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domingo, 27 de octubre de 2013

¿Espiritualidad o Religión?


Jaume Triginé

Son muchas las personas que se describen de condición no religiosa, si bien se confiesan espirituales. Quizá sorprende tal tipo de declaración y se cuestiona la lógica de esta aseveración al no percibirse una diferencia semántica en ambos términos. ¿Es posible considerarse espiritual sin una práctica religiosa? A la luz de las evidencias y de los conocimientos antropológicos, psicológicos e incluso neurológicos; la respuesta es afirmativa.

El ser humano es espiritual. A sus dimensiones cognitivas y emocionales cabe añadir la dimensión espiritual. Es la singularidad humana. Solo el ser humano rebasa los límites de la psicología animal y se abre y orienta a la trascendencia. Solo el hombre va más allá del reduccionismo biológico por cuanto sus conductas no pueden ser explicadas, tan solo, en términos de respuesta instintiva a los estímulos del entorno.

Es la singularidad del ser humano la que ha permitido la emergencia del yo. La emergencia tiene que ver con la aparición de nuevas realidades a partir de los elementos simples que las componen. Las partículas elementales dan lugar a los átomos, los átomos a moléculas, las moléculas y macromoléculas a células. Las células a organismos pluricelulares. Del cerebro complejo surge el psiquismo del que emerge el yo consciente y su potencialidad de trascender su propia realidad y la del universo que le circunda. De los individuos emerge la sociedad, el lenguaje y la cultura.

La aparición de la conciencia reflexiva es el resultado de cientos de miles de años de evolución. Con anterioridad, los seres vivos que deambulaban por nuestro planeta nacían, vivían y morían sin tener conciencia de sí mismos. No podían elaborar una explicación (mítica en sus inicios, científica después) de su posible origen, su razón de ser en el mundo o su destino más allá de los límites de la vida biológica hasta que se produce el gran salto del emerger de la conciencia.

En algún lugar o en varios lugares, como sugieren los numerosos fósiles que van siendo hallados en distintos lugares, surge la especie humana y, con ella, la autoconciencia, la finitud, la mortalidad, la ansiedad… y las facultades de orden superior que hacen del hombre un ser singular: el pensamiento reflexivo, la memoria, el lenguaje, el arte… También las manifestaciones de su capacidad de trascendencia: arte rupestre, tumbas…; instrumentos, herramientas, armas…; objetos de ornamentación… El hombre trasciende su materialidad o, en otros términos, de su organicidad surge la conciencia y su orientación trascendente o espiritual.

Hoy hablamos de inteligencia espiritual como una modalidad cognitiva más. El filósofo F. Torralba la describe de este modo: «cuando afirmamos que el ser humano es capaz de vida espiritual en virtud de su inteligencia espiritual, nos referimos a que tiene capacidad para un tipo de experiencias, de preguntas, de movimientos y de operaciones que solo se dan en él y que, lejos de apartarle de la realidad, del mundo, de la corporeidad y de la naturaleza, le permiten vivirla con más intensidad, con más penetración, ahondando en sus últimos niveles».

La espiritualidad es intrínseca al ser humano. Y por ello muchas personas no religiosas se consideran espirituales. Cosa distinta son las configuraciones de la trascendencia que se han concretizado históricamente y continúan concretizándose en diferentes formas religiosas y espiritualidades. Las religiones aparecen como formas culturales, en unos espacios y tiempos concretos, en las que se manifiesta y expresa la dimensión del espíritu. A su vez, las opciones religiosas quedan determinadas por los referentes culturales y la propia psicología de la persona.

Forma parte de la lógica que, en este momento postmoderno caracterizado por el retroceso de las instituciones religiosas tradicionales, la tendencia al individualismo, la atomización, el aislamiento…, surjan nuevas maneras de practicar la fe, nuevos grupos y subgrupos desvinculados de las iglesias históricas o creyentes sin pertenencia eclesial.

No es de extrañar que en un momento en el que la emoción y el sentimiento están marginando la razón, la reflexión, el análisis… aparezcan colectivos con un predominio de lo emocional. Los sociólogos de la religión nos describen muy bien estos fenómenos. En unas recientes declaraciones, Joan Estruch, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, se expresaba en estos términos: «La religión no se acaba, se transforma. Las instituciones religiosas, las iglesias entran en crisis, pierden peso; pero proliferan movimientos y corrientes religiosas que no transitan por los canales institucionales».

Las religiones, por sus anclajes en modelos sociales pretéritos y su incapacidad adaptativa a los presupuestos de la denominada sociedad de la información y del conocimiento, interesan cada vez menos. Ahora bien, el interés por la espiritualidad crece y se extiende. Así, se amplía en número de personas cuyo camino espiritual se realiza al margen de las religiones tradicionales. Unos transitan por caminos estéticos(música meditativa, contemplación, danza…); otros por caminos humanistas (ideas filosóficas, compromiso social…); también por caminos ecológicos (consideración de la naturaleza como teofanía o manifestación de lo sagrado, más cerca del panteísmo que de la consideración de Dios como creador). Son las llamadas nuevas espiritualidades laicas, como lo son también en nuestro contexto occidental, elesoterismo, las prácticas psicológicas de autoayuda o la fascinación por las técnicas como el yoga, la relajación, la meditación… vinculadas a la espiritualidad oriental. En nuestra actual sociedad en la que, como resultado de la globalización, confluyen todas las grandes tradiciones la práctica de la espiritualidad es cada vez más heterogénea.

Es en este contexto, más espiritual que religioso, donde debemos expresar nuestra fe y convicciones. Quizá un camino de aproximación sea conocer en qué posición espiritual se encuentra la persona con quién dialogamos, qué le ha llevado hasta ella (desencanto respecto de las instituciones, falta de credibilidad del relato, fascinación por lo nuevo…) y, a partir de este conocimiento, compartir por qué camino transitanuestra propia espiritualidad: la del seguimiento a Jesús de Nazaret.


Jaume Triginé

Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.


lunes, 29 de julio de 2013

El peligro de absolutizar lo finito.


En un estilo literario, un punto sarcástico, el filósofo F. Savater escribe en un ensayo sobre los diez mandamientos: «No sé si Dios habrá muerto como dijo F. Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza».
Los ídolos, entendidos como personas o cosas amadas o admiradas con exaltación, desde el origen de los tiempos han gozado y continúan gozando, en nuestro complejo presente, de buena salud. Son aquellas cosas que pueden llegar a distraernos de las cuestiones fundamentales de la existencia, lo que incluye la dimensión trascendente y espiritual de la persona, o a ocupar su lugar.
Los ídolos de la postmodernidad son responsables, en muy buena parte, del estado de alienación de multitud de personas. Son un apoyo del sistema político, social y financiero para desviar la atención de las cuestiones sustantivas. Son parte del pan y circo mediático. Están tan integrados en nuestro contexto social que convivimos con ellos sin percibir su peligrosidad. Así, mientras Dios rescata a las personas de sus esclavitudes personales y sociales y les conduce a la libertad, los ídolos pretenden lo contrario: arrebatarnos la libertad y sumirnos en nuevas o viejas esclavitudes.
Prácticamente todo puede devenir ídolo. No sólo personas, también cosas, conceptos, instituciones… El dinero que debería servirnos para atender nuestras necesidades y al que terminamos sirviendo por obra y gracia de los mercados de los que, de algún modo, casi todos participamos. La técnica que nos ha proporcionado espectaculares avances y a la que terminamos sometiéndonos, no siempre necesariamente. El estado que debería servirnos a fin de regular unas relaciones interpersonales basadas en la justicia, la equidad, la solidaridad… y al que nos sometemos de mayor o menor grado. La pregunta  que se deriva es inquietante: ¿Quién no ha dado, alguna vez, culto a los ídolos?
El decálogo establece con claridad que Dios es uno y único. El primer mandamiento nos advierte sobre el hecho de que tener otros dioses, producto de la fantasía o de dependencias psicológicas, acabará afectando nuestra esencialidad y mermando nuestra finita libertad. Cuestiones de todo orden pueden desviarnos de nuestro principal objetivo creyente de encarnar el proyecto que representa ser hijos de Dios y hermanos de nuestro prójimo.
Y así ha ocurrido a lo largo de la historia del hombre. Un Dios en cuyo nombre se emprendieron las cruzadas, se creó la Inquisición, se cristianizó todo un continente bajo la cruz y la espada (más por la acción de la espada que de la cruz), se declaran guerras, se tortura y cometen asesinatos, se discrimina y excluye la diferencia… es un ídolo.
Cuando algo, persona o cosa, que no es Dios (el propio cuerpo, la familia, el trabajo, los bienes económicos, las actividades sociales, incluso las actividades eclesiales…) se constituye en ídolo (es amado o admirado con exaltación y lo absolutizamos) y en razón de ser, prácticamente exclusiva, de nuestro vivir, entramos en conflicto con nosotros mismos y con los demás. Nos hallamos, por lo tanto, frente a una cuestión de sentido, de equilibrios personales y sociales y de prioridades.
Es difícil, en nuestro contexto occidental, mantener los equilibrios: hay cristianos adictos al trabajo que no disponen de tiempo para sí mismos, para su familia, para la comunidad o para la iglesia; del mismo modo como hay cristianos dedicados a tal cantidad de actividades eclesiales que no tienen tiempo para el compromiso social, la propia familia ni para ellos mismos. Es imprescindible no absolutizar las facetas de la temporalidad ni crearnos ídolos que vengan a alterar la homeostasis de una necesaria vida equilibrada.
El primer mandamiento nos orienta hacia un matiz de nuestra esencialidad como es la libertad. En palabras del teólogo y pastor alemán G. Theissen «un Dios que no guía hacia la libertad, es un dios falso». Por ello, el mandamiento nos orienta también en la dirección de aprender a gestionar correctamente nuestro tiempo, como expresión práctica de la libertad de hacer o dejar de hacer determinadas acciones.
Atender a los otros dioses o ídolos comporta dependencia psicológica, en algunos casos adicción y reducción de nuestra libertad. A. Grün, monje benedictino de la abadía de Münstersch-warzach señala: «Si Dios no constituye el centro de nuestra vida, otros dioses nos acapararán. Si Dios constituye el centro de mi vida, también yo alcanzo el centro de mí mismo. Dios garantiza la auténtica libertad, los ídolos tienden a esclavizar a los hombres. Si dejas que Dios exista en tu vida, esta queda ordenada viéndote libre de todos los ídolos que pretenden esclavizarte».
No tener otros dioses ajenos o ídolos, aparte del Dios revelado, es una forma de asegurar que el espacio de nuestras necesidades de trascendencia no será ocupado por algunos de los innumerables diosecillos de la cotidianeidad. Es lograr aquella unidad interior, en la esfera profunda de la intimidad personal, resultado de no tener mente, sentimientos y voluntad divididos, que es lo que sucede cuando estamos excesivamente pendientes de las muchas vanidades o ídolos de este mundo, en lenguaje del libro del Eclesiastés. Resuenan las palabras del Maestro de Nazaret: «No podéis servir a dos señores».

Autor/a: Jaume Triginé



    Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

    Fuente: Lupa Protestante