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martes, 1 de diciembre de 2015

Amistad, amistad; más allá de los ecumenismos estrechos.



Muchas veces he sido blanco de enconadas críticas por mis compromisos pastorales a favor de la unidad de las iglesias. Soy pastor y teólogo bautista y, como tal, para muchos de mis amigos y amigas es sumamente criticable que participe en acciones conjuntas con la Iglesia Católica, que predique en iglesias que no son las de mi tradición denominacional o, peor aún, que trabaje en proyectos interreligiosos, así estos sean de corte social y solidario.

Así estamos: los evangélicos prefieren relacionarse con evangélicos, los católicos reunirse con católicos, los pentecostales congregarse con sus hermanos pentecostales y los neopentecostales celebrar con los fieles de su propia megaiglesia. Y lo más grave es que a esto lo llaman fidelidad a la sana doctrina, entereza teológica y lealtad cristiana. ¡Vea usted!

En mi caso, aprendí muy temprano, en la convulsionada Colombia de los años 80, que la unidad no solo es deseable —como anhelo escatológico futuro—, sino necesaria y urgente —como proyecto misionero presente—, sobre todo si lo que buscamos como personas de fe es contribuir en la construcción de un mundo que se parezca más al mundo con el que sueña el Creador: justo, solidario y en paz (Shalom), donde nuestras diferencias confesionales no sean vistas como obstáculo, sino como una riqueza creativa para juntar las manos y servir en favor del sueño de la reconciliación, que es el sueño del Reino.

John F. Kennedy expresaba con lucidez: «Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas». Kennedy no presumía de teólogo; fue lo que fue, pero ¡cuánto servicio nos presta su frase para una labor teológica y pastoral en medio de nuestro mundo plagado de hostilidades absurdas!

A propósito de mis opciones interconfesionales e interreligiosas, guardo como tesoro inapreciable las amistades que he hecho durante estos más de 35 años de peregrinaje a favor de la unidad; comencé muy joven, por allá en 1980. La amistad ha sido mi mejor recompensa: amigos y amigas de una iglesia y de la otra, gente con opiniones teológicas contrarias a las mías (pero gente, al fin y al cabo), hermanos y hermanas de diferentes confesiones y denominaciones que dicen lo que yo nunca diría y hacen lo que yo jamás haría (pero hermanos y hermanas, al fin y al cabo).

Mis convicciones bautistas, mis opciones evangélicas y mis principios cristianos han crecido a la par de mi vocación ecuménica (aunque, dicho sea de paso, nunca he sido miembro institucional de ningún organismo ecuménico). Sea la oportunidad de agradecerles a todos su espléndida amistad.

En estos días, mientras pensaba en estos temas, revisé en mi biblioteca un libro que me regaló con su autógrafo mi amigo el pastor Héctor P. Torres (ver fotografía adjunta); eso fue el año pasado mientras estábamos en Miami, en la Feria Cristiana de EXPOLIT. Héctor, para los pocos que no lo conocen, es uno de los pioneros en América Latina de la doctrina de la guerra espiritual, la cartografía de demonios, la teología de la prosperidad y otras especulaciones teológicas (perdón, Héctor). Ha escrito varios libros (algunos de ellos con Peter Wagner), ha ofrecido cientos de conferencias y predicado miles de sermones sobre esos temas. Poco tengo que ver con estas enseñanzas, pero mucho que hacer con gente como Héctor. Lo conocí hace muchos años; he discutido con él varias veces; trabajamos juntos en la creación de una red latinoamericana de oración. Pese a las diferencias, mantenemos la amistad; por encima de los desacuerdos teológicos, valoramos nuestra común vocación de servicio a las iglesias; él a su manera y yo a la mía. Nuestras divergencias no impiden nuestro afecto, ni las contrariedades el respeto mutuo.

Agustín de Hipona enseñaba: «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad» [In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas]. Y hoy, el nombre de la caridad es la amistad; amistad ecuménica que de testimonio del amor de Dios en todo. Amistad que vaya más allá de donde suelen ir los ecumenismos estrechos.

Harold Segura C., pastor y teólogo colombiano, Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International. Reside en San José, Costa Rica.

jueves, 1 de enero de 2015

Política y religión en Uruguay.


por Nicolás Iglesias Schneider

El modelo de laicidad que buscaba excluir lo religioso del análisis o la discusión pública, que está en transformación y que -en pos de una sociedad más plural e inclusiva- esta dimensión del ser humano -en tanto sujeto y colectivo- nos presenta varios desafíos [sic]. El siguiente artículo busca abordar algunas aristas de los complejos vínculos que existen entre la fe, la religión, la política y la sociedad.

La política y la religión no pueden verse como casilleros estancos. Tampoco es posible comprender el mundo en que vivimos si no tomamos en cuenta hechos históricos, cambios religiosos, que revolucionaron la forma de comprender lo trascendente y lo terrenal. Existen encuentros y desencuentros históricos que se expresan cotidianamente en nuestro país, en esta relación de fe religión, política y sociedad.

Aunque el imaginario sobre el “Uruguay laico” de matriz francesa y jacobina está en rotundo cambio, aún pesan las visiones de que la religión es parte del espacio privado, que no debe meterse en la cosa pública y que la “religión” no es un tema para preguntar en un censo o para hablar en la escuela pública.

En Uruguay tenemos sobrados ejemplos de cómo lo religioso ha estado presente en la política: la colonia, la formación del estadonación, la llegada de los migrantes de diversos continentes, la separación de la Iglesia Católica y el Estado, la resistencia a la dictadura y su legitimación, hasta hoy en día.

Siempre lo religioso y lo político han estado en un diálogo y a veces en franca convivencia. Inclusive esto sucede en el país considerado más secularizado de América Latina, o donde estudios recientes sobre religión como el Pew Research Center muestran que los uruguayos y las uruguayas tienen el nivel más bajo de compromiso religioso del continente.

Este dato del “Uruguay secularizado” se ve relativizado ante la presencia de las expresiones religiosas en la vida cotidiana de las personas, en los temas de actualidad e inclusive en el parlamento. Un ejemplo podría ser el de la participación pública de diversos religiosos en el debate sobre la baja de la edad de imputabilidad penal, donde se eencontraron pastores, obispos, maes, sacerdotes, referentes judíos y otros religiosos de acuerdo en el “No” a la reforma constitucional.

Así mismo vuelven a tener presencia pública, las declaraciones desde filas religiosas en torno a la “diversidad sexual”, y se logra al menos momentáneamente frenar el impulso del Estado en el tema.
Por esto decimos que no podemos comprender lo político sin una mirada desde la variable religiosa, ya que la fe moldea la mirada sobre el mundo de cada individuo y de los colectivos.

Quizás para la tradición católica (mayoritaria en nuestro país), para algunos grupos protestantes históricos o para la colectividad judía con una fuerte inserción política, no es una novedad encontrar parlamentarios creyentes en los diversos partidos. Pero el parlamento recién electo, muestra de una forma clara cómo expresiones religiosas que antes no habían tenido una expresión política parlamentaria, ahora incursionan de forma explícita en lo político a partir de su identidad religiosa.

La llegada de forma conjunta (pero en partidos opuestos) de la mae Susana por el Frente Amplio y del pastor Dastugue de Misión Vida (neopentecostal) por el Partido Nacional, no es una coincidencia “divina” o “caída del cielo”. Representa un proceso social y cultural que nuestro país está viviendo, donde lo religioso se ha puesto en juego en la arena política y pública.

Esto ya ha sido expuesto como un cambio significativo en el vínculo religión-política en la investigación que se encuentra en: dioseslocos. org. A  partir de esto se desprenden nuevas preguntas, sobre cómo se comportaran los actores políticos vinculados a diversos grupos religiosos.
¿Cómo se vincularán las opiniones e influencia de los colectivos religiosos en las decisiones políticas de los legisladores? ¿Cuál es el papel de las religiones y sus líderes en las discusiones sobre temas de agenda política y social?

El hecho religioso siempre fue político, pero en este momento histórico, el cambio está dado en que algunos grupos religiosos toman en cuenta su capacidad política incluso en las urnas y no dejan su discurso religioso encerrado en las paredes de los templos, sino que lo llevan a lo público. Las religiones no están haciendo política solo cuando participan electoralmente de forma organizada, como es el caso paradigmático de Brasil, con una bancada evangélica de 80 diputados o una ferviente evangélica, candidata a presidente como fue Marina Silva.

En nuestro país podemos relevar diversas expresiones de la participación política de las religiones. Algunos ejemplos son: el trabajo con el Instituto Nacional de Rehabilitación, templos interreligiosos y un protocolo para la atención de la vida religiosa en las cárceles, decenas de organizaciones basadas en la fe que -de forma cotidianahacen política pública gestionando políticas sociales en convenio con el Estado, el abordaje que las comunidades religiosas están haciendo en temas como consumo problemático de drogas y la experiencia del diálogo interreligioso uruguayo que elabora una agenda política desde los diversos grupos religiosos.

Todas estas intervenciones de lo religioso en lo público y lo político, desafiando los límites tradicionales de la laicidad a la uruguaya nos generan más preguntas que respuestas. ¿Hasta dónde llegaran los cambios del espacio religioso uruguayo? ¿Cómo reaccionarán los grupos que no ven “de buena manera” estos cambios? ¿Cuál es el rol del Estado y su vínculo con lo religioso en el Uruguay del siglo XXI?

martes, 22 de enero de 2013

Tissa Balasuriya: el teólogo del diálogo interreligioso.


por 

Enviado a la página web de Redes Cristianas


El pasado 17 de de enero se apagaba en Colombo la voz de Tissa Balasuriya, nacido en 1924 en Kahatagasdigiliya (Sri Lanka), tras un largo recorrido vital, intelectual y académico por todos los continentes y por los diferentes campos del saber. Era uno de los teólogos católicos más prestigiosos del continente asiático. Gozaba de una excelente formación interdisciplinar, que le permitía hablar con autoridad sobre economía, ecología, teología, sociología, filosofía, etc. Su primera titulación fue en Economía en 1945, que completó con un postgrado en Economía Agrícola en la universidad de Oxford. En la Universidad Gregoriana de Roma obtuvo dos licenciaturas: en Filosofía y Teología, que posteriormente amplió en el Instituto Católico de París y en la Facultad de Sociología de París. Pertenecía a los Oblatos de María Inmaculada.
En la década de los setenta creó el Centro para la Sociedad y la Religión, lugar de formación y debate de prestigiosos políticos, académicos y estudiantes de las diferentes tendencias ideológicas sobre los problemas económicos, sociales, políticos y religiosos a escala nacional e internacional. Por esos mismos años fundó con otros colegas la Asociación Ecuménica de Teólogas y Teólogos del Tercer Mundo, que agrupa a figuras relevantes de la teología de la liberación de Asia, África y América Latina.
Su teología se ubica en el horizonte de las tradiciones culturales y religiosas asiáticas en diálogo fecundo y mutuamente interpelante con el cristianismo, religión minoritaria en Asia. Es una teología que cuestiona la universalidad de la teología occidental, libera el discurso religioso del colonialismo cultural y lo reubica en el contexto del pluriverso religioso. El resultado de dicha inversión hermenéutica es una reflexión teológica no dogmática, pluralista, en diálogo interreligioso e intercultural y crítica del neoliberalismo.
Una de sus obras más emblemáticas es María y la liberación humana, donde reformula algunos de los dogmas sobre María de Nazaret, como la virginidad y la maternidad divina, cuestiona la doctrina del pecado original, subraya el carácter revolucionario del Magnificat y presenta a la madre de Jesús como la mujer fuerte que acompaña a su hijo hasta el momento de su ejecución. El libro debe leerse en el contexto en el que se escribió: el continente asiático multirreligioso, multicultural y multiétnico, caracterizado por la injusticia estructural y la múltiple conflictividad. El Vaticano lo consideró plagado de errores, lo condenó y obligó al teólogo a firmar la siguiente profesión de fe sexista: “Reconozco que Cristo, al llamar solo a hombres como apóstoles suyos, no se guió por motivos sociológicos y culturales propios de su tiempo, sino que actuó de forma totalmente libre y soberana. Por eso, acepto y creo firmemente que la Iglesia no tiene la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres”.
Balasuriya se negó a firmarla y el cardenal Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, le notificó la excomunión ratificada por el papa. La excomunión debió pesar mucho sobre la conciencia de ambos mandatarios del Vaticano, ya que posteriormente le fue levantada, no sin antes exigirle que en adelante sometiera sus textos a la censura eclesiástica. Balasuriya no admitió los errores de los que se le acusaba y siguió interviniendo en numerosos foros de teología de la liberación, como el celebrado en Porto Alegre de 2005, donde le conocí personalmente.
Para evitar comportamientos autoritarios similares en el futuro y sufrimientos innecesarios en las personas injustamente condenadas, la alternativa a la excomunión no es otra que el diálogo intra- e interreligioso, como proponía Raimon Panikkar, pionero de la teología y de la filosofía interculturales. Ese es el mejor legado que nos deja el teólogo de Sri Lanka, ahora fallecido.
Juan José Tamayo es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus últimas obras son Otra teología es posible (Herder, 2012, 2ª ed.) e Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Trotta, 2012).
(EL PAÍS, 22 de enero de 2013)