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lunes, 14 de septiembre de 2015

Decálogo para la solidaridad con las personas refugiadas.


CEAR

1.- El derecho de asilo es un derecho humano regulado en la normativa internacional. España y los países de la Unión Europea han firmado las convenciones y tratados que les obligan a acoger y brindar protección a las personas necesitadas de protección internacional. La atención y la acogida de las mismas es una obligación de los Estados en cumplimiento de los compromisos internacionales en materia de asilo, no un acto de voluntad altruista. Las iniciativas solidarias y la voluntad de actuar desde el impulso de la ciudadanía ante esta situación no debe ser una excusa de los Estados para incumplir sus compromisos y obligaciones ni de detraer los recursos que deben aportar.

2.- Que la lógica humanitaria del sufrimiento y la emoción no sustituya a la lógica de la justicia y los derechos. Las personas refugiadas huyen de la violencia y la persecución y tienen derecho a recibir una adecuada protección y una acogida digna. La protección de las personas refugiadas es un derecho y una obligación contemplada en los tratados internacionales y europeos de derechos humanos, no una dádiva voluntaria o altruista, sino una forma de que todas y todos tengamos derechos. El derecho de asilo es un derecho humano universal que todos tenemos y que es inseparable de otros derechos como el derecho a una vivienda digna, a un trabajo, a una educación, a la salud, a la integridad física y psíquica.

3- Es momento de que cuestionemos el enfoque de las políticas de migración y asilo, así como la fortificación de una Europa que parece haber olvidado la base de la solidaridad y del respeto a los derechos humanos sobre el que fue construida. Es momento de que actuemos exigiendo a los responsables políticos que cumplan con sus obligaciones de acogida y protección de las personas refugiadas así como la creación de espacios de diálogo entre las administraciones públicas competentes y las organizaciones sociales especializadas para buscar soluciones conjuntas a esta situación.

4.- Partamos de lo existente y no construyamos desde cero. Ante una situación de emergencia como la actual, es imprescindible que el trabajo con las personas refugiadas se sustente sobre el principio de acción sin daño, desde un trabajo coordinado, basado en la experiencia, lecciones aprendidas y conocimiento técnico de la red de acogida que funciona en España desde hace más de 30 años y sin que la urgencia del momento se caracterice por intervenciones que contrariamente a lo que se espera, ahonden en la situación de vulnerabilidad de las personas. Es importante reforzar la red de acogida existente y posibilitar que la sociedad civil se implique uniendo esfuerzos y evitando que se generen acciones paralelas.

5.-Debemos huir del asistencialismo y articular respuestas conjuntas desde las administraciones, las organizaciones sociales y la ciudadanía comprometida. La respuesta estará orientada a favorecer una atención integral y fomentar la autonomía de las personas refugiadas y se buscarán modelos de acción social inclusivos que permitan coordinar la respuesta.

El objetivo de la acogida no es solo dotar de solución habitacional a las personas, sino atender de forma integral y especializada: existen necesidades de atención psicológica derivadas de la persecución, la violencia y dificultades vividas en el lugar de origen y/o en el trayecto de huida. Concurren necesidades de asistencia jurídica para el acceso al procedimiento de solicitud de asilo y el seguimiento del proceso hasta el reconocimiento del derecho. La elaboración de itinerarios integrales de inserción para poner a disposición las herramientas necesarias para el aprendizaje del idioma, formación, acompañamiento en el acceso a formas de consecución de medios de vida, etc. Es necesario que las personas acogidas dispongan de una red de atención social especializada y con conocimiento en esta materia que generen un proceso de trabajo conjunto orientado a la consecución de soluciones duraderas a la situación de desplazamiento forzado.

6.- Este proceso debe ir acompañado por un trabajo de monitoreo y seguimiento del cumplimiento de las obligaciones que tiene España y la Unión Europea con las personas refugiadas, de modo que permita avanzar en la defensa del Derecho de Asilo denunciando los incumplimientos de la normativa internacional, europea y nacional.

7- No podemos olvidar la necesidad de entender y tomar conciencia sobre qué es el desplazamiento forzado en el mundo, su origen y causas, dimensión y herramientas para abordar la atención a personas que se encuentran en búsqueda de protección internacional, sin ahondar en la victimización ni el dolor generado por la huida y la persecución. Un sistema de acogida integral debe incorporar un eje de trabajo en materia de sensibilización sobre la cuestión dirigido, no solo a la ciudadanía en general, sino al resto de agentes clave que trabajan con las personas refugiadas: funcionarios y trabajadores públicos de servicios sociales, sanitarios, educativos, judiciales, laborales, etc.

8.- Es necesario articular vías para la participación de la ciudadanía de modo organizado y coordinado asegurando una metodología de trabajo que asegure la dignidad, el bienestar y la autonomía de las personas refugiadas. Han de incorporarse mecanismos de participación, retroalimentación y acompañamiento que eviten, al mismo tiempo, que se genere desánimo o decepción de los ciudadanos y ciudadanas por no poder encauzar su deseo de dar una respuesta solidaria a la situación de estas personas.

9.- Las muestras de solidaridad deben orientarse hacia el acompañamiento a las personas refugiadas y la cooperación en sus procesos de incorporación a la vida
social cotidiana, una solidaridad de proximidad: acompañar a los recursos para que se conozcan y se sepa cómo actuar en ellos, redes de encuentro interpersonal, espacios de ocio y convivencia, acogida entre pares en la escuela, etc. siempre partiendo de la premisa de que la solidaridad no es un acto de caridad, sino de transformación social. La cobertura puntual de necesidades materiales básicas (vivienda, comida…) ha de ir acompañada por procesos que impulsen la autonomía de las personas refugiadas haciéndolas participes y protagonistas de su propio proceso.

10.- Existen asociaciones y redes de personas refugiadas y migrantes que han servido para fortalecer y empoderar a las personas en búsqueda de protección internacional. La cooperación con estas asociaciones, las redes de apoyo mutuo, el fomento del asociacionismo y el empoderamiento de las personas acogidas debe ser una de las líneas de trabajo para superar también los modelos de carácter más asistencialista y trabajar desde un enfoque de restitución de derechos.

lunes, 29 de julio de 2013

El peligro de absolutizar lo finito.


En un estilo literario, un punto sarcástico, el filósofo F. Savater escribe en un ensayo sobre los diez mandamientos: «No sé si Dios habrá muerto como dijo F. Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza».
Los ídolos, entendidos como personas o cosas amadas o admiradas con exaltación, desde el origen de los tiempos han gozado y continúan gozando, en nuestro complejo presente, de buena salud. Son aquellas cosas que pueden llegar a distraernos de las cuestiones fundamentales de la existencia, lo que incluye la dimensión trascendente y espiritual de la persona, o a ocupar su lugar.
Los ídolos de la postmodernidad son responsables, en muy buena parte, del estado de alienación de multitud de personas. Son un apoyo del sistema político, social y financiero para desviar la atención de las cuestiones sustantivas. Son parte del pan y circo mediático. Están tan integrados en nuestro contexto social que convivimos con ellos sin percibir su peligrosidad. Así, mientras Dios rescata a las personas de sus esclavitudes personales y sociales y les conduce a la libertad, los ídolos pretenden lo contrario: arrebatarnos la libertad y sumirnos en nuevas o viejas esclavitudes.
Prácticamente todo puede devenir ídolo. No sólo personas, también cosas, conceptos, instituciones… El dinero que debería servirnos para atender nuestras necesidades y al que terminamos sirviendo por obra y gracia de los mercados de los que, de algún modo, casi todos participamos. La técnica que nos ha proporcionado espectaculares avances y a la que terminamos sometiéndonos, no siempre necesariamente. El estado que debería servirnos a fin de regular unas relaciones interpersonales basadas en la justicia, la equidad, la solidaridad… y al que nos sometemos de mayor o menor grado. La pregunta  que se deriva es inquietante: ¿Quién no ha dado, alguna vez, culto a los ídolos?
El decálogo establece con claridad que Dios es uno y único. El primer mandamiento nos advierte sobre el hecho de que tener otros dioses, producto de la fantasía o de dependencias psicológicas, acabará afectando nuestra esencialidad y mermando nuestra finita libertad. Cuestiones de todo orden pueden desviarnos de nuestro principal objetivo creyente de encarnar el proyecto que representa ser hijos de Dios y hermanos de nuestro prójimo.
Y así ha ocurrido a lo largo de la historia del hombre. Un Dios en cuyo nombre se emprendieron las cruzadas, se creó la Inquisición, se cristianizó todo un continente bajo la cruz y la espada (más por la acción de la espada que de la cruz), se declaran guerras, se tortura y cometen asesinatos, se discrimina y excluye la diferencia… es un ídolo.
Cuando algo, persona o cosa, que no es Dios (el propio cuerpo, la familia, el trabajo, los bienes económicos, las actividades sociales, incluso las actividades eclesiales…) se constituye en ídolo (es amado o admirado con exaltación y lo absolutizamos) y en razón de ser, prácticamente exclusiva, de nuestro vivir, entramos en conflicto con nosotros mismos y con los demás. Nos hallamos, por lo tanto, frente a una cuestión de sentido, de equilibrios personales y sociales y de prioridades.
Es difícil, en nuestro contexto occidental, mantener los equilibrios: hay cristianos adictos al trabajo que no disponen de tiempo para sí mismos, para su familia, para la comunidad o para la iglesia; del mismo modo como hay cristianos dedicados a tal cantidad de actividades eclesiales que no tienen tiempo para el compromiso social, la propia familia ni para ellos mismos. Es imprescindible no absolutizar las facetas de la temporalidad ni crearnos ídolos que vengan a alterar la homeostasis de una necesaria vida equilibrada.
El primer mandamiento nos orienta hacia un matiz de nuestra esencialidad como es la libertad. En palabras del teólogo y pastor alemán G. Theissen «un Dios que no guía hacia la libertad, es un dios falso». Por ello, el mandamiento nos orienta también en la dirección de aprender a gestionar correctamente nuestro tiempo, como expresión práctica de la libertad de hacer o dejar de hacer determinadas acciones.
Atender a los otros dioses o ídolos comporta dependencia psicológica, en algunos casos adicción y reducción de nuestra libertad. A. Grün, monje benedictino de la abadía de Münstersch-warzach señala: «Si Dios no constituye el centro de nuestra vida, otros dioses nos acapararán. Si Dios constituye el centro de mi vida, también yo alcanzo el centro de mí mismo. Dios garantiza la auténtica libertad, los ídolos tienden a esclavizar a los hombres. Si dejas que Dios exista en tu vida, esta queda ordenada viéndote libre de todos los ídolos que pretenden esclavizarte».
No tener otros dioses ajenos o ídolos, aparte del Dios revelado, es una forma de asegurar que el espacio de nuestras necesidades de trascendencia no será ocupado por algunos de los innumerables diosecillos de la cotidianeidad. Es lograr aquella unidad interior, en la esfera profunda de la intimidad personal, resultado de no tener mente, sentimientos y voluntad divididos, que es lo que sucede cuando estamos excesivamente pendientes de las muchas vanidades o ídolos de este mundo, en lenguaje del libro del Eclesiastés. Resuenan las palabras del Maestro de Nazaret: «No podéis servir a dos señores».

Autor/a: Jaume Triginé



    Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

    Fuente: Lupa Protestante