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domingo, 23 de junio de 2019

La dieta perfecta para salvar el planeta y la salud del ser humano.

Un grupo de agricultores, en la provincia china de Guizhou. LONG YI (GETTY IMAGES) / VÍDEO: EPV

Una comisión internacional de científicos urge a un cambio en la alimentación y la agricultura para evitar 11 millones de muertes prematuras y sortear la catástrofe ambiental

Reducir el consumo mundial de carnes rojas y azúcar; duplicar la ingesta de frutas, verduras y legumbres; que el sector agrícola y ganadero deje de emitir dióxido de carbono y reduzca drásticamente la contaminación de nitrógeno y fósforo; limitar el empleo de agua y no aumentar más el uso de tierras; reducir un 50% el desperdicio alimenticio... Estas son algunas de las recetas que se necesitan para preservar la “salud planetaria”. Bajo ese término la revista científica The Lancet engloba la “salud de la civilización humana y el estado de los sistemas naturales de los que dependen”.


El planeta tiene un problema: el insostenible modelo de consumo que el ser humano empezó a desarrollar a partir de la II Guerra Mundial. “Se necesita urgentemente una transformación radical del sistema alimentario global”, advierte un panel internacional de 37 expertos de 16 países —agrupados en la comisión EAT-Lancet— que durante tres años ha trabajado para elaborar un modelo de dieta saludable para el ser humano y para el planeta, y cuyas conclusiones se conocen ahora.

Nada menos que de la necesidad de una “nueva revolución agrícola” habla Johan Rockström, uno de los coordinadores de la comisión y miembro del Instituto Potsdam para la Investigación del Cambio Climático. “La producción mundial de alimentos amenaza la estabilidad climática y la resilencia de los ecosistemas”, alerta la comisión EAT-Lancet. Y si ahora —con más de 7.000 millones de habitantes en el planeta— se necesita “urgentemente” una transformación “radical” del sistema, más acuciante será con el aumento proyectado de la población para las próximas décadas. El informe pone en el punto de mira el año 2050, para cuando se espera que en la Tierra habiten 10.000 millones de personas. La buena noticia es que esos expertos aseguran que se podrá alimentar a todos esos habitantes, pero se tendrán que aplicar cambios profundos en la dieta y en el modelo de producción si se quiere cumplir con acuerdos como el de París contra el cambio climático. Esas transformaciones en la dieta podrían evitar 11 millones de muertes prematuras al año relacionadas con la alimentación.


LA DIETA DIARIA SOSTENIBLE




Fuente: Comisión EAT-Lancet. EL PAÍS


Aunque exista una “brecha dietética” en función del país y del área geográfica —en Indonesia y África occidental, por ejemplo, se consumen cantidades muy reducidas de carne y lácteos, a diferencia de en Norteamérica—, el informe de los expertos detecta que de media en el mundo la ingesta de carne roja, vegetales almidonados —como la patata— ricos en hidratos y huevos es demasiado alta. La comisión plantea una dieta ideal —basada en 2.500 kilocalorías diarias— y sugiere que solo 30 de ellas procedan de carnes distintas de las aves, lo que equivaldría, por ejemplo, a consumir una hamburguesa de ternera pequeña a la semana. El objetivo global es doblar el consumo de frutas, hortalizas, legumbres y frutos secos, y reducir a la mitad el de carne roja y el azúcar. Actualmente, y fundamentalmente en Occidente, el consumo de carne roja y de alimentos procesados y refinados es excesivo, lo que acarrea riesgos para la salud, mayores que los causados por el sexo no seguro, el alcohol, la droga y el tabaco juntos, detalla el informe.
Grandes cambios

“Existe una desviación entre lo que la gente come y lo que debería comer”, resume Francisco Botella, vocal de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición. Explica que una dieta saludable conseguiría, por un lado, reducir la tasa de obesidad y patologías asociadas, como diabetes, problemas arteriales o colesterol elevado, y, por el otro, disminuir el riesgo de algunos tipos de cáncer, como los que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha asociado a la carne roja y procesada. “¿Qué tenemos que potenciar? Pescado, vegetales, legumbres secas, cereales integrales, promocionar el consumo de frutos secos como alternativa, y, en la práctica, reservar la carne para ocasiones especiales”, resume el endocrinólogo, muy favorable al planteamiento del estudio. Sin embargo, advierte de las dificultades de cambiar los hábitos: “Es más difícil cambiar de dieta que de religión”.

Paralelamente, los expertos proponen cambios para reducir los impactos medioambientales de la agricultura y la ganadería, como ponerle freno al aumento del uso del suelo para la alimentación y los fertilizantes, y la eliminación de los combustibles fósiles en este sector.

Sonja Vermeulen, una de las expertas de la comisión EAT-Lancet y miembro del Centro Hoffmann y de WWF, se muestra optimista: “Hemos visto enormes cambios en la dieta mundial en el pasado, así que es posible un cambio en el futuro”. Y pone como ejemplo el éxito que en México han tenido los “impuestos para reducir el consumo de refrescos azucarados”. Esta especialista cree que los cambios en las dietas pueden resultar más “complejos” que los que se tienen que acometer en el modelo de producción de los alimentos. “Muchos agricultores están interesados en explorar maneras de optimizar la producción, por ejemplo utilizando con más precisión los fertilizantes o el riego, porque mejora también sus beneficios”, detalla Vermeulen.

“Necesitamos la colaboración de todos los actores, incluidos los ciudadanos, los Gobiernos y los agentes económicos”, apunta Francesco Branca, director del departamento de Nutrición para la Salud y Desarrollo de la OMS y miembro también de la comisión EAT-Lancet. Y para ello se deben utilizar, según Branca, herramientas como “los incentivos económicos, o la eliminación de estos incentivos, información a los consumidores...”. Los gobiernos, añade, deben realizar cambios “en las inversiones públicas en investigación e infraestructuras y en las subvenciones a los agricultores”. Y aprobar regulaciones sobre el uso de la tierra, el agua y los fertilizantes, concluye Branca.


EL OLVIDADO MENÚ DE LA CUENCA MEDITERRÁNEA 


Francesco Branca, director del departamento de Nutrición para la Salud y Desarrollo de la Organización Mundial de la Salud, se muestra optimista cuando mira al pasado. “Tenemos experiencias concretas sobre la viabilidad de estas dietas en muchas partes del mundo. En Europa, la dieta consumida en los años sesenta alrededor de la cuenca del Mediterráneo era en gran parte similar a lo que ahora estamos describiendo como una dieta sana y sostenible”.

Branca es uno de los expertos que han formado parte de la comisión EAT-Lancet responsable del informe publicado ahora. “En la actualidad, hemos aumentado nuestro consumo de carne roja, grasas saturadas y azúcar y disminuido el consumo de legumbres”, añade este experto, que confía en que se pueda revertir esta tendencia empleando, por ejemplo, incentivos económicos. Jesús Román, presidente del comité científico de la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación, en la misma línea, incide en que la propuesta de los expertos no es otra cosa que la tan alabada dieta mediterránea. Román alerta sin embargo que incluso en países como el nuestro existe un problema de aplicación: “La dieta mediterránea la conocemos de oídas: en España vivió su momento cumbre desde los años cincuenta hasta los setenta, después la gente empezó a tener más dinero y a comer más productos envasados”. Fuente: elpais


Fuente: elpais.com


lunes, 26 de diciembre de 2016

La inseguridad alimentaria es un agente de conflictos violentos.

Agricultoras de la aldea de Nshi-o-doh en Ndu, en la Región del Noroeste de Camerún. Crédito: Monde Kingsley Nfor/IPS

Por Dominique Von Rohr

IPS, 23 de diciembre, 2016.- Unas 2.000 millones de personas viven en países donde la violencia, los conflictos y la fragilidad de las instituciones son comunes; una inestabilidad política a menudo relacionada con la inseguridad alimentaria. La escalada de enfrentamientos en Siria, Yemen y Sudán del Sur deja a un número creciente de personas en situaciones imposibles.
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“Los conflictos dejaron a unas 56 millones de personas a situación de crisis o de emergencia en materia de inseguridad alimentaria”, se lamentó Kimberly Flowers, directora de Global Food Security Project, en la Conferencia John McGovern, convocada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Pero desde la crisis por el precio de los alimentos de 2007-2008, cuando el número de personas con hambre aumentó a 1.000 millones de personas, que afectó a uno de cada seis habitantes del planeta, las autoridades comenzaron a prestar atención al problema a este problema.

Durante el gobierno del presidente Barack Obama, Estados Unidos invirtió 6.600 millones de dólares en “Alimentar el futuro”, un programa de desarrollo de largo plazo para reducir la pobreza y el hambre. La iniciativa procura enseñar a los agricultores de países en desarrollo nuevas técnicas agrícolas, formas de aumentar la productividad y mejorar la nutrición.

Flowers subrayó que en ese país, el enfoque de la seguridad alimentaria no varía de un partido a otro. El Congreso legislativo aprobó la Ley de Seguridad Alimentaria Global en el verano boreal pasado, que garantiza que el hambre y la pobreza seguirán siendo una prioridad en materia de política exterior.

“La seguridad alimentaria es real y basada en la evidencia. El Congreso comprende la importancia de atender este asunto”, observó.

La incertidumbre instalada tras la elección de Donald Trump en muchos terrenos, no cambiará el hecho de que la ley de Seguridad Alimentaria Global garantiza que las inversiones continuarán por dos años más.

Por primera vez, los servicios de inteligencia estadounidenses reconocieron la relación entre inestabilidad política e inseguridad alimentaria, y estimaron que el riesgo que plantea a muchos países, aumentará en los próximos 10 años por las perturbaciones que la producción, el transporte y el mercado ocasionarán a la disponibilidad de alimentos a escala local.

“La inseguridad alimentaria es tanto causa como consecuencia de conflictos”, dijo Flowers en la conferencia, antes de considerarla un “imperativo para la seguridad nacional”.

La falta de acceso a los alimentos puede servir como instrumento estratégico para la guerra.

“Las poblaciones hambrientas tienen más probabilidades de expresar su frustración con las autoridades en problemas, perpetuando un ciclo de inestabilidad política y socavando el desarrollo económico a largo plazo”, explicó.

Los autores de un informe del Programa Mundial de Alimentos (PMA), señalaron que la inseguridad alimentaria eleva el riesgo de quiebres democráticos, conflictos civiles, protestas, enfrentamientos y disputas comunitarias.

En Siria, el presidente Bashar al Assad y el Estado Islámico emplean los alimentos o su falta como tácticas de guerra, impidiendo la llegada de asistencia humanitaria a la población u ofreciendo alimentos a cambio de que se unan a sus filas.

Además, la guerra devastó a la agricultura y le costó al país 35 años de desarrollo. La producción alcanzó un mínimo histórico, y los agricultores apenas si pueden quedarse en sus tierras, cuanto menos cultivarlas.

En Nigeria, la inseguridad alimentaria aumenta por la inestabilidad política y, en especial, afecta a las áreas donde opera Boko Haram.

Sus acciones “impiden la producción de alimentos; colocaron minas en tierras cultivables, roban ganado y expulsan a la población civil, que deja tierras sin cultivar”, indicó Flowers. Eso hace que algunas zonas se queden sin su cosecha, y en las que quedan alimentos, los precios se disparan.

En Venezuela, la inseguridad alimentaria se relaciona con la mala gestión económica, pues “90 por ciento de los venezolanos se quejan de que los alimentos son demasiado caros”, apuntó Flowers.

Otrora un país rico con un autoridades fuertes, la dependencia de Venezuela en los ingresos del petróleo dejó a la economía al borde del colapso tras la caída pronunciada de los precios de los combustibles fósiles. Además, la respuesta del gobierno a una población que cada vez tiene más hambre, fue autoritaria y represiva.

En Sudán del Sur, los conflictos entre el gobierno y los grupos de oposición tuvieron tal impacto en la economía que los precios de los alimentos se dispararon.

La falta de alimentos y de asistencia alimentaria desempeñó un papel en la lucha contra la insurgencia. Alrededor de 95 por ciento de la población sursudanesa depende de la agricultura para vivir, “pero no hay infraestructura estatal de respaldo”, añadió Flowers.

“La peligrosa combinación de conflicto armado, infraestructura frágil y alza de precios de los alimentos básicos puede derivar en condiciones de hambruna”, observó.

Los dos primeros de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030, adoptados por la comunidad internacional en 2015, apuntan a erradicar la pobreza y el hambre, aunque queda la duda de si podrán lograrse en un contexto de inestabilidad política y de conflictos permanentes.

“Los ODS subestiman las dificultades de ayudar a más de 1.000 millones de personas a recuperar el camino sostenible del crecimiento económico y reconstruir un tejido social roto en un plazo de 15 años”, remarcó Flowers.

Creer que es posible eliminar por completo el hambre y la pobreza dentro de los próximos 14 años no es realista. Pero el esfuerzo de poner en práctica los ODS tendrá un impacto sostenible en los países que necesitan ayuda.

Por ejemplo, en lo que respecta a la seguridad alimentaria, se pronostica que “el número de personas que la sufren disminuirá de forma significativa, 59 por ciento para 2026”, indicó.

Flowers detalló que las variables más importantes para disminuir la inseguridad alimentaria son un gobierno fuerte y priorizar la agricultura en la agenda de desarrollo.

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Traducido por Verónica Firme
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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net


Fuente: Servindi

domingo, 2 de octubre de 2016

Agroecología: la medición de su impacto.

Portada revista LEISA


La revista Leisa especializada en temas agroecológicos comparte una nueva edición dedicada al tema: "La medición del impacto de la agroecología" con artículos cuyos autores, en muchos casos son protagonistas de las experiencias publicadas.

En la presentación resalta que para avanzar en la práctica de la producción agraria sostenible es importante conocer los impactos a través de los cuales es posible valorar la eficiencia de los esfuerzos invertidos para los procesos de transición hacia la agroecología.

Cabe destacar que LEISA cumplirá muy pronto treinta años de la difusión continua de experiencias de prácticas agroecológicas para un desarrollo sostenible a nivel latinoamericano.

La agroecología es una ciencia joven que incorpora y reconoce el valioso aporte del conocimiento tradicional de los campesinos e indígenas, depositarios vivientes y vigentes en el mundo.

Esta modalidad de hacer agricultura para producir productos de calidad nutricional y saludables, comprendiendo la naturaleza de los ecosistemas y no depredándolos, es cada vez más reconocida por los consumidores, y valorada por organismos de la salud, asimismo por los pobladores urbanos.

Las ferias de productos agroecológicos se ven cada vez con mayor frecuencia y con tendencia de ascenso, multiplicándose además tiendas exclusivas de productos orgánicos y la venta en los grandes mercados.

Sin embargo, esta creciente demanda de productos ecológicos tiene el peligro de que ante una oferta insuficiente, existan productos “camuflados” de orgánicos o ecológicos.

Es por ello que el consumidor informado de lo que es la producción ecológica y consciente de la importancia de una alimentación con productos nutritivos y sanos —sean estos frescos o procesados— cumple un rol fundamental en el avance de la agroecología.

Es fundamental que el consumidor esté bien informado para ser protagonista de la expansión de una cultura alimentaria nueva, acorde a las exigencias contemporáneas relativas al cuidado de la naturaleza y la salud, al reconocimiento del valor de los productores campesinos y a valorar la biodiversidad que albergan los países latinoamericanos.

A continuación reproducimos la editorial del volúmen 32-3.
Medir el impacto de la agroecología

Para este número de Leisa hemos recibido artículos cuyos autores, en muchos casos protagonistas mismos de la experiencia, refieren que para avanzar en la práctica de la producción agraria sostenible es necesario medir sus impactos, pues con ello es posible valorar la eficiencia de los esfuerzos invertidos para los procesos de transición hacia la agroecología o para confirmar la importancia de continuar practicándola.

Pero es entonces cuando los criterios de los agricultores campesinos y los de los agroecólogos discrepan de los criterios usados por la agricultura convencional representada (todavía) en los organismos oficiales de desarrollo rural y de agricultura, los cuales generalmente toman al rendimiento (kg/ha) como el único indicador válido de la rentabilidad de la inversión.

Desde el enfoque de los que producen agroecológicamente, la medición de la eficiencia es más compleja, pues considera “indicadores que se aplican a la unidad productiva, entendida esta como un sistema multifuncional, y que además de producir e innovar como la agricultura convencional, conserva la biodiversidad y garantiza alimentos” (Campos, p. 14).

La sostenibilidad de los agroecosistemas es de hecho una dimensión compleja pues su realización a través del tiempo comprende lo ecológico, lo social, lo productivo, lo cultural. Varias propuestas metodológicas han sido ya aplicadas para la construcción de indicadores que, al usarse en los campos del agricultor, han contado con su participación pues sin la contribución directa de quienes trabajan la tierra es difícil validar la eficiencia del “instrumento” con el que se miden los impactos de la práctica agroecológica en los agroecosistemas (Schiller, p. 17; López, p. 20; Infante y San Martin, p. 23; Le Moal y otros, p. 32).

Es importante citar aquí los avances teóricos y prácticos de agrónomos latinoamericanos que, como Santiago Sarandón y Claudia Flores, han trabajado y difunden desde hace más de 10 años. Estos avances se encuentran reunidos en el libro Agroecología, bases teóricas para el diseño y manejo de agroecosistemas sustentables (capítulo 14, “Análisis y evaluación de agroecosistemas: construcción y aplicación de indicadores”, reseñado en “Fuentes”, p. 35). Los programas de formación de los nuevos agrónomos y de la educación de la juventud rural deben considerar que no basta con modelos teóricos, sino que la práctica, sistematizada, es indispensable para evaluar o medir los impactos de la dimensión agroecológica.

Con el fin de apreciar en toda su dimensión el impacto de la agroecología, es igualmente importante poder medir la calidad nutricional de los alimentos producidos agroecológicamente. Este número de leisa no incursiona en ese tema, pero existen estudios que demuestran las ventajas nutricionales de la producción agroecológica y que hemos citado en ediciones anteriores (leisa 30-4, “Nutrición y agricultura familiar”).

Es necesario que esta información se difunda para que el consumo de productos agroecológicos tenga mayor demanda en los mercados urbanos, un factor imprescindible para la sostenibilidad de la producción agroecológica de alimentos de los agricultores familiares campesinos. El impacto de la agroecología en las urbes es una dimensión importante por medir, donde los indicadores adecuados deben considerar el consumo y sus efectos en la salud: un reto interdisciplinario entre diferentes vertientes de investigadores, consumidores y productores.

Para que la agroecología escale posiciones de influencia son los mismos agricultores quienes deben demostrar a los decisores de las políticas ambientales, económicas, de salud pública —sobre todo alimentarias—, las ventajas de producir alimentos y fibras de forma sostenible. Y como lo mencionan Funes Monzote y Márquez (p. 9), “La agroecología se ha convertido en una opción política en defensa de los más pobres y cumple un papel activador de movimientos campesinos alrededor del mundo”. Pero como los mismos autores señalan, es necesario que los involucrados en la agroecología, críticos de la agricultura convencional, pongan en práctica sus principios de cómo hacer producción agrícola sostenible.

Los editores

Acceda a la revista completa haciendo clic en el siguiente enlace:

- "La medición del impacto de la agroecología" (versión PDF, español, 40 páginas)

Fuente: Servindi

sábado, 30 de julio de 2016

Bután, el primer país del mundo en permitir sólo la agricultura ecológica.


Bután, un país con unos 750.000 habitantes, se convertirá antes del 2020 en el primero del mundo en el que todos sus alimentos se cultivarán con prácticas de agricultura ecológica. 

En esa fecha estará prohibida la venta de pesticidas y herbicidas químicos.

Los agricultores butaneses utilizarán para sus cultivos únicamente abonos orgánicos naturales, obtenidos de su ganadería, y ningún producto químico artificial.


Foto: Allpe


Actualmente gran parte de su agricultura es orgánica, al no utilizar apenas pesticidas y herbicidas artificiales por su alto precio.

Bután tiene la intención de exportar sus alimentos naturales a los grandes mercados chino e indio, sus vecinos geográficos.

El ministro de agricultura Pema Gyamtsho, que es también un agricultor como otros ministros en este país, ha anunciado este plan en la Cumbre de Desarrollo Sostenible, celebrada en Nueva Delhi (India) a principios de este mes.

El ministro recalcó los efectos nocivos del uso de fertilizantes químicos en la calidad de frutas y verduras por su menor valor nutricional y la contaminación de las aguas subterráneas.

Los butaneses tradicionalmente practican labores agrícolas, que sin el uso de productos artificiales, mantienen producciones de alimentos suficientemente altas y mantienen la calidad agrícola de los suelos.

La intención del gobierno para mantener la producción de alimentos sin químicos es aumentar las tierras de regadío y usar variedades locales que son resistentes a las plagas.

Los agricultores de Bután se enfrentan en los últimos años a serios problemas como la sequía o la escasez de mano de obra que emigra a las ciudades.

¿Crees que algo así sería posible en algún otro país del mundo?



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Fuente: Servindi