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sábado, 1 de junio de 2013

[Sobre la beatificación] ‘San Romero de América’


Muchos se han preguntado desde hace tiempo cuándo canonizarán a Monseñor Romero. Otros han ido más al fondo: “si Monseñor Romero no es santo, ¿quién lo será?”. Y otros no han ocultado su sorpresa y algún enojo. Ante la rapidez con que se canonizó a la madre Teresa y a Juan Pablo II -por no hablar de José María Escrivá- no comprenden el silencio en que ha quedado Monseñor. Pues bien, parece que ha llegado la hora.

El Papa Francisco. Más que “desbloqueo”, “ruptura”

La renuncia de Benedicto XVI fue una ruptura de gran magnitud, un gesto de honradez infrecuente en Roma, y creó el ambiente necesario para otras rupturas. Y así ha ocurrido. El 20 de abril el arzobispo Vincenzo Paglia, tras un encuentro con el Papa, anunció que “la causa de beatificación de Monseñor Romero ha sido desbloqueada”. (Hablaremos de beatificación o, en general, de canonización)

Ha habido “desbloqueo” porque la causa había quedado “engavetada” sine die en la Doctrina de la Fe. Pero no parece que las razones fueran sólo burocráticas, fácilmente eliminables por un Papa. Lo que hizo el Papa Francisco tiene las trazas de haber sido una “ruptura”: “jerarcas de diversas curias durante años han hecho lo posible para impedir la canonización.

Es bien conocido que, en vida, la oligarquía y demás poderes del mundo salvadoreño trataron a Monseñor con desvergüenza y crueldad. “Monseñor vende su alma al diablo”, publicó un periódico de la oligarquía. Y con estas hojas llenaron las calles de la capital: “Haga patria mate un cura”.

Pero no solo ellos estaban en contra. En curias eclesiásticas, en y más allá de El Salvador, hubo jerarcas que desde el comienzo trataron a Monseñor con prejuicios inflexibles y muchas veces sin justicia. No le perdonaban su apoyo a la teología, aunque fuese buena, si era de la liberación. Ni le perdonaban su apoyo, aunque fuera justo -y crítico-, a las organizaciones populares. Sus enfrentamientos claros y sus denuncias radicales con opresores, ejércitos, escuadrones de la muerte, gobiernos, imperio norteamericano, les causaron sorpresa y pavor.

Y para gente de Iglesia la molestia más honda, y menos confesable, es que Monseñor, en su pensar, hablar y comportarse, se parecía mucho a Jesús de Nazaret. Y sus palabras les destanteaban totalmente: “Me alegro hermanos de que la Iglesia sea perseguida… Sería muy triste que en nuestra Iglesia no hubiese sacerdotes asesinados”.

Los problemas comenzaron pronto. La nunciatura reaccionó agresivamente contra su decisión de una misa única tras el asesinato del Padre Rutilio el 20 de marzo de 1977, que fue un auténtico clamor de fe, esperanza y compromiso, solo igualada por la misa de funeral del mismo Monseñor el 30 de marzo de 1980. Con la excepción de monseñor Rivera, el resto de los obispos salvadoreños, le fueron contrarios, a veces pública y burdamente. En 1978 publicaron un mensaje, breve y malo, sobre las organizaciones populares, que contradecía frontalmente la larga carta pastoral de Monseñor Romero sobre La Iglesia y las organizaciones políticas populares. Poco antes de su muerte escribió en su diario las tres cosas que le preocupaban. La última era “su situación conflictiva” con los otros obispos. Y recuerdo la alegría que le embargó en Puebla en una reunión con obispos afectos a Medellín. “¡Qué bueno poder estar aquí como entre hermanos!”. A su funeral no asistió ninguno de los obispos de El Salvador, con la excepción de Monseñor Rivera Damas.

En la curia vaticana han hablado mal de Monseñor visitantes y residentes poderosos, funcionarios del gobierno de Estados Unidos y obispos como Alfonso López Trujillo. De Roma le enviaron visitadores en repetidas ocasiones, y en un momento dado pensaron retirarle de su cargo o inutilizarlo como Arzobispo, nombrando un obispo coadjutor sede plena, con plenos poderes. Monseñor respondió: “Estoy dispuesto a obedecer. Si me quitan solo les pido que lo hagan con dignidad para que no sufra mi pueblo”. En sus viajes a Roma compartía sus problemas con el Padre Arrupe y con el cardenal Pironio, ambos en dificultades con la curia, y se animaban mutuamente. Y en los últimos años agradeció mucho la visita que le hizo el cardenal Lorscheider.

De su visita a Pablo VI en mayo de 1977 salió feliz. De su primera visita a Juan Pablo II salió decepcionado y triste. De la segunda visita salió serenamente confortado. Después de su asesinato, Juan Pablo II, inesperadamente y sin comunicarlo al gobierno, fue a honrarlo a su tumba en Catedral. Lo llamó “celoso pastor”.

A Benedicto XVI los periodistas le preguntaron varias veces cuándo será la canonización de Monseñor Romero. En su respuesta a un periodista francés vino a decir que “el retraso no se debía a la persona del arzobispo asesinado, que, por su virtudes heroicas, merecía ser beatificado. Se debía, más bien, a la situación políticamente encontradiza que reina en El Salvador a propósito de la obra de Monseñor”. La pregunta que queda es por qué, en concreto, en esa situación “la canonización no es oportuna”.

Monseñor Urioste ha dicho muchas veces que Monseñor Romero ha sido el salvadoreño más amado y el más odiado en el país. Los poderosos, oligarquía, ejército y escuadrones de la muerte, la economía, la política y muchos de los medios, le odiaron en vida. De algunos de ellos salieron quienes lo asesinaron. Y los más recalcitrantes esa noche brindaron con champán. No es fácil para el Vaticano canonizar a Monseñor, estando vivos, y aun teniendo que estar quizás presentes por razones protocolarias en su beatificación, algunos enemigos importantes de Monseñor. Quizás sea eso lo que no se juzga “oportuno”.

Quizás tampoco sea oportuno ponerlo públicamente como ejemplo eximio de obispo, pues incomodará a algunos de ellos.

Y quizás se repita que “no hay que politizar a Monseñor Romero” porque eso podría dificultar la canonización, manida afirmación repetida sin argumentos.

Un santo

No sabemos qué se dirá en el acta de beatificación y de canonización. Nos gustaría que, además de lo que se vea sobre Monseñor desde la Roma universal, el acta diga las cosas importantes del Monseñor que vemos desde aquí.

Conversión. En la mejor tradición de las Iglesias cristianas, Monseñor, hombre bueno y ético siempre, en los setenta pasó por un cambio radical o conversión. La causa principal fue el encuentro con los pobres, ya como obispo en Santiago de María y definitivamente en San Salvador. El 12 de marzo de 1977, ante el cadáver de Rutilio Grande y dos campesinos, su vida cambió para siempre. Las innumerables víctimas y los pobres y oprimidos le llevaron a una nueva vidad definitiva. Encontró en ellos una ultimidad que coincidía con la ultimidad de Dios, y que no fue rebajada a segundo lugar por Dios. Eso pienso yo es lo que ocurrió en el corazón de Monseñor en aquellos momentos de conversión. Nunca dio marcha atrás.

A eso le ayudaron los pobres en primer lugar, pero también lo que ocurrió ya en los primeros días. Los sacerdotes a quienes tenía por izquierdistas y de Medellín le apoyaron sin condiciones, mientras que quienes habían estado con él, como obispo moderado y nada político, le dejaron solo. Y también le convenció de que el nuevo camino era el correcto, el cuerpo eclesial que inmediatamente se formó a su alrededor, con sacerdotes y religiosas, las mayorías pobres y varios profesionales, universitarios de clases medias.

Compasión contra la injusticia. Las puertas de su oficina en el arzobispado y en el hospitalito siempre estuvieron abiertas para escuchar y acoger al pobre. Y vivió en profundidad el abajamiento que acompañaba a la compasión: “A mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres”, dijo en Aguilares. De ese modo se convirtió, como los obispos del siglo XVI, en defensor ex officio de los pobres.

Denuncia contra la mentira y el encubrimiento. No hace falta extenderse en esto, pero sí es importante recalcar su forma de hacerlo que no tiene paralelo, especialmente en sus homilías. Todos los domingos sin excepción, mencionaba todas las violaciones a derechos durante la semana, de los que le había llegado noticia. Mencionaba los nombres de las víctimas, el lugar y circunstancias, la situación en que quedaban los familiares. Y siempre mencionó a los victimarios -también de las organizaciones populares cuando era el caso-, muy mayoritariamente miembros del ejército, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte. Y les conminó: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada día más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, ¡Cese la represión!”.

Contra la idolatría de la riqueza. La condenó, y por ello lo mataron. “Se mata a quien estorba”, había dicho. Estorbó al mencionar la injusticia del dinero y de la riqueza que elevó a idolatría. Y denunció muchas otras idolatrías, sobre todo la de la seguridad nacional. También condenó, a los medios de comunicación: “hoy nadie cree ya en nada”. Y a la corte suprema de justicia. “Gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más energía deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esa palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia”.

Monseñor ante el misterio de Dios.Monseñor habló frecuentemente de Dios. Fiel a Puebla y a la teología de la liberación, ante todo condenó a las divinidades de la muerte, los ídolos, “los que necesitan víctimas para subsistir”. Pero por encima de todo habló del Dios de Jesús, el Dios real, el Dios de su vida y el Dios de la historia. Y habló con Dios. Es conocida su oración sentida. Y ante Dios quedaba postrado y se sentía feliz. Días antes de ser asesinado dijo en la homilía: “Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios… ¡Quien me diera queridos hermanos que el fruto de esta predicación de hoy fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y de nuestra pequeñez”.

Los pobres de su pueblo. Monseñor los amó y los defendió. Siempre. Corría sus mismos riesgos y se lo decía. ”No abandonaré a este pueblo”. Denunciaba a sus enemigos, aunque fuese el presidente del país, el general Romero, y aunque fuese el presidente Carter a quien prohibió enviar armas. Defendió a los pobres y por ellos arriesgó todo, como sólo lo hacen los amigos de verdad. Y les comunicaba sin pudor lo que sentía por ellos: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor”.

El pueblo, su pobrería, le quiso como rara vez se quiere a un personaje, a un obispo. Le lloraron como solo se llora a un padre. Hoy, 33 años después, muchos le siguen queriendo de verdad. En El Salvador, le quieren de manera distinta a como quieren a otros santos populares canonizados. Muy especialmente le quieren y le recuerdan supervivientes de masacres, esposas y madres de esposos e hijos asesinados y desaparecidos, familiares de víctimas de quienes nadie se acuerda. Y sin saber exactamente qué significa “canonización”, “culto público”, “intercesión”, se alegran de que un Papa, proclame su nombre solemnemente y diga a todo el mundo que Monseñor fue una buena persona. Están contentos. Y no es esta pequeña expresión de canonización.

El acta vaticana de beatificación después de otras

No sabemos qué se escribirá en el acta vaticana de beatificación y canonización. Ojalá ofrezca al Monseñor Romero, santo tradicional y santo salvadoreño, como hemos intentado describir. Ojalá su nombre sirva de nombre a tantos que han quedado sin nombre, en El Mozote, entre los indígenas de Guatemala, entre los migrantes asesinados en México… Y ojalá dé nombre a tantos pueblos crucificados inocentes e indefensos.

Y ya que fue obispo, ojalá en el acta se recuerde a Luis Angelelli, Gerardo Valencia Cano, Juan Gerardi, Joaquín Ramos… obispos latinoamericanos asesinados. Con muchos otros, son los Padres de la Iglesia Latinoamericana desde Medellín.

Solo Dios conoce como será el acta de canonización. Nosotros terminamos diciendo que Monseñor Romero ya ha sido canonizado. Y recordamos los principales momentos de su canonización.

Monseñor Casaldáliga, en cuanto conoció su martirio, escribió el poema: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro”. Y termina con una convicción: “Nadie hará callar tu última homilía”. Esperamos que la canonización venidera sea expresión de que siempre habrá una homilía de Monseñor.

La Iglesia Anglicana, el 31 de marzo de 2005, en presencia de la reina de Inglaterra y del arzobispo de Canterbury, colocó en el centro de la fachada de Westminster la imagen de Monseñor Romero, junto con la de Martín Luther King y las de otros ocho mártires, hombres y mujeres, de todas las iglesias cristianas del siglo XX. Esperamos que la canonización venidera guarde este espíritu ecuménico.

En la última Carta a las Iglesias, recordando el aniversario de Monseñor, escribimos: “En ti el huérfano encuentra compasión”. Con toda modestia y gozo decimos de él lo que el Antiguo Testamento decía de Yahvé. Ojalá la canonización venidera remita al Yahvé, Dios de pobres y víctimas.


Ignacio Ellacuría en el funeral de la UCA, cuatro días después de su asesinato, dijo estas conocidas palabras, audaces y lúcidas: “Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Ojalá Monseñor Romero, con miles de mártires como él, hombres y mujeres, sean canonizados con estas palabras: “Por América Latina, y por muchos otros lugares del tercer mundo, Dios ha pasado entre nosotros”.

En una mañana de invierno un hombre harapiento limpiaba con esmero la tumba de Monseñor, valiéndose de sus harapos. Al termina sonríe satisfecho. Me acerqué y le pregunté: “¿Qué hace?”. Y me contestó. “Eso, limpiar la tumba de Monseñor. Porque él era mi padre”. “¿Cómo así?”. “Es que yo no soy más que un pobre. A veces acarreo en el mercado con un carretón, otras veces pido limosna y en veces me lo gasto todo en licor y en guaro, y paso la goma botado en la calle… Pero siempre me animo. Yo tuve un padre que me hizo sentir gente. Porque a los como yo él nos quería y no nos tenía asco. Nos hablaba, nos tocaba, nos peguntaba. Nos confiaba. Se le echaba de ver el cariño que me tenía. Como quieren los padres. Por eso yo le limpio su tumba. Como hacen los hijos, pues”. [Lo cuenta María López Vigil en su libro Piezas para un retrato]

Fuente: ATRIO

martes, 3 de mayo de 2011

Hans Küng: Juan Pablo II fue un Papa “intolerante e indispuesto al diálogo”


Religión Digital

“Reprimió los Derechos Humanos de mujeres y teólogos”
Afirma que Benedicto XVI ha actuado como un príncipe absolutista y violado el propio derecho eclesiástico
Diez lecciones que he aprendido de Hans Küng
Hans Küng: “La cruz no es una ofensa para los europeos”
“¿El sucesor declara beato al antecesor?. En Roma se actúa como en los tiempos de los césares”

El teólogo disidente suizo Hans Küng, profesor emérito de Teología Ecuménica, ha criticado con suma dureza la beatificación del papa Juan Pablo II (1920-2005), al que considera un pontífice “intolerante” y “autoritario”. El antiguo papa no puede ser considerado un ejemplo para los fieles de la Iglesia católica, afirma Küng, al que en 1979 le fue prohibida la docencia por orden del Vaticano, en declaraciones que publica hoy el rotativo alemán “Frankfurter Runschau”.

El papa Juan Pablo II practicó “un magisterio autoritario con el que reprimió los Derechos Humanos de las mujeres y los teólogos”, afirma el teólogo suizo, antiguo profesor en la prestigiosa universidad alemana de Tubinga.

Küng denuncia que el “lado oscuro” del pontífice polaco no ha sido tenido en cuenta en su proceso de beatificación y subraya que Juan Pablo II fue un papa “intolerante e indispuesto al diálogo”.

Las críticas de Küng se extienden al actual papa Benedicto XVI, al que acusa de haber precipitado y llevado a cabo en un tiempo récord la beatificación de Juan Pablo II.

“¿El sucesor declara beato al antecesor?. En Roma se actúa como en los tiempos de los césares, que sucesivamente proclamaban la divinidad del anterior emperador”, comenta el polémico teólogo, al que el propio Juan Pablo II prohibió continuar con la docencia teológica.

Finalmente afirma que Benedicto XVI ha actuado como un príncipe absolutista y violado el propio derecho eclesiástico para beatificar a Juan Pablo II en un proceso exageradamente acelerado.(RD/Efe)

Fuente:Redes Cristianas

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domingo, 1 de mayo de 2011

Juan Pablo II, Luces y Sombras de una Beatificación “Exprés”


Escrito por Jenaro Villamil el 01 mayo 2011

“La verdad es garantía de libertad”, sentenció el papa Benedicto XVI durante la homilía de la celebración multitudinaria de la beatificación de Juan Pablo II, el pontífice más popular y mediático en los últimos años de la historia católica que, paradójicamente, no transfirió ese rating a la caída constante de número de fieles y a la crisis teológica de El Vaticano. Trece millones de católicos menos se registraron en los 27 años del papado de Karol Wojtyla.

La sentencia de Benedicto XVI sonó hermosa en el discurso ilustrado y bien estructurado, como la mayoría de las homilías de Joseph Ratzinger, pero muy contrastante con el culto a la personalidad que se ha concentrado en el pontífice de origen polaco, fallecido en 2005.

El papacentrismo de El Vaticano no ayuda a liberar a la Iglesia Católica. Y el espectáculo mediático global que durante una semana se articuló desde Roma para promover la milagrería y no la auténtica fe –acto íntimo y de profunda humildad- confirma este fenómeno que el propio Juan Pablo II criticó en muchas de sus encíclicas.

La principal sombra es pretender que con la beatificación exprés –es considerada la “más rápida en la historia moderna” de la Iglesia católica- es que pretende evadir el debate pendiente sobre el legado de Juan Pablo II como principal jefe de Estado de El Vaticano.

Los trece teólogos integrantes del Observatorio Eclesiástico, enunciaron así estos puntos críticos de Juan Pablo II:

-Su tenaz oposición a los avances de la ciencia y de la historia hacia algunas normativas de ética sexual. Muchos recuerdan aún la condena de Juan Pablo II al uso del condón y de las medidas de prevención sexual en medio de la peor epidemia de SIDA que correspondió con los años más fuertes de su pontificado.

-La dura confirmación del celibato sacerdotal y su negativa a modificarlo o, mínimo, a debatirlo. En este tema, Juan Pablo II logró que la Iglesia católica retrocediera varias décadas atrás. Se transformó en un papa preconciliar, es decir, anterior al Concilio Vaticano II, el evento más importante del catolicismo que buscó transformar y modernizar la doctrina y la práctica de la Iglesia.

-Su rechazo a discutir el papel de la mujer en la Iglesia. Ni ordenación de mujeres como sacerdotisas y su reiteración del papel subordinado de la mayoría de las creyentes.

-Su muy documentado rechazo a tomar medidas de sanción reales contra los sacerdotes y obispos que cometieron abusos sexuales, así como su escandaloso encubrimiento a Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. Nuevos documentos, revelados por la revista Proceso este domingo 1 de mayo, indican que desde finales de los años sesenta, El Vaticano supo e investigó de los abusos de Maciel y de su farmacodependencia, pero prefirió protegerlo para no perder los millones de dólares que el michoacano lograba recaudar entre los ricos.

-Sus continuas presiones en contra de la Teología de la Liberación, bloqueando a las Comunidades Eclesiales de Base y a muchos obispos mexicanos y brasileños que fueron continuamente bloqueados y regañados por el propio Juan Pablo II.

En Juan Pablo II operó una tremenda paradoja. Siendo él mismo un sacerdote disidente y crítico del régimen totalitario de Polonia, acabó reproduciendo al interior de la Iglesia católica los mismos métodos de censura y control que tanto criticó durante las décadas de dictadura comunista de su patria natal.

“En El Vaticano las críticas se ocultan y justifican a la velocidad de la beatificación de Juan Pablo II”, ha declarado la Red de Sobrevivientes del Abuso Sexual.

Y para confirmar esta apreciación, Benedicto XVI respondió hace dos días así a las críticas de la beatificación exprés de su predecesor:

“Así lo ha querido el Señor. Desde el día de su muerte su olor de santidad ondeaba el aire”.

Frente a esta frase, qué se puede decir. Si la beatificación de Juan Pablo II es un asunto de fe y de negocio mediático, la revisión de su herencia y de la crisis que aún perdura en el seno de la jerarquía católica es un acto racional y de libertad que está pendiente.

Beatificación de Juan Pablo II

El papa Benedicto XVI proclamó oficialmente este domingo beato a su predecesor Juan Pablo II durante una multitudinaria ceremonia celebrada en el Vaticano.

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Fuente: Chacatorex

La beatificación de Juan Pablo II.


Juan José Tamayo, teólogo

El País

Se escenifica otro capítulo de la evolución de Benedicto XVI desde el neoconservadurismo al integrismo. El Papa continúa la obra de desmantelamiento del Vaticano II que inició bajo la sombra de su predecesor
Mañana, 1 de mayo de 2011, Benedicto XVI beatificará a su predecesor Juan Pablo II. Desde su anuncio, esta beatificación ha causado malestar y sorpresa en importantes sectores de la Iglesia católica. Entiendo el malestar, ya que no pocas de las actuaciones de Juan Pablo II fueron todo menos ejemplares e imitables como se espera de una persona a quien se eleva a los altares y se presenta como modelo de virtudes para los cristianos.

Me refiero a su manera autoritaria de conducir la Iglesia, a su rigorismo moral, el trato represivo dado a los teólogos y las teólogas que disentían del Magisterio eclesiástico -muchos de los cuales fueron expulsados de sus cátedras y sus obras sometidas a censura-, al silencio e incluso la complicidad que demostró en los casos de pederastia, especialmente con el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, a quien dio siempre un trato privilegiado con el beneplácito del cardenal Ratzinger, su brazo derecho, etcétera.

La clave de la beatificación de Wojtyla es el agradecimiento de su sucesor, Ratzinger

Con estos dos últimos Papas se ha pasado de la Iglesia pueblo de Dios a la Iglesia piramidal
Lo que no encuentro justificada es la sorpresa. Con esta beatificación, Benedicto XVI no ha hecho otra cosa que poner en práctica el viejo refrán: es de bien nacidos ser agradecidos. La elevación de Karol Wojtyla al grado de beato es la mejor muestra de agradecimiento que podía rendir a su predecesor, que le nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y le concedió un poder omnímodo en cuestiones doctrinales, morales y administrativas. Más aún, fue Juan Pablo II quien le allanó el camino nombrándolo sucesor in péctore. ¿Cómo el Papa actual no iba a beatificar al autor de tamaño ascenso en el escalafón eclesiástico?

Si no hubiera sido por Juan Pablo II, Joseph Ratzinger sería hoy un arzobispo emérito sin relevancia alguna. Pero quiso el destino que el papa polaco llamara al arzobispo alemán a su lado y le nombrara Inquisidor de la Fe, para que la vida del cardenal Ratzinger diera un giro copernicano. Durante casi un cuarto de siglo fue el funcionario más poderoso de la curia romana por cuyas manos pasaban los asuntos más importantes del orbe católico, desde el control de la doctrina hasta los casos de pederastia sobre los que decretó el más absoluto secreto, imponiendo a víctimas y verdugos un silencio que le convirtieron en cómplice y encubridor de delitos horrendos contra personas indefensas.

Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger vivieron un idilio durante casi cinco lustros con un reparto de papeles que siempre respetaron. El primero, con vocación de actor desde su juventud, ejerció esa función a la perfección, se convirtió en uno de los grandes actores del siglo XX y recibió los aplausos de millones de espectadores de todo el mundo desde su elección papal hasta su entierro. El segundo ejerció el papel para el que estaba especialmente capacitado, el de ideólogo y guionista de la obra que le tocaba representar al papa y que puso por escrito en el libro-entrevista Informe sobre la fe, cuya idea central era la restauración de la Iglesia católica.

El guión incluía la revisión del concilio Vaticano II y el cambio de rumbo de la Iglesia católica, el restablecimiento de la autoridad papal, devaluada en la etapa posconciliar, la afirmación del dogma católico, la nueva evangelización, la recristianización de Europa, la vuelta a la tradición, el freno a la reforma litúrgica, la confesionalidad de la política y de la cultura, la defensa de la moral tradicional en toda su rigidez en materias que hasta entonces eran objeto de un amplio debate dentro y fuera del catolicismo, como la familia, el matrimonio, la sexualidad, el comienzo y el final de la vida, etcétera.

El panorama eclesial descrito por el cardenal Ratzinger en la entrevista con Vittorio Messori, publicada luego como libro bajo el título antes citado Informe sobre la fe, no podía ser más sombrío: “Resulta incontestable que los últimos 20 años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son, de nuevo, minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad. Los papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que -en palabras de Pablo VI- se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia adelante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo del presunto espíritu del Concilio, provocando de este modo su descrédito”.

Dentro del guión entraba el cambio en la política de nombramiento de obispos, sin la cual no podía llevarse a cabo la restauración eclesial diseñada al unísono por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger. Poco a poco fueron sustituidos los obispos conciliares por prelados preconciliares, los obispos comprometidos con el pueblo dieron paso a obispos cuya preocupación principal era la ortodoxia, los obispos vinculados a la teología de la liberación dieron paso a los obedientes a Roma. De esa manera se garantizaba el éxito de la nueva estrategia neoconservadora.

Wojtyla y Ratzinger se conocían desde la época del concilio Vaticano II, en el que ambos participaron, el primero como obispo, el segundo como asesor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia. Wojtyla se alineó con el sector conservador. Ratzinger estuvo del lado del grupo moderadamente reformista. Ambos dieron su apoyo a los documentos conciliares. Se esperaba por ello que, ubicados posteriormente en los puestos de la máxima responsabilidad eclesiástica, llevaran a la práctica las reformas aprobadas por el Vaticano II en los diferentes campos del quehacer eclesial: vida y organización de la Iglesia, teología, liturgia, recurso a los métodos histórico-críticos en el estudio de los textos sagrados, diálogo con el mundo moderno, presencia de la Iglesia en la sociedad y, sobre todo, la creación de la “Iglesia de los pobres”, propuesta estrella de Juan XXIII. No fue ese, sin embargo, el camino seguido por Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Cuando accedieron al papado fueron desmontando poco a poco el edificio construido por los padres conciliares entre 1962 y 1965 y alejándose del proyecto de Iglesia diseñado cuidadosamente en las cuatro Constituciones, los nueve Decretos y las tres Declaraciones que conforman el Magisterio conciliar.

El giro no podía ser más notorio: se pasó de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de creyentes a la Iglesia jerárquico-piramidal, de la corresponsabilidad al gobierno autoritario, del pensamiento crítico al pensamiento único, de la autonomía de las realidades temporales a su sacralización, de la secularización al retorno de las religiones, de la autonomía de la Iglesia local a su control, de la jerarquía como servicio a la jerarquía como ejercicio de poder, de la teología como inteligencia de la fe en diálogo con otros saberes a la teología como glosa del Magisterio eclesiástico, de la ética de la responsabilidad al rigorismo moral, del diálogo multilateral al anatema.

La beatificación de Juan Pablo II constituye, a mi juicio, una muestra más del paso que Benedicto XVI ha dado desde el neoconservadurismo al integrismo.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid

Fuente: REDES CRISTIANAS

jueves, 7 de abril de 2011

Juan Pablo II. Una beatificación y un milagro discutidos


Ayer se hizo público el programa para la beatificación de Juan Pablo II el próximo 1 de Mayo. A los seis años el“santo subito” se ha hecho realidad. Pedimos prestado hoy a Xavier Pikaza el comentario que sobre el tema hizo hace unos meses en el blog de X. Pikaza. Él, que es socio fundador de ATRIO está siempre contento cuando difundimos aquí sus artículos y los abrimos a comentarios.


La discusión comenzó el mismo día del entierro (4-5 abril 2005), cuando aparecieron en la Plaza del Vaticano, de forma espontánea o dirigida por instituciones de poder, las pancartas del Santo Súbito (Santo ya, inmediatamente). No fue canonizado “inmediatamente” (súbito), como pedían las pancartas, pero casi. No he dudado de la santidad del papa Wojtyla, de su sacrificio y de su entrega al servicio de la Iglesia. Pero tengo mis dudas sobre la conveniencia “inmediata” de su beatificación, por dos razones básicas:

(a) Porque su figura sigue marcando una escisión en la Iglesia actual. Por eso, presento mis “reparos” sobre la conveniencia de beatificarle en este momento (cuando no se han curado las heridas que él pudo causar).
(b) Porque la forma de ratificar su santidad con un presunto milagro, que los cardenales de la comisión de canonizaciones ya han aprobado (curación de un caso de “Parkinson”), me parece menos “evangélica”.

1. Dudas ante la Beatificación de Juan Pablo II

Juan Pablo II ha sido una figura pública, querida y admirada por millones de personas, pero, al mismo tiempo, discutida en amplios círculos de la Iglesia católica. Su beatificación “súbito”, a los seis años de su muerte, me parece, por lo menos, apresurada.

a) Riesgo de endogamia.
Son muchos los que piensan que, con esta beatificación, un tipo de jerarquía de la Iglesia se “ratifica” y aprueba a sí misma, como hizo ya al beatificar a Pío IX. No parece un “fair play”, un ejercicio de “igualdad de oportunidades” y de apertura a otros modelos de Iglesia y de santidad. Muchos piensan que al obrar de esta manera la iglesia tiende a fortalecerse a sí misma como jerarquía: Los que beatifican a este Papa son aquellos mismos que él había colocado en la cumbre de la jerarquía vaticana, de manera que puede pensarse que lo hacen básicamente en un gesto de agradecimiento “endogámico”, para ratificarse a sí mismos (para decir así que ellos tienen razón, que su forma de actuar está bendecida desde el cielo, por el nuevo “santo”). Hay otras figuras y modelos de Iglesia que no han tenido esta “suerte”, por ahora: desde Mons. Romero hasta H. Camara.

b) Un pontificado poco dialogante
Juan Pablo II parece haber sido un santo por dentro, hombre de oración y sacrificio. Pero su pontificado ha sido poco trasparente, poco abierto a la concordia de todos los grupos en la Iglesia. Por todas parte se cuentan las anécdotas sobre su “dureza” en el trato con algunas figuras de la Iglesia, a las que “humilló”, empezando por el Cardenal Tarancón. Sin duda, la santidad puede incluir un tipo de “dureza” al servicio del ideal cristiano. Pero muchos tienen la impresión de que la “dureza” de Juan Pablo II se mostró sólo en una línea, y se dirigió en contra de un tipo de Iglesia que él no aprobaba. Mientras no quede claro lo que está al fondo de esa dureza, resulta poco prudente beatificarle. Es como beatificar a una parte de la Iglesia, a un tipo de pastoral y de misión que está siendo todavía discutida. Puede pensarse que esta beatificación es un intento de ratificar un tipo de política eclesial que resulta, por lo menos, discutible. No es bueno (querer) resolver los problemas de la Iglesia “canonizando” a los que van en una línea. En este momento, la beatificación de Juan Pablo II puede tomarse como triunfo de un tipo de iglesia que posiblemente deberá cambiar muy pronto, cuando cambie la “política” eclesial del Vaticano. Podían haber esperado unos años, cuarenta o cincuenta, para ver lo que queda de poso en la vida y figura de Juan Pablo II, para “beatificarle” a él como persona, no a un tipo de Iglesdia.

c) El tema abierto de la pederastia.
No es quizá el más importante, pero es muy significativo. Tras la muerte de Juan Pablo II se ha destapado en la Iglesia Católica el tema de la pederastia en algunas partes del clero. No es que Juan Pablo II tenga la culpa, pero son muchos los que piensan que no fue transparente en su administración, que se dejó engañar… El tema es demasiado urgente, demasiado doloroso, como para pasarlo así por alto. No todos tienen la misma responsabilidad en ese tema y en otros de la vida de la Iglesia. Debemos suponer que Juan Pablo II no tiene directamente culpa alguna. Pero hay también responsabilidades indirectas, y no está claro que Juan Pablo II esté libre de ellas. Un Papa podría haber actuado de modo distinto.

2. Preguntas ante el valor probativo de los milagros

Al lado de las tres dudas anteriores quiero plantear el tema de la “prueba” de los milagros. Dicen que médicos y cardenales de la comisión para las beatificaciones han aprobado el “milagro” realizado por intercesión de Juan Pablo II, de manera que peude ser beatificado. Éste es un tema sobre el que me he pronunciado ya. El 30.11.09 publiqué un post titulado ¿Qué milagros son necesarios para las canonizaciones? Una reflexión “crítica”. Había asistido días antes a la defensa de una tesis doctoral en Derecho Canónico, defendida por Pierre Kaziri, en la Universidad Pontificia de Salamanca. El tema era: Las virtudes y el martirio como razones o causas para beatificar o canonizar a un venerable, a lo largo de la historia y en el Derecho actual de la Iglesia. Fue una tesis razonada, precisa, profunda, y así lo reconocieron los especialistas del tribunal, representantes de las tres grandes Facultades de Derecho Canónico en España: Navarra, Comillas y Salamanca: ¿Qué pasa con los milagros? ¿Por qué no ha tratado el doctorando de ellos? El doctorando respondió que se trataba de un silencio metódico, pues su tema era sólo las “virtudes” y el “martirio”. Pero todos los asistentes tuvimos la impresión de que no había querido tratar de los “milagros” porque ellos están muy discutidos (como causa de beatificación), tanto en el plano teológico como en el canónico. Exigir milagros, como hoy se hace, para beatificar o canonizar a un santo me parece algo cercano a la magia. Va en contra del estilo “cristiano” de Jesús y de la Iglesia y se sitúa en la línea de la ordalía o de ciertas pruebas “sobrenaturales” que se exigían aún todavía en el Antiguo Testamento (como las aguas amargas). Jesús no iba en esa línea. Ciertamente “creo” en los milagros, es decir, en la presencia de lo sobrenatural, en el poder de la Vida que se expresó en Jesús y que se expresa en muchos hombres y mujeres, pero convertirlos en “prueba” exigida para resolver un tema (un juicio, un proceso de santidad) me parece contrario al evangelio. Esto es lo que pienso, con la mayor parte de los teólogos y canonistas católicos con quienes he dialogado sobre el tema.

Apelar a milagros, una visión medieval (y poco cristiana) del Derecho Canónico.

a. La mayor parte de los teólogos creemos en los “milagros” en el sentido del Evangelio. No sólo pensamos que la vida es un milagro y que, sobre todo, es un milagro la fe y la experiencia de la gracia, sino que estamos convencimos de que hay muchas cosas que no pueden explicarse por la pura ciencia.

b. Pero el milagro no es algo que va “contra las leyes de la naturaleza” (¡pues no conocemos lo que ella, la naturaleza, significa!), sino aquello que nos abre hacia un horizonte más amplio de vida y de esperanza. El milagro auténtico es “Dios”, es decir, la fe en Dios… En ese sentido, los milagros ya concretos son “señales” (signos) de esa presencia de Dios, no pruebas, como sabe el Evangelio: Jesús nunca “ha probado” algo con milagros, más aún, se ha negado a hacerlo, cuando le han pedido y exigido que los haga. (Jesús no probaría con un milagro la santidad de su siervo Wojtyla) Pero su vida está llena de signos de misterio, para aquellos que saben ver.

c. Si un milagro se probara científicamente no sería milagro, sino que caería (de alguna manera) dentro de la lógica de la ciencia. La buena ciencia sabe que en la vida de los hombres hay cosas y cambios que no se explican a través de una ciencia de tipo físico (como la medicina clásica), pero eso no significa que ella los considere milagros (en el sentido de acciones que rompen las leyes de la naturaleza), sino que deberíamos ampliar el concepto de naturaleza y de vida humana.

d. No negábamos, pues los milagros, pero pensábamos que ellos no se pueden probar en un plano “científico”, pues tampoco sabemos lo que es la ciencia y lo que podrá ser mañana. Por otra parte, el despliegue de la salud y de la enfermedad de los hombres y mujeres nos sitúa en las mismas fronteras de la ciencia, abriéndonos a elementos y factores que no podemos dominar con los métodos de contabilidad científica actual.

e. Por otra parte, pedirle a Dios “milagros” para probar que un hombre o mujer es santo nos parecía más cercano a las ordalías medievales (de tipo germano) que al estilo bíblico y cristiano de vida. Pensábamos que en este campo la praxis canónica de la Iglesia tiene que cambiar, adaptando el Derecho Canónico al Evangelio (al estilo de vida de Jesús). Estábamos convencidos de que Jesús nunca pediría un milagro de estos que pide el Derecho Canónico actual para canonizar a alguien… Ni siquiera a él le habrían podido canonizar según el Derecho Canónico (pues los “científicos” de entonces, que no eran malas personas, no creyeron en sus milagros… y la resurrección no se puede probar con métodos científicos).

f. Además, no es más milagro la curación “externa” de un enfermo que el hecho de que ese enfermo muera. Más milagro fue la muerte de Jesús en la Cruz que el posible “descenso” de la cruz, por obra de ángeles o seres sobrenaturales (como el mismo Jesús dijo). Pedir (exigir) milagros de curación cuando Dios no “curó” a Jesús de esa manera en la cruz nos parecía poco cristiano. El tema lo planteó de una forma intensa el gran Dostoievsky, en los Hermanos Karamazov, al hablar de la muerte y de la corrupción de un monje “santo”. ¿Qué es más milagro la incorrupción en el sepulcro que el corromperse en un sentido para renacer en otro, como dice San Pablo en un lugar famoso de 1 Cor 15).

g. Toda la tradición cristiana, desde el tiempo de Jesús, conoce bien el tema de la ambigüedad y manipulación de la “milagrería” que puede darse y se da en ciertas capas de la Iglesia (aunque éste no es el caso en las causas de beatificación y canonización, decíamos). El único “milagro” es la fe, una fe actica que puede mostrarse en el hecho de que muchos hombres y mujeres se hayan puesto en manos de Dios a través del “testimonio” algunos santos… Esa fe que cambia la vida que es el verdadero milagro.

Una conclusión

Conclusión. El milagro de Juan Pablo II

No quiero ya tratar del milagro “concreto” que se ha aprobado para la beatificación de Juan Pablo II (parece tratarse de una persona que se ha curado de una enfermedad fuerte de parkinson). No dudo de que se haya curado, no dudo de que haya invocado a Juan Pablo II. Pero decir que eso ha sido milagro en el sentido que se le da al término y que el “autor” (o intermediario) ha sido Juan Pablo II me parece demasiado. Si se quiere conservar el término “milagro” habría que darle otro sentido, otros matices, en la línea del cambio personal y de la apertura de horizontes humanos, ante el misterio de Dios, ante el don de la vida, tal como descubrimos en el Evangelio de Jesús. Necesitamos y queremos “milagros”, pero en otro sentido, no para “probar algo” (si uno es santo o no), sino para superar el plano de las “pruebas”, penetrando en el ámbito de la gracia, de la felicidad de Dios, del don de la vida.

En esa línea se puede seguir leyendo, con humor y discreción, el libro de José Carlos MARTÍN DE LA HOZ – Ricardo QUINTANA BESCOS , CAUSAS DE CANONIZACIÓN Y MILAGROS (Desclée de Brouwer, Bilbao 2008)

Lo que Jesús pide es “fe” activa, amor intenso al servicio de los demás. Más aún, la fe es capaz de “hacer milagros”, es decir, de transformar la vida de los hombres y mujeres, en un plano de totalidad, incluso de manera “corporal”. Pero “demostrar” que hay milagros concretos, realizados por la intercesión de este “santo” concreto y poner esos milagros como “prueba” de santidad me parece quizá demasiado (es decir, poco evangélico). Quizá sería hora de que cambiara la norma canónica sobre los milagros en los procesos de beatificación y canonización.

El milagro de Juan Pablo II tiene que ser su vida entera al servicio de la unidad y de la misión de la Iglesia. No sé si su recuerdo es ese “milagro” que la Iglesia actual necesita, en su misión de evangelio.

http://www.redescristianas.net/2011/01/15/juan-pablo-ii-una-beatificacion-y-un-milagro-discutidosxavier-pikaza-teologo/


Fuente: ATRIO

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