Mostrando entradas con la etiqueta sistema político. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sistema político. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de agosto de 2016

La agroecología como antídoto a la producción transgénica.


Leonardo Boff

El actual sistema político y económico parece obedecer a la lógica de las bacterias dentro de una “placa de Petri”. Esta es un recipiente achatado de vidrio con nutrientes para bacterias. Algunas especies cuando presienten que los nutrientes se van a acabar, se multiplican enormemente y después mueren.
Algo parecido, a mi modo de ver, está ocurriendo con el sistema del capital. Se está dando cuenta de que, debido a los límites infranqueables de los recursos naturales y de haber sobrepasado la huella ecológica de la Tierra, pues ya ahora necesitamos un poco más de un planeta y medio (1,6) para atender las demandas humanas, no tendrá en el futuro condiciones de reproducirse. Y no hay otra alternativa, como advirtió el Papa en su encíclica Laudato Si, que cambiar de modo de producción y de consumo y cuidar de la Casa Común, la Tierra.

¿Cuál ha sido la reacción de los capitales productivos y especulativos ante este escenario? A semejanza de las bacterias de la “placa de Petri” multiplican exponencialmente las formas de lucro, acumulando cada vez más y concentrándose de manera espantosa. Según los datos publicados por el economista L. Dowbor en su sitio (dowbor.org de 15/12/2015: La red del poder corporativo mundial), «solamente 737 actores principales (top-holders) controlan el 80% del valor de todas las empresas transnacionales».

El poder económico, político e ideológico que se esconde detrás de estos datos es enorme. Adorador del ídolo-dinero, este sistema se vuelve, como decía el Papa en el avión de regreso de Polonia, «un verdadero terrorismo contra la humanidad».

¿No será que el sistema, inconscientemente, presiente, como las mencionadas bacterias, que puede desaparecer si no cambia? ¿E intenta cambiar?
No piensen los lectores/as que esta situación no afecta a la séptima economía mundial, Brasil. Es propio de la «estupidez de la inteligencia brasilera», al decir de Jessé Souza, no incluir este dato geopolítico en los debates sobre el impeachment y sobre la economía nacional, como por ejemplo se viene haciendo desde hace años en el programa Panel de la Globonews. Ahí domina soberanamente el neoliberalismo. La ecología y los movimientos sociales no existen para ese programa.

El problema real es este: con el PT, Lula y Dilma, el sistema mundial no consigue encuadrar a Brasil en la lógica concentradora del capital globalizado. El pueblo y los pobres, se dice, ganan demasiado en perjuicio del mercado y de las grandes corporaciones nacionales articuladas con las transnacionales. Por eso hay que dar un golpe a la democracia, de la manera que sea, para liberar así el camino a la acumulación de los adinerados. Las políticas del vice-presidente Temer se orientan hacia el completo desmonte de las políticas sociales del gobierno Lula-Dilma. El Ministerio de Desarrollo Agrario ha desaparecido. La Secretaría de Economía Solidaria es un departamento dirigido por un policía.

Pero donde hay poder, surge también un anti-poder. Por todas partes en el mundo se están reforzando las resistencias al capitalismo insostenible que no consigue resultar bien ni siquiera en los países centrales.
En este contexto, como antídoto, entra la agroecología, la producción orgánica y surgen cooperativas agrícolas sin pesticidas ni transgénicos.

Entre el 27 y 30 de julio de 2016 se celebraron en Lapa-Paraná las 15ª Jornadas de Agroecología, con más de tres mil participantes de diferentes regiones de Brasil y de siete países más. El tema central era la preservación de las semillas criollas, creando bancos y casas de semillas contra el asalto de las grandes corporaciones, como Monsanto y Syngenta, entre otras. Estas buscan volver estériles las nativas para obligar a los campesinos a comprar sus semillas genéticamente modificadas, que no se pueden volver a plantar.

Sabemos que las semillas son un bien común de la humanidad y no pueden ser apropiadas por grupos privados. El acceso a las semillas establece un derecho humano básico, herido por las pocas transnacionales que controlan prácticamente todas las semillas. Para que la vida se siga reproduciendo es fundamental defender la riqueza ecológica, patrimonial y cultural de las semillas. Curiosamente Cuba ocupa el primer lugar en el mundo en agroecología y en la creación de cooperativas en todas las esferas. Es la forma por la cual el socialismo evita ser absorbido por el capitalismo individualista y concentrador.

Era conmovedor asistir en la “mística” final de la Jornada, al intercambio de semillas y de pequeñas plantas entre todos los presentes. Había muchos niños, jóvenes, indígenas, hombres y mujeres que luchan por la vida sana para todos, contra un sistema anti-vida. Ellos son portadores de la esperanza de que el mundo puede ser sano y mejor.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito Sostenibilidad: que es y qué no es, Vozes 2012.

Traducción de MJ Gavito Milano

lunes, 29 de julio de 2013

El peligro de absolutizar lo finito.


En un estilo literario, un punto sarcástico, el filósofo F. Savater escribe en un ensayo sobre los diez mandamientos: «No sé si Dios habrá muerto como dijo F. Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza».
Los ídolos, entendidos como personas o cosas amadas o admiradas con exaltación, desde el origen de los tiempos han gozado y continúan gozando, en nuestro complejo presente, de buena salud. Son aquellas cosas que pueden llegar a distraernos de las cuestiones fundamentales de la existencia, lo que incluye la dimensión trascendente y espiritual de la persona, o a ocupar su lugar.
Los ídolos de la postmodernidad son responsables, en muy buena parte, del estado de alienación de multitud de personas. Son un apoyo del sistema político, social y financiero para desviar la atención de las cuestiones sustantivas. Son parte del pan y circo mediático. Están tan integrados en nuestro contexto social que convivimos con ellos sin percibir su peligrosidad. Así, mientras Dios rescata a las personas de sus esclavitudes personales y sociales y les conduce a la libertad, los ídolos pretenden lo contrario: arrebatarnos la libertad y sumirnos en nuevas o viejas esclavitudes.
Prácticamente todo puede devenir ídolo. No sólo personas, también cosas, conceptos, instituciones… El dinero que debería servirnos para atender nuestras necesidades y al que terminamos sirviendo por obra y gracia de los mercados de los que, de algún modo, casi todos participamos. La técnica que nos ha proporcionado espectaculares avances y a la que terminamos sometiéndonos, no siempre necesariamente. El estado que debería servirnos a fin de regular unas relaciones interpersonales basadas en la justicia, la equidad, la solidaridad… y al que nos sometemos de mayor o menor grado. La pregunta  que se deriva es inquietante: ¿Quién no ha dado, alguna vez, culto a los ídolos?
El decálogo establece con claridad que Dios es uno y único. El primer mandamiento nos advierte sobre el hecho de que tener otros dioses, producto de la fantasía o de dependencias psicológicas, acabará afectando nuestra esencialidad y mermando nuestra finita libertad. Cuestiones de todo orden pueden desviarnos de nuestro principal objetivo creyente de encarnar el proyecto que representa ser hijos de Dios y hermanos de nuestro prójimo.
Y así ha ocurrido a lo largo de la historia del hombre. Un Dios en cuyo nombre se emprendieron las cruzadas, se creó la Inquisición, se cristianizó todo un continente bajo la cruz y la espada (más por la acción de la espada que de la cruz), se declaran guerras, se tortura y cometen asesinatos, se discrimina y excluye la diferencia… es un ídolo.
Cuando algo, persona o cosa, que no es Dios (el propio cuerpo, la familia, el trabajo, los bienes económicos, las actividades sociales, incluso las actividades eclesiales…) se constituye en ídolo (es amado o admirado con exaltación y lo absolutizamos) y en razón de ser, prácticamente exclusiva, de nuestro vivir, entramos en conflicto con nosotros mismos y con los demás. Nos hallamos, por lo tanto, frente a una cuestión de sentido, de equilibrios personales y sociales y de prioridades.
Es difícil, en nuestro contexto occidental, mantener los equilibrios: hay cristianos adictos al trabajo que no disponen de tiempo para sí mismos, para su familia, para la comunidad o para la iglesia; del mismo modo como hay cristianos dedicados a tal cantidad de actividades eclesiales que no tienen tiempo para el compromiso social, la propia familia ni para ellos mismos. Es imprescindible no absolutizar las facetas de la temporalidad ni crearnos ídolos que vengan a alterar la homeostasis de una necesaria vida equilibrada.
El primer mandamiento nos orienta hacia un matiz de nuestra esencialidad como es la libertad. En palabras del teólogo y pastor alemán G. Theissen «un Dios que no guía hacia la libertad, es un dios falso». Por ello, el mandamiento nos orienta también en la dirección de aprender a gestionar correctamente nuestro tiempo, como expresión práctica de la libertad de hacer o dejar de hacer determinadas acciones.
Atender a los otros dioses o ídolos comporta dependencia psicológica, en algunos casos adicción y reducción de nuestra libertad. A. Grün, monje benedictino de la abadía de Münstersch-warzach señala: «Si Dios no constituye el centro de nuestra vida, otros dioses nos acapararán. Si Dios constituye el centro de mi vida, también yo alcanzo el centro de mí mismo. Dios garantiza la auténtica libertad, los ídolos tienden a esclavizar a los hombres. Si dejas que Dios exista en tu vida, esta queda ordenada viéndote libre de todos los ídolos que pretenden esclavizarte».
No tener otros dioses ajenos o ídolos, aparte del Dios revelado, es una forma de asegurar que el espacio de nuestras necesidades de trascendencia no será ocupado por algunos de los innumerables diosecillos de la cotidianeidad. Es lograr aquella unidad interior, en la esfera profunda de la intimidad personal, resultado de no tener mente, sentimientos y voluntad divididos, que es lo que sucede cuando estamos excesivamente pendientes de las muchas vanidades o ídolos de este mundo, en lenguaje del libro del Eclesiastés. Resuenan las palabras del Maestro de Nazaret: «No podéis servir a dos señores».

Autor/a: Jaume Triginé



    Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

    Fuente: Lupa Protestante