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sábado, 2 de febrero de 2019

¿La política del “poder” es lo que importa?


Una de las cosas más corruptas y escandalosas, que estamos viviendo y soportando, es el notable predominio que se palpa en quienes mandan (o aspiran a mandar), en el agitado y convulso mundo de la política. Y digo que estamos soportando hechos y situaciones corruptas y escandalosas, porque somos muchos los ciudadanos que estamos hartos de aguantar a políticos y gobernantes a los que se les nota demasiado que lo que buscan y quieren (a toda costa), no es resolver los problemas que tiene y sufre la gente, sino alcanzar ellos el poder para imponer sus ideas, intereses y aspiraciones a la población indefensa.

La situación es tan deplorable que, a cualquier persona medianamente culta se le ocurre sospechar que una importante mayoría de los aspirantes a gobernar, ni han pensado en toda su vida que, en el ejercicio del gobierno (de un país, de un pueblo, de una institución…), no es lo mismo el “poder” que la “autoridad”. Un gobernante puede tener un poder absoluto, que es lo que tienen los dictadores. Pero un dictador, precisamente porque es totalitario en el ejercicio de su poder absoluto, por eso mismo carece de la autoridad, que necesita para que los ciudadanos vean en él al gobernante que tiene las cualidades (la credibilidad, la honradez, la sinceridad, la honestidad) que son indispensables para que la ciudadanía vea, en las decisiones del gobernante, las convicciones y proyectos que buscan el bien de la población.

En el ejercicio de cualquier forma de gobernanza, siempre fundamental para que las cosas vayan bien, es enteramente necesario que la población vea, en sus gobernantes, no sólo el “poder” que establecen las leyes, sino además la “autoridad” que se basa en la calidad moral y la autenticidad fundada en el derecho. Poder y autoridad que generan el sentimiento de “seguridad” en los ciudadanos. La base del bienestar de un pueblo, de un país, de la sociedad en general.

El profesor Ennio Cortese, en su magistral estudio sobre “Le Grandi Linee della Storia Giuridica Medievale”, analiza la famosa carta que, en el año 494, el papa Gelasio envió al emperador Anastasio y donde el papa le decía al emperador: “existen dos instancias para regir el mundo: la autoridad sagrada de los pontífices y la potestad real” (“auctoritas pontificum et regalis potestas”). La “autoridad” es la superioridad moral; la “potestad” es el poder público de ejecución.

No es posible estudiar aquí la enorme documentación histórica que existe sobre este texto. Ni vamos a caer en la ingenuidad de presentar a todos los papas como modelos de “superioridad moral”. Lo que importa no es la veracidad histórica sino la enseñanza ética. Y es evidente que, desde este punto de vista, la ejemplaridad moral del gobernante, que, en el ejercicio de su cargo, sólo piensa y actúa buscando el mayor bien de quienes más lo necesitan, ahí está el punto capital que justifica las decisiones de gobierno y la ejecución de tales decisiones.

Por desgracia, la ausencia del necesario equilibrio de la “autoridad” y la “potestad”, en el gobierno de los pueblos y las instituciones, es lo que ha desquiciado la seguridad de los ciudadanos y el bienestar en la sociedad. El brutal desquiciamiento que estamos soportando, en el debido ejercicio de la política, es lo que ha generado el contaminado y maloliente clima de convivencia en que vivimos.

Es verdad que, desde el s. XVIII, Montesquieu puso los primeros fundamentos de la separación de poderes, en el ejercicio del Derecho y de la gestión política. Se pensó que tal separación devolvería la transparencia y la equidad, en el ámbito de la más estricta justicia, en el ejercicio de la autoridad y del poder.
Pero la pura verdad es que la experiencia nos está enseñando que, si los políticos (y gobernantes en general) no son personas honestas, que ejercen la autoridad en plena transparencia, la corrupción de unos y de otros les ofrece medios, posibilidades e instrumentos para tomar las más repugnantes y perversas decisiones, que terminan beneficiando a los de arriba y destrozando, cada vez más y más, a los más desprotegidos.

Por poner algún ejemplo, para terminar, ¿cómo se explica que, en los grupos políticos más religiosos, es donde más se ha ensañado la corrupción? ¿qué religión es ésa? Y, sobre todo, ¿cómo se explica tanta desvergüenza y tanta hipocresía? Estamos hablando de una política y de una religiosidad que tienen, sin duda, mucho “poder”, pero que carecen por completo de “autoridad” y “credibilidad”. Con gente así, ¿a dónde vamos?

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La mordaza colectiva.


Los gobernantes necesitan acallar las voces y aplican todo su poder para lograrlo

Por Carolina Vásquez Araya*

Contrainformación, 13 de noviembre, 2018.- Las estratagemas de los círculos de poder de corte fascista pasan por encima de los derechos civiles, aplastan los textos constitucionales, rompen el delicado tejido de los valores humanos y terminan por transformar a las sociedades en enormes masas de seres temerosos del abuso y de la violencia institucionalizada. Al final, ante ese ambiente de incertidumbre las sociedades terminan por aceptar un nuevo estado de cosas en donde su voz no incide. Las dictadoras de hoy tienen un efecto psicológico abrumador, pero sobre todo un efecto letal en la confianza respecto de los sistemas democráticos.

¿En qué momento y cómo se ha debilitado la voz del pueblo? ¿Cómo se ha permitido semejante nivel de amedrentamiento contra sociedades cuyos objetivos parecen estar enfocados en las libertades ciudadanas? En esta lucha por los derechos humanos es fácil observar cómo se empiezan a producir ciertas defecciones; por ejemplo, políticos cuyo discurso se va transformando paulatinamente en una oda al odio mediante el cual modifican la percepción ciudadana sobre las posibles soluciones a sus problemas de supervivencia. Luego, a esta ciudadanía desinformada y hábilmente manipulada se la califica de “facho pobre” sin escarbar en las profundas causas que la han llevado a ceder ante semejante atado de mentiras.

En esta ruta van cayendo una tras otra las propuestas de corte social, bajo la misma etiqueta utilizada con profusión durante la Guerra Fría. Es decir, las políticas públicas dirigidas hacia una mayor inclusión de las mayorías en decisiones de Estado, mejores presupuestos para los rubros esenciales como salud, vivienda, educación, alimentación y cultura, mayor participación de las comunidades en decisiones sobre proyectos de explotación de recursos y, sobre todo ello, una presencia más activa de las mujeres en la vida institucional y política, son vistos como retrocesos por los sectores más poderosos.

El fascismo crudo y sin disimulos enquistado en cada vez más países debería llamar a reflexionar sobre los motivos de semejante caída de los derechos ciudadanos. Es imperativo preguntarse por qué las sociedades están cayendo en la búsqueda de sistemas represivos y abiertamente discriminatorios, porque quizá ahí se encuentre la respuesta para identificar el punto de quiebre que ha llevado a las sociedades a perseguir una vía de violencia y odio, de enriquecimiento para unos y miseria para todos los demás.

En esta ruta demencial las primeras víctimas son el estado de Derecho y la justicia. A partir de ese punto, cuando estos regímenes se consolidan gracias a sus métodos represivos, vuelven su mirada hacia los sectores más débiles en términos de derechos y los anulan. Es así como el papel de las mujeres en los círculos políticos e intelectuales se empieza a estrechar hasta casi desaparecer, consolidándose de ese modo el viejo patrón patriarcal, para cuya supervivencia es esencial imponer un sistema de dominio y sumisión sobre la mayoría de la población. En ese mismo sentido, la niñez y la juventud son consideradas los viveros desde donde resulta fácil reproducir una ideología afín a las pretensiones de imponer y eternizar el sistema dominante.

La información y, por ende, la educación y la cultura son los peores enemigos del fascismo. El control de los medios, la censura sobre libros y cualquier medio de difusión de las ideas se convierte en una prioridad para estos enemigos mortales de la inteligencia y de las sociedades libres. Nuestros países ya han vivido esos infiernos y ven con horror cómo hoy regresan esos viejos fantasmas.

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*Carolina Vásquez Araya es periodista, editora y columnista.
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Fuente: Publicado el 9 de noviembre 2018 por Contrainformación: https://contrainformacion.es/la-mordaza-colectiva/

Fuente: servindi.org