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martes, 26 de junio de 2018

Migraciones.


por José Ignacio González Faus

¿No es muy raro que hoy pongamos tanta resistencia a la llegada de africanos? Hace unos tres siglos los deseábamos tanto que ¡hasta íbamos nosotros a buscarlos! ¿Cuál es la diferencia? Pues que entonces los buscábamos para luego venderlos como esclavos. Los grandes pontífices de nuestra modernidad (desde Voltaire a Montesquieu) alabaron esa forma de “emigrar” que contribuyó claramente al desarrollo de Europa y además servía para mantener bajo el precio del cacao que venía de América. Tampoco la Iglesia europea puso muchos obstáculos a esa forma de emigrar. Y si algún insensato como Pedro Claver (¡catalán tenía que ser!) se dedicaba a cuidarlos y quererlos, hasta sus mismos compañeros de congregación lo denunciaron a Roma, no por mala conducta, sino por poco inteligente…

En la geografía que estudié de niño (hace bastantes años, pero tampoco tantos) casi todos los países africanos tenían un apellido europeo: Congo “belga”, Guinea “española” o incluso un nombre completo como “Côte d’Ivoire”. Los que no lo tenían era porque formaban parte de una “Commonwealth” que, en realidad significaba “Our wealth” (los nombres cumplen muchas veces aquella definición de la hipocresía como “homenaje del vicio a la virtud”). Hoy aún distinguimos entre África francófona y África anglófona. Y fue allá por mi adolescencia cuando comenzó a hablarse de “independencia” de los países africanos.

¿Qué significa todo eso? Pues simplemente que los inmigrantes son nuestros acreedores o los hijos e nuestros acreedores. Tenemos una deuda con ellos y debemos pagarla. Puede que esa deuda no sea mía en particular sino de mis ancestros, pero ya sabemos que esas deudas no prescriben y, como le decían nuestros banqueros a Grecia: el que la hace la paga. Y Europa la hizo.

Se cumple aquí una ley que la historia enseña profusamente y nos negamos a aprender: medidas que a corto plazo producen resultados magníficos, tienen a largo plazo consecuencias catastróficas. Ya otra vez puse el ejemplo de la instalación de la monarquía en el Israel bíblico: en pocos años convirtió aquel pequeño pueblo en un imperio; pero, a medio y largo plazo, acabó con la división del país, el destierro a Babilona y la destrucción del Templo. Y el ejemplo se repite: lo mismo ha pasado a mucha gente joven con el señuelo de la droga. Lo mismo nos pasó hace poco (aunque no lo hayamos aprendido) con la burbuja del ladrillo que produjo un momentáneo desarrollo espectacular y terminó llevándonos a una de las más fuertes crisis económicas. Lo mismo nos ha pasado con el cambio climático y el cáncer actual del planeta tierra, consecuencia de nuestra rápida prosperidad y de la comprensible envidia de los otros por imitarla…

Todo esto no obsta para que las migraciones puedan constituir un problema serio, simplemente porque no podemos digerir tanto en tan poco tiempo. Ni para que ese problema real genere reacciones egoístas exageradas y xenófobas, sobre todo si no lo abordamos nosotros de manera más racional, más humana y menos egoísta. Por eso lo que parece más claro es que semejante problema necesita una solución global y no puede resolverlo ningún país solo.

Gestos como el de P. Sánchez con el Aquarius son bellos y ejemplares, pero no son soluciones. ¡Ojalá fueran al menos un toque de atención y una llamada para que nos decidamos a afrontar el problema a nivel europeo, en lugar de ir “trumpeando” disimuladamente! Yo no sé cuál ha de ser la solución, pero recuerdo la frase de un antiguo director de ESADE: “con las soluciones pasa como con el dinero; haberlo haylo; pero hay que saber buscarlo”.

Uno piensa que si somos tan machos y tan fuertes como para bombardear Libias y eliminar dictadores, también debemos serlo para acabar con las mafias que se aprovechan de estas pobres gentes “empaterándolas” con peligro de muerte (lo que uno no sabe es si detrás de esas mafias no estaremos nosotros mismos). Uno piensa también que si hemos sido tan sabios para desarrollarnos tanto, también debemos serlo para contribuir al desarrollo de esos países creando allí fuentes de riqueza y de trabajo que eviten que el horizonte del niño que nace allí sea morir de hambre o de sed (lo que uno tampoco sabe es si estamos dispuestos a que los beneficios de ese desarrollo sean para ellos y no para nosotros, pagando así la deuda que con ellos tenemos).

Si no, si el Mediterráneo en vez de ser un mar privilegiado en medio de la tierra, va convirtiéndose poco a poco en un depósito de cadáveres, quizá llegue un momento en que sus aguas estén definitivamente infectadas y nuestros hijos, cuando vayan a la playa a lo mejor tienen que bañarse con mascarilla. Y no digamos nada si, como predicen nuestros ecologistas, esas aguas sucias comienzan a invadir nuestras ciudades costeras…

Ese día, el “mare nostrum” se habrá convertido en otro “mare monstrum” y el Medi-terráneo se habrá convertido en “Medi-averno”: no centro de la tierra sino centro del infierno. ¿Bastará entonces con decir aquello de “que nos quiten lo bailao”?

martes, 13 de agosto de 2013

Niños esclavos mineros abundan en la región carbonífera de México.


Niños laboran en condiciones de esclavitud en las regiones carboníferas.

Representan ahorros para empresas formales y pocitos: Familia Pasta de Conchos.

De 3.5 millones de menores que trabajan en México, 600 mil lo hacen en tareas peligrosas: OIT.

Patricia Muñoz Ríos

Periódico La Jornada

Su bajo peso y estatura les permite introducirse fácilmente en tiros de minas de carbón, en una especie de cubos, a varios metros de profundidad; laboran de ocho a 12 horas por jornada y reciben la tercera parte, o menos, del pago de un adulto. Son los niños mineros que abundan en la región carbonífera de México, que sin protección alguna, con pagos miserables y sin oportunidades de estudiar, arriesgan sus vidas por necesidad económica.

Aun cuando oficialmente se minimiza el problema de los infantes mineros, la Familia Pasta de Conchos (FPC) estima que en aproximadamente 18 por ciento de los yacimientos de carbón laboran menores de edad. Este dato “es alarmante, porque demuestra, entre otras cosas, que son contratados por pequeños productores”, señala.

Por la forma en que están ubicados los pocitos –donde más los contratan, aunque también en empresas formales-, “es fácil esconder a los niños cuando los inspectores se acercan o se les da el pitazo de que los han visto en la zona”.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señaló en el Día Mundial contra el Trabajo Infantil que de los 3.5 millones de niños que laboran en el país, cerca de 600 mil lo hacen en actividades riesgosas, como el campo, la minería y la construcción.

En este sentido, México no ha ratificado aún el convenio 138 de la OIT sobre la edad mínima de admisión al empleo; sin embargo, la Secretaría del Trabajo indicó que ya se ocupa del tema y pronto el gobierno ratificará el acuerdo internacional, pero ha argumentado además que la reforma laboral contiene diversas regulaciones que sancionan el empleo de menores.

La realidad es que se siguen contratando niños en la región carbonífera del país, prácticamente en condiciones de esclavitud y en labores que les provocan daños físicos permanentes, según la FPC.

Víctimas de mutilación y muerte

Esta organización denuncia que los menores de edad también son víctimas de mutilaciones y muerte en los siniestros mineros, como el ocurrido en el pocito 3 Ferber de la empresa Binsa, donde se constató que laboraban varios menores de edad y jóvenes de 19 años tenían tres trabajando en la compañía sin registro en el Seguro Social y con salarios sustancialmente más bajos que los normales. No obstante, el gobierno de Felipe Calderón señaló que sólo un menor, Jesús Fernando Lara, trabajaba en esa mina por “periodo vacacional”.

“El trabajo de los menores, además de bajar los costos de producción, permite que los niños y jóvenes que no han alcanzado la estatura de un adulto se desplacen fácilmente dentro de los pocitos, que suelen tener 1.5 metros de altura. Por lo barato de su mano de obra y por su estatura, son una buena opción para los poceros”, establece FPC en su quinto informe.

En tanto, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos emitió el informe especial sobre las condiciones de seguridad e higiene en la zona carbonífera de Coahuila, en el que estableció que menores y adolescentes continúan trabajando en minas pequeñas y de tipo artesanal, incluso en yacimientos abandonados que carecen de permiso para operar, en labores como extracción, transporte y limpieza de minerales.

El documento detalla que los niños trabajan en condiciones deplorables, con jornadas excesivas y a temperaturas extremas, manejan maquinaria pesada y herramientas sin protección y entran en contacto con productos químicos que en muchos casos dejan secuelas físicas irreparables.

La OIT estima que en el mundo cerca de un millón de menores de cinco a 17 años realizan actividades mineras y de cantería. Los niños deben afrontar un trabajo duro y peligroso y prescindir del acceso a la escolarización, la sanidad u otras necesidades básicas, por lo que se han puesto en marcha programas experimentales con ayuda de esta organización mundial para erradicar dicha forma de trabajo infantil.

Fuente: Apia Virtual