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lunes, 29 de julio de 2013

El peligro de absolutizar lo finito.


En un estilo literario, un punto sarcástico, el filósofo F. Savater escribe en un ensayo sobre los diez mandamientos: «No sé si Dios habrá muerto como dijo F. Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza».
Los ídolos, entendidos como personas o cosas amadas o admiradas con exaltación, desde el origen de los tiempos han gozado y continúan gozando, en nuestro complejo presente, de buena salud. Son aquellas cosas que pueden llegar a distraernos de las cuestiones fundamentales de la existencia, lo que incluye la dimensión trascendente y espiritual de la persona, o a ocupar su lugar.
Los ídolos de la postmodernidad son responsables, en muy buena parte, del estado de alienación de multitud de personas. Son un apoyo del sistema político, social y financiero para desviar la atención de las cuestiones sustantivas. Son parte del pan y circo mediático. Están tan integrados en nuestro contexto social que convivimos con ellos sin percibir su peligrosidad. Así, mientras Dios rescata a las personas de sus esclavitudes personales y sociales y les conduce a la libertad, los ídolos pretenden lo contrario: arrebatarnos la libertad y sumirnos en nuevas o viejas esclavitudes.
Prácticamente todo puede devenir ídolo. No sólo personas, también cosas, conceptos, instituciones… El dinero que debería servirnos para atender nuestras necesidades y al que terminamos sirviendo por obra y gracia de los mercados de los que, de algún modo, casi todos participamos. La técnica que nos ha proporcionado espectaculares avances y a la que terminamos sometiéndonos, no siempre necesariamente. El estado que debería servirnos a fin de regular unas relaciones interpersonales basadas en la justicia, la equidad, la solidaridad… y al que nos sometemos de mayor o menor grado. La pregunta  que se deriva es inquietante: ¿Quién no ha dado, alguna vez, culto a los ídolos?
El decálogo establece con claridad que Dios es uno y único. El primer mandamiento nos advierte sobre el hecho de que tener otros dioses, producto de la fantasía o de dependencias psicológicas, acabará afectando nuestra esencialidad y mermando nuestra finita libertad. Cuestiones de todo orden pueden desviarnos de nuestro principal objetivo creyente de encarnar el proyecto que representa ser hijos de Dios y hermanos de nuestro prójimo.
Y así ha ocurrido a lo largo de la historia del hombre. Un Dios en cuyo nombre se emprendieron las cruzadas, se creó la Inquisición, se cristianizó todo un continente bajo la cruz y la espada (más por la acción de la espada que de la cruz), se declaran guerras, se tortura y cometen asesinatos, se discrimina y excluye la diferencia… es un ídolo.
Cuando algo, persona o cosa, que no es Dios (el propio cuerpo, la familia, el trabajo, los bienes económicos, las actividades sociales, incluso las actividades eclesiales…) se constituye en ídolo (es amado o admirado con exaltación y lo absolutizamos) y en razón de ser, prácticamente exclusiva, de nuestro vivir, entramos en conflicto con nosotros mismos y con los demás. Nos hallamos, por lo tanto, frente a una cuestión de sentido, de equilibrios personales y sociales y de prioridades.
Es difícil, en nuestro contexto occidental, mantener los equilibrios: hay cristianos adictos al trabajo que no disponen de tiempo para sí mismos, para su familia, para la comunidad o para la iglesia; del mismo modo como hay cristianos dedicados a tal cantidad de actividades eclesiales que no tienen tiempo para el compromiso social, la propia familia ni para ellos mismos. Es imprescindible no absolutizar las facetas de la temporalidad ni crearnos ídolos que vengan a alterar la homeostasis de una necesaria vida equilibrada.
El primer mandamiento nos orienta hacia un matiz de nuestra esencialidad como es la libertad. En palabras del teólogo y pastor alemán G. Theissen «un Dios que no guía hacia la libertad, es un dios falso». Por ello, el mandamiento nos orienta también en la dirección de aprender a gestionar correctamente nuestro tiempo, como expresión práctica de la libertad de hacer o dejar de hacer determinadas acciones.
Atender a los otros dioses o ídolos comporta dependencia psicológica, en algunos casos adicción y reducción de nuestra libertad. A. Grün, monje benedictino de la abadía de Münstersch-warzach señala: «Si Dios no constituye el centro de nuestra vida, otros dioses nos acapararán. Si Dios constituye el centro de mi vida, también yo alcanzo el centro de mí mismo. Dios garantiza la auténtica libertad, los ídolos tienden a esclavizar a los hombres. Si dejas que Dios exista en tu vida, esta queda ordenada viéndote libre de todos los ídolos que pretenden esclavizarte».
No tener otros dioses ajenos o ídolos, aparte del Dios revelado, es una forma de asegurar que el espacio de nuestras necesidades de trascendencia no será ocupado por algunos de los innumerables diosecillos de la cotidianeidad. Es lograr aquella unidad interior, en la esfera profunda de la intimidad personal, resultado de no tener mente, sentimientos y voluntad divididos, que es lo que sucede cuando estamos excesivamente pendientes de las muchas vanidades o ídolos de este mundo, en lenguaje del libro del Eclesiastés. Resuenan las palabras del Maestro de Nazaret: «No podéis servir a dos señores».

Autor/a: Jaume Triginé



    Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

    Fuente: Lupa Protestante

    lunes, 14 de marzo de 2011

    El Gran Hermano del siglo XXI.


    Ana Muñoz

    ALAI, América Latina en Movimiento
    Más de 600 millones de personas en el mundo están registradas en Facebook y, alrededor de 150 millones, en Twitter.

    Tras los acontecimientos en las revueltas ciudadanas de diversos puntos del planeta, ya nadie duda de la importancia de las redes sociales y de la oportunidad para convertirse en el ágora ciudadana del siglo XXI. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. Las redes sociales tienen un punto débil: los datos que identifican a sus usuarios.

    Cuando nos registramos para ser usuarios de alguna red social o para tener un blog, estamos ofreciendo muchos datos que nos identifican. No sólo como persona individual, también como sujeto social. Dejamos en el ciberespacio una huella de nuestros gustos, nuestros amigos, nuestra familia, nuestras ideas… También nuestra dirección, nuestro teléfono o nuestra dirección de correo electrónico. Información que puede ser útil para empresas, pero también para los gobiernos.

    Las revueltas de Egipto, Túnez, Bahrein o Libia son ejemplo de cómo los gobiernos están cambiando de actitud ante las posibilidades de Internet y las redes sociales. Hasta a ahora, la mayoría de los dirigentes y gobiernos antidemocráticos querían mantener controlada la información que fluía a través de estos canales. Quizás, el máximo exponente es China, donde se controlan las búsquedas en Google. A la mínima que los ciudadanos intercambiaban críticas o informaciones molestas, Internet se cerraba. Se producía el apagón digital. Ni salía ni entraba información. Este tipo de medidas eran muy criticadas por los medios de comunicación, por ciudadanos y por activistas de todo el mundo. Pero las cosas están cambiando. Estos mismos dirigentes y gobiernos se han dado cuenta de que las redes sociales e Internet son herramientas de las que pueden disponer y que pueden ser eficaces para conseguir sus propios objetivos.

    Los usuarios dejamos en la red datos por los que pueden identificarnos e investigar dónde vivimos, dónde trabajamos, dónde hemos estudiado, quiénes nos acompañan… Cientos de activistas por los derechos humanos o a favor de regímenes democráticos de todo el mundo han sido capturados, torturados… tras ser identificados en Facebook, un vídeo de Youtube o por las ideas expresadas en Twitter.

    Los vídeos y las fotografías que se cuelgan en Youtube, Flickr… o cualquier otra red pueden ser peligrosos. Con ellas, se puede conocer qué personas van a una manifestación o quiénes son los cabecillas. Una realidad para aquellos que han participado, o siguen participando, en las revueltas de los países árabes. Los activistas de derechos humanos y aquellos que quieren democracia y libertad están en peligro si utilizan estos canales, que, por otro lado, son fundamentales para dar a conocer su lucha.

    La red social Facebook, por ejemplo, permite a las autoridades conocer nuestros datos personales y los de toda nuestra red de amigos. Si Facebook, además, detecta que los datos de una cuenta no son ciertos, esa página se cierra inmediatamente. A pesar de las peticiones a esta empresa, directivos de Facebook, declaraban hace unos días que no tomarán medidas de ningún tipo y que los datos reales son “un requisito indispensable para proteger a los usuarios contra cualquier posibilidad de fraude”.

    Desde los atentados del 11 de Septiembre en Nueva York, se repite la idea de que la libertad está jugando un partido de alto riesgo contra la seguridad. Y por ahora, la libertad va perdiendo. Hoy, todo parece valer con tal de sentirnos más seguros. Las autoridades pueden leer nuestros correos electrónicos o hacer uso de nuestros datos personales sin ningún tipo de autorización, sólo con la sospecha de que podemos ser terroristas. Así hemos ido abriendo la puerta de nuestras vidas y la de aquellos que nos rodean.

    Las nuevas tecnologías, Internet, las redes sociales… han ayudado a que millones de personas hablen entre sí, se creen espacios de encuentro… Son unas pequeñas alas de libertad para muchos que de otra manera estarían encerrados. Tenemos que conseguir que lo sigan siendo y no se conviertan en el “gran hermano que todo lo ve”.

    - Ana Muñoz es Periodista
    Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España

    Fuente:ApiaVirtual