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jueves, 25 de octubre de 2018

La mitad de la población de Yemen, a un paso de la hambruna.

La ONU ha alertado de que la mitad de la población de Yemen, catorce millones de personas, está al borde de la hambruna

Héctor Alonso

Yemen, un país de 28 millones de personas podría enfrentarse pronto a la crisis alimentaria más grave de los últimos años, con la mitad de su población, 14 millones de personas, al borde de la hambruna, la fase más aguda de la inseguridad alimentaria. La ONU ha alertado de esta situación que vive el país tras tres años de guerra que ha devastado las infraestructuras básicas, como el suministro de agua potable o el sistema de salud.

En estos momentos en Yemen se está combatiendo por el control del puerto de Hodeidah, clave para recibir mercancías en un país donde la gente ya no tiene dinero para alimentos básicos. Si se alcanza la situación de hambruna, catorce millones de personas dependerán exclusivamente de la ayuda externa para sobrevivir.

Para el responsable de Ayuda de Naciones Unidas, Mark Lowcock, el panorama al que se enfrenta el país será “el más grave que haya podido ver cualquier profesional de la ayuda humanitaria en toda su vida profesional”. Yemen, además, se está recuperando de la epidemia de cólera más grande de la historia en la que han enfermado más de 1,1 millones de personas por culpa de la destrucción del sistema de suministro y depuración de aguas.

Para hacernos una idea de lo que podría pasar en Yemen hay que recordar que en los últimos 20 años sólo se han declarado dos hambrunas: Somalia en 2011 y una hambruna en una zona de Sudán del Sur en 2017. Nada comparable con lo que podría pasar en Yemen.

Intervención de Arabia Saudí

La guerra de Yemen comenzó como un enfrentamiento por el poder entre dos facciones con diferencias religiosas y aliados enfrentados: las fuerzas gubernamentales, que están apoyadas por Arabia Saudí y los rebeldes Houti, apoyados por Irán. En 2015 Arabia Saudí decidió intervenir en la guerra para apoyar al gobierno destituido y desde entonces la situación ha empeorado, con bombardeos sobre infraestructuras y civiles. Hace algunas semanas la venta de misiles guiados fabricados en España fue objeto de polémica en nuestro país.

Naciones Unidas está ahora coordinando la entrega de ayuda humanitaria a ocho millones de personas, pero la situación está empeorando por la crisis económica y por el bloqueo del principal puerto del país, Hodeidah, por donde entra el 90 por ciento de las mercancías y alimentos.

Naciones Unidas ha solicitado el alto el fuego humanitario y la protección de las vías de suministro de alimentos y bienes esenciales. También ha pedido un mayor apoyo humanitario y que las partes en conflicto participen en las conversaciones de paz.

La situación de la población, después de tres años de guerra, es casi catastrófica, con altísimos niveles de desnutrición que repercuten en la vulnerabilidad frente a las enfermedades, como el cólera.


domingo, 19 de noviembre de 2017

7 millones de personas al borde de la hambruna: la crisis que Arabia Saudí está provocando en Yemen.


Yemen, una de las crisis humanitarias más grave del siglo XXI.

Sepultada bajo toneladas de actualidad informativa, la guerra civil de Yemen ha macerado en un segundo plano hasta convertirse en una de las crisis humanitarias más dramáticas del siglo XXI. Con más de un millón de personas víctimas de una brutal epidemia de cólera (600.000 de ellas niños) y casi 7 millones de personas al borde de la hambruna, Yemen se acerca a un abismo espantoso.

¿Pero qué ha sucedido exactamente y quiénes son los responsables? Para entenderlo, hay que retroceder varios años en el tiempo y dirigir la mirada hacia el norte del país. En concreto, hacia Arabia Saudí. La misión militar desplegada por la monarquía salafista ha incluido bombardeos a instalaciones civiles, asesinato de víctimas inocentes, bloqueos económicos de las regiones insurgentes y un desinterés total en aliviar la penosa situación de la población.

Yemen afronta de este modo su tercer año de guerra civil, un conflicto cuyo marco global es más amplio, y en el que las luchas de poder regionales entre Arabia Saudí e Irán juegan un papel fundamental. Una crisis, en definitiva, de gravísimas consecuencias, de compleja resolución y a la que, para colmo de males, como en casi todos los conflictos abiertos en Oriente Medio, no son ajenas las potencias occidentales. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí?
Yemen: historia de una desestabilización

2011: todos los países del orbe árabe, desde Marruecos a Bahréin, se ven sacudidos por una oleada revolucionaria que se lleva por delante al gobierno tunecino, depara miles de muertos en las calles de El Cairo, inicia una guerra civil sangrienta en Siria y finiquita al estado libio. En Yemen, como en la mayor parte de países de la zona, las protestas son multitudinarias y la inestabilidad, preocupante.

El ambiente proto-revolucionario se prolonga hasta 2012, cuando la posición del presidente yemení, Ali Abdullah Saleh, se hace insostenible: tras dos décadas largas al frente del país, las multitudinarias manifestaciones callejeras, la espiral de violencia y el improbable apoyo del ejército provocan su caída. Tras unas elecciones de cartón, el régimen se perpetúa eligiendo a Abd Rabbuh Mansur Hadi como nuevo presidente del país. La situación se estabiliza.

Sin embargo, la nula expectativa de reforma democrática agrieta las tradicionales brechas regionales de Yemen. En 1994, Yemen se había partido en dos: propulsada por el tribalismo social, un movimiento de carácter socialista en el sur y una minoría chií en el norte, la guerra se saldó con una declaración de independencia infructuosa y la victoria de las fuerzas unionistas, que habían logrado mantener al país unido hasta bien entrada la segunda década del siglo XXI. Unido, que no pacificado.

El foco de insurgencia más importante durante los años tranquilos surgía de las regiones norteñas, en concreto de Ansar Allah, conocidos informalmente como los Houthis. El movimiento tenía un profundo carácter religioso, pero a diferencia de la mayor parte de radicalismos políticos presentes en la península arábiga, era chií. En un país de mayoría suní, las reivindicaciones políticas de los Houthis eran relativamente consistentes con el clima de Oriente Medio durante los últimos veinte años. Pese a todo, Saleh se las arregló para firmar eventuales treguas y mantener a raya a la insurgencia.

A la altura de 2014, la situación había cambiado. El descontento opositor con la llegada de Hadi originó un nuevo conflicto en el norte. La movilización del grupo paramilitar, muy numeroso, le permitió tomar la capital, Sana’a, ante la inacción de la mayor parte del ejército gubernamental. A consecuencia, Hadi se vio obligado a negociar una reforma que incluyera la redacción de una nueva constitución y que consagrara mayor acceso al poder a los grupos opositores. En septiembre de 2014, la ONU sancionó el acuerdo para la formación de un gobierno de “unidad”.

Sin embargo, las circunstancias se precipitaron en enero 2015. Con objeto de obtener una mayor palanca negociadora, las fuerzas Houthi rodearon el palacio presidencial y se reclamaron la autoridad única e inequívoca de todo el país. El gobierno de Hadi dimitió en pleno, obligado por las circunstancias, y los Houthis disolvieron el parlamento y formaron un comité revolucionario. Derrotado por el golpe, Hadi huyó de la capital y se refugió en Aden, al sur del país.

Desde allí se declaró el presidente legítimo del país. Apoyado por una parte del ejército, Hadi inició la contraofensiva. De forma muy similar a Siria, aunque varios años después, Yemen se sumergía en una turbulenta, sangrienta guerra civil.
La crisis humanitaria y el papel saudí

El resultado, hoy, espanta. Por un lado, el país atraviesa un estadio de destrucción incomparable: las infraestructuras más básicas han sido voladas por los aires por las fuerzas internacionales aliadas de Hadi, numerosos colegios, edificios públicos y hospitales han quedado completamente paralizados (se calcula que sólo el 45% de las instalaciones sanitarias continúan funcionando), más de 15.000 personas han perdido la vida y alrededor de 3 millones se han visto desplazadas.

A los números habituales de una guerra cualquiera hay que sumar las inesperadas consecuencias del brote de cólera que asola al país desde hace un año. Los números son gravísimos, no comparables a prácticamente ninguna crisis humanitaria de las últimas tres décadas exceptuando Haití. Se calcula que hay alrededor de 800.000 casos, la abrumadora mayoría de ellos infantiles. A finales de años se superará el millón (se reportan 4.000 nuevos infectados diarios).

La epidemia es incomparable por su velocidad. Mientras en Haití se alcanzaron los 800.000 casos en más de un lustro, Yemen ha superado la cifra en menos de un año.

¿El motivo? Como se explica en este reportaje de The Guardian, la ruptura total del sistema sanitario. Parte del problema reside en la brutal implicación de Arabia Saudí en el conflicto: interesada en sostener a Hadi y en combatir la influencia iraní a través de los Houthis, bombardeó los principales centros económicos durante los primeros compases de la guerra, llegando a cortar todo suministro eléctrico a Sana’a o destruyendo las potabilizadoras que abastecían a la capital. La destrucción material buscaba paralizar la logística Houthi, pero en el camino se cebaba con la población civil, sin luz, sin agua potable, sin refugio.

De forma paralela, las fuerzas de Hadi y las saudíes impusieron un estricto bloqueo, recrudecido tras el lanzamiento de un misil de los Houthis a Riyad hace una semana. A consecuencia, el territorio controlado por las fuerzas insurgentes ha quedado aislado tanto por mar (ocupa la mayor parte del Mar Rojo yemení) como por carretera, dado que las autovías y las carreteras se han visto o bien destruidas o bien bloqueadas. Así, ni víveres ni medicamentos ni asistencia de algún tipo llega a las zonas afectadas por el cólera.

La crudeza del bloqueo y los rigores de la guerra han escalado de forma rápida y precipitada hacia una crisis alimentaria. Según la FAO, hoy hay 7 millones de personas al borde de la hambruna en Yemen. Este otro artículonarra sobre el terreno escenas de verdadero terror, centradas en niños desnutridos que a duras penas pueden ser atentidos en los atestados hospitales yemeníes. Alrededor de 17 millones, dos tercios del país, afrontan dificultades de abastecimiento.

En Yemen se ha producido una tormenta perfecta: al intenso bloqueo provocado por las fuerzas aliadas hay que sumar el virtual colapso del sector agropecuario en el país. Se calcula que la producción de alimentos locales ha caído en un salvaje 40%. Sumado al difícil acceso de provisiones externas, a la dificultad de acceso a agua potable y a la proliferación de enfermedades de toda clase (fruto del hundimiento del sistema sanitario y de vacunación), el panorama es desolador. Y tiene difícil solución.

Los motivos de Arabia Saudí en Yemen

No es algo que la comunidad internacional desconociera hace un año, cuando se cimentaron las causas que están llevando a Yemen a la tragedia. En su día, Obama ya aprobó la venta de nuevo material militar al ejército saudí a sabiendas de que sería utilizado en la lucha contra los Houthis en Yemen. Y Estados Unidos y Reino Unido apoyan activamente, junto a Emiratos Árabes Unidos, la intervención saudí. Es importante desde un punto de vista estratégico.

La cuestión es Irán. Desde hace más de una década, Arabia Saudí e Irán se están disputando una gigantesca esfera de influencia en Oriente Medio. No lo hacen directamente, sino a través de conflictos que ejercen de proxy. Siria es uno de ellos: mientras Irán protege a Al-Asad, chií y tradicionalmente lineado con postulados antagónicos a los americano-saudíes, la monarquía arábiga apoya a los insurgentes y a los rebeldes. La dinámica se repite en otros escenarios, no siempre con un conflicto mediante.

En Yemen, sin embargo, sí hay guerra. El carácter revolucionario chií de los Houthis hace que Arabia Saudí haya interpretado la insurrección como una cuestión crucial. A nivel estratégico el país es clave: patio trasero de la realeza saudí, su posición a orillas del Mar Rojo y en pleno estrecho de Bab el-Mandeb ha representado históricamente una puerta de acceso al África subsahariana. Pese a que Irán niega relación directa con los Houthis, la presencia de un movimiento hostil a los saudíes en tan delicado espacio es inasumible para Riyad.

Si a esto sumamos el carácter brutal del estado saudí y su total indiferencia por la opinión de la comunidad internacional (es un país económicamente autosuficiente cuya alianza con Estados Unidos le aísla de cualquier embargo y que no tiene que rendir cuentas ante su propia población), el resultado es una crisis humanitaria de volúmenes insospechados e incomparables en el siglo XXI. Sólo el tiempo dirá si la presión mediática y las reivindicaciones de las organizaciones humanitarias fuerzan una relajación del cerco o la resolución de la guerra.


El antecedente de Siria no invita al optimismo.



domingo, 19 de marzo de 2017

20 millones de personas en riesgo de inanición necesitan alimentos, no bombas.



El mundo se enfrenta a la catástrofe humanitaria más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Veinte millones de personas corren riesgo de morir de hambre en Yemen, Somalia, Nigeria y Sudán del Sur. La respuesta del presidente Donald Trump ante esta situación ha sido cerrarles la puerta en la cara a los refugiados y recortar los fondos de asistencia humanitaria, al tiempo que propone una importante ampliación de fondos para el ejército estadounidense.

António Guterres, nuevo secretario general de Naciones Unidas, dijo recientemente: “Millones de personas apenas logran sobrevivir entre la desnutrición y la muerte, vulnerables a enfermedades y epidemias, obligados a matar a sus animales para comer y consumir los granos almacenados para la siembre del año que viene”. Guterres continuó: “Estas cuatro crisis son muy diferentes, pero tienen una cosa en común. Todas son evitables. Todas provienen de diferentes conflictos, para los cuales se necesita que hagamos mucho más en cuanto a prevención y resolución”.

Mientras Naciones Unidas se apresura a recaudar los 5.600 millones de dólares necesarios para evitar el peor impacto de estas crisis, el gobierno de Trump recorta los fondos del Departamento de Estado de Estados Unidos y, según el borrador de una orden ejecutiva obtenido por el periódico The New York Times, también los de Naciones Unidas. La orden, tal como está redactada (aunque todavía no fue firmada ni emitida oficialmente) indica “al menos un 40% de reducción general” de las contribuciones voluntarias de Estados Unidos a programas de la ONU como el Programa Mundial de Alimentos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y Unicef. “Francamente, esta es una actitud infantil que no es digna de la única superpotencia del mundo”, escribió Stewart M. Patrick, un ex funcionario del Departamento de Estado durante el gobierno de George W. Bush, que ahora integra el Consejo de Relaciones Exteriores.

Esta actitud, que podría calificarse de infantil, tiene un impacto letal en la población infantil real. Siete millones de personas en Yemen corren peligro de inanición, de las cuales 2,2 millones son niños. Cerca de medio millón de esos niños están “grave y agudamente desnutridos”, lo que implica que ya han sufrido daños de desarrollo, posiblemente de por vida, debido al hambre.

El director de la sede estadounidense del Consejo Noruego para Refugiados, Joel Charny, dijo en una entrevista para Democracy Now!: “Si la guerra continúa, mucha gente morirá de hambre. No creo que haya ninguna duda al respecto. Tenemos que hallar la forma de que la guerra termine”.

Para ello habría que empezar por ponerle fin a la entrega de armamento a Arabia Saudí, que bombardea Yemen sin piedad. En su lugar, el presidente Trump se reunió el martes en la Casa Blanca con el príncipe heredero de Arabia Saudí y ministro de Defensa, Mohammed bin Salman, donde presuntamente habrían hablado de reanudar la venta de proyectiles guiados de precisión a la dictadura saudí. Amnistía Internacional instó a Trump a bloquear las nuevas ventas de armas. La organización emitió una declaración, en la que escribió: “Armar a los gobiernos de Arabia Saudí y Bahréin representa el riesgo de ser cómplice de crímenes de guerra, y hacerlo mientras simultáneamente se prohíbe a las personas viajar a Estados Unidos desde Yemen sería aun más inadmisible”.

La guerra en Yemen es considerada mayormente como un conflicto de poder entre Arabia Saudí e Irán, donde Estados Unidos, bajo el gobierno de Obama y ahora con mayor intensidad bajo el de Trump, brinda armamento a los saudíes y apoya logísticamente su bombardeo a Yemen. “Cabe destacar que esto no comenzó el 20 de enero. Esta es una política llevada a cabo por Estados Unidos desde hace cierto tiempo", dijo el funcionario humanitario Joel Charny en referencia a la asunción de mando de Trump y las políticas de Obama. A lo largo de sus dos mandatos, el presidente Obama le vendió armas a Arabia Saudí por un récord de 115.000 millones de dólares. Solo suspendió las ventas después de que un avión saudí atacara un funeral yemení con una serie de bombardeos sucesivos, que dejaron un saldo de 140 muertos y 500 heridos.

Millones de personas más se enfrentan al hambre y a una dolorosa muerte por inanición en Somalia, Sudán del Sur y Nigeria. Según Charny, en Sudán del Sur, pese a las ganancias por el petróleo y su tierra fértil, “los conflictos políticos no resueltos al interior de la clase gobernante de Sudán del Sur, que se remontan a la década de 1990 y quedaron disimulados durante la lucha por la independencia, ahora comenzaron a resurgir” y han conducido al país a la hambruna. En el noreste de Nigeria, el conflicto armado entre el grupo Boko Haram y el gobierno hace que la entrega de ayuda humanitaria sea muy peligrosa. Respecto a Somalia, donde la hambruna amenaza a poblaciones que pueden ser alcanzables por el debilitado gobierno central y las agencias de ayuda humanitaria, Charny expresó comentarios más optimistas: “Si podemos movilizar rápidamente alimentos y dinero en efectivo, podremos superar la situación en Somalia… si nos ponemos en marcha”.

Evitar la situación de hambruna en estos cuatro países es posible. El presidente Trump debería financiar totalmente los envíos de alimentos –no los envíos de armas– y liderar la tan necesaria diplomacia para evitar la inmensa catástrofe de 20 millones de muertes terribles a causa del hambre. Eso es lo que haría grande a Estados Unidos.

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.


Fuente: rebelión.org

lunes, 6 de marzo de 2017

Una hambruna sin precedentes en África


La amenaza de hambrunas en Nigeria, Somalia, Yemen y Sudán del Sur preocupa a la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que calcula que 37 países, 28 de ellos en África, requieren de ayuda alimentaria externa.

“Esta es una situación sin precedentes. Nunca antes nos habíamos enfrentado a cuatro amenazas de hambruna en varios países simultáneamente”, aseguró el director general adjunto de la FAO, Kostas Stamoulis.

“Hay que actuar rápido y proporcionar no solo ayuda alimentaria sino también apoyo a los medios de vida para asegurar que estas situaciones no se repiten”, pidió.
En un comunicado divulgado ayer, la FAO, cuya sede central se encuentra en Roma, advirtió sobre las graves dificultades para acceder a los alimentos en las zonas que sufren conflictos civiles y donde se registran además sequías, como ocurre en África oriental.

Según el informe Perspectivas de cosechas y situación alimentaria, “alrededor de 37 países requieren ayuda alimentaria externa, 28 de ellos en África, como consecuencia de los efectos persistentes de las sequías provocadas por El Niño el año pasado sobre las cosechas”.

En Sudán del Sur se declaró formalmente una situación de hambruna, “mientras que en el norte de Nigeria, Somalia y Yemen, la seguridad alimentaria es también motivo de gran preocupación”, denuncia la entidad de Naciones Unidas.

En Sudán del Sur alrededor de 4,9 millones de personas sobre una población de once millones, han sido clasificadas como en situación de crisis, emergencia o hambruna.
En el norte de Nigeria, 8,1 millones de personas se enfrentan a condiciones de inseguridad alimentaria aguda y en Yemen, donde se estima que 17 millones de personas -dos tercios de la población- padecen inseguridad alimentaria, casi la mitad de ellos necesitan ayuda de emergencia.

En Somalia, el conflicto, la inseguridad civil y la sequía se han unido para hacer que haya más del doble de personas -ahora unos 2,9 millones- padeciendo grave inseguridad alimentaria respecto a hace seis meses.


Fuente: AFP-NA


lunes, 26 de diciembre de 2016

La inseguridad alimentaria es un agente de conflictos violentos.

Agricultoras de la aldea de Nshi-o-doh en Ndu, en la Región del Noroeste de Camerún. Crédito: Monde Kingsley Nfor/IPS

Por Dominique Von Rohr

IPS, 23 de diciembre, 2016.- Unas 2.000 millones de personas viven en países donde la violencia, los conflictos y la fragilidad de las instituciones son comunes; una inestabilidad política a menudo relacionada con la inseguridad alimentaria. La escalada de enfrentamientos en Siria, Yemen y Sudán del Sur deja a un número creciente de personas en situaciones imposibles.
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“Los conflictos dejaron a unas 56 millones de personas a situación de crisis o de emergencia en materia de inseguridad alimentaria”, se lamentó Kimberly Flowers, directora de Global Food Security Project, en la Conferencia John McGovern, convocada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Pero desde la crisis por el precio de los alimentos de 2007-2008, cuando el número de personas con hambre aumentó a 1.000 millones de personas, que afectó a uno de cada seis habitantes del planeta, las autoridades comenzaron a prestar atención al problema a este problema.

Durante el gobierno del presidente Barack Obama, Estados Unidos invirtió 6.600 millones de dólares en “Alimentar el futuro”, un programa de desarrollo de largo plazo para reducir la pobreza y el hambre. La iniciativa procura enseñar a los agricultores de países en desarrollo nuevas técnicas agrícolas, formas de aumentar la productividad y mejorar la nutrición.

Flowers subrayó que en ese país, el enfoque de la seguridad alimentaria no varía de un partido a otro. El Congreso legislativo aprobó la Ley de Seguridad Alimentaria Global en el verano boreal pasado, que garantiza que el hambre y la pobreza seguirán siendo una prioridad en materia de política exterior.

“La seguridad alimentaria es real y basada en la evidencia. El Congreso comprende la importancia de atender este asunto”, observó.

La incertidumbre instalada tras la elección de Donald Trump en muchos terrenos, no cambiará el hecho de que la ley de Seguridad Alimentaria Global garantiza que las inversiones continuarán por dos años más.

Por primera vez, los servicios de inteligencia estadounidenses reconocieron la relación entre inestabilidad política e inseguridad alimentaria, y estimaron que el riesgo que plantea a muchos países, aumentará en los próximos 10 años por las perturbaciones que la producción, el transporte y el mercado ocasionarán a la disponibilidad de alimentos a escala local.

“La inseguridad alimentaria es tanto causa como consecuencia de conflictos”, dijo Flowers en la conferencia, antes de considerarla un “imperativo para la seguridad nacional”.

La falta de acceso a los alimentos puede servir como instrumento estratégico para la guerra.

“Las poblaciones hambrientas tienen más probabilidades de expresar su frustración con las autoridades en problemas, perpetuando un ciclo de inestabilidad política y socavando el desarrollo económico a largo plazo”, explicó.

Los autores de un informe del Programa Mundial de Alimentos (PMA), señalaron que la inseguridad alimentaria eleva el riesgo de quiebres democráticos, conflictos civiles, protestas, enfrentamientos y disputas comunitarias.

En Siria, el presidente Bashar al Assad y el Estado Islámico emplean los alimentos o su falta como tácticas de guerra, impidiendo la llegada de asistencia humanitaria a la población u ofreciendo alimentos a cambio de que se unan a sus filas.

Además, la guerra devastó a la agricultura y le costó al país 35 años de desarrollo. La producción alcanzó un mínimo histórico, y los agricultores apenas si pueden quedarse en sus tierras, cuanto menos cultivarlas.

En Nigeria, la inseguridad alimentaria aumenta por la inestabilidad política y, en especial, afecta a las áreas donde opera Boko Haram.

Sus acciones “impiden la producción de alimentos; colocaron minas en tierras cultivables, roban ganado y expulsan a la población civil, que deja tierras sin cultivar”, indicó Flowers. Eso hace que algunas zonas se queden sin su cosecha, y en las que quedan alimentos, los precios se disparan.

En Venezuela, la inseguridad alimentaria se relaciona con la mala gestión económica, pues “90 por ciento de los venezolanos se quejan de que los alimentos son demasiado caros”, apuntó Flowers.

Otrora un país rico con un autoridades fuertes, la dependencia de Venezuela en los ingresos del petróleo dejó a la economía al borde del colapso tras la caída pronunciada de los precios de los combustibles fósiles. Además, la respuesta del gobierno a una población que cada vez tiene más hambre, fue autoritaria y represiva.

En Sudán del Sur, los conflictos entre el gobierno y los grupos de oposición tuvieron tal impacto en la economía que los precios de los alimentos se dispararon.

La falta de alimentos y de asistencia alimentaria desempeñó un papel en la lucha contra la insurgencia. Alrededor de 95 por ciento de la población sursudanesa depende de la agricultura para vivir, “pero no hay infraestructura estatal de respaldo”, añadió Flowers.

“La peligrosa combinación de conflicto armado, infraestructura frágil y alza de precios de los alimentos básicos puede derivar en condiciones de hambruna”, observó.

Los dos primeros de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030, adoptados por la comunidad internacional en 2015, apuntan a erradicar la pobreza y el hambre, aunque queda la duda de si podrán lograrse en un contexto de inestabilidad política y de conflictos permanentes.

“Los ODS subestiman las dificultades de ayudar a más de 1.000 millones de personas a recuperar el camino sostenible del crecimiento económico y reconstruir un tejido social roto en un plazo de 15 años”, remarcó Flowers.

Creer que es posible eliminar por completo el hambre y la pobreza dentro de los próximos 14 años no es realista. Pero el esfuerzo de poner en práctica los ODS tendrá un impacto sostenible en los países que necesitan ayuda.

Por ejemplo, en lo que respecta a la seguridad alimentaria, se pronostica que “el número de personas que la sufren disminuirá de forma significativa, 59 por ciento para 2026”, indicó.

Flowers detalló que las variables más importantes para disminuir la inseguridad alimentaria son un gobierno fuerte y priorizar la agricultura en la agenda de desarrollo.

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Traducido por Verónica Firme
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Importante: Esta nota ha sido reproducida previo acuerdo con la agencia de noticias IPS. En este sentido está prohibida su reproducción salvo acuerdo directo con la agencia IPS. Para este efecto dirigirse a: ventas@ipslatam.net


Fuente: Servindi