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miércoles, 23 de agosto de 2017

Si no pagas, te tiramos al agua: la tragedia de los migrantes en Europa.


Gabriel Tizón ante una de sus imágenes, captada en la isla de Lesbos, GreciaFoto tomada de la página de Facebook del fotógrafo

Nadie más conmovedor que el fotógrafo Gabriel Tizón, de 44 años, quien, en Paseo de la Reforma, frente a la iglesia de la Votiva, me explica la tragedia de los migrantes que han sido arrojados al mar Mediterráneo. Cada foto, ampliada y muy bien expuesta, es una tragedia en sí misma. Los rostros de quienes esperan subir a una balsa reflejan su esperanza y verlas resulta insoportable. Sólo se puede mirar a los niños, en brazos de su madre o de su padre, cuyos ojos expresan confianza, porque no saben lo que les espera.

“La mirada es mi idioma –me dice Gabriel Tizón– y es a lo que me dedico. Fotografío aquello que me hace sufrir, reflejo también mi indignación y mi dolor.

“Es muy normal que las mafias y los que tienen negocios con los gobiernos no sólo maltraten a los migrantes, sino que hasta la muerte de niños les valga poco o nada. La costa turca es muy complicada, la costa de Libia es terrible, la esclavitud que se vive en este momento es inimaginable. Ahora mismo, una persona no es un ser humano, sino un negocio. Si no paga, lo tiran al agua.


“Las balsas que recorren el Mediterráneo en este momento viven con mucha tensión. Miles de personas aguardan en las costas más cercanas, las de Turquía y Grecia, la isla de Lesbos, la de Kíos, el campo de Idomeni. Son balsas de mentira, de plástico. La mafia les dice a los migrantes que van a subir a la balsa 10 o 12 y de repente hay 70 esperando, muchos tienen miedo y los obligan con pistola. Cada persona de esta balsa paga una media de mil 200 euros por cuatro kilómetros de recorrido en una balsa que no costó más de 300 euros… Hay que considerar que un porcentaje muy alto de los migrantes nunca ha visto el mar, porque vienen del interior, de las montañas de Afganistán, de Iraq, de Irán, no saben lo que les espera, les dan chalecos salvavidas que no son salvavidas de verdad, no sirven, y en el momento en que caen al agua, se ahogan. La mafia tiene el negocio de todo, pone la balsa, vende el chaleco, todo…


El fotógrafo y la escritora y periodista Elena Poniatowska durante un recorrido por la exposición instalada en Paseo de la ReformaFoto Carlos Ramos Mamahua

“Este hombre se suicidó –me dice Gabriel Tizón. Llevaba cerca de un año en una situación de abandono, no es un caso aislado, es el de mucha gente que se desespera, no tiene a dónde volver. Alguno, a veces, decide volver a pesar de que corre peligro. Este hombre que está viendo usted ahora se quemó a sí mismo.

“Aquí, en esta foto, están de pie esperando. Esperan durante meses. La tomé desde el interior de un vagón tan abandonado como los sirios, esa es la paradoja. Familias que tienen lo mínimo pasan meses esperando en estas terribles condiciones y sólo sobreviven gracias a la ayuda comunitaria.

“En Grecia, hasta a los niños los reciben con gases lacrimógenos con tal de que se vayan. En Croacia tomé esta imagen en un momento en que pasaban miles de personas a diario; esta migración sorprendió a toda Europa, porque es la más grande después de la Segunda Guerra Mundial. Pasaban familias y familias, gente sin piernas, casi desnuda, enfermos caídos al borde de la carretera, porque ya no podían ni seguir. Ahí se quedan, porque si los demás se detienen, también los espera el fin.

Imagen proporcionada por el doctor Carlos Martínez Assad

Soy muy crítico de las Naciones Unidas, los delegados de países representados no hacen nada por los refugiados, parecen no importarles un comino; el enfado es general. No sólo tengo la percepción, sino las pruebas en la mano de que no están haciendo nada. Por eso retraté el resplandeciente cubo de vidrio del edificio de las Naciones Unidos al lado del cubo de agua en el que intenta lavarse un niño abandonado. Todas las grandes instancias humanitarias se han desentendido de los migrantes.

Gabriel Tizón cuenta que muchos voluntarios tienen que ir a sacar las cobijas que Naciones Unidas guarda y no distribuye. Ven que la gente está ahí muriendo de frío y no les entregan las frazadas. Los brigadistas llegan tarde a inundaciones y terremotos y colocan tiendas de campaña en los sitios más inhóspitos y más inadecuados.

Gabriel Tizón me señala una foto de los talones abiertos y cubiertos de sangre de un cuerpo tirado sobre la tierra. Es un hombre de Pakistán que caminó durante días. Lo tomé dormido.

Al doctor Carlos Martínez Assad –quien fue director del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 1983 a 1989, y pertenece no sólo a la academia, sino a la literatura con sus ensayos y novelas, como La casa de las once puertas, Los héroes no le temen al ridículo, Así en la vida como en el cine o su Memoria de Líbano– le indignó la suerte de los migrantes en Europa y nos entrega datos que nos hielan la sangre, cuyo punto más reciente es la tragedia del 9 de agosto pasado, en Yemen, en la que unos migrantes en una balsa fueron arrojados al agua deliberadamente; como en 2016, cuando más de 5 mil hombres, mujeres y niños terminaron ahogados en el Mediterráneo.

Claro que nosotros también tenemos migrantes que mueren en su intento por alcanzar una vida mejor, pero su número es muchísimo menor. En la ruta de México a Estados Unidos, en el llamado corredor de la muerte entre Agua Prieta, Sonora, y Arizona, en lo que va de este 2017, fallecieron 231 personas. A lo largo de 3 mil kilómetros de frontera con el país del norte entraron 1.5 millones de hombres y mujeres entre documentados e indocumentados, de 1993 a 2006. Aunque ahora la migración está a la baja por Trump, nuestro continente –víctima de sus pésimos gobiernos– sigue creyendo que su sobrevivencia está en Estados Unidos.

Fuente: jornada.unax

jueves, 14 de noviembre de 2013

Las mujeres en las luchas populares de América y el mundo.


Entrevista con Silvia Federici

por Gloria Muñoz Ramírez

Silvia Federici, feminista y activista italiana, acompañante de procesos comunitarios en diferentes lugares del mundo, se vio obligada a suspender un encuentro con la comunidad de Paquí, Totonicapán, en Guatemala, debido a las amenazas de muerte contra dos de las organizadoras del evento, Jovita y Gladys Tzul, y por el clima de persecución que priva en el país centroamericano. Tal es el contexto de la siguiente entrevista con la practicante de un feminismo popular que lucha por la defensa de lo común.

–¿Por qué resultó tan “peligroso” para las élites locales, el anuncio de tu encuentro con la comunidad de Totonicapán, Guatemala?

Porque yo creo que ante todo la lucha por la defensa de la tierra comunal es una de las más importantes en el mundo. Si la perdemos, perdemos todo, porque hay un esfuerzo enorme y global de las compañías mineras, del agronegocio, del capital internacional, de compañías financieras como el Banco Mundial, para terminar con cualquier forma de propiedad y manejo comunal de la tierra, y sobre todo están determinados a controlar toda la riqueza natural, porque en esta medida pueden imponer los ritmos de explotación que necesitan.

El encuentro en Totonicapán resultó peligroso para ellos porque hoy las mujeres están al frente de esta lucha. Y esto se mira en cualquier parte, en África, Europa, América Latina, Estados Unidos. Las mujeres están al frente porque son las que más se responsabilizan de la reproducción familiar y comunitaria. Tienen un interés directo. Siempre han tenido una relación muy pequeña con el dinero y el ingreso monetario. La posibilidad de acceso a la tierra y los bosques es alimento fundamental para la reproducción.

En este momento las luchas de las mujeres son por su comunidad, por el uso no comercial de la tierra, por una economía de subsistencia que no tiene como fin el mercado, por la creación de un espacio autónomo no sometido al mercado o al Estado en el que se crea el embrión de la nueva sociedad. En el éxito de este tipo de luchas se juega nuestra posibilidad de futuro.

–¿Podrías extenderte en los riesgos para el capitalismo que ellas representan?

Es parte central de mi trabajo demostrar que en toda la historia del capitalismo, ha sido extremadamente importante para el capital apropiarse del cuerpo y el trabajo de la mujer; el trabajo no pagado, de reproducción social, de producción de la vida, de la capacidad de trabajar, ha sido el fundamento de toda la organización del trabajo capitalista. Y por la misma razón, la lucha contra las condiciones de este trabajo ha sido el fundamento de toda lucha política, económica y social.

–¿Qué lugar ocupa la mujer indígena, tan invisible y tan presente siempre?

Son las luchas de las mujeres indígenas las que nos han demostrado de manera más clara la importancia de las mujeres en el trabajo de reproducción, no sólo en el trabajo doméstico directo, sino también en los cultivos de los campos, en la reproducción de los bosques, de las selvas, de las tierras.

En este sentido, la mujer indígena amplió el discurso del movimiento feminista, que estaba sobre la reproducción, pero en una manera muy limitada. Amplió este discurso incluyendo la reproducción de la tierra, que no es solamente económica, sino cultural. Porque la tierra es donde tus muertos son sepultados, y ahí está el tejido de tu historia. Cuando te toman la tierra, te roban tu historia, tu cultura, tu espíritu.
La mujer indígena amplió el discurso del movimiento feminista, que estaba sobre la reproducción, pero en una manera muy limitada.

Los hombres tienden a la negociación. Es toda una historia de su posición social en el capitalismo. Están más listos para ver a la economía de mercado como una opción. Las mujeres han sido excluidas, y al mismo tiempo han reconocido la importancia de las riquezas naturales. En muchas partes del mundo, las mujeres son las que se oponen con más determinación a la venta de los árboles, de los animales, porque piensan que esto significa seguridad para el futuro, no el dinero.

Las mujeres no negocian porque saben que la negociación es una derrota.

–No siempre el feminismo “occidental” ha entendido a las indígenas.

Hay un feminismo liberal, muchas veces compatible con la agenda neoliberal. Un feminismo que con respecto a la lucha por la tierra se pone en la posición de que las mujeres también pueden tener título de propiedad cuando la tierra se privatice. Eso parece una cosa buena y lógica, pero no es así de simple. El reparto individual de las tierras comunitarias es el vehículo más rápido para la pérdida de la tierra, porque ahora ningún campesino controla los precios de la cosecha, y hay muchos factores que determinan lo que pasa en el campo.

Este tipo de política, que muchas feministas han promovido en Uganda y Tanzania, ha sido muy neoliberal. Apoya y promueve la privatización de la tierra. Ahora hay un feminismo institucional que promueve una agenda feminista muy domesticada, donde “igualdad” es el acceso igual a la propiedad. ¿Cuántas mujeres pueden comprar en verdad en la tienda? ¿Cuántas tienen dinero, un poder social suficiente para aprovechar la propiedad?

Yo vengo de un feminismo popular, que así se llama en América del sur, e incluye el tipo de práctica feminista que no se autodefine así, porque es una práctica de construcción de un nuevo tipo de sociedad, de defensa y producción de lo común, de relaciones solidarias, de producción de una sociedad no competitiva, de cooperación, donde la gente tiene control sobre su propia vida, su comida.

Para mí el feminismo significa una lucha que primeramente revaloriza la actividad de reproducción, que el capitalismo desvaloriza sistemática y estructuralmente, y sobre eso construye todo un sistema de explotación del trabajo. En la raíz de la explotación del trabajo asalariado están la desvalorización del trabajo de reproducción y de los sujetos primarios de este trabajo, que históricamente en la sociedad capitalista han sido las mujeres. Las luchas para la revalorización, el control, la autonomización del proceso de reproducción y del mercado es una condición esencial para crear una sociedad alternativa, sin explotación, jerarquías, ni desigualdades.

Eso, para mí, es el feminismo.