avecina, como no la tiene el 99 por ciento de la po­blación del mundo que no pinta nada, manejada por el 1 por ciento restante a su an­tojo, que es el que siempre “hizo” y “hace” la Historia…


Pero hemos llegado a un punto en que es indiferente poner cara a los responsables y a los negacionistas de esta fatalidad. El hecho es que la inteligencia y la capacidad de respuesta del ser humano a semejante situación van a ser irrelevantes a partir de ahora. La población del mundo se diezmará por vías antinatura­les. Y tanto el valor del coeficiente mental como la “valía” (coefi­ciente y “valía” medidos por esas universidades que tratan de saberlo todo) de tantos a que en parte debido a ellos se han si­tuado o se les ha venido situando al frente de las responsabilida­des de la vi­da colectiva, no van a servir de nada. Esa inteligencia su­puestamente superior está ya, definitivamente, en eviden­cia como una inteligencia cuanto menos estragada y a menudo dege­nerada. La ínfima inteligencia y capacidades de quienes, ele­gidos en muchos casos por millones de débiles mentales, han permitido desde su posición política a la otra “inteli­gencia” -la de los que no han sabido o no han querido evi­tar el cataclismo si­lencioso cuya cercanía sentimos ya- demuestra que esos seres humanos que se nos presentan como excelentes son los más creti­nos de todos los seres vivos en los momentos decisivos; sea en las guerras contra sus congéneres que ni quieren ni pueden evi­tar, sea en los excesos cometidos en todo los órdenes y espa­cios de la conducta humana descontrolada, como los que han pro­vocado la mutación climática cuyas consecuen­cias debidas precisamente a su locura no han sabido prever, ni calcular, ni co­rregir.


Pues sólo eso, cretinos, ciegos del cuerpo, de la mente y de la espíritu podían y pueden ser incapaces de imaginar lo que ahora vemos se nos viene encima: una atmósfera, una troposfera y una biosfera descompuestas. Ahora esos irresponsables ignorantes, co­diciosos y necios dirán que van a hacer lo que debían haber hecho desde el principio. Pero a todas luces ya es tarde. No es po­sible imaginar que unas condiciones de vida existentes en un tiempo incal­culable sobre la tierra alteradas a lo largo de un si­glo, puedan revertirse si no es con el paso de otro tiempo incal­cu­lable…


Quizá los que vivimos en esta generación salgamos adelante aunque sea a trancas y a barrancas. Pero a nues­tros descendien­tes, a estas y a las siguientes generaciones, les “hemos” legado, ya, un planeta moribundo. Y todo por culpa de los necios que vie­nen tejiendo la Historia de estos últimos cien años, mientras unos pocos la escriben y el resto la padecemos. Como siempre fue. Se nece­sita ser imbéciles…


1 Marzo 2017

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