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martes, 25 de junio de 2019

Agroecología: cooptación institucional versus soberanía alimentaria.


El fortalecimiento territorial y el trabajo colaborativo, el rescate de los saberes tradicionales y de las identidades locales, así como el horizonte de soberanía alimentaria debieran ser algunos de los ejes intransables que los campesinos y campesinas que hoy ejercen la agroecología deben relevar para no convertirse en agua que mueve el molino satánico del mercado internacional y del gran capital agrario.
Bifurcaciones en la senda de la Agroecología: Cooptación institucional versus soberanía alimentaria

Por E.M. Valdés*

PiensaChile, 22 de junio, 2019.- Toda persona que mantenga un mínimo acercamiento con el campo puede notar lo mucho que ha cambiado: hoy en día, las imágenes de la casa patronal, las acequias y los canales, incluso los inquilinos son solo pinturas costumbristas que adornan el living de los nuevos asentamientos, mientras que la moderna infraestructura de riego, las casas de villas suburbanas, las industrias de procesamiento y packings con alta tecnología de enfriamiento se vuelven parte fundante del paisaje rural.

La producción agrícola es uno de los sectores más industrializados, en el que se conectan enormes cadenas de distribución para responder a las demandas alimenticias que tiene el mercado internacional, del cual Chile se autoproclama una potencia en la materia. Cualquier maulino que se precie de serlo puede reconocer esta transformación y, con ello, el hecho de que la producción agraria siga siendo una fuente de trabajo para muchos de sus habitantes, en especial durante la época estival que coincide con las cosechas.
¿A qué se debe esta transformación?

Precisamente, el proceso que venimos describiendo se ajusta a un cambio de modelo agroalimentario que comenzó a gestarse en el país a partir de los años 60. Frente a la atrasada y poco productiva hacienda se integran una serie de tecnologías para el agro, como paquetes de insumos agrícolas, semillas certificadas internacionalmente, tecnologías para el riego y la labranza que permitirían alcanzar mayor eficiencia en la producción, así también convertir a los campesinos tradicionales de ojota y chupalla en modernos empresarios agrícolas.

La “Revolución Verde” fue el nombre que adquirió este cambio paradigmático a escala global, que los gobiernos implementaron con la supervisión de la FAO y bajo el humanitario discurso de acabar con el hambre en el mundo. En este contexto, se instala un modelo que funciona en base a la participación de productores de diverso tamaño quienes, a través de contratos y créditos con diversas casas comerciales representantes de las marcas mundiales de agroinsumos (Bayer+Syngenta, Pioneer, entre otros) otorgan a estos la mayor parte de los elementos necesarios para producir un terreno.

Tales productos se orientan a satisfacer las exigencias de los mercados internacionales, particularmente al consumo de las potencias del norte, razón por la cual hoy en día se ha vuelto tan común ver una mayor presencia de cultivos de manzanas, ciruelas, arándanos, avellanas europeas y una serie de otros frutales que son altamente cotizados por los paladares del primer mundo.



Foto: Plantación de Avellano Europeo bajo el paradigma de la Agricultura intensiva. Longaví, 2018.



Tras 50 años de instauración de este sistema, podemos constatar las duras consecuencias que ha generado para las familias campesinas (1). En primer lugar, una fuerte dependencia del productor respecto del capital agroindustrial en materia de insumos para el agro; en segundo lugar, la segmentación entre alimentos para ricos y alimentos para pobres provocada por los protocolos de selección a los que tiende el mercado de exportación, que es proclive a dejar en el país solo aquellos productos de peor calidad; en tercer lugar, la disminución de la calidad de los terrenos cultivados (erosión), que pone en peligro el futuro de la agricultura y que insta al campesino a requerir aún más insumos entre un año y otro para conseguir iguales rendimientos.


tras 50 años de instauración de este sistema, podemos constatar las duras consecuencias que ha generado para las familias campesinas 

Lo más lamentable es que, luego de medio siglo de agricultura “moderna”, no se ha terminado con el hambre en el mundo, ni tampoco se ha ofrecido un mejor pasar las familias del campesinado. Frente a esta situación, no nos debiera sorprender que el actual patrón de asentamiento en zonas rurales presente una tendencia constante a la baja y, con ello, una dislocación cultural entre las generaciones (2) jóvenes que se van y las mayores que se mantienen.

A partir de los años 80, como respuesta a las nefastas consecuencias ya mencionadas, los movimientos campesinos e indígenas comienzan a posicionar una alternativa al modelo de la revolución verde. Un fantasma comienza a recorrer los campos de Chile y América, un fantasma llamado Agroecología, que surge de la síntesis entre los saberes tradicionales e indígenas, el discurso y la práctica ecológica, que con el apoyo de algunas universidades de EE. UU. logran constituir una nueva ciencia, que funde a la disciplina agronómica con la ecología.



Este movimiento, ciencia y práctica se consolida finalmente en 1996 con la declaración de Roma, en la que convergen los movimientos sociales del tercer mundo en un horizonte común: agroecología para la independencia de los pueblos; soberanía y seguridad alimentaria para las naciones. Esta declaración tensiona la línea extendida por Naciones Unidas, que a través de su modelo de revolución verde y su política agraria a nivel mundial reacciona en contra del movimiento agroecológico tildándolo de ineficiente, potencialmente peligroso para la salud humana y por, sobre todo, marginal frente al volumen productivo que hoy requiere la sociedad globalizada. No obstante, durante los últimos años y, ante la imparable proliferación de los agroecólogos y agroecólogas a nivel global, el gran capital agrícola se ha visto en la necesidad de dar su brazo a torcer.


En la región del Maule, INDAP modifica su sello “orgánico” hacia “agroecológico”, como si ambos conceptos refirieran a lo mismo, en un intento de apropiarse institucionalmente de la agroecología 

Por primera vez, la agroecología se ve enfrentada al hecho de que los mismos organismos internacionales e instituciones que intentaron marginarla, so pretexto de su poca productividad y falta de protocolos de inocuidad, hoy se ven obligadas a abrirle sus puertas. Ante los cuestionamientos que ha tenido el modelo de la revolución verde y la demanda de la población por alimentos libres de agrotóxicos, las corporaciones que rigen la política agraria mundial buscan nuevos caminos para evitar el estancamiento y la crisis que se aproxima.

En la región del Maule, INDAP modifica su sello “orgánico” hacia “agroecológico”, como si ambos conceptos refirieran a lo mismo, en un intento de apropiarse institucionalmente de la agroecología. San Nicolás (Región de Ñuble) se declara como la primera comuna 100% agroecológica, lo que representa un gran ejemplo de transformación de la matriz agraria que ofrece una alternativa al modelo agroindustrial. Esta comuna acaba de ganar un fondo de Naciones Unidas para el fomento de la agroecología, lo cual puede ser una excelente noticia para los campesinos y campesinas organizados que, sin embargo, no está exenta de peligros.


los agroecólogos deben ser cautos ante las fuentes de fomento que pretenden despojarla de su contenido sociopolítico. 

Como se sabe, la agroecología nace al calor la lucha y resistencia de las comunidades campesinas de América Latina frente al despojo generado por el modelo de revolución verde. Su origen está fraguado en un contenido político ineludible que apunta hacia un horizonte de transformación social y cultural, cuya impronta supera la cuestión del cómo y el para quiénes producir alimentos. Es por esta razón que los agroecólogos deben ser cautos ante las fuentes de fomento que pretenden despojarla de su contenido sociopolítico. Ya sea desde instituciones como la FAO, INDAP y PRODESAL o desde las empresas agrícolas con rostro “ecológico”, si los planes de fomento buscan transformar la agroecología en una lista de supermercado de técnicas para producir el campo de manera intensamente sustentable, climáticamente inteligente y con ello, blanquear el irremediable daño a la vida y a la biodiversidad que ellos mismos generaron, entonces es más necesario que nunca armar a la agroecología con aún más férreas convicciones políticas.

El fortalecimiento territorial y el trabajo colaborativo, el rescate de los saberes tradicionales y de las identidades locales, así como el horizonte de soberanía alimentaria debieran ser algunos de los ejes intransables que los campesinos y campesinas que hoy ejercen la agroecología deben relevar para no convertirse en agua que mueve el molino satánico (3) del mercado internacional y del gran capital agrario.




Foto: Diversidad de semillas orgánicas. Centro Agroecológico Longaví (CAEL).



Aún es pronto para saber cuáles serán las jugadas del capitalismo verde en materia agrícola y cómo los movimientos enfrentarán la cooptación mercantil e institucional. Sin embargo, si algo nos puede enseñar la historia es que el modelo genera sus propias crisis y, con una creatividad insondable, se las arregla para sobreponerse y continuar con el despojo, la expoliación y la precarización de la vida de quienes, en todo el mundo, sostenemos los privilegios de aquellos que se apropian del fruto de nuestro trabajo.

Fruto de la naturaleza, del trabajo y del conocimiento humano atesorado por milenios de coevolución, la agricultura ha sido la fuente esencial de supervivencia de toda nuestra especie y que hoy se haya ante el riesgo de ser arrebatada a los hombres y mujeres que la practican, así como de su propia condición de posibilidad debido a las presiones ecosistémicas provocadas por el cambio climático, la erosión y la larga lista de daños provocados por el capitalismo.

Pese a que las proyecciones en materia ecológica no parecen ser muy auspiciosas, la verdadera agroecología se plantea como una salida posible a la crisis socioambiental y alimentaria que ha generado el sistema extractivo y de acumulación. Es deber de los pueblos conservar su acervo agrario (biológico y cultural) para resistir los embates de la apropiación y privatización que hoy en día posa sus voraces ojos en las prácticas de agricultura tradicional.
Notas:

(1) Al igual que en otras formas de producción, son siempre los productores con menor acceso a la tierra los que se han visto fuertemente afectos por el sistema. Paradojalmente, son también ellos los que producen la mayor parte de los alimentos consumidos en el mundo (Wolfeson, 2013).

(2) Aunque este fenómeno es de carácter cultural y multivariado, las familias campesinas no desean que su descendencia se quede debido a “lo sacrificado de la vida en el campo”. Existe un amplio debate sobre esta temática a lo largo y ancho de los estudios en sociología rural.

(3) En referencia a Karl Polanyi en La Gran Transformación

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* El autor, E.M. Valdés, es miembro del Centro Agroecológoco Longaví CAEL, de la comuna de Longaví, Maule Sur, Chile.
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jueves, 23 de mayo de 2019

Agroecología: futuro alimentario del mundo.

Foto: Enrique Osorno

La agroecología es una de las muchas aportaciones que México ha hecho al mundo.

Por Francisco J. Rosado May

La Jornada Maya, 23 de mayo, 2019.- Entre el 12 y el 17 de mayo del año en curso, San Cristóbal de las Casas fue testigo del primer Congreso Mexicano de Agroecología organizado por 53 instituciones nacionales e internacionales, con la participación de más de mil personas de México, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, Colombia, Uruguay, Ecuador, Guatemala y Brasil.

Académicos del más alto nivel compartieron espacios de discusiones intensas con campesinos, estudiantes, organizaciones de la sociedad civil, autoridades del gobierno federal y autoridades de la FAO.

El Colegio de la Frontera Sur y la Universidad Intercultural del estado de Chiapas, ambos en San Cristóbal de las Casas, fueron los anfitriones. Sus espacios académicos se vieron saturados por momentos porque diversas condiciones propiciaron que México, una vez más, tome el liderazgo en materia de agroecología.

El contexto mundial de crisis ambiental, calentamiento global, impactos negativos del uso de pesticidas y transgénicos, reportados por diversos medios, y la necesidad de producir alimentos en forma sostenible, se combinaron con la posición del gobierno federal en materia de producción de alimentos. Las condiciones para la respuesta obtenida y las expectativas para resolver adecuadamente esos grandes retos se reflejaron en la atención nacional e internacional al Primer Congreso Mexicano de Agroecología.

En la lista de los 100 compromisos que estableció el Presidente AMLO, el número 74 dice: “Protegeremos la diversidad biológica y cultural de México. Impulsaremos prácticas agroecológicas que aumenten la productividad sin dañar la naturaleza. No se permitirá la introducción y el uso de semillas transgénicas”. Este compromiso también se refleja en el proyecto de Plan Nacional de Desarrollo 2018-2024.

Por supuesto que la intención política representa un reto enorme. Y para ello se requiere de las capacidades, experiencias y colaboración de todos aquellos expertos en agroecología, académicos, campesinos, sociedad civil, gobierno y organizaciones internacionales. La gran mayoría de los participantes del Congreso antes mencionado manifestó la necesidad de lograr esa sinergia. La situación ambiental, la necesidad de crear sistemas sostenibles de producción de alimentos respetando y potencializando los saberes y culturas locales, no solo representan la necesidad del cambio, sino que también pueden aportar experiencias para lograrlo.

La agroecología es una de las muchas aportaciones que México ha hecho al mundo. Nació en Tabasco, en el extinto Colegio Superior de Agricultura Tropical a fines de los años 1970’s. Es el resultado de un proceso intercultural de intercambio de saberes entre campesinos mayas, estudiantes mexicanos de diversa procedencia cultural y académicos mexicanos e internacionales. Destaca el papel de Efraim Hernández Xolocotzi y de Stephen R. Gliessman, uno creando las bases y el otro formalizando la agroecología como ciencia. Como parte activa de esa historia puedo decir que inicia entendiendo un concepto local único. En Tabasco los campesinos no usaban la palabra maleza, llamaban monte a las plantas que crecen con sus cultivos y los clasifican como buen o mal monte dependiendo de lo que causaban a su cultivo.

Si el efecto era malo, la hierba era mal monte porque “calienta” el suelo; si el efecto era bueno, la hierba era buen monte porque “enfría” el suelo. Todo esto se basa en la liberación de sustancias alelopáticas que fueron identificadas científicamente. La alelopatía es un concepto en ecología que se refiere al efecto que causa una planta sobre otra debido a la liberación de sustancias químicas al medio, inhibiendo el crecimiento de la otra. Agroecología es un bello ejemplo de intercambio de saberes entre diferentes culturas; un proceso intercultural del cual emergió como ciencia. Una aportación del México indígena (maya) al mundo, interactuando con la ciencia de la ecología y la participación de personas culturalmente abiertas y sensibles a no encerrarse en sus propios mundos.

A partir de los debates en San Cristóbal se reconoció que hay diferentes agroecologías. No hay una sola agroecología. Lo hay con la mirada de género, con la mirada campesina, con la mirada urbana, con la mirada de preferencia sexual, con la mirada artística, etc. No obstante, todas estas agroecologías comparten tres elementos articuladores: Agroecología es a la vez una ciencia, una práctica y un movimiento, que puede tener diversas formas.

En San Cristóbal estuvo presente Crispim Moreira, brasileño representante de la FAO en México, quien anunció que el gobierno mexicano ha establecido un acuerdo con la FAO para recibir la asesoría que permita crear un Programa Nacional de Agroecología. Esto es un indicador de la importancia que tiene hoy la agroecología, de la enorme necesidad de resolver grandes problemas ambientales y de producción de alimentos y del reconocimiento del potencial que tenemos en México para aportar al mundo respuestas adecuadas para esos grandes retos. 

¡Y pensar que con este ejemplo podemos crear nuevos campos del conocimiento y resolver así problemas que nos agobian con aplicación local! Aún no es tarde, la gran expectativa la está generando y apoyando las nuevas políticas federales, se están sumando diferentes actores con un bagaje científico y práctico único y competitivo de calidad mundial. Necesitamos crear el Colegio Superior de Agroecología Tropical. La invitación está abierta.
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Fuente: Publicado el día 21 de mayo 2019 por La Jornada Maya: https://www.lajornadamaya.mx/2019-05-21/Agroecologia--futuro-alimentario-del-mundo

viernes, 5 de abril de 2019

Agroecología como instrumento de cambio.

Fuente de la imagen: Pixabay. Diseño: Servindi


O cambiamos el sistema, o la Pachamama removerá sus entrañas implacable. Pero no será ella quién sucumba. Somos muchos. Somos tribu. Si unimos nuestras voces, si nos damos la mano somos imparables. Los que participamos en las luchas sociales sabemos de la fuerza de lo colectivo. Es la hora de la Tierra. Es la hora de los sueños comunes. Mañana será demasiado tarde.

Por Elena Martínez*

Contrainformacion, 5 de abril, 2019.- Este pasado 15 de marzo, los jóvenes del mundo tomaban las calles y las plazas al margen de organizaciones y partidos políticos. Ciento cinco países se sumaban a la Huelga por el Cambio climático. El manifiesto de l@s jóvenes españoles empezaba hablando de los derechos fundamentales de las personas. Volví a sentir esa extraña pero tan, tan agradable sensación que me invadia cuando el Mayo quincemero inundaba de ilusiones nuestros corazones.

¿Será posible que tengamos otra oportunidad para cambiar las cosas? ¿Podremos modificar el rumbo de este futuro que se antoja y se empeña todo el rato en llevarnos al desastre? ¿Se pondrá fin de una vez por todas a figuras como son los índices alimentarios, esa barbaridad con la que especulan las grandes fortunas, una de las inversiones más rentables y que maneja los alimentos para beneficio de tan sólo unos cuantos?



Cuarenta mil personas mueren de hambre al día según datos de la FAO. Existe el convencimiento más o menos extendido de que no existen recursos suficientes en la tierra para dar de comer a toda la humanidad, pero esto es absolutamente falso. Es más, producimos al día un 60% más de los alimentos que necesitamos. No es una cuestión de cantidad sino de distribución. Nuestro sistema no es eficiente, ni justo, ni sostenible.

El sistema agrícola no busca alimentar a las personas, sino producir más. Es la lógica del beneficio. Las inversiones se orientan para lograr una mayor producción, pero sólo para dar de comer a los que pueden pagarlo.

La despoblación del mundo rural es una triste realidad. Sin embargo iniciativas de recuperación de la vida rural como Fraguas son penalizadas. Se encarcela y se persigue todo aquello que pone en cuestión el sistema. La agricultura se convierte en un negocio que funciona como una industria, y los alimentos, cada vez más estandarizados y uniformados, recorren miles de kilómetros para llegar a nuestros hogares. Se pierde la diversidad, el consumo sano y sostenible y se producen mercancías baratas. Los pesticidas y fertilizantes provocan un importante riesgo para la salud. El poder de las tan sólo cuatro empresas que controlan el mercado global de las semillas y pesticidas atentan gravemente contra la biodiversidad.

Las políticas agrarias y los Tratados de Libre Comercio como el TTIP o el CETA, son una amenaza para las economías locales. La fusión de Bayer y Mosanto el año pasado, autorizada por la Comisión Europea, nos alertaba del poder de estas grandes corporaciones que ostentan no sólo el mercado de semillas y pesticidas, sino también el big data de todos los datos masivos existentes sobre agricultura.

A todas estas cuestiones se suma el control de la tierra. Países ricos como Japón, Arabia Saudí o Qatar, sin apenas recursos de tierras, se han dado cuenta que comprar grandes extensiones de terrenos fértiles en países pobres y utilizar mano de obra local es una buena estrategia para controlar las subidas de precios en los alimentos. Así que se hacen con extensas propiedades utilizando fórmulas que atentan no sólo con la soberanía alimentaria, sino con la ética más elemental en un mercado del que depende la vida de millones de personas.



Este próximo 17 de Abril se celebra en todo el mundo el día de la lucha por la tierra. Campesinas y campesinos en defensa del territorio y de los derechos de las personas que producen los alimentos en todo el planeta. Por la soberanía alimentaria y el derecho de los pueblos a decidir cómo producir y distribuir sus propios alimentos. Y lo hacen en recuerdo de otro 17 de Abril. En 1.996 policías y militares brasileños disparaban contra una marcha del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, en Eldorado dos Carajás, en el estado de Pará. Diecinueve personas fueron asesinadas. Sólo querían reivindicar su derecho a la tierra.

Es más que evidente que si controlas los alimentos, controlas a los pueblos. Estados y mercados tejen sus finas redes entorno al sustento básico de millones de personas. Pero además de términos como agroecología social y política surgen valores de asociación y cooperación, iniciativas como CSA Vega del Jarama en Torremocha en la Comunidad de Madrid, grupos de consumo que crecen por todas partes, Cataluña, Asturias, Canarias. Trabajar por la soberanía alimentaria. La agroecología como instrumento de cambio social. Decrecer y volver a tocar la tierra con las manos.

Hace poco el discurso de una niña de 15 años en la cumbre de Katowice se hacía viral en las redes. “Nuestra civilización está siendo sacrificada para que unos pocos tengan la oportunidad de seguir haciendo grandes cantidades de dinero. Es el sufrimiento de muchos el que paga los lujos de pocos. Y si las soluciones del sistema son tan difíciles de encontrar quizá deberíamos cambiar el propio sistema”, decía Greta Thunberg.


O cambiamos el sistema, o la Pachamama removerá sus entrañas implacable. 

No cabe duda. O cambiamos el sistema, o la Pachamama removerá sus entrañas implacable. Pero no será ella quién sucumba. No seamos tan pretenciosos. Serán nuestr@s hij@s quienes sufrirán las consecuencias de un mundo difícil de habitar. Me vienen a la cabeza las palabras del indio Seatle. “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? ¿Qué queda de la vida, si el hombre no puede escuchar el hermoso grito del pájaro nocturno, o los argumentos de las ranas alrededor de un lago al atardecer?”

Somos muchos. Somos tribu. Si unimos nuestras voces, si nos damos la mano somos imparables. Los que participamos en las luchas sociales sabemos de la fuerza de lo colectivo. Si tan sólo unos pocos somos capaces de conquistar imposibles, imagínense qué podríamos hacer tod@s junt@s si realmente quisiéramos. Es la hora de la Tierra. Es la hora de los sueños comunes. Mañana será demasiado tarde.

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*Elena Martínez es licenciada en Ciencias de la información y documentalista.
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martes, 14 de febrero de 2017

Costa Rica - Nace La Agroecóloga, revista campesina.


Esta semana se dieron cita campesinos y campesinas, técnicos agrícolas, representantes de organizaciones campesinas, investigadores y docentes universitarios para crear el consejo editorial de la primera revista especializada en agroecología del país. 

La revista La Agroecóloga se funda por la necesidad de ampliar la discusión y la difusión a nivel nacional sobre los saberes y los conocimientos de la producción agrícola socialmente justa y ecológicamente equilibrada.

Costa Rica es uno de los países con más consumo de agrotóxicos por hectárea cultivada, lo cual hace que sea dependiente de insumos derivados del petróleo, que tienen serios impactos sobre la vida cotidiana y la comunidades locales. La historia nacional está marcada por más de 14.000 personas afectadas por el químico llamado DBCP, más conocido como Nemagón, utilizado en las plantaciones bananeras en los años setenta.

Sumado a esto, en la actualidad comunidades de la provincia de Limón cumplen casi 10 años no tener agua potable en sus casas a causa de la presencia de agroquímicos en los acueductos comunitarios. Esta contaminación está asociada a la producción industrial de piña para la exportación.

Más de 12.000 personas de El Cairo, La Francia y Milano no pueden tomar agua sin sufrir afectaciones estomacales, o no pueden bañarse con esa agua sin que les provoque serios problemas en la piel, como alergias o llagas. Alarmante es también el hecho de que niños pequeños estén experimentando afectaciones en la vista.

Según el Informe del Estado de la Nación 2016 el país ha incrementado el volumen de importación de agroquímicos potencialmente peligrosos. Se reportan alrededor de ocho toneladas anuales de ingrediente activo importado para el periodo 2105.

Asimismo, las condiciones económicas hacen que la población joven salga de forma más acelerada del campo. Se sabe que la edad promedio de personas encargadas de labrar la tierra está por encima de los 50 años de edad, según el último Censo Agrícola, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).

Mientras todo esto ocurre, existen cada vez más emprendimientos de agricultura orgánica, mercados y ferias con productos locales libres de agroquímicos, y fincas productoras y distribuidoras de productos agroecológicos. Estas iniciativas no deben de estar atomizadas, sino que deben permitir crear redes y espacios de difusión, investigación, formación y fomento de la agricultura orgánica por y para las personas.

En este contexto es que nace la revista La Agroecóloga, un medio de comunicación gestionado por la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) con apoyo del Programa Puntos de Cultura, del Ministerio de Cultura y Juventud.

En la reunión realizada este 8 de febrero, el equipo editor de la revista se reunió con el consejo editorial de La Agroecóloga para crear la estructura y acordar el funcionamiento y los mecanismos de publicación de la revista; y brindar elementos teóricos y prácticos sobre las formas narrativas y su importancia.

En el espacio nos acompañó el editor del suplemento Ojarasca del periódico La Jornada de México, Ramón Vera-Herrera, quien creó un dialogo e intercambio sobre publicaciones creadas desde pueblos indígenas y campesinos.

Puede seguir esta nueva revista mediante el sitio web: www.agroecologa.org o a través de Facebook en: https://www.facebook.com/RevistaAgroecologa/

La Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) es un espacio de encuentro entre organizaciones campesinas, ecologistas, de mujeres y académicas de Costa Rica.


Contactos:


Henry Picado, cel. 8760-9800, agrobici@gmail.com


Fabiola Pomareda, cel. 8433-2985, pomaredafabiola@gmail.com


Fuente y foto: Revista La Agroecóloga

domingo, 2 de octubre de 2016

Agroecología: la medición de su impacto.

Portada revista LEISA


La revista Leisa especializada en temas agroecológicos comparte una nueva edición dedicada al tema: "La medición del impacto de la agroecología" con artículos cuyos autores, en muchos casos son protagonistas de las experiencias publicadas.

En la presentación resalta que para avanzar en la práctica de la producción agraria sostenible es importante conocer los impactos a través de los cuales es posible valorar la eficiencia de los esfuerzos invertidos para los procesos de transición hacia la agroecología.

Cabe destacar que LEISA cumplirá muy pronto treinta años de la difusión continua de experiencias de prácticas agroecológicas para un desarrollo sostenible a nivel latinoamericano.

La agroecología es una ciencia joven que incorpora y reconoce el valioso aporte del conocimiento tradicional de los campesinos e indígenas, depositarios vivientes y vigentes en el mundo.

Esta modalidad de hacer agricultura para producir productos de calidad nutricional y saludables, comprendiendo la naturaleza de los ecosistemas y no depredándolos, es cada vez más reconocida por los consumidores, y valorada por organismos de la salud, asimismo por los pobladores urbanos.

Las ferias de productos agroecológicos se ven cada vez con mayor frecuencia y con tendencia de ascenso, multiplicándose además tiendas exclusivas de productos orgánicos y la venta en los grandes mercados.

Sin embargo, esta creciente demanda de productos ecológicos tiene el peligro de que ante una oferta insuficiente, existan productos “camuflados” de orgánicos o ecológicos.

Es por ello que el consumidor informado de lo que es la producción ecológica y consciente de la importancia de una alimentación con productos nutritivos y sanos —sean estos frescos o procesados— cumple un rol fundamental en el avance de la agroecología.

Es fundamental que el consumidor esté bien informado para ser protagonista de la expansión de una cultura alimentaria nueva, acorde a las exigencias contemporáneas relativas al cuidado de la naturaleza y la salud, al reconocimiento del valor de los productores campesinos y a valorar la biodiversidad que albergan los países latinoamericanos.

A continuación reproducimos la editorial del volúmen 32-3.
Medir el impacto de la agroecología

Para este número de Leisa hemos recibido artículos cuyos autores, en muchos casos protagonistas mismos de la experiencia, refieren que para avanzar en la práctica de la producción agraria sostenible es necesario medir sus impactos, pues con ello es posible valorar la eficiencia de los esfuerzos invertidos para los procesos de transición hacia la agroecología o para confirmar la importancia de continuar practicándola.

Pero es entonces cuando los criterios de los agricultores campesinos y los de los agroecólogos discrepan de los criterios usados por la agricultura convencional representada (todavía) en los organismos oficiales de desarrollo rural y de agricultura, los cuales generalmente toman al rendimiento (kg/ha) como el único indicador válido de la rentabilidad de la inversión.

Desde el enfoque de los que producen agroecológicamente, la medición de la eficiencia es más compleja, pues considera “indicadores que se aplican a la unidad productiva, entendida esta como un sistema multifuncional, y que además de producir e innovar como la agricultura convencional, conserva la biodiversidad y garantiza alimentos” (Campos, p. 14).

La sostenibilidad de los agroecosistemas es de hecho una dimensión compleja pues su realización a través del tiempo comprende lo ecológico, lo social, lo productivo, lo cultural. Varias propuestas metodológicas han sido ya aplicadas para la construcción de indicadores que, al usarse en los campos del agricultor, han contado con su participación pues sin la contribución directa de quienes trabajan la tierra es difícil validar la eficiencia del “instrumento” con el que se miden los impactos de la práctica agroecológica en los agroecosistemas (Schiller, p. 17; López, p. 20; Infante y San Martin, p. 23; Le Moal y otros, p. 32).

Es importante citar aquí los avances teóricos y prácticos de agrónomos latinoamericanos que, como Santiago Sarandón y Claudia Flores, han trabajado y difunden desde hace más de 10 años. Estos avances se encuentran reunidos en el libro Agroecología, bases teóricas para el diseño y manejo de agroecosistemas sustentables (capítulo 14, “Análisis y evaluación de agroecosistemas: construcción y aplicación de indicadores”, reseñado en “Fuentes”, p. 35). Los programas de formación de los nuevos agrónomos y de la educación de la juventud rural deben considerar que no basta con modelos teóricos, sino que la práctica, sistematizada, es indispensable para evaluar o medir los impactos de la dimensión agroecológica.

Con el fin de apreciar en toda su dimensión el impacto de la agroecología, es igualmente importante poder medir la calidad nutricional de los alimentos producidos agroecológicamente. Este número de leisa no incursiona en ese tema, pero existen estudios que demuestran las ventajas nutricionales de la producción agroecológica y que hemos citado en ediciones anteriores (leisa 30-4, “Nutrición y agricultura familiar”).

Es necesario que esta información se difunda para que el consumo de productos agroecológicos tenga mayor demanda en los mercados urbanos, un factor imprescindible para la sostenibilidad de la producción agroecológica de alimentos de los agricultores familiares campesinos. El impacto de la agroecología en las urbes es una dimensión importante por medir, donde los indicadores adecuados deben considerar el consumo y sus efectos en la salud: un reto interdisciplinario entre diferentes vertientes de investigadores, consumidores y productores.

Para que la agroecología escale posiciones de influencia son los mismos agricultores quienes deben demostrar a los decisores de las políticas ambientales, económicas, de salud pública —sobre todo alimentarias—, las ventajas de producir alimentos y fibras de forma sostenible. Y como lo mencionan Funes Monzote y Márquez (p. 9), “La agroecología se ha convertido en una opción política en defensa de los más pobres y cumple un papel activador de movimientos campesinos alrededor del mundo”. Pero como los mismos autores señalan, es necesario que los involucrados en la agroecología, críticos de la agricultura convencional, pongan en práctica sus principios de cómo hacer producción agrícola sostenible.

Los editores

Acceda a la revista completa haciendo clic en el siguiente enlace:

- "La medición del impacto de la agroecología" (versión PDF, español, 40 páginas)

Fuente: Servindi

lunes, 22 de agosto de 2016

La agroecología como antídoto a la producción transgénica.


Leonardo Boff

El actual sistema político y económico parece obedecer a la lógica de las bacterias dentro de una “placa de Petri”. Esta es un recipiente achatado de vidrio con nutrientes para bacterias. Algunas especies cuando presienten que los nutrientes se van a acabar, se multiplican enormemente y después mueren.
Algo parecido, a mi modo de ver, está ocurriendo con el sistema del capital. Se está dando cuenta de que, debido a los límites infranqueables de los recursos naturales y de haber sobrepasado la huella ecológica de la Tierra, pues ya ahora necesitamos un poco más de un planeta y medio (1,6) para atender las demandas humanas, no tendrá en el futuro condiciones de reproducirse. Y no hay otra alternativa, como advirtió el Papa en su encíclica Laudato Si, que cambiar de modo de producción y de consumo y cuidar de la Casa Común, la Tierra.

¿Cuál ha sido la reacción de los capitales productivos y especulativos ante este escenario? A semejanza de las bacterias de la “placa de Petri” multiplican exponencialmente las formas de lucro, acumulando cada vez más y concentrándose de manera espantosa. Según los datos publicados por el economista L. Dowbor en su sitio (dowbor.org de 15/12/2015: La red del poder corporativo mundial), «solamente 737 actores principales (top-holders) controlan el 80% del valor de todas las empresas transnacionales».

El poder económico, político e ideológico que se esconde detrás de estos datos es enorme. Adorador del ídolo-dinero, este sistema se vuelve, como decía el Papa en el avión de regreso de Polonia, «un verdadero terrorismo contra la humanidad».

¿No será que el sistema, inconscientemente, presiente, como las mencionadas bacterias, que puede desaparecer si no cambia? ¿E intenta cambiar?
No piensen los lectores/as que esta situación no afecta a la séptima economía mundial, Brasil. Es propio de la «estupidez de la inteligencia brasilera», al decir de Jessé Souza, no incluir este dato geopolítico en los debates sobre el impeachment y sobre la economía nacional, como por ejemplo se viene haciendo desde hace años en el programa Panel de la Globonews. Ahí domina soberanamente el neoliberalismo. La ecología y los movimientos sociales no existen para ese programa.

El problema real es este: con el PT, Lula y Dilma, el sistema mundial no consigue encuadrar a Brasil en la lógica concentradora del capital globalizado. El pueblo y los pobres, se dice, ganan demasiado en perjuicio del mercado y de las grandes corporaciones nacionales articuladas con las transnacionales. Por eso hay que dar un golpe a la democracia, de la manera que sea, para liberar así el camino a la acumulación de los adinerados. Las políticas del vice-presidente Temer se orientan hacia el completo desmonte de las políticas sociales del gobierno Lula-Dilma. El Ministerio de Desarrollo Agrario ha desaparecido. La Secretaría de Economía Solidaria es un departamento dirigido por un policía.

Pero donde hay poder, surge también un anti-poder. Por todas partes en el mundo se están reforzando las resistencias al capitalismo insostenible que no consigue resultar bien ni siquiera en los países centrales.
En este contexto, como antídoto, entra la agroecología, la producción orgánica y surgen cooperativas agrícolas sin pesticidas ni transgénicos.

Entre el 27 y 30 de julio de 2016 se celebraron en Lapa-Paraná las 15ª Jornadas de Agroecología, con más de tres mil participantes de diferentes regiones de Brasil y de siete países más. El tema central era la preservación de las semillas criollas, creando bancos y casas de semillas contra el asalto de las grandes corporaciones, como Monsanto y Syngenta, entre otras. Estas buscan volver estériles las nativas para obligar a los campesinos a comprar sus semillas genéticamente modificadas, que no se pueden volver a plantar.

Sabemos que las semillas son un bien común de la humanidad y no pueden ser apropiadas por grupos privados. El acceso a las semillas establece un derecho humano básico, herido por las pocas transnacionales que controlan prácticamente todas las semillas. Para que la vida se siga reproduciendo es fundamental defender la riqueza ecológica, patrimonial y cultural de las semillas. Curiosamente Cuba ocupa el primer lugar en el mundo en agroecología y en la creación de cooperativas en todas las esferas. Es la forma por la cual el socialismo evita ser absorbido por el capitalismo individualista y concentrador.

Era conmovedor asistir en la “mística” final de la Jornada, al intercambio de semillas y de pequeñas plantas entre todos los presentes. Había muchos niños, jóvenes, indígenas, hombres y mujeres que luchan por la vida sana para todos, contra un sistema anti-vida. Ellos son portadores de la esperanza de que el mundo puede ser sano y mejor.

*Leonardo Boff es articulista del JB online y ha escrito Sostenibilidad: que es y qué no es, Vozes 2012.

Traducción de MJ Gavito Milano

viernes, 13 de noviembre de 2015

La agroecología como herramienta de democratización habitable.


La Agroecología es una herramienta de transformación social –ciencia-acción-participativa o forma de vida y movilización desde territorios concretos– que desafía el régimen agroalimentario y sus capataces.


Por Ángel Calle Collado

Y como nos alimentamos a diario –quienes podemos hacerlo–, nuestras percepciones y nuestras acciones condicionan la capacidad de la sociedad y de sus individuos de definir de forma 'autónoma' cómo queremos hacerlo. Y, siguiendo a Castoriadis, en el hecho de poder gobernarnos con autonomía crítica sobre los asuntos que nos afectan, reside que podamos llamar democrático –algún día– al mundo en el que vivimos.

De esta manera, la Agroecología así entendida es, innegablemente, un acto político. ¿Por qué agregar entonces dicho adjetivo? Por dos razones. La primera para entrar en la disputa del reconocimiento de manejos y saberes de personas que nos ayudan a vivir y alimentarnos de forma saludable en muchos casos. No hay producción sostenible –para la especie humana– si dicha sostenibilidad no democratiza los regímenes agroalimentarios. La apuesta actual de los gobiernos no sólo consiste en facilitarle un hardware apropiado a la gran industria alimentaria: leyes de salud y comercialización propicias, investigaciones que apoyen su desarrollo –menos del 1% se dirige hacia la agricultura ecológica–, educación hacia el agronegocio, invisibilización de prácticas alternativas, etc.

También quiere imponer la lógica de un monocultivo del software, de los saberes, de las formas de hacer, de cómo ha de 'desarrollarse' un territorio. Los monopolios colonialistas, y la red que teje el imperio agroalimentario globalizado se comporta como tal, precisan del epistemicidio de otras formas de entender el conocimiento que desafíen la fábrica capitalista, dice Boaventura de Sousa Santos. En particular, las élites persiguen no reconocer ni amparar derechos de, precisamente, pueblos y comunidades que atesoran las culturas alimentarias más sostenibles: pueblos indígenas, campesinos y campesinas, productores y productoras de tradición artesanal. Su memoria biocultural asociada es una amenaza. Estas 'culturalezas' –como nos indican Víctor Toledo y Narciso Barrera– nos vienen ofreciendo caminos que tienden a cerrar circuitos –energéticos, materiales, mercantiles, políticos– de abajo hacia arriba. Democracias de alta intensidad, o radicalización de la democracia, que se extiende desde la siembra hasta la mesa: democracias alimentarias que van creando auto-gobierno en otras parcelas de la vida como la salud, las economías sociales-solidarias, la gestión directa y sostenible del territorio, etc (ver aquí).

La segunda razón tiene que ver con la hegemonía que en estos debates de la Agroecología política, pasan a tener las políticas públicas necesarias para avanzar en esa democratización de tierras, cultivos, mercados y saberes.

En Brasil son conocidas las bondades que dichas políticas públicas han tenido para el país, valgan como ejemplo: el ingreso de 300.000 agricultores en programas de alimentación locales –programas de consumo institucional–, que además reciben un incremento del 30% si los productos son ecológicos; los apoyos a la creación de núcleos de investigación agroecológica autónomos entre productores, estudiantes y profesorado; o la potenciación de sistemas de certificación manejados por agricultores y consumidores –caso de Ecovida–, no por empresas o instituciones públicas muy al margen de la sostenibilidad territorial, como ocurre en la Unión Europea. Pero también son manifiestas las contradicciones que conviven en ese despegue 'agroecológico'.

Contradicciones que sitúan a Brasil, paradójicamente, más cerca de la senda de Francia que de la construcción cooperativa de la agroecología en otros países latinoamericanos, como sería el caso de Colombia.

En los territorios de este país tan próximo de Brasil es constante el enfrentamiento abierto con las políticas desarrollistas gubernamentales por parte del mundo indígena y campesino, que apuesta por la agroecología cooperativa, arrastrando a grandes redes de economía social-solidaria como Agrosolidaria –30.000 integrantes que se definen como “prosumidores”–. Mercados campesinos, Mingas, capacidad para detener el país y detener leyes que patenten la vida como ocurriera en el 2013, impulso al rechazo de los tratados de libre comercio con Estados Unidos, entre otros, son otros tantos elementos que muestran la vigorosidad para apoyar estrategias de gestión agroecológica de los territorios, cuyo faro serían la creación de zonas de reserva campesina (ver aquí).

El Estado brasileño, en la encrucijada de seguir el modelo desarrollista que viene auspiciando, encuentra ahora un 'obstáculo' en las demandas provenientes de redes agroecológicas. Y a su vez, el brazo práctico de este Estado –a través de leyes, presupuestos, formación, compra pública, programas de extensión–, incluso cuando trabaja desde el rubro de la agroecología, se aproxima mucho a la producción en cadena de formas de producción ecológicas, restringiéndose a programas que se repiten para la sustitución de insumos, diversificación, manejo más sostenible de suelos. Programas donde las personas productoras y la sostenibilidad territorial parecen contar poco. Son las dificultades históricas de una institución que entiende más de monopolizar y homogeneizar –gestión vertical– que de compartir decisiones y contextualizar –cogestionar y permitir la autogestión–. Institución que, paradójicamente, sería necesaria para enfrentar situaciones de violencia, el poder de los grandes terratenientes o la presión de los intereses de las grandes transnacionales.

Pero, en materia de promoción de un cooperativismo diverso, el Estado demuestra históricamente una gran miopía –si no un gran rechazo– cuando se trata de afrontar globalmente la sostenibilidad en el medio y largo plazo. ¿Extensión –vertical– o comunicación –horizontal–? Sigue vigente con toda su fuerza la pregunta que nos dejaba Paulo Freire. Y también la nitidez de su respuesta hacia una pedagogía de la autonomía. Pedagogía que encuentra sus raíces en una agroecología –política– donde los Estados, o no están, o actúan como paraguas que acompañan procesos. Pero nunca como motores. No han aprendido a comportarse como promotores de la diversidad en los manejos territoriales. Modernidad obliga.

En el lado opuesto de la balanza tenemos las redes de productoras y productores vinculadas a La Vía Campesina o a MAELA, las cuales, de forma autónoma, practican múltiples expresiones de la agroecología –política– en sus territorios. Y como ejemplo particular de redes emergentes en Brasil que apuestan por una articulación social en pos de una soberanía alimentaria, contamos con ejemplos como O Plano Camponês (ver aquí) desde el sindicalismo rural, los sistemas participativos de garantía como los que potencia Ecovida o los grupos de consumo ecológico desde diferentes ciudades (ver aquí).

Todo ello hace que la agroecología se distancie de los modos de producción capitalistas en muchas partes del mundo. Y que recobre y exhiba su apellido “político” en aras de la construcción de sistemas agroalimentarios locales y sostenibles, ligados a personas que traman, desde saberes propios y propicios para nuestra salud y nuestra existencia como especie, un afán de establecer redes de cooperación que van de arriba hacia abajo.

En dicha democratización de conocimientos, la creación de redes cooperativas no absorbidas por el capitalismo y de mercados de proximidad serán elementos centrales en el avance de una pluriversidad agroecológica. Las políticas públicas podrán y deberán existir como paraguas para acompañar, en el corto plazo, el acceso a tierras, a semillas propias, a mercados de prosumidores, etc. Uno, por la legitimidad que aún detentan estas políticas para enfrentar formas de violencia del capital como el acaparamiento de la tierra, de la biodiversidad o de los canales de comercialización.

Y dos, por su potencial –no muy practicado de manera regular– de ponerse al servicio de la promoción de tecnologías convivenciales, aquellas que favorezcan autogobierno y no dependencias colonizantes.

viernes, 28 de noviembre de 2014

La agroecología es la solución al hambre y al cambio climático.

El salvadoreño Adolfo es un ejemplo de los beneficios de la agroecología campesina. (Crédito: Jason Taylor/Amigos de la Tierra Internacional)

Análisis de Kirtana Chandrasekaran y Martín Drago*

IPS, 28 de noviembre, 2014.- Científicos especializados en cambio climático emitieron el 2 de noviembre su más reciente advertencia de que la crisis climática está empeorando rápidamente en varios aspectos. Prevén que el cambio climático afecte la productividad agrícola, cuya consecuencia será la afectación de la seguridad y soberanía alimentaria de muchos países.

¿Adoptarán nuestros gobiernos las medidas urgentes y necesarias para abordar estas crisis? Tienen una oportunidad en la próxima ronda de negociaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se realizará en Lima, del 1 al 12 de diciembre.

Los campesinos y campesinas como el salvadoreño Adolfo son los principales productores de alimentos hoy en día. Necesitamos de ellos, y no de la producción industrial, para alimentar al planeta en el contexto del cambio climático y de la degradación generalizada de los recursos naturales.

En nuestro planeta, 805 millones de personas padecen hambre crónica y el sobrepeso y la obesidad afecta a más de 2.000 millones de personas; 65 por ciento de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad matan más personas que la desnutrición.
El problema no es la falta de alimentos, sino su distribución desigual. El acceso a los alimentos está definido por la riqueza y el lucro, en lugar de la necesidad. Se promueve el libre comercio por encima del derecho a la alimentación. Como consecuencia de ello, la mitad de los granos del mundo se utilizan para alimentar a animales criados en establecimientos industriales y una proporción importante de cultivos básicos en la alimentación se convierten en agrocombustibles para alimentar autos. Así, las personas hambrientas se quedan sin alimentos para dárselos a los consumidores ricos


Quienes padecen hambre son principalmente las personas pobres de las zonas rurales en los países en desarrollo, fundamentalmente productores a pequeña escala de África y Asia. Casi una de cada nueve personas se va a dormir con hambre cada noche.

No es el caso de Adolfo y su familia, a pesar de vivir en una zona que fue devastada por los efectos del cambio climático y las inundaciones, el Valle Lempa en El Salvador. Él conoce por experiencia propia que la diversidad agrícola y la conservación en manos campesinas de las semillas tradicionales son fundamentales para el sustento de los productores a pequeña escala.

La enorme mayoría de los gobiernos de todo el mundo han ignorado a los productores a pequeña escala durante décadas, sumiendo a millones de ellos en la pobreza. Sin embargo, ellos y ellas siguen siendo quienes producen la mayor parte de los alimentos del mundo, utilizando variedades tradicionales de semillas y sin recurrir a insumos industriales.

En África, los campesinos y campesinas cultivan prácticamente todos los alimentos que se consumen a nivel local. En América Latina, 60 por ciento de la producción, incluida la carne, proviene de pequeñas fincas familiares. En Asia, centro mundial de la producción de arroz, prácticamente todo el arroz se cultiva en granjas de menos de dos hectáreas.

Aun así, el agronegocio y algunos gobiernos promueven fuertemente la agricultura industrial (basada en monocultivos, semillas híbridas y plaguicidas y fertilizantes químicos) como la mejor forma de alimentar al planeta.

Además, la agricultura industrial es una de las mayores contribuyentes al cambio climático, debido a su alto consumo de combustibles fósiles, pesticidas y fertilizantes y a sus impactos sobre suelos, aguas y biodiversidad. Existe suficiente evidencia de que está destruyendo los recursos de los que dependemos para producir nuestros alimentos.

Pero los promotores de la agricultura industrial hacen caso omiso de sus impactos ambientales.

Sabiendo el gran reto que representa el cambio climático, ya que podría reducir considerablemente la productividad agrícola, especialmente en los países en desarrollo, otros son los caminos que se deberían fomentar.

Por otro lado, los defensores de la agricultura industrial la justifican señalando que debido a la creciente población mundial se necesitarán producir más alimentos y para ello es necesario aumentar los rendimientos. Pero sabemos que producir más alimentos y aumentar el rendimiento no son los únicos retos. De hecho, ya producimos suficientes alimentos para alimentar a nuestra población actual y futura.

El problema no es la falta de alimentos, sino su distribución desigual. El acceso a los alimentos está definido por la riqueza y el lucro, en lugar de la necesidad. Se promueve el libre comercio por encima del derecho a la alimentación.

Como consecuencia de ello, la mitad de los granos del mundo se utilizan para alimentar a animales criados en establecimientos industriales y una proporción importante de cultivos básicos en la alimentación se convierten en agrocombustibles para alimentar autos. Así, las personas hambrientas se quedan sin alimentos para dárselos a los consumidores ricos.

Para erradicar el hambre es imprescindible aumentar los ingresos de los sectores empobrecidos y contribuir a que los productores y productoras de alimentos a pequeña escala puedan mantener sus modos de vida, para alimentarse y alimentar al mundo de forma sustentable.

Pero la salida estructural al hambre y la pobreza se encontrará construyendo la soberanía alimentaria de los pueblos. Es decir, “el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo”, resume la Declaración de Nyéléni con que concluyó el Foro Mundial por la Soberanía Alimentaria, realizado en Malí en 2007.

Para ello, es imprescindible: que el control de los sistemas y políticas agroalimentarias recaiga en aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos, en lugar de en los mercados y las corporaciones; priorizar las economías y los mercados locales y nacionales; fomentar la sostenibilidad ambiental, social y económica de la producción, la distribución y el consumo; y garantizar el derecho de los productores de alimentos al acceso y la gestión de la tierra, las aguas, las semillas y la biodiversidad en general.

“La Soberanía Alimentaría supone nuevas relaciones sociales libres de opresión y desigualdades entre hombres y mujeres, pueblos, grupos raciales, clases sociales y generaciones”, destaca también la Declaración de Nyéléni.

La soberanía alimentaria incluye el derecho a la seguridad alimentaria. Pero un país que se centra solamente en lograr la seguridad alimentaria no distingue de dónde provienen los alimentos ni las condiciones en las que se producen y distribuyen.

Los objetivos nacionales de seguridad alimentaria a menudo se logran mediante la producción de alimentos en condiciones de destrucción del medio ambiente y de explotación social que destruyen a los productores locales de alimentos, mientras benefician a las empresas del agronegocio.

En los últimos años, varios organismos de las Naciones Unidas han reconocido que la agroecología es la forma más eficaz para combatir las crisis alimentaria, ambiental y de pobreza. Un análisis de la agroecología, realizado en 2011, evidenció que tiene el potencial de duplicar la producción de alimentos en 10 años.

Hasta una fracción de dicha ganancia puede disminuir considerablemente el hambre en el mundo. Las pruebas son claras, pero cambiar el sistema agroalimentario mundial es difícil.

Para hacer frente a este desafío surgió el movimiento por la “soberanía alimentaria”; que cuenta con el respaldo de más de 300 millones de mujeres y hombres, productores de alimentos a pequeña escala, consumidores y activistas por la justicia ambiental y los derechos humanos, entre otros.

El poder de las empresas de semillas y plaguicidas como Monsanto y Syngenta, de supermercados gigantes como Wal-Mart y de empresas productoras de granos como Cargill ha crecido tanto que ejercen mucha influencia en las políticas agroalimentarias nacionales y globales. Esto asegura que el agronegocio reciba miles de millones de dólares en subvenciones y apoyo normativo.

Acabar con el hambre en el mundo está a nuestro alcance, pero se necesita una transformación fundamental del sistema agroalimentario mundial: un cambio radical de la agricultura industrial a la agroecología para la soberanía alimentaria.

Esta transformación sin duda tendría repercusiones muy positivas en la crisis climática: menos agricultura industrial y más producción agroecológica equivalen a menos emisiones de carbono, algo fundamental para protegernos del cambio climático.

Adolfo y millones de productores y productoras como él están en la primera línea de esta transformación y los líderes mundiales deben brindarles mucho más apoyo -a nivel de la ONU, así como en el plano nacional y local- si se proponen seriamente solucionar las crisis climática y alimentaria.

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*Kirtana Chandrasekaran y Martín Drago coordinan el programa de Soberanía Alimentaria de Amigos de la Tierra Internacional.

(Las opiniones de este artículo corresponden a sus autores y no representan necesariamente las de IPS, ni pueden atribuírsele)

Editado por Estrella Gutiérrez

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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net
Otras noticias:

Fuente: Servindi

viernes, 17 de octubre de 2014

16 de Octubre Día Mundial de la Alimentación Agroecológica 2014



Escrito por LaGarbancitaEcológica

Día Mundial de la Alimentación Agroecológica 2014

Algunas enfermedades propias de edades avanzadas están surgiendo en edades tempranas. Sobrepeso, obesidad, diabetes “tipo B” o hipertensión, aparecen en adolescentes y jóvenes por la modificación de nuestras pautas alimentarias inducida por la publicidad de las grandes empresas del negocio alimentario. Desgraciadamente, los poderes públicos no actúan con la debida contundencia respecto a este problema.

La llamada “comida basura” es consecuencia de la mercantilización y globalización de los alimentos. Cuando los alimentos se convierten en una mercancía, su finalidad ya no es procurar una nutrición saludable a las personas, sino ganar dinero. La comida basura se caracteriza por alimentos con un exceso de hidratos de carbono de tipo “rápido” y grasas y proteínas de origen animal. Refrescos, lácteos, dulces y comida rápida de bajo coste que se venden en grandes cadenas multinacionales. Estos alimentos, saturados de sustancias químicas, como colorantes, saborizantes, conservantes, emulgentes, etc., que son tóxicas por su acumulación paulatina, son objeto de una promoción incesante, dirigida especialmente a nuestros niños y niñas.

Quienes tenemos la responsabilidad de formar a nuestros niños y niñas en unos hábitos alimentarios que les procuren salud y no enfermedades para el resto de su vida, debemos enfrentarnos a 3 tipos de problemas. El primero es nuestra ignorancia nutricional. El segundo es la intoxicación publicitaria que estimula en nuestros niños y niñas el deseo de alimentos indeseables mediante la manipulación de su fantasía para que nos presionen hasta que se los compremos y la creación artificial de sabores agradables para ellos. El tercero, la necesidad de salir de la cultura de la queja, cuando ya es tarde, y tomar en nuestras manos la tarea de educar a nuestros niños, niñas y adolescentes en unos hábitos de alimentación saludables, responsables y agradables.

En los encuentros con madres, padres y educadores, se trataría de:
1. Detectar problemas, inquietudes y dudas acerca de los buenos y malos hábitos alimentarios de nuestr@s hij@s … y los propios (Difícilmente podemos enseñar a nadie a comer bien si nosotros mismos no lo hacemos).
2. Clarificar los criterios básicos para una alimentación saludable:
A) Calidad, vitalidad, cantidad, variedad, orden de la ingesta, combinación, temporada y elaboración;
B) Propiedades nutritivas y propiedades “sociales” de los alimentos; la seguridad alimentaria no puede limitarse a unos pocos alimentos de élite ni a unas pocas familias, debe ser accesible a tod@s.
C) Nadie cambia un hábito alimentario si no lo desea. No se trata sólo de “saber” qué es una alimentación sana, sino de saber comunicarlo y conseguir que nuestros niños y niñas disfruten defendiendo los hábitos alimentarios saludables y rechazando los hábitos y los alimentos enfermantes.
3. Poner en marcha procesos de medio y largo alcance -aunque de baja intensidad-, en los que cooperen maestr@s, madres y padres, niñ@s y proyectos de consumo responsable agroecológico. Establecer un “observatorio” de la calidad alimentaria de nuestras niñas y niños. Manejar como indicadores las enfermedades infantiles, los malos y buenos hábitos, los mensajes publicitarios. Utilizar juegos, recetas, talleres de consumo y elaboración de alimentos agroecológicos, excursiones a fincas de alimentos agroecológicos, participación en el consumo responsable agroecológico autogestionado y utilización de audiovisuales que muestran los daños de una alimentación enfermante y los beneficios de una alimentación responsable.

DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN AGROECOLÓGICA
(16 OCTUBRE 2014)
Alimentar al mundo, cuidar el planeta
Defender la Agricultura Familiar Agroecológica
Garantizar una Alimentación sin Transgénicos ni Agrotóxicos

Fuente: ApiaVirtual

lunes, 31 de marzo de 2014

Chile celebra triunfo contra Ley Monsanto y Convenio UPOV.



Servindi, 20 de marzo, 2014.- El retiro de la ley Monsanto sobre privatización de las semillas campesinas y la no adhesión al Convenio UPOV 91 sobre protección de obtenciones vegetales es celebrado por la ciudadanía chilena que se movilizó activamente en defensa de la producción agroecológica y la agricultura familiar campesina.


La presión fue generada por un amplio movimiento en el campo y la ciudad en defensa de semillas libres de patentes, transgénicos y plaguicidas articulado en la Campaña Yo No Quiero Transgénicos en Chile, RAP-Chile.

La Presidenta Bachelet y su coalición de gobierno anunció el 17 de marzo el retiro del proyecto conocido como ley Monsanto y que fue enviado al parlamento en 2009 por la propia presidenta durante su gestión anterior.

La iniciativa legal pretendía entregar a empresas transnacionales como Monsanto, Syngenta, Pioneer/Dupont y Bayer, productoras de semillas híbridas y transgénicas, amplias garantías a costa de los derechos de los campesinos y campesinas y del patrimonio genético del país.

La campaña desplegó masivas movilizaciones, intercambios de semillas, y un despliegue de recursos visuales por las redes sociales.

Un rol especial tuvieron las mujeres campesinas e indígenas, los agricultores biodinámicos, junto a organizaciones socio-ambientales, indígenas y de consumidores, y familias- todos ellos interesados en optar por alimentos sanos y seguros. Estos formaron el corazón del movimiento de defensa de la semilla.

Cabe destacar que en los últimos años en Chile se ha fortalecido el redescubrimiento del valor de la agricultura familiar campesina, y de la agroecología como alternativas reales para enfrentar problemas como el cambio climático, y la necesidad de contar con más y mejores alimentos para la población.

Agua, tierra y semillas son componentes esenciales para lograr la soberanía alimentaria, objetivo perseguido por la campaña Yo no quiero transgénicos en Chile, entendido como el derecho de todos y todas a decidir libremente sobre los alimentos que consumen, considerando la cultura tradicional y sin que esto quede en manos de las transnacionales que monopolizan el comercio de la semilla.

La ex senadora Ximena Rincón, actual ministra secretaria general de gobierno, encabezó en el Senado la oposición al proyecto de ley y gracias a la vigilancia ciudadana una mayoría de legisladores se informó y unió a la oposición de la norma.

La organización internacional Vía Campesina celebró la decisión la cual consideró un triunfo del movimiento ciudadano y advirtió que hay que tener presente que el peligro de UPOV 91 no ha terminado pues el gobierno “se ha comprometido a desarrollar un nuevo proyecto de ley escuchando a los distintos sectores involucrados y afectados”.

Al respecto indicó que “no nos cabe duda de que las empresas harán millonarias campañas de lobby y de desinformación, incluso de cooptación de organizaciones, a través de las cuales esperan seguir difundiendo sus mitos, amenazas y mentiras” puntualizó.

El senador Alejandro Navarro, presidente del Partido MAS, expresó: “esto no acaba aquí, pues el análisis anunciado por el ejecutivo requiere de consulta indígena. Piñera fue un maestro en realizar consultas indígenas mal hechas, campeón en llamar a dialogar sólo a quienes aprobaban sus proyectos, sin respetar los requisitos de la consulta tal como lo disponen los tratados internacionales”.

“Así ocurrió con la ley de pesca, con la ley de fomento forestal y con la ley de concesiones eléctricas. Espero que como Nueva Mayoría no hagamos lo mismo, consultas indígenas fraudulentas, pegándonos avivadas contra los derechos de los pueblos indígenas” aseveró Navarro.
Convenio UPOV

El movimiento ciudadano denunció un lobby ejercido por Monsanto desde hace seis años a favor que Chile suscriba el Convenio UPOV 91, un tratado promovido por el sector privado y que se actualiza periódicamente para generar mayores ganancias a las empresas.

Indican que dicho convenio no ha nacido bajo el patrocinio de las Naciones Unidas y varios de los países que registran sus semillas híbridas en Chile, tales como Nueva Zelanda, Canadá, Sudáfrica no están adscritos al UPOV 91.

Tampoco lo están países que valoran altamente su patrimonio genético como Brasil, Perú y China, por lo que es innecesario firmar la actualización del año 1991 (UPOV 91) de ese convenio.
Propuesta de Ley de Semillas

El propósito de la ciudadanía chilena es gestar una nueva Ley de Semillas que permita avanzar hacia la soberanía alimentaria, estableciendo programas de producción y distribución de semillas campesinas locales.

La norma debe permitir la comercialización de las semillas campesinas locales, reconociendo el rol y autonomía de las comunidades en la recuperación de las semillas tradicionales para el campo y los huertos urbanos.

La propuesta ciudadana propone además respaldar la moratoria a los cultivos transgénicos como una forma de proteger la biodiversidad y el etiquetado de los alimentos con transgénicos, que consagra el derecho de los consumidores a optar por alimentos sanos.

Otro aspecto concierne a eliminar del registro del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) los plaguicidas altamente peligrosos (PAP) y dañinos para las abejas.

Asimismo, apoyar en cada región de Chile la creación de ferias locales y poderes de compra de los organismos del Estado, tales como hospitales y escuelas, para permitir el abastecimiento de la población con alimentos agroecológicos producidos en forma sana y sin agrotóxicos.

Declaración de la CLOC- Vía Campesina Chile al retiro de la ley de obtentores del proceso legislativo


Las organizaciones de la CLOC-Vía Campesina-Chile celebramos la decisión del gobierno de la Presidenta Bachelet de retirar del proceso legislativo el Proyecto de Ley de Protección de Derechos de Obtentores Vegetales, proyecto que buscaba implementar en Chile UPOV 91 y que se hizo conocido como Ley Monsanto.

Este es un gran triunfo, obtenido a través de las muchas acciones, reuniones, foros, entrevistas e iniciativas amplias y movilizadoras de las organizaciones de la CLOC-VC-Chile y los movimientos sociales, que permitieron una amplia comprensión de parte de la ciudadanía, mediante el desarrollo de argumentos sólidos y un trabajo de difusión masivo que incluyó a cientos de comunidades campesinas e indígenas, así como una discusión seria y metódica con una importante cantidad de Senadores.

Desde la CLOC-VC-Chile nos enorgullecemos de haber participado de manera permanente y sin vacilación en este proceso de resistencia social, de haber impulsado procesos de convergencia y movilización a pesar de las incomprensiones y los apoyos prestados al proyecto de ley por otras organizaciones campesinas con las cuales nos vimos confrontadas y confrontados. Nos place haber contribuido a desarmar el conjunto de mitos que se difundían desde los aparatos de lobbystas de las empresas y haber sido capaces de romper el cerco comunicacional y hacernos escuchar, aún cuando nuestra voz inicialmente fue bloqueada o saboteada en los debates parlamentarios y en el Tribunal Constitucional mientras el empresariado era escuchado ampliamente. Nos sentimos estimuladas y estimulados de que nuestros análisis y propuesta hayan contribuido a las luchas contra a UPOV 91 y contra las leyes de semillas de nuestros hermanos de la CLOC y La Vía Campesina en los países enfrentados a esta ofensiva del capital

Como lo hemos afirmado: de haber sido aprobada, la ley habría convertido en delito prácticas campesinas e indígenas milenarias -como es el seleccionar, cuidar, guardar e intercambiar las semillas-, habría permitido que las empresas se apropiaran de las semillas campesinas, y habría permitido castigos como la destrucción de cultivos y confiscación de cosechas.

Debemos tener presente que el peligro de UPOV 91 no ha terminado. El gobierno se ha comprometido a desarrollar un nuevo proyecto de ley escuchando a los distintos sectores involucrados y afectados. No nos cabe duda de que las empresas harán millonarias campañas de lobby y de desinformación, incluso de cooptación de organizaciones, a través de las cuales esperan seguir difundiendo sus mitos, amenazas y mentiras.

Tenemos que mantenernos alertas y mantener con aún más fuerza nuestra campaña de información, continuar con las conversaciones serias y fundamentadas con las organizaciones, los parlamentarios y la ciudadanía, desarrollando nuestros argumentos de manera aun más clara. Sabemos que la verdad y la justicia están de nuestra parte. Asimismo, esperamos y lucharemos porque la participación de las organizaciones campesinas y de pueblos indígenas en la discusión de una nueva ley sea efectiva y suficientemente amplia y representativa, y que cuente con las necesarias garantías de que seremos escuchados.

Son varios las y los Senadores a los cuales agradecemos su disposición a escuchar y a estudiar nuestros argumentos, así como su honradez al expresar sus ideas y establecer compromisos. Agradecemos especialmente a la ex-Senadora Ximena Rincón, por escucharnos y apoyarnos desde el principio.

Triunfamos porque hicimos un enorme trabajo colectivo y socializamos masivamente la nuestra posición. En este proceso, agradecemos y valorizamos el compromiso, los aportes y esfuerzos de GRAIN por poner a disposición su elaboración y análisis participando de manera activa y permanente en la discusión, los debates y elaboración colectiva de posiciones.

Hacemos un llamado a todas las organizaciones sociales y especialmente a las organizaciones del campo a informarse e involucrarse en los procesos que se desarrollarán a partir de ahora. El derecho campesino e indígena milenario a cuidar, conservar e intercambiar semillas es base de la soberanía alimentaria de los pueblos y debe ser defendido por todos.

¡LAS SEMILLAS SON UN PATRIMONIO DE NUESTROS PUEBLOS INDÍGENAS Y CAMPESINOS, DE SUS MUJERES -PRINCIPALES GUARDADORAS- Y SON NUESTROS PUEBLOS QUIENES GENEROSA Y COMPROMETIDAMENTE LAS HEMOS PUESTO AL SERVICIO DE LA HUMANIDAD!

¡POR LA SOBERANÍA ALIMENTARIA Y POPULAR, NO A LA PRIVATIZACIÓN DE LAS SEMILLAS, NO A UPOV 91!

¡LAS SEMILLAS CAMPESINAS E INDÍGENAS SON GARANTÍA DE LA SOBERANÍA ALIMENTARIA PARA LOS PUEBLOS!

ANAMURI CONAPROCH CONFEDERACION RANQUIL ANMI

CLOC – VÍA CAMPESINA CHILE

Información relacionada publicada en Servindi:




Servindi, 7 de marzo, 2013.- Una denuncia presentada por diversas organizaciones indígenas ante el relator de la ONU James Anaya ha llevado a que el Congreso de Chile aplace hasta nuevo aviso el debate del proyecto de ley calificado de protransgénico y conocido como “Ley Monsanto”. Seguir leyendo…



Por Lucía Sepúlveda Ruiz

23 de enero, 2014.- José Pizarro Montoya, 38 años, agricultor sin tierra, y ex productor de transgénicos en la temporada 2009-2010 en Melipilla (RM), es el primer chileno y quizás el único latinoamericano que le ha ganado una demanda a Monsanto/ANASAC por incumplimiento del contrato. Seguir leyendo…




- Denuncian vínculo de Mayol Bouchon con mercado de semillas “transgénicas”.

Servindi, 3 de enero, 2014.- Organizaciones sociales y ambientalistas de Chile otorgaron el “Premio Semillas de Maldad 2013” al ministro de Agricultura de Chile, Luis Mayol Bouchon, por su expresa intención de promover la “Ley Monsanto” en su país. Seguir leyendo…



Adital, 12 de diciembre, 2013.- La industria multinacional de agricultura y biotecnología Monsanto está muy cerca de cambiar los rumbos de la producción y comercialización de semillas. Basada en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), un gran proyecto de libre comercio que incluye 12 países, entre ellos Chile, Perú y México, la empresa puede recurrir a las leyes del acuerdo para tener libre la rotulado de alimentos transgénicos, limitando la siembra y la comercialización sólo para la empresa. Seguir leyendo…




Servindi, 8 de diciembre, 2013.- Organizaciones sociales y ambientales emplazaron a la candidata Michelle Bachelet a fijar posición y marcar distancia frente a los transgénicos y la Ley Monsanto. Asimismo, asumir compromisos a favor de la producción de alimentos sanos que protejan el ambiente. Seguir leyendo…




- Monsanto está a punto de celebrar su gran golpe maestro: tenemos hasta el fin de semana para detenerlo.

Servindi, 6 de diciembre, 2013.- La comunidad activista Avaaz lanzó una campaña para evitar que empresas como Monsanto se salgan con la suya y doce países suscriban el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), un pacto ultra secreto y de altísimo alcance que otorgará a las grandes corporaciones un poder sin precedentes. Seguir leyendo…
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Fuente: Servindi