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jueves, 5 de abril de 2018

Gafas que lo ven todo.


Silvia Ribeiro*

En la novela 1984 de G. Orwell (publicada en 1949) el Gran Hermano es una entidad omnipresente que observa a todos los ciudadanos, apoyada en una trama de instituciones de control, que vigilan acciones, pensamientos y lenguaje, instaurando el uso de una neolengua que reduce y elimina contenidos con el fin de vaciar las formas de pensar en libertad. La visión de la realidad está fuertemente distorsionada por los medios de comunicación.

Cualquier parecido con la realidad que vivimos no es coincidencia. Lo que denunciaba Orwell sigue siendo el objetivo de estados y empresas trasnacionales: conocer qué pensamos y qué hacemos para controlar a toda la población, sea para moldearla a consumir lo que vendan, para que voten a alguien, para que acepten condiciones de explotación, para adormecerla en mundos virtuales y distraerla de la realidad brutal que nos rodea, y si eso no alcanza, para reprimir a quien se rebele o no se adapte al statu quo dominante. El escándalo que sigue creciendo sobre el uso de información de millones de usuarios en Facebook y otras fuentes por Cambridge Analytica, es parte de ese contexto.

Orwell muestra una realidad opresiva, en la que los ciudadanos obedecen por miedo y formas de control agobiantes. Pero en realidad, la neolengua se está formando al castrar el lenguaje en mensajes hipersintéticos que eliminan vocales, sustituyen palabras por unas letras que evocan una frase. En el camino desaparecen tildes, eñes, signos que abren interrogación y admiración y quizá, al mismo tiempo, la apertura a interrogarnos y admirar el mundo real. Los sentimientos y el tejido infinito de compartirlos en palabras se sustituye por unas caritas estándar para todos los países, idiomas y culturas.

Orwell nunca imaginó que todo esto no sería impuesto, que usar esa neolengua y poner en público la información e imágenes de qué pensamos y hacemos, dónde estamos, qué comemos, con quién hablamos, lo que nos gusta y lo que opinamos de muchos temas no sería un proceso forzado y obligatorio, sino voluntario al participar en lo que paradójicamente se ha dado en llamar redes sociales. Muchísima gente en el planeta vivimos bajo la vigilancia e influencia de las empresas que manejan esas redes de comunicación indirecta, entre las mayores las llamadas GAFA: Google, Apple, Facebook y Amazon.

La información que reúnen Google y Facebook sobre cada usuario es mucho más de la que imaginamos. Un artículo reciente en The Guardian, enlista la cantidad enorme de datos que ambos cosechan al registrar y conservar históricamente, con indicación de tiempo y lugar, el uso que hacemos de sus sitios y otras aplicaciones, las páginas de Internet que vemos, los lugares donde estuvimos, dónde trabajamos, los mensajes que intercambiamos, el directorio de contactos, fotos, avisos que nos llaman la atención, la información que borramos y un largo etcétera. 


Google y Facebook juntos saben más de nosotros que nuestras parejas, familias y amigos. A esto se suma la información electrónica adicional que dejamos en instituciones, tiendas, bancos, etcétera. Todo lo que cargamos en Facebook va por defecto a la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos. Pero aunque no fuera así, el caso de Cambridge Analytica muestra que toda esa información puede ser vendida, comprada o conseguida para usarla con fines comerciales, políticos, militares o represivos. El manejo de datos masivos y el uso de inteligencia artificial es lo que permite conectar e interpretar tal cantidad de datos.

A esto se suma la omnipresencia de cámaras de seguridad en espacios abiertos, instituciones, lugares de trabajo y educativos, y el hecho de que las propias empresas como GAFA y similares, pueden vernos y escucharnos en nuestras casas mediante micrófonos y cámaras de teléfono, computadoras, pantallas de televisión y hasta drones, que en poco tiempo serán comunes para servicios de entrega a domicilio.

A nivel mundial, el líder de las tecnologías de vigilancia es China, que ha integrado el reconocimiento facial a las cámaras de vigilancia públicas y este sistema a su vez a lentes que usan policías en lugares públicos, que conectan imágenes con el historial de cada persona en archivos policiales y de instituciones públicas. China vendió a Ecuador en 2016 el sistema de cámaras de vigilancia Ecu911, que integra parte de estas herramientas.

El laboratorio de vigilancia extrema y control masivo de la población para China parece ser la provincia de Sinkiang, donde vive la población Uygur, mayoritariamente musulmanes, que han protagonizado protestas contra el gobierno desde 2009. Allí instalaron estrategias y tecnologías de vigilancia de punta. A la recolección de datos por cámaras y redes sociales –las permitidas en China, que no son de GAFA– han integrado la identificación de ADN, a partir de bancos genéticos recolectados y el muestreo obligatorio de los Uygur. Un dato significativo es que han cambiado su política de Internet y redes móviles. Mientras en 2009 silenciaron las redes por meses, ahora la estrategia es la opuesta. Necesitan que exista mayor conectividad para que la red de control pueda extenderse. (https://tinyurl.com/yars2nef)

El ejemplo de Sinkiang parece extremo, pero es el modelo que piensan seguir en el resto de China, además de venderlo a otros países. Estados Unidos, Europa, Rusia tienen ya opciones similares.

Ya conscientes, esta realidad se torna opresiva, como pensó Orwell, y eso es un buen paso. No es un ruta sin salida. Pero tenemos mucho que pensar y actuar para enfrentarla.

*investigadora del Grupo ETC

lunes, 14 de marzo de 2011

El Gran Hermano del siglo XXI.


Ana Muñoz

ALAI, América Latina en Movimiento
Más de 600 millones de personas en el mundo están registradas en Facebook y, alrededor de 150 millones, en Twitter.

Tras los acontecimientos en las revueltas ciudadanas de diversos puntos del planeta, ya nadie duda de la importancia de las redes sociales y de la oportunidad para convertirse en el ágora ciudadana del siglo XXI. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. Las redes sociales tienen un punto débil: los datos que identifican a sus usuarios.

Cuando nos registramos para ser usuarios de alguna red social o para tener un blog, estamos ofreciendo muchos datos que nos identifican. No sólo como persona individual, también como sujeto social. Dejamos en el ciberespacio una huella de nuestros gustos, nuestros amigos, nuestra familia, nuestras ideas… También nuestra dirección, nuestro teléfono o nuestra dirección de correo electrónico. Información que puede ser útil para empresas, pero también para los gobiernos.

Las revueltas de Egipto, Túnez, Bahrein o Libia son ejemplo de cómo los gobiernos están cambiando de actitud ante las posibilidades de Internet y las redes sociales. Hasta a ahora, la mayoría de los dirigentes y gobiernos antidemocráticos querían mantener controlada la información que fluía a través de estos canales. Quizás, el máximo exponente es China, donde se controlan las búsquedas en Google. A la mínima que los ciudadanos intercambiaban críticas o informaciones molestas, Internet se cerraba. Se producía el apagón digital. Ni salía ni entraba información. Este tipo de medidas eran muy criticadas por los medios de comunicación, por ciudadanos y por activistas de todo el mundo. Pero las cosas están cambiando. Estos mismos dirigentes y gobiernos se han dado cuenta de que las redes sociales e Internet son herramientas de las que pueden disponer y que pueden ser eficaces para conseguir sus propios objetivos.

Los usuarios dejamos en la red datos por los que pueden identificarnos e investigar dónde vivimos, dónde trabajamos, dónde hemos estudiado, quiénes nos acompañan… Cientos de activistas por los derechos humanos o a favor de regímenes democráticos de todo el mundo han sido capturados, torturados… tras ser identificados en Facebook, un vídeo de Youtube o por las ideas expresadas en Twitter.

Los vídeos y las fotografías que se cuelgan en Youtube, Flickr… o cualquier otra red pueden ser peligrosos. Con ellas, se puede conocer qué personas van a una manifestación o quiénes son los cabecillas. Una realidad para aquellos que han participado, o siguen participando, en las revueltas de los países árabes. Los activistas de derechos humanos y aquellos que quieren democracia y libertad están en peligro si utilizan estos canales, que, por otro lado, son fundamentales para dar a conocer su lucha.

La red social Facebook, por ejemplo, permite a las autoridades conocer nuestros datos personales y los de toda nuestra red de amigos. Si Facebook, además, detecta que los datos de una cuenta no son ciertos, esa página se cierra inmediatamente. A pesar de las peticiones a esta empresa, directivos de Facebook, declaraban hace unos días que no tomarán medidas de ningún tipo y que los datos reales son “un requisito indispensable para proteger a los usuarios contra cualquier posibilidad de fraude”.

Desde los atentados del 11 de Septiembre en Nueva York, se repite la idea de que la libertad está jugando un partido de alto riesgo contra la seguridad. Y por ahora, la libertad va perdiendo. Hoy, todo parece valer con tal de sentirnos más seguros. Las autoridades pueden leer nuestros correos electrónicos o hacer uso de nuestros datos personales sin ningún tipo de autorización, sólo con la sospecha de que podemos ser terroristas. Así hemos ido abriendo la puerta de nuestras vidas y la de aquellos que nos rodean.

Las nuevas tecnologías, Internet, las redes sociales… han ayudado a que millones de personas hablen entre sí, se creen espacios de encuentro… Son unas pequeñas alas de libertad para muchos que de otra manera estarían encerrados. Tenemos que conseguir que lo sigan siendo y no se conviertan en el “gran hermano que todo lo ve”.

- Ana Muñoz es Periodista
Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España

Fuente:ApiaVirtual