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domingo, 28 de julio de 2013

La ambición del cuento.

Ilustración de Matías Bergara

Qué modesto es el cuento! ¡Cuánta sencillez en sus maneras! Toma asiento discretamente, con los ojos bajos, como si intentara pasar inadvertido. Y si pudiera llamar la atención de algún modo, diría rápidamente, con una valiente y tímida voz de leve autoescarnio, al tanto de todas las posibilidades de la decepción: "Mira, yo no soy una novela.

Steven Millhauser

Ni siquiera una novela corta. Si eso es lo que estás buscando, no me necesitas". Rara vez una forma ha dominado tanto a otra. Y entendemos, asentimos en señal de complicidad: aquí, en Estados Unidos, el tamaño es poder.

La novela es el Wal-Mart, el increíble Hulk, el 747 de la literatura. La novela es insaciable: quiere devorar al mundo. ¿Qué es lo que queda para el pobre cuento? Puede cultivar su jardín, practicar la meditación, regar los geranios en las ventanas. Puede tomar un curso de escritura creativa de no ficción. Puede hacer cualquier cosa con tal de que no olvide su lugar, con tal de que permanezca inmóvil y fuera del camino. "¡Epa, epa!", grita la novela, "¡aquí vengo!". El cuento siempre está buscando refugio. La novela compra toda la tierra, corta los árboles, construye los condominios. El cuento va saltando por el jardín, se apretuja bajo la cerca. (…)

La novela difícilmente puede contenerse a sí misma. Después de todo, ¿qué diferencia hace? Es puro bla, bla, bla. Lo que a la novela le preocupa es la vastedad, el poder. Muy en el fondo de su corazón desprecia al cuento, que ocupa tan poco. No tiene disposición para la austeridad del cuento, para su poco apetito, para sus negativas y renuncias. La novela quiere cosas. Quiere territorio. Quiere abarcar el mundo. La perfección es el consuelo de aquellos que no tienen nada más.

Mucho mejor para el cuento. Modesto en sus pretensiones, tímidamente orgulloso de sus pequeñas virtudes, un poquito ansioso en relación con su desfachatado rival, se contenta con sentarse en la fila de atrás y dejar que la novela se haga con el mundo. Y sin embargo, sin embargo… Esa pose tan modesta, esas miraditas de reojo, ¿no contienen un toque de astucia? ¿Podría ser que el tímido cuento se atreva a tener expectativas propias? Si es así, nunca las admitirá de frente, debido a un constante hábito de secretismo alimentado por la opresión. En un mundo regido por novelas presuntuosas, la pequeñez ha aprendido a buscar su camino con cautela. Debemos intuir su secreto. Imagino al cuento albergando un deseo. Lo imagino diciéndole a la novela: "Puedes tenerlo todo… todo…; lo único que yo pido es un grano de arena". La novela, con un indiferente encogimiento de hombros, un encogimiento jovial pero despreciativo, concede el deseo.

Pero el grano de arena es la puerta de escape del relato. El grano de arena es su salvación. Tomo el ejemplo de William Blake: "Ver un mundo en un grano de arena". Piensen en ello: el mundo en un grano de arena. Lo que es decir: cada parte del mundo, no importa lo pequeña que sea, contiene al mundo por entero. O para plantearlo de otra forma: si pones tu atención en alguna, aparentemente, insignificante parte porción del mundo, encontrarás, muy al fondo, nada menos que al mundo mismo. En ese solo grano de arena descansa la playa que contiene al grano de arena. En ese solo grano de arena descansa el océano que golpea la playa, la nave que surca el océano, el sol que ilumina la nave, las tormentas interestelares, una cuchara de té en Kansas, la estructura del universo. Y ahí tienes la ambición del cuento, la terrible ambición que yace tras su fraudulenta modestia: encarnar sucesivamente al mundo entero. (…)

La novela quiere arrasar todo con su poderoso abrazo -orillas, montañas, continentes. Pero nunca tendrá éxito, pues el mundo es mucho más vasto que una novela, el mundo huye a cada momento. La novela salta sin descanso de un lugar a otro, siempre hambrienta, siempre insatisfecha, siempre temerosa de llegar a su fin -porque cuando se detenga, exhausta pero nunca en paz, el mundo se le habrá escapado. El cuento se concentra en su grano de arena, en la fiera creencia de que ahí - justo ahí, en la palma de su mano- yace el universo. Busca reconocer al grano de arena de la misma manera que un amante busca conocer el rostro del amado. Busca el momento en que el grano de arena revele su verdadera naturaleza. En ese momento de mística expansión, cuando la macrocósmica flor brota de la microcósmica semilla, el cuento siente su poder. Es más grande que él mismo. Y se vuelve aún más grande que la novela. Se vuelve tan grande como el universo. Ahí dentro reside la inmodestia del cuento, su secreta agresión. Su método es la revelación. Su pequeñez es el agente de su poder.

Fuente: elpais.com.uy

viernes, 21 de diciembre de 2012

El cuento del fin del mundo.




· Hasta la NASA ha tenido que desmentir el cataclismo, y en Rusia se vende con éxito un kit de emergencia

· Pruebas débiles agitan fantasías fuertes. Pero todo parece indicar que el planeta no se acabará más de lo que se está acabando

Los mayas pronosticaron que el 21 de diciembre del 2012 el planeta llegaría al final de uno de sus ciclos. El premiado escritor mexicano y colaborador de EL PERIÓDICO se sumerge en este artículo en las claves de la profecía y concluye que, en realidad, los únicos amenazados son los indígenas de un pueblo y una cultura que hoy viven en la miseria.

Juan Villoro 
El Periódico19/12/2012

El turismo del Juicio Final ha abarrotado los hoteles de Guatemala y Yucatán para el21 de diciembre. Los sibaritas de la catástrofe desean presenciar en primera fila, y con servicio a cuartos, la destrucción de todas las cosas.

Unos se proponen alcanzar el clímax de la aniquilación y otros llegar a un promisorio más allá. Quienes creen en los atractivos de la vida eterna, asumen el apocalipsiscomo una oportunidad de cargarse de energía para un mejor futuro. Otros admiten la posibilidad de una afortunada mutación: mi amiga Katy quiere ser una rubia fabulosa en el más allá y mi amigo Chacho un espíritu esclarecido (como ese paraíso será menos discriminatorio que el nuestro, las alternativas no son excluyentes: ahí una rubia fabulosa podrá ser apreciada como un espíritu esclarecido).

¿Qué visos de realidad tiene el fin del mundo? El pasado mes de junio recorrí la zona maya y entrevisté a arqueólogos, restauradores y epigrafistas para el programa de televisión Piedras que hablan, que transmite la televisión cultural de México. Ningún especialista aceptó la fantasía del cataclismo.

La tradición maya habla de ciclos de regeneración. Rodeados de un ecosistema inestable, que atribuían a la conducta de deidades de caprichosa exigencia, los antiguos pobladores de la península de Yucatán y de Centroamérica trataron de pacificar el cosmos a través de sacrificios. De acuerdo con su cosmogonía, los dioses habían creado al hombre para que él los preservara: la sangre derramada en un altar alimentaba a seres sagrados que controlaban la lluvia y el decurso de los astros. En ese entorno, la ciencia era una con la religión; los conocimientos astronómicos del pueblo que inventó el 0 reforzaban una concepción divina del universo, ordenado en ruedas calendáricas.

Fin del mundo


Los mayas temían las furias atmosféricas que los castigaron con tormentas y sequías. A ellos debemos la palabra huracán, y la última página del Códice de Dresde muestra los excesos a los que es proclive la naturaleza. Esto no significa que su visión del mundo admita un punto final. Para los mayas, lo que se desintegra reaparece de otro modo. La idea de un desenlace absoluto es cristiana y tiene por máxima expresión el Apocalipsis de Juan. El anhelado reino del Señor requiere de tabula rasa, un Juicio Final. La concepción de que el destino tiene una meta definida favorece a los publicistas del último día. Nostradamus pronosticó sugerentes formas de acabar la vida con espanto y la palabra más conocida de la lengua alemana es kaput. Creer que lo peor puede pasar es una forma paradójica de valorar la existencia. Si el final del viaje está a la vista, el presente vale más.

La primera noticia que tuve del apocalipsis maya vino del escritor catalán Jordi Sierra Fabra, tan prolífico que su bibliografía debería ser catalogada por un astrónomo maya (ya llegó a los 400 títulos). En su entretenida novela El enigma maya explica que el 21 de diciembre del 2012 concluye el baktun 13, ciclo iniciado 144.000 días antes. ¿Qué sucederá en ese momento? Ajeno al tremendismo que se ha puesto de moda, Sierra Fabra opta por un venturoso encuentro del «tercer tipo» en las ruinas de Palenque.

Pruebas y fantasías


Son pocas las pruebas históricas que avalen lo que traerá el fin de esta cuenta larga. La más citada es el Monumento 6, estela hallada en la zona arqueológica de Tortuguero, Tabasco, al sureste de México. Actualmente, la pieza se encuentra en el Museo Carlos Pellicer de Villahermosa. Sus glifos señalan el término del baktun 13, pero no dicen que el 14 sea imposible (concepción ajena a la mente maya). Por desgracia, las pruebas débiles despiertan fantasías fuertes.

En clave esotérica, el mundo antiguo es un archivo que asombra y asusta. El baktun que empezó el 13 de agosto del año 3114 a. C. ha cobrado insólita actualidad y los 12 días que faltan para el 21 fatal se presentan como una cuenta atrás. No hay duda de que la cosmofobia sería menos popular sin la contribución de Hollywood, cuyos efectos especiales acaban con todo sin alterar la realidad. Los abusos que el marqués de Sade ideó para Justine son caricias en comparación con los que Nueva York ha sufrido en manos de los cineastas. Incendiada, recorrida por monstruos, ahogada bajo un tsunami, congelada por una nueva era glacial, entregada a cucarachas radiactivas, ocupada por simios, la ciudad que nunca duerme ha sido el fotogénico muladar de los profetas de los últimos días.

El aerolito que lo cambió todo


Obviamente, los espectadores que disfrutan de destrucciones mientras comen palomitas no piensan que eso pueda ocurrir en su barrio. Para eso está el tercer mundo o, más específicamente, la península de Yucatán, donde se encuentra la huella de un inmenso aerolito que cambió el clima antediluviano y contribuyó a exterminar a los dinosaurios. Un destino perfecto para el turismo terminal.

Pero los dioses mayas se han negado a apoyar la causa. Chac sigue a cargo de la lluvia, Yum Kax lucha porque el maíz no sea transgénico y los Bacabes recorren el cielo sin hallar señas ominosas. Además, Felipe Calderón, Señor de la Destrucción, ya es expresidente de México y se fue del país.

A falta de pruebas mayas, los publicistas del terror buscan ayuda en otras cosmogonías y hablan de Nibiru, planeta vagabundo que supuestamente colisionará con la Tierra. Una vez más el peligro se prestigia con un toque arcaico (Nibiru es un dios mesopotámico, lo cual lleva a suponer que dentro de unos milenios la gente se podrá asustar con un planeta bautizado como una deidad mediática del arcaico siglo XXI: Rihanna o Cristiano Ronaldo).

Curiosamente, la conmoción ha afectado a los dos países que en otro tiempo disputaron la supremacía del espacio exterior. Uno pensaría que las potencias que pusieron en órbita a cosmonautas y astronautas son menos supersticiosas sobre lo que ocurre allá afuera. Sin embargo, Rusia ha sido presa del pánico y un kit de emergencia se vende como pan caliente (incluye una botella de vodka, fósforos y una libreta para describir cómo se acabó el mundo). Por su parte, Estados Unidos ha sucumbido a tal vértigo de la incertidumbre que la NASA ha tenido que informar de que el universo es el mismo de siempre. Las inscripciones mayas se han descifrado casi en su totalidad y ninguna dice: «Houston, tenemos un problema».

El verdadero apocalipsis


Todo parece indicar que el 21 de diciembre el mundo no se acabará más de lo que se está acabando. El verdadero apocalipsis maya es el que padecen los herederos de quienes construyeron las pirámides. José Huchim, uno de los pocos arqueólogos de origen maya, que trabaja en la zona de Chichén Itzá, me dijo en junio pasado: «Estas piedras solo se entenderán cuando las interpreten los mayas». La falta de acceso a la educación aparta a los pobladores de la zona de los mensajes de sus ancestros.

En enero de 1994, la insurrección zapatista en Chiapas llamó a incluir a los indígenas en el desarrollo. El levantamiento señaló que, mientras se firmaba un Tratado de Libre Comercio con EEUU y Canadá, los pueblos indios vivían en la miseria. Esa causa no ha obtenido respuesta. Dentro de dos años se cumplirá otra cuenta calendárica, un katún, 20 años de lucha contra la exclusión y la injusticia.

A propuesta del subcomandante Marcos, las discusiones entre el Gobierno y elEjército Zapatista ocurrieron en una cancha de baloncesto. Aunque el escenario parecía inocuo, se trataba de la representación contemporánea del juego de pelota, deporte ritual del mundo maya que sintetiza la dualidad del universo. El resultado del diálogo fueron los Acuerdos de San Andrés, que garantizan la autonomía cultural de las comunidades indígenas. Firmados el 16 de febrero de 1996, no se convirtieron en ley ni entraron en vigor.

El juego de la pelota


En el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas quichés, los hombres deciden su destino cósmico en el juego de pelota. Ante las canastas de baloncesto, los zapatistas buscaron decidir su destino histórico. El auténtico desafío no es el fin de la Tierra sino de una cultura. Quienes aún hablan maya viven un apocalipsis cotidiano. Venerados como piezas de museo, carecen de presente. Mito de la creación, el Popol-Vuh expresó el enigma del comienzo: «Este es el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, tranquilo, y los espacios celestes estaban vacíos». Los mayas del periodo clásico son historia. Los mayas actuales no tienen historia. El apocalipsis no es lo que puede ocurrir, sino lo que debe terminar.

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Información relacionada: 

 


Fuente: Chacatorex

sábado, 17 de diciembre de 2011

'Un cuento de Navidad' de Charles Dickens.



A quién no se le ablanda el corazón cuando escucha villancicos o ve “Qué bello es vivir” en Nochebuena. O quién no recrea sus propios fantasmas del pasado haciendo balance a final de año. Pues a más de un Scrooge, seguro. ‘A Christmas Carol’ es la popular novela corta de Charles Dickens que se ha traducido al castellano como ‘Canción de Navidad’ o ‘Un cuento de Navidad’. Se trata de todo un clásico, escrito en 1843, en el que se aborda el tema del poder de la Navidad y los buenos sentimientos en esta época.
Cada año por estas fechas podemos ver en televisión alguna de las decenas de adaptaciones que han recreado este cuento, desde dibujos animados fieles al relato original a las más variadas actualizaciones del tema, incluso en clave de comedia. Pero no por ello deja de agradar al lector, que encontrará en ‘Un cuento de Navidad’ una narración amena y con un trasfondo social que nos traslada a la realidad del Reino Unido durante la revolución industrial en el siglo XIX.
Así, descubrimos la existencia miserable de los trabajadores y las capas más bajas de la sociedad, una realidad que Dickens bien conocía y deseaba cambiar. Bondad y caridad podrían remediar algunos de los grandes males de la época, como el maltrato a los niños, la explotación de los obreros, la mendicidad, la prostitución…
En el relato se tratan temas tan actuales como las diferencias sociales entre ricos y pobres, desde la burguesía, pasando por los trabajadores hasta llegar a los niveles denigrantes y miserables plasmados con una mirada naturalista. También aparecen reflejadas actitudes como la avaricia, la bondad, el maltrato, el amor, la alegría, la indolencia y la crítica. Probablemente en la actualidad Dickens podría escribir una obra similar, ¿no os parece?

Estructura de ‘Un cuento de Navidad’

La obra se estructura en tres apartados que se han convertido en arquetipos para tantas historias de regeneración:
  • El Prefacio, que narra como el protagonista, Scrooge, se muestra como un viejo avaro que no celebra la Navidad sin importar lo que pase.
  • Los Espíritus: se le van apareciendo a Scrooge distintos espíritus que recorren el tiempo para mostrarle lo que fue y lo que será. Son el primero, el segundo y el último de los tres espíritus, que van de la luminosidad del primero a lo negro y tenebroso del tercero. El del Pasado le recuerda a Scrooge cómo vivía antes de ser avaro y apático con la Navidad, contrastada. El espíritu del Presente cuenta cómo se celebra la Navidad en su país, su familia y el de la de su empleado Cratchit que es muy feliz, así como los dos niños. El del Futuro le presenta la tragedia de la ruina de Scrooge, la vista de su tumba y de la desgracia de otros personajes.
  • La Conclusión, que relata el cambio de Scrooge cuando celebra la Navidad con regocijo y alegría.

El protagonista

Ebenezer Scrooge es uno de los personajes más representativos de Charles Dickens. Los “fantasmas”, cada uno con su personalidad (o más bien espiritualidad), le revelan aspectos olvidados de su pasado, ignorados de su presente y temidos de su futuro. Scrooge llega a confiar en los dos primeros espíritus, mientras que con el último, el que le revela su destino fatal, hay un choque brusco, necesario para que se produzca el cambio.
Los personajes son arquetipos y antagónicos, lo cual acerca la obra a la parábola y ofrece una visión maniquea de la realidad (no olvidemos que estamos ante un cuento), aunque sin alejarnos en exceso de “la realidad” de los caracteres. Scrooge está en el “bando de los malos” con todo lo peor, mientras que otros personajes se oponen a él como humildes, generosos, compasivos… Claro, que al final se redime y el personaje en el que nunca veríamos un atisbo de bondad pasa a ser el héroe.
La transformación del personaje es posible a través de un examen de su vida. A pesar de que Ebenezer confiesa: “me es muy difícil cambiar, puesto que siempre he sido así”, la visión de futuro desolador le hace dar un vuelco a su vida. Me pregunto cuán diferente sería el mundo si pudiéramos asomarnos a nuestro futuro…
Este cuento de final (cómo no) feliz y optimista está marcado por una combinación de realismo y elementos de la novela gótica (misterio, terror, lo sobrenatural), junto a la recreación de los sentimientos y el lirismo descriptivo. ‘Un cuento de Navidad’ de Charles Dickens es una lectura para estas fechas, y para cualquier otra, un libro atemporal que hará que revisemos nuestros espíritus navideños, al menos los pasados y los presentes.
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