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sábado, 16 de julio de 2016

¿Cómo se vive la vida cristiana? (VI).


Según la Biblia, el cristiano tiene tres enemigos. Ellos son
 el mundo, la carne
 y el diablo.

Según Pedro, si seguimos constantemente estos siete pasos, podemos esperar mucho (2 Pedro 1:8-11). No seremos improductivos en nuestro conocimiento de Cristo ni en nuestra relación con Él (v. 8). No seremos ciegos hasta el punto de no ver lo mucho que Dios ha hecho por nosotros (v. 9). Con nuestra diligencia y acción demostraremos nuestra fe y la llevaremos a la madurez (v. 10). No tropezaremos ni nos caeremos por el camino en lo que respecta a nuestro progreso y peregrinación espiritual (v. 10). Podemos esperar con gozo una amplia y triunfante entrada al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (v. 11). 

Por lo que a Pedro concernía, valía la pena vivir y morir por estos resultados. Eran algo que él quería enseñar a aquellos que habían comenzado la vida cristiana, pero que se habían desviado
 por el camino.


6. Lo que los 7 pasos no son 

1. No son cronológicos El dar estos siete pasos no implica que solo se pueda trabajar en uno a la vez. No es cuestión de virtud en enero, conocimiento en febrero y dominio propioen marzo. Todos están demasiado entrelazados como para poder separarlos. Lo que hacen los siete pasos es esto: nos muestran que Dios no busca en nosotros simplemente amor, o fe, o conocimiento. Busca todas estas características porque se combinan para producir una experiencia cristiana completa, equilibrada y progresiva. 

2. No son exhaustivos. No lo dicen todo, pero son amplios. El resto de los principios bíblicos se puede arreglar bajo estos siete peldaños. Por ejemplo, la necesidad de orar es una cuestión de «conocimiento». 

3. No son un atajo al crecimiento espiritual. No hay ninguna forma fácil de pasar rápidamente por ninguno de estos niveles. Por eso, Pedro enfatizaba la importancia de poner en ello toda diligencia. La vida cristiana exige tanto esfuerzo como cualquier otra cosa que valga la pena hacer. 

4. No son para uso exclusivo de uno. Así como Pedro recibió este conocimiento del Señor
y lo transmitió a otros, es importante que podamos «enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:1-2). Bajo esta luz, esperamos que la explicación de estas páginas te guíen a ayudar a otros a entender lo que se necesita para vivir la vida cristiana. ¡Cuidado! Hay peligro ahí afuera Ahora que hemos examinado «El plan de Pedro» para vivir la vida cristiana, tenemos que considerar algunas de las razones por las que este plan es difícil de seguir. Según la Biblia, el cristiano tiene tres enemigos. Ellos son
(1) el mundo, (2) la carne
 y (3) el diablo. Tenemos que comprender lo que son para poder defendernos de ellos. 


EL MUNDO: EL ENEMIGO QUE NOS RODEA 

Cuando el apóstol Juan les dijo a los cristianos que no amaran el mundo (1 Juan 2:15-17), identificó a un enemigo real pero impersonal. Cuando empleó el término «mundo» tenía en mente todo lo que a nuestro alrededor compite con el Padre celestial. El mundo, en este sentido, representa todos los factores materiales, físicos y sociales que compiten con Dios por nuestra atención y afectos. 

LA CARNE: EL ENEMIGO DENTRO DE NOSOTROS 
 

Los escritores del Nuevo Testamento nos advierten acerca de un segundo enemigo: la carne. (Véanse Romanos 7:18,25; 8:1; 13:14; Gálatas 5:17-24; 6:8; Colosenses 2:23). El término «carne» se refiere en muchos pasajes a los deseos egoístas y autogratificantes de nuestros cuerpos físicos. Pero parece que eso no es todo. Otros versículos la identifican como una inclinación hostil hacia Dios en nuestro interior, la «ley del pecado» (Romanos 7:23). Se opone a los nobles deseos que provienen del Espíritu Santo y a la nueva vida que Él ha puesto en nosotros por medio del nuevo nacimiento. 


EL DIABLO: EL ENEMIGO QUE ESTÁ ENCIMA
DE NOSOTROS
 

El tercer enemigo, el diablo, es un decidido oponente de todo crecimiento espiritual. Según Pedro, «como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Es el padre de la mentira (Juan 8:44) y tiene una gran hueste de colaboradores dispuesta contra nosotros (Efesios 6:12). Sin embargo, Satanás no puede quebrantar nuestra confianza en Dios ni nuestro amor por Él a menos que le demos la oportunidad (Santiago 4:7). Aunque se trata de un enemigo formidable, no tenemos que aturdirnos en derrota espiritual por su culpa. Tenemos esta promesa: «Mayor es el que está en vosotros [el Espíritu Santo] que el que está en el mundo [Satanás]» (1 Juan 4:4). Al rendirnos al Espíritu Santo podemos experimentar la victoria espiritual por medio de su poder. «Resistid al diablo —escribió Santiago— y huirá de vosotros» (4:7). 

(Continuaremos en próximos artículos.) (Artículos extraídos y adaptados del librito How do you live the Christian Life, publicado por Ministerios Nuestro Pan Diario en su serie Tiempo de Buscar. 

Puedes encontrar este y otros libritos sobre diferentes temas en: 
http://nuestropandiario.org/2009/09/serie-tiempo-de-buscar/ 
El link para la descarga de este librito en concreto es: 

http://d38mwqd0l2astu.cloudfront.net/files/2011/01/SS702_VidaCristiana.pdf?7489a8 

Si deseas más información, puedes escribirnos a espana@odb.org.
 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Entre Dios y el Diablo: Espiritualidad, identidad y literatura latinoamericana.


Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña el mundo.

Es víspera de Dios.

Está uniendo en nosotros sus pedazos.

Olga Orozco

“Desdoblamiento en máscara de todos”

Los juegos peligrosos (1962)

Ningún acercamiento académico al tema crucial de las identidades y las espiritualidades latinoamericanas y caribeñas puede reclamar integridad si no incorpora la importancia crucial que en las creaciones culturales y literarias de nuestros pueblos tienen las diversas religiosidades que habitan su imaginación colectiva, incluyendo en palco prominente, pero no exclusivo ni excluyente, la cristiana.

¿Cómo discutir, por ejemplo, El reino de este mundo (1949), de Alejo Carpentier,Hombres de maíz (1949), de Miguel Ángel Asturias, Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo,Las buenas conciencias (1959), de Carlos Fuentes, Hijo de hombre (1960), de Augusto Roa Bastos o Todas las sangres (1964), de José María Arguedas sin analizar la presencia acuciante, en las angustias de los seres humanos ahí descritos, de las religiosidades que pueblan el imaginario espiritual de nuestros países, su intrincada red de símbolos, tradiciones sagradas, creencias y ritos, su caudal de temores y esperanzas, los que, a la postre, adoban además las identidades comunitarias? Sería como pretender estudiar la trayectoria literaria de James Joyce evadiendo su confrontación con el intenso catolicismo irlandés, tan brillantemente expuesta en A Portrait of the Artist as a Young Man (1916). O reducir el análisis de Resurrección (1899), la gran obra del anciano Tolstoi, a disquisiciones de crítica literaria eludiendo su dramático conflicto religioso con la Iglesia Ortodoxa rusa y su ansiosa búsqueda de un cristianismo más cercano al Jesús de los Evangelios. O discutir Beloved (1987), de la magistral Toni Morrison, desligada de la rica tradición religiosa afroamericana, tan preñada de las miserias de la esclavitud y las ilusiones de libertad. Sería tan absurdo como enfrentarse a la obra literaria de Chaim Potok o Isaac Bashevis Singer a la vez que se soslaya el estudio a profundidad de los fascinantes laberintos recorridos por la espiritualidad hebrea en la diáspora, en sus esfuerzos por encarnar su fidelidad al celoso Dios de Israel en un mundo secular extraño y hostil, evocando con nostalgia, a través de tantas adversidades históricas, su identidad de pueblo escogido y siervo sufriente.

Debemos aprender a percibir, en las diversas creaciones culturales, aquellas que expresan con excelencia estética y hondura existencial las angustias y aspiraciones de una comunidad, las que traen a flor de piel las atroces y pavorosas arrugas de las expresiones históricas de la religiosidad, y, simultáneamente, las reservas excepcionales de fe, esperanza y amor que surgen de las espiritualidades de nuestros pueblos. ¿Cómo no temblar ante los terribles rostros de las religiosidades latinoamericanas y caribeñas que se insinúan en obras como Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, El siglo de las luces (1961), de Alejo Carpentier, La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes,La ciudad y los perros (1962), de Mario Vargas Llosa, Oficio de tinieblas (1962), de Rosario Castellanos, y Paradiso (1966), de José Lezama Lima, entre otras? ¿Cómo evitar no sobrecogerse ante la imagen de Dios que en ellas propugna el cristianismo oficial?

¿Cómo no captar, por el contrario, en su interioridad, los profundos clamores de esperanza en el Dios de liberación, las ansias que pugnan por plasmarse en la dolida historia iberoamericana forjando una religiosidad solidaria y compasiva? Por algo, la consagración a la teología profética la recibe Gustavo Gutiérrez de la pluma desgarrada y suicida de su compatriota José María Arguedas, cuando el gran novelista, al final de su novela inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo (1969), le convoca a proclamar al Dios libertador, a fin de que las calandrias de solidaridad entonen la clausura del dios del miedo y la opresión.

¿Es la cultura latinoamericana, en sus profundidades espirituales, auténticamente cristiana? Esa pregunta ha sido tema de larga, intensa y, con frecuencia, amarga controversia. Desde el siglo dieciséis, las respuestas son diversas y divergentes. Gerónimo de Mendieta, misionero español, franciscano, escribiendo a fines de ese siglo [Historia eclesiástica indiana (1596)], elogia la gran victoria que para la causa del evangelio había significado la conquista de México. Percibe un designio providencial divino en la peculiar coincidencia de que el mismo año en que Satanás había llevado a cabo dos ataques vigorosos contra el reino de Dios – la inauguración del Templo Mayor azteca, consagrado, según Mendieta, con el sacrificio de decenas de miles de víctimas humanas y el nacimiento de Martín Lutero, atroz agente, según el pío franciscano, del Diablo – naciese Hernán Cortés, quien ganaría más almas para la cristiandad que las perdidas en el Templo Mayor y el luteranismo. Cortés fue, según Mendieta, un nuevo Moisés, elegido por Dios para conducir al pueblo indígena mexicano de la sujeción a Satanás a la tierra prometida del evangelio cristiano. La cristianización del Nuevo Mundo es señal de la victoria definitiva de Dios y de la fe cristiana, cuya plena manifestación, en el ocaso de los tiempos, es inminente. Es una visión de triunfo para la cristiandad, preludio de la victoria final en la cercana consumación de la historia.

En las postrimerías de ese mismo siglo, otro misionero español franciscano, Bernardino de Sahagún, en medio de una extraordinaria obra dedicada al estudio de la cultura ancestral indígena mexicana [Historia general de las cosas de Nueva España (1582)], emite un juicio más sombrío, menos triunfalista, sobre la evangelización de las comunidades nativas. En una breve digresión que rompe la secuencia de su narración, Sahagún se horroriza ante la ruptura de la disciplina ética y la dignidad que había antaño caracterizado al pueblo azteca. “Perdióse todo el regimiento que tenían”, es su lamento amargo. Al erradicarse precipitadamente, por idolátrico, el culto religioso tradicional de los pueblos nativos, se ha lacerado profundamente su cultura, identidad y espiritualidad. El historiador franciscano se enfrenta a un dilema complejo: en pueblos para los que el culto es núcleo medular de su cultura, ¿cómo extirpar su religiosidad sin herir gravemente sus virtudes culturales y éticas? Sahagún no parece tener la respuesta definitiva, pero tampoco está dispuesto a ocultar su profunda desilusión ante lo acontecido. Su actitud contrasta con la de Mendieta: la evangelización de México no ha redundado en la auténtica cristianización de las comunidades nativas.

Las apreciaciones divergentes de Mendieta y Sahagún se replican innumerables veces en la historia cultural de nuestro continente. En medio de Hijo de hombre, su gran novela heterodoxamente cristológica, Augusto Roa Bastos lanza la siguiente aseveración:

“Evidentemente, la memoria tiene su retórica de lugares comunes, de imágenes litúrgicas en el trasfondo – en el bajofondo – que nos legó la aculturación evangelizadora. Los reflejos condicionados del Nuevo Testamento funcionan a todo vapor en las capas callosas del sentimiento religioso que es la verdadera levadura de nuestra cultura mestiza. Todo el lenguaje castellano y guaraní, o su mezcla, ha sido “evangelizado”, ha quedado prisionero del Santo Sepulcro, entre los miasmas de la Redención. No podemos escapar.”

Roa Bastos, por un lado, afirma la cristianización, en el bajofondo, a profundidad, de la cultura latinoamericana mestiza, popular, a causa de la “aculturación evangelizadora”. Por el otro lado, sin embargo, se da cuenta de la distancia que media entre los ideales de la fe y sus distorsiones históricas, lo que Alfred Loisy, en otro tiempo y lugar, catalogó como la diferencia clave entre la prédica del reino de Dios, propia de Jesús, y su resultado empírico, la hegemonía de la iglesia. Por ello, su énfasis es ambiguo y oscila entre el reconocimiento a la evangelización del lenguaje popular, el castellano y el indígena (en su caso, el guaraní) y su caracterización de ella como miasma aprisionadora. Hijo de hombre señala, trascendiendo la ambigüedad y la ironía, un sendero de sacrificio cristológico, de imitatio Christi, más allá de las fronteras institucionales eclesiásticas. Es, por tanto, como lo sugiere el título, una recuperación del tema clásico, pero siempre inquietante y rebelde, del Jesucristo que se enfrenta al templo y a sus sacerdotes. Lo que conlleva, inevitablemente, su crucifixión.

Pero, en nuestra espiritualidad e identidad latinoamericanas, la crucifixión es el preludio de la resurrección, como esperanza escatológica. Rigoberta Menchú, indígena quiché, es la protagonista de una aventura excepcional de fe, valor y afirmación de un pueblo, su cultura y su religiosidad. Su testimonio litera­rio, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1985), surge de los dolores y esperanzas de su pueblo. Es una endecha al tormento y a la muerte; es también un canto a la vida de quienes el guatemalteco Miguel Ángel Asturias llamó hombres de maíz y, acorde con estos tiempos de mayor equidad, nosotros llamamos hombres y mujeres de maíz. Es, además, una hermosa exposición, trazada con inmenso orgullo de ser lo que se es, de las ricas tradiciones espirituales de las comunidades quichés. También es un himno literario de esperanza en la resurrección de los pueblos autóctonos, su identidad cultural y su espiritualidad religiosa. Este texto quizá pueda leerse como el reverso de esperanza del trágico fatalismo sobre el destino de los pueblos mayas chiapanecos que encontramos en Oficio de tinieblas (1962), la conmovedora novela de Rosario Castellanos.

Alguien ha dicho que en muchos de nuestros países las élites criollas y blancas idolatrizan como paradigmas simbólicos de la nacionalidad a figuras indígenas, siempre y cuando éstas hayan muerto siglos atrás, al mismo tiempo que menosprecian a sus actuales descendientes. Después de Rigoberta Menchú, nadie debe poner en duda la inmensa dignidad de la cultura de los pueblos originarios ni la integridad de sus formas peculiares de vivir, sentir y pensar su espiritualidad. Tampoco, debemos añadir, después de Rigoberta Menchú, debía quedar duda alguna sobre la facultad extraordinaria de las mujeres para representar con elegancia literaria los pesares y las ensoñaciones de sus pueblos. Su libro conjuga, desde una maltratada y excluida perspectiva femenina, la armonía estética, el sentimiento genuino de la cultura indígena, con la reflexión teológica acerca de los senderos de Dios y la fe en la dolorida y trágica historia latinoamericana.

En este contexto, es quizá pertinente llamar la atención a la rica creatividad literaria de las escritoras latinoamericanas durante las postrimerías del siglo pasado. Permítaseme aludir a dos ejemplos destacados poco conocidos fuera de sus contextos nacionales. Los libros de Tatiana Lobo, Asalto al paraíso (1992), Entre Dios y el diablo(1993) y Calypso (1996), constituyen un impresionante buceo en las profundidades de la pluralidad étnica, cultural y espiritual de las identidades femeninas costarricenses. La puertorriqueña Ángela López Borrero es una escritora fascinante que conjuga, en dos hermosos libros de relatos cortos, Amantes de Dios (1996) y En el nombre del Hijo (1998), como quizá nadie más en nuestros lares, la prosa poética, la lectura sugestiva y novedosa de los textos bíblicos canónicos y el erotismo no divorciado de una espiritualidad honda y genuina. Acaba de publicar, dicho sea de paso, La Iluminada(2013), una novela en la que prosigue, en diversos linderos de tiempo y espacio, sus provocadoras convergencias de sensibilidad femenina y espiritualidad indómita y rebelde.

No puede leerse a ninguna de estas escritoras, entre muchas otras, sin admirarnos ante la enorme capacidad de nuestros pueblos de trazarse, en el destino de sus historias de penurias y añoranzas, senderos literarios que cultivan una auténtica espiritualidad en nada cercana a las tradiciones ortodoxas de sumisión. De su imaginación e inteligencia surge un esfuerzo audaz y tenaz de liberar nuestra imaginación religiosa de vestigios coloniales y forjar horizontes genuinos y amplios para nuestras identidades comunitarias y personales. Empresa que de rodillas, rasgando las vestiduras y con cenizas en el rostro, nos permite clamar:

Alguien, yo arrodillada: rasgué mis vestiduras

Y colmé de cenizas mi cabeza.

Lloro por esa patria que no he tenido nunca,

La patria que edifica la angustia en el desierto…

Rosario Castellanos

“Muro de lamentaciones”

De la vigilia estéril (1950)


Luis Rivera-Pagán


Profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999), Essays from the Diaspora (2002), Fe y cultura en Puerto Rico (2002) y Teología y cultura en América Latina (2009).


miércoles, 24 de julio de 2013

Lo tanático en la sociedad actual.




J. M. González Campa


Es éste un tema trascendente; pero, lo que es todavía más importante, transhistórico. La Revelación divina, que trasciende el tiempo histórico y el espacio cósmico, nos presenta, al hablarnos de la realidad ontogénica del mundo, la confrontación dialéctica entre el Bien y el Mal; confrontación desde la perspectiva de aquellas cosas«… que eran en el Principio». El Bien y el Mal devienen (y explican) toda la Historia del Mundo (kosmos) y de la Humanidad (antropos).
Pero el enfrentamiento dialéctico Bien-Mal trasciende la Historia (y la Prehistoria), para hundir sus raíces en la misma esencia del SER (Dios) y de sus criaturas (los ángeles y los hombres).
El Bien, lo BUENO, se identifica plenamente con Dios mismo. Así fue como lo hizo explícito, a los hombres, el Señor Jesucristo: «¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios» (Mr. 10:18). El sentido del original griego no es tanto «bueno» sino «El Bueno». En definitiva, «El Bueno» o «El Bien» es sólo UNO: Dios. El libro de Génesis empieza diciéndonos: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). Nosotros podríamos interpretar dicho texto así… «en el principio creó EL BUENO (El Bien Personificado) los cielos y la tierra.» Es, además, interesante remarcar, desde el punto de vista teológico y exegético, que el término «creó» corresponde a un vocablo hebreo (bara) que significa «que Dios (Elohim) creó (bara) por primera vez algo nuevo y maravilloso». Por consiguiente, el Mal tiene una génesis posterior a este momento ontogénico.
El Mal también está personificado en la Revelación divina. Los libros de Isaías (cap. 14:4-20) y de Ezequiel (cap. 28:12-19) nos presentan aspectos complementarios del momento, trascendente, en que emerge a la superficie de la experiencia personal (ángeles) y cósmica, el MAL (en términos teológicos estrictos «el PECADO»). La Revelación Bíblica, especialmente en el Antiguo Testamento pero también en el Nuevo, enseña que hay dos mundos: el visible y el invisible (He. 11:3); pero, además, la Biblia enseña que las autoridades de este mundo «que se ve» (gobernadores, reyes, príncipes, etc.) están controladas o subordinadas a otras autoridades o potestades «del mundo que no se ve» (los demonios), según encontramos en Isaías 14, Ezequiel 28, Daniel 10, Juan 8, Romanos 1 y Efesios 6. En este sentido, la Escritura enmarca el nacimiento del pecado (griego «amartia» =error, fracaso, frustración) como surgiendo del «corazón» de un ser, excepcional, a nivel del mundo invisible. Dice Ezequiel 28:12-13. Pasando del prototipo (el rey de Tiro) al verdadero arquetipo (un ángel o querubín llamado Lucero o Lucifer en la versión latina de la Vulgata): «Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste… los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación.» (Hebreo= bara). Y añade en los versos 15-16: «Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado (hebreo bara) hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y PECASTE; por lo que te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.» Por todo el pasaje de Ezequiel 28, así como de Isaías 14, entendemos las diversas motivaciones que tuvo aquel ser privilegiado, aquel UNGIDO del Señor (el término «grande» de Ezequiel 28:14 significa en hebreo «ungido») llamado Lucero, para convertirse en Satanás y Diablo, el enemigo y adversario de Dios. Su deseo más sublime era aquel que expresa Isaías 14:13-14: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… y seré SEMEJANTE AL ALTÍSIMO…
Las aspiraciones de Satanás no se vieron coronadas por el éxito, tal y como él ambicionaba, pero consiguió alterar la homeostasis (equilibrio armónico) de la creación, de forma más que significativa. Perdió PODER («¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la Mañana!» Is. 14:12; «…yo le eché del Monte de Dios» Ez. 28:16) pero adquirió PODERES. Una parte de seres angélicos se sumaron a su causa y se constituyeron en demonios (Ap. 12:3-4) y agentes, con poder, realizadores del mal en toda la creación cósmica (Le. 11:15 y 18); por otro lado, se institucionalizaron, al menos, las siguientes realidades, que constituyen armas poderosísimas en manos del Diablo: El pecado, la ciencia, las religiones, la política, las riquezas y la muerte.
Diversos nombres, del Diablo, dan a entender la trascendencia social, política, económica, moral, biológica, anímica y espiritual (pneumática) de sus poderes. La Revelación de Dios le reconoce como «príncipe de los demonios» (Mt. 13:24-27); «príncipe de la potestad (o autoridades) del aire» (Ef. 2:2); «príncipe de este mundo» (griego kosmos =SISTEMA de este mundo) (Jn. 12:31; 14:30 y 16:11) y «Dios de este siglo» (2ª Cor. 4:4). Todos estos títulos, aun reconocidos por el Hijo del hombre cuando vivió en esta tierra, le invisten de autoridad y poder hasta el extremo de convertirse en un enemigo capaz de enfrentarse al mismo Dios. Veamos, pues, cómo el Diablo dinamiza y ejercita sus importantes poderes, y cómo Dios se los desestructura y neutraliza.
El Pecado
El pecado es la primera arma que el Diablo genera «en sí mismo» (Ez. 28:15-16). El primer «ungido» (Ez. 28:14) que Dios crea, el querubín grande, que era el sello de la perfección, se contamina por el pecado y se «llena de maldad». A partir de este momento ya no podrá servir  a Dios, como agente que le canalice y proyecte en el cosmos. El Supremo Hacedor crea, entonces, a otro «ungido» (El hombre) a su imagen y semejanza (Gn. 1:26-31).
Por Santiago 3:9 entendemos que, de todos los seres, personales, que Dios había creado, incluido aquel personaje extraordinario de Ezequiel 28, el «Hombre» era la criatura «que más se parecía a Dios.» El hombre se constituyó en EL SER EN EL MUNDO que serviría como canal,  través del cual Dios pudiera proyectar su Gloria y Trascendencia a toda la creación (Sal. 8). Este nuevo «Ungido» de Dios, es el medio a través del cual Dios quiere actuar en la Historia.
Durante algún tiempo, el hombre es un buen hilo conductor de la gracia y de la gloria del Señor; pero el Diablo, dispuesto a seguir intentando la desestructuración de los Planes de Dios, concibe una idea genial: colocar en el interior del hombre, en la esfera de su intimidad, UN DISPOSITIVO que, automáticamente, responda a los deseos de su propio corazón. Para conseguirlo, se acerca al hombre y le inocula el pecado (griego amartia: error, fracaso y frustración. Gn. 3:1-5). El pecado produce una desestructuración absoluta del hombre; desestructuración orgánica y biológica (somática), desestructuración emocional y afectiva (psíquica) y desestructuración espiritual (pneumática). El hombre, imagen de Dios, por la acción peristática del diablo (la introducción del amartia-pecado en el antropos-hombre) se «convierte» en el viejo hombre, en carne. Esta transformación de la naturaleza humana tiene, como elemento cardinal y antropocéntrico, la creación en la esfera de la intimidad, en el corazón del hombre, de una realidad llamada INCONSCIENTE (Sal. 139:23-24; Mr. 7:20-23; Ro. 7:15-21), por la que aparecen nuevos contenidos en el campo del espíritu y se cambian otros preexistentes. El hombre va a ser gobernado desde el inconsciente, desde su corazón; y las motivaciones que desde el mismo emerjan, se ajustarán a los deseos del Adán «caído», que vendrán a coincidir con las del mismo enemigo de Dios: el diablo (Jn. 8:36-44). Así pues, el Diablo ha colocado una central de repetición en el centro de la personalidad humana, y la maneja a su antojo. Consiguientemente, por inclinación natural, el hombre no obra la voluntad de Dios, sino la del diablo.
El segundo «ungido» que aparece en la Revelación de Dios «se rompe» desde dentro hacia fuera, se desestructura y se transforma en un canal, a través del cual la realidad de Dios ya no se puede proyectar en el mundo (Ro. 1:18).
Pero, aún hay más. Cuando el diablo se reveló contra Dios no consiguió la trascendencia amártica (amartia = pecado), que ocasionó la «Caída» del hombre: «Por tanto… el pecado (el error, el fracaso y la frustración) entró en el mundo (kosmos) por un hombre (antropos)…»; es decir, la desestructuración amártica del hombre supuso, también, la de toda la creación (Ro. 5:12 y Ro. 8:19-23). El poder del diablo opera en esta dimensión cósmica y para ponerle límites, y volver a «reconciliar» todas las cosas con Dios, («así las que están en los cielos como las que están en la tierra» Co. 1:20), es necesario la introducción, en el mundo, del tercer UNGIDO: El Señor Jesucristo, que con su muerte vicaria resuelve esta situación, y recobra para Dios del poder del diablo, como segundo Adán, lo que el primero había perdido (1ª Co. 15:21-22 y 45, 47).
La Ciencia
Las motivaciones del diablo fueron presentadas al hombre con gran sagacidad. El árbol de laciencia del bien y del mal fue el centro de su estrategia. Era un árbol «… bueno para comer…agradable a los ojos y… codiciable para alcanzar la sabiduría…» (Gn. 3:6). Ante el hombre estaba la posibilidad de ampliar el campo y los contenidos de su conciencia. Tienen razón algunos científicos, cuando dicen que el hombre «realizó» un gran acto de libertad al comer del árbol de la ciencia; pero también hay que considerar que «este acto de libertad.. que amplió el campo y los contenidos de su conciencia, constituyó el hecho básico de su esclavitud actual.
Esclavitud biológica (envejecimiento y muerte: Gn. 3:19 y Ec. 12:1-7); esclavitud anímica y esclavitud pneumática (contenidos del inconsciente individual y colectivo: 1ª Cor. 2:14 y Ro. 7:14-21). Aquí empezó la historia del desarrollo de la teoría del conocimiento, del desarrollo tecnológico y científico al servicio de aquella motivación básica: la realización del superhombre o la de ser como Dios (Gn. 3:5).
Mediante el arma de la Ciencia, el diablo ha conseguido que el hombre sustituya a Dios por la adoración de sí mismo. Además, el desarrollo tecnológico y científico ha colocado a la humanidad al borde de su propia autodestrucción; el desastre ecológico con la contaminación del aire, el mar y la tierra (Is. 24:4-5), la esclavitud del hombre a las máquinas y la profanación de la esfera de la intimidad, por técnicas que atentan contra los derechos humanos inalienables (lavado de cerebro, hipnosis química, etc.), son otros tantos exponentes del triunfo y realización del mal.
Finalmente, y en la medida que el hombre va deificándose a sí mismo y convirtiéndose en «dios», ha ido elaborando la filosofía del superhombre y la teología de la muerte de Dios. Este camino culminará con la «encarnación» del Anticristo (como si «el diablo fuese hecho carne”), que dispondrá de todo el poder del diablo para conseguir que la Humanidad se enfrente al mismo Dios (Ap. 13:1-18; 20:1-10; 2ª Tesl. 2:1-12).
Los límites al enorme poder de Satanás vendrán establecidos por el hecho de que la humanidad está «cayendo» en su propia «trampa», y el progreso material, científico y tecnológico, creará un mundo de seres frustrados en sus demandas espirituales y existenciales más profundas (Am. 8:11-13). El paraíso del progreso científico y material (económico) se convertirá en el infierno de la desesperación existencial más significativo de la historia del hombre sobre la tierra.
Además de estos límites, expresión del fracaso de la propia gestión del hombre en el mundo, la segunda venida del Señor Jesucristo impondrá, a los ángeles caídos y a los hombres, el gobierno de Dios (Zac. 14:16-21; Mal. 4:1; 2ª Tesl. 2:8; Ap. 19:11-21, 20:7-10, 21:1-27, 22:1-5).
Las Religiones
Las religiones, con sus ritos, sus ídolos y con sus contenidos esotérico-místicos, son la manifestación objetiva del culto a los demonios. La religiosidad es un ingrediente universal de los contenidos del espíritu humano Se ha hablado del «homo faber», del «homo sapiens» y, también, del «homo religiosus». Las diversas religiones controlan las conciencias de los hombres. A través de sus sistemas, de sus cultos y rituales, las religiones ejercen un poder que les viene inferido, por seres demoníacos, desde el mundo invisible. Algunos parapsicólogos dicen tener la impresión de que no somos libres, de que «alguien» nos maneja desde el espacio infinito y… ¡tienen razón!
Los demonios, su influencia y sus actividades, se mencionan, claramente, en el Antiguo Testamento (Lv. 17:7; Dt. 32:17; 1ª Cr. 21:1; 2ª Cr. 11:15; Sal. 96:5, 106:37; Job 1 y 2, etc.). En el Nuevo Testamento aprendemos que el culto a los ídolos es, en definitiva, una adoración de los demonios (1ª Co. 10:18-22). Los descubrimientos antropológicos y arqueológicos más antiguos, ponen de relieve el culto a los demonios (mediante el análisis de fósiles religiosos encontrados).
Las civilizaciones más antiguas (aria, semítica, sumeria, caldea, egipcia, etc.) tenían IDOLOS. Los pueblos del neolítico (edad de piedra) y calcolítico (edad del cobre), unos 8.000 a 3.000 años a.C. (según los eruditos), rendían culto a estatuillas de DIOSAS (figuras de mujeres, o de una mujer con un niño en brazos) primero, y de DIOSES después. La similitud de esos ídolos con los de las grandes religiones actuales (tales como el catolicismo romano) es extraordinaria. La IDOLATRÍA es un arma, poderosísima, mediante la cual el diablo se ha constituido en el «Dios de este presente siglo malo». El ocultismo, proyectándose en la experiencia vivencial) humana, a través de diversos sistemas religiosos (en especial las religiones orientales), va ganando adeptos y ocupando, en el corazón de los hombres, el lugar destinado a Dios. Todos estos sistemas demoníacos han abocado a la institucionalización del llamado culto a Satanás que, pese a ser en el siglo XX cuando ha quedado definido como una alternativa a la Iglesia de Cristo (la llamada «iglesia de Satanás»), su antigüedad es manifiesta y notoria desde el primer siglo de la era cristiana (Ap. 2:13-15).
Dios neutraliza este poder, de los demonios, mediante la predicación del Evangelio y la acción del Espíritu Santo, que aplica la Palabra a las conciencias y redime a los hombres de la idolatría (1ª Ts. 1:9-10).
La Política
Los sistemas políticos son otros tantos medios de opresión de los seres humanos. La Biblia nos enseña que los gobernadores, reyes y príncipes de las naciones, están sometidos al control de los «gobernadores de las tinieblas» (Ef. 6:12), que actúan desde el mundo invisible. No existe, bajo el punto de vista de la Revelación, «Un gobierno humano» que sea modélico para la realización de la voluntad de Dios.
El Evangelio tiene un contenido político de gran trascendencia. El Evangelio no es sólo el «evangelio de la gracia» sino, primordialmente, el «evangelio del Reino de Dios». El Señor Jesucristo, no sólo es el Salvador del mundo y el Redentor de los hombres sino y, primordialmente, el Rey de reyes y el Señor de señores (Ap. 19:16). Desde el punto de vista de Dios, el mejor sistema de gobierno es la TEOCRACIA (gobierno directo de Dios: Jue. y 1º Samuel 8) que supone, bajo el punto de vista humano, una ACRACIA, es decir: un gobierno de autogestión de los pueblos, que excluye la superestructura y aparato político y los sustituye por las directrices y el directo gobierno de Dios. El Diablo es el Príncipe de este mundo y, a través de sus agentes (los demonios) ejecuta su voluntad «inspirando» y «manejando» a los líderes humanos y a los pueblos.
Detrás de cada autoridad del mundo visible, hay otra en el mundo invisible (Jn. 19:9-11).
Estas autoridades invisibles, estas potestades, estas huestes espirituales de maldad (Ef. 6:12), influyen sobre los soberanos de la tierra y los inducen a actuaciones totalitarias (1ª Cr. 21:1) y a la elaboración de rígidos sistemas de control, como los que describe George Orwel en su libro «1984» (Ap. 13:15-17); sistemas que pisotean los derechos inalienables de los hombres (Ro. 1:28-32); estos sistemas políticos son, directamente, responsables de todas las discriminaciones y desigualdades humanas (étnicas, raciales, económicas, políticas, sociales, etc.).
La victoria sobre los sustentadores de estos «sistemas» y los detentadores de «este poder» (los demonios), ha sido conseguida en la Cruz del Calvario. La Biblia dice que Jesús, con su muerte, «desarmó» a los principados y potestades y los exhibió, públicamente, triunfando sobre ellos en la Cruz (Col. 2:15). La aplicación histórica de este hecho, tendrá lugar en la segunda venida de Cristo, cuando se establecerá, políticamente, el Reino de Dios (Ap. 19:17-21).
Las Riquezas (El Dinero)
Se ha dicho que hasta la integridad de los hombres más honestos puede zozobrar, y que «todos los seres humanos tienen un precio». Esto lo conoce, perfectamente, el diablo y, sin duda alguna, porque él debe de haber sido el primer descubridor de esta realidad. La riqueza, el dinero o el capital (en términos modernos) han jugado un gran papel en el devenir histórico y sociológico de la humanidad. Dice el apóstol Pablo que «raíz de todos los males es el amor al dinero» (1ª Ti. 6:10) y, en esto, la Revelación de Dios viene a coincidir, adelantándose en siglos, con las teorías políticas que mejor han explicado la realidad histórica y sociológica del mundo (por ejemplo: el socialismo científico, el liberalismo, etc.).
El dinero ha llegado a constituirse en elemento tan vital en la vida de los hombres y de los pueblos que, trascendiéndose a sí mismo, ha llegado a adquirir la categoría de Dios. La confrontación dialéctica entre el bien y el mal, en último término, se reduce a la confrontación entre Dios y el Dinero. El Señor Jesucristo, en el corazón de su Sermón de la Montaña, presenta esta palpitante cuestión de la manera siguiente: «Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mamón (las riquezas)» (Mt. 6:24).
Por la Revelación bíblica y el devenir histórico-social, entendemos que el dinero (o las riquezas) formarán parte integral de toda la Historia de la humanidad. Los hombres, que han inventado el «Cambio» y el «dinero», no serán capaces de deshacerse de los principios capitalistas (capitalismo de libre mercado o capitalismo de Estado) que informan toda la infraestructura socio-económica de los pueblos.
A lo largo de la Historia, las experiencias de vida comunitaria (en el sentido de tener «todas las cosas en común») han sido escasas, y no han prevalecido. La actual sociedad de consumo, responsable de tantos males (esclavitud, carrera armamentista, drogadicción de la humanidad, desigualdades sociales, desequilibrio ecológico, etc.) se consolida, hacia el futuro, con más fuerza que nunca. Las nuevas tecnologías se ponen a su servicio incondicionalmente; el comercio ocupará un lugar importante en los tiempos inmediatos al regreso del Señor Jesús a esta tierra; el monopolio del mismo estará en manos del Anticristo que someterá a los hombres a su rígida dictadura materialista. Únicamente la segunda venida de Cristo volverá a «introducir» el equilibrio a nivel biológico (Is. 11:6-9; 65:25); socio-político (ls. 11:1-5; 61:1-2); económico (Is. 11:4; 65:21-23; 2ª P. 3:13); socio-sanitario (ls. 65:20; Ap. 21:4; 22:2); moral y espiritual (Joel 2:28- 32; Zac. 14:16-21; Mal. 4:1-6; Ap. 21:3; 21:22-27; 22:3-5).
Hay un futuro de esperanza para la Humanidad, pero no viene de la mano de los hombres sino de la de Dios.
La Muerte
La Biblia enseña que «la paga del pecado (amartia) es la muerte (tanatos)» (Ro. 6:23). La palabra griega que se emplea para muerte, en el texto mencionado, es el término tanatos, que no se refiere tanto a la muerte como un hecho físico concreto, cuanto a la misma infraestructura o conjunto de fuerzas dinámicas, que conducen a tal hecho. Los estudios psicoanalíticos de Sigmund Freud, y sus seguidores, han puesto de manifiesto que en el hombre se devienen, psicobiológicamente, dos poderosas fuerzas instintivas: el eros (instinto del amor y de la vida) y el tanatos (instinto de la muerte). Según esta escuela, científica, toda la vida del hombre se deviene en un enfrentamiento dialéctico y agónico entre ambas fuerzas instintivas.
Por otro lado, eminentes científicos del campo de la neurofisiología, como el Dr. Claudio Bernard, han definido la muerte como «el conjunto de fuerzas que se oponen a la vida». Literalmente, Bernard fue más allá y dijo: «LA VIDA ES LA MUERTE». Esta afirmación podría tener un paralelismo en la experiencia biológica, vivencial] y existencial del apóstol Pablo cuando afirmaba: «cada día muero» (1ª Co. 15:31). La muerte se introdujo, en la experiencia existencial de los hombres, como consecuencia de la entrada del pecado en el mundo (Ro. 5:12). Pero la muerte (el tanatos) no es sólo un conjunto de fuerzas instintivas que actúan a nivel psicobiológico (2ª Co. 4:10-12), sino algo mucho más trascendente e importante. El capitulo 15 de la 1ª epístola a los Corintios, nos presenta a la MUERTE (tanatos) no sólo como una circunstancia o realidad metabiológica (He. 9:27) sino como un gran enemigo de Dios y de los hombres (muerte personificada: 1ª Co. 15:26).
Este enemigo tiene una dimensión escatológica (1ª Co. 15:26) y en el devenir psico-bio-social de la humanidad se ha constituido en un IMPERIO (He. 2:14) que mantiene esclavizados a los hombres. El detentador de este poder imperialista es el diablo.
Sería muy propio, y extenso, entrar en las consideraciones del verdadero poder de este imperio del tanatos (la muerte). Bástenos, sólo, traer a la memoria todo el «temor» (He. 2:15) que las enfermedades, epidemias, cataclismos sísmicos, hambres y guerras, han traído sobre los seres humanos. Si todas estas circunstancias condicionan y esclavizan a los hombres, es porque son facilitadoras de la realización del «tanatos» para la introducción experiencial de la muerte, a nivel universal.
La muerte es la instancia biológica o ente existencial responsable de la frustración en el mundo (véase el Libro de Eclesiastés). Dice Salomón que Dios «todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto el deseo vehemente por la eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio» (Ecl. 3:11). Este «deseo de eternidad», que gravita como contenido esencial en el corazón humano, está impedido, en su realización, por la realidad incontrovertible de la muerte; realidad que viene a dar al traste con todos los deseos de «eternización» que el hombre atesora (Ecl. 2:16; 8:8).
El imperio de la muerte ha sido manejado por Satanás para dar sentido y trascendencia ideológica a diversos sistemas filosóficos y religiosos, hasta llegar a producir una verdadera alienación en la conciencia de muchos seres humanos; la filosofía de la sublimación y culto a la muerte ha supuesto la infraestructura y el contenido, básico, de todos los imperialismos; en especial los de más acendrado signo fascista. Hoy, el imperio de la muerte ha trascendido lo biológico, y lo filosófico, para proyectarse en la esfera de lo socio-económico. Las multinacionales de la muerte manipulan, sin escrúpulos, los intereses de millones de seres humanos y están detrás de la promoción de lo tanático, al servicio del incremento de sus monstruosos negocios.
El hombre, bajo el punto de vista biológico y existencial, está desarmado ante la muerte; el diablo aprovecha esta realidad para esclavizarlo, inoculándole una filosofía hedonista, nihilista y materialista: «comamos y bebamos porque mañana moriremos» (ls. 22:13). Tal filosofía da al traste con cualquier planteamiento ético y supramaterialista; y, como consecuencia, los valores morales de la humanidad se resquebrajan.
Estas armas poderosas, manejadas por el diablo, encuentran su ensamblaje, su interrelación dinámica, en el devenir histórico de la Humanidad y, de forma más que manifiesta, en la experiencia socioagónica de la actual civilización.
Interrelacionadas entre sí ciencia, política, dinero y religión, se constituyen en el receptáculo ideológico socio-económico, socio-político y socio-ético donde se gesta la motivación o infraestructura tanática (de muerte) que intenta realizarse en la experiencia vivencial humana. Resulta impresionante comprobar que uno de cada cuatro seres humanos necesita recurrir al consumo de drogas para seguir «viviendo.. su experiencia existencial «agónica… “VIVIR AGONIZANDO es el aspecto experiencial” más ilustrativo de la humanidad frustrada.
La Ciencia (pero fundamentalmente algunos científicos) ha contribuido con sus descubrimientos a poner al alcance de los hombres sustancias (que pretenden ser panaceas) peligrosas, con las que intentar resolver «todos» los problemas, adversos, que se les presenten en su devenir existencial. Autores como Aldous Huxley y Timothy Lear son responsables de inducir a los seres humanos a buscar «su realización» (pseudorealización) en el consumo de sustancias psicodélicas.
El Mundo Feliz, de Huxley, es la manifestación más clara de la alienación del ser humano, producida por el consumo de sustancias alteradoras de la mente y modificadoras del estado de conciencia.
La combinación de la programación genética, la alienación en el trabajo, el control de las libertades y el consumo de «soma» (droga de Aldous Huxley en su Mundo Feliz), constituye la vislumbración de una humanidad futura de auténtica dimensión y realización tanática. El mundo de las drogas, y la infraestructura diabólica que lo sustenta, ha rebasado, con creces, a los futurólogos y a los historiadores con mejor visión escatológica. Las Drogas están cambiando los patrones de conducta y el sistema de valores de individuos, familias, pueblos y naciones. La «Multinacional del Mal» maneja el poder político, los descubrimientos científicos, las necesidades más profundas (espirituales) de la esfera de la intimidad humana, la adoración de Mamón (griego: el dinero, las riquezas; Mt. 6:24) y las demandas instintivas tanáticas (pulsiones inconscientes del instinto de muerte), para concretizar sus ofertas en el ofrecimiento, pseudoliberador, del fascinante mundo de las drogas.
Desde el punto de vista económico, el tráfico y consumo de drogas supone un poder sin precedentes en la Historia de la Humanidad. Este poder permite constatar una realidad sociopolítica imprevisible en otros momentos de la Historia. El «dinero de la droga» sirve a intereses inconfesables y permite instaurar dictaduras, mantener actividades terroristas, armar a los pueblos en sus enfrentamientos fratricidas, dominar (comprando y sobornando) a amplios sectores de la sociedad, e invertir todo el sistema de valores positivos, contribuyendo a crear una sociedad que busca su realización en la gratificación inconsciente de su instinto de muerte. El consumo de drogas aliena a los individuos, desestructurándolos a nivel pneumático (espiritual), psíquico (anímico) y somático (corporal); asimismo, las familias afectadas por esta problemática se descompensan, rompiéndose emocional y sociológicamente, con el consiguiente deterioro psico-somático de los individuos que las integran.
Pero los efectos deletéreos del tráfico y consumo de drogas va aún más allá del individuo y de la familia, para incidir directamente, socabando los mismos fundamentos o pilares que mantienen la homeostasia social. La consecuencia de todo este amplio espectro de acción es la generación de angustia por la confrontación dialéctica entre la vida (eros) y la muerte (tanatos) que se deviene en la experiencia histórica de las últimas décadas del siglo XX, especialmente a partir de la primera guerra mundial.
En el mundo de nuestros días no sólo la muerte es objeto de especulación (como ejemplo véase el gran negocio montado por las sociedades de Pompas Fúnebres) sino que una parte importante de las «nuevas generaciones» gratifican lo tanático, inconscientemente y de forma progresiva, deviniéndose su experiencia existencial en una vivencia de angustia y frustración, que les insta a buscar mecanismos de defensa que les permitan evadirse de la realidad vivida, encontrando un refugio, gratificador, en el paraíso artificial y tanático que supone el mundo de las drogas. La muerte reina en un mundo donde los valores de la vida y la realización positiva se consideran obsoletos; aquel que sustenta el imperio de la muerte parece realizarse plenamente (He. 2:14).
El aspecto más trascendente de la muerte de Cristo en la Cruz del Calvario es, sin duda alguna, aquel por el que dicho sacrificio supera y resuelve el tema de la muerte. La muerte es una consecuencia del pecado (Ro. 5:12; 5:23). El Señor Jesús, no sólo llevó nuestros pecados sobre el madero (Col. 3:13) sino que El mismo «Se hizo pecado» por nosotros (2ª Cor. 5:21); pero aun más: «nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado (griego: soma tes amartias) sea destruido» (V.H.A. = deshecho; igual término en 1ª Co. 6:13, que  significa «dejar inactivo-hacer ineficaz»). La desactivación dinámica, funcional y fisiológica (orgánica) del «cuerpo del pecado», asentó la base para trascender la muerte y sacar «a la luz, la vida y la inmortalidad por el Evangelio» (2ª Ti. 1:10). Jesucristo, muriendo, venció a la muerte de manera definitiva (1ª Co. 15). La plasmación orgánica e histórica de este hecho, tendrá lugar, en la resurrección «Cuando lo mortal sea absorbido por la vida» (1ª Co. 15:53-55 y 2ª Co. 5:4). Pero la aceptación del acto soteriológico de Cristo (griego: soterias = salvación) supone la presencia permanente (la habitabilidad) del Espíritu Santo en el corazón del hombre; por tanto, nuestro cuerpo (soma) se constituye en el templo (naos) del Espíritu (pneuma). «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús, mora (griego: habita) en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Ro. 8:11).
La manifestación de los hijos de Dios (la Iglesia, el cuerpo de Cristo, según Ro. 8:19) supondrá la trascendencia de lo amártico (pecado) a nivel de lo biológico y orgánico. Entonces, el cuerpo gobernado por el alma, el cuerpo que tenemos ahora, el soma psíquico de 1ª Co. 15:44, será transformado en el soma pneumático; el cuerpo de gloria, el cuerpo gobernado por el espíritu de 1ª Co. 15:44; y el creyente se convertirá en un ser completo y perfecto (1ª Ts. 5:23; 1ª Jn. 3:1,2). Este momento salvífico, supondrá la aplicación integral de la salvación a toda la estructura psicobiológica de la persona: lo pneumático habrá trascendido e impregnado de inmortalidad a la materia. Pero esta realidad de trascendencia de lo biológico y orgánico no quedará ubicada en el hombre, sino que se irradiará a toda la creación, rescatando a la misma «de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Ro. 8:21). Como consecuencia, se establecerá un orden nuevo en el que los hombres serán más solidarios; el equilibrio ecológico será un hecho fehaciente; los valores éticos constituirán un marco de referencia para la vida; las diferencias raciales, sociales y económicas serán superadas; el conocimiento de Dios estará al alcance de cada hombre y la paz y la felicidad serán posibles (ls. 2:1-4; 1º S. 9:6-7; Is. 11 :1-10).
En este momento se habrá devenido toda la Historia humana; el Reino de Dios habrá sido establecido sobre la Tierra; el diablo será «apartado e inactivado» para siempre (Ap. 20:1) y el Rey de reyes y Señor de señores, Jesús de Nazaret, vivirá y se realizará en el corazón de todo lo creado.

Autor/a: J. M. González Campa


Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psiquiatría Comunitaria. Psicoterapeuta. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y escritor evangélico. Autor de varias publicaciones en el campo científico, sociológico y teológico. Ha desempeñado diversos cargos de la más alta responsabilidad dentro del campo de la Asistencia psiquiátrica y de la Salud Mental en su región natal, Asturias, así como en otras partes de España. Es fundador y Presidente de Honor de la Asociación para la Defensa de los Enfermos Psíquicos Asturianos (ADESA). Ha sido profesor de Honor de la Universidad de Oviedo y profesor de Psiquiatría de la Escuela de Asistentes sociales de Gijón. Pertenece a distintas sociedades científicas y es socio-fundador de Socidrogalcohol (Sociedad científica para el estudio del alcoholismo y las otras drogodependencias).