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viernes, 4 de mayo de 2018

Las mujeres, creadoras de la Iglesia.

Detalle de El descendimiento de Domingo Valdivieso Henarejos.

Bernardo Pérez Andreo.

Los evangelios son textos escritos de, así me gusta llamarlo, tercer momento. El primer momento es la experiencia que da origen a los textos, el segundo la tradición oral que se transmite entre las personas que forman parte de esa experiencia; los que vivieron con Jesús cuentan lo que oyeron y vieron y lo transmiten a quienes no tuvieron esa suerte. En un tercer momento está la escritura de los textos que conocemos como evangelios, que pasaron por una redacción en varias fases. 

Pues bien, en la última fase del tercer momento tenemos que las comunidades que sustentan la escritura de los evangelios ya habían comenzado a ocultar la participación de las mujeres. Es triste que fuera así, pero así sucedió. Y lo sabemos por lo que no se ocultó por ser palmario y evidente aún para los que no habían conocido a Jesús: que se rodeó de mujeres que le servían, es decir, que estaban con él compartiendo su misión por el Reino de Dios. 

De aquellas mujeres se cita a varias por su nombre, pero ninguna con la importancia de María Magdalena, de quien tenemos sospecha de que representó para los seguidores de Jesús un papel similar al que tras la Pascua fue adoptando Pedro. El rol de Pedro como puente entre dos partidos diferenciados, el de Santiago en Jerusalén y el de Pablo, fue tomando cuerpo en los textos tras constatar su misión conciliadora en las comunidades primitivas, entre los que mantenían una posición más cercana al judaísmo y los que abrían los grupos de forma clara a los gentiles, sin necesidad de exigir circuncisión o sumisión al Templo y los ritos judíos. Por eso vemos que se legitiman con palabras de Jesús posiciones que solo tienen sentido tras la Resurrección. Esto no sucedió en el caso de María Magdalena. Solo disponemos de evangelios apócrifos para hacernos una idea de su importancia en la vida de Jesús.

María Magdalena es la primera persona a la que se aparece el Resucitado. Este dato no podían ocultarlo los evangelios, pero sí podían atenuarlo, colocando inmediatamente a Pedro o a otros varones como garantes de la Resurrección. Sin embargo, es María Magdalena la que experimenta la Resurrección y serán las mujeres las que se encargarán de continuar la obra de Jesús. Ellas son las que se ocupan de los ritos funerarios y de las comidas en honor del fallecido. Ellas son las que continuarán la memoria subversiva de Jesús y las que construirán, con sus experiencias, con su labor, con su memoria, el origen de la Iglesia. Los varones salieron en desbandada, y solo es tras un periodo largo, tipificado como Pentecostés, cuando, fruto de la labor callada y constante de las mujeres, los seguidores se vuelven a reunir y se constituyen las comunidades. Con su labor, las mujeres dieron origen a la Iglesia y la constituyeron en sujeto político de la revolución del Reino, como he contado en La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (PPC, 2018). Luego vendrán los varones y se encargarán de la dirección, pero fueron las mujeres las que lo posibilitaron y las que aun hoy se encargan de que la labor de la Iglesia se realice a pesar de todo.

Es importante que naciera la Iglesia de mano de las mujeres, porque ellas fueron capaces de convertir un cuerpo político en ciernes, las primeras comunidades de Jesús, en sujeto político. La diferencia es sustancial. Un cuerpo político se constituye como una unidad de población bajo unas leyes o normas, o como un grupo dentro de una población que se distingue por sus prácticas. Si la Iglesia hubiera sido un simple cuerpo político podría ser considerada como un grupo más dentro del judaísmo. Lo que hacen las mujeres desde la comensalía de los ritos funerarios, construyendo una realidad social alternativa que refleja la práctica de Jesús, es extender la nueva mesa de Jesús, la comensalía abierta a los excluidos, como verdadera estructura social. No es cuestión de incluir a los excluidos, como el asistencialismo suele proponer, sino de crear una realidad nueva a partir de los excluidos. Esto es lo que convierte al cuerpo político de los seguidores de Jesús en sujeto político, sujeto político de una revolución, la revolución del Reino de Dios.

Este sujeto político va a desarrollar una teología anti-imperial que contrasta con la teología imperial de legitimación. Frente a la teología imperial que impone el sometimiento al único Señor (el emperador) como salvador (soter) y portador de las buenas noticias (euangelia), la Iglesia, propone una teología en la que el Señor, el Salvador y el heraldo de la Buena Nueva es Jesucristo. Él es el origen de una manera de vivir en misericordia, justicia y amor. Es el anunciador de un Reino sin rey, una soberanía sin dominio y una humanidad fraterna de hombres y mujeres. Se trata de una teología anti-imperial o de una anti-teología, pues pretende ser una subversión de los valores imperantes. Los valores del Reino son valores que siempre han portado las mujeres, que permiten una sociedad del cuidado común, de la cercanía amorosa y de la misericordia como movimiento de las entrañas ante el sufrimiento. Por eso Jesús compara el Reino de Dios con una mujer que mezcla tres medidas de harina y una de creciente y todo se convierte en una masa nutritiva. La acción de la mujer de unir lo puro, la harina, y lo impuro, la creciente, es la que permite la existencia de una realidad completamente nueva.

Es hora de ir recuperando el papel de las mujeres en la Iglesia, de romper el aura sensiblera que el clericalismo ha construido entorno a ellas y de sentar las bases de la Iglesia del tercer milenio en continuación con aquellas mujeres, casi todas anónimas, que permitieron, con su labor abnegada, que la Iglesia siguiera adelante con el proyecto del Jesús, el Reino de Dios, donde las prostitutas y los publicanos guían a los que se tienen por puros, donde los niños y marginados tienen un lugar por derecho propio, y donde los varones, para poder acceder, deben hacerse eunucos, es decir, renunciar a su posición de dominio social por la que ejercen el poder.

viernes, 13 de abril de 2018

La Iglesia latinoamericana pide la convocatoria de un Sínodo universal sobre la mujer.


Jesús Bastante

Las mujeres "han de ser reconocidas y valorizadas como corresponsables de la comunión y misión de la Iglesia"

"Esta Pontificia Comisión para América Latina no pretende proyectar sus propios planteamientos y necesidades a la Iglesia universal, pero se plantea seriamente la cuestión de un Sínodo de la Iglesia universal sobre el tema de la Mujer en la vida y la misión de la Iglesia". La Iglesia latinoamericana ha dado el primer paso para el necesario reconocimiento de la mujer en la institución. A todos los niveles. Un camino apoyado por Francisco y que no tiene marcha atrás.

Esta es una de las principales conclusiones de un encuentro celebrado por la CAL, bajo el lema "La mujer, pilar en la edificación de la Iglesia y de la sociedad en América Latina". Entre otras, los responsables admiten que "siguen existiendo clérigos machistas, mandones, que pretenden usar a las mujeres como servidumbre dentro de su parroquia, apenas como clientela sumisa de los cultos y mano de obra bruta para lo que se necesite", y son rotundos en la respuesta: "Todo esto tiene que ir acabando".

Y es que las mujeres "han de ser reconocidas y valorizadas como corresponsables de la comunión y misión de la Iglesia, presentes en todas las instancias pastorales de reflexión y decisión pastorales". Al tiempo, recuerdan que "es posible y urgente multiplicar e ampliar los puestos y las oportunidades de colaboración de mujeres en las estructuras pastorales de las comunidades parroquiales, diocesanas, a niveles de las Conferencias episcopales y en la Curia Romana".


En el documento final, difundido este miércoles, afirma que "el cambio de época en el que estamos inmersos y que requiere de parte de la Iglesia una nueva propuesta de dinamismo misionero, exige un cambio de mentalidad y un proceso de transformación análogo al que el Papa Francisco logró concretar con las asambleas del Sínodo sobre la Familia -que llevaron a la exhortación apostólica Amoris Laetitia- y que ahora se propone con la próxima asamblea sobre los jóvenes".

Ese trabajo por la sinodalidad, también debe, según la CAL "estar libre de prejuicios, estereotipos y discriminaciones sufridas por la mujer". Al tiempo, pide a las comunidades cristianas "realizar una seria revisión" para "pedir perdón por todas las situaciones en las cuales han sido y todavía son cómplices de atentados contra su dignidad".

El documento agrega que las iglesias locales han de tener "la libertad y el coraje evangélico para denunciar todas las formas de discriminación y opresión, de violencia y explotación sufridas por las mujeres en distintas situaciones y para introducir el tema de su dignidad, participación y contribución en la lucha por la justicia y la fraternidad, dimensión esencial de la evangelización".

Por ello, "se invita a todas las instituciones católicas de enseñanza superior, en particular a las facultades de teología y filosofía, a continuar profundizando una teología de la mujer, a la luz de la tradición y del magisterio de la Iglesia, de renovadas reflexiones teológicas sobre la Trinidad y la Iglesia, del desarrollo de las ciencias, en especial de la antropología, como también de las actuales realidades culturales de los movimientos y aspiraciones de las mujeres", declara la CAL.

"Que se promueva en todas las iglesias locales y a través de las conferencias episcopales un diálogo franco y abierto entre pastores y mujerescomprometidas en diversos niveles de responsabilidad (dirigentes políticas, empresarias, líderes de movimientos populares y comunidades indígenas)", concluye el documento, que puede leer íntegro aquí.

lunes, 10 de marzo de 2014

El lugar de la mujer en la Iglesia.


Son las religiosas de la LCWR (Conferencia de líderes religiosas), una organización que tiene más de 50 mil socias y que representa...(Marco Antonio Velásquez).

Con honestidad hay que reconocer que la mujer en la Iglesia institucional encuentra un lugar, no sólo distinto al que ocupa el hombre, sino también inferior desde una indebida perspectiva jerárquica. De hecho, aquella viciada jerarcología acuñada por Y. Congar ayuda a comprender el ámbito en que ocurre esa sub-ordinación. Si por jerarcología se comprende esa suerte de estatus que distingue diferentes calidades de cristiano, la mujer aparece sub-ordinada en responsabilidad y participación, porque los espacios de “mayor jerarquía” son reservados sólo a los hombres. Ejemplo de ello es el acceso exclusivo al sacramento del orden sagrado, así como a servicios como el cardenalato, nunciaturas y otras instancias de dirección.

Lamentablemente, esta realidad es aceptada como natural en amplios sectores de la Iglesia; observándose tanto en la costumbre como en la práctica institucional, especialmente en ambientes jerárquicos, tradicionalistas y en el vasto espectro de fieles con débil formación cristiana que abundan en la Iglesia.

En otro ámbito, la mujer encuentra un lugar no sólo de postergación, sino también una suerte de marginación. Ello deriva de su condición femenina, donde la mujer arrastra el estigma ancentral de Eva, que la convierte en fuente potencial de pecado. Ello se agudiza en virtud del celibato sacerdotal, que hace de la mujer un signo de tentación de quien el clero debe cuidarse. Acorde con ello, la desconfianza invade una parte significativa de la vida eclesial, convirtiéndose esto en un eje viciado que des-virtúa la relación entre la mujer y el clero. Así, la mujer queda signada como un peligro potencial contra quien se ha llegado a establecer la ley del celibato sacerdotal obligatorio; un inmerecido lastre endosado a la mujer para controlar la conducta del clero. Consecuentemente, el lugar de la mujer queda degradado y lapidado por una rigurosa ley que previene contra ella.

No existe fundamento evangélico emanado de Jesucristo que avale tal postergación de la mujer en la Iglesia. Es más, parte de su misión redentora incluye la liberación y promoción de la mujer de toda condición de subyugación cultural. Prueba de ello es el acceso de la mujer a la plenitud de la vida cristiana, la santidad.

En una época en que la mujer consigue crecientes espacios de participación en la cultura occidental, resulta no solo injustificado ese lugar de la mujer en la Iglesia, sino que es una fuente de tensión en la relación Iglesia-sociedad, que lamentablemente se expresa, en el presente, en desconfianzas recíprocas. De hecho, las conquistas alcanzadas por la mujer son fruto de luchas históricas en las que la Iglesia ha sido una tenaz opositora. Hay entonces una herida abierta que merece atención y remedio.

Siendo el movimiento de liberación de la mujer un fenómeno global en expansión, la Iglesia no puede dejar de brindar atención preferencial a un tema que condiciona el futuro lugar de la Iglesia en la cultura; especialmente porque ésta debe tender puentes de confianza con todos los actores sociales para hacer efectiva su misión evangelizadora.

Afortunadamente, y como precedente profético, al interior de la Iglesia - Pueblo de Dios ha surgido un movimiento genuinamente femenino que expresa este clamor de reparación y enmienda, asumiendo como propio muchas de las conquistas sociales de la mujer. Son las religiosas de la LCWR (Conferencia de líderes religiosas), una organización que tiene más de 50 mil socias y que representa al 80% de las religiosas consagras de Estados Unidos. Ellas, que sustentan gran parte de la ayuda social que la Iglesia Católica realiza en ese país, en respuesta al Concilio Vaticano II optaron por formarse; lo que les brindó la oportunidad para abrirse espacios insospechados en la sociedad y en la Iglesia. Actualmente son objeto de una evaluación doctrinal por parte de la Congregación para la Doctrina de Fe. Ellas, junto a una multitud de teólogas, como mujeres de Iglesia, son pioneras al incursionar en una compleja periferia existencial, donde han abierto un camino profético en la lucha por la liberación de la mujer, dando un testimonio admirable de re-encuentro de la Iglesia - Pueblo de Dios con el mundo.

Siendo el lugar de la mujer en la Iglesia un tema de gran importancia y en evolución, el papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, refresca el reconocimiento que el magisterio hace del aporte de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Al mismo tiempo muestra apertura al reconocer que “todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque «el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral» y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales.” EG 103. También reafirma el magisterio respecto del sacerdocio reservado a los varones, advirtiendo -con justa razón- que esta cuestión puede “volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder”. Y con magistral acierto deja abierta la senda del futuro cuando agrega que: “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente.” EG 104.

No cabe duda que en la misión que ha asumido papa Francisco de renovar la Iglesia, está la de sentar nuevas bases para construir un futuro que permita confiar a la mujer en la Iglesia el lugar de predilección que Dios confío a María, de cuya disponibilidad Dios se encarna en la historia de la salvación con una fecundidad que sólo es propio de la colaboración de la mujer.




Marco Antonio Velásquez Uribe

martes, 17 de diciembre de 2013

“Estamos en una encrucijada para las mujeres en la iglesia”


Joan Chittister


La Academia Americana de Religión y su asociación adjunta, la Sociedad de Literatura Bíblica, es conocida por reunir teólogos avanzados de diversas denominaciones para favorecer la polinización cruzada entre lo mejor del pensamiento y la investigación religiosa. Por eso no sorprende que en la conferencia de este año los días 22 al 24 de noviembre en Baltimore una parte del orden del día era un panel de conferenciantes (http://ncronline.org/news/faith-parish/divisions-over-popes-effect-focus-religion-academics-meeting) cuyos intereses podrían darnos una instantánea del Papa Francisco y de los retos a los que se enfrenta al tratar diversas cuestiones actuales.

La amplia composición del panel –laicos y religiosos, católicos y no católicos, varones y mujeres- resaltaba algunos temas específicos a los que se enfrenta la iglesia y las primeras respuestas del actual papa a las áreas de ecumenismo, teología de la liberación, tradición, formación espiritual y, en mi propio caso, las mujeres y la vida religiosa.
En la columna de hoy, para ampliar la conversación, compartiré las observaciones que hice como parte de ese panel.

***
Pierre Teilhard de Chardin, filósofo jesuita del siglo 20, escribió: “La única tarea que merece nuestro esfuerzo es la construcción del futuro”. Hoy me preocupa cómo construir un futuro nuevo para las mujeres de todo el mundo a través del acercamiento de la iglesia. El filósofo del siglo VI Boethius nos recuerda que cuando una época muere una nueva está naciendo. Una segunda apreciación que me llama la atención es la de Woody Allen, 15 siglos después: “No me da miedo la muerte; sencillamente no quiero estar ahí cuando ocurra”. Ambos mensajes son claros: La primera indica que la continuidad puede alargarse excesivamente. La segunda, que no encarar el momento en el que estamos puede malograr el futuro que viene con nosotros o sin nosotros, y tanto si nos gusta como si no.

Item: Estamos en una encrucijada en la historia
Este es el momento en el que la historia ha descubierto a las mujeres.
En realidad, los varones y las mujeres inteligentes ahora se dan cuenta de que el feminismo no tiene nada que ver con la condición femenina. No tiene nada que ver con el chovinismo femenino, ni con el machismo feminista. Y definitivamente no se trata de que las mujeres quieran actuar como los varones.

El feminismo consiste en permitir que cada miembro de la raza humana llegue a ser una persona humana adulta, que pueda elegir en cada nivel de la sociedad, participar en la toma de decisiones que afectan a sus vidas, ser independiente económicamente, estar segura en las calles, en sus hogares, tener voz en los tribunales y cuerpos constitucionales del mundo –disfrutar, en otras palabras, plenamente y en igualdad de todos los derechos civiles.

Consiste en traer a la luz pública y al poder público los programas, las percepciones, y la sabiduría de la otra mitad de la raza humana. Consiste en tomar en serio sus ideas y planes. No!. Corrijo: consiste en tomar en serio la teología de la creación. En otras palabras, consiste en la “proclamación de la emancipación” de las mujeres en este siglo.

Y como ya han pasado 2000 años desde que el mismo Jesús se constituyó en modelo, no se puede argumentar que estamos tratando de hacer las cosas demasiado de prisa.
El mismo Papa Francisco, claramente sensible a este tema, ha adelantado la idea de lanzar un estudio sobre las mujeres, lo que viniendo de Roma es al menos tan trascendental como esperar seriamente que Roma haga algo al respecto.

Tres temas en particular medirán la autenticidad –la moralidad- de la respuesta de la iglesia al tema de las mujeres. Los temas de la maternidad, el poder humano y la pobreza son clave para la forma en la que se nos verá en muchos años venideros.
En primer lugar, la cuestión del papel de las mujeres en la iglesia y en la sociedad no es una de las 39 áreas preocupantes que aparecen en el cuestionario (http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=32010) que el Vaticano ha enviado a los obispos de todo el mundo en octubre buscando una respuesta amplia de los católicos a cuestiones relacionadas con la familia. Qué importancia tienen realmente el papel y los derechos de la mujer-como-mujer en la estructuración de la familia? Realmente.

En segundo lugar, la reciente frase del papa sobre las mujeres en un congreso de la Sección de Mujeres del Consejo Pontificio del Laicado (http://ncronline.org/blogs/francis-chronicles/francis-women-called-service-not-servitude) en Roma se centró casi en su totalidad en la maternidad de las mujeres, lo que ocupa –en el mejor de los casos- unos 20 años de la vida de una mujer. La mayoría de las mujeres modernas, según los datos demográficos, viven al menos otros 35 ó 40 años después de que el hijo/a más joven se emancipe.

Y después de eso? Qué papel tiene la mujer entonces? Es la maternidad su único valor, su definición a perpetuidad? Qué hace ella ahora con su talento personal, sus percepciones, su dones que, según nos dicen, se nos han dado para mejorar el mundo? Y cómo compensa el mundo la pérdida de tanta experiencia, inteligencia, y sabiduría de la otra mitad de la raza humana si no se espera que las mujeres contribuyan a estructurarlo, ni se les invita a ello? Pero, sin la aportación de las mujeres, la humanidad ve sólo por un ojo, oye con un oído y piensa con sólo la mitad de la mente humana.

Y se nota: lee los periódicos.
Más aún, porqué una mujer se define por la maternidad tanto si es madre como si no lo es, mientras que un varón se define por su trabajo, su inteligencia, su liderazgo, o su heroísmo, y raramente, si es que alguna vez se hace, se define por su paternidad?

En la famosa entrevista publicada por la revista jesuítica Civilta Catholica el pasado septiembre, el Papa Francisco dice, “tenemos que trabajar con más intensidad para desarrollar una profunda teología de la mujer. Únicamente dando este paso será posible reflejar mejor su función en la iglesia”.

De acuerdo. Pero la cuestión es quién hará este estudio? Los mismos personajes clericales, patriarcales que lo han estado haciendo durante los últimos 2000 años cuando los primeros padres de la iglesia dijeron, entre otras cosas, que las mujeres “tienen la malicia de dragones y de áspides”. O cuando Tomás de Aquino llamó a las mujeres “varones mal engendrados”. Aparentemente no son el patrón de oro de la humanidad. Los teólogos medievales declararon que las mujeres eran por naturaleza sumisas, secundarias en el orden de creación, más emocionales que racionales.
Y hoy, aquí y ahora, el documento del Vaticano mencionado dice “aquellas formas de feminismo hostiles a la iglesia están entre los temas de profunda preocupación”, pero no menciona como materia de preocupación en absoluto el chovinismo machista ni las estructuras del patriarcado.

Hoy todavía la iglesia nunca trata a las mujeres como adultos totalmente independientes, ni mucho menos como plenas discípulas bautizadas de Jesús. Y esto a pesar de siglos de diaconisas, legiones de mujeres santas y cientos de años de religiosas administradoras que construyeron la gran parte de los sistemas de servicios sociales de la iglesia.

Lo más importante de todo, ¿en la antropología, teología y ciencia de qué siglo basarán sus ideas sobre las mujeres ahora? ¿Qué escritores feministas, investigadores feministas, filósofos feministas, científicos, teólogos, y canonistas, tanto varones como mujeres, darán forma a esta teología en esta era?
¿Volverá a ser otra vez “los varones hacen esto” y “las mujeres hacen aquello”, una antropología dual que contempla a las mujeres como cuidadoras y a los varones como los constructores del mundo exclusivamente? ¿Será una antropología que niega, básica y completamente, nuestra humanidad común, nuestra naturaleza humana conjunta? ¿A pesar del trabajo mujeres como nuestras Dorothy Day (1), Raissa Maritain (2), la Madre Jones (3) y Rosemary Haughton (4), líderes nacionales y bona fide teólogas?
Y si es así, ¿qué se puede hacer para ahorrar al mundo tal división?

El hecho es que la religión –todas las religiones- ha sido utilizada para justificar la opresión, la servidumbre, y la invisibilidad de las mujeres siglo tras siglo. Ciertamente, el destino histórico de la religión después de Jesús es arrepentirse en lo que concierne a las mujeres, el catolicismo y el cristianismo entre ellas.
Como resultado de tan pobre estudio del pasado –”religioso” como se habría llamado a sí mismo, posiblemente sincero- en todos los rincones del planeta dos terceras partes de los analfabetos del mundo son mujeres, todavía hoy en este momento, como informa el Fondo de Desarrollo para las Mujeres de las Naciones Unidas. Dos terceras partes de los más pobres entre los pobres del mundo son mujeres. Incluso aquí, incluso ahora. Esto no puede ser un accidente. Esto es una política. Alguien en algún lugar ha decidido que las mujeres necesitan menos, se les debe dar menos, y merecen menos que los varones.

Y todo ello en nombre de Dios.
Para cuando terminen esos apologistas, Dios es el único sexista que queda en la sala.
El Papa Francisco ha ganado el corazón del mundo siendo humilde, sencillo y pastoral –la cara amable y cálida de la iglesia, un hombre como Jesús que es un hombre de los pobres. Pero está claro que nadie puede decir que es para los pobres como lo fue Jesús si no hace nada, nada, nada a favor de la equidad para con las mujeres.

Encararse al clasismo no empieza a resolver los problemas que vienen con el sexismo. Sin embargo, cuando las integrantes de la Conferencia de Liderazgo de las Religiosas (Leadership Conference of Women Religious) se vuelvan a comprometer –como lo han hecho tantas veces en el pasado- a hacer por las mujeres lo que se debe hacer por seguir el Evangelio y por el bien de la iglesia, se llamará “feminismo radical” y serán investigadas por herejía.

La humanidad completa e integral de las mujeres, la antropología humana, y nuestros esfuerzos para erradicar la pobreza están ciertamente entre los temas que medirán tanto a este papado como a esta iglesia, al pasar de una era que toca a su fin a otra era que empieza. De lo contrario, cuando llegue la muerte, podemos estar todos allá para verla.

En 1998, el Papa Juan Pablo II instruyó a los obispos de Michigan y Ohio en sus visitas ad limina a Roma: “La inteligencia y el genio de las mujeres debe ser cada vez más una fuerza vital de la iglesia en el próximo milenio –como lo fue en las primeras comunidades de los discípulos de Cristo”. Lo que, desde mi punto de vista, lleva directamente a la pregunta de la que las mujeres están cada vez más cansadas: si no es ahora –después de 15 años- cuándo?

Joan Chittister es benedictina y colaboradora habitual del National Catholic Reporter

Notas de la Traductora

1. Dorothy Day (1897-1980): Obl.S.B., fue una periodista de Estados Unidos, activista social, oblata benedictina, anarquista cristiana, y miembro devota de la Iglesia Católica. Será conocida gracias a sus campañas por la justicia social, en defensa de los pobres.
2.- Raïssa Oumansoff Maritain (1883 – 1960) fue una poetisa y filósofa Rusa-Ucraniana. Emigró a Francia y estudió en la Sorbona donde conoció al joven Jacques Maritain, también filósofo, con quien se casó en 1904. Ella era judía, pero después de un periodo en el que se consideró atea, se convirtió al catolicismo con su marido en 1906.
3.- Mary Harris, más conocida como “Mother Jones”, (1837 -1930 ) fue una prominente agitadora sindical y comunal. Nacida en Cork, Irlanda, se trasladó con su familia a Toronto (Canadá) aún joven, después de que su abuelo fuera ahorcado por los británicos por su participación en la lucha nacionalista irlandesa. Hasta completar su educación trabajó alternativamente como profesora y costurera en Estados Unidos. Conoció los sindicatos gracias a su esposo, George Jones, un conocido miembro del sindicato de moldeadores del hierro. Interesante resumen de su vida en la página de los Sindicatos estadounidenses http://www.aflcio.org/About/Our-History/Key-People-in-Labor-History/Mother-Jones-1837-1930
4.- Rosemary Haughton (1927-), nacida en Londres, es una teóloga católica laica que reside en los Estados Unidos.