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jueves, 13 de diciembre de 2018

La educación ante el auge del fascismo.


Enrique Javier Díez Gutiérrez

En Finlandia, Alemania, Dinamarca, Francia, Suecia, Grecia, Hungría, Croacia, Letonia, Lituania, Polonia, Ucrania, Italia y desde el 2 de diciembre de 2018 España, se ha asentado la presencia del fascismo en los parlamentos europeos.

El fascismo radicaliza los valores conservadores y neoliberales, para atraer y canalizar el enfado de clases medias, trabajadoras y populares que se sienten abandonadas e indefensas ante las políticas europeas de austeridad. Políticas de austeridad aplicadas a «los de abajo», como medidas únicas e inmutables, ante la crisis económica y social. Una crisis que se percibe ya como un «saqueo sin fronteras» de las élites financieras, que han conseguido, sin embargo, salir reforzadas y más enriquecidas aún, si cabe, de la esa «crisis» provocada por su propia voracidad sin límites.

El fascismo que vuelve a asentarse en Europa y que se extiende de forma imparable por buena parte del mundo (Estados Unidos con Donald Trump, Brasil con Jair Bolsonaro, Filipinas con Rodrigo Duterte, etc.) no tiene nada de antisistema, sino que constituye el plan B autoritario del sistema a través del discurso antiélites. Un discurso, profundamente neoliberal, pero teñido de aspectos y elementos simbólico-emocionales conservadores(banderas, himnos, símbolos, etc.), que rechaza toda forma de organización colectiva (organizaciones sociales, sindicatos, partidos políticos, etc.) que demande derechos sociales y justicia, alentando el mesianismo y los «líderes autoritarios» como salvadores en quien confiar ciegamente.

En el tablero diseñado por el neoliberalismo, el fascismo cumple una función clave: la de ocultar las raíces reales de la injusticia social y la crisis para, de esta forma, neutralizar la posibilidad de que se cuestione la responsabilidad en la misma de las élites económicas y financieras.

Lo que hace la extrema derecha es sembrar la discordia entre los perdedores del modelo neoliberal, fomentando, por una parte, el orgullo de sentirse superior y, por otra, canalizando la ira popular hacia los colectivos más vulnerables. Así, mientras se alimenta la guerra entre pobres, los cenáculos neoliberales siguen repartiéndose el pastel y la fractura social se acrecienta.

Con dos efectos colaterales terribles: el primero, que vemos como gran parte de los postulados de la extrema derecha están siendo asumidos por la derecha y los liberales, especialmente las políticas migratorias, claramente discriminatorias y punitivas, y las políticas represivas en materia de derechos y libertades. El segundo, que reconstruyen el imaginario colectivo, amplificado por los medios de comunicación, situando a todo movimiento progresista de «izquierdas» (Unidos Podemos) como si fuera el otro extremo de la ecuación, en la «extrema izquierda». De tal forma que el centro del tablero político queda redefinido por el conservadurismo (PP) y el neoliberalismo (C’s) que se convierten automáticamente en opciones de centro, «moderadas» y «responsables».

Se está así redefiniendo el campo de disputa, tildando de forma similar de populistas tanto a las opciones fascistas (totalitarias y antidemocráticas) como a las opciones comunitarias de defensa del bien común, el reparto de los recursos y la justicia social. Ocultando la gravedad de esta equiparación, mediante el epíteto vacío de «populismo» que oculta e invisibiliza el fascismo. Como se ha usado también en algunos análisis históricos del golpe de estado del 36 y la dictadura franquista, pretendiendo mantener una «equidistancia» entre víctimas y verdugos, entre fascistas alzados y un gobierno republicano elegido democráticamente.

Una segunda causa del auge del fascismo es la tragedia que ha supuesto la gestión de la crisis por parte de la socialdemocracia en toda Europa. Los partidos socialdemócratas han aplicado los mismos principios del neoliberalismo y las políticas de austeridad. Ante lo cual, buena parte de la población se ha sentido engañada por quienes en otras épocas fueron los defensores del Estado Social y de Bienestar. Esto ha sido crucial para provocar una sensación generalizada de hundimiento de los principios de democracia, justicia social y solidaridad, que podemos situar como tercera causa del auge del fascismo. Y una cuarta causa: el desarrollo del precariado como condición de vida de buena parte de la población joven, base del descontento social de generaciones hipotecadas, ante la perspectiva de futuro de «vivir pagando para morir debiendo».

Pero la causa fundamental del auge del fascismo se debe a que el modelo neoliberal ha ganado actualmente la guerra ideológica. Hemos asistido a una guerra ideológica, irregular y asimétrica, en la que la batalla por la narrativa ha sido clave en la fabricación de una determinada percepción de la población y las audiencias mundiales de cara a imponer imaginarios colectivos impregnados de contenidos y sentidos afines al pensamiento dominante, que cada vez une más y «simbiotiza» capitalismo, neoliberalismo y fascismo. Las élites económicas y financieras sí que han tenido claro que hay una permanente lucha de clases, y que, esta batalla, ellos la están ganando por goleada. Y, justamente, porque están ganando esta guerra ideológica, es por lo que también ganan la guerra económica y el poder, a pesar de (o, precisamente por) la corrupción, la memoria del fascismo, la represión, etc., etc.

Sus proclamas han colonizado el pensamiento, los deseos e incluso las esperanzas de gran parte de la población. Aplicaron el análisis de Gramsci: si controlan la mente de la gente, su corazón y sus manos también serán suyos. Pasado el tiempo de la conquista por la fuerza, llega la hora del control de las mentes y las esperanzas a través de la persuasión. La ‘McDonalización’ es más profunda y duradera en la medida en que el dominado es inconsciente de serlo. Razón por la cual, a largo plazo, para todo imperio que quiera perdurar, el gran desafío consiste en domesticar las almas. De tal forma que el discurso neoliberal ha acabado siendo visto como condición natural y normal.

Lo privado frente a lo público. La libertad individual frente al bien común y la justicia social. El rechazo a los impuestos frente a la aportación colectiva para la protección social y solidaria. La ideología del esfuerzo que externaliza las causas de las dificultades y convierte a la víctima en culpable, revictimizándola. La ideología del emprendimiento que responsabiliza a las víctimas de su suerte y su futuro. La cultura de la autoridad, la sumisión y la obediencia debida. La ideología del pensamiento positivo, complemento necesario para ayudar a autorregular la conciencia opresiva de la explotación y sentirse incluso un colaborador libre y proactivo en la propia explotación, mediante técnicas de management y coaching emocional.

Se ha instaurado así una constante, permanente y sólida pedagogía del egoísmo, base esencial de la ideología neoliberal, que hunde sus raíces en el interés propio como impulso vital y trascendental. Una pedagogía que está reconstruyendo, a través de los medios, las prácticas y los discursos sociales y educativos, un nuevo sujeto neoliberal que ve en el egoísmo y las relaciones de competencia y de mercado la forma natural y normal de estar y ser en el mundo. Un sujeto cuyo primer mandamiento es «ayúdate a ti mismo». Que desprecia cualquier obligación moral vinculada a la solidaridad colectiva. Una persona formada en la lógica de la competición, cuyas relaciones y prácticas sociales se transforman en cálculos e intercambios regidos por el cálculo del máximo interés individual.

Debemos combatir esta pedagogía del egoísmo, no solo en la escuela sino a través de todos los medios de educación formal y no formal, si queremos superar de una vez por todas el fascismo. Es necesario, claro está, acabar con las políticas de austeridad, poner coto a los beneficios, los paraísos fiscales y el rescate de los bancos y fondos financieros y establecer medidas para conseguir un estado de bienestar social global, que contemple los límites del planeta. Es imprescindible que los partidos gobernantes sean más transparentes y menos oligárquicos y corruptos. Pero, sobre todo, debemos fortalecer la autonomía de pensamiento y de crítica para combatir la posverdad y la política de las emociones de la ideología neoliberal. Porque es más fácil evadirse de una prisión física que salir de esta «racionalidad» neoliberal elegida «libremente», ya que esto supone liberarse de un sistema de normas instauradas mediante técnicas de interiorización y control del yo.

No podemos seguir siendo «indiferentes» ni «obedientes» ante la pobreza y el hambre, ante la guerra y la crueldad, ante la insolidaridad y el egoísmo brutal, ante el saqueo del bien común, ante la intolerancia y el fascismo. La verdadera munición del capitalismo no son las balas de goma o el gas lacrimógeno; es nuestro silencio. Ya lo decía Martin Luther King: «tendremos que arrepentirnos en esta generación no tanto de las malas acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena» que miramos para otro lado ante el auge del fascismo.

Como diría Ernesto Sábato, «estamos a tiempo de revertir esta masacre. Esta convicción ha de poseernos hasta el compromiso». Nos jugamos el futuro de nuestros hijos e hijas, y el de la sociedad en su conjunto. Educación o barbarie, no hay neutralidad posible.



Enrique Javier Díez Gutiérrez

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

Fuente: laicismo.org

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La mordaza colectiva.


Los gobernantes necesitan acallar las voces y aplican todo su poder para lograrlo

Por Carolina Vásquez Araya*

Contrainformación, 13 de noviembre, 2018.- Las estratagemas de los círculos de poder de corte fascista pasan por encima de los derechos civiles, aplastan los textos constitucionales, rompen el delicado tejido de los valores humanos y terminan por transformar a las sociedades en enormes masas de seres temerosos del abuso y de la violencia institucionalizada. Al final, ante ese ambiente de incertidumbre las sociedades terminan por aceptar un nuevo estado de cosas en donde su voz no incide. Las dictadoras de hoy tienen un efecto psicológico abrumador, pero sobre todo un efecto letal en la confianza respecto de los sistemas democráticos.

¿En qué momento y cómo se ha debilitado la voz del pueblo? ¿Cómo se ha permitido semejante nivel de amedrentamiento contra sociedades cuyos objetivos parecen estar enfocados en las libertades ciudadanas? En esta lucha por los derechos humanos es fácil observar cómo se empiezan a producir ciertas defecciones; por ejemplo, políticos cuyo discurso se va transformando paulatinamente en una oda al odio mediante el cual modifican la percepción ciudadana sobre las posibles soluciones a sus problemas de supervivencia. Luego, a esta ciudadanía desinformada y hábilmente manipulada se la califica de “facho pobre” sin escarbar en las profundas causas que la han llevado a ceder ante semejante atado de mentiras.

En esta ruta van cayendo una tras otra las propuestas de corte social, bajo la misma etiqueta utilizada con profusión durante la Guerra Fría. Es decir, las políticas públicas dirigidas hacia una mayor inclusión de las mayorías en decisiones de Estado, mejores presupuestos para los rubros esenciales como salud, vivienda, educación, alimentación y cultura, mayor participación de las comunidades en decisiones sobre proyectos de explotación de recursos y, sobre todo ello, una presencia más activa de las mujeres en la vida institucional y política, son vistos como retrocesos por los sectores más poderosos.

El fascismo crudo y sin disimulos enquistado en cada vez más países debería llamar a reflexionar sobre los motivos de semejante caída de los derechos ciudadanos. Es imperativo preguntarse por qué las sociedades están cayendo en la búsqueda de sistemas represivos y abiertamente discriminatorios, porque quizá ahí se encuentre la respuesta para identificar el punto de quiebre que ha llevado a las sociedades a perseguir una vía de violencia y odio, de enriquecimiento para unos y miseria para todos los demás.

En esta ruta demencial las primeras víctimas son el estado de Derecho y la justicia. A partir de ese punto, cuando estos regímenes se consolidan gracias a sus métodos represivos, vuelven su mirada hacia los sectores más débiles en términos de derechos y los anulan. Es así como el papel de las mujeres en los círculos políticos e intelectuales se empieza a estrechar hasta casi desaparecer, consolidándose de ese modo el viejo patrón patriarcal, para cuya supervivencia es esencial imponer un sistema de dominio y sumisión sobre la mayoría de la población. En ese mismo sentido, la niñez y la juventud son consideradas los viveros desde donde resulta fácil reproducir una ideología afín a las pretensiones de imponer y eternizar el sistema dominante.

La información y, por ende, la educación y la cultura son los peores enemigos del fascismo. El control de los medios, la censura sobre libros y cualquier medio de difusión de las ideas se convierte en una prioridad para estos enemigos mortales de la inteligencia y de las sociedades libres. Nuestros países ya han vivido esos infiernos y ven con horror cómo hoy regresan esos viejos fantasmas.

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*Carolina Vásquez Araya es periodista, editora y columnista.
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Fuente: Publicado el 9 de noviembre 2018 por Contrainformación: https://contrainformacion.es/la-mordaza-colectiva/

Fuente: servindi.org

viernes, 10 de febrero de 2017

Tump visto desde la ética y el evangelio.


Editorial de Redes Cristianas

Ya durante la campaña nos habíamos horrorizado por el atrevimiento e inmoralidad de sus provocaciones: nos parecía extraño que un candidato a presidente pudiera afirmar que “puedo disparar a alguien en plena Quinta Avenida y no perdería votos”, que nunca había pagado impuestos, sus afirmaciones xenófobas, su defensa de la tortura, su misoginia, el desprecio hacia México.

Sin embargo, como en algunas ocasiones, la verdad ha superado todas las expectativas. Después de su toma de posesión el 20 de enero nos ha acostumbrado al desafío diario, a la audacia y al “in crescendo” del disparate, que, como una coraza, convierte en normal el disparate del día anterior

: el muro, el oleoducto, los nombramientos, el mantenimiento de sus propias empresas aun siendo presidente, su desprecio por el estado de derecho y el poder legislativo, su fobia hacia el mundo árabe, la prohibición de la entrada —en un país de inmigrantes por historia y realidad— a los ciudadanos de los siete países afectados, con síntomas de comportamiento antisocial, agresividad, paranoia, grandiosidad, egocentrismo. La ausencia total de sentido moral y ético tanto en el lenguaje como la falta de escrúpulos en los hechos del dirigente de la nación más poderosa es un salto en la degradación social colectiva.

Sin duda el Tea Party es de derechas o de ultraderechas, pero Trump es otra cosa. Hay quien lo define como la adaptación empresarial del Ku Kux Klan del siglo XXI, la reacción histérica y patológica del blanco a quien se le ha hecho creer que está perseguido y tiene que atacar.

¿Patología? Lo de menos es pensar sobre el Trump-persona. Lo preocupante es pensar en la sociedad que le ha votado. ¿Por qué la mitad de una sociedad teóricamente civilizada, cumbre del mundo libre, heredera de Washington y Tocqueville, que con su independencia en 1776 selló la primera declaración de Derechos Humanos, en la que desde sus orígenes ha predominado el modelo de sociedad abierta, democracia representativa y prensa libre, ha dado su confianza a un personaje así?

Sencillamente, porque tanto Trump como la ultraderecha europea son un producto de la globalización financiera, del neoliberalismo y, sobre todo, representan la indignación popular por la crisis de 2008. Su auge en Estados Unidos lo han hecho posible tanto republicanos como demócratas, y en Europa las instituciones financieras, la Troika, padres de la arquitectura económica que ha generado estos monstruos.

¿Fascismo? No al estilo de los fascismos europeos del siglo pasado, pero sí utilizando su misma retórica racista o afirmando que en el interior mismo de los Estados Unidos, si se quiere que la nación prospere, hay cuerpos extraños que hay que extirpar. El mismo discurso de Hitler en su día.

Es importante releer su discurso de toma de posesión. Como en todas las dictaduras, hay un intento de conexión directa entre él, el elegido y carismático, creyéndose vocero de Dios y el pueblo, sin mediaciones, sin partidos, donde se vincula a sí mismo y a su gobierno directamente con el pueblo, sin cortapisas, con argumentos populistas y numerosas referencias a Dios. Dijo en su discurso: “Lo que realmente importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino si nuestro gobierno está controlado por el pueblo” o “estamos protegidos por Dios”.

El fascismo especula demagógicamente con las necesidades de la gente. Exprimirá a las masas hasta no poder más, pero se acerca a ellas hablando de anticapitalismo, alimentando el sentimiento popular contra el expolio de la burguesía y de los bancos, los trusts y los magnates y lanzando consignas de proteccionismo económico y aislacionismo cultural. En Alemania: “Nuestro estado no es un estado capitalista, sino un estado corporativo”; en la España franquista: “Hemos superado la lucha de clases”; en Estados Unidos, apropiándose del mito de pueblo elegido.

El fascismo es cada vez menos una amenaza y cada vez más una realidad. Un fascismo actualizado en sus formas pero idéntico en el fondo, y que gana sus apoyos entre las clases más afectadas por la globalización y las políticas neoliberales. Al día siguiente de la toma de posesión se reunieron en Alemania los principales líderes de la ultraderecha europea, desde Marine Le Pen a la alemana Petry, bajo el lema “Libertad para Europa”. No es casual. Estamos a las puertas de elecciones clave este año en Holanda, Francia y Alemania. Se hacen llamar “los líderes políticos de la nueva Europa, que están cerca de asumir responsabilidades de gobierno en sus respectivos países”. Al fin y al cabo Trump es brutalmente claro. Pero la vieja y cobarde Europa, que se proclama defensora de valores, decide pagar a un tercero para que le haga el trabajo sucio y pare a los que huyen de la guerra y la muerte. Y en España ponemos concertinas. El “huevo de la serpiente” se pone en evidencia.

Qué hacer?

La única ventaja de lo ocurrido es que puede despertarnos. Trump ha puesto las cosas fáciles: o conmigo o contra mí. Nos toca a nosotros escoger entre el racismo y egoísmo (individual, familiar o de grupo) o la posibilidad de construir una sociedad fundamentada en una justicia igual para todos, la del altruismo y la solidaridad por lo colectivo.

Es admirable la valentía de los numerosos colectivos que se movilizan en Estados Unidos: mujeres, jueces, universidades, iglesias, algunos ya seriamente amenazados. Antes de la II Guerra Mundial el silencio cómplice de las potencias europeas dio alas al rápido crecimiento del fascismo hasta que fue imparable. Ojalá la prudente reacción de la Europa de hoy no suponga lo mismo.

La sociedad norteamericana tiene una oportunidad para organizarse contra el fascismo encubierto de Trump y contra el modelo neoliberal y militarista impuesto en Estados Unidos y desde Estados Unidos a todo el mundo en los últimos mandatos, también por Obama y Clinton. Trump no es sino su exacerbación patológica. Y la sociedad europea tiene también la oportunidad de escoger: o la solidaridad y cambio de modelo de la UE o el fascismo y la ultraderecha que avanza sobre una UE en descomposición. Permanecer impasibles supone repetir los errores del pasado.

Desde el seguimiento de Jesús

La figura de Jesús está en las antípodas. No sólo por el programa ético y político de justicia social de Mateo 25 sobre las obras de misericordia del dar de comer al hambriento, vestido al desnudo y acoger al perseguido, sino, y quizá de manera más contundente, por el mensaje de las Bienaventuranzas — humanamente imposible de digerir y que sólo puede aceptarse desde la fe— en las que Jesús, en el pórtico de su vida publica, anuncia que los pobres, los que lloran, los humildes, son los preferidos de Dios y de ellos es el Reino. Poner esto en práctica en el mundo de hoy supondrá unos riesgos que como seguidores de Jesús habrá que aceptar.

lunes, 7 de marzo de 2011

Argentina: Tras ser echado de la Iglesia, Alessio calificó de "obsecuente" al arzobispo Ñáñez


Por su apoyo al matrimonio gay y a través de un juicio canónico, el Tribunal Interdiocesano le impide ejercer el sacerdocio y debe dejar la casa parroquial en la que vivió 27 años. "No voy a acatar esta decisión", le dijo a Cadena 3.

A través de un juicio canónico, la Iglesia de Córdoba echó al sacerdote Nicolás Alessio, que el año pasado respaldó la sanción de la ley de matrimonio igualitario.

Indignado, el cura dijo esta mañana a Cadena 3: "Para esta jerarquía hay que ser obediente y obsecuente, como fue (monseñor Carlos) Ñáñez. No voy a acatar esto. Si alguien me pide que lo confiese o le dé la extrema unción, lo voy a hacer".

En la sentencia, el Tribunal Interdiocesano de Córdoba le impide ejercer el sacerdocio y debe dejar la casa parroquial en la que vivió 27 años, según afirma el diario Clarín.

“El presbítero José Nicolás Alessio ha cometido rechazo pertinaz de la doctrina descrita (…) al sacramento del matrimonio y desobediencia al Ordinario (…). Ha divulgado por escrito y de palabra por los medios de comunicación en contra del magisterio eclesiástico. (…) Se le prohibe ejercer en público la potestad sagrada, es decir: celebrar la Santísima Eucaristía , oír confesiones, celebrar los demás sacramentos (…) y residir en la casa parroquial San Cayetano del barrio Altamira”, argumenta la resolución de la curia cordobesa.

En declaraciones a la prensa, Alessio sostuvo: "Estaba en el cálculo de mis posibilidades esta resolución, pero no tan rápido ni con tanta dureza. Me han condenado y expulsado por opinar distinto. Y tenga en cuenta usted que esa misma Iglesia ni siquiera le ha puesto una sola amonestación a sacerdotes pederastas como el Obispo (Edgardo Gabriel) Storni, que vive cómodamente aquí en La Falda, en las sierras de Córdoba; o a (Julio César) Grassi: ambos con condenas judiciales por abusar de menores. Tampoco hubo sanción para (Christian) von Wernich, condenado por delitos de lesa humanidad. Da la impresión entonces que esta iglesia tolera a torturadores y violadores en sus filas; pero no a quien piense diferente y se anime a decirlo en público".

"El núcleo del poder en la Iglesia es y ha sido el ocultamiento. El ''de eso no se habla''. Yo me animé a decir las cosas que creo que deben cambiar. Y eso se paga de ésta manera. Con la expulsión. Les molestó que hable porque la Iglesia es maestra en ocultar. En manejar la impunidad del silencio. Lo del matrimonio gay, encima, aborda un tema que les incomoda y está ligado a la sexualidad. Ellos siguen considerando enfermas o perversas a las personas gay", sostuvo.

"Yo integro el grupo de sacerdotes tercermundistas ''Enrique Angelelli''. Somos unos sesenta, entre sacerdotes en ejercicio con opción por los pobres, y sacerdotes casados. Creemos que otra Iglesia es posible", concluyó Alessio en la entrevista periodística.

Cabe acotar que Alessio vive en una casa particular y se gana la vida "como asesor en educación" del bloque de legisladores de Luis Juez.

Fuente: CADENA3.COM
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