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jueves, 27 de noviembre de 2014

Una Iglesia que no es perseguida no puede ser la Iglesia de Jesús.


Ignacio Ellacuría [1]

 “No es sólo que el mensaje cristiano tenga como término preferido a los pobres, es que sólo los pobres son capaces de sacar de ese mensaje su plenitud. Y esto es lo que afirma la teología de la liberación y esto es lo que condiciona su método de hacer teología”.

“No cualquier lucha por la justicia es la encarnación del amor cristiano, pero no hay amor cristiano sin lucha por la justicia cuando la situación histórica se define en términos de injusticia y de opresión; de ahí que la Iglesia como sacramento de liberación tenga la doble tarea de despertar y acrecentar la lucha por la justicia entre quienes no se han entregado a ella, y la de hacer que quienes se han entregado a ella lo hagan desde lo que es el amor cristiano. También aquí el ejemplo del Jesús histórico es decisorio: en su sociedad contrapuesta y antagónica, Jesús amó a todos, pero se situó al lado de los oprimidos, y desde allí luchó enérgica, pero amorosamente, contra los opresores”.

“Errarían los cristianos si buscaran solamente un tipo de liberación social. La liberación debe abarcar todo aquello que está oprimido por el pecado y por las raíces del pecado, debe abarcar tanto las estructuras injustas como las personas hacedoras de injusticia, tanto lo interior de las personas como lo realizado por ellas”.

“El carácter institucional de la Iglesia, derivado necesariamente de su corporeidad social, tiene exigencias claras que sólo idealismos anarquizantes pueden dejar de ver. Pero ese carácter institucional no tiene por qué configurarse, como a menudo sucede y ha sucedido, conforme a la institucionalidad que necesitan los poderes de este mundo para mantenerse en su condición de poderosos. Ese carácter institucional debe estar subordinado al carácter más profundo de la Iglesia como continuadora de la obra de Jesús”.

“La raíz última de por qué la Iglesia institucional puede convertirse en opresora de sus propios hijos no está en su carácter institucional, sino en su falta de dedicación a los más necesitados en seguimiento de lo que fue y de lo que hizo Jesús. Consiguientemente, sólo una puesta al servicio de los más pobres y necesitados puede desmundanizarla y, ya desmundanizada, dejará de caer en todos los defectos naturales de la organización y del poder cerrado sobre sí mismo”.

“Con las suavizaciones y espiritualizaciones de algunas partes del NT, se pretende no excluir a ninguna persona -todas están llamadas a la salvación, supuesta la debida y real conversión-, pero de ningún modo negar cuál era la preferencia real de Jesús. El peso masivo de la dedicación de Jesús a los pobres, sus ataques no escasos a los ricos y a los dominadores, la elección de sus apóstoles, la condición de sus seguidores, la orientación de su mensaje, dejan pocas dudas de cuál fue el sentir y la voluntad preferente de Jesús. Tanto es así que hay que hacerse pobre como él, aun con toda la historicidad que compete a la pobreza, para entrar en el Reino”.

“Consiguientemente, la Iglesia de los pobres no es aquella Iglesia que, siendo rica y estableciéndose como tal, se preocupa de los pobres; no es aquella Iglesia que, estando fuera del mundo de los pobres, les ofrece generosamente su ayuda. Es, más bien, una Iglesia en la que los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna; la unión de Dios con los hombres tal como se da en Jesucristo es históricamente una unión de un Dios vaciado al mundo de los pobres. Así la Iglesia, siendo ella misma pobre y, sobre todo, dedicándose fundamentalmente a la salvación de los pobres, podrá ser lo que es y podrá desarrollar cristianamente su misión de salvación universal. Encarnándose entre los pobres, dedicando últimamente su vida a ellos y muriendo por ellos, es el modo como puede constituirse cristianamente en signo eficaz de salvación para todos los hombres. El norte orientador de la constitución histórica de la misión de la Iglesia, por lo que toca a su destinatario primordial, no puede ser otro. No sólo se trata de que representen los pobres la mayor parte de la humanidad y, en este sentido, son lugar primario de universalidad; se trata, sobre todo, de que en ellos está especialmente la presencia de Jesús, una presencia escondida, pero no por eso menos real. De aquí que sean los pobres el cuerpo histórico de Cristo, el lugar histórico de su presencia y que sean los pobres la “base” de la comunidad eclesial”.

“Esto sitúa a la Iglesia latinoamericana en una posición difícil. Por un lado, le trae persecución, como le trajo persecución hasta la muerte al propio Jesús: La Iglesia latinoamericana y, más exactamente, una Iglesia de los pobres, debe estar convencida de que en un mundo histórico donde no se encuentre ella misma perseguida por los poderosos, no hay predicación auténtica y completa de la fe cristiana; pues, si no toda persecución es signo y milagro probatorio de la autenticidad de la fe, la falta de persecución por parte de quienes detentan el poder, en situación de injusticia, es signo, a la larga irrefutable, de la falta de temple evangélico en el anuncio de su misión“.

***

[1] Recopilación ofrecida por Jaume Flaquer para el 25 aniversario del asesinato de Ignacio Ellacuría y de sus compañeros jesuitas en el Salvador. Textos extraidos de un artículo suyo editado por la revista Selecciones de Teología: Ignacio Ellacuría, “La Iglesia de los pobres: sacramento histórico de liberación”en Selecciones de Teología, vol. 70 (1979).


Imagen extraída de: EITB

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domingo, 5 de mayo de 2013

La psicología de la liberación.


Jaume Patuel

El título lo he escogido de un libro, publicado en 1998, que expresa el pensamiento y compromiso de un profesor de psicología, Ignacio Martín-Baró, jesuita, asesinado por la guerrilla salvadoreña del poder militar, con otros compañeros, entre ellos Ellacuría, el 6 de noviembre de 1986. Todos ellos profesores de l’UCA (Universidad Centro Americana) de El Salvador, que continúa con la misma labor de denuncia. Por tanto, el libro se refiere a un contexto muy concreto: el latinoamericano, pero el título es universal. Pertenece a la aldea global: Liberarla. La Psicología, en mayúscula, tiene su compromiso personal-social: Desenmascarar o conscienciar.

La Psique, término griego, puede llevar a confusión si se la reduce sólo a lo emocional o únicamente a lo cognitivo o solamente a lo conductal. La Psique abraza y abarca la totalidad del Ser Humano. Y esa totalidad se denomina con otros términos en otras culturas. De ahí la Sabiduría. Y psique está en psiquiatría, psicología y psicoanálisis para concretar en tres términos más usuales, pero no únicos ya que como sufijo está en gran cantidad de términos. Y como dato informativo, aunque psique sea un término helénico, su traducción en nuestras lenguas puede también producir confusión o no dar con el sentido genuino del autor. Así, por ejemplo, el término “aparato mental” freudiano, en inglés e incluso en castellano, no refleja lo que Freud quiso expresar siempre con el término el ”aparato psíquico”. Los términos mental y psíquico no expresan lo mismo. Freud quiso indicar siempre la totalidad. Este aspecto parcial ha sido un defecto de fábrica o peligro que ha caído el psicoanálisis. Y más, en haberlo reducido prácticamente a psicopatología. Dice Freud:”… el psicoanálisis deja de ser una ciencia auxiliar de la psicopatología, y es más bien el esbozo de una ciencia del alma, nueva y más fundamental , que se vuelve indispensable también para entender lo normal”.(Autopresentación, 1925). En otro ligar afirma: El psicoanálisis es la ciencia de los procesos anímicos inconscientes, que con todo acierto es denominada también psicología de lo profundo”. (Enciclopedia británica, 1926). También considerado de otra forma se puede explicar que el psicoanálisis es el arte técnico-científico de poder ayudar a hacer consciente el inconsciente a fin de poder fortalecer el yo sobre el ello como sobre el superyó, conseguir una equilibración: donde era el ello (id), haya el yo y donde era el superyó, haya el yo.

Teniendo en cuenta el pensamiento anterior, la Psique puede estar prisionera, alienada, o no desarrollada por el ámbito familiar o el ambiente cultural que la rodea, pero a niveles que el yo no es consciente. Por lo tanto, todo psíquico, sea de la escuela o tendencia que sea, debiera en su compromiso liberar el sujeto de este encapsulamiento que pudiera encontrase sin ser consciente de ello. De ahí: Psicología de la liberación.

Sabemos que el entorno modula la subjetividad del infante desde el si materno y de forma especial en los primeros años. Y a lo largo de toda su vida, su cuarta herida narcisista –como me gusta indicar: la influenciabilidad está siempre abierta. Somos mucho más influenciables de lo que nos podemos imaginar. El narcisismo nos obnubila y a veces ciega.

Un dato factual que constato desde hace muchos años, es el desconocimiento de nuestra constitución psíquica o de nuestra totalidad psíquica. Si a una persona de cierto nivel cultural se le preguntara cuál es la lámina mental para visualizar este mundo psíquico, muy probablemente se imaginaría la lámina del cerebro, aprendida en la escuela. Y el cerebro no es la Psique, o la totalidad del Ser Humano. Ni tampoco la mente. Y aún se continúa reduciendo, siguiendo la psicología tradicional filosófica, la Psique al “yo cartesiano”. Esa psicología tradicional filosófica que aún está en el mercado sin considerar la aportación copernicana freudiana de que existe el inconsciente o la otra tendencia de la psicología de la cantidad de “yoes” y todos ellos conocidos. Además podemos constatar, hoy en día, que se habla de la sombra, término junguiano, pero que se puede llegar a conocer en su totalidad, y esto último no es pensamiento de Jung. Pero ya es mucho que se acepte que hay un ámbito psíquico desconocido y que es actuante y determinante en nuestra vida y afecta a nuestras decisiones.

La psicología de la liberación nos lleva a poder ser lo más consciente posible de nuestras cadenas, de nuestras falsas creencias, de nuestros deseos imposibles, de saber que la estructura humana es limitada, pero no por “el pecado original”, sino por entidad propia. Las separaciones de castas, de clases sociales como la división entre ricos y pobres es fruto del narcisismo y de la depredación humana. El neoliberalismo no es un proyecto social divino sino concebido por mentes humanas que no tienen en consideración el Ser Humano sino solo el lucro, el interés. Así hay que entender las expresiones neoliberales de “Recursos Humanos” o “Capital humano” cuando debieran ser los humanos con recursos y los humanos con capital.

La psicología de la liberación lucha y da a conocer que el neoliberalismo educa al Ser Humano a devenir un ente robótico. Una máquina y un número más del sistema. Y permitir ver que el llamado mundo global o aldea global no lo es más que en una sola dimensión, muy poderosa y que deviene poder fáctico, no controlado por otros poderes: el factor económico. Situado en las etapas oral y anal, además de estar bien impregnadas de narcisismo. Y para mantener fijada esta tendencia se habla, se cultiva y se forma en la “cultura del éxito”, “del consumismo”, “de la tecnocracia”, “de la agresiva”, sobre todo “de la inmediatez” y con un largo etcétera. Criterio que coincide en el nuevo sistema de enseñanza propuesto por el actual ministro de ¿educación? del estado español. Aquí sí que les espera un gran trabajo a los psicólogos escolares para liberar al alumnado junto al profesorado de sus esclavitudes, que algunas han devenido eslóganes de crecimiento como la competitividad, premiar sólo a los ganadores por resultado y no por el esfuerzo, la constancia y otros.

La psicología de la liberación lleva a pensar por uno mismo. Conocerse a sí mismo. Saber cómo se funciona psíquicamente y que el Ser Humano está inmerso en un mundo individual, grupal, colectivo y cósmico. Está arralado, enraizado, en una totalidad de la que es una gota, pero con identidad propia sin perder su esencia universal y libertad.

Y concluyo con la frase última de ese libro, que ha dado pie al título del artículo, y que cada uno puede parafrasear a su propio placer y enjundia:

“Queridos filósofos,
Queridos sociólogos progresistas,
Queridos psicólogos sociales:
No jodan tanto con la enajenación

Aquí lo más jodido
Es la nación ajena”.

(De Roque Dalton, Poemas clandestinos)

Jaume PATUEL i PUIG es Pedapsicogogo i psicoanalista



Fuente: ATRIO

viernes, 26 de octubre de 2012

Ignacio Ellacuría, intelectual, filósofo y teólogo.


María Luisa Juliá Maristany, 22-Octubre-2012

Fue tal vez por el comentario que hice en ATRIO a principios de Septiembre a propósito de ver aparecer en su columna derecha el titulo de un libro “IGNACIO ELLACURÍA intelectual, filósofo y teólogo” y cuyo contenido preveía de gran interés para mí, que Antonio Duato no solamente me lo obsequió sino que además me confió la tarea de hacer alguna reseña del mismo para este portal.

La verdad es que lo que a mí me llamaba enormemente la atención era saber de qué modo contribuyó la filosofía zubiriana en el pensamiento de I. Ellacuría y cómo éste la aplicó a la realidad americana en su proyecto de opción y compromiso por la sociedad empobrecida.

El libro recoge las ponencias presentadas en el I Congreso Internacional sobre Ignacio Ellacuría, llevado a cabo en la ciudad de México en agosto de 2009 a los veinte años de su asesinato. Dicho Congreso fue dirigido por el profesor Juan José Tamayo Titular de la Cátedra Ignacio Ellacuría en la Universidad Carlos III de Madrid

Las ponencias fueron presentadas por especialistas de gran renombre en el estudio del pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría como Rodolfo Cardenal, Enrique Dussel, G.Martinez Cristerna, Héctor Samour, Jon Sobrino, A. Rosillo Martinez y J.J.Tamayo. En todos ellos, al leerlos, descubro el influjo que tuvo en Ellacuría la filosofía de Xavier Zubiri ya que si bien anteriormente en su andadura intelectual, como señala R. Cardenal, influyeron en su pensamiento otras importantes personalidades, éste, más tarde queda configurado en el horizonte liberador de la filosofía zubiriana que lo acerca a lo más real de la realidad a partir de lo cual desarrollará una ética de la praxis que le abrirá a inmensas posibilidades.

Zubiri, aunque no escribió nada sobre ética normativa, en su filosofía ha lanzado distintos modos de fundamentación moral: Tres (por lo menos), que se corresponden con tres etapas de su evolución filosófica, cada una de ellas paradigmáticamente representadas por tres de sus obras: “Naturaleza, Historia, Dios”, “Sobre la esencia” e “Inteligencia Sentiente”. Pues bien, Ignacio Ellacuría elabora su ética apoyándose sobre todo en la interpretación de Sobre la Esencia (1960) y también en los cursos que Zubiri imparte en estos años, de contenido principalmente antropológico, en los que ya se ve vislumbrar posibilidades nuevas de fundamentación ética y que serán la base de su trilogía “Inteligencia y Realidad” o “Inteligencia Sentiente”.

La ética de Ellacuría es una ética de la liberación. Su objetivo fue elaborar una ética y una filosofía de la historia a partir de la filosofía zubiriana. Cree que desde ella se puede fundar un modo nuevo de entender la historia, de ahí que uno de sus libros más conocidos se titule “Filosofía de la realidad histórica”. A partir de aquí surge en el contexto del momento –en el que la teología no tenía nada que ver con la lucha de clases o con las desigualdades sociales– un concepto esencial que es el de “opción fundamental”. Un concepto que situará el tema de la pobreza en el centro de la cuestión y ya no solamente afectará al plano social o categorial sino también al orden trascendental. Y, en este sentido, la cuestión que se plantea en este momento es la de determinar cuál tiene que ser la opción fundamental de la iglesia con respecto a la realidad social.

Ellacuría cree que esa opción ha de ser la opción por los pobres, porque la opción fundamental no es sino lo que el creyente añade al acto ético que en si mismo es autónomo. Es la dimensión trascendental del mundo, es decir, un modo de ver las cosas y la realidad muy distinto al idealismo hegeliano y al materialismo marxista y por tanto se está ante un modo nuevo de entender la historia y por consiguiente la ética: ni idealista ni materialista, sino realista.

Ahora bien, aunque el tema de la pobreza mediante esta opción haya superado el plano social y se contemple además desde la perspectiva teologal, en esta coyuntura se plantea un problema. Y es que, como el análisis de la pobreza ha de realizarse desde la sociología, y la sociología del momento es sobre todo marxista. Es ahí, en esa encrucijada precisamente, cuando Ellacuría echa mano de Zubiri. Está convencido de que desde su filosofía de la materia, la cual está basada en una epistemología de la sensación, se puede elaborar una ética de la praxis y fundar un tercer modo de entender la historia. Los resultados de sus esfuerzos en tal sentido, aparecieron en el libro póstumo ya mencionado “Filosofía de la realidad histórica” publicado en el año 1991 y del cual hablan los distintos autores que integran el presente libro.

Con todo, sin embargo, en esta opción por la realidad de los pobres, defendiendo su dignidad frente a los explotadores y dictadores, en Ellacuría influyó decisivamente el ejemplo de su arzobispo y amigo Oscar Ranulfo Romero. De ello hablan en el libro Rodolfo Cardenal y sobre todo su compañero Jon Sobrino, quien titula su artículo “El Ellacuría Olvidado. Lo que no se puede dilapidar” sobre el cual y para finalizar me permito extraer el siguiente párrafo.

“Las razones por las que se olvidan estos temas me parecen ser las siguientes. Laprincipal es que introducirnos en serio en ‘el pueblo crucificado’ nos cuestiona e incluso puede llegar a acusarnos: sí y qué tenemos que ver nosotros, como personas e intelectuales, con la crucifixión de los pueblos. ‘La civilización de la pobreza’ y su potencial salvifico nos desinstala, pues para la razón tiene mucho de locura y escándalo. Y ‘el Dios que se hace presente en mártires y víctimas’ –Dios mayor y simultáneamente menor­– al no creyente comprensiblemente le puede dejar indiferente, auque no necesariamente, pues en su experiencia puede asomar la pregunta de a través de qué se hace dinámicamente presente –si es que lo hay– lo último positivo de la historia. Y al creyente le exige preguntarse en qué Dios cree y en qué Dios no cree, sin poderse defender con nada, ni con doctrinas y liturgias, de la radicalidad de la pregunta”.

Fuente: Atrio