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martes, 11 de noviembre de 2014

La vida de la Iglesia es tensionada por los cambios.


por Marco Antonio Velásquez Uribe

La Iglesia, desde que irrumpe en la historia de la humanidad con la Buena Nueva, no cesa de avanzar y de transformarse. Largos períodos de quietud aparente son remecidos por verdaderos sobresaltos históricos. Es la acción del Espíritu Santo que moviliza a la Iglesia en la dirección del cambio. Al contrario, nada es más ajeno al impulso renovador del Espíritu de Dios que la inmovilidad y la inacción.

Entonces, la vida de la Iglesia aparece tensionada entre la tentación delstatu quo y la virtud de la renovación. Visto así, el cambio es la respuesta movilizadora del Espíritu de Dios que lleva a la Iglesia a hacer presente el Evangelio de siempre, en las más variadas y cambiantes circunstancias de la historia.

Sin embargo, la evidencia deja al descubierto el enorme peso de la inercia en la vida de la Iglesia, que se expresa como una poderosa fuerza que resiste su renovación. Considerando que el cambio conlleva riesgos, lo que opera en el inconsciente eclesial es el miedo a los riesgos y a la inseguridad que produce el cambio. Así, el miedo se convierte en una fuerza paralizante de la vida de la Iglesia.

Mientras el miedo al cambio pone en evidencia las propias limitaciones, la fe –como potencia creadora– abre a nuevos horizontes, posibilitando la vida en el Espíritu. De esta manera, el miedo al cambio aparece como una suerte de contradicción elemental, en cuanto invade el propio terreno de la esencia religiosa de la Iglesia, el ámbito de la fe. En los hechos, la Iglesia, como depositaria de la fe (fidei depositum), aparece más confiada en los efectos de la actuación humana que en los caminos insospechados que abre el Espíritu de Dios.

En medio de esta tensión entre el miedo al cambio y la aventura de la fe, el apego irrestricto a la doctrina se convierte en algo así como un muro de contención que impide los procesos de apertura y de renovación. Así, la doctrina, que remite a la fuente original de la Palabra revelada, adquiere la preponderancia de una verdad, a la que se concede validez inmutable. Sin embargo, se omite que la doctrina es también creación del pensamiento humano, que se construye a partir de un complejo sistema de creencias. Se omite también que tales sistemas son dinámicos, de modo que las creencias de la época medieval difieren de las creencias de la postmodernidad actual.

En la práctica, pasa inadvertido el hecho que el Evangelio es precisamente la novedad permanente de la buena noticia de la salvación, donde –con el mismo Evangelio de siempre– Dios quiere entrar en la historia de la humanidad con respuestas siempre nuevas, no para someter, sino para acompañar a sus hijos e hijas solidariamente en este anticipo del Reino que es la Iglesia. Visto así, es como si la cerrazón a los cambios fuera la dificultad que se le impone a Dios para hacer historia con su Pueblo.

En la historia de la Iglesia hay constancia de momentos significativos donde el Espíritu de Dios irrumpe con fuerza incontenible, son loskairós. Uno de esos tiempos de gracia intensos ha sido el Concilio Vaticano II, que estuvo precedido, atravesado y sucedido de fuertes tensiones.

La contundencia de ese proceso, donde la Iglesia se desinstaló paraaggiornarse con los nuevos tiempos, dio paso a un hostil período de acusaciones, investigaciones, reprensiones, sanciones, intervenciones, excomuniones y rehabilitaciones. Los guardianes de la ortodoxia encontraron una febril actividad. En efecto, en los últimos 60 años quedaron bajo la sospecha de la Congregación de la Doctrina de la Fe cerca de 200 sacerdotes, religiosos y religiosas, teólogos y teólogas, obispos, cardenales, laicos y laicas. Cada uno de ellos jugó un rol inestimable en la construcción de una Iglesia abierta al mundo y solidaria con los destinos de la humanidad. Ellos, con su audacia, y venciendo el miedo, consiguieron mover a la Iglesia en la dirección de hacerla más coherente con el Evangelio y abierta al Espíritu Santo.

Una larga lista de testigos del Evangelio ha experimentado con sus propias vidas las consecuencias de ser los pioneros en adentrarse en las periferias existenciales:

P. Teilhard de Chardin, SJ (1948); Henri de Lubac, SJ (1950); Henri Bouillard, SJ (1950); Gastón Fessard, SJ (1950); Henri Rondent, SJ (1950); Jean Danielou, SJ; Hans Urs von Balthasar (1950); Marie-Dominique Chenu, OP (1942); Yves Congar, OP (1952); 40 curas obreros franceses; P. Edward Schillebeeckx, OP (1968, 1979, 1984, 1986); P. John McNeill, SJ (1974, 1977, 1987); P. Bernard Häring,CssR (1975); P. Hans Küng (1975, 1979); P. Charles Curran (1979, 1986); Jacques Pohier, OP (1979); P. Anthony Kosnik (1979); Mons. Luigi Sartori (80s); seis padres claretianos de Madrid (80s); P. August Bernhard Hasler (80s); Mons. PedroCasaldáliga (80s); Karl Rahner, SJ (80s); Mons. Alan C. Clark (1982); P. Matthew Fox, OP (1983); Mons. Pierre MartinNgo Dinh Thuc (1983); abad Georg de Nantes (1983); cardenal Joseph Höffner (1983); Mons. Raymond G. Hunthausen (1983, 1985, 1987); Gustavo Gutiérrez, OP (1983, 1984, 1986, 1988, 2001); P. Ernesto Cardenal (1983);P. Fernando Cardenal, SJ (1984); P. Migue D´Escoto (1984); P. Edgardo Parrales (1985);Hnas. Elizabeth Morancy y ArleneViolet (1983); Mary Agnes Manzour (1983); JeannineGramick y P. Robert Nugent (1983, 1988, 1999); Barbara Ferraro y Patricia Hussey (1084); Leonardo Boff, OFM (1985, 1991); P. György Bulányi, SP (1986); Mons. Marcel Lefevre (1988); P. William J. Rewak SJ, Edward Glynn SJ, Michael Buckley SJ, David Hollenbach SJ y John Baldovin SJ (90s); P. André Guindon, OMI (1992); P. Eugen Drewermann (1992); Hna. Ivone Gebara (1993, 1995); Carmel McEnroy (1995); Hna. Lavinia Byrne (1995, 1998, 2000); P. Tissa Balasuriya, OMI (1997); Vassula Ryden (1995); Mons. Jacques Gaillot (1995); P. Marciano Vidal (1997, 2001); P. Paul Collins, MSC (1998, 2001); Jacques Dupois, SJ (1998, 2001); P. Anthony de Melo, SJ (1998); Perry Schmidt-Leukel (1998); Michael Stoeber (1999); P. Roger Haight, SJ (2000, 2002); P. Roger Hayght (2001); P. Antonio Rosmini Serbati (2001); P. Thomas Aldworth, OFM (2002); P. Joseph Imbach, OFM (2002); P. Willigis Jäeger, OSB (2002); siete mujeres del Danubio (2002); P. Thomas Reese, SJ (2005); P. Jon Sobrino, SJ (2006); P. Pedro Arrupe, SJ (1981); Dom Helder Camara; P. Giusseppe Nardin; P. Alex Zanottelli; P. José María Castillo SJ; Juan Antonio Estrada; P. Benjamín Forcano; P. Eugenio Melandri; P. Paul Valadier, SJ; Vittorio Cristelli; Rembert Weakland; Mons. Bartolomé Carrasco Briseño; P. Eugen Drewermann; Andre Guindon; P. Matew Fox; Pjillipe Denis; Card. Karl Lehman y 2 obispos alemanes; Mons. Samuel Ruiz; P. Renato Kizito Sesana; 16 teólogo moralistas alemanes; Mons. Méndez Arceo; P. John Sye Kong-seok; P. Paul Cheong Yang-mo; P. Edouard Ri Je-min; Mons. Peter Smith; Luigi Lombardi Vallauri; P. Jim Callan; Apola Bignardi, Mons. Luigi Marinelli; Mons. Eugene Rixen; Reinhard Messner; Sor Joan Chittister; P. Vitaliano Della Sala; Franco Barbero; Juan José Tamayo; P. Bernard Kroll; P. Fabrizio Longhi; P. Aitor Urresti.

Y a falta de personas, también han caído en la sospecha muchas organizaciones eclesiales, tales como: el Movimiento Somos Iglesia con un par de millones de miembros; 50 mil religiosas norteamericanas de la LWCR (Conferencia de Mujeres Líderes Religiosas); el Consejo Pastoral de los Países Bajos y La Conferencia de Obispos de Alemania en tiempos de la Humanae vitae; la Conferencia Internacional Anglicana – Católica en tiempos de apogeo del ecumenismo; la Iglesia Popular de Nicaragua en tiempos de la guerra civil; la “Declaración de Colonia” firmada por 163 teólogos alemanes y la “Carta a los Cristianos” firmada por 63 filósofos, historiadores y teólogos italianos relativas a cuestiones de moral sexual; la Facultad de Teología de Univ. de Friburgo; las Ediciones Paulinas de Brasil; la Casa Editorial de la Sociedad de San Pablo; los Instituto Interreligioso - Centro de Estudios Católicos – Instituto Teológico del Colegio Máximo de Cristo Rey – Centro de Reflexión Teológica, todos centros jesuitas de México; la Conferencia de Religiosos de Colombia; los Consultorios Católicos de Alemania, la Comisión Internacional de Liturgia de Habla Inglesa y la Pfarrer Initiative o “Desobediencia de los Párrocos”, movimiento surgido en Austria y que se ha diseminando rápidamente por el mundo, entre otros tantos.

En el presente, cuando la Iglesia vive un nuevo kairós, con la revolución de la misericordia que promueve el papa Francisco, vuelven a multiplicarse acusaciones, sanciones y persecuciones, indicando que se avecinan importantes cambios en la Iglesia.



lunes, 17 de febrero de 2014

Laicidad, o derecho a poder pensar.


Coral Bravo

Laicismo, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, significa “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”, aunque la palabra “doctrina” sobra. En resumen, las personas y organizaciones laicistas no son contrarias a ninguna creencia religiosa, por surrealista que sea, sino que defienden simplemente la no injerencia de esas creencias en las instituciones del Estado. Porque el Estado está, desde un punto de vista democrático, obligado a mantener la neutralidad ideológica para velar por la convivencia pacífica, en el pluralismo, de todos los ciudadanos, sin excepción. Es de lógica de Perogrullo entender que sin laicismo es imposible que exista una verdadera democracia. Porque lo contrario al laicismo es el confesionalismo, es decir, el sometimiento del Estado a una determinada confesión religiosa (dogmática e irracional) que vela únicamente por los sectarios intereses propios, negando la diversidad e imponiendo el pensamiento único correspondiente. No hay más que recordar el franquismo, o la situación que se está viviendo en la España actual.

En España las palabras “laicidad” y “laicismo” han estado vetadas y difamadas, de manera inconcebible, aunque entendible, a lo largo de la historia. A excepción de los años de la II República, que se instauró como una democracia laica y defendió, mientras pudo, la independencia del Estado respecto de la religión, estos conceptos han sido siempre grandes desconocidos para los españoles. Incluso a día de hoy un importante sector de la población española desconoce si quiera el significado de ese término, y no llega a calibrar el importante componente político de las Iglesias. Se trata de desconocimiento, simplemente; desconocimiento alentado por las propias instituciones eclesiales, que nunca han permitido, y siguen sin querer permitir, el pluralismo ni la libertad de pensamiento y de creencias.

Es evidente que los sectores eclesiales llevan años en campaña difamatoria contra la laicidad. Manipulan el lenguaje para desprestigiar el término “laicismo” y a las personas u organizaciones que le defienden. Hablan de “laicismo positivo” para establecer una dicotomía inexistente, dando por hecho que existe un “laicismo negativo”; o hablan de una “ofensiva laicista”, cuando los laicistas no atacan a nadie, al contrario, se defienden del confesionalismo y de sus embestidas que atentan contra los derechos humanos fundamentales, por más que muchos ciudadanos vivan ajenos a ellas.

La última embestida verbal la ha emitido el portavoz de la Conferencia Episcopal, José María Gil Tamayo, quien ha despotricado contra la Organización de las Naciones Unidas por su informe sobre la pederastia amparada por la Iglesia. En esas declaraciones, el secretario general de los obispos españoles ha manifestado que las críticas de la ONU forman parte de “una inquisición laica” con unos “dogmas ideológicos” que pretenden extender por el mundo. Y se quedó tan fresco; como si no supiéramos que la Inquisición fue una terrorífica institución de la Iglesia católica que se dedicó, durante muchos siglos, a matar a quienes no profesaban sus creencias o a quienes, como los científicos o los librepensadores, les molestaban; y como si no supiéramos que dogma significa “verdad revelada e indemostrable, ajena a la razón”, justamente lo que sostiene ideológicamente no sólo a la religión católica, sino a todas las religiones, inhibiendo de manera sistemática la libertad y el pensamiento racional y libre. La pederastia encubierta es, en cambio, un hecho probado y demostrado, sufrido por muchos miles de personas, no sólo en España, sino en todos los países donde el catolicismo está implantado.

En las antípodas de tanta sinrazón, se acaba de celebrar en Paris, el pasado sábado día 8 de febrero, un encuentro nacional entre políticos y politólogos franceses que, convocado por CLR (Comité Laïcité Republique), ha pretendido ser un espacio de discusión sobre la importancia de la laicidad en todos los ámbitos de la sociedad francesa: en la educación, en la política y en todos los aspectos que promueven el afianzamiento de la democracia del país. Y es que Francia es el referente de país laico. Tienen una ley, la llamada Ley de 1905, que garantiza la separación de Iglesias y Estado. En Francia se habla de laicismo, se defiende a capa y espada, es el gran baluarte de la República, y se sabe necesario para el progreso, la educación y la evolución democrática y ética de la sociedad. En España, como vemos, estamos a años luz.

Dice el filósofo y profesor inglés Anthony Grayling, en su libro The god argument (El argumento de dios): “Los apologistas de la religión se quejan de que los ateos y secularistas son agresivos en sus críticas. Yo siempre les digo: cuando ustedes tenían el poder ustedes no debatían con nosotros, sino que nos quemaban en las hogueras. Ahora lo que nosotros hacemos es presentarles algunos argumentos y algunas preguntas difíciles de responder, y ustedes se quejan”. Porque, en definitiva, como expresa uno de los lemas del CLR, “la laïcité n’est pas une opinion, c’est la liberté d’en avoir une”. La laicidad no es una opinión, sino la libertad para poder tenerla.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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