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viernes, 29 de junio de 2018

Mujeres y casados pueden ser ordenados sacerdotes.



José M. Castillo, teólogo

El Concilio Vaticano Primero, en la Constitución dogmática “Dei Filius” (año 1870), cap. 3º, definió que “deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o tradicional (“in verbo Dei scripto vel tradito continentur”), y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas” (Denzinger – Hünermann, nº 3011).

Toda afirmación (o toda práctica) que no entre en el contenido de esta afirmación dogmática puede ser modificada por la autoridad suprema de la Iglesia. En cuanto a las verdades o actividades, que se justifican por el llamado “Magisterio Ordinario Universal” de la Iglesia, debe tenerse cuidado y no concederles un valor absoluto e intocable, ya que, como es bien sabido y por poner un ejemplo, durante siglos, se pensó que era verdad de fe que el sol daba vueltas en torno a la tierra, hasta el extremo de condenar a Galileo cuando afirmó lo contrario. Y hoy sabemos que quien tenía razón era Galileo.

Un problema importante, que la Iglesia tiene en la actualidad, en lo que se refiere a las “verdades de fe”, está en que se puede (y a veces sucede que) hay hechos “históricos” o “sociológicos” a los que se les concede un “valor dogmático”. Esto exactamente es lo que sucede cuando nos preguntamos si las mujeres o las personas casadas podrán ser sacerdotes.

En cuanto a las mujeres, en la Antigüedad, no tenían los mismos derechos que los hombres. Por eso no podían ser testigos oficiales de nada. Ni tomar decisiones sobre otros. Ni sobre ellas mismas (J. Jeremias, “Jerusalén en tiempos de Jesús”, Madrid 1977, pg. 371-387). Es lógico que, en tales condiciones, no podían ejercer cargos de responsabilidad en instituciones públicas. Hoy la situación social y legal de la mujer es completamente distinta. Y, en todo caso, lo que no se puede hacer es convertir en revelación divina lo que no pasa de ser una situación social ya superada. La Iglesia no tendrá credibilidad mientras siga manteniendo la desigualdad de la mujer en dignidad y derechos respecto al hombre.

En cuanto a las personas casadas, el Evangelio no impone ningún mandato respecto al celibato. Por otra parte, el apóstol Pablo dice que es un derecho de los apóstoles vivir y viajar con una mujer cristiana, como lo hacían Pedro y los parientes del Señor (1 Cor 9, 5). La continencia de los sacerdotes empezó a imponerse a comienzos del s. IV, en el concilio de Elvira (Granada). Y la ley del celibato se impuso progresivamente en la Edad Media. Se fijó como ley a partir del concilio segundo de Letrán (en 1138).
La ley del celibato no tiene fundamento bíblico. Y se basa principalmente en las ideas, sobre el puritanismo, que provenían del estoicismo de los griegos del s. V (a. C) (E. R. Dodds).

¿Cómo justifica la Iglesia el empeño por no cambiar esta ley cuando cada día hay menos sacerdotes y, por tanto, más parroquias y comunidades que no pueden tener su vida cristiana organizada y gestionada como la misma Iglesia impone obligatoriamente? Es urgente que la Iglesia estudie este asunto a fondo y sin miedo. Para buscarle la solución a la que los fieles cristianos tienen derecho. De no hacerse así, resultará inevitable controlar un hecho que ya existe: los grupos de laicos que clandestinamente celebran la eucaristía sin sacerdote.

En este delicado asunto, es de suma importancia tener presente que la doctrina de la Ses. VII del Concilio de Trento, sobre los sacramentos, no contiene definiciones dogmáticas. Por las Actas del Concilio se sabe que los obispos y teólogos, que tomaron las decisiones sobre los sacramentos, no llegaron a ponerse de acuerdo en un punto capital: si condenaban como “herejías” o rechazaban como “errores”, las doctrinas y prácticas que rechazaron en esta Sesión séptima (Denz.-Hün., 1600-1630). La Iglesia, por consiguiente, puede y debe sentirse libre, para tomar las decisiones, en temas de sacramentos y de liturgia, que la misma Iglesia vea como más urgentes y necesarias en este momento, para el mayor bien espiritual y cristiano de los fieles.

viernes, 4 de mayo de 2018

Las mujeres, creadoras de la Iglesia.

Detalle de El descendimiento de Domingo Valdivieso Henarejos.

Bernardo Pérez Andreo.

Los evangelios son textos escritos de, así me gusta llamarlo, tercer momento. El primer momento es la experiencia que da origen a los textos, el segundo la tradición oral que se transmite entre las personas que forman parte de esa experiencia; los que vivieron con Jesús cuentan lo que oyeron y vieron y lo transmiten a quienes no tuvieron esa suerte. En un tercer momento está la escritura de los textos que conocemos como evangelios, que pasaron por una redacción en varias fases. 

Pues bien, en la última fase del tercer momento tenemos que las comunidades que sustentan la escritura de los evangelios ya habían comenzado a ocultar la participación de las mujeres. Es triste que fuera así, pero así sucedió. Y lo sabemos por lo que no se ocultó por ser palmario y evidente aún para los que no habían conocido a Jesús: que se rodeó de mujeres que le servían, es decir, que estaban con él compartiendo su misión por el Reino de Dios. 

De aquellas mujeres se cita a varias por su nombre, pero ninguna con la importancia de María Magdalena, de quien tenemos sospecha de que representó para los seguidores de Jesús un papel similar al que tras la Pascua fue adoptando Pedro. El rol de Pedro como puente entre dos partidos diferenciados, el de Santiago en Jerusalén y el de Pablo, fue tomando cuerpo en los textos tras constatar su misión conciliadora en las comunidades primitivas, entre los que mantenían una posición más cercana al judaísmo y los que abrían los grupos de forma clara a los gentiles, sin necesidad de exigir circuncisión o sumisión al Templo y los ritos judíos. Por eso vemos que se legitiman con palabras de Jesús posiciones que solo tienen sentido tras la Resurrección. Esto no sucedió en el caso de María Magdalena. Solo disponemos de evangelios apócrifos para hacernos una idea de su importancia en la vida de Jesús.

María Magdalena es la primera persona a la que se aparece el Resucitado. Este dato no podían ocultarlo los evangelios, pero sí podían atenuarlo, colocando inmediatamente a Pedro o a otros varones como garantes de la Resurrección. Sin embargo, es María Magdalena la que experimenta la Resurrección y serán las mujeres las que se encargarán de continuar la obra de Jesús. Ellas son las que se ocupan de los ritos funerarios y de las comidas en honor del fallecido. Ellas son las que continuarán la memoria subversiva de Jesús y las que construirán, con sus experiencias, con su labor, con su memoria, el origen de la Iglesia. Los varones salieron en desbandada, y solo es tras un periodo largo, tipificado como Pentecostés, cuando, fruto de la labor callada y constante de las mujeres, los seguidores se vuelven a reunir y se constituyen las comunidades. Con su labor, las mujeres dieron origen a la Iglesia y la constituyeron en sujeto político de la revolución del Reino, como he contado en La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (PPC, 2018). Luego vendrán los varones y se encargarán de la dirección, pero fueron las mujeres las que lo posibilitaron y las que aun hoy se encargan de que la labor de la Iglesia se realice a pesar de todo.

Es importante que naciera la Iglesia de mano de las mujeres, porque ellas fueron capaces de convertir un cuerpo político en ciernes, las primeras comunidades de Jesús, en sujeto político. La diferencia es sustancial. Un cuerpo político se constituye como una unidad de población bajo unas leyes o normas, o como un grupo dentro de una población que se distingue por sus prácticas. Si la Iglesia hubiera sido un simple cuerpo político podría ser considerada como un grupo más dentro del judaísmo. Lo que hacen las mujeres desde la comensalía de los ritos funerarios, construyendo una realidad social alternativa que refleja la práctica de Jesús, es extender la nueva mesa de Jesús, la comensalía abierta a los excluidos, como verdadera estructura social. No es cuestión de incluir a los excluidos, como el asistencialismo suele proponer, sino de crear una realidad nueva a partir de los excluidos. Esto es lo que convierte al cuerpo político de los seguidores de Jesús en sujeto político, sujeto político de una revolución, la revolución del Reino de Dios.

Este sujeto político va a desarrollar una teología anti-imperial que contrasta con la teología imperial de legitimación. Frente a la teología imperial que impone el sometimiento al único Señor (el emperador) como salvador (soter) y portador de las buenas noticias (euangelia), la Iglesia, propone una teología en la que el Señor, el Salvador y el heraldo de la Buena Nueva es Jesucristo. Él es el origen de una manera de vivir en misericordia, justicia y amor. Es el anunciador de un Reino sin rey, una soberanía sin dominio y una humanidad fraterna de hombres y mujeres. Se trata de una teología anti-imperial o de una anti-teología, pues pretende ser una subversión de los valores imperantes. Los valores del Reino son valores que siempre han portado las mujeres, que permiten una sociedad del cuidado común, de la cercanía amorosa y de la misericordia como movimiento de las entrañas ante el sufrimiento. Por eso Jesús compara el Reino de Dios con una mujer que mezcla tres medidas de harina y una de creciente y todo se convierte en una masa nutritiva. La acción de la mujer de unir lo puro, la harina, y lo impuro, la creciente, es la que permite la existencia de una realidad completamente nueva.

Es hora de ir recuperando el papel de las mujeres en la Iglesia, de romper el aura sensiblera que el clericalismo ha construido entorno a ellas y de sentar las bases de la Iglesia del tercer milenio en continuación con aquellas mujeres, casi todas anónimas, que permitieron, con su labor abnegada, que la Iglesia siguiera adelante con el proyecto del Jesús, el Reino de Dios, donde las prostitutas y los publicanos guían a los que se tienen por puros, donde los niños y marginados tienen un lugar por derecho propio, y donde los varones, para poder acceder, deben hacerse eunucos, es decir, renunciar a su posición de dominio social por la que ejercen el poder.

miércoles, 2 de mayo de 2018

¿Se romperá la trampa?: “No cabe la discriminación contra la mujer en la Iglesia”.



Gregorio Delgado del Río

Religión Digital

Culturalmente hablando, la lucha por la igualdad de la mujer no tiene marcha atrás. Es imparable, democrática y justa.
En el Discurso de apertura de la última Asamblea plenaria de la CEE, el cardenal Blázquez ha reconocido, por fin, lo que era un secreto a voces: “… venimos padeciendo una penuria seria de vocaciones para el ministerio presbiteral”. Y añadió: “Si hace varios decenios la abundancia era extraordinaria, actualmente la escasez es también extraordinaria”.

El hecho es indubitado. “Las consecuencias -continuó subrayando- de esta carestía larga y dura están a la vista: descenso del número de presbíteros y media de edad cada vez más alta”. El problema está ahí. También está ahí -si no se aborda de forma integral- “la tentación de cubrir la falta de vocaciones con soluciones improvisadas y atajos arriesgados”.

1. Realidades a veces ignoradas

El hecho de la actual escasez de sacerdotes es indubitado. Puede hacerse, incluso, extensivo a otras partes de la Iglesia en el mundo. Es más, tal escasez vocacional será, a no tardar demasiado, realidad plena en toda la Iglesia. ¿Qué hacer? ¿Cómo responder al reto que plantea?
La respuesta integral supone también abordar sin miedos todas aquellas cuestiones íntimamente relacionadas: el celibato obligatorio, la rehabilitación en el ministerio de los sacerdotes casados que lo soliciten, acabar de una vez por todas con el impresentable clericalismo existente, proceder al reconocimiento y valoración de la mujer en la Iglesia (acabar con tanta discriminación), que incluya su admisión a la ordenación sacramental, impulsar en serio el movimiento ecuménico, valorización de la sexualidad.

Culturalmente hablando, la lucha por la igualdad de la mujer no tiene marcha atrás, es imparable, es democrática y justa. Cada día será mas intensa y extensamente realizada. La Iglesia puede hacer oídos sordos a esta realidad (ya lo ha hecho contra viento y marea) pero, en el pecado, llevará la penitencia. No podrá justificar ni obtener receptibilidad alguna ante tanta discriminación en su entorno. Perderá credibilidad a chorros. Si sigue persistiendo en su idea, seguirá provocando el abandono (al menos) de la mitad de la humanidad. Es más, cometerá el grave pecado de ignorar la cultura y civilización actuales. ¿Dónde queda, entonces, la opción a favor de la inculturación de la fe? (EG, 68-70).

Como muestra de una de sus preocupaciones más sentidas, Juan XXIII nos dejó la Pacem in terris (11.04.1965). En ella ya predicó la igualdad entre todos los humanos: “Hoy, por el contrario, se ha extendido y consolidado por doquiera la convicción de que todos los hombres son, por dignidad natural, iguales entre sí. Por lo cual, las discriminaciones raciales no encuentran ya justificación alguna, a lo menos en el plano de la razón y de la doctrina. Esto tiene una importancia extraordinaria para lograr una convivencia humana informada por los principios que hemos recordado” (n. 44). ¿Por qué el Concilio no secundó plenamente este criterio? ¿Por qué, en el Concilio, estuvo prohibido hablar del celibato y del sacerdocio femenino?

No es extraño, en consecuencia, que se alzaran voces muy significativas para llamar la atención sobre una realidad ya entonces innegable. Bastaba con un mínimo de sensibilidad para la interpretación de los signos de los tiempos. En plena discusión del esquema sobre los carismas en la Iglesia, el cardenal Suenens, Primado de Bélgica y uno de los cuatro moderadores del Concilio, lanzó este acusador grito a los padres conciliares: “¿Dónde está aquí la mitad de la humanidad?”. La situación de la mujer en la Iglesia ya le parecía, eclesial y culturalmente, insostenible por más tiempo. El sacerdocio de la mujer fue, sin embargo, un tema tabú. Lo mismo que el tema del celibato. Finalizó el Concilio y todo siguió en los mismos términos. ¿No era posible en el futuro una revalorización de la mujer en la Iglesia? ¿No era viable el sacerdocio de la mujer?

2. El impulso de la Universidad de Tubinga
Ante la orientación restauradora, que impulsaba la reforma de Derecho canónico, la dirección de la “Tübinger Theologische Quartalschrift” edita, bajo la dirección del exégeta Herbert Haag y Walter Kasper (hoy cardenal), un número especial dedicado a la mujer en la Iglesia y en la sociedad. El centro de esta toma de posición lo constituyen un artículo del canonista Heumann y las famosas dieciséis tesis de Hans Küng, que el “New York Times Magazine” (23.05.1976) tituló así: ‘Feminismo, una nueva Reforma’.

Sin duda, la más controvertida era la tesis decimoquinta:
“No existen razones teológicas serias contra el presbiterado de la mujer. La constitución exclusivamente masculina del colegio de los Doce debe ser entendida a la luz de la situación sociocultural de aquella época. Las razones que la tradición aduce para la exclusión de la mujer (el pecado entro en el mundo a través de la mujer; la mujer fue creada en segundo lugar; la mujer no ha sido creado a imagen de Dios; la mujer no es miembro de pleno derecho de la Iglesia; el tabú de la menstruación) no pueden remitirse a Jesús y son testimonio de una difamación teológica básica de la mujer. A la vista de las funciones dirigentes de mujeres en la primitiva Iglesia (Febe, Prisca) y a la vista del lugar totalmente transformado que hay la mujer ocupa en la economía, la ciencia, la cultura, el Estado y la sociedad, no debería demorarse más la admisión de la mujer al presbiterado. Jesús y la primera Iglesia se adelantaron a su tiempo en lo atingente a la valoración de la mujer; por el contrario, en este asunto, la actual Iglesia católica se encuentra muy rezagada respecto a su época, así como respecto a otras Iglesias cristianas”.

Aunque sería cortocircuitado este impulso de la prestigiosa revista alemana, ahí radicaba y radica, en gran parte, el punto central de toda la reflexión posterior hasta nuestros días. Aquí radica la solución y la salida del atolladero en que la propia Iglesia se metería de inmediato. Y lo haría (¡cómo, no!), al igual que en otros casos, a través de una interpretación maximalista del magisterio ordinario del Papa (Henry Tincq). Esto es, autoritativamente y dando el inoportuno portazo.

3. El veto al sacerdocio femenino
Como ha sido habitual en otros casos, la Iglesia oficial reaccionó en negativo mediante una Declaración (el 15 de octubre de 1976), de la Congregación para la doctrina de la fe, por encargo de Pablo VI: “… la Iglesia, por fidelidad al ejemplo de su Señor, no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal“.

A nadie puede extrañar que el cardenal inglés Basil Hume, en el marco del Sínodo sobre los laicos en 1987, participase al Aula sinodal, el siguiente sueño, que nos cuenta Henri Tincq, periodista de ‘Le Monde’. El ilustre cardenal llamó a la Nunciatura en Londres y oyó como respuesta: “La Nuncia no está. Ha ido a leer la homilía en la misa”. Ante ello, reflexiona el cardenal: “Me enteré de que en mi Iglesia las dos funciones más elevadas -la representación del papa y el comentario del Evangelio- las realizaba una mujer”. Un sueño, veinte años después del Concilio, pleno de decepción ante la realidad: Nada había cambiado ni parece que pudiese cambiar.

Más tarde, Juan Pablo II (22.05.1994), mediante la Carta Sacerdotalis ordinatio, declaró que “la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. Preguntado el Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, si la doctrina anterior de Juan Pablo II “se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe”, contestó (28.10.1995) afirmativamente.

Y aclara: “Esta doctrina exige un asentimiento definitivo, puesto que, basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal (cf. Lumen gentium, 25,2). Por consiguiente, en las presentes circunstancias, el Sumo Pontífice, al ejercer su ministerio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), ha propuesto la misma doctrina con una declaración formal, afirmando explícitamente lo que siempre, en todas partes y por todos los fieles se debe mantener, en cuanto perteneciente al depósito de la fe”. ¡Ya tenemos el término del conflicto!

4. El impulso del papa Francisco
El papa Francisco ya ha mostrado a las claras una orientación muy diferente. A la vez, ha sido muy prudente. Ha creado una Comisión para el estudio del papel de las diaconisas en los primeros siglos. Ha impulsado nombramientos significativos. Por ejemplo, el último: tres mujeres consultores de la CDF. Ha fustigado el pernicioso clericalismo. Pero, nada de todo ello significa -al menos, por ahora- la admisión de la mujer al sacerdocio.

Creo que el cambio no se producirá sin graves resistencias, conflictos y problemas. Se hará patente el riesgo de división. Habrán de actuarse dosis muy amplias de paciencia. La mujer no se conformará y tenderá a ver el diaconado como un paso adelante pero insuficiente. El argumento socio-cultural tendrá cada día más peso. Y, al final, habrá que enfrentarse abiertamente con el carácter infalible atribuido a la doctrina vigente.

Así las cosas, en un ambiente eclesial enrarecido, el Cardenal de Viena, Christoph Schönborn, particularmente próximo a Francisco, en unas recientes Declaraciones, ha indicado claramente que “… hay margen para maniobrar, también un potencial necesario para cambiar”. Y hace una propuesta coherente: “La de la ordenación [de mujeres] es una cuestión que claramente solo puede clarificarla un Concilio. No puede decidir sobre ella un Papa solo. Es una cuestión demasiado grande como para decidir sobre ella desde el escritorio de un Papa”. Propuesta que, en marzo de este mismo año, la Comisión Pontifica para América Latina, deriva hacía un Sínodo universal.
Me cuesta creer que estos dos últimos impulsos se hayan dado sin conocimiento previo del papa Francisco. Un nuevo enfrentamiento entre posiciones diferentes (depósito de la fe) está a la vista. Sin embargo, es necesario dar un paso adelante y en positivo. No caben discriminaciones en la Iglesia. ¿Se romperá la trampa?

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2018/04/24/religion-opinion-ordenacion-mujeres-discriminacion-iglesia-ratzinger-francisco-schonborn-comision-america-lati

domingo, 18 de febrero de 2018

Las Escrituras patriarcales hablan de lo femenino.


Leonardo Boff

En sus líneas básicas hay que reconocer que la tradición espiritual judeocristiana se expresa predominantemente en código patriarcal. El Dios del Primer Testamento (AT) es vivido como el Dios de los Padres, Abraham, Isaac y Jacob, y no como el Dios de Sara, de Rebeca y de Miriam. En el Segundo Testamento (NT), Dios es Padre de un Hijo único que se encarnó en la virgen María, sobre la cual el Espíritu Santo estableció una morada definitiva, cosa a la que la teología nunca dio especial atención, porque significa la asunción de María por el Espíritu Santo y de esta forma la coloca en el lado de lo Divino. Por eso se profesa que es Madre de Dios.

La Iglesia que se derivó de la herencia de Jesús está dirigida exclusivamente por hombres que detentan todos los medios de producción simbólica. La mujer durante siglos ha sido considerada como persona no-jurídica y hasta el día de hoy es excluida sistemáticamente de todas las decisiones del poder religioso. Una mujer puede ser madre de un sacerdote, de un obispo y hasta de un Papa, pero nunca podrá acceder a funciones sacerdotales. El hombre, en la figura de Jesús de Nazaret, fue divinizado, mientras la mujer se mantiene, según la teología común, como simple creatura, aunque en el caso de María haya sido Madre de Dios.

A pesar de toda esta concentración masculina y patriarcal, hay un texto del Génesis verdaderamente revolucionario, pues afirma la igualdad de los sexos y su origen divino. Se trata del relato sacerdotal (Priestercodex, escrito hacia el siglo VI-V a.C.). Ahí el autor afirma de forma contundente: “Dios creó la humanidad (Adam, en hebreo, que significa los hijos e hijas de la Tierra, derivado de adamah: tierra fértil) a su imagen y semejanza; hombre y mujer los creó”(Gn 1,27).

Como se deduce, aquí se afirma la igualdad fundamental de los sexos. Ambos anclan su origen en Dios mismo. Este solo puede ser conocido por la vía de la mujer y por la vía del hombre. Cualquier reducción de este equilibrio, distorsiona nuestro acceso a Dios y desnaturaliza nuestro conocimiento del ser humano, hombre y mujer.

En el Segundo Testamento (NT) encontramos en San Pablo la formulación de la igual dignidad de los sexos: “no hay hombre ni mujer, pues todos son uno en Cristo Jesús”(Gl 3,28). En otro lugar dice claramente: “en Cristo no hay mujer sin hombre ni hombre sin mujer; como es verdad que la mujer procede del hombre, también es verdad que el hombre procede de la mujer y todo viene de Dios”(1Cor 11,12).

Además de esto, la mujer no dejó de aparecer activamente en los textos fundadacionales. No podía ser diferente, pues siendo lo femenino estructural, siempre emerge de una u otra forma. Así en la historia de Israel surgieron mujeres políticamente activas como Miriam, Ester, Judit, Débora o antiheroínas como Dalila y Jezabel. Ana, Sara y Ruth serán siempre recordadas y honradas por el pueblo. Es inigualable el idilio, en un lenguaje altamente erótico, que rodea el amor entre el hombre y la mujer en el libro del Cantar de los Cantares.

A partir del siglo tercero a.C. la teología judaica elaboró una reflexión sobre la graciosidad de la creación y la elección del pueblo en la figura femenina de la divina Sofía (Sabiduría; cf. todo el libro de la Sabiduría y los diez primeros capítulos del libro de los Proverbios). Lo expresó bien la conocida teóloga feminista E. S. Fiorenza, “la divina Sofía es el Dios de Israel con figura de diosa”(Los orígenes cristianos a partir de la mujer, São Paulo 1992, p. 167).

Pero lo que penetró en el imaginario colectivo de la humanidad de forma devastadora fue el relato antifeminista de la creación de Eva (Gn 2, 21-25) y de la caída original (Gn 3,1-19). Literariamente el texto es tardío (en torno al año 1000 o 900 a.C). Según este relato la mujer es formada de la costilla de Adán que, al verla, exclama: “He aquí los huesos de mis huesos, la carne de mi carne; se llamará varona (ishá) porque fue sacada del varón (ish); por eso el varón dejará a su padre y a su madre para unirse a su varona, y los dos serán una sola carne” (Gn 2,23-25). El sentido originario buscaba mostrar la unidad hombre/mujer (ish-ishá) y fundamentar la monogamia. Sin embargo, esta comprensión, que en sí debería evitar la discriminación de la mujer, acabó por reforzarla. La anterioridad de Adán y la formación a partir de su costilla fue interpretada como superioridad masculina.

El relato de la caída aún es más contundentemente antifeminista: “Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer… tomó del fruto y lo comió; se lo dio también a su marido y comió; inmediatamente se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos”(Gn 3,6-7). El relato quiere mostrar etiológicamente que el mal está del lado de la humanidad y no de Dios, pero articula esa idea de tal forma que revela el antifeminismo de la cultura vigente en aquel tiempo. En el fondo interpreta a la mujer como sexo débil, por eso ella cayó y sedujo al hombre. De aquí la razón de su sumisión histórica, ahora teológicamente (ideológicamente) justificada: “estarás bajo el poder de tu marido y él te dominará” (Gn 3,16). Para la cultura patriarcal Eva será la gran seductora y la fuente del mal. En el próximo artículo veremos cómo esta narrativa machista deformó una anterior, feminista, para reforzar la supremacía del hombre.

Jesús inaugura otro tipo de relación con la mujer, lo veremos también próximamente.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito El rostro materno de Dios, Vozes 2005.

Traducción de Mª José Gavito Milano

miércoles, 12 de julio de 2017

Cardenal Marx: “El sacerdocio masculino no ayuda a presentar a la Iglesia como pionera de la igualdad”.


Obispos Enrique Albornoz, Janine Stock, J.C.Urquhart de Barros (Vista, California)

C. Doody

“Sería verdaderamente absurdo si no utilizáramos más los talentos de las mujeres”
“Necesitamos una nueva imagen de la Iglesia, liderada por hombres y mujeres trabajando juntos”
El impulso para que las mujeres tengan el espacio en el liderazgo de la Iglesia que les corresponde por dignidad humana ya cobra dimensiones cada vez mayores. El último en clamar por que se las involucre más en los altos escalafones de la jerarquía ha sido el cardenal Reinhard Marx, quien ha declarado que “necesitamos una nueva imagen de lo que la Iglesia debe ser: una Iglesia mundial liderada por hombres y mujeres de todas las culturas trabajando juntos”.

De acuerdo con lo publicado por La Croix, el purpurado alemán afirmó en un reciente encuentro de mujeres líderes de la Iglesia de Múnich que “estaríamos locos si no utilizáramos los talentos de las mujeres. De hecho, sería verdaderamente absurdo”. Un fuerte reclamo para más protagonismo femenino en círculos eclesiales de uno de los hombres más cercanos al Papa Francisco, quien sustentó su argumento en esta ocasión en el hecho de que ya hay mujeres con altos cargos eclesiales en once de las veintisiete diócesis de Alemania y en cinco de las diez austriacas, “y hay satisfacción por todos los lados”.

El arzobispo de Múnich lamentó que por el momento el sacerdocio solo esté abierto a los fieles varones, una limitación que “ciertamente no está ayudando a la Iglesia a presentarse como una pionera de la igualdad de derechos”. Tal como matizó el cardenal, no obstante, esto del sacerdocio exclusivamente masculino “no quiere decir que solo los hombres manden en la Iglesia”.
“Esto es precisamente lo que no debería ser el mensaje” de la Iglesia al mundo, insistió. “Y esta es la razón por la que quiero enfatizar que los puestos de responsabilidad y los cargos ejecutivos en la Iglesia que están abiertos a los laicos tienen que ser repartidos entre hombres y mujeres”.

Desde su sillón en el consejo asesor del Papa Francisco -el conocido como C-9- el purpurado alemán, tal y como señaló, continuará con su cruzada para que se incluyan más mujeres en puestos decisivos en la Iglesia, si bien reconoce que debido a que “hay algunos en la Iglesia que se aferran a la tradición” hay que tener “paciencia”. “Pero una cosa está clara”, prometió: “las cosas aquí [en Múnich] no serán como antes”. Cambios que, vaticinó el purpurado, podrían incluso llegar hasta el corazón del Vaticano, dadas las “buenas señales” en cuanto a la igualdad de sexos que está mandado el Papa Francisco.

domingo, 7 de mayo de 2017

"La situación de la mujer en la Iglesia es una injusticia, una pérdida y un pecado"


"La Teología de los signos de los tiempos es el futuro de la teología"
Jorge Costadoat sj: "La situación de la mujer en la Iglesia es una injusticia, una pérdida y un pecado"
"Es difícil pensar que vaya a haber un Papa como éste: audaz, que habla sin papeles"

José Manuel Vidal, 06 de mayo de 2017.-

El Papa habla sin temor a equivocarse. Algo totalmente nuevo. En consecuencia, si el papa habla y se equivoca, los demás podemos hacer lo mismo. Y no hay un drama

Jorge Costadoat, teólogo e investigador

El prestigioso teólogo jesuita chlileno, Jorge Costadoat, aúna la profundidad intelectual con una clara capacidad crítica y de denuncia profética. En esta última clave, denuncia que la situación de la mujer en la Iglesia es "una injusticia, una pérdida y un pecado". Además cree que, a largo plazo, podríamos ir hacia un "cristianismo no clerical", que el futuro de la Teología está "en la teología de los signos de los tiempos", al tiempo que reconoce la inmensa labor reformista del Papa Francisco.

El padre Jorge Costadoat está en España para presentar el libro que tiene entre sus manos titulado "Francisco: palabra profética y misión. Homilías, discursos y testimonios" editado por la revista Reflexión y liberación, por Religión Digital y por Mensajeros de la Paz, donde tiene un capítulo, porque es un libro coral escrito por mucha gente. Y con los discursos del Papa. Un libro de apoyo a Francisco, sobre todo.

Bienvenido, padre Jorge.

Muchas gracias.

¿Cuál es tu situación personal en este momento? ¿Eres el director del centro Larraín?

No, lo fui por 12 años. Y hacia el final del año pasado dejé este cargo y lo tomó Fredi Parra, que fue anteriormente decano de la facultad de Teología de la Universidad Católica en Chile. Ahora trabajo como investigador del centro.

¿Investigador de ese centro?

Sí, sigo contratado por la Universidad Católica, dedicado por completo a la investigación, y en particular hago investigación en el centro teológico Manuel Larraín.

Los nuevos vientos del papa Francisco, en tu caso, ¿no se notan?

Para nada.

Tú te viste represaliado, obligado, un poco, a dejar la missio canónica por parte del cardenal Ezzati, en momentos en los que ya estaba el Papa Francisco. Es decir, que no estamos hablando del antiguo régimen.

Sí, no pesó para nada esto del nuevo Papa. Ni siquiera siendo yo un jesuita.

¿Te dolió aquello?

Mucho, sí. La verdad es que yo estaba con tarjeta amarilla. Había tenido dificultades hace tiempo, primero, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Eso terminó hace unos 12 años. Y después, Ezzati, tres años antes de lo que ocurrió hace dos años, me había advertido que yo estaba a punto de la segunda amarilla. Nunca tuve claro de qué se trataba el problema. Fue una respuesta muy vaga y hasta ahora no sé exactamente cuál ha sido el problema.

Te sacaron la amarilla, no la roja: sigues siendo jesuita, trabajando en la universidad.

Yo nunca he tenido ningún problema con la Compañía de Jesús. El problema era la Universidad. Uno pertenece a la Universidad católica como teólogo en la medida que tiene la confianza del obispo. Es el obispo el que te da la missio canónica.

Porque la Universidad Católica pertenece al arzobispado de Santiago.

Exactamente. Entonces, cuando me cita el obispo y me dice que no me da la missio canonica, pensé que iban a echarme, simplemente. Y eso fue lo que ocurrió. Se hacía impresentable que el motivo por el que me echaban de la Universidad era que yo enseñara con mucha libertad. Decirle esto a un profesor universitario... Ocurrió en una situación de cambio universitario en Chile muy grande, que afectaba en particular a las universidades privadas.

El rector de la Universidad y el consejo superior presionaron al obispo, de modo que yo no fui echado y me dejaron como investigador.

Recuerdo que se movilizó el claustro de los profesores. Prácticamente todo el mundo a tu favor.

Sí, tuve un apoyo muy grande de los profesores.

Pusiste tierra de por medio. Te fuiste unos meses a Roma.

No, eso fue antes. Estuve cinco meses en Roma haciendo un semestre sabático. Volví en enero, y en marzo me echaron.

Veo que lo asumes con paz. Con tranquilidad.

Mira, lo mío no es el pertenecer ni hacer carrera en la Facultad de Teología. Lo mío era la Teología, y eso, nadie me lo ha impedido. Lo estoy haciendo con mucho gusto, cada vez más concentrado en la investigación. Son temas importantes para América Latina. Trabajo con un equipo en el centro Manuel Larraín. Hemos ganado concursos públicos para hacer investigación.

¿Hay dinero público para investigación teológica?

Sí. Siempre hay que entrar por concurso. Hay un concurso nacional para investigadores, fondecyt se llama, y dentro existen filosofía, sociología, etc. Teología no hay en particular, pero hay otras disciplinas, o sea, que puedes postular. Entramos por ahí, ganamos un concurso y lo acabamos de cumplir con Carlos Schickendantz, que es mi socio.

Es otro teólogo argentino-chileno.

Es argentino. Un diocesano que vive en Chile ya hace muchos años. Y también está contratado a tiempo completo para la investigación. Es el director de nuestra colección.

¿Qué estáis investigando en concreto?

La Teología de los signos de los tiempos.

Muy interesante.

Para nosotros (yo lo digo de un modo un poco exagerado), es el futuro de la Teología.

¿El futuro?

Sí, y voy a hacer otra exageración más: todas las otras teologías son auxiliares respecto de la Teología de los signos de los tiempos. Es una exageración, pero, ¿qué es lo que pasa? Que nuestra intuición es la de que uno tiene que pensar fundamentalmente en lo que Dios está diciendo hoy, en el presente.

La teología, tradicionalmente, se ha abocado a pensar en la revelación de Dios en el pasado y tal como esa revelación ha sido trasmitida en la tradición de la Iglesia por el magisterio y por los teólogos. Y eso, es perfecto, es un acervo teológico que nos sirve hoy día, pero que fundamentalmente nos sirve para fundamentar cómo Dios está actuando ahora. El Dios que habló en el pasado, sigue hablando en el presente y nosotros sentimos que lo que tenemos que interpretar, fundamentalmente, es algo en el presente. Los grandes acontecimientos de la historia.

¿Una nueva corriente teológica?

Esto comenzó con "Gaudium et spes", un documento estructurado en base a que la Iglesia responda a los grandes acontecimientos de la época. En "Gaudium et spes", lo que se detecta como el gran signo de los tiempos son las grandes transformaciones, y transformaciones aceleradas, que están ocurriendo.

Esa teología viene especialmente de Schillebeeckx, Congar... Toda esa gente que quedó en el Concilio y es el caldo de cultivo de la Teología de la liberación latinoamericana. Son quienes generan el tronco en el cual nosotros, a cierta distancia histórica, nos vinculamos.

No estamos haciendo la teología de esos años, han pasado 40 - 50 años de eso. Hay otros temas. Nosotros nos hemos centrado especialmente en los asuntos metodológicos y algunos signos en particular. Hoy por hoy, surge como muy importante el tema de la teología de la mujer. Un tema muy importante y de mucho futuro en la Iglesia. Un tema central. De hecho, también está contratada en el centro Manuel Larraín Virginia Azcuy.

¿Sí?

La teóloga. La formadora de "Teologanda", un movimiento extraordinario de teología feminista en América Latina. Y también cubre teología iberoamericana. Trabajamos juntos. Son temas que no están explícitamente en los comienzos de la Teología de la liberación, que se fueron desarrollando después.

Y todo el tema ecológico, que hace 40 años no era tema y ahora sí. Es decir, que han surgido otros temas que requieren una postura de fe liberacionista y nosotros estamos ahí. El tema emigrante, por ejemplo, también.

El emigrante, los refugiados, es decir, los nuevos signos de los tiempos.

Exacto.

El libro en el que has intervenido ¿qué objetivo persigue, en el fondo, un libro como este que recoge las homilías, los discursos, los testimonios y una serie de glosas hechas por distintos autores?

Yo tengo la impresión de que el Papa, en cierto grado, está bastante solo. Ha tenido un enorme eco en el pueblo de Dios y también en otros que no son cristianos. En el laicado, en la Iglesia en general. Pero algo ocurre; como que su pensamiento, sus gestos, no han pasado a través del episcopado o han pasado con mucha dificultad.

Hay mucha gente que tiene la sensación de que se nos está yendo un gran papa, y un papa que ha dado en el clavo de la teología y de la Iglesia latinoamericana, que es la opción por los pobres.

¿Se nos está yendo sin aprovechar?

Exacto. Y se nos puede morir y venir otro papa que no nos va a dar las señales que nos está dando Francisco. Este papa ya es, en cierto sentido, un fuera de serie: en la línea de la Iglesia latinoamericana, de lo que ha sido en su trayecto de 50 años, no hay nadie que haya acertado como él.

No obstante, él en su época no considera ser un teólogo de la liberación, tiene sus reparos contra las versiones marxistas que en ese tiempo hubo. Pero está vinculado a la Teología del pueblo argentina, que también puede considerarse una Teología de la liberación bajo ciertos respectos.

Lo interesante es, que hoy los teólogos de la liberación están todos exultantes con este papa, porque en el fondo él responde muy bien a lo que es esa corriente, que por lo demás, en ella el marxismo no es lo esencial.

Yo conozco a los teólogos latinoamericanos. En algunos sí lo fue. Incluso coquetearon con el marxismo porque no había muchas alternativas, hace cuarenta años, de cambio social, más que esa. Pero no era esencial. Lo que era esencial, y sigue siendo, es el recurso de las ciencias sociales. Porque si tú quieres auscultar la realidad, los acontecimientos de la época, para incidir en esa realidad con una mediación teológica, también necesitas la mediación de las ciencias sociales, porque si no, va a ser algo muy artesanal.

El Papa ha vuelto a colocar la categoría de opción por los pobres en el centro.

Ese es el gran descubrimiento místico y teológico, creo yo, de la iglesia latinoamericana. Fíjate que en las cuatro Conferencias Episcopales latinoamericanas, se formula y se ratifica la opción preferencial por los pobres como algo central a lo cual la Iglesia tiene que responder. Es bastante interesante porque es lo que ha ocurrido en el postconcilio latinoamericano. Es decir, la Iglesia se entiende como una iglesia regional a partir de un foco principal integrador que es la opción preferencial por los pobres. Y eso está en las cuatro Conferencias con una importancia notable, ha permeado en toda la Iglesia de América Latina.

Y eso quedó congelado en cierto momento.

En la práctica, uno podría decir que sí. Pero las Conferencias lo anunciaron, incluso la conferencia de Santo Domingo que fue una conferencia intervenida por el Vaticano. Una intervención grotesca, por cierto. Aún así, en esa Conferencia hay una ratificación de la opción por los pobres.
La ratificación teórica, quieres decir. Pero después, en el episcopado y en la pastoral, se baja el tono.
Exactamente.

Y ahora lo que está haciendo el Papa, me imagino, es recuperar eso.

Claro, ha emergido de la ceniza algo que responde a una intuición central en la Iglesia latinoamericana.

¿Puede haber una vuelta atrás? ¿Es reversible esta primavera, que estamos viviendo, en un pontificado posterior?

En la historia de la Iglesia, esto no es nuevo. Es difícil pensar que vaya a haber un Papa como este: audaz, que habla sin papeles. Parla a braccio, que dirían los italianos.

Se remanga.

Sí, y habla sin temor a equivocarse. Algo totalmente nuevo. En consecuencia, si el papa habla y se equivoca, los demás podemos hacer lo mismo. Y no hay un drama. El Papa puede ser infalible cuando habla con solemnidad, y las otras veces puede ser falible.


Él mismo lo ha dicho. La gente tendrá que entender que cuando se equivoca, está tratando de comunicarse.


Es toda una catarsis, para lo que estamos acostumbrados.


Cuando el Papa era infalible en todo, los demás teníamos que quedarnos callados. No había disidencia. Todo era vigilado, castigado.
Hay asuntos que no están en la agenda que le pusieron al Papa, y el Papa salió con ellos. Se le ha pedido que reforme la curia y está en ello. Pero salió con la opción por los pobres, y esto ha sido, a mi juicio, lo más importante. Porque, un papa no está para hacer política y aunque tiene que hacerla, es secundario. Aquí, lo importante es que el Papa anuncie el Evangelio, y lo hace.
Eso significa quebrar huevos, romper, porque el Evangelio a Jesús le costó la vida. Lo normal de un cristiano sería hablar con libertad, por eso mismo tiene problemas. Si un cristiano no tiene problemas en un mundo injusto, ¿de qué se trata?

Pero los ciclos en la Iglesia tampoco suelen ser tan cortos. Venimos de un ciclo de involución, y lo lógico sería pensar en que se repitiese otro ciclo de Juan XXIII y Pablo VI.

Lo interesante sería que se instale la tendencia. Pero en una Iglesia que tiene 2000 años, esto necesita mucho tiempo.

Porque la tendencia, a tu juicio, está calando en el pueblo. Eso, se ve evidente.

Sí, pero no sé si está calando a alto nivel, en la jerarquía. Tengo serias dudas.

En el clero, dices, en el alto y el bajo clero.

Sí. En la Iglesia, los obispos y los sacerdotes. No sé si la formación sacerdotal de hoy en día es permeable a qué tipo de ministerio. Tengo dudas.

¿Por qué les cuesta tanto dejar las antiguas inercias? Dejar los palacios, por ejemplo. En España, todos los obispos viven en palacios (slavo contadas excepciones) y el Papa, desde su principio, deja su palacio y se va a Santa Marta.

En América Latina no viven en palacios. Los obispos tienen una vida bastante discreta, hasta humilde y pobre. Es lo que he visto y esto está muy bien. El tema es la relación que establece el sacerdote con los demás. Creo que aquí hay un problema de base, tengo la impresión de que el sacerdocio y la comprensión del sacerdocio, no ha asimilado los grandes criterios del Concilio.

El gran criterio es, que el bautismo es el gran sacramento que nos iguala a todos como hermanos y hermanas. Uno puede entender que hay un ministerio sacerdotal que está al servicio del pueblo de Dios. Eso obligaría a un modo de relación distinto, de igualdad, de fraternidad y de intercambio. Todos responsables de la Iglesia y cada uno en su respecto.

Pero, si tú tienes una formación sacerdotal donde te dicen que representas a Jesucristo y tienes que enseñar, y evidentemente que los otros tienen que aprender, en esos términos, es muy difícil que el sacerdote aprenda de algo de alguien. Él lo sabe, y para eso están los seminarios, las bibliotecas y que estudie lo más posible, y el día de mañana, se va a relacionar con los demás en estos términos.

Clericalismo, funcionariado, lo que tanto denuncia el Papa.

Fatal.

Cambiar eso es muy complicado. Y si no cambia eso, tampoco cambia esta institución, que al final está muy clericalizada. ¿O no?

Sí, claro, tremendamente. Tanto que, a veces, yo digo, exagerando: ¿Hay algo peor que un cura laico? Precisamente porque no hemos tenido un laicado suficientemente adulto.

Maduro.

Maduro, adulto, que diga lo que piensa. Que cree cosas nuevas. Están todos esperando lo que venga desde arriba, de los obispos, de los sacerdotes. Porque los modos de relación, en muchos casos, no son los adecuados. Todo depende mucho de la creatividad o del permiso del clérigo.

Yo creo que deberíamos de ir todos a un modelo de Iglesia más fraternal, donde el sacerdote sea realmente un hermano y en el camino, con la creatividad de todos, ir creando una Iglesia nueva. En nuevas versiones.





Con nuevos ministerios, incluso.

Sí. Se pueden inventar cosas nuevas.

Un sacerdocio casado, por ejemplo. Por qué no admitirlo.

Evidente que sí.

El sacerdocio de la mujer, ¿tardará más?

Va a tardar más, pero creo que no hay razones teológicas con el peso suficiente para impedirlo. Y esta situación de la mujer en la Iglesia, creo que es el desafío más grande de todos.

Porque es un contrasigno de los tiempos.

Total. Ahí tienen un caso de los signos de los tiempos y de la importancia de escuchar la voz de Dios en la historia. ¿Cómo puede ser ser que las mujeres no participen en ninguna decisión importante de la Iglesia, tomada a alto nivel? Claro que dicen, después, que las mujeres en las capillas son las madres; eso, todo es verdad. Pero, que una mujer no participe en un sínodo sobre la familia y vote...

Llevaron al sínodo la voz de algunas mujeres y las escucharon. Pero no participan en las decisiones. Esto, hoy por hoy, no lo entiende ninguna joven. Ni siquiera los hombres lo entendemos.

Ya no hay institución global ninguna que no tenga mujeres. No sé si el Comité Olímpico Internacional... Pero, en todo lo demás parece que es un gran contrasigno.








viernes, 25 de julio de 2014

La Iglesia anglicana abre el camino a las obispas... ¿y Roma?


La confesión anglicana aprueba la ordenación de obispas y abre el debate del papel de la mujer en la Iglesia católica

Respecto al sacerdocio femenino, la Conferencia Episcopal afirma que es "una puerta cerrada"

Varias teólogas piden que la Iglesia se amolde a los tiempos, porque "pierde credibilidad ante el mundo"

"No será fácil porque a un sacerdote que se le niega el sexo y el dinero solo le queda el poder, y donde más poder tienen es sobre las mujeres. El cura es el gallo en el corral

"La semana pasada el Sínodo General de la Iglesia Anglicana aprobó la ordenación de mujeres obispo, un paso más en el camino emprendido en 1992, cuando por primera vez en la historia una confesión cristiana logró consagrar sacerdotes del sexo femenino. Con este gesto se rompía uno de los grandes tabúes en el cristianismo, que hasta ese momento se aferraba como un solo hombre –nunca mejor dicho– a la idea peregrina de que (estamos hablando de la Jerusalén del siglo I) como los evangelios no citan la presencia de ninguna mujer en la cena de Jueves Santo, los únicos que pueden ser sacerdotes son hombres.

Sin entrar en que, incluso en la Palestina del primer siglo, Jesús se dejó acompañar por igual por hombres y mujeres, y que tanto María como la Magdalena o las hermanas de Lázaro formaban parte del grupo de discípulos de Cristo, lo cierto es que el paso dado por la Iglesia anglicana supone un antes y un después, una de esas decisiones que marcan el futuro de una institución. ¿Y en la Iglesia católica qué?

Roma se encuentra a años luz de la situación que se vive en la Iglesia de Inglaterra. En la Iglesia católica el papel de la mujer –más de la mitad de los católicos del mundo son mujeres– es residual y limitado al servicio y no a la presencia en órganos de poder. Aunque el propio papa Francisco ha sugerido la posibilidad de que pueda haber mujeres en cargos de responsabilidad en la Santa Sede –incluso se especula con la posibilidad de que la reforma de la Curia pueda acabar colocando a una mujer al frente de un dicasterio vaticano, o que el Papa nombre cardenal (no es un cargo sacramental) a una religiosa o laica–, la cuestión del sacerdocio femenino no se ha tocado.

"Es una puerta cerrada", aseguran fuentes de la Conferencia Episcopal, que citan una carta escrita por Juan Pablo II en la década de los ochenta. Y si el sacerdocio femenino parece una quimera, su ordenación episcopal supone poco menos que un triple salto mortal en una institución poco acostumbrada a los cambios.


Voces enfrentadas ante los cambios

"Veo la decisión con esperanza", subraya Emilia Robles, responsable de Proconcil, teóloga y casada con Emilio Pintos, uno de los pocos curas españoles que sigue en activo después de contraer matrimonio. "Personalmente me parece acorde, tanto con una visión eclesial y evangélica como con el sentir de sociedades democráticas y paritarias". Asume que la decisión puede provocar "disensos" en el seno de la comunidad anglicana, especialmente en los sectores más conservadores y cercanos a Roma.

De hecho, la decisión, que no ha sido comentada oficialmente por la Santa Sede, sí fue contestada por el director de L'Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, quien declaró que la ordenación de obispas "es un evento grave que complica el camino ecuménico".

"El camino en la Iglesia católica, sin duda, será distinto del de la Iglesia anglicana, a otros ritmos e incluyendo otros debates", subraya Robles. Entre los católicos, más que en términos de reivindicación "mujeres curas" o "sacerdotes casados", "estos planteamientos siguen una visión clerical, que no tiene en cuenta a las comunidades", explica. En su opinión, es necesario "que dialoguemos sobre qué ministros se necesitan, para servir a qué comunidades, para alimentar qué Iglesia y al servicio de qué mundo".



No será fácil porque a un sacerdote que se le niega el sexo y el dinero solo le queda el poder, y donde más poder tienen es sobre las mujeres. El cura es el gallo en el corral

Desde Proconcil se establecen otras prioridades, distintas a las del acceso de la mujer al sacerdocio sin más. "Si tuviera que apuntar algunas prioridades en el proceso de reflexión serían: que todas las comunidades del mundo tengan acceso a la eucaristía; que las comunidades y los propios ministros ordenados se desclericalicen; que todos y todas puedan poner los dones y carismas que el Espíritu les da al servicio de la comunidad; que los procesos locales se vean promovidos, acompañados en libertad y refrendados cuando se vean positivos, por la Iglesia universal. Y que se considere cuánto podemos aprender juntos con otras iglesias hermanas que tienen otras experiencias ministeriales que les enriquecen".

Pese a todo, sigue mirando el futuro con esperanza: "Juntos, conociendo las diferentes tradiciones y trayectorias, podemos avanzar. Espero que podamos hacer pronto una reformulación de los ministerios mucho más inclusiva con los laicos, con los casados, con las mujeres… Tal vez hoy nos cuesta imaginarlo, pero me parece un momento eclesial propicio, además de ineludible. No se puede seguir asfixiando al espíritu".
En contra del "signo de los tiempos"

La teóloga y escritora Isabel Gómez Acebo se muestra "encantada con la idea", pues "el evangelio se tiene que amoldar a los signos de los tiempos". "De hecho, así ha ocurrido otras veces. Un ejemplo claro es el de la esclavitud permitida en el Nuevo Testamento y que hoy es impensable. Pero la Iglesia es lenta: a finales del XIX, cuando la campaña abolicionista, todavía seguía diciendo que la esclavitud no era contraria a la ley de Dios".

Sobre la decisión tomada por los anglicanos, Gómez Acebo incide en que "los protestantes siempre han estado en la vanguardia con unas tesis que ha acabado reconociendo la Iglesia católica", de modo que lo lógico sería "darle un toque de normalidad" a la medida.

"Además, el único impedimento que hoy sigue en pie (los otros se han ido desmoronando) es la tradición de que no ha habido mujeres ordenadas (una tradición con pequeñas fisuras e interrogantes). Pero más tradición de que el papado es vitalicio... y Benedicto XVI se la ha saltado porque convenía", constata la teóloga, quien sí ve problemas de aceptación de las mujeres sacerdotes en la casta clerical. "No será fácil porque a un sacerdote que se le niega el sexo y el dinero solo le queda el poder, y donde más poder tienen es sobre las mujeres. El cura es el gallo en el corral".

El debate, en todo caso, está planteado, y teólogos como Xabier Pikaza denuncian que la prohibición del acceso al sacerdocio para la mujer "es un pecado contra el Espíritu de Cristo y contra los signos de los tiempos". "Me duele la situación actual de la mujer en la Iglesia o, más que dolerme, estoy cansada", explica la teóloga Dolores Aleixandre.

Para otra teóloga, María José Arana, "las mujeres han permanecido en la Iglesia como las grandes ausentes, una ausencia que perdura hasta nuestros días. Evidentemente la ausencia de las mujeres empobrece enormemente a la Iglesia en múltiples aspectos y en sí misma; pero además pierde credibilidad ante el mundo que va despertando rápidamente en estos aspectos y ante los cuales la Iglesia debería brillar con su ejemplo y alumbrar caminos nuevos".

Fuente: eldiario.es

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La Iglesia no fue machista en sus inicios.


LA APÓSTOL JUNIA


Mikel Arizaleta

No hace mucho tropecé con una reflexión por escrito del gran exegeta Gerd Lüdemann, estudioso de los dos primeros siglos del cristianismo y catedrático de la Universidad alemana de Gotinga, que sostenía lo siguiente:
Desde el punto de vista eclesial del siglo II, que se apoya en los Evangelios del Nuevo Testamento escritos entre el 70 y el 100 d. de Cristo, Jesucristo fundó su comunidad sobre la base de los apóstoles.
A estos eligió él al inicio de su actividad en Galilea. Como testigos de la “resurrección” los apóstoles más tarde nombrarían obispos sucesores, que ocuparían sus puestos y continuarían la actividad de Cristo.
Y como Jesucristo debió elegir para el colegio de apóstoles sólo hombres, las mujeres quedaron excluidas, desde el inicio de la Iglesia , del episcopado y también del sacerdocio, que es lo que viene rigiendo en la Iglesia católico-romana y entre los ortodoxos griegos hasta nuestros días. Pero los protestantes en Alemania ya no siguen este ejemplo, desde 1991 las iglesias regionales evangélicas ordenan a mujeres y van transfiriendo también a ellas, cada vez en mayor medida, el episcopado. Hasta ahora se viene echando en falta para este paso una fundamentación bíblica comprensible.
Algo que no extraña en vista del patriarcalismo, que impregna numerosos textos del Nuevo Testamento. Ejemplo ilustrativo son las cartas pastorales (primera y segunda a Timoteo, carta a Tito) de un discípulo de Pablo a inicios del siglo II. Indica a las mujeres que guarden silencio en la reunión de la comunidad o en actos religiosos, y les ordena someterse a sus maridos. Las mujeres deben parir hijos y alcanzarán la salvación en el juicio final si “perseveran con discreción y prudencia en la fe, el amor y la santidad”.
Las cartas del Pablo histórico, que proceden de la época entre el 40 (primera a los tesalonicenses) y el 55 d. de Cristo (a los romanos) ofrecen otra imagen. Por entonces hubo mujeres organizadoras de la comunidad –así Febe en Cencreas, encomendada por Pablo a la comunidad de Roma-, Prisca -empresaria con su marido Aquila en tiendas de lona- también participó en la actividad misionera de Pablo. También conocemos a profetisas de Corintio; el los actos religiosos exhortaban “a la edificación” y consolaban a otros cristianos. Las cartas de Pablo contienen además una sensacional prueba de que también una mujer es adecuada para apóstol.
Al final de la carta a los romanos, Pablo en el cap. 16, v. 7 manda saludos a “Andrónico y Junia (s), mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo”.
Hasta hace poco a las dos personas, a las que envía saludos y que según Pablo entre los apóstoles ocupaban un puesto destacado, se las tenía por hombres. No se tenía en cuenta el acusativo Iounian, que estaba escrito sin acento en los manuscritos más antiguos, impresos con letras mayúsculas con un acento circunflejo en la última vocal alfa = Iouniân. Según eso Pablo saludaría a Andrónico y a Junias, forma acortada de Junianus. El que esta idea fue muy extendida se muestra en que se encuentra en las traducciones del Nuevo Testamento destinadas al uso eclesial (Lutero, traducción estándar, la Nueva Biblia de Jerusalén), pero también en la edición científica usual del Nuevo Testamento de Nestle-Aland, 27 edic. Pero esta tesis es insostenible a juicio de la mayoría de especialistas.
Primero, porque los padres griegos de la Iglesia , sin excepción, consideran que Iounian es nombre de mujer, segundo, “Ionias”, como forma recortada o abreviada del usual nombre de varón “Junianus”, no existe por ahora prueba alguna y, tercero, el nombre de mujer “Junia” era muy común en la antigüedad. Que es lo que ocurre en nuestro caso si en lugar del circunflejo sobre la última alfa se coloca el acento agudo en la i: Ionían.
La prueba de que Pablo en la carta a los romanos manda saludos a Junia y no a Junias significa que una mujer era ya en la época del cristianismo primigenio apóstol. ¿Qué tipo de apóstol? La expresión “apóstol de las comunidades”, que Pablo usa en otros lugares para denominar a los enviados temporalmente de una comunidad no se hace a modo de parangón. Pablo utiliza de modo absoluto en este caso el concepto de “apóstol”. Andrónico y Junia pudieron ser perfectamente apóstoles como Pablo y pertenecer al grupo de “los apóstoles”. Pablo denomina a este grupo en la primera carta a los corintios, cap. 15 v. 7dentro de un relato histórico resumido, que tiene el formato de declaración y que se introduce en el círculo de los apóstoles: Cristo se apareció primero a Kefas (Pedro), luego a los doce, luego a más de 500, luego a Santiago, luego a todos los apóstoles y al final a Pablo.
Según Pablo el mismo “resucitado” legitima el apostolado de Andronico y Junia, y al matrimonio se le ha conferido el mismo poder de dirección y enseñanza apostólica que a él mismo y a los citados en ese relato histórico resumido. Pablo escribe que Andrónico y Junia, sus parientes, eran cristianos ya antes que él (según la cronología corriente: entre el 30 y el 33 d. de Cristo). Les conoce desde tiempo y había sido también alguna vez encarcelado con ellos. Y como la conversión de Pablo, tal como supone la carta a los gálatas, ocurrió en Damasco, este matrimonio pudo aceptar la fe cristiana también en la metrópoli del sur de Siria.
Junia no fue la única apóstol en tiempos del cristianismo primigenio; hubo otras de las cuales sin embargo no se conservan noticias. De ahí que resulte importante que Junia perteneciera al círculo apostólico más antiguo, que se constituyó ya al poco de la “resurrección” de Jesucristo. Lo que hace que se desplome como un castillo de naipes el viejo dogma de 2000 años de que Jesucristo fundó la Iglesia sobre la base de un círculo apostólico sólo de hombres, descubriendo un cristianismo hasta ahora desconocido, que fascinará también a los protestantes.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.